En el platanal inmediato abundaban los racimos amarillos, que por su

mucho peso hacían inclinar la cepa hasta besar la tierra con la punta de

sus anchas y largas hojas, cual láminas de acero.

Corriendo a la ventura, sin detenerse en ninguna parte, nuestros

paseantes repasaron el río por un vado más abajo del anterior, dejando

tras sí los terrenos de la estancia y entrando en los del potrero, por

medio de un dilatadísimo palmar. Sus enhiestos y blancos troncos

remedaban las gigantes columnas de un templo antiguo arruinado. Tenía

establecido en él su campamento una banda de aquellas aves, especie de

cuervos que en su canto o grito expresan por onomatopeya el nombre bajo

el cual se les conoce vulgarmente en Cuba: cao, cao.

En tan gran número se habían juntado que ennegrecían el racimo de la

palma o la penca donde se posaban; y lejos de asustarlas o hacerlas

abandonar el puesto las pisadas de las caballerías o las voces alegres

de los jinetes, eso mismo pareció aumentar su algarabía y desfachatez,

expresada en las miradas de soslayo que lanzaban desde sus naturales

alcándaras, cual si poseyeran inteligencia y quisieran burlarse de

quienes no tenían alas para llegar hasta ellas.

--No se reirían Vds. de mí, dijo Gamboa, si tuviera a mano mi escopeta.

Yo haría descender más que de prisa a algunos de esos bribones.

--Tan dudoso es lo que Vd. dice, dijo Cocco con sorna, que viene bien

aquí aquello de «al mejor cazador se le va una liebre».

--¿Por qué así? preguntó Isabel, que se daba por diestra tiradora.

--Diré a Vd., señorita, repuso Cocco con su vocecilla gangosa e innata

cortesía. Porque con el calor del día se le pone la pluma muy

resbaladiza lo mismo al cao que a la paloma torcaz, y no le entra

fácilmente la munición.

Luego cambiaron de rumbo los paseantes, rodeando la finca por el lado

norte, que era la porción más elevada del terreno. Desde una de sus

alturitas se alcanzaba a ver un pedazo del mar azul, en la apariencia

sereno, y allá en el horizonte algunas velas blancas como otras tantas

aves acuáticas rizando la linfa de un manso lago.

Cerraba la guardarraya que recorrían los paseantes, un bosque alteroso

que servía de línea divisoria entre el ingenio de _La Tinaja_ y el de

_La Angosta_ del otro lado. Según recordaba Leonardo debía de haber una

vereda que atravesaba dicho bosque, y siguiendo la cual podía llegarse a

la finca del Conde de Fernandina en la mitad del tiempo que se emplearía

en caso de ir por el camino real o de la Playa. La vía naturalmente era

muy estrecha y estaría en parte obstruida por ramas bajas y espinosas de

los árboles y plantas trepadoras, en las cuales bien podían dejar las

señoras, como se descuidasen, girones de sus vestidos. Esto entendido,

les propuso acometer la ardua empresa.

Había novedad en la propuesta, por lo mismo que se corría peligro; razón

de más para que las señoritas, ganosas de aventuras, la aceptasen de

plano y aun con entusiasmo. ¿Qué importaba un arañazo más o menos si se

prolongaba un poco aquel rato de libertad y de expansión? La intrépida

Isabel, sobre todas, a quien el aire del campo y el ejercicio ecuestre

habían devuelto las rosas a sus mejillas, el fuego a sus ojos y la

sonrisa a sus labios, exclamó:--¿Quién dijo miedo? Adelante. No se diría

nunca que por donde pasó un hombre a caballo Isabel se quedó atrás.

Penetraron todos en el sombrío bosque, llenos de alegría. Pero apenas

anduvieron corto trecho, uno detrás de otro, abriéndose paso a veces con

las manos, cuando tuvieron que detenerse. Empezó a sentirse un hedor

fuerte, como de cuerpo muerto; y de seguidas descubriose una vasta

congregación de _auras tiñosas_, rindiendo con su peso las ramas de los

árboles que servían como de arcos triunfales a la vereda. Algunas de

esas asquerosas aves, las más cercanas, a la vista de los caminantes

emprendieron el vuelo, y haciendo un ruido tremendo con sus amplias y

pesadas alas, fueron a posarse algo más lejos. Otras, las más distantes,

no sólo no se movieron de sus perchas naturales, sino que se pusieron a

ojear en todas direcciones con aire siniestro. La causa de su

amenazadora actitud se echó luego de ver: se entretenían en devorar el

cadáver de un negro, colgado por el pescuezo de la rama de un árbol a

orillas de la vereda, e interrumpidas en lo más interesante del festín,

manifestaban su indignación de la manera dicha.

