mucho peso hacían inclinar la cepa hasta besar la tierra con la punta de
sus anchas y largas hojas, cual láminas de acero.
Corriendo a la ventura, sin detenerse en ninguna parte, nuestros
paseantes repasaron el río por un vado más abajo del anterior, dejando
tras sí los terrenos de la estancia y entrando en los del potrero, por
medio de un dilatadísimo palmar. Sus enhiestos y blancos troncos
remedaban las gigantes columnas de un templo antiguo arruinado. Tenía
establecido en él su campamento una banda de aquellas aves, especie de
cuervos que en su canto o grito expresan por onomatopeya el nombre bajo
el cual se les conoce vulgarmente en Cuba: cao, cao.
En tan gran número se habían juntado que ennegrecían el racimo de la
palma o la penca donde se posaban; y lejos de asustarlas o hacerlas
abandonar el puesto las pisadas de las caballerías o las voces alegres
de los jinetes, eso mismo pareció aumentar su algarabía y desfachatez,
expresada en las miradas de soslayo que lanzaban desde sus naturales
alcándaras, cual si poseyeran inteligencia y quisieran burlarse de
quienes no tenían alas para llegar hasta ellas.
--No se reirían Vds. de mí, dijo Gamboa, si tuviera a mano mi escopeta.
Yo haría descender más que de prisa a algunos de esos bribones.
--Tan dudoso es lo que Vd. dice, dijo Cocco con sorna, que viene bien
aquí aquello de «al mejor cazador se le va una liebre».
--¿Por qué así? preguntó Isabel, que se daba por diestra tiradora.
--Diré a Vd., señorita, repuso Cocco con su vocecilla gangosa e innata
cortesía. Porque con el calor del día se le pone la pluma muy
resbaladiza lo mismo al cao que a la paloma torcaz, y no le entra
fácilmente la munición.
Luego cambiaron de rumbo los paseantes, rodeando la finca por el lado
norte, que era la porción más elevada del terreno. Desde una de sus
alturitas se alcanzaba a ver un pedazo del mar azul, en la apariencia
sereno, y allá en el horizonte algunas velas blancas como otras tantas
aves acuáticas rizando la linfa de un manso lago.
Cerraba la guardarraya que recorrían los paseantes, un bosque alteroso
que servía de línea divisoria entre el ingenio de _La Tinaja_ y el de
_La Angosta_ del otro lado. Según recordaba Leonardo debía de haber una
vereda que atravesaba dicho bosque, y siguiendo la cual podía llegarse a
la finca del Conde de Fernandina en la mitad del tiempo que se emplearía
en caso de ir por el camino real o de la Playa. La vía naturalmente era
muy estrecha y estaría en parte obstruida por ramas bajas y espinosas de
los árboles y plantas trepadoras, en las cuales bien podían dejar las
señoras, como se descuidasen, girones de sus vestidos. Esto entendido,
les propuso acometer la ardua empresa.
Había novedad en la propuesta, por lo mismo que se corría peligro; razón
de más para que las señoritas, ganosas de aventuras, la aceptasen de
plano y aun con entusiasmo. ¿Qué importaba un arañazo más o menos si se
prolongaba un poco aquel rato de libertad y de expansión? La intrépida
Isabel, sobre todas, a quien el aire del campo y el ejercicio ecuestre
habían devuelto las rosas a sus mejillas, el fuego a sus ojos y la
sonrisa a sus labios, exclamó:--¿Quién dijo miedo? Adelante. No se diría
nunca que por donde pasó un hombre a caballo Isabel se quedó atrás.
Penetraron todos en el sombrío bosque, llenos de alegría. Pero apenas
anduvieron corto trecho, uno detrás de otro, abriéndose paso a veces con
las manos, cuando tuvieron que detenerse. Empezó a sentirse un hedor
fuerte, como de cuerpo muerto; y de seguidas descubriose una vasta
congregación de _auras tiñosas_, rindiendo con su peso las ramas de los
árboles que servían como de arcos triunfales a la vereda. Algunas de
esas asquerosas aves, las más cercanas, a la vista de los caminantes
emprendieron el vuelo, y haciendo un ruido tremendo con sus amplias y
pesadas alas, fueron a posarse algo más lejos. Otras, las más distantes,
no sólo no se movieron de sus perchas naturales, sino que se pusieron a
ojear en todas direcciones con aire siniestro. La causa de su
amenazadora actitud se echó luego de ver: se entretenían en devorar el
cadáver de un negro, colgado por el pescuezo de la rama de un árbol a
orillas de la vereda, e interrumpidas en lo más interesante del festín,
manifestaban su indignación de la manera dicha.
