mariposa en el nicho, se le escaparon uno tras otro involuntarios y
hondos suspiros. Esos eran los amarguísimos dejos de la fiesta. Allá
había corrido para aturdirse con el movimiento de la danza, las armonías
de la música y las adulaciones de los hombres; para ahogar en el tumulto
de las vastas y heterogénea reunión el recuerdo del amante ausente,
desdeñoso y quizás olvidadizo, para ver de vengarse de su ingratitud,
para probar, en fin, si podría olvidarle en caso de más indefinida y
seria separación.
Todo le salió al revés. Repasó en la mente las peripecias de la
diversión, y halló que había sido demasiado prolongada, la música
ruidosa y chillona, las mujeres desgarbadas y feas, los hombres
petulantes y necios, la reunión harto vulgar e insípida para haberla
alegrado y entretenido. Comparó esa fiesta con la del 24 de setiembre en
casa de la Ayala, donde gozó como reina del amor y de la hermosura en
brazos de su amado, hoy ausente, y se le oprimió el corazón y estuvo a
punto de que la ahogara el sentimiento. Pensó en su suerte, deduciendo,
por necesaria consecuencia, que peor había sido el remedio que la
enfermedad, y que la venganza entre los amantes terminan siempre en el
castigo de una de las partes contendientes, en la muerte para la dicha o
para la vida terrenal.
Tan triste y miserable se sentía Cecilia, que hasta el momento de
meterse en la cama no advirtió que la abuela era presa de una desazón
terrible. La pobre anciana se retorcía y gemía sordamente, cual si
estuviera a punto de acabársele la vida. Buscó entonces su frente, y no
bien le puso la mano encima, la retiró exclamando:
--¡Ay, mamita! Su merced tiene calentura.
--¿Ya viniste? replicó la anciana con voz moribunda. Si tardas un
poquito más no me encuentras viva.
--Su merced no estaba así cuando yo salí para el baile. Véase qué
disparate ha hecho en mi ausencia.
--Ninguno. Me pasé la prima rezándole a la Virgen; pero desde por la
mañana me siento malísima. Me ha dado en el corazón que se acerca mi
fin. ¿Qué hora es?
--Son las dos. Acabo de oír el reloj del convento.
--¿Crees tú que está levantado el padre Aparicio?
--No lo creo, mamita. El no llega al convento antes de las cuatro, que
es cuando principian los maitines. Pero ¿para qué quiere su merced el
padre a estas horas?
--¡Hija mía!, para confesarme. Siento que se me acaba la vida y no
quiero morir como un perro.
--¿Su merced no se confesó y comulgó ayer por la mañana?
--Sí, niña. ¿Y qué?
--Bien. Pues eso basta.
--No basta. Somos pecadores. A cada momento pecamos y debemos estar
preparados para que cuando llegue la hora, nuestra alma comparezca ante
su Divina Majestad, limpia como una patena.
--No estaba su merced anoche de cuidado. Si lo sospecho ¿cómo hubiera
ido al maldito baile? Nunca. Lo que no comprendo es por qué se ha puesto
su merced tan mala que le haga temer la muerte en horas.
--De la salud a la enfermedad no hay más que un paso, y lo mismo se vive
que se muere.
--¿Podría su merced explicar lo que siente ahora?
--Es imposible, mi vida. Lo único que te diré es que se me arranca el
alma, y que mientras más pronto vayas por el padre...
--El padre no va a curarle la calentura, y su merced no tiene otra cosa.
Es muy aprensiva su merced. Mejor será que vaya por el médico. Si iré
por él en cuanto amanezca. Entretanto le daré un baño de pies y le
pondré unos sinapismos para que se le quite el dolor de cabeza. Verá,
verá su merced cómo la alivia, si no la pongo buena. Su merced no puede
estar tan mala que no tenga cura. Todavía su merced me entierra a mí.
--Nuestro ángel custodio San Rafael y la Virgen Santísima te oigan, hija
mía. Sentiría morir por ti, no por mí. Tú principias a vivir, ya yo
terminé la jornada... Pero, ve, haz como gustes y sea lo que Dios
quiera... Se me parte la cabeza, agregó, oprimiéndose con ambas manos la
frente...