En los momentos de acercarse los jóvenes, oscilaba ligeramente el

cuerpo. Esta circunstancia engañó de pronto a Leonardo, que llevaba la

delantera, respecto de su estado actual; pero la reflexión de que las

auras al abandonarle le habían impreso el movimiento oscilatorio, aun

observable, le sacó prontamente del error. Habíanle extraído los ojos y

la lengua, y cuando fueron interrumpidas buscaban afanosas el corazón

con sus encorvados picos.

--¡Mira! dijo Gamboa a Isabel, que le seguía de cerca indicándola, con

el brazo tendido, el horrible cadáver contra el cual estuvo él mismo a

punto de tropezar.

--¡Ay, Leonardo! exclamó ella horrorizada.

Perdió el color y el habla, y hubiera perdido también el conocimiento y

caído de la silla al suelo si Leonardo, advirtiendo su imprudencia, no

revuelve a toda prisa el caballo, la coge de la mano, le da los dictados

más cariñosos, le pide mil perdones y la saca al limpio, invirtiendo el

orden de la marcha.

Mientras Leonardo despachaba el guardiero Caimán al bosque para

identificar, si era posible, la persona del suicida, Meneses acudió por

agua al arroyo inmediato, la trajo y se la hizo beber a Isabel en un

vaso rústico, de forma de cartucho, hecho de una yagua recién

desprendida de la palma.

Averiguose que el muerto era Pablo, compañero de Pedro, que se quedó en

el bosque cuando los otros cinco prófugos, inducidos por Tomasa y con el

apoyo de Caimán, resolvieron presentarse a los amos.

La estaba reservado a Isabel, en su breve correría por los campos del

ingenio de _La Tinaja_, encuentro no menos desagradable que el anterior.

Dando la vuelta con lento paso por una guardarraya paralela a la que

llevaron antes, no a fin de alargar el paseo, sino con el de distraer a

Isabel, aun no repuesta del choque, avistaron un cercado de regular

tamaño, con puerta de tablas mal unidas y una cruz tosca de madera

sobrepuesta en el centro. Parecía indicar su destino este signo de la fe

del cristiano; pero ante la ausencia absoluta de monumentos, losas o

camellones de sepulturas, ante la lujosa vegetación herbácea del suelo,

costaba creer que era el cementerio donde se enterraban los esclavos que

morían en el ingenio de _La Tinaja_. El señor Obispo Espada había

concedido su establecimiento en aquellas fincas rurales que por su

lejanía de los centros de población o de las parroquias hacía difícil a

la salud pública la conducción de los cadáveres.

Sin duda porque todos, o casi todos, sabían el destino del cercado,

nadie habló de él. Pasaron de largo y tomaron otra guardarraya en

dirección del ingenio. Descendían luego una cuesta suave y prolongada a

medida que la subían tres negros a pie. Dos caminaban delante, cada cual

con su azadón al hombro. El otro algo más atrás, conducía del diestro un

caballo de mal pelaje. A cierta distancia no era fácil conocer, al menos

por las señoritas de la cabalgata, el objeto de la procesión ni la

naturaleza de la carga.

Descubríanse solamente dos como cilindros o trozos de cepa de plátano,

asegurados longitudinalmente en los lados del aparejo común de carga en

el país, a guisa de cañones de campaña trasportados a lomos de acémilas.

Para Leonardo todo este misterio desapareció desde el momento que pudo

ligar la idea de los tres negros que marchaban en esa dirección,

preparados para abrir una sepultura.

Pero, ¿quién era el muerto? ¿dónde estaba? Iba de espaldas en lo que

puede llamarse la batalla del aparejo encajonado entre las dos cepas de

plátano. Por más señas que, sobresaliendo el cuerpo, la cabeza cubierta

con un pañuelo a cuadros, batía colgando un lado del pescuezo del

caballo, por más despacio que marchaba; al mismo tiempo que le golpeaba

las ancas con los calcañales de los pies desnudos.

