(Y como se sonriera Leonardo, agregó)--Yo no sé por qué se le echa cal,
sólo sé que si no se le echa no se puede sacar una templa buena. Dios
solamente sabe eso. La azúcar se pone agria, no se hace cuando le falta
la cal. Así hacía mi padre, que en paz descanse, y yo hago lo _mesmo_,
aunque si vale decir verdad, yo creo que va en suerte más que en otra
cosa, el hacer o no la azúcar. Lo que puedo decir al niño es que parece
que yo tengo suerte, que ya llevo hechas cinco zafras en este ingenio, y
ésta será la quinta, y está por la primera vez que se me _hayga_
perdido una templa. También yo conozco los cañaverales de _La Tinaja_.
--¿Qué diferencia encuentra Vd. entre un cañaveral y otro cañaveral? La
caña es la misma en todos.
--Le parece al niño, pero no es así; y perdone que le contradiga.
--¡Cómo! exclamó Leonardo sorprendido y visiblemente mortificado, pues
no estaba seguro de que sabía sobre este punto más que su maestro de
azúcar. ¡Si querrá Vd. venir ahora a darme lecciones acerca de la
naturaleza y calidades de las cañas de azúcar! Las hay de varias
especies, y aquí las tenemos de Otahití, de la cinta o morada, de la
cristalina, que es la última introducción en el país y de la criolla o
de la tierra, que no sirve para moler. Todas dan más o menos jugo
sacarino, y ésta es la única diferencia digna de notar entre ellas. La
más recia y menos a propósito para moler es la morada o de la cinta,
porque contiene más parte leñosa y menos jugo sacarino. No sabe Vd., por
supuesto, lo que estos términos significan, pero tengo que usarlos, a
falta de otros que sean inteligibles para Vd. En mi ingenio abunda más
la de Otahití que las otras pues se ha probado que es todo jugo
sacarino, todo dulce, y es, además, la que mejor se da en la tierra
negra. Cada carretada de esta caña da pan y medio o dos arrobas y media
de azúcar blanco, y tan sabroso como no se hace en ningún otro ingenio
de la Vuelta Abajo.
--Dice mucha verdad el niño, tiene muchísima razón el señor don
Leonardito... pero... yo no hablaba de las cañas, hablaba de los
cañaverales.
--Esa sí que está mejor, dijo el joven, cuadrado y cruzado de brazos
delante de su maestro de azúcar, esperando oírle tan solemne disparate,
que hiciese reír a Isabel, la cual mantenía una extraña
imperturbabilidad. Veamos la diferencia que Vd. descubre entre los
cañaverales...
--La _diferiencia_ que yo encuentro (repuso Bolmey con gran aplomo),
mejor dicho, que mi padre, que en paz descanse, encontraba entre los
cañaverales, era ésta: que los de tierra baja y pantanosa son más agrios
y salados que los de lometicas, y mientras más agrio el cañaveral más
cal necesita para que no se revenga el azúcar.
Sin más volvió Leonardo la espalda, y así que se puso a buena distancia
de Bolmey, dijo:
--Será buen sastre, pero a mí no me trabaja, lo juro. Quiero decir, que
cuando yo mande aquí, que será pronto, no es ese zopenco el que me hace
el azúcar. Lo primero que haga es ponerlo de patitas en el camino real.
En su rápida excursión tuvieron también su aventura Adela, Rosa y
Dolores. Muy entretenidas se hallaban las tres, viendo batir la miel en
una de las refriaderas, a tiempo que se les acercó por la espalda una
negra desconocida, que les preguntó con mucho misterio:
--¿Quién de las niñas es la niña Adelita?
--Yo, contestó la misma precipitadamente y algo asustada.
--Pues ahí fuera, detrás de aquel horcón, aguarda por su merced su
madre...
--¡Mi madre! repitió Adela sorprendida. Señorita, querrás decir...
--No, niña, digo la enfermera.
--¡Ah! Dile que se acerque, que entre.
--Ella no quiere que la vean los amos. No se atreve a _dentrar_.
--Ve, Dolores. Mira qué quiere tu madre. Si ella tiene miedo de entrar,
más miedo tengo yo de salir. ¡Qué! ¡Si eso está tan oscuro! Como boca de
lobo. Ni pensarlo.
A la vuelta dijo Dolores que su madre sólo deseaba darle un abrazo muy
apretado a la niña Adela y decirle una cosa que no podía comunicársela
por una tercera persona. Entonces la joven dio cita a la antigua nodriza
para más tarde de la noche en su aposento de la casa de vivienda.