Con esto se apresuró Cecilia a hacer lumbre en el fogón, debajo del
cobertizo en el patio, valiéndose de la usual pajuela y de unos pocos
carbones. Así, en minutos quedó listo el baño y puesto en un lebrillo
grande. Enseguida procedió a darle el baño a la abuela con no menos fe y
cariñosa humildad que la mujer que le lavó los pies a Jesucristo en casa
de Simón. Mientras se los enjugaba, mejor dicho, enjugándoselos, se los
sobaba blandamente, y de cuando en cuando les imprimía un ardiente beso,
o se los arrimaba a las mejillas para comunicarles algo del calor que
ardía en sus venas.
Conmovida la abuela, puso una mano en la cabeza de la nieta, y
dijo:--¡Pobre Cecilia! Esto quiere decir, mi vida, que tú misma conoces
que mis horas están contadas. Digo mis horas, cuando pueden ser mis
minutos, mis segundos... y me preparas para la cena antes de
emprender...
No prosiguió; la emoción o el dolor le ahogó la voz en la garganta. Por
su parte Cecilia, al sentir la mano de la abuela en la cabeza,
experimentó una sensación muy parecida a la que se experimenta cuando
recibimos una descarga eléctrica, y sus lágrimas, hasta entonces
contenidas por fuerza, empezaron a correr hilo a hilo por sus mejillas,
aumentando el agua del lebrillo.
Advirtiolo la anciana, y sacando fuerzas de flaqueza, como suele
decirse, agregó:
--No llores, alma mía, que me afliges más de lo que estoy. Consuélate.
Tú eres una niña todavía: tienes delante un porvenir risueño. Aunque no
te cases nunca, todo te sobrará. Siempre habrá quien mire por ti y te
proteja. Y si no, allá está Dios en el cielo que no le falta a nadie. Ya
siento algún alivio. Tal vez el mal da tiempo... ¿Qué sabemos? Vamos,
hijita, cálmate. Valor. Necesitas descanso. Si te acuestas ahora mismo,
de aquí al día tienes dos horas de sueño para recuperar las fuerzas...
Las muchachas de tu edad son como la flor de la maravilla: cátala
muerta, cátala viva. Ven, dame un beso, y... hasta mañana. El ángel de
la guarda te proteja con sus amorosas alas.
¡Qué había de dormir ni de reposar Cecilia! No bien abrieron las puertas
de la ciudad y comenzó a oírse, en las calles el cencerro desconchado de
los arrieros de carbón, dejó furtivamente la cama y corrió en demanda de
su cara amiga Nemesia, para que se quedara al cuidado de la enferma
mientras ella iba por el médico en la calle de la Merced. Días antes le
había dado la abuela, a prevención, las señas de la morada del galeno
con estas palabras: casa de azotea con una ventana de reja de hierro,
puerta colorada de zaguán, en medio de la cuadra, acera del Sur. No se
equivocó la nieta, pero estaba cerrada y en silencio. ¿Qué hacer en
aquellas circunstancias? El caso urgía y se decidió a llamar. Pegó un
aldabazo y esperó en grande ansiedad el resultado.
Al cabo de corto espacio de mortal silencio, se abrió un postiguillo de
la ventana y asomó por él el rostro de una dama tan por extremo hermoso
y sonrosado, que se quedó Cecilia estupefacta. Figúrese el lector unos
ojos negros y rasgados, a los que dan sombras cejas espesas en arco, una
boca pequeña de labios encendidos, una nariz aguileña y muy expresiva,
una cabeza amorosa poblada de profusa cabellera negra que azuleaba, el
todo encuadrado y puesto de relieve por una graciosa papalina de
batista, «cual la nieve blanca», guarnecida de un vuelo menudo de tiras
bordadas. Tales eran los rasgos fisonómicos que más sobresalían en doña
Agueda Valdés, joven esposa del célebre cirujano don Tomás Montes de
Oca.
Este bosquejo a la pluma es copia del retrato al óleo de esa dama, hecho
por el pintor Escobar,[56] que cuando jóvenes pudimos contemplar
extasiados, pendiente de las desmanteladas paredes de la sala de su
casa, en la calle de la Merced. Respecto de su fisonomía moral, el rasgo
más prominente, a lo menos aquél de que nos es dado hablar en estas
páginas, eran los celos. Su propia sombra se los inspiraba, no
embargante que su marido carecía de aquellas prendas físicas que hacen
atractivo al hombre a los ojos de las mujeres. Pero era médico, célebre
y rico, y ella tenía muy pobre opinión de las hembras, diciendo a menudo
que no había hombre feo para la enamorada y ambiciosa.