En los momentos de acercarse los jóvenes, oscilaba ligeramente el
cuerpo. Esta circunstancia engañó de pronto a Leonardo, que llevaba la
delantera, respecto de su estado actual; pero la reflexión de que las
auras al abandonarle le habían impreso el movimiento oscilatorio, aun
observable, le sacó prontamente del error. Habíanle extraído los ojos y
la lengua, y cuando fueron interrumpidas buscaban afanosas el corazón
con sus encorvados picos.
--¡Mira! dijo Gamboa a Isabel, que le seguía de cerca indicándola, con
el brazo tendido, el horrible cadáver contra el cual estuvo él mismo a
punto de tropezar.
--¡Ay, Leonardo! exclamó ella horrorizada.
Perdió el color y el habla, y hubiera perdido también el conocimiento y
caído de la silla al suelo si Leonardo, advirtiendo su imprudencia, no
revuelve a toda prisa el caballo, la coge de la mano, le da los dictados
más cariñosos, le pide mil perdones y la saca al limpio, invirtiendo el
orden de la marcha.
Mientras Leonardo despachaba el guardiero Caimán al bosque para
identificar, si era posible, la persona del suicida, Meneses acudió por
agua al arroyo inmediato, la trajo y se la hizo beber a Isabel en un
vaso rústico, de forma de cartucho, hecho de una yagua recién
desprendida de la palma.
Averiguose que el muerto era Pablo, compañero de Pedro, que se quedó en
el bosque cuando los otros cinco prófugos, inducidos por Tomasa y con el
apoyo de Caimán, resolvieron presentarse a los amos.
La estaba reservado a Isabel, en su breve correría por los campos del
ingenio de _La Tinaja_, encuentro no menos desagradable que el anterior.
Dando la vuelta con lento paso por una guardarraya paralela a la que
llevaron antes, no a fin de alargar el paseo, sino con el de distraer a
Isabel, aun no repuesta del choque, avistaron un cercado de regular
tamaño, con puerta de tablas mal unidas y una cruz tosca de madera
sobrepuesta en el centro. Parecía indicar su destino este signo de la fe
del cristiano; pero ante la ausencia absoluta de monumentos, losas o
camellones de sepulturas, ante la lujosa vegetación herbácea del suelo,
costaba creer que era el cementerio donde se enterraban los esclavos que
morían en el ingenio de _La Tinaja_. El señor Obispo Espada había
concedido su establecimiento en aquellas fincas rurales que por su
lejanía de los centros de población o de las parroquias hacía difícil a
la salud pública la conducción de los cadáveres.
Sin duda porque todos, o casi todos, sabían el destino del cercado,
nadie habló de él. Pasaron de largo y tomaron otra guardarraya en
dirección del ingenio. Descendían luego una cuesta suave y prolongada a
medida que la subían tres negros a pie. Dos caminaban delante, cada cual
con su azadón al hombro. El otro algo más atrás, conducía del diestro un
caballo de mal pelaje. A cierta distancia no era fácil conocer, al menos
por las señoritas de la cabalgata, el objeto de la procesión ni la
naturaleza de la carga.
Descubríanse solamente dos como cilindros o trozos de cepa de plátano,
asegurados longitudinalmente en los lados del aparejo común de carga en
el país, a guisa de cañones de campaña trasportados a lomos de acémilas.
Para Leonardo todo este misterio desapareció desde el momento que pudo
ligar la idea de los tres negros que marchaban en esa dirección,
preparados para abrir una sepultura.
Pero, ¿quién era el muerto? ¿dónde estaba? Iba de espaldas en lo que
puede llamarse la batalla del aparejo encajonado entre las dos cepas de
plátano. Por más señas que, sobresaliendo el cuerpo, la cabeza cubierta
con un pañuelo a cuadros, batía colgando un lado del pescuezo del
caballo, por más despacio que marchaba; al mismo tiempo que le golpeaba
las ancas con los calcañales de los pies desnudos.
