satisfacción, de modo que si te acortan el trabajo y te dan mejor
comida y un conuco, y un cochino, y mujer con quien casarte y no te
castigan tanto, ¿tú no te huyes más y te portas bien?
--Si, _siñó, mi suama sumecé. Chilala no juye ma: Chilala tlabaja;
Chilala fino, fino_.
--Pues bien, Isidoro, ya que tú me prometes que no te huirás más y que
te portarás como hombre formal, haré que no te castiguen tanto, que no
te hagan trabajar mucho, que te den bastante comida, y un cochino, y un
conuco, y mujer con quien casarte. ¿Estás contento?
--_Sí, siñora, mi suama sumecé; Chilala contente, mu contente._
--Más todavía quiero hacer por ti, segura de que no me has de engañar.
Don Liborio, añadió en tono alto e imperioso: quítenle ahora mismo los
grillos a este negro.
La larga esclavitud, la ignorancia crasa en que había vivido, el
durísimo trato del ingenio, nada había podido borrar la sensibilidad, el
sentimiento de la gratitud en el pecho del esclavo. Costole trabajo y
esfuerzo de imaginación entender lo que su ama le decía; mas tan luego
como entendió que iban a quitarle los grillos, faltándole las palabras
apeló a las demostraciones para expresar su inmenso agradecimiento. Se
echó de bruces a las plantas de doña Rosa, cual lo hiciera delante de un
fetiche en su país natal, y con grandes aspavientos y exclamaciones
incoherentes de una alegría loca, besó muchas veces el suelo que ella
había hollado.
En todo son extremadas las mujeres de la índole de Isabel: o aman, o
aborrecen; las medias tintas de sus pasiones se quedan para casos raros.
En las pocas horas de su estada en el ingenio, había podido observar
cosas que, aunque oídas antes, no las creyó nunca reales y verdaderas.
Vio, con sus ojos, que allí reinaba un estado permanente de guerra,
guerra sangrienta, cruel, implacable, del negro contra el blanco, del
amo contra el esclavo. Vio que el látigo estaba siempre suspendido
sobre la cabeza de éste como el solo argumento y el solo estímulo para
hacerle trabajar y someterle a los horrores de la esclavitud. Vio que se
aplicaban castigos injustos y atroces por toda cosa y a todas horas; que
jamás la averiguación del tanto de la culpa precedía a la aplicación de
la pena; y que a menudo se aplicaban dos y tres penas diferentes por una
misma falta o delito; que el trato era inicuo, sin motivo que le
aplacara ni freno que le moderase; que apelaba el esclavo a la fuga o al
suicidio en horca como el único medio para librarse de un mal que no
tenía cura ni intermitencia. He aquí la síntesis de la vida en el
ingenio, según se ofreció a los ojos del alma de Isabel, en toda su
desnudez.
Pero nada de esto era lo peor; lo peor, en opinión de Isabel, era la
extraña apatía, la impasibilidad, la inhumana indiferencia con que amos
o no, miraban los sufrimientos, las enfermedades y aún la muerte de los
esclavos. Como si a nadie importara su vida bajo ningún concepto. Como
si no fuera nunca el propósito de los amos corregir y reformar a los
esclavos, sino meramente el deseo de satisfacer una venganza. Como si el
negro fuese malvado por negro y no por esclavo. Como si tratado como
bestia se extrañara que se portara a veces como fiera.
¿Cuál podía ser la causa original de un estado de cosas tan opuesto a
todo sentimiento de justicia y moralidad? ¿Tendría el hábito o la
educación, fuerza bastante para sofocar en el corazón, sobre todo de la
mujer, el sentimiento de la piedad? ¿La costumbre de presenciar actos
crueles sería capaz de encallecer la sensibilidad natural del hombre y
de la mujer ilustrada y cristiana? ¿Tenía algo que ver en el asunto la
antipatía instintiva de raza? ¿No estaba en el interés del amo la
conservación o la prolongación de la vida del esclavo, capital viviente?
Sí lo estaba, a no quedar género de duda; pero eso tenía de perversa la
esclavitud, que poco a poco e insensiblemente infiltraba su veneno en
el alma de los amos, trastornaba todas sus ideas de lo justo y de lo
injusto, convertía al hombre en un ser todo iracundia y soberbia,
destruyendo de rechazo la parte más bella de la segunda naturaleza de la
mujer: la caridad.