Movida por los malditos celos, ejercía una vigilancia constante sobre su
marido, sobre los clientes que él visitaba y sobre los que acudían en
demanda de sus profundos conocimientos médico-quirúrgicos, especialmente
si arrastraban faldas. Por eso madrugaba tanto; por eso cuando no podía
adquirir informes por sí misma, cometía la debilidad de poner en
confesión al estúpido y malicioso calesero, su esclavo, el cual, aun
cuando a veces la revelaba hechos reales y positivos, casi siempre la
llenaba la cabeza de un centón de cuentos de brujas.
Es de suponer cuál no sería el regocijo interior de doña Agueda al
descubrir que la que había llamado a la puerta era una moza de medio
pelo que, pues se recataba bajo la _manta_ de burato bordada de colores
y, por supuesto, costosa, de lujo, no podía menos de ser alguna de sus
amigas con el disfraz de paciente.
--¿Qué quieres?, le preguntó la celosa señora con cierta aspereza y
precipitación, no fuera que volviese a tocar.
--Vengo por el señor doctor, contestó tímidamente Cecilia, acercandóse a
la ventana y levantando entonces los ojos de lleno a la desconocida
señora.
--¡Tate! dijo ella entre sí, luego que notó el buen parecer de la
muchacha. Aquí hay gato encerrado. El médico, añadió alto, ha pasado
mala noche, y duerme...
--¡Qué lo siento! exclamó Cecilia dando un suspiro desgarrador.
--¿Qué médico es el que buscas, muchacha? preguntó la señora sonriendo
maliciosamente. Porque podría ser que estuvieses equivocada.
--Vengo por el señor doctor don Tomás Montes de Oca, repuso Cecilia en
voz alta, aunque temblosa. ¿No vive aquí el caballero?
--Sí, aquí vive Montes de Oca. ¿Tú le conoces?
--Lo he visto muy pocas veces.
--¿Dónde vives tú?
--En la calle del Aguacate, al costado del convento de Santa Catalina.
--¿Eres tú la enferma?
--No, señora, mi abuela.
--¿Es él su médico?
--No, señora.
--Entonces, ¿por qué vienes por este médico en vez de solicitar
cualquiera otro que quizás vive más cerca de tu casa?
--Porque mi abuela conoce al señor don Tomás y el señor don Tomás la
conoce a ella.
--¿Dónde se han visto?
--En casa y aquí también.
--¿Tú vives con tu abuela?
--Sí, señora.
--¿Tú abuela es casada?
--Viuda. Enviudó mucho antes de que yo naciera.
--¿Cuántas veces ha estado Montes de Oca en casa de tu abuela?
--Yo no las he contado. Pocas veces.
--Ni más claro ni más turbio. ¿Te conoce a ti Montes de Oca?
--No lo creo. Es decir a la señora, no creo que me haya visto nunca cara
a cara.
--¿Dónde has estado tú cuando él ha ido a visitarlas?
--En casa, pero mi abuela es quien siempre le ha recibido, yo no me le
he presentado...
--¡Cosa extraña! ¿Qué motivo has tenido para esconderte de él?
--Ninguno, señora, sólo que ha dado la casualidad de no estar yo bien
vestida cuando él ha ido a ver a mi abuela.
--¡Oiga! ¿Conque pretendías coquetear con él? ¿Tú no sabes que es feo y
viejo para ti?
--Yo no he pretendido coquetear con el señor doctor.
--¿Qué tratos y contratos tiene Montes de Oca con tu abuela?
--Yo no sé, señora. Nada malo.
--¿Eres casada?
--No, señora.
--Pero tendrás novio y te casarás pronto, ¿no es así?
--No tengo novio ni me voy a casar pronto. En fin, tendrá la señora la
bondad de decirme si el señor doctor...
--Ya te he dicho, interrumpió doña Agueda, que Montes de Oca ha pasado
mala noche y dio orden de que no lo despertaran hasta las diez.
--¡Ay de mí! exclamó Cecilia profundamente afligida. ¡Qué desgracia!
Tocado con esto a lo vivo el corazón amoroso de doña Agueda, preguntó
con intención:
--¿Y tú quién eres?
--Yo soy Cecilia Valdés, contestó la joven llorando.
--¡Cecilia Valdés! repitió doña Agueda entre sorprendida y cavilosa.
Después añadió con vivacidad: Ven, entra.
Sin aguardar respuesta ni esperar objeción ninguna de parte de la
muchacha, fue por sí misma a correr el cerrojo de te con que se cerraba
el postigo de la puerta, y la dio franca y amable entrada en su casa.