La guardarraya era muy angosta. A un lado y otro se desplegaban
cañaverales extensos y cerrados. El encuentro se hacía inevitable. En
tal aprieto, y deseoso Leonardo de ahorrar a sus amigos, en cuanto
cabía, el nuevo mal rato que se les esperaba, mandó picar el paso so
pretexto de que se hacía tarde, y él mismo procuró tomar la derecha de
Isabel y divertir su atención hacia el otro lado del campo. Inútil
cuidado. Todas las jóvenes, que entonces marchaban de dos en fondo,
vieron y entendieron perfectamente de lo que se trataba, tributando
quien un ¡pobrecito! quien una lágrima silenciosa a la memoria del
muerto Pedro; el cual, por ser negro y esclavo, no era menos digno de su
compasión. Porque ellas, aunque criadas a la leche de la esclavitud,
como tiernas flores que abrían sus pétalos a los primeros rayos del sol
de la vida, bien podían exclamar con el orador latino: _homo sum; humani
nihil a me alienum puto_.[51]
Recibió doña Rosa a los paseantes con vivas muestras de cariño y
regocijo. Tomó a Isabel por la mano y dijo hablando en general:
--Gracias a Dios que han vuelto. Sobre que ya iba entrando en cuidado.
Me pareció que les había sucedido algo. Luego, me acaban de decir que
ésta (Isabel) pierde el juicio en cuanto monta a caballo. Supongo que se
han divertido mucho.
Isabel se sonrió meramente y se retiró a su cuarto con Adela; pero
Leonardo, Meneses y Cocco protestaron del juicio con que todas las
señoritas se habían portado en el largo paseo.
--Me alegro, me alegro, dijo doña Rosa. Mas luego, dirigiéndose en
particular a su hijo, añadió: ¿Qué tiene? (Se refería a Isabel.)
--Nada, que yo sepa, replicó Leonardo.
--Me parece que ha venido más triste. ¿Se ha enfermado en el paseo? ¿O
tú le has hecho algo?
--¿Yo, mamá? Jamás he estado más amable y cumplido con ella.
Entonces Leonardo refirió a su madre cuanto habían visto en su malhadado
paseo; su encuentro con el negro ahorcado en el bosque y con el entierro
de Pedro.
--Pero ¡hombre! ¿a quién se le ocurre llevar a las muchachas por
semejantes andurriales?
--¿Y yo qué sabía, mamá? Para adivino, Dios.
--¿No lo decía yo? De esta hecha Isabel no vuelve a poner los pies en el
ingenio. Se figurará que siempre es lo mismo.
--Ella no se ha quejado.
--Sabe mucho Isabel y es demasiado discreta para decir lo que siente,
sin ton ni son; pero se conoce que esto no le ha gustado ni un poquito.
Y tu padre está creído que cuando te cases con ella vendrán Vds. a
menudo a _La Tinaja_ a pasar largas temporadas. El dice que tú tarde que
temprano, has de ser el administrador, y parecería muy feo que tu mujer
se quedase en La Habana...
--¿Han arreglado ya Vds. el plan?
--¡Cómo! ¡Qué! ¿No te gusta?
--¿El plan o la novia?
--La novia y el plan, hijo.
--La novia me gusta un puñado, no lo puedo negar; pero, ¿es hora de
casarme, mamá? El casamiento es cosa seria, tú lo sabes. No ha de
hacerse cochiherviti. En cuanto a la administración del ingenio, ¿crees
tú que yo deba encerrarme en este desierto, cuando empiezo a gozar?
--No sabes cuánto gusto me da el oírte hablar así, hijo mío. Salomón no
se expresaría con más juicio. Eso mismo le decía yo a tu padre anoche.
¿Para qué tanta prisa? Pero él es muy porfiado, testarudo y caprichoso,
más que un vizcaíno. Se le ha puesto que te cases el año entrante y eso
ha de ser. Tú, sin embargo, no tienes por qué apurarte ni afligirte.