Dolores quedó encargada de esperar a su madre en la puerta falsa para
descorrer el cerrojo con que cerraba por dentro y conducirla a presencia
de su joven ama e hija de leche.
Efectivamente, entre once y doce de la noche mencionada, las dos
señoritas más jóvenes de Gamboa se hallaban reunidas con las dos
hermanas Ilincheta y su tía doña Juana Bohorques, en el cuarto de la
casa de vivienda, asignado a éstas desde el principio. A medida que se
acercaba la hora de la cita aumentaba la inquietud de Adela; de modo
que, cuando llamaron a la puerta, arrastrando las yemas de los dedos en
uno de sus tableros, de un salto se puso en pie y acudió a abrir.
Dolores se presentó tan asustada como su ama, y dijo:--Ahí está.
--Que entre, repuso ésta; y en busca de conhorte por la falta que al
parecer cometía, hablando con Isabel agregó:--Mía no es la culpa si doy
este paso... No veo otro medio de averiguar por qué mamá está tan brava
con la mujer que me crió...
En este momento entró María de Regla conducida de la mano por su hija
Dolores, e interrumpió Adela un acto de contrición. Una sola vela de
esperma dentro de su guardabrisa alumbraba a medias el cuarto, que si
bien espacioso, reducían bastante los diversos muebles de que se hallaba
atestado. Las señoras, sentadas en un medio círculo, aguardaban con
bastante ansiedad la entrada de la enfermera. Venía vestida del modo
como la describimos la última vez en la enfermería. Pasando de un medio
oscuro a otro relativamente claro, quedó por un instante como
deslumbrada y confusa ante el improvisado congreso femenil. Examinó uno
a uno los rostros, y de pronto se lanzó sobre la señorita que ocupaba el
centro del medio círculo, Adela, y diciendo:--Esta es mi hija, la
levantó en sus robustos brazos, y mientras la estrechaba en ellos y
giraba como loca, la cubría de besos y repetía:--¡Mi cielo! ¡mi lindura!
¡mi pimpollo! ¡mi hija idolatrada!
Después la volvió a la silla, se arrodilló a sus pies, la rodeó con los
brazos por la cintura, dobló la cabeza sobre sus rodillas y lloró a
sollozos sin consuelo por largo rato.
--¿Qué haces, María de Regla? le dijo Adela conmovida a la vista de
tanto sentimiento y tan afectuosamente expresado. Cálmate, mujer. Ni
hagas bulla, porque puede oírte mamá y entonces sí que la habremos hecho
buena. Levántate, tranquilízate...
--¡Ay, niña del alma!, exclamó la negra enjugándose las lágrimas con la
palma de las manos. Déjeme llorar, déjeme desahogar el corazón dolorido
a los pies de mi adorada hija. No creo que si me ve Señorita se ponga
brava conmigo y me eche de aquí. ¡Ah! ¡Y cómo deseaba este momento,
justo Dios del cielo y de la tierra! ¡Hacía tanto tiempo que no veía a
su merced y he pasado tantos trabajos en este destierro, que ha sido mi
verdadero valle de lágrimas... que si me matasen ahora me dejaría matar
con la sonrisa en los labios! ¿Qué vale la vida en medio de tantas
penas? Y esto no es vivir, esto es morir todos los días y a cada hora.
