reflexión. Por ti y por Isabelita (que no podía reprimir el llanto)
perdono a María de Regla. Que vuelva a La Habana, pero no a servirme, ni
a vivir en casa, sino para que se alquile por su cuenta. Yo le daré
papel. Con eso, el jornal que gane será para que tú y Carmen tengan
todos los meses algún dinerito con que comprar alfileres.
CUARTA PARTE
CAPÍTULO I
_Del contrario el pecho roto
Lanza ya de sangre un río..._
EL DUQUE DE RIVAS
Por necesidad mortal no resultó la herida que en riña al cuchillo con el
músico José Dolores Pimienta, recibió Dionisio Jaruco o Gamboa. No le
asestaron el golpe de punta, sino de corte, y aunque el hierro dividió
diagonalmente los músculos del lado izquierdo del pecho, a la altura de
la tetilla, no lastimó parte ninguna delicada en su largo trayecto. De
manera que, si cayó de espaldas, no fue porque la herida le privó de
hecho de las fuerzas. Tropezó con una piedra de la calle al esquivar el
golpe, abatiéndole el susto y el fluir de la sangre.
Postrado y lamentoso, oprimiéndose la herida con ambas manos, se hallaba
en medio de la calle Ancha cuando acertó a pasar un hombre de color, de
formas atléticas. Iba descalzo y llevaba una correa de cuero crudo que,
pasándole por el hombro derecho, se unía por las dos gazas de las
extremidades en el costado izquierdo, a manera de tahalí. Era aguador o
carretillero, como dicen en La Habana. Se acercó al oír los quejidos y
se retiró luego de prisa, murmurando:--_¡Matá! Dio mi libra._
Enseguida pasó otro, también hombre de color, aunque más civilizado que
el precedente, si hemos de juzgar por el traje. Traía al brazo algo que
parecía un instrumento músico, envainado en una funda de bayeta. Paró la
atención en los lamentos del herido, se detuvo a respetable distancia,
y, cerciorado de lo que pasaba, exclamó compadecido:--¡Pobre! _¡Qué
mojáa le han dao!_ No se ha _muelto entuavía_. Pero ¿quién me mete a mi
en honduras? ¡La justicia!... _¡Allá su arma su parma!_
Este siguió camino a toda prisa, volviendo la cara atrás de cuando en
cuando, no fuera que alguien le hubiese visto y le siguiera las huellas
para achacarle el homicidio mañana o esotro día.
El tercero de los transeúntes, hombre así mismo de color, era un tipo
_sui generis_; marcado, tanto por el traje que vestía como por sus
acciones y su aspecto. Componíase aquél de pantalones llamados de
campana, anchotes por la parte de la pierna, estrechos a la garganta del
pie, lo mismo que hacia el muslo y las caderas; camisa blanca con cuello
ancho y dientes de perro en vez de borde; pañuelo de algodón tendido en
ángulo a la espalda y atado por delante sobre el pecho; zapatos tan
escotados de pala y talón, que apenas le cubrían los dedos ni le
abrigaban el calcañar, de modo que los arrastraba cual si fueran
chancletas; y un sombrero de paja montado en un zarzal de trenzas de
pasas, que tras de abultarle la cabeza demasiado, afectaban la forma de
los cuernos retorcidos de un borrego padre. Pendían del lóbulo de sus
orejas dos lunas menguantes que parecían de oro, pero que, tocadas en la
piedra de toque, estamos seguros, el más inexperto platero las habría
declarado de ordinaria tumbaga.
Trazamos ahora aquí con brocha gorda la vera efigie de un _curro_ del
Manglar, en las afueras de la culta Habana, por aquella época memorable
de nuestra historia. No es nuestro original el majo que viste traje
andaluz. Es, ni más ni menos, el negro o mulato joven, oriundo del
barrio dicho o de otros dos o tres de la misma ciudad, matón perdulario,
sin oficio ni beneficio, camorrista por índole y por hábito, ladronzuelo
de profesión, que se cría en la calle, que vive de la rapiña, y que
desde su nacimiento parece destinado a la penca, al grillete o a una
muerte violenta.