En medio de su aflicción creyó notar Cecilia algo extraño en la hermosa
señora, algo que tenía semejas con la locura. Pero no la inspiró eso el
más leve temor, antes se sintió fuertemente atraída hacia ella, no ya
sólo por la naturalidad de sus palabras, sino también por la gracia de
sus acciones y la dulzura imponderable de su voz. Ello es, que como
dominada por una poderosa fuerza magnética, callada y sumisa se dejó
llevar hasta el comedor, donde penetraba alguna claridad, gracias a su
inmediación al patio, y donde su conductora tomó asiento de espaldas
contra una mesa grande de bruñida caoba. Allí, teniendo a la joven (que
se conservó en pie) por ambas manos, muy cerca de sus rodillas, la
estuvo contemplando y examinando desde el cabello a la planta un buen
espacio, y, cual si hablara con una estatua, o con una persona que no
entendía su idioma, repetía con énfasis: ¡No se parece! ¡Qué! Nada, no
se parece. No puede ser hija suya. Tal vez ha salido a la madre, que es
la cierta.
--¿Sabes quién es tu padre? le preguntó de repente.
--No, señora, contestó Cecilia con la mansedumbre de antes.
--¿No te lo ha dicho nunca tu madre?
--No, señora. Yo no conocí a mi madre. Ella se murió poco tiempo después
de nacer yo.
--¿Quién te ha contado ese cuento?
--¿Qué cuento?
--Pues, el de que murió tu madre después de nacer tú.
--No es cuento, señora, lo de la muerte de mi madre. No tengo ni el más
mínimo recuerdo de ella.
--¿Qué edad tienes tú ahora?
--Yo nací, según me ha dicho mi abuela, en el mes de octubre de 1812.
Haga la señora la cuenta.
--Y ¿cómo es que tu abuela no te ha dicho quién es tu padre? ¿No lo
conoce ella? ¿Sabes que te echaron a la Casa Cuna?
--Sí, señora. Me pusieron en la Casa Cuna para que me bautizaran con el
apellido de Valdés.
--Pues yo no soy inclusera y también llevo ese apellido. De suerte que
tu padre, aun sin pasarte por la Casa Cuna bien pudo bautizarte,
poniéndote en la fe de bautismo «de padres no conocidos», como es
costumbre. Se conoce que tenía malas entrañas. ¿Te crió tu madre?, esto
es, te dio el pecho?
--Creo que no. A mí me crió una negra.
--¿Dónde te crió? ¿En la Casa Cuna?
--No, señora, en casa de mi abuela.
--¿Cómo se llamaba tu criandera?
--Me parece que María de Regla Santacruz.
--¿Vive? ¿En dónde está ahora?
Después de titubear por breve rato, contestó Cecilia conocidamente
confusa:
--Entiendo que mi madre de leche se halla desterrada en el campo por sus
amos. Al menos así me lo dijo un negro con quien tuve anoche unas
palabras en el baile de la gente de color, allá afuera.
--Otro cuento tenemos. Mentira. Tu criandera no es esclava de los condes
de Jaruco. El que alquiló a esa negra para que te diera de mamar en la
Casa Cuna y en casa de tu abuela, ése es tu padre. ¡Míralo!
Aprovechose doña Agueda del momento en que Cecilia buscaba el objeto que
ella le había indicado con la palabra y la mano, para levantarse y
desaparecer en el cuarto más próximo, empujando la puerta que daba al
patio. Perpleja y azorada la muchacha, giró en torno y casi se le escapa
un grito del susto, cuando reparó que un hombre de cara larga y pálida,
sin pelo de barba, cual si fuera de la raza india, cuya cabeza cubría
hasta las orejas un gorro mugriento de seda, la miraba fijamente con
ojicos de mono, a través de la reja de hierro, medianera entre el
aposento y el comedor.
--¿Qué traes?, la preguntó el hombre en voz gangosa de falsete.
--Caballero, repuso Cecilia dudosa, vengo por el señor don Tomás
Montes...
--Yo soy, la interrumpió él. ¿Qué se ofrece?
--¡Ay! ¿Es el caballero? ¿Pues no decía la señora...?
--No hagas caso. La señora está... (e hizo un movimiento rotatorio con
el índice de la mano derecha, apuntando para su propia cabeza) ¿Para
quién?
--Para mi abuela.
--¿Qué tiene tu abuela?
--¡Ay! señor doctor, está muy mala. Se muere... Si el señor doctor
tuviera la bondad de ir ahora mismo...