Su merced no comprende la causa de mi llanto. Su merced es muy joven, es
blanca, es libre, es la niña bonita de la casa. Si su merced se casa y
tiene hijos, ¿quién se atreverá a quebrar su gusto ni a separarla de su
marido, ni de sus hijos? Su merced no sabe, ni Dios quiera que sepa
nunca lo que pasa por una esclava. Si es soltera porque es soltera; si
es casada porque es casada; si madre porque es madre, no tiene voluntad
propia. No le dejan hacer su gusto en ningún caso. Parta su merced del
principio que no le permiten casarse con el hombre que le gusta o que
quiere. Los amos le dan y le quitan el marido. Tampoco está segura de
que podrá vivir siempre a su lado, ni de que criará a los hijos. Cuando
menos lo espera, los amos la divorcian, le venden el marido, y a los
hijos también, y separan la familia para no volver a juntarse en este
mundo. Luego, si la mujer es joven y busca a otro hombre y no se muere
de dolor por la pérdida de los hijos, entonces dicen los amos que la
mujer no siente, ni padece, ni le tiene cariño a nadie. Piense su merced
en lo que pasa por mí. Hace más de doce años, como quien dice la vida de
un cristiano, que no veo a mi marido, y casi otro tiempo que he estado
separada de mis hijos. ¿No ve su merced la injusticia, niña? Está bien
que se me castigue si he pecado; pero, ¿por qué han de castigar también
a mi marido y a mis hijos? Y no digan que no es castigo esta larga
separación; lo es, niña y de los más duros. Sé que el objeto no ha sido
castigar en mi esposo, ni en los hijos de mis entrañas la culpa que yo
haya podido cometer. No; mis señores no son tan malos; pero Dionisio es
un buen cocinero y hacía falta en La Habana; Tirso y Dolores son buenos
criados de mano, y se necesitaban también allá. No me quejo porque
sirven a los amos, son esclavos y tienen que servir. ¿A dónde irá el
buey que no are? Y, servir por servir, mejor lo pasarán allá que acá. Me
quejo porque estamos separados. La ausencia mata. Unidos, las penas son
menos. Además, yo y Dionisio nos queríamos...
--Dionisio, Dionisio, repitió Adela con énfasis, cortándole la palabra a
su nodriza. Buen pájaro es Dionisio. El no te quiere, te ha olvidado.
Mira lo que acaba de hacer. Don Melitón le escribe a papá que Dionisio
se huyó de casa desde la víspera de Nochebuena, y no se ha sabido más de
él. Dicen que tuvo una tragedia y salió mal herido.
--Lo sabía, niña, dijo María de Regla con sentimiento. Dolores estaba
presente cuando Señorita leyó la carta y me lo contó todo. Mas, ¿quién
tiene la culpa de eso? ¿Por qué Dionisio parece que no me quiere y que
me ha olvidado? Por nuestra separación. A mi lado él no hubiera
cometido esa locura. Siempre fue tierno y fiel esposo para conmigo. ¡Tan
querendón...! Yo fui cariñosísima esposa para con él. Mientras vivimos
juntos, mientras pudimos decir que éramos casados, no tuvimos un sí ni
un no. Porque ha de ver la niña que nosotros nos casamos por amor.
Nuestro casamiento se celebró con un gran baile en el mismo palacio de
los señores conde de Santa Cruz en Jaruco. Se hizo venir al cura para
casarnos. La señora Condesa se miraba en mí y se empeñó en que me
casara... para quitarme con tiempo de los peligros... Aquí internós,
niñas (agregó la enfermera con aire malicioso), aunque me esté mal el
decirlo, yo, para mujer de color, cuando muchacha, era bien parecida,
bonita, y la señora Condesa sospechó que le caía en gracia a mi amo el
señor Conde... ¡Era tan enamorado! ¡Vaya que si lo era...! Más enamorado
que Cupido... Hizo bien la señora Condesa en casarme con Dionisio. Pero
¿qué me dicen las niñas del condecito? Ese parecía que decía a su señor
padre, que en paz descanse: aparta, que aquí estoy yo. No podía negar la
casta. Estaba que se bebía los vientos por mí. No me dejaba ni a sol ni
a sombra.
«Pero, en fin, nos casamos y fuimos los más felices esposos del mundo.
Murió de repente al salir del baño mi amo, el señor Conde; hubo pleito
por la herencia; se hicieron costas por castigo, y para pagarlas se
sacaron a remate varios esclavos, y a mí y a Dionisio nos tocó en suerte
el ser vendidos juntos. Desde ese momento se nubló nuestra felicidad. Si
mi amo el señor Conde no se muere de repente, estoy persuadida que nos
deja libres en su testamento, a mí y a Dionisio. Pasamos a poder de mi
amo el señor don Cándido y de Señorita, yo para servir a la mano y
peinarla, Dionisio para cocinero. Su merced no había nacido. Todo fue
bien hasta que tuve un hijo, el cual se me murió del mal de los siete
días...
«Mi amo el señor don Cándido me alquiló con el médico don Tomás Montes
de Oca para criar a una niña de una persona que jamás pude averiguar
quién fuese, cómo se llamaba... nada. Y aquí está, niña mía, el origen y
el principio de todos nuestros males, quiero decir, míos y de Dionisio.