Como tú eres quien se casa y no tu padre, se hará el casamiento cuando
convenga. Mas si bien se mira, Leonardito, tu padre no deja de tener
razón. El me ha hecho sus reflexiones, y... casi, casi que me ha
convencido. Porque dice: Mañana es otro día nos morimos nosotros. ¿Qué
será de todo esto? ¿Qué de nuestros cuantiosos bienes? ¿qué de tus
hermanas si aún no se han casado? Soltero tú no podrás cuidarlas,
dirigirlas ni protegerlas. Todo andará manga por hombro, vendrán a menos
los bienes cada día, y, sobre todo, se destruirá la casa que tanto
trabajo nos ha costado fundar... El cree que en el primer correo de
España le viene el título de Conde de La Tinaja o de Casa Gamboa. Ha
dejado el nombre a la elección de su agente en Madrid. El título pasará
a ti, mejor dicho, tú lo disfrutarás, pues para ti verdaderamente se ha
pedido. Entonces, además que sería una vergüenza que trabajaras
personalmente, como tu padre ha trabajado toda su vida, ¿qué necesidad,
tampoco tendrías tú de ello? Al contrario, si nuestra muerte y el
condado te encuentran casado y firmemente establecido, ¿cuán diferente
no será tu suerte y la de tus hermanas? ¿Ni con quién pudieras enlazarte
mejor que con Isabel que es tan buena y virtuosa? Cada vez me gusta más
esa muchacha. Si yo fuera hombre me parece que la enamoraba y me casaba
con ella. Por otra parte, hijo mío, ¿quién atendería esto mejor que tú
que eres su dueño y que te duele? Mira, cada vez que me acuerdo que por
debilidad mía... No tal, por majaderías de tu padre, se dejó tanto
tiempo de Mayoral de esta finca a don Liborio, a ese bandolero, cara de
hereje, me da cólera de mí misma. ¿Para qué servía ese condenado? Nada
más que para enamorar las negras y desollar los negros con el cuero. Se
deleitaba en dar bocabajos, según me ha contado la mujer de Moya. Tenía
convertido el ingenio en un presidio. Por nada y nada cargaba de grillos
al mejor negro después de arrancarle la tira del pellejo. Creo
firmemente que si no le boto no me deja uno vivo. El tuvo la culpa de
que se huyeran tantos; por él es fácil que se muera de pasmo todavía
Julián. Le dio un bocabajo a Tomasa sabiendo que yo le servía de
madrina, lo mismo que a los otros que se habían huido con ella.
¡Bárbaro! Estamos de malas. Dios quiera que el año venidero sea mejor
para nosotros. Para complemento de desgracias, acaba de recibirse carta
de La Habana en que participa don Melitón que desapareció Dionisio desde
el día 24, y que ha oído decir lo mataron de una puñalada por el barrio
de Jesús María. Descerrajó el escaparate de tu padre y se llevó la
casaca, el calzón corto de paño, las medias de seda y los zapatos con
hebillas de oro que usaba antes de la Constitución del año 12. ¿Qué se
propuso hacer con esa ropa? ¿Venderla? Nadie se la compraría. ¿Has visto
qué pícaro? ¡Qué malvado! ¡Y después de esto crea Vd. en la honradez y
formalidad de los negros! Dios me perdone, pero el mejor... merece que
lo quemen vivo. ¡Cuánta ingratitud contra amos tan buenos!
CAPÍTULO VIII
_¡Ay del señor, que sus vasallos deja
Al cielo remitir su justa queja!_
LOPE DE VEGA
La familia de Gamboa, en unión de sus huéspedes, pasó la mayor parte de
la noche del segundo día de Pascuas en la casa de calderas.
Alumbraban el trapiche unas fogatas que habían encendido los negros, no
tanto para obtener claridad en aquel ancho y tenebroso edificio, como
para calentarse; pues se sentía un relente desapacible y ellos carecían
de abrigo, excepto el gorro de lana que algunos llevaban puesto. Ruidos
distintos y gran batahola reinaban por todas partes. Hombres y mujeres
pasaban y repasaban del tablero de alimentación del trapiche a las pilas
de cañas, ya con los brazados a la cabeza, ya de vacío, según era el
caso; todos siempre de carrera, estimulados por el látigo del
contramayoral, que no les concedía momentos de descanso ni de respiro.
En sus idas y venidas pasaban lo más cerca que podían de las fogatas,
así para atizarlas con el pie como para recibir de lleno el calor, en
cuyas ocasiones la llama rojiza, cual siniestro relámpago en medio de
una noche tempestuosa, solía iluminarlos de pies a cabeza, con lo que
se podía echar de ver que eran seres humanos y no fantasmas de las
regiones infernales quienes desempeñaban tan recias faenas en horas que
la mayoría de los obreros se entrega al sueño.
