retiró de prisa, no subió a la calesa hasta que vio que yo soné el
aldabón y abrieron la puerta. ¡Si se figuraría que me iba a huir! Me
abrió una morena vieja, y en cuanto que puse el pie dentro, conocí donde
me hallaba. De todas partes oí llantos y chillidos de muchos niños. Me
hallaba en la Casa Cuna. Había de todo en ella, quiero decir, niños
blancos y mulatos y crianderas casi todas negras como yo. No tuve que
preguntar por el señor de Montes de Oca, pues estaba en el comedor
examinando un niño enfermo en los brazos de su criandera, y, sin más ni
más, me dijo:--María de Regla Santa Cruz, ¿eh? Antes que yo pudiera
contestarle sí, señor, o no, señor, me cogió por la muñeca, me tomó el
pulso, me hizo sacar la lengua y me abrió los párpados con dos dedos
para ver el color de los ojos. Todo esto callado o por señas. Luego me
llevó al primer aposento. En el medio había una camita de caoba tapada
con un mantón o velo grande de punto blanco, que el médico levantó con
una mano, mientras que con la otra me señalaba para una niña blanca
dormida entre pañales de holán batista, bordados o con encajes anchos.
¡Qué lujos, niñas, qué lujos! Me quedé boba. Debían ser muy ricos sus
padres, más ricos que el Buey de Oro. El médico, con su vocecita fañosa,
me dijo:--Esta es la niña que vas a criar. Cuídala como si fuera hija
tuya, que no te pesará. Tú eres joven, eres buena y sana y debes tener
mucha leche. Ve la marca azul que tiene en el hombro izquierdo. No se ha
bautizado todavía.
«Me hice cargo de la niñita y me propuse criarla como si fuera mi hija,
no tanto por la amenaza del amo como por la promesa del médico y porque
me pareció una divinidad. Me encantó. Mejorando los presentes, no había
visto niña más linda en la vida. Sólo podía compararse con su merced
cuando nació. Se parecía tanto a su merced entonces, que si vive y no se
ha descompuesto, es el mismo retrato de su merced. Ni jimaguas se
hubieran parecido más.
«¡Qué blanca! añadió la nodriza, trazando a grandes rasgos el retrato de
la chica en la Casa Cuna. «Blanca como coco, niñas: la cara redonda, la
barba puntiaguda, la nariz afilada, la boca un botón de rosa, chiquita
y colorada. ¿Y los ojos? No me diga nada: hermosísimos; las pestañas
tamañas. No me cansaba de mirarla. Lo primero que hice en cuanto
_dispertó_ fue registrarle los hombros para verle la marca. Tenía una
media luna pintada con aguja, salva sea la parte (sentando María de
Regla la mano abierta en el omóplato izquierdo) aquí...
«Al principio la niña no quería darse conmigo: extrañaba el olor de la
madre o de la primera mujer que le dio de mamar. Los días que estuve en
la Casa me trataron como una princesa... ¡Ah! ¡Qué cuidado tenían
conmigo! Eso sí, no me dejaban salir a la calle. El médico estuvo tres o
cuatro veces a ver a la niñita y él fue quien trajo al padre Manjón,
cura de la Salud, para que la bautizara. Le pusieron por nombre Cecilia
María del Rosario, de padres no conocidos, y, por supuesto, Valdés.»
--¡Cecilia Valdés! repitió asombrada Carmen. Ese nombre no suena en mis
oídos por la primera vez.
Confirmó Adela el parecer de su hermana, si bien ninguna de las dos pudo
recordar la época precisa, la ocasión ni el lugar. Con esto se despertó
más vivamente la curiosidad y el interés de las señoras.
«Por todas estas cosas, dijo la enfermera, me pasó más de una vez por la
idea que podía ser el médico el padre de la niñita. Pero era tan feo,
que me convencí que de él no podía nacer niña tan preciosa, aunque la
hubiese tenido con la misma diosa Venus. Unos pocos días después de
bautizada la niña vinieron a buscarla en un carruaje muy lujoso, de
orden del médico. Entramos en La Habana por la puerta de la Muralla,
dimos muchas vueltas y fuimos a parar a una casita del callejón de San
Juan de Dios. Al apearme le pregunté al calesero de quién era, y me
contestó:--De Montes de Oca. Pero cuando le pregunté quién vivía en
aquella casita, echando a correr dijo:--Yo no sé.