Si hubiera cabido en la naturaleza del que nació curro, el aplicarse a
alguna cosa buena o de provecho, no cabe duda que el de que hablamos
ahora habría aprendido cuando menos las primeras letras; pues es un
hecho histórico que en la época de su muchachez había en La Habana más
escuelas de ese grado servidas por maestros de color que por blancos, y
su padre, bien intencionado africano, tuvo siempre particular empeño en
que recibiera alguna educación su callejero hijo.
Ahí cerca de la calle de los Corrales, donde nació y se crió nuestro
curro, estaba la escuela de Lorenzo Meléndez, Teniente de granaderos de
la milicia de color, concurrida de niños pardos, negros y blancos, donde
se distribuía la enseñanza casi de balde, como que la pensión consistía,
por la mayor parte, en legumbres, aves, huevos y velas de cera. Pero en
vano el padre le condujo muchas veces en persona; en vano recomendó al
maestro que le sentara la mano, porque el rapaz era de mala cabeza; en
vano él por propia cuenta le propinó castigos atroces; no aprendió ni el
_cristus_,[54] en las poquísimas visitas que hizo a la escuela del
venerable maestro Meléndez.
Prefirió siempre la pesca de sardinas en Tallapiedra, o la de camarones
en la Zanja Real, o el juego de papalotes en el placer de Peñalver, o
el de mates en la plazuela de San Nicolás, o el del picado en las
paredes de la iglesia de Jesús María. Esto, en el lenguaje vulgar de los
chicos de la escuela, se llamaba _fugitivarse_. La fuga de ella traía
consigo la necesidad de pasarse los días enteros al sol y al agua en las
calles, hecho la piedra de escándalo de todo transeúnte pacífico, cuando
no había oportunidad para guarecerse de algún cobertizo, como el del
matadero de cerdos, o de una taberna, donde infaliblemente se sobraban
las ocasiones de birlar algo con que entretener el hambre. Pero ya en
una, ya en otra parte, lo más cierto era que sacaba siempre la cabeza
descalabrada, bien a manos del compañero curro con quien jugaba, bien a
las del tabernero, que no buscaba nunca en los tribunales de justicia la
defensa y amparo de su propiedad.
Así aprendía él a fuerte, así se curtía desde pequeño, en la pillería y
la maldad. Y como no era el único curro, pues abundaba la especie en la
época mencionada, acontecía muchas veces el reunirse con otros varios de
su edad y de sus aficiones, en cuyos casos sus correrías tomaban
carácter más agresivo y malévolo. Formaba, en efecto, partido o bando
con los de su barrio para batirse a pedradas con los del vecino, sus
enemigos mortales; para arrebatar los medios que los padrinos solían
arrojarles a la calle después del bautizo; para atarle mazas de lata a
la cola de algunos perros y soltarlos en los sitios más concurridos de
paseantes; para lanzar piedras a los tejados o patios de ciertas casas
cuyos moradores les eran antipáticos: para hurgar con pinchos y
embravecer en los corrales a los cerdos y toros destinados a la matanza;
en fin, para esgrimir el cuchillo de palo hasta arañarse y sacarse
sangre unos a otros, cosa de aprender y adquirir agilidad en el manejo
de esa arma traidora.
Rayaba en la adolescencia cuando su padre, desengañado de que las letras
no le entraban ni con sangre, le puso de aprendiz con el maestro
zapatero Gabriel Sosa, que tenía su obrador en la calle de Manrique
esquina a la de la Maloja, dándole carta blanca para tratar al mozo en
todo conforme a la medida de sus merecimientos. Era el maestro Sosa
hombre duro de carácter y recio de mano, por lo que, a fuerza de golpes
con las hormas, de correazos con el tirapié y de atarle con cadena de
hierro, cual animal indómito y montaraz, para quebrantarle la propensión
a la fuga, al cabo de cuatro años logró que aprendiese siquiera a hacer
zapatos de mujer. Después de cumplido el término del aprendizaje, solía
concurrir dos o tres veces por semana a la misma zapatería con el objeto
de ganarse la subsistencia, siempre que no se le presentaban las
ocasiones de ganársela por medios, si no más honrosos, a lo menos más
cómodos y de acuerdo con sus innatas inclinaciones.