--¿Quién es tu abuela?
--Creía que el señor doctor me había conocido... Josefa Alarcón, criada
del señor doctor...
--¡Ah! La madre de... Sí, sí, ya, protegida por el señor don... ¡Qué!
¡tengo la cabeza!... ¡Ah! y tú eres su hija... ¡Toma! Tu nombre es...
Cecilia. Yo bien decía. Cecilia, Cecilia Gam... Pues, Cecilia Valdés. No
era posible que yo me olvidase. Sólo que como tengo la cabeza hecha un
güiro, se me habían trabucado las especies. Tu abuela y tú me están muy
recomendadas. Pero aquí entrenós (añadió en tono más bajo), no hagas
caso de lo que ha ensartado mi mujer de mí, de ti, de tu madre, de tu
padre, de tu criandera, etcétera, porque todas ésas son cosas de su
cabeza. Ella está... (y volvió a barrenarse las sienes con el dedo
índice de la mano derecha). Tú no entiendes. No creas nada. Cecilia
Gam... quiero decir, Valdés. Te pareces bastante, te pareces mucho...
¡Ah! Dile a tu abuela que para allá iré así que me pongan la volante.
El calesero debe haber ido a bañar los caballos al muelle de Luz... Si
no ha tomado un trago por el camino, ahorita está de vuelta; y detrás de
ti... Ve. Di a tu abuela que para allá voy. El señor don, don, don...
digo, que paga bien los servicios... Es generoso, espléndido... Ve
pronto.
Al retirarse Cecilia despechada y firmemente persuadida de que aquélla
era una casa de orates en toda la acepción de la palabra, echole el
médico una mirada intensa y escudriñadora, y se quedó clavado a la reja,
repitiendo a media voz:--¡Se parece bastante, mucho, muchísimo! Estaba
por decir que es su vivo retrato. No creía yo que fuese tan linda como
me la pintaban. ¡Guapa muchacha! Sí, guapa, ¡muy guapa! ¡Mira! Si la
mandamos con su madre al ingenio _Jaimanita_, allá con los padres de
Belén... ¡Qué belén no se habría formado! ¡Ja, ja, ja!--Y rió como un
verdadero loco.
Puntual fue Montes de Oca a la promesa hecha a Cecilia, presentándose en
su casa a las nueve de la mañana; con lo cual dio, además, prueba
palmaria de que sabía llenar los compromisos que contraía con sus
amigos.
Para asistir a la enferma, pues que no entendían de eso Cecilia ni
Nemesia, ya se había constituido en la casita _seña_ Clara, la mujer de
Uribe, a quien no tuvo empacho Montes de Oca de comunicar en secreto el
juicio que había formado acerca de la enfermedad, según el breve examen
hecho. En una palabra, pronosticó adversamente. Y aunque no dio las
razones en que se fundara para pronosticar con la franqueza y
certidumbre que solía, era claro que, dados los años, las desventuras y
la rigurosa vida ascética y de mortificación de la enferma, debía
esperarse un fin próximo y fatal. En tales sujetos adquiere, además,
carácter grave cualquier dolencia, por ligera que sea en su origen.
Lo único que dijo en general Montes de Oca fue, que ante todo y sobre
todo era preciso combatir con mano fuerte el síntoma comatoso que
presentaba la enfermedad (con cuya palabra es seguro que dejó
completamente a oscuras a sus oyentes), y, en consecuencia, siguiendo al
pie de la letra el método antiflogístico de curar, muy en boga entonces,
recetó al exterior tres vejigatorios bien cargados de cantáridas, una a
la nuca y los otros dos a las pantorrillas; al interior una opiota para
calmar los nervios y ver de provocar el sueño restaurador, y nada de
alimento hasta que no declinase el estado inflamatorio de la calentura
cerebral.
Cecilia, anegada en llanto, acompañó al médico hasta la puerta de la
calle, esperando sin duda una palabra suya de consuelo antes de
marcharse, pero él, o no la entendió, o estaba embebida su mente en
cosas muy ajenas a la enfermedad de la abuela y al dolor de la nieta.
Ello es, que sólo se ocupó de decirla que no la sentaba tamaña
aflicción, que _su amigo_ (con énfasis en esta frase de doble sentido)
la tenía muy presente, y que volvería por la tarde para ver qué tal
seguía la enferma.