Repasando Isabel todas estas cosas en la mente, mientras los demás
contraían su atención a las escenas que se representaban en el pórtico y
en el batey, la ocurrió preguntarse:--¿Por qué quiero yo a Leonardo?
¿Qué hay de común entre mis ideas y las suyas? ¿Llegaremos alguna vez a
ponernos de acuerdo sobre el trato que ha de darse a los negros?
Suponiendo que sobre este particular cupiera concordancia entre
nosotros, ¿me resignaría a seguirle a este infierno? Y siguiéndole,
¿vería yo, cual doña Rosa, con impasibilidad, los horrores e injusticias
que aquí se cometen día y noche impunemente?...
En este punto del soliloquio de Isabel, empezaba doña Rosa a mostrar el
lado bello de su carácter, que aquélla ni muchas otras personas aún
habían visto. Como va dicho, a su voz cayeron las prisiones del más
infeliz, por humilde, de sus esclavos. Y una vez empeñada en esta línea
de conducta, la prosiguió hasta el fin. Era que la impelia la especie de
fiebre que produce el deseo de las buenas o las malas acciones, y
procedía a ciegas en la obra del bien. Aún tenía de bruces a sus pies a
Isidoro, cuando ordenó se quitaran los grillos a los seis compañeros del
mismo, y no contenta con esta trascendental medida, hizo comparecer a su
presencia a Tomasa y a los tres castigados por la madrugada; oyó con
paciencia sus quejas, les dio algunos consejos, los consoló cuanto pudo
en aquellas circunstancias y acabó por decir en tono airado:--Contra mi
voluntad y expreso mandato los han azotado a Vds hoy. ¡Ea, don Liborio!,
quítenle los grillos a estos negros.
Fuera el que fuese el motivo secreto que impelía a doña Rosa a reasumir
_coram populi_[49] la autoridad domínica en su ingenio de _La Tinaja_,
los actos piadosos con que la afirmó produjeron honda y sincera
impresión en el ánimo de la concurrencia. Los hombres aprobaron y
aplaudieron; las mujeres, conmovidas, derramaron lágrimas de alegría. A
los ojos de Isabel, la señora de Gamboa se transfiguró, pasando de
golpe, allá en su noble corazón, de las profundidades del desprecio a la
más alta cima de la admiración. La vio entonces la más hermosa y buena
de las mujeres. La hubiera estrechado en sus brazos con el mismo cariño
que solía estrechar a su madre sana y risueña tras días y horas de
ausencia; la hubiera adorado de rodillas con el mismo fervor que el
primer esclavo, objeto de la piedad del ama, la había mostrado su
agradecimiento.
--¡Qué dulce es, exclamó, perdonar las faltas de aquellos que dependen
de nosotros! ¡Para esto únicamente es una dicha ser ama de esclavos! Y
dio a llorar ya sin fuerzas para dominar su emoción.
--¡Qué! ¿Llora Vd., señorita? la preguntó el cura compadecido.
--No me es dado, contestó ella sollozando, contemplar las acciones
generosas y caritativas con los ojos enjutos.
--Muchas más lágrimas derramaría Vd. tal vez por motivos opuestos, si
continuase en el ingenio.
--No me parece que pudiera vivir aquí mucho tiempo.
--Señorita, observó el cura admirado de tanta sensibilidad y discreción:
veo que no es Vd. de carne y de los huesos de los amos de esclavos.
--No, no lo soy. Si me viera en el caso forzoso de escoger entre ama y
esclava, preferiría la esclavitud, por la sencilla razón de que creo más
llevadera la vida de la víctima que la del victimario.
Adela, en su entusiasmo, rodeó el cuello de su madre con los brazos,
imprimió una porción de amorosos besos en sus mejillas y la dijo:
--Pues que es hoy día de perdones, ¿llamo a...? No dio el nombre en voz
alta.
--¿Quién? preguntó doña Rosa torciendo el ceño.
Con mayor timidez que antes repitió Adela al oído de su madre el nombre
reprobado.
Cambió doña Rosa de repente de semblante y de actitud, pasando del
fervor piadoso a la seriedad y... a la ira.
--No, no. Ella no merece perdón... Tampoco se ha dignado pedírmelo.
--Ahí cerca está para pedírtelo. Sólo aguarda mi aviso.
--No, no, hija. Que no se me presente. Me haría arrepentir de lo que he
estado haciendo. No, que no se me presente.
Alejose Adela del lado de su madre afligida y llorosa.