La zapatería del maestro Sosa se hallaba en la cresta de una barranca
cavada por las aguas llovedizas. Descendían por la calle de Manrique, y,
después de recoger las de la calzada de San Luis Gonzaga, las de la
Estrella y la Maloja, se precipitaban en cascada por entre los patios de
las casas de más abajo, formando arroyo caudaloso. Había, pues, un
desnivel grande entre el piso de la casa y el de la calle, y,
consiguientemente, dificultad mucha de acceso por la altura del umbral.
Al entrar en la calle Ancha, traía nuestro curro la vuelta del Campo de
Marte. Venía a paso largo, mejor a trancos, formando con los brazos un
ángulo de 45 grados (tal vez para disimular su demasiada largura), a
guisa de cigüeñas de piedra de afilar. No bien oyó los quejidos y echó
de ver el bulto en el suelo, paró de repente el trote. Luego de llevarse
ambas manos a las orejas, por si permanecían en su sitio las dos
menguantes de tumbaga, diciendo para sí:--_no están rompía, no me va a
sucedel náa_, resueltamente se dirigió al herido.
--¡Anjá! Paisano, le preguntó en su lenguaje y tonillo peculiares,
¿quién es _usté_?
--Yo soy Dionisio Jaruco, contestó él con voz apagada así que se
cercioró que se las había con un moro de paz.
--_Yo no ha oído ese nombre en mi vía._
--No es extraño, señor, porque soy medio forastero en esta ciudad. Y
¿cuál es su gracia de Vd.?
-¿Qué?
--Que cómo se llama Vd.
--_Me ñaman Malanga._
--¿Malanga? repitió Dionisio cual si no hubiese oído bien.
--Malanga. Aunque éste no es mi nombre, sino Polanco. _Er_ amo de mi
_paire_ era un _tar_ Polanco. Pero _asina_ me _ñaman_ en el _Manglal_,
_polque_ mi _paire_ es de nación, y mi _maire tambié_, y yo soy
_crioyo_. _Dende_ chiquito me _ñaman asina_.
Mentía el bellaco. Dábanle en el barrio del Manglar el apodo de Malanga
por ser él desmalazado de porte y de carácter, por tener las zancas y
brazos largos, en contraste con el tronco, que era corto, y sobre todo
los pies grandes y gruesos.
--_¿Y que hace el señol ahí tendió pansa arriba?_ ¿Se le ha _subió el
aseite a la chola_?
--Yo no estoy borracho, Malanga, estoy mal herido.
--_¡Jerío!_ ¿Y quién le ha hecho ese flaco _selvisio_?
--Un pardito que no vale una guayaba. Mire aquí.
--_¡Güeña jeria! Se conoce que el paidito sabe su oficio. ¿Pero aónde ha
estao el señol?_ ¿En un entierro?
--No he estado en ningún entierro. Yo venía de un baile, cuando me topé
con el pardito; tuvimos unas palabras y en la pendencia me hirió a
traición. Mas ¿por qué me hace Vd., esa pregunta?
--_Pol náa._ Como lo veo _vestío de sacateca_...
--Mi traje no es de zacateca, es traje de corte.
--Si es de _colte arto_ o _colte bajo_, yo no sé, _ma_ estoy mirando que
si no es _pol_ la bota, digo, la casaca, le _coltan_ al _señol_ la pata,
digo, lo viran como cangrejo. _Dispué_, me _paese_ que el _señol_ es
_argo goldo pa pelial_ con _cuchiyo_. _Dispué_, es _mu fatible_ que el
_señol hayga aprendió_ ya grande, y ése es un _alte_ que debe de
_aprendeise dende_ que uno es chiquito. _Dispué_, _usté_ tiene _mu
colto_ el brazo y no _pué defendeise_ de los _goipes_ de arriba.
_Dispué_...