«Me recibió a la puerta una mulata gorda, bien vestida y hermosa.
Diciéndome:--Entra, María de Regla (sabía mi nombre), me arrebató la
niña de los brazos y por poco se la come a besos. Esta es la madre,
pensé yo. Mas luego me desengañé que no lo era, pues siguió con la niña
hasta el segundo cuarto y se la presentó a otra mulata más joven, más
bonita que ella, que se hallaba en una cama.--¡Charito! ¡Charito! le
dijo. _¡Dispierta!_ Alégrate. Mira a quien tienes aquí, a tu Cecilita.
¡Mira qué linda está!
«Aunque estaba pálida como muerta, casi desnuda, flaca, con el pelo
alborotado, se me dio aire a Cecilia, sí, se me pareció mucho a ella, me
convencí de que era su madre.
«Tardó mucho en _dispertar_ la tal Charito, pero más valía que no,
porque se armó allí la San Francia. Abrió los ojos, miró para todas
partes como azorada y se sentó en la cama. Me pareció que hacía como si
estuviera loca; y lo estaba, niñas, no me quedó duda. Cuando la mulata
gorda, que la llamaban Chepilla, le metió la niña por los ojos, ella
empujó a las dos y se echó fuera de la cama furiosa. Agarró a Cecilita
por el pezcuezo con las dos manos y trató de ahogarla, y la hubiera
ahogado si Chepilla no echa a correr para la sala con la niña y cierra
la puerta del primer aposento. También entre una negra vieja, alta, que
parecía un esqueleto andando que se apareció de repente por la puerta de
la cocina, y yo, logramos sujetar a la loca y tumbarla en la cama.
Tumbada y todo peleaba con nosotras, valiéndose de las uñas y de los
pies, sin decir palabra, hasta que la negra esqueleto, hecha un mar de
lágrimas, me dijo por señas que la amarrara con una sábana en el catre.
Así lo hice y... remedio santo; la loca se quedó como en misa. Por eso,
bien decía mi amo el señor Conde, que el loco por la pena es cuerdo.
«Quieta por aquí la gente, fui a coger la niña, pues la oí llorar; y
encontré las puertas cerradas por dentro con la aldaba de garabato, y
aunque toqué varias veces, no vino _seña_ Chepilla a abrirme. Supuse que
por miedo de la loca, y traté de _aguaitar_ por un agujero, por si veía
lo que estaba haciendo. La vi efectivamente de espaldas, asomada a un
postigo de la ventana, presentándole la niña a un caballero que se
hallaba en la calle y del cual sólo alcancé a verle el sombrero negro de
ala angosta y copa como campana. Era de los llamados del _situayén_, que
estaba de moda y me pareció haberlo visto antes.
«Sin duda con ese caballero hizo _seña_ Chepilla venir al médico Rosaín,
pues se apareció en la casa de buenas a primeras y derecho pasó al
cuarto de la enferma y la estuvo examinando despacio. Su _pronóstico_
fue fatal. Charito está loca de cepo, le dijo sin rodeos a _seña_
Chepilla; y lo que es peor, hay que separar cuanto antes la hija de la
madre o la madre de la hija. Ha tomado con ella el tema de su locura y
es muy fácil que la ahogue en uno de sus arrebatos. _Seña_ Chepilla,
afligidísima, como deben figurarse sus mercedes, dijo que aunque veía el
riesgo de que durmieran bajo el mismo techo la madre y la hija, no se
atrevía a tomar una determinación hasta consultar a un caballero con
quien ella consultaba todas sus cosas.--¿Será ese sujeto con quien Vd.
me mandó a llamar? preguntó el médico.
«--El mismo, contestó la mulata gorda.