En esta parte de la casa de calderas no se oían, pues, más que los
estallidos de los ramos verdes y del bagazo todavía húmedo con que los
negros alimentaban el fuego, o el crujido de los haces de caña al pasar
por entre los cilindros macizos y relucientes del trapiche, o el zumbido
sordo, peculiar del volante de la máquina de vapor en sus vertiginosos
giros. Con este afanoso trabajar, desaparecían una tras otra las pilas
de caña, especie de murallas verdes, que al principio circunvalaban casi
la casa de ingenio; de suerte que la corriente del guarapo en la canal
de madera hacía el mismo murmurio que un arroyuelo ordinario.
El departamento propio de las calderas estaba pobremente alumbrado por
unos cuantos candiles de grasa común colgados a trechos de las gruesas
vigas, en derredor del laboratorio o tren Jamaiquino. Más humo que luz
emitían, soltando de cuando en cuando gotas de grasa encendidas, que se
apagaban luego que tocaban en el suelo de ladrillos. Por su parte, el
vapor que desprendía la miel en cocimiento, cargaba más la espesa
atmósfera de aquel sitio, disminuyendo a compás la poca fuerza luminosa
de los candiles. De tal modo era esto así, que pisando el suelo caliente
y pegajoso de las calderas, por largo rato las personas recién venidas
sólo veían a los fabricantes del azúcar como a través de un espeso velo
de gasa. A veces un rayo de luz penetraba la nube de humo y vapor, hería
el busto de los negros y del maestro de azúcar afanados en torno de las
calderas; y entonces se repetía aquí al vivo uno de aquellos cuadros en
que suelen representar a las ánimas del purgatorio.
Trajéronse sillas y se estableció el estrado en la parte opuesta a los
hornos o fornallas, que era la más despejada y la menos calurosa. La
reunión se aumentó con la presencia de los empleados blancos, los cuales
acudieron presurosos para saludar a los amos del ingenio. El maestro de
azúcar hizo traer tazas y servir guarapo hirviendo con algunas gotas de
aguardiente a las señoras y a los caballeros. El mismo, echándola de
cortés, sirvió del dulcísimo brebaje con su propia mano a doña Rosa y
doña Juana, y habría servido a las demás señoras si Cocco y Meneses,
modelos de cortesía, no se le anticipan y le ahorran el trabajo.
Leonardo e Isabel no se habían sentado; continuaron de bracero
paseándose arriba y abajo, en cuanto lo permitían la estrechez relativa
y los inconvenientes del sitio. Tampoco se sentaron Adela y Rosa
Ilincheta, prefiriendo registrar, acompañadas de Dolores, los diversos
departamentos de la casa de calderas, sin aventurarse, no obstante, en
los rincones muy oscuros.
No parecía mal el maestro de azúcar. Era mozo arriscado y despierto,
bastante joven y de apuesta persona, aunque vestía el traje puro de los
guajiros, el cual no contribuye por cierto al bien parecer de todos los
que le llevan. Llamábase Isidro Bolmey y había nacido en Guanajay, de
padres pobres, quienes careciendo de letras y no habiendo escuelas en el
pueblo, mal pudieron dejar al hijo, al morir, ni la más común educación.
Apenas si sabía leer y escribir su nombre. No profesaba religión
ninguna, aun cuando le habían bautizado y confirmado en la católica,
apostólica, romana, durante la visita que giró por el lugar de su
nacimiento el señor Obispo Espada y Landa el año de 1818. Lo cierto es
que, a los 26 de su vida no recordaba haber entrado en una iglesia a oír
misa, menos haber rezado alguna vez, por no saber ni la más breve de las
oraciones cristianas: el Padre nuestro. Pues este mozo ignorante,
demasiado joven para haber aprendido algo por la práctica, era, hacía
algún tiempo, el maestro de azúcar del famoso ingenio de _La Tinaja_,
finca que representaba en aquella época un capital cuando menos de medio
millón de duros.
El estallido repentino del látigo en la parte opuesta de la casa de
calderas, en el acto de llevarse Isabel la bebida a la boca, la hizo
estremecer de pies a cabeza, y, perdido el tino, se le deslizó la taza
de las manos.
--Se ha manchado la niña el túnico, dijo el maestro de azúcar como
pesaroso.
--No le hace, dijo Isabel sacudiéndose la falda.
--Diga Vd. al contramayoral, dijo Leonardo serio, que no vuelva a sonar
el látigo.