--¡Hombre!, le interrumpió el herido con voz desmayada. ¡Por el amor de
Dios y la Virgen Santísima! no hablemos más de eso. Si Vd. es una
persona caritativa y quiere favorecerme que sea pronto, porque me voy en
sangre.
--Le amarraré un pañuelo _pa_ que no _saiga_ la sangre.
--No, es preciso lavar primero la herida.
--_¡Laval!_ ¿Está loco _er señol_? ¿Y si se pasma? ¿Y si se muere?
_Dispué_ dirá el _señol_ que _pol mor de mí_.
--No, no lo diré, esté Vd. seguro de ello. Si muero, no será por culpa
de Vd., sino porque me llegó la hora. Vaya, señor Malanga, corra a la
taberna de la esquina y tráigame una botella de vino seco y un vaso de
aguardiente.
--Sí, _señol_, yo _diré_ corriendo, _ma_ el _tabelnero_ ha _serrao_. Ya
es _mu talde_. _Dispué_ está él más _escamao colmigo quel_ diablo,
_polque_ me _conose_ y sabe que, _anque mestá mar_ en _desislo_, he
_birao_ más de uno de esos cangrejos. Yo no _pueo miral pa_ un catalán
sin que _me se_ suba la sangre...
--Bien, hombre, vaya, haga la diligencia. Tal vez abre. Toque recio.
--Es que... paisano, ¿_el señol_ no entiende? digo que... que siel
_señol no pinta_, le hago _sabel_ que no tengo ni _Jilacha_. No he hecho
ni la cruz esta noche.
--Vamos, amigo, ¿por qué no me lo dijo antes con antes? Aquí hay dinero.
Meta Vd., la mano en esta _faldriquera_ del chaleco. Ahí debe haber una
amarilla, dos doblones y un dobloncito. Coja Vd. el más chico y corra,
que se me va la cabeza... no veo nada.
Y se desmayó el herido. El curro, sin embargo, no hizo alto en ello.
Sólo se ocupó de registrar el sitio designado y de coger en la mano la
moneda de oro que rara vez, si alguna había poseído en su vida, con
permiso del dueño. Enseguida partió para la taberna que, cual esperaba,
encontró cerrada a cal y canto; y se puso a tocar con las falanges de
los dedos, al principio a la sordina, luego con el puño a golpes recios
y repetidos. De suerte que así fuera sordo de cañón el tabernero, hubo
de oír y acudir presuroso al llamado, a fin de evitar que le echaran la
puerta abajo. No había de ser un ladrón quien le sacaba de la cama de
aquel modo en hora tan avanzada de la noche. Por precaución, sin
embargo, no abrió ni el postiguillo enrejado; contentose con echar la
voz con acento puro catalán por el ojo de la llave, preguntando:
--_¡Oya! ¿Qui ets?_
--_Yo, ño Juan._
--_Ma, ¿qui est jo?_
--_Malanga, ño Juan, ¿no me conose?_ Abra la _puelta_.
--_¡Abrit le porta! ¡Vota va Deus! ¿y per questa embajat m'ha fet salir
del cama? Andat, andat tu camin, Malangue. Jo no abrirat le porta. ¡Qué
cinich descaro!_
--Abra, _ño_ Juan, pol _er amol de su maire_. Ahí está un _probe_ moreno
_jerío_.
--_¿Ferido dises? Pera el diable que te abra. ¡Mare de Deu! ¡la
justicia! ¡Perderat cuant jo tinga! ¡Meus dinés! Bona nit, noy._
--Oiga, oiga, _ño_ Juan. Yo no _dentraré_. Abra la gatera. Aquí hay
_mejengue_.
--_¡Ah! Ese's altre contare. Vinga lo diné._
--Dando y dando, _ño_ Juan. Deme una _boteya_ de _bino_ seco. No
_mojao_. ¿Entiende? Y un _baso_ del que quema.
--_Done, done._
--¿Cuánto?
--_Un pese fort et mitje._
--Tenga una _amariya_ chiquita.