Enseguida se procedió al bautizo de los 27 negros bozales de la
expedición del bergantín _Veloz_ que le tocaron en suerte a don Cándido
Gamboa; luego al casamiento de tres o cuatro esclavas, cuya voluntad no
se exploró ni por mera forma; en fin, se dio permiso para que hubiera
tambor (baile) en la finca hasta la puesta del sol.
Por disposición de doña Rosa, el boyero tomó interinamente el bastón,
quiere decir, el látigo, mejor, el mando de los esclavos del ingenio de
_La Tinaja_.
CAPÍTULO VII
_15. ¿En dónde, pues, está ahora mi
esperanza?_
_16. A lo más profundo del sepulcro
descenderán mis cosas, ¿crees tú
que siquiera allí tendré yo reposo?_
JOB. XVII
Declinaba a toda prisa la tarde. Allá, por el rincón más apartado del
batey, aún se oía el rudo tambor con que los negros se acompañaban el
melancólico canto y el baile salvaje de su país natal.
Acá, por la casa de ingenio, había gran agitación y ruido. Las torres o
chimeneas de los hornos para hacer vapor y calentar las pailas del tren
Jamaiquino,[50] lanzaban al aire columnas de humo negruzco y espeso.
El bozal del maquinista, recién llegado del granítico Maine, en los
Estados Unidos de Norte América, con la alcuza de cuello largo y corvo
en la mano, iba del trapiche para la máquina y de ésta para aquél,
dando aceite a las juntas y ejes, a fin de moderar la fricción, causa
fatal de las pérdidas de fuerza.
Impaciente y desazonado el maestro de azúcar, aguardaba la corriente del
guarapo que debía poner a prueba su habilidad en hacer ese dulce con
caña molida según un nuevo sistema. Por su parte los negros del cuarto
de prima miraban recelosos y azorados los preparativos que se hacían
para resolver el problema de hacer azúcar sin necesidad de las ariscas
mulas ni de los cachazudos bueyes.
Se ponía el sol, redondo y encendido cual bala roja, por detrás del
inmenso palmar del potrero, cuando invadieron la casa de calderas los
dueños de la finca, en compañía de su familia, amigos y empleados.
Guiaba la procesión el cura de Quiebra Hacha, revestido de la sotana y
el bonete de ceremonia. Marchaban a su lado dos caballeros conduciendo
cada uno un haz de cañas, atados con cintas de seda blanca y azul, que
sujetaban por la punta cuatro señoritas. Llegados delante del trapiche,
murmuró el cura una breve oración en latín, roció los cilindros con agua
bendita, valiéndose para ello del hisopo de plata, los caballeros
colocaron enseguida las cañas en el tablero de alimentación y dio
comienzo la primer molienda con máquina de vapor el célebre ingenio de
_La Tinaja_.
Más tarde, o entre dos luces, se sirvió el banquete de tabla en la casa
de vivienda. En el intermedio de la comida a los postres vinieron a
avisar al médico que su presencia era necesaria en la enfermería. Fue, y
volvió al cabo de media hora un si es no es cariacontecido, saliendo a
recibirle don Cándido con desusada solicitud para preguntarle:
--¿Novedad, Mateu?
--Novedad y gorda, señor don Cándido, contestó el médico con el mismo
laconismo.
--Bien vengas, mal, si vienes sólo, dijo don Cándido revestido de toda
su calma. Afuera con el embuchado.
--Acaba Vd. de perder su mejor negro.
--Sea todo por Dios. ¿Cuál?
--Pedro carabalí. Se ha suicidado en el cepo.
--¡Bah! Más ha perdido él que yo. ¿Qué arma ha empleado?
--Ninguna.
--¡Cómo! Entonces ha hecho uso del dogal.
--Menos. En pocas palabras, señor don Cándido, el negro se ha tragado la
lengua.
--¡Qué me dice Vd.! ¡Ahora menos lo entiendo!
--Lo entenderá Vd., cuando le diga que este es un caso de asfixia por
causa mecánica.
--¡Si creerá Vd., doctor, que yo hablo el griego!