«--Pues me espera en la esquina, agregó el señor de Rosaín, para oír de
mi boca el pronóstico del estado de la enfermedad de la doliente, y como
el caso urge y no hay tiempo que perder, le haré venir para que Vd. le
consulte...--No, no señor, repuso _seña_ Chepilla asustada. Se perderá
más tiempo. El no vendría ahora aquí. Mejor será que si Vd. tiene la
bondad le haga por mí la consulta allá mismo y me diga después su
resolución. Fue a la esquina el médico, a poco volvió y comenzó a
decir:--Don Cán...--Calle, señor doctor, le atajó más azorada que nunca
_seña_ Chepilla. Calle, por vida suya, no diga más, yo sé su nombre y
basta.
«--Bien está, continuó el médico con toda su calma; el caballero de la
esquina es de opinión que se lleve a Charito a Paula, ahora mismo
dispondrá que la conduzcan en una litera. ¡Ah! También es de opinión que
se quede la niña con su criandera en esta casa.
--¿Quién era el caballero de la esquina? preguntaron a una Carmen y
Adela.
--Yo no lo sé verdaderamente, niñas mías; contestó titubeante la antigua
nodriza. No me atrevería a jurar que el médico dijo don Cán. Bien pudo
decir en vez de don Cán, don Juan, don San u otra palabra acabada en an.
Me hallaba distante, temía que me sintieran, y luego la niña continuaba
llorando. Me pusieron en sospechas, lo confieso, los aspavientos de
_seña_ Chepilla, y el recuerdo del sombrero de moda que vi por el
postigo de la ventana.
--¡Anjá! exclamó Carmen. Según eso, si no sabes de cierto quién fue el
caballero que no acabó de nombrar Rosaín, lo sospechas. ¿Cómo crees tú
que se llamaba?
--Yo no creo ninguna cosa, niña Carmita, contestó María de Regla
turbada. Tampoco me atreveré a decir esta boca es mía.
--¿Qué temes? le preguntó Adela en tono blando.
--¡Ay, niña Adelita! Temo mucho, temo todo. Los negros han de mirar
primero cómo hablan.
--Tu temor es vano. ¿Qué puede sucederte? Tanto tiempo hace de lo que
vas a referir, que ya casi se ha olvidado. Además, el sospechar no es
malo, la sospecha es natural algunas veces.
--Pero, niña, su merced parece que se olvida que lleva siempre la de
perder el esclavo que sospecha de sus amos.
--¡Cómo! ¡Qué! interrumpió a la negra, Carmen, visiblemente enojada.
¿Acaso sospechas que fue papá?
--Yo no, niña de mi corazón, se apresuró a decir la antigua nodriza.
Dios me libre de sospechar nada malo del amo. Me equivoqué, niña
Carmita, se me trabucó la lengua. Yo no quise decir amos, yo quise decir
blancos. Los esclavos no deben pensar nada malo de los blancos.
¿Entiende ahora la niña lo que quise decir?
--No, repuso Carmen con marcada seriedad. No quiero creer lo que dices
ahora para disculparte y no referir lisa y llanamente lo que sucedió. Te
haces la mosquita muerta cuando te conviene, y crees que sabes más que
nosotras. Pero te engañas, y lo peor es que te contradices a las claras.
Voy a probártelo. No te pareció malo contar que al médico don José Mateu
se le caía la baba por ti, que lo mismo o poco menos le sucedió al Conde
de Jaruco y a su hijo, y que la Condesa, por celos, se apresuró a
casarte con Dionisio. ¿Qué más podías decir de unos caballeros blancos?
Hubo un momento de silencio, si penoso para la narradora, mucho más para
Isabel, cuya viva imaginación traspasaba los límites del presente, junto
con los del lugar; y, atando cabos, veía, como a través de un cristal,
el cuadro nada limpio ni edificante de la familia con la cual iba a
contraer lazos que no se rompen sino con la existencia. Nada preguntó,
no desplegó los labios para hacer una exclamación o exhalar un suspiro;
con lo que había referido la negra tuvo bastante para adivinar lo demás.
En el mismo caso no se hallaban Carmen y Adela. Estas no poseían el
talento, la edad ni la experiencia de su amiga, y fue natural que, lejos
de asustarse, disgustarse o darse por satisfechas, sintieran mayor
curiosidad y desearan averiguar hasta los más menudos incidentes de una
historia que tenía todos los visos de escandalosa, si no de altamente
inmoral.