--_Ten la boutelle et ten lo vaso. Et ten el volte. Per caridat te sirve
esta vegada, noy._
Con la botella en una mano y el vaso en la otra, que recibió por el
ventanillo enrejado, sin pararse a contar el cambio que le dio el
tabernero, acudió en socorro del cocinero. Luego que le lavó la herida,
es decir, que se la empapó por encima de la camisa, que se la vendó lo
mejor que supo y pudo con dos pañuelos, que le dio a beber el
aguardiente, le ayudó a levantarse y por la mano le condujo hasta un
cuarto de tablas en el interior de una ciudadela o casa de vecindad que
había a la puerta inmediata del teatro de Jesús María. Por fortuna,
mientras duró esta cómico-trágica escena, no pasó por allí alma
viviente, si exceptuarse puede uno que otro gato o perro que, lejos de
emprenderla con nuestros personajes, o huyó despavorido, o se retiró
ladrando.
¿Pero de dónde nacía la no vista amabilidad que desplegó aquella alma de
cántaro, el malvado Malanga, en tan crítica ocasión? Procedía del hecho
que, habiendo tocado las monedas de oro en la faltriquera del chaleco de
Dionisio, calculó con razón que, ora muriese de la herida, ora sanase,
sería él su heredero forzoso, o se valdría de la fuerza o del engaño
para heredarle en vida. A este fin primordial llevó Malanga más adelante
todavía sus buenos oficios para con un hombre que le era enteramente
desconocido. Cediole la cama, consistente de un catre de viento, sucio y
desvencijado, sin más ropa ni manta con que cubrir las _mataduras_; y a
la mañana siguiente muy temprano fue hasta la esquina de la calle de la
Maloja y la del Campanario Viejo, donde vivía el cirujano romancista
Zarza, le despertó, y, quiera que no, le condujo ante el enfermo,
encargándole inviolable secreto. Servicios tales se pagan sólo con
dinero entre gente honrada y leal. Así lo comprendió Dionisio, quien,
tanto por gratitud cuanto por precaución, se apresuró a pagar la deuda,
dando al nuevo amigo que se había echado, la mayor parte de la suma que
poseía, no fuera que se cobrase de mano poderosa.
Durante la convalecencia de Dionisio, le entretuvo Malanga con la
gráfica relación de su arrastrada vida y de sus aventuras. Nada le
ocultó: sus trabajos de muchacho; sus raterías de mayorcito; sus
puñaladas dadas y recibidas en riñas desiguales; por último, sus
maravillosas escapadas de las persecuciones de la justicia.
Especialmente refirió, por cierto con feroz complacencia, llevando la
cuenta con marcas hechas en el brazo izquierdo, el número de los
_cangrejos_ (según llamaba a los taberneros o pulperos, en su mayoría
catalanes), que había _birado_ en sus pocos años de vida; esto es,
asesinado a sangre fría.
Como hiciese Malanga en estos casos frecuente uso de los vocativos
Dionisio y aún Jaruco, prevínole éste no le diera ninguno de estos
dictados, exponiéndole las razones que tenía para aquella precaución.
--Llámame paisano, prosiguió. Así me dirigió Vd. la palabra cuando me
encontró más muerto que vivo en medio de la calle. Desgraciadamente soy
esclavo, amigo mío, y no me hallo aquí con licencia de mis amos. Yo me
aproveché de su ausencia en el campo para coger del escaparate de la
señora la ropa que Vd. se figuró era de zacateca. Ahí _tomé_ también el
dinerito con que nos hemos venido bandeando. Dentro de dos días no queda
ni para encenderle una vela a las ánimas del purgatorio. Gana Vd. poco y
eso con mucho riesgo. Así, es necesario pensar en salir a la calle y
ver cómo se hace por la vida.
--No se aflija _er señol_, dijo Malanga en confianza, que _entuavía_
tengo yo una prenda con que se _puée haseil_ plata.
--Venga la prenda, repuso Dionisio alegre.
Desenvainó el matón el buido cuchillo, que siempre llevaba consigo
debajo de la camisa, escarbató el suelo natural del cuarto hacia un
rincón, oculto por el catre, y sacó algo pesado, envuelto en un trapo.