«Tendría yo a todo tirar veinte años y Dionisio veinticuatro cuando nos
separaron. Éramos dos muchachos sin juicio ni experiencia del mundo. Por
mucho que nos quisiéramos, y cuente, niña, que nos queríamos muchísimo,
si no nos veíamos, si nos hallábamos muy lejos uno de otro, si parecía
eterna nuestra separación, si estábamos destinados a morir, yo de
enfermera en este ingenio de mis culpas, él de cocinero en La Habana; si
Dionisio era joven y bien parecido, según decían las mujeres, yo joven y
bonita, según decían los hombres, ¿qué querían que hiciéramos? ¿Echarnos
a morir o pasarnos la vida llorando la ausencia? Preciso era ser santo,
o hecho de palo, para haber sido consecuente. Supongo que Dionisio,
perseguido por mujeres bonitas, no ha podido imitar al casto José. Yo,
aquí donde sus mercedes me ven, hecha una vieja antes de tiempo,
lidiando con enfermos y con muertos, yo, he sido solicitada por cuantos
han llevado calzones en este infernal ingenio.
«El Mayoral que me recibió a mi llegada de La Habana no fue don Liborio
Sánchez, sino don Anacleto Puñales. Alto él, flaco, prieto, patilludo,
con una voz de campana mayor que parecía que iba a tragarse el mundo.
Estaba armado de machete, puñal y cuero, y recostado contra un horcón
del colgadizo de su casa, fumando un tabaco, y con el sombrero puesto.
Lo rodeaban sus perros, y a la puerta se hallaba su mujer sentada en una
silla de cuero. Me pareció bonita y fina para guajira. En cuanto me
columbró el Mayoral, se enderezó y le brillaron los ojos como al gato
cuando siente ratón. Hasta sus perros se levantaron del suelo. Yo me
dejé rodar por el aparejo a bajo, temblando de pies a cabeza, porque me
dio en el corazón lo que iba a pasar.--Acerqúese, mamá, me dijo; y sin
más, con la punta del palo me voló el pañuelo de la cabeza. ¡Moños!
¡moños! gritó furioso. ¡Ah! ¡Perra! A ver. Sacó el puñal, me agarró las
trenzas, y ¡tras! de un viaje me las cortó _arrente_ del pellejo. Hasta
aquí no parecía tan mal; pero me vio los zapatos y las medias y se puso
más furioso.--¡Oiga! gritó de nuevo casi sin poder hablar. ¿Tú con
zapatos? ¿Quién ha visto negra con zapatos y medias? ¿Venías a bailar,
no? Yo te daré baile. Apuradamente la señora dice que tú no vienes aquí
de paseo, sino para que te enderecen y aprendas a obedecer. Vamos,
quítate pronto todos esos féferes. Aquí no se se necesitan zapatos para
bailar. Despacha.
«¡Ay, niñas! no quisiera acordarme. Se me erizan las carnes cada vez que
me acuerdo. Nadie, ninguno de mis amos me había puesto la mano encima
todavía. El Mayoral me tumbó en el suelo de un galletazo, hizo que dos
morenos me sujetasen por los pies y las manos y me estuvo dando cuero
hasta cansarse, creo yo, porque a los pocos cuerazos me desmayé y no
supe más de mí. Ni volví en mi acuerdo hasta la noche en la tarima de la
enfermería, donde estuve sin poder moverme como dos semanas. Pues para
que vean las niñas, ese mismo Mayoral que me había recibido tan mal,
después me llevó a su casa para que sirviera de criada de mano, y me
echaba unos ojitos... Se puso celosa su mujer y entonces me mandó don
Anacleto de enfermera a la enfermería, habiéndose muerto la vieja que
era antes que yo. Después me solicitó y me solicitó con instancia, mas
yo no podía quererlo. ¡Qué quererlo, si me había desollado viva! Se me
revestía el demonio cada vez que lo veía. No me le negué por lo claro,
me zafé de él con diferentes pretextos, pues temía que se pusiera bravo
y me diera otro bocabajo. La mujer me ayudó mucho en este caso sin
saberlo. Le dio tal fraterna de celos conmigo, que el hombre, aburrido,
pidió su cuenta y se colocó de Mayoral en otro ingenio.
«¡Qué lucha, niñas! Se la doy a la más pintada. Aquí quisiera haber
visto a la mujer más virtuosa del mundo. Ningún hombre se ha acercado a
mí sino para hablarme de amores. Lo primerito que me ha dicho es:--Tú no
mereces pasar tu juventud en esta soledad, quiéreme y te liberto. Así me
habló Sierra, el patrón de la goleta en que vine de La Habana; así me
habló el mandadero zarrapastroso que me trajo delante del aparejo del
caballo desde el muelle; así me hablaron el tejero, el maestro de
azúcar, el Mayordomo, todos. Parecía que no habían visto mujer en su
vida y que ninguno era casado ni tenía hijos.