La guardarraya era muy angosta. A un lado y otro se desplegaban

cañaverales extensos y cerrados. El encuentro se hacía inevitable. En

tal aprieto, y deseoso Leonardo de ahorrar a sus amigos, en cuanto

cabía, el nuevo mal rato que se les esperaba, mandó picar el paso so

pretexto de que se hacía tarde, y él mismo procuró tomar la derecha de

Isabel y divertir su atención hacia el otro lado del campo. Inútil

cuidado. Todas las jóvenes, que entonces marchaban de dos en fondo,

vieron y entendieron perfectamente de lo que se trataba, tributando

quien un ¡pobrecito! quien una lágrima silenciosa a la memoria del

muerto Pedro; el cual, por ser negro y esclavo, no era menos digno de su

compasión. Porque ellas, aunque criadas a la leche de la esclavitud,

como tiernas flores que abrían sus pétalos a los primeros rayos del sol

de la vida, bien podían exclamar con el orador latino: _homo sum; humani

nihil a me alienum puto_.[51]

Recibió doña Rosa a los paseantes con vivas muestras de cariño y

regocijo. Tomó a Isabel por la mano y dijo hablando en general:

--Gracias a Dios que han vuelto. Sobre que ya iba entrando en cuidado.

Me pareció que les había sucedido algo. Luego, me acaban de decir que

ésta (Isabel) pierde el juicio en cuanto monta a caballo. Supongo que se

han divertido mucho.

Isabel se sonrió meramente y se retiró a su cuarto con Adela; pero

Leonardo, Meneses y Cocco protestaron del juicio con que todas las

señoritas se habían portado en el largo paseo.

--Me alegro, me alegro, dijo doña Rosa. Mas luego, dirigiéndose en

particular a su hijo, añadió: ¿Qué tiene? (Se refería a Isabel.)

--Nada, que yo sepa, replicó Leonardo.

--Me parece que ha venido más triste. ¿Se ha enfermado en el paseo? ¿O

tú le has hecho algo?

--¿Yo, mamá? Jamás he estado más amable y cumplido con ella.

Entonces Leonardo refirió a su madre cuanto habían visto en su malhadado

paseo; su encuentro con el negro ahorcado en el bosque y con el entierro

de Pedro.

--Pero ¡hombre! ¿a quién se le ocurre llevar a las muchachas por

semejantes andurriales?

--¿Y yo qué sabía, mamá? Para adivino, Dios.

--¿No lo decía yo? De esta hecha Isabel no vuelve a poner los pies en el

ingenio. Se figurará que siempre es lo mismo.

--Ella no se ha quejado.

--Sabe mucho Isabel y es demasiado discreta para decir lo que siente,

sin ton ni son; pero se conoce que esto no le ha gustado ni un poquito.

Y tu padre está creído que cuando te cases con ella vendrán Vds. a

menudo a _La Tinaja_ a pasar largas temporadas. El dice que tú tarde que

temprano, has de ser el administrador, y parecería muy feo que tu mujer

se quedase en La Habana...

--¿Han arreglado ya Vds. el plan?

--¡Cómo! ¡Qué! ¿No te gusta?

--¿El plan o la novia?

--La novia y el plan, hijo.

--La novia me gusta un puñado, no lo puedo negar; pero, ¿es hora de

casarme, mamá? El casamiento es cosa seria, tú lo sabes. No ha de

hacerse cochiherviti. En cuanto a la administración del ingenio, ¿crees

tú que yo deba encerrarme en este desierto, cuando empiezo a gozar?

--No sabes cuánto gusto me da el oírte hablar así, hijo mío. Salomón no

se expresaría con más juicio. Eso mismo le decía yo a tu padre anoche.

¿Para qué tanta prisa? Pero él es muy porfiado, testarudo y caprichoso,

más que un vizcaíno. Se le ha puesto que te cases el año entrante y eso

ha de ser. Tú, sin embargo, no tienes por qué apurarte ni afligirte.