--Si la niña quisiera otra taza, agregó Bolmey con acento en que se
revelaba un gran fondo de tierna solicitud. _Entodavía_ está el guarapo
en estado de beberse.
--No, no, repitió Isabel. No se moleste. ¿Para qué, tampoco? No me
gusta, que digamos, esa bebida.
Sin duda que no agradó al mozo de Guanajay la negativa de Isabel, porque
murmuró en tono que pudo oírsele:
--Parece que los cuerazos le han _queitado_ las ganas a la niña. Vea
Vd., y nosotros nos dormimos con esa música.
Tomó Leonardo como una impertinencia la observación del maestro de
azúcar y le volvió la espalda disgustado. Al contrario Isabel, no
atendió sino a su penetración y suaves modales, y sintiendo hacia él una
especie de gratitud, la pesó de que su amante no participara del mismo
noble sentimiento. Mas, tuvo la candidez de decírselo al paño. Por lo
que Leonardo, picado ahora, se propuso _quinar_ y poner en ridículo al
maestro de azúcar, examinando allí mismo los puntos que calzaba en el
arte de fabricar ese dulce.
Para ejercer el cargo de examinador, no poseía Leonardo otras
condiciones que aquéllas de que le revestían por el momento el despecho
y la osadía de quien compara su propia alteza y superioridad casuales,
con la bajeza y la humildad relativas del primer contrincante con quien
acontece medir sus fuerzas morales e intelectuales. La clase de
educación que su estado social y caudales le habían procurado a
Leonardo, estaba muy lejos de ser científica; había sido puramente
literaria y nada profunda por cierto. No había saludado siquiera ninguna
de las ciencias naturales, puesto que no existían en su patria entonces
cátedras libres de ellas. Verdaderamente sólo se enseñaba filosofía,
jurisprudencia y medicina, sin otros ramos principales que tanto
contribuyen a su complemento. Leonardo Gamboa, como la mayoría de los
estudiantes de su época, no entendía jota de Agronomía, por supuesto, ni
de Geología, ni tampoco de Química, menos de Botánica, aunque de esta
última ciencia daba a la sazón, o pretendía dar lecciones don Ramón de
la Sagra en el Jardín Botánico de La Habana. Mas sea de esto lo que se
fuese, ello es que la índole buena y la ignorancia supina del maestro de
azúcar concedieron esta vez triunfo fácil y señalado al futuro dueño del
ingenio de _La Tinaja_.
--¿Dónde aprendió Vd. a hacer azúcar, don Isidro? le preguntó de
improviso y con cierto tono arrogante.
--En el ingenio del Sr. don Rafael de Zayas, aquel que topamos como se
viene de Guanajay al pie de la loma de la Yaya.
Ahí estaba de maestro de azúcar mi padre, que en paz descanse, y yo lo
acompañé y lo ayudé a hacer bastantes zafras.
--Es decir, que su padre le enseñó a Vd. el oficio de maestro de azúcar.
¿No es eso?
--Pues, él hacía azúcar delante de mí y yo aprendí por mi gusto haciendo
lo que él hacía.
--¿Qué hacía su padre de Vd.? En otras palabras, ¿cómo hacía el azúcar?
Esto es lo que deseo que Vd. me explique; diciendo lo cual apretó el
brazo de Isabel.
--Diré al señor don Leonardito, repuso Bolmey revolviendo allá en su
mente por si daba con las palabras que pudieran ser nuevas para su joven
amo. Si vale decir verdad, no se necesita _cencia_ para hacer la azúcar;
basta un poco de práctica y un buen ojo. Yo veía que mi padre, que en
paz descanse, en cuanto que se llenaba de guarapo fresco el tacho de la
torre, lo dejaba _sentar_ un poco y le quitaba la basura; que después lo
bombeaba de ese tacho a la paila del medio, y que después mandaba meter
candela de duro. Verbi gracia, así como yo voy a hacer ahora.
Mientras hablaba, dos negros con sus bombas y una canal movible
trasegaron el guarapo _desfecado_ de la segunda paila de la izquierda a
otra de la derecha, y el joven Bolmey agregó:
--¿Ve el niño? Ahora quito la basura y _vaceo_ el guarapo de este tacho
en este otro y le echo un poco de cal viva...
--Bien, ¿para qué le echa Vd. cal?--le interrumpió preguntándole
Leonardo, con regocijo secreto de tenerlo cogido en un renuncio
ridículo.