Enseguida, teniendo el bulto alto, añadió:
--_Es querei desisde ar señol, que dende el año pasao, entre yo, un
paidito ñamao Picapica y un morenito ñamao Cayuco, paranos de mañanita
temprano, junto a la plasoleta de Santa Teresa, a un blanquito mu
currutaco que en cuanto que le enseñé el jierro me se quedó muelto entre
las manos y mos dio toas las prendas que tenía arriba de su cueipo.
Misamigos se cogieron la plata y yo me cogí esta prenda. Dispué se la
yebé a un platero de la Calsáa pa vel si me la meicaba; ma en cuanto que
la miró bien, va y me dise: Esta prenda es robáa, y yo no doy poleya ni
un cabo de tabaco. Míe, paisano, cogí piche, y dende ese día la tengo
enterráa. Es factible quer señol puea vendesta._
--Daca la prenda dichosa, dijo Dionisio con gran prosopopeya.
Pero no bien la tuvo en la mano, exclamó sorprendido:
--¡Yo conozco este reloj, amigo Polanco!
--_¿Beldá? dijo Malanga, ¡míe que caso!_
Era de oro, y de la argolla pendía, doblada en dos, en vez de cadena o
cordón, una cinta moaré azul y encarnado, cuyas extremidades recogía una
hebilla, así mismo de oro.
--Conozco este reloj, repitió Dionisio. Señorita, quiero decir, mi
señora, se lo regaló al niño Leonardo en octubre del año pasado. Debe
tener una marca.
Abierta la contratapa, el ex-cocinero leyó: L. G. S., oct. 24-1830;
Leonardo Gamboa y Sandoval, que pasa las Pascuas con su familia en el
campo.
--Y ¿qué _endivíos_ son ésos?, preguntó Malanga desconcertado.
--Mis amos, contestó Dionisio. La señora chiquea mucho a su hijo y le
hace cada día un regalo.
--_Pue me ha de peidoná er señol_, agregó el curro apesarado. _Yo no
sabía que esos endivíos eran conosíos der señol._
--No hay para qué perdonarle, amigo Malanga. Si para hacer uno por la
vida tuviera que pararse en melindres, se moriría de hambre. Estoy
seguro, prosiguió Dionisio, que a estas horas se hallan mis amos muy
descansados en La Habana, y su primer cuidado ha sido pregonarme por el
_Diario_. Me parece que leo el edicto en que se ofrece pagar bien por mi
captura. No faltará quien, por ganarse la propina, me siga los pasos, y
desde ahora digo, que bien puede amarrarse los calzones el que pretenda
echarme garra... Yo no me entrego vivo, tendrán que hacerme picadillo.
Tal vez Tondá, que me conoce, se habrá hecho cargo de la comisión... No
le arriendo la ganancia. Pero no hay necesidad de comprometer un lance,
porque dice el refrán que el que evita la ocasión evita el peligro, y yo
estoy resuelto a vivir y ser libre ahora que me he escapado. Yo no nací
para ser esclavo toda la vida, señor Malanga. No. Yo me crié en medio de
la grandeza y de la abundancia; ni conocí los rigores de la esclavitud
mientras estuve con mis primeros amos. Esos sí que eran caballeros.
Ahora estoy casado y tengo dos hijos. Digo mal. La mujer hace muchos que
me la tienen desterrada allá en las quimbámbulas del silencio, en un
ingenio, y ha tenido un mulato con un blanco. Pero yo la quiero y quiero
con el alma a mi hija, y debo trabajar para comprarles su libertad y la
mía. Con que vaya viendo, amigo Malanga, si conviene que no me llame
Dionisio, ni Jaruco, los dos únicos nombres por los cuales soy conocido
en esta ciudad. Mientras Tondá no oiga mi nombre, ni me vea la cara,
estoy seguro.