«Mas, ¿qué me dicen las niñas del señor don José, el médico del ingenio?
Ese también me ha enamorado y sigue enamorándome con otra música. No se
rían, niñas, es la pura verdad. Ahí donde sus mercedes lo ven tan
blanco, andando siempre en puntillas, creído que es un real mozo, y que
todas las mujeres se mueren por él..., pues está que se le cae la baba
por mí. No lo he querido nunca. ¡Es más agarrado...! Don Alejandro en
puño.[52] No le dará una sed de agua ni a la paloma del Espíritu Santo.
¡Yo! Ni saber de él.
--Luego, dijo Adela enfadada, ¿tú quieres a los hombres por dinero?
--No, niñita, no me haga su merced esa injusticia. Yo no podía querer;
no me salía de adentro el querer a nadie. No se quiere más que una vez
en la vida. Mi corazón se había secado. Tampoco quería dinero para echar
lujo, lo quería para libertarme. Resistí, resistí...; pero la juventud,
el deseo de mejorar de suerte, de salir de este infierno; el diablo que
pone el fuego junto a la estopa y luego sopla. ¡Qué sé yo! Lo cierto
fue, niña... Se me cae la cara de vergüenza. Entre todos mis
pretendientes, el carpintero vizcaíno que estaba aquí a mi llegada, creí
que me cumpliría la palabra de libertarme; y en mal hora le fui infiel a
Dionisio. Entonces nació Tirso, ese cuervo que todavía me ha de sacar
los ojos.
Las señoras del auditorio, escandalizadas del descoco de la negra,
manifestaron su desaprobación con un murmullo general y marcado. La
nodriza, tirando a enmendar la falta, añadió a la carrera:
--Las niñas me han de dispensar si he dicho algo malo. Pero pónganse en
mi lugar por un momento. Vamos a ver: si por una desgracia impensada,
por un trastorno de la naturaleza cualquiera de las niñas que me
escuchan se vuelve mujer de color, y cuando más dura le parece la
esclavitud viene un individuo, sea blanco, mulato o negro, feo o bonito,
y le dice: no llores más, consuélate, anímate, te compadezco, voy a
libertarte. ¿Pensaría como piensa ahora de mí? ¡A que no! ¡Qué dulce no
le parecería la palabra! ¡Qué buena, qué amable, qué angelical no le
parecería a la persona! ¡Te voy a libertar! ¡Ay, niñas! Yo no he oído
nunca esas palabras sin estremecerme, sin un regocijo interior
inexplicable, como si me entraran calofríos... ¡La libertad! ¿Qué
esclavo no la desea? Cada vez que la oigo pierdo el juicio, sueño con
ella de día y de noche, formo castillos, me veo en La Habana rodeada de
mi marido y de mis hijos, que voy a los bailes vestida de ringo rango,
con manillas de oro, aretes de coral, zapatos de raso y medias de seda;
todo como hacía cuando muchacha en el palacio de los señores condes de
Jaruco.
«Pero, siguiendo mi cuento, niñas, lo peor de todo era que si yo me
sonreía con el maestro de azúcar se ponía bravo el boyero, o el tejero,
o el Mayordomo, o el médico, o el Mayoral, don Liborio Sánchez quiero
decir, ése que acaba de botar Señorita por fiera con los negros, y que
entró cuando salió don Anacleto Puñales. Ese era el más temible de mis
enamorados. Quería que le quisieran a la fuerza, y si me negaba, allá
iba el cuerazo. Por celos y piques me ha dado dos bocabajos y me ha
crucificado las espaldas con el cuero. No saben sus mercedes cuánto me
he alegrado de que lo botara Señorita. Tiente, niña, tiente aquí en los
hombros y las paletas. Meta la mano.
La deslizó Adela, con cierto recelo, por entre la piel y las ropas de la
negra y las retiró precipitadamente porque sus dedos de rosa fueron
tropezando con verdugón tras verdugón, trazados en todos los sentidos, a
la manera de los camellones del terreno recién arado, por la punta del
látigo del celoso capataz. Entonces comprendió la joven una parte del
martirio de su ama de leche. Doña Juana e Isabel se horrorizaron y
vertieron más de una lágrima de simpatía por la martirizada esclava.