La tomó una mano, puso en ella, sin explicar de quien procedía, una onza
de oro, y a tiempo de partir le dio un apretón que podía traducirse de
diversos modos. En nada de eso paró la atención Cecilia; pero hecho todo
a ciencia y paciencia del malicioso calesero, aunque al parecer no veía,
oía ni entendía, podía apostarse cualquier cosa a que le fue con el
canutazo a su ama doña Agueda Valdés de Montes de Oca.
Menudeó el médico las visitas profesionales. ¿Y cómo no? Nada temía por
lo que respectaba a la paga de su trabajo ni por el monto tampoco, que
podía ser cuantioso; y luego las lágrimas de Cecilia, realzando sus
naturales encantos, eran capaces de ablandar las piedras, cuanto y más
que el corazón de Montes de Oca no tenía nada de duro ni de piedra.
Pero si de veras se propuso acertar esta vez y curar al enfermo, la
erró, y muy probablemente por carta de más. Recordó infinidad de casos
parecidos e iguales que había tratado felizmente en su larga práctica;
registró todos sus libros de medicina, entre otros el publicado
últimamente en París por Broussais, padre del método antiflogístico,
titulado «La irritación y la locura», que había hecho tanto eco en el
mundo; probó las tisanas más aceptadas, las cataplasmas, las unturas,
las ventosas, los vomitivos, los purgantes, las sanguijuelas; como
último recurso propinó la píldora de Ugarte, con cuyo heroico remedio
había salvado más de un moribundo de las garras de la muerte. No cabe
duda ninguna que si hubiese habido más resistencia y jugo vital en el
cuerpo descarnado de la triste _seña_ Josefa, más pruebas y experimentos
habría hecho en él Montes de Oca. A los doce o quince días de lucha
incesante y fiera, al menos por su parte, convencido de que el momento
final se acercaba al galope, entregó la enferma en brazos de la religión
y se retiró con sus honores.
Su retirada repentina naturalmente causó sorpresa, con mayoría de razón
que en las primeras horas de la noche del 12 de enero, noche nublada y
fría por cierto, había abierto los ojos la enferma y dado otras señales
de vida. Con todo, habiendo ordenado que se dispusiese _seña_ Josefa,
pues que había vuelto en su acuerdo, no había mas que obedecerle.
Cecilia, en tal virtud, rogó a José Dolores Pimienta, que velaba con
ella mientras dormían Nemesia y _seña_ Clara Uribe, fuese por los santos
óleos a la iglesia de San Juan de Dios. Entretanto la joven, sin pérdida
de tiempo, ni de valor, improvisó un altar de su propia cómoda en el
cuarto de la enferma, poniendo sobre la empolvada tabla un lienzo
blanco, a falta de mejor mantel, y un crucifijo entre dos velas de cera
en sus respectivos candeleros de cobre.
Como advirtiese la abuela los preparativos de la nieta, le preguntó en
tono de voz casi inaudible:
--¿Qué haces ahí, niña?
--¿No lo ve su merced?, contestó ella temblando del susto y de la
pesadumbre. Compongo el altar.
--¿Para qué?
--Para el padre.
--¿Han llamado a misa?
--Todavía. Mas el padre ha de venir pronto...
--¿Por qué no me has _dispertado_ en tiempo? Yo no estoy vestida.
--Su merced puede confesarse como está.
--¡Confesarme!
--Sí, mamita, confesarse. ¿No se acuerda su merced que me pidió el
confesor?
--¡Ah! Sí, ¡es verdad! Ya me acuerdo. Bien, niña, échame una _manta_ por
encima. ¿Qué hora es?
--Son las siete o las ocho.
--¿Tan tarde?
En esto se oyó el sonido peculiar de la campanilla tocada por un
muchacho, anunciando desde lejos la aproximación de los santos óleos.
Conducíalos el padre Llópiz en las manos juntas y altas, caminando a pie
entre José Dolores y el sacristán de la iglesia, cada cual con un farol
encendido para hacer reverencia al Sacramento y alumbrar la vía. A su
paso por las calles se asomaban los vecinos a la puerta de sus casas, se
postraban en tierra y alumbraban también con una vela en la mano. Todos
estos ruidos y rumores llegaron a los oídos de Cecilia, a tiempo que la
procesión desembocó en la calle de O'Reilly, viniendo por la de
Compostela. Aún las monjas en el convento de Santa Catalina, enteradas
de lo que pasaba en su vecindario, hicieron tocar agonías, y en sus
fervientes oraciones encomendaron el alma del moribundo a la merced de
su munífico creador.