--Vamos a ver, volvió a la carga Adela con su voz melosa y persuasiva
expresión. Di de una vez, ¿quién te figuras que fue el caballero que
viste por el postigo de la ventana?
--Voy a decirlo porque sus mercedes me lo exigen, no porque me sale de
adentro. Dios me castigue si digo mentira, y no me tome en cuenta mis
palabras si levanto un falso testimonio. Pero me figuré, niñas, que el
caballero que vi al postigo de la ventana besando a la niña era... el
amo. Se parecía mucho.
--¡Papá! exclamaron a una, ahora indignadas, Carmen y Adela. Eso no
puede ser. Te engañaron tus ojos. Papá no ha tenido que ver nunca con
mulatas y gente sucia.
--¡Mentira! recalcó Carmen, que no sentía ningún género de consideración
por María de Regla. No fue papá. No, no, no. ¡Papá, tan serio, tan
caballeroso, noble por nacimiento y por carácter, papá besar a
hurtadillas, desvivirse por una muchachuela de la Cuna, una mulatica
quizás! ¡Es imposible! Lo niego, lo rechazo con indignación. Si me lo
juran por todos los santos del cielo no lo creo.
--Me engañé, niñas, dijo la negra compungida. Sus mercedes no deben dar
crédito a mis palabras. Me engañé, vi mal. Tomé a otro caballero por el
amo. Me confundía. Háganse cargo sus mercedes que yo estaba sofocada por
la pelea con la loca, y de contra, que vi lo que pasaba en la ventana de
la sala, por un agujerito en la puerta del aposento. No es mi culpa que
yo haya guardado esa figuración tanto tiempo en el pecho. ¿Qué culpa
tuve yo de que el amo me alquilara para criar la niñita? ¿qué culpa tuve
yo de que el amo me llevara en su calesa a la Casa Cuna? ¿qué culpa tuve
yo de que el amo me encargara el mayor silencio sobre lo que iba a ver y
oír en la Cuna y en toda otra parte a donde llevarían la cría? ¿Sus
mercedes no ven el misterio? Luego, ¿quién era el padre legítimo y
verdadero de Cecilia? El médico Montes de Oca no era; el médico Rosaín
no era; el amo no era, porque estaba casado con Señorita. ¿Quién era?
Claro, el hombre que venía a menudo a ver la niñita, siempre
escondiéndose de mí. ¿Por qué se escondía de la criandera de su hija y
no de la ama de la casa? Yo cavilaba en esto, y luego daba la casualidad
que ese hombre se parecía tanto al amo, que muchas veces me tragué que
los dos eran uno. Pero sus mercedes me han sacado de la duda.
--Por supuesto, dijo Carmen, en quien la diplomacia de ama empezaba a
ejercer su imperio sobre la pasión de hija. Por supuesto, tú estabas
equivocada. Papá no ha tenido más arte ni parte en ese enredo que el
buen deseo de sacar al médico Montes de Oca de un compromiso con un
amigo suyo que necesitaba una negra para criar a una niña ilegítima. Tan
claro se ve esto como la luz del día. Lo extraño es, muy extraño, agregó
dirigiendo la palabra a sus amigas, que esta negra, la más despierta y
resabida de las negras, no hubiese procurado averiguar quiénes eran las
mujeres de la casita en el callejón de San Juan de Dios; ni cómo se
llamaba el caballero que solía venir a ver la muchachita por el postigo
de la ventana. He aquí la cosa más incomprensible para mí.