--_Pa_ eso que a mí no me vale _er_ que me _ñamen_ Polanco o Malanga,
dijo éste con cierta resignación. Lo mismito da. _Tóos_ me _conosen pol_
los dos nombres. Yo soy más _conosío_ en esta _suidá_ que los perros. Y
_míe er_ caso, yo _tambié_ estoy _pregonao_. _Mes capé_ de las uñas de
Tondá _pol_ un milagro. _Pue, señol, dentré_ yo una noche _der_ año
_pasao_ con dos amigos, _argo talde_, en la _tabelna_ que está en la
esquina de Manrique y la _Estreya_. Pedimos un poco _der_ que quema,
_bebinos_ y _salinos_ de rengue liso, cuando _er tabelnero_ va y me coge
_pol_ la camisa _pa_ que le _pagáranos_ la _bebía_. _Míe_, paisano, _me
se_ subió el diablo: metí mano _ar jierro_ y le di una _mojáa na_ más
aquí (pasándose el índice por la garganta) _sarva_ sea la _paite_. _Der_
viaje _sortó_ un caño de sangre como un toro _jerío_, y _pa_ que vea _er
señol_, _sartó_ el _mostraól_ y nos corrió atrás hasta la esquina, donde
_tubo_ que _agarraise_, cayó y dejó _maicaos_ los _deos_ con sangre en
la _paré_.[55] _Dispué_, Tondá se olió que _habíanos_ sido nosotros, y
tanto nos buscó hasta que dio con los tres en un velorio, allá _pol lo_
Sitios. Yo salí _safando_, _ma_ mis dos amigos cayeron en _er laso_, y
_entuavía maman cáisel_. _Dende entonce_ ando sin sombra, _polque_ Tondá
es _mú júbilo_. ¿No ve? _Sargo_ solo de noche y _a pena_ ni paso _pol_
la tienda.
--¿Qué tienda?
--La tienda _der_ maestro Sosa.
--¿Maestro de qué?
--De _sapatos_.
--¿Zapatos de hombre?
--De _tóo_. Yo trabajo ahí cuando no _pueo ganai_ la _vía_ de otra
manera. Yo hago _sapatos_ de _mujé_.
--Y yo también los hago, dijo Dionisio animándosele el semblante.
Aprendí a hacerlos con el calesero Pío, de mi casa. No soy un chambón en
el oficio. Y me ocurre una idea: que si Vd. tiene la bondad de hablarle
al maestro Sosa, quizás me tome, en cuyo caso nos hemos salvado. No
podrá sospechar siquiera Tondá, que me he refugiado en una zapatería.
--_Güeno_, si _er señol quié_ lo _yebaré_ una _talde destas_, _mejol_,
una mañanita, _polque_ como Tondá anda siempre en _cabayo_, no sale
nunca temprano a la calle.
Efectivamente, Malanga, así que su amigo recobró la salud y se halló en
disposición de trabajar, lo condujo a presencia del maestro Gabriel Sosa
y se lo recomendó de todas veras, no ya sólo como oficial experto en
zapatos de señora, sino como persona distinguida y hombre honrado a
carta cabal; que había caído en desgracia y apelaba al oficio para no
morirse de hambre. Por donde vino a repetirse aquí el cuento, algo
parecido, del león herido a quien recogió un esclavo prófugo en las
soledades del África, para que después el animal alimentara al hombre y
le protegiera contra las demás fieras, cuando al cabo de muchos años se
encontraron los dos en el circo de Roma.
CAPÍTULO II
_Ille dolet tere qui sine teste dolet
Verdadero es el dolor del que
sin testigos llora._
MARCIAL
Hasta la puerta de la casita en la calle del Aguacate, acompañaron a
Cecilia el sastre Uribe, Clara su mujer, Pimienta y su hermana Nemesia.
Así que llamó Cecilia del modo particular convenido, rodó la tranca y se
abrió por sí misma la puerta. Es que la abuela, muy enferma para esperar
en pie a la nieta, había atado el cabo de una cuerdecita al extremo de
la tranca, cerca de su punto de apoyo, y el otro cabo a uno de los
pilares de la cama, al alcance de su mano. Por lo pronto no se hablaron
una palabra.