Como tú eres quien se casa y no tu padre, se hará el casamiento cuando

convenga. Mas si bien se mira, Leonardito, tu padre no deja de tener

razón. El me ha hecho sus reflexiones, y... casi, casi que me ha

convencido. Porque dice: Mañana es otro día nos morimos nosotros. ¿Qué

será de todo esto? ¿Qué de nuestros cuantiosos bienes? ¿qué de tus

hermanas si aún no se han casado? Soltero tú no podrás cuidarlas,

dirigirlas ni protegerlas. Todo andará manga por hombro, vendrán a menos

los bienes cada día, y, sobre todo, se destruirá la casa que tanto

trabajo nos ha costado fundar... El cree que en el primer correo de

España le viene el título de Conde de La Tinaja o de Casa Gamboa. Ha

dejado el nombre a la elección de su agente en Madrid. El título pasará

a ti, mejor dicho, tú lo disfrutarás, pues para ti verdaderamente se ha

pedido. Entonces, además que sería una vergüenza que trabajaras

personalmente, como tu padre ha trabajado toda su vida, ¿qué necesidad,

tampoco tendrías tú de ello? Al contrario, si nuestra muerte y el

condado te encuentran casado y firmemente establecido, ¿cuán diferente

no será tu suerte y la de tus hermanas? ¿Ni con quién pudieras enlazarte

mejor que con Isabel que es tan buena y virtuosa? Cada vez me gusta más

esa muchacha. Si yo fuera hombre me parece que la enamoraba y me casaba

con ella. Por otra parte, hijo mío, ¿quién atendería esto mejor que tú

que eres su dueño y que te duele? Mira, cada vez que me acuerdo que por

debilidad mía... No tal, por majaderías de tu padre, se dejó tanto

tiempo de Mayoral de esta finca a don Liborio, a ese bandolero, cara de

hereje, me da cólera de mí misma. ¿Para qué servía ese condenado? Nada

más que para enamorar las negras y desollar los negros con el cuero. Se

deleitaba en dar bocabajos, según me ha contado la mujer de Moya. Tenía

convertido el ingenio en un presidio. Por nada y nada cargaba de grillos

al mejor negro después de arrancarle la tira del pellejo. Creo

firmemente que si no le boto no me deja uno vivo. El tuvo la culpa de

que se huyeran tantos; por él es fácil que se muera de pasmo todavía

Julián. Le dio un bocabajo a Tomasa sabiendo que yo le servía de

madrina, lo mismo que a los otros que se habían huido con ella.

¡Bárbaro! Estamos de malas. Dios quiera que el año venidero sea mejor

para nosotros. Para complemento de desgracias, acaba de recibirse carta

de La Habana en que participa don Melitón que desapareció Dionisio desde

el día 24, y que ha oído decir lo mataron de una puñalada por el barrio

de Jesús María. Descerrajó el escaparate de tu padre y se llevó la

casaca, el calzón corto de paño, las medias de seda y los zapatos con

hebillas de oro que usaba antes de la Constitución del año 12. ¿Qué se

propuso hacer con esa ropa? ¿Venderla? Nadie se la compraría. ¿Has visto

qué pícaro? ¡Qué malvado! ¡Y después de esto crea Vd. en la honradez y

formalidad de los negros! Dios me perdone, pero el mejor... merece que

lo quemen vivo. ¡Cuánta ingratitud contra amos tan buenos!

CAPÍTULO VIII

_¡Ay del señor, que sus vasallos deja

Al cielo remitir su justa queja!_

LOPE DE VEGA

La familia de Gamboa, en unión de sus huéspedes, pasó la mayor parte de

la noche del segundo día de Pascuas en la casa de calderas.

Alumbraban el trapiche unas fogatas que habían encendido los negros, no

tanto para obtener claridad en aquel ancho y tenebroso edificio, como

para calentarse; pues se sentía un relente desapacible y ellos carecían

de abrigo, excepto el gorro de lana que algunos llevaban puesto. Ruidos

distintos y gran batahola reinaban por todas partes. Hombres y mujeres

pasaban y repasaban del tablero de alimentación del trapiche a las pilas

de cañas, ya con los brazados a la cabeza, ya de vacío, según era el

caso; todos siempre de carrera, estimulados por el látigo del

contramayoral, que no les concedía momentos de descanso ni de respiro.

En sus idas y venidas pasaban lo más cerca que podían de las fogatas,

así para atizarlas con el pie como para recibir de lleno el calor, en

cuyas ocasiones la llama rojiza, cual siniestro relámpago en medio de

una noche tempestuosa, solía iluminarlos de pies a cabeza, con lo que

se podía echar de ver que eran seres humanos y no fantasmas de las

regiones infernales quienes desempeñaban tan recias faenas en horas que

la mayoría de los obreros se entrega al sueño.