--¡Ah! exclamó la taimada enfermera. ¿Conque su merced cree eso? Pues
mire la niña que trabajé todo el tiempo lo que fue bueno para averiguar
lo más mínimo; y unas cosas supe y otras cosas no logré saberlas. ¡Vaya
que si metí los dedos! ¡Vaya que si _escarbaté_! Más que una gallina con
pollitos. Pero nada, no había modo de sacarles una palabra. Las dos
mujeres, o eran muy sabichosas, o las habían _alicionado_ gentes que
sabían más que nosotras. Lo único que logré averiguar de cierto fue que
la morena esqueleto se llamaba Madalena Morales y era madre de _seña_
Chepilla, que _seña_ Chepilla Alarcón era madre de _seña_ Charito, y
_seña_ Charito era madre de Cecilia Valdés. Es querer decir, que
Madalena, negra como yo, tuvo con un blanco a _seña_ Chepilla, parda;
que _seña_ Chepilla tuvo con otro blanco a _seña_ Charito Alarcón, parda
clara, y que _seña_ Charito tuvo con otro blanco a Cecilia Valdés,
blanca. Ahora, ¿quién mantenía a esas mujeres? ¿quién pagaba la casa, la
comida, el médico y el lujo? ¿Quién era el padre de la niña? Nunca pude
averiguar lo cierto. No me valía meter los dedos con mucho disimulo.
_Seña_ Chepilla siempre estaba alerta. Porque si yo le hacía una
pregunta, por inocente que fuera, de seguro que me salía con otra
pregunta:--¿A dónde aprendiste esa labia?
«Una vez le pregunté a Madalena cómo se volvió loca Charito. En mala
hora. No habló ni una palabra; se _dimudó_, se puso ceniza; resopló como
un animal espantado; soltó muchos ufs y afs y salió disparada y se metió
en la cocina. Otra vez le pregunté quién metió a Cecilita en la Casa
Cuna. ¡Jesús! acabó de rematarse. No pudo hablar. Le pregunté otra vez:
¿cómo es la gracia del padre de Cecilita? Pareció que le pegaron
candela; materialmente echó chispas por todo el cuerpo; se le pararon
como culebras los moñitos de pasas en la cabeza; dijo:--¡oh! ¡ah! ¡abrió
los brazos, uno para acá, otro para allá, formó dos cruces con los dedos
cual si hubiera visto al diablo y me dejó con tamaña boca abierta. Le
digo a las niñas que no me descuidaba.
«Lo malo es que yo, partiendo por la primera, creí que el caballero
blanco, que venía casi todas las semanas a ver la niñita a escondidas
mías, era el amo, y se lo dije a Dionisio en cuanto nos vimos. Por Pío
supo él que el amo se apeaba a menudo en al callejón de San Juan de
Dios, y que seguía luego a tomar el carruaje, o en la calle del
Empedrado, o enfrente de la casa de don Joaquín Gómez, donde jugaba
todas las noches al tresillo. Con estas señas, tanto hizo Dionisio hasta
que dio conmigo. _Seña_ Chepilla no me dejaba salir a la calle ni para
hacer los mandados; pero yo y Dionisio nos veíamos, o de madrugada
cuando él iba a la plaza, o tarde de la noche mientras todos dormían en
la casa. Entonces conoció Dionisio a Cecilia y le tomó un odio...
mortal, porque ella era la causante de nuestra separación. Para salir
Dionisio de casa tarde de la noche, hacía que la vieja Mamerta robara la
llave de la puerta de la calle, que se guardaba en el aposento de
Señorita.
«Por fin, una madrugada nos pilló _seña_ Chepilla a mí y a Dionisio
conversando en la sala, y se puso tan brava que me quitó la niña y me
prohibió darle de mamar. Por fortuna esto fue como a los nueve o diez
meses de estarla criando, en que ya caminaba y podía mantenerse con
mascaditos... A los pocos días _seña_ Chepilla me dijo que ya no me
necesitaba más y que podía irme para mi casa. Yo le contesté que no
sabía las calles de La Habana y temía perderme. Admírense, niñas, al día
siguiente vino Pío por mí. ¿Quién le avisó? El me dijo que el amo había
mandado a buscarme. Pero, ¿cómo supo el amo que me habían botado?
«En casa me aguardaba Señorita con espada en mano. Yo, sin embargo, no
temía nada, porque esperaba que me defendería el amo. ¡Qué había de
defenderme! Al contrario, me pareció que se puso en contra mía y que
atizó a Señorita para que me mandara al ingenio, sin hacer ninguna
averiguación. Dionisio me había contado que Señorita y el amo habían
tenido muchas pendencias por mi causa, por la niña que yo criaba, por
haberme llevado el amo en la calesa a la Casa Cuna, porque no creía que
el médico Montes de Oca me había alquilado; en fin, por otras mil cosas.