--Diré a Vd., señor don Cándido. Ora haya hecho uso el negro de los
dedos, ora de un poderoso esfuerzo de absorción, evidente es que,
doblando la punta de la lengua hacia dentro, empujó la glotis sobre la
tráquea y quedó ésta obliterada, impidiendo la entrada y salida del aire
en los pulmones, o cesando la inspiración y la expiración. He aquí lo
que el vulgo llama tragarse la lengua, y que nosotros llamamos asfixia
por causa mecánica. Durante mis viajes a la costa del África he tenido
ocasión de observar varios casos; pero en mi larga práctica de los
ingenios de la Isla, éste es el primero que se me presenta. Tal género
de muerte, lo mismo que el del ahogado, debe ser muy doloroso, peor que
el de estrangulación en horca, porque no se produce la asfixia
instantáneamente, sino por grados, en todo su conocimiento, y después de
una agonía atroz. Si hiciéramos la autopsia del cadáver, veríamos que el
sistema venoso está ingurgitado de sangre de color negruzco muy oscuro,
lo mismo el pulmón y el cerebro.
--A fe que no había oído en mi vida semejante cosa, dijo Cándido. Vamos
a la enfermería.
En esta excursión (no fue otra cosa) acompañaron a don Cándido sus
huéspedes y algunos empleados. El Cura y el Capitán del partido
meramente por hacerle honor, pues para el primero ya había pasado la
ocasión de ejercer su santo ministerio con el suicida; para el segundo,
ni antes ni después de la muerte del esclavo habría tenido ocasión de
ejercer el suyo, mediante a que dentro de los límites de sus haciendas o
dominios era _ipso jure_ señor de horca y cuchillo don Cándido Gamboa.
Dispuso éste retiraran el cadáver del cepo. Horrorosa era su vista,
habiendo adquirido ya la rigidez de la muerte. Tendido de espaldas en la
tarima, su lecho de agonía, aún apretaba los bordes con los dedos
crispados. A consecuencia de las mordidas de los perros, tenía hinchados
los brazos, las piernas y el levantado pecho; los ojos casi fuera de sus
cuencas e inyectados de sangre, de la cual estaban salpicadas sus ropas
en girones.
Contribuía a darle un aspecto feroz el tener la piel de la frente
arrollada desde la línea de las cejas hasta el nacimiento de la pasa, y
zajadas las mejillas verticalmente desde el párpado inferior hasta la
orilla de la quijada, a usanza de la tribu en su país natal. Parte de
esa costumbre era el aguzarse los dientes superiores, que dejaba ver a
través de los labios entreabiertos, trabados con los de la mandíbula
inferior: nueva prueba ésta de la lucha entre la vida y la muerte. No
acusaba su semblante más de 27 ó 30 años de edad; de modo que se hallaba
entonces en todo el vigor y desarrollo de su juventud.
--¡Lástima de negro!, dijo Cocco.
--Valía lo que pesaba en oro para el trabajo, dijo don Cándido
interpretando en su verdadero sentido la exclamación del administrador
de _Valvanera_.
--He ahí la vera efigie de un salvaje africano, dijo el Cura. Dios tenga
piedad de su alma.
--Debió haber sido ese negro la pura soberbia, dijo el Capitán Peña con
aire sentencioso.
--Y dígalo, dijo Moya satisfecho, porque había allí uno que diera forma
a su pensamiento en aquel instante. Más cachorro no ha _salío_ de la
Guinea.
--Ha muerto en su ley, dijo el gallego mayordomo de la finca. Dios no le
tome en cuenta sus muchos pecados.
--Veamos lo que dice María de Regla, dijo don Cándido sin mirar de lleno
a la cara de la enfermera.
Insensiblemente las personas que acababan de hablar se habían situado en
torno del cadáver, que entonces alumbraba a medias con la vela de cera
amarilla, desde el pie de la tarima, la negra mencionada por don
Cándido. Ella, con los ojos bajos, dijo:
--Le contaré a mi señor lo que ha pasado.
La precisión y claridad de las pocas palabras vertidas, junto con el
acento argentino y medido de su voz, pregonándola como mujer de talento
y de algún trato social, le ganaron desde luego la atención de los
circunstantes. Poseía ella ambas cosas en grado notable, relativamente a
su falta de escuela y a su condición de esclava desde la cuna. A la
natural perspicacia y carácter dulce y simpático, combinados con un
exterior agradable y fino, se agregaba el haber servido de doncella a
sus primeros amos; teniendo ocasión de rozarse más con éstos y con las
personas decentes que visitaban la casa que con las ignorantes de su
misma condición, y de aprender, no ya sólo las maneras, sino el modo de
decir y de portarse en sociedad la gente blanca y educada. Frisaba en
los 36 ó 40 de la edad, como la atestaban sus formas redondeadas y
voluptuosas. Dos medias lunas grandes de oro pendían de sus orejas, y
para ocultar las pasas, que detestaba, se cubría la cabeza con un
pañuelo de algodón, dicho de Bayajá, atado con bastante gracia y
coquetería, a guisa de turbante turco. En el momento de que hablamos, su
aspecto y tono de voz revelaban mucho disgusto y tristeza.