En esta parte de la casa de calderas no se oían, pues, más que los

estallidos de los ramos verdes y del bagazo todavía húmedo con que los

negros alimentaban el fuego, o el crujido de los haces de caña al pasar

por entre los cilindros macizos y relucientes del trapiche, o el zumbido

sordo, peculiar del volante de la máquina de vapor en sus vertiginosos

giros. Con este afanoso trabajar, desaparecían una tras otra las pilas

de caña, especie de murallas verdes, que al principio circunvalaban casi

la casa de ingenio; de suerte que la corriente del guarapo en la canal

de madera hacía el mismo murmurio que un arroyuelo ordinario.

El departamento propio de las calderas estaba pobremente alumbrado por

unos cuantos candiles de grasa común colgados a trechos de las gruesas

vigas, en derredor del laboratorio o tren Jamaiquino. Más humo que luz

emitían, soltando de cuando en cuando gotas de grasa encendidas, que se

apagaban luego que tocaban en el suelo de ladrillos. Por su parte, el

vapor que desprendía la miel en cocimiento, cargaba más la espesa

atmósfera de aquel sitio, disminuyendo a compás la poca fuerza luminosa

de los candiles. De tal modo era esto así, que pisando el suelo caliente

y pegajoso de las calderas, por largo rato las personas recién venidas

sólo veían a los fabricantes del azúcar como a través de un espeso velo

de gasa. A veces un rayo de luz penetraba la nube de humo y vapor, hería

el busto de los negros y del maestro de azúcar afanados en torno de las

calderas; y entonces se repetía aquí al vivo uno de aquellos cuadros en

que suelen representar a las ánimas del purgatorio.

Trajéronse sillas y se estableció el estrado en la parte opuesta a los

hornos o fornallas, que era la más despejada y la menos calurosa. La

reunión se aumentó con la presencia de los empleados blancos, los cuales

acudieron presurosos para saludar a los amos del ingenio. El maestro de

azúcar hizo traer tazas y servir guarapo hirviendo con algunas gotas de

aguardiente a las señoras y a los caballeros. El mismo, echándola de

cortés, sirvió del dulcísimo brebaje con su propia mano a doña Rosa y

doña Juana, y habría servido a las demás señoras si Cocco y Meneses,

modelos de cortesía, no se le anticipan y le ahorran el trabajo.

Leonardo e Isabel no se habían sentado; continuaron de bracero

paseándose arriba y abajo, en cuanto lo permitían la estrechez relativa

y los inconvenientes del sitio. Tampoco se sentaron Adela y Rosa

Ilincheta, prefiriendo registrar, acompañadas de Dolores, los diversos

departamentos de la casa de calderas, sin aventurarse, no obstante, en

los rincones muy oscuros.

No parecía mal el maestro de azúcar. Era mozo arriscado y despierto,

bastante joven y de apuesta persona, aunque vestía el traje puro de los

guajiros, el cual no contribuye por cierto al bien parecer de todos los

que le llevan. Llamábase Isidro Bolmey y había nacido en Guanajay, de

padres pobres, quienes careciendo de letras y no habiendo escuelas en el

pueblo, mal pudieron dejar al hijo, al morir, ni la más común educación.

Apenas si sabía leer y escribir su nombre. No profesaba religión

ninguna, aun cuando le habían bautizado y confirmado en la católica,

apostólica, romana, durante la visita que giró por el lugar de su

nacimiento el señor Obispo Espada y Landa el año de 1818. Lo cierto es

que, a los 26 de su vida no recordaba haber entrado en una iglesia a oír

misa, menos haber rezado alguna vez, por no saber ni la más breve de las

oraciones cristianas: el Padre nuestro. Pues este mozo ignorante,

demasiado joven para haber aprendido algo por la práctica, era, hacía

algún tiempo, el maestro de azúcar del famoso ingenio de _La Tinaja_,

finca que representaba en aquella época un capital cuando menos de medio

millón de duros.

El estallido repentino del látigo en la parte opuesta de la casa de

calderas, en el acto de llevarse Isabel la bebida a la boca, la hizo

estremecer de pies a cabeza, y, perdido el tino, se le deslizó la taza

de las manos.

--Se ha manchado la niña el túnico, dijo el maestro de azúcar como

pesaroso.

--No le hace, dijo Isabel sacudiéndose la falda.

--Diga Vd. al contramayoral, dijo Leonardo serio, que no vuelva a sonar

el látigo.

--Si la niña quisiera otra taza, agregó Bolmey con acento en que se

revelaba un gran fondo de tierna solicitud. _Entodavía_ está el guarapo

en estado de beberse.