Lo cierto es, que apenas entré por la puerta del zaguán, me llevó
Señorita al cuarto escritorio donde estaba el amo sacando cuentas, y
allí me puso en confesión. No recuerdo todo lo que me preguntó, ni lo
que yo le contesté; lo que yo recuerdo bien es que le dije muchas
mentiras y que me amenazó con mandarme al ingenio. El amo no dijo ni jí,
ni já.
«Pero ya estaba yo embarazada de Dolores y Señorita de su merced. Ella
se enfermó de estas resultas, y cuando nació su merced, como estaba
delicada y yo había salido felizmente de mi cuidado, tuve que criar a su
merced para que la vieja Mamerta criara a Dolores con leche de vaca y
migas.
«Vean ahora, niñas, mi mala suerte. Yo, madre querendona, obligada a
criar la hija de mi señora, mientras a la hija de mis entrañas, la
primera que se me lograba, no podía darle de mamar, tan siquiera cogerla
en mis brazos para besarla y calentarla en mi seno. Bien sabe Dios que a
mí siempre me han gustado los niños; que si crié bien a Cecilia, con más
veras la crié a su merced y la quise y la quiero como si la hubier
aparido. Pero póngase en mi lugar, niña Adela, y considere cómo no
sufriría yo cuando veía a su merced sanita, sonrosada, rolliza, limpia,
con mucho birrete de punto, mucha faja bordada, mucha camisita de holán,
faldellines con encajes, mediecitas de hilo y zapaticos de seda,
durmiendo en cuna de caoba que la mandaron al amo de regalo desde el
Norte, siempre en mis brazos o en los de Señorita, en los de la niña
Antoñica, hasta en los del amo, porque su merced era muy chiqueada por
todas las personas; porque su merced lloraba, o se quejaba de algo, se
venía la casa abajo y eran pocos los amos, los amigos y los criados para
correr por el médico, para ir a la botica y atender a la niña, hasta que
se le pasaba el dolorcito y se ponía buena. La mayor parte de las veces
yo tenía la culpa, según decía Señorita, del llanto de su merced, porque
la había pellizcado al fajarla, porque el agua del lebrillo en que la
bañé estaba muy fría o muy caliente, porque le prendí mal un alfiler y
le arañaba, y por otras mil cosas. E intertanto ¿qué era de mi hija
Dolores? Figúrese su merced cómo no me partiría el corazón de verla
flaca, enfermiza, mocosa, sucia, casi desnuda, arrastrándose por el
suelo, entre las gallinas del patio o entre las patas de los caballos
en la caballeriza, o al lado del anafe de las planchadoras, o en la
cocina salpicada de manteca caliente; chupando en una muñequita el pan o
el arroz mojado en leche que para entretener el hambre le envolvía en un
trapo sucio la mujer que la criaba. Si lloraba... ¡Jesús! En vez de
consolarla, Señorita era la primera que decía:--¡Llévense esa negrita
para la cocina! Me atormentan sus chillidos. Dionisio no sabía manejar
niños, ni podía tampoco abandonar sus obligaciones. Mamerta, la
encargada, era una solterona vieja que tampoco sabía cuidar niños, que
no había tenido hijos en su vida y... no conocía el amor de madre.
«Yo me pasaba los días y las noches llorando. Me quedé en la espina. No
me faltó por eso la leche, al contrario, luego que Señorita me hacía
comer más de lo regular, se me derramaba en el seno. Podía haber criado
a las dos niñas con descanso si me hubieran dejado. Pero ¡qué había de
consentirlo Señorita! Ni pensarlo. Viendo Mamerta mi aflicción y mi
tristeza, me trajo una noche a Dolores al cuarto donde yo dormía junto a
la cuna de su merced. ¡Ah! ¡Con qué gusto le di de mamar! ¡No he sentido
en mi vida mayor delicia! Aquella noche salió bien la trampa. Luego,
Dolores se engrió conmigo; como que conoció la diferencia que había de
chupar arroz mojado en la muñequita de trapo, a chupar leche en el seno
de su madre. Para librarse Mamerta del llanto de Dolores y que la dejara
dormir, me la trajo otras noches, cuando creía que todos dormían en
casa. Mas tanto va el jarro al pozo hasta que se rompe. Una noche,
estando conmigo en la tarima, despertó su merced, y fue preciso sacarla
de la cuna para que no oyera Señorita y nos pillara a todos juntos.