«Y de contra, niñas, prosiguió ella su interesante relación, don Liborio
hacía que el Mayordomo le escribiera una carta al amo, donde le decía
mil cosas de mí; que yo era una tal por cual; que traía revuelta la
finca con mis enamoramientos; que por mí tenía que cambiar de operarios
a cada rato. En efecto, botaba a los que suponía que me gustaban.
También decía que apenas entraba un nuevo operario, yo me daba mi arte
para _vajearlo_, y hacer que descuidara sus obligaciones por enamorarme.
En fin, que yo sonsacaba a los hombres. ¡Yo sonsacadora! ¿Qué culpa
tenía de que los blancos se enamoraran de mí? Si les correspondía, malo;
si los rechazaba, peor. ¡Vaya mirando, niña, qué triste era mi
situación!
«La _contesta_ a la carta del Mayoral era siempre: Castigue a esa perra.
Por supuesto, él se vengaba a su gusto de los desaires que yo le hacía.
¡Pobre de mí! ¡No tenía ni a quien quejarme! Vinieron unas Pascuas el
amo y el niño Leonardo, más ninguno de los dos quiso oírme ni verme
tampoco. Otra vez le dije al patrón Sierra lo que me pasaba: fue a La
Habana, volvió y me contó que no pudo hablar con Señorita ni con su
merced; sólo logró decir algo a Dolores.» Confirmó Adela en todos sus
detalles esta última circunstancia, refiriendo brevemente la escena con
su madre, descrita al final del Capítulo IX, Segunda parte.
CAPÍTULO IX
_Por sorda y ciega haber sido
Aquellos breves instantes,
La mitad diera gustosa
De sus días miserables._
EL DUQUE DE RIVAS
Enseguida, la antigua nodriza continuó diciendo:
--Verá ahora la niña la causa verdadera del rigor con que he sido
tratada. Un día... no me acuerdo bien, sólo sé que hace mucho tiempo,
después de la tormenta grande de Santa Teresa, o el año en que ahorcaron
a Aponte,[53] me llamó el amo al comedor. Estaba solo, y me dijo:
--María de Regla, como has perdido al chico y tienes buena y abundante
leche, he pensado que debe aprovecharse. En tal virtud, te he alquilado
por medio del señor doctor don Tomás Montes de Oca, con un amigo suyo
para dar de mamar a una niña de algunos días de nacida. ¡Ea! con que
estar lista para después de almuerzo.
«Después de almorzar, el amo salió y se metió en la calesa. Yo seguí
detrás de él para ir a pie. Pero me hizo subir y me sentó a su lado. Me
quedé sorprendida. ¡Sentarme el amo en los cojines de la calesa, cuando
los negros sólo se sientan en el pesebrón! Luego ordenó a Pío que
arreara para allá fuera. ¿Qué será? ¿qué será? pensaba yo. Salimos por
la puerta de Tierra, cogimos la calzada de San Luis Gonzaga todo
derecho, y no paramos hasta unas pocas casas de esquina del Campanario
Viejo. Delante de una de dos ventanas de hierro y zaguán, mandó parar el
amo junto a otra calesa vacía que se hallaba a la puerta. Creí que allí
vivía el médico o el padre de la niña a quien iba a criar. El amo se
apeó y me dijo:--Apéate. Entró en el zaguán y yo atrás de él. Entonces
vi que había un torno grande, como para meter niños, en la pared de la
derecha y que la vista del patio la ocultaba un cancel alto, con una
puerta en medio.
«Se paró el amo y me dijo bajito y muy serio:--María de Regla, llamarás
a esa puerta, preguntarás por el señor doctor Montes de Oca, y harás al
pie de la letra cuanto él te ordenare. Oye bien lo que voy a decirte.
Cuidado como hablas palabra con alma viviente de lo que aquí vieres,
oyeres o entendieres. Tampoco, mientras dure la lactancia (sí, lactancia
dijo) de la niña, pienses en ver a Dionisio ni a ningún otro de casa.
Sobre todo, nadie ha de saber por tu boca quiénes son tus amos ni quien
te trajo a esta casa. Para todo el mundo, ¿lo oyes? vas a ser de aquí
adelante sorda, muda y tonta respecto de mí, de Señorita, de la niña que
has de criar y de las personas que la rodearán en esta casa y en
cualquiera otra a donde la llevaren, ¿me has oído? ¿Me has entendido?
¡Eh! No te digo más. Llama.