--No, no, repitió Isabel. No se moleste. ¿Para qué, tampoco? No me

gusta, que digamos, esa bebida.

Sin duda que no agradó al mozo de Guanajay la negativa de Isabel, porque

murmuró en tono que pudo oírsele:

--Parece que los cuerazos le han _queitado_ las ganas a la niña. Vea

Vd., y nosotros nos dormimos con esa música.

Tomó Leonardo como una impertinencia la observación del maestro de

azúcar y le volvió la espalda disgustado. Al contrario Isabel, no

atendió sino a su penetración y suaves modales, y sintiendo hacia él una

especie de gratitud, la pesó de que su amante no participara del mismo

noble sentimiento. Mas, tuvo la candidez de decírselo al paño. Por lo

que Leonardo, picado ahora, se propuso _quinar_ y poner en ridículo al

maestro de azúcar, examinando allí mismo los puntos que calzaba en el

arte de fabricar ese dulce.

Para ejercer el cargo de examinador, no poseía Leonardo otras

condiciones que aquéllas de que le revestían por el momento el despecho

y la osadía de quien compara su propia alteza y superioridad casuales,

con la bajeza y la humildad relativas del primer contrincante con quien

acontece medir sus fuerzas morales e intelectuales. La clase de

educación que su estado social y caudales le habían procurado a

Leonardo, estaba muy lejos de ser científica; había sido puramente

literaria y nada profunda por cierto. No había saludado siquiera ninguna

de las ciencias naturales, puesto que no existían en su patria entonces

cátedras libres de ellas. Verdaderamente sólo se enseñaba filosofía,

jurisprudencia y medicina, sin otros ramos principales que tanto

contribuyen a su complemento. Leonardo Gamboa, como la mayoría de los

estudiantes de su época, no entendía jota de Agronomía, por supuesto, ni

de Geología, ni tampoco de Química, menos de Botánica, aunque de esta

última ciencia daba a la sazón, o pretendía dar lecciones don Ramón de

la Sagra en el Jardín Botánico de La Habana. Mas sea de esto lo que se

fuese, ello es que la índole buena y la ignorancia supina del maestro de

azúcar concedieron esta vez triunfo fácil y señalado al futuro dueño del

ingenio de _La Tinaja_.

--¿Dónde aprendió Vd. a hacer azúcar, don Isidro? le preguntó de

improviso y con cierto tono arrogante.

--En el ingenio del Sr. don Rafael de Zayas, aquel que topamos como se

viene de Guanajay al pie de la loma de la Yaya.

Ahí estaba de maestro de azúcar mi padre, que en paz descanse, y yo lo

acompañé y lo ayudé a hacer bastantes zafras.

--Es decir, que su padre le enseñó a Vd. el oficio de maestro de azúcar.

¿No es eso?

--Pues, él hacía azúcar delante de mí y yo aprendí por mi gusto haciendo

lo que él hacía.

--¿Qué hacía su padre de Vd.? En otras palabras, ¿cómo hacía el azúcar?

Esto es lo que deseo que Vd. me explique; diciendo lo cual apretó el

brazo de Isabel.

--Diré al señor don Leonardito, repuso Bolmey revolviendo allá en su

mente por si daba con las palabras que pudieran ser nuevas para su joven

amo. Si vale decir verdad, no se necesita _cencia_ para hacer la azúcar;

basta un poco de práctica y un buen ojo. Yo veía que mi padre, que en

paz descanse, en cuanto que se llenaba de guarapo fresco el tacho de la

torre, lo dejaba _sentar_ un poco y le quitaba la basura; que después lo

bombeaba de ese tacho a la paila del medio, y que después mandaba meter

candela de duro. Verbi gracia, así como yo voy a hacer ahora.

Mientras hablaba, dos negros con sus bombas y una canal movible

trasegaron el guarapo _desfecado_ de la segunda paila de la izquierda a

otra de la derecha, y el joven Bolmey agregó:

--¿Ve el niño? Ahora quito la basura y _vaceo_ el guarapo de este tacho

en este otro y le echo un poco de cal viva...

--Bien, ¿para qué le echa Vd. cal?--le interrumpió preguntándole

Leonardo, con regocijo secreto de tenerlo cogido en un renuncio

ridículo.

Cecilia Valdés o la Loma del Ángel · 第 32 / 44 段