Coloqué a su merced a mi derecha, y a Dolores a mi izquierda y acostada
boca arriba entre las dos, dejé que, como dos alacrancitos me chuparan
hasta la última gota de leche. Pero sucedió, supongo, porque yo me dormí
pronto, que Dolores se cansó de mamar por un lado, trató de chupar por
el otro, y de buenas a primeras tropezó con las manos y la cabeza de su
merced, abrazada con su parte. Allí fue Troya. Armaron las dos tal
pelotera, que dispertó Señorita, vino al cuarto con una vela en la mano
y nos pilló en el acto.
«Mamerta fue la que pagó el pato, porque le dio una de chuchos el
Mayordomo, por mandato de Señorita, que no le quedaron más ganas de
traerme a Dolores a la tarima. A mí no me dijeron nada; pero al mes
siguiente o por ahí, Señorita consultó con el amo lo que había de
hacerse conmigo; dio orden de embarcarme en la goleta de _señó_ Pancho
Sierra y me soplaron en el ingenio de _La Tinaja_ el día menos pensado,
para que purgara mis culpas y pecados.»
_Ellos en aquesto estando,
Su marido que llegó._
Pasadas las doce de la noche, entreoyó doña Rosa un murmullo de voces en
el interior de la casa, y no creyendo menos sino que ocurría alguna
novedad entre sus hijas, se levantó, y empujando puerta tras puerta por
toda la crujía de los cuartos, no paró hasta el tercero, donde se
celebraba el congreso femenil. Su primer impulso fue reprender a sus
hijas, pero se contuvo a la vista de las señoritas Ilincheta y de su
respetable tía doña Juana Bohorques. Entonces trató de averiguar el
motivo de la velada.
Todas las señoras, más que menos asustadas, no acertaron a decir palabra
en justificación de la desusada escena. No así Adela. Lejos de turbarse,
salió con mucha risa a recibir a su madre, procurando ocultarle la
antigua ama de leche con los pliegues de la falda; y en pocas palabras
la explicó el objeto de la reunión y sus resultas. Enseguida
agregó:--Aquí tienes a María de Regla. Te pide perdón (se había echado a
los pies de su señora) y nosotras todas nos unimos a su ruego para que
la dejes ir a La Habana al lado de Dionisio.
Cogida de sorpresa doña Rosa entre los brazos de su hija y la esclava a
los pies, no supo qué responder; mas luego dijo con sentimiento.
--¡Ay, hija! ¡qué me pides! Eso es más, mucho más de lo que yo puedo
concederte si he de cumplir con mi deber y mirar por mi tranquilidad y
la de algún otro de la familia.
--¡Mamá! repuso Adela, ella nos ha contado su historia y la creemos
inocente de todo cuanto la acusan. Oyéndola hemos llorado como unas
niñas.
--Inocente, tú, dijo doña Rosa con sarcasmo, que has creído en sus
cuentos y lágrimas de cocodrilo. No ha nacido negra más hipócrita y
maligna que ésta. Me ha causado más disgustos que pasas tiene en la
cabeza. Nunca me ha dicho palabra de verdad; ha tratado siempre de
engañarme y me ha desobedecido muchas veces. Sí, aquí está donde merece.
En ninguna otra parte podrían aguantarla, y me da lástima cuando te
empeñas por semejante negra. Lo peor es, niña, que ella no te quiere,
porque es incapaz de querer a nadie.
--Pero yo la quiero, mamá. Ella me crió y siempre me llora y me pide que
le sirva de madrina contigo. No tengo ya fuerzas para resistir sus
lágrimas y sus ruegos.