--Le contaré a mi señor lo que ha pasado a mi vista, dijo ella cual si
hablara con el muerto y no con su amo. Pedro, desde que le pusieron en
el cepo, se negó a comer y hablar. Sólo esta madrugada bebió un poco de
sambumbia, que le hice tragar, como quien dice, de por fuerza. El hambre
se aguanta, la sed no hay quien la entretenga siquiera, y él, por las
mordidas, debía de sentir una sed ardiente. Después, como hacía
veinticuatro horas que no pasaba bocado, como había ya perdido mucha
sangre y se le habían inflamado las heridas, a pesar de las unturas que
ordenó el médico, estaba muy débil, irritado, no podía reconciliar el
sueño. Se calmó un poco luego que apagó la sed. Pero no ladraba un
perro, no cantaba un gallo, no se oían pasos de gente o de animales en
el batey sin que él se moviera, le crujieran los huesos en la tarima y
se pusiera a escuchar. Los primeros cuerazos de don Liborio esta
mañanita le causaron un sobresalto grandísimo y no tuvo un momento de
reposo. A cada cuerazo se estremecía de pies a cabeza, lo mismito que
hace el caballo (y perdonen sus mercedes la comparación) cuando le
quitan la silla después de un largo viaje.
«Estoy segura, añadió la enfermera con cierta timidez, que más le
dolieron los bocabajos a Pedro que a aquéllos a quienes se los dieron.
Le entró una especie de furia. Murmuraba en su lengua palabras que yo no
entendía. Parecía loco. En esto trajeron a Julián más muerto que vivo,
entre cuatro morenos. Pedro lo vio. Era su ahijado de bautismo y se
convenció de que estaban castigando a sus compañeros de fuga. Entonces
se remató. Estoy persuadida que si hubiera podido, hace añicos el cepo.
Le cogí miedo. Trataba de sacar los pies de los agujeros; dejé la cura
de Julián y me acerqué cuanto pude a la tarima de Pedro. Le encontré
sentado, mirando para todas partes, cual si esperara que vinieran por él
a cada rato para darle un bocabajo.
«¿Qué tienes, Pedro?, le pregunté. ¿Qué sientes? ¿qué te duele? ¿qué
quieres? Me miró fijamente, dio un gran suspiro y dijo con la garganta,
no con la lengua:--_Lamo._ ¿Llamo?, le pregunté. ¿A quién llamo, al
médico? Se quedó callado. Di, Pedro, ¿quieres que mande por el amo?
Abrió tamaños ojos, enseñó los dientes y repitió: _Lamo, lamo... su
mercea_, concluyó diciendo María de Regla con mayor timidez, sin
levantar la vista para don Cándido.»
Este no hizo más que sonreírse ligeramente y la enfermera prosiguió su
gráfica narración.
«Yo le contesté: todavía no, Pedro; todo el mundo duerme en la casa de
vivienda; velaré, y así que salga el amo, le avisaré que quieres verlo.
Duerme, descansa un rato. Por fortuna en aquella misma hora se oyó
alejarse a la gente y Pedro dio un suspiro. No venían por él. Después me
pareció inútil avisar al amo. Estaban ocupados con la repartición de las
esquifaciones, el bautismo de los bozales... Señorita estaba quitando
grillos y perdonando a todos; ¿quién no creería que se había pasado el
peligro? Pero en mala hora entró aquí don Liborio a buscar algo que se
le había quedado anoche. Venía furioso. Dijo que lo habían botado por
culpa de Pedro, pero que no se quedaría riendo el muy cachorro, pues
había ordenado el señor don Cándido que le dieran un novenario luego que
se pusiera bueno, y que si él no tenía el gusto de dárselo se lo daría
el otro Mayoral. No se aparecía el amo y Pedro creyó que estaba bravo y
que don Liborio decía verdad. Desde este momento decidió quitarse la
vida. Me asomé a la ventana para ver el baile de tambor por un instante,
cuando sentí que Pedro se movía; volvía la cara y noté que se andaba en
la boca con los dedos. No pensé nada malo, pero hizo un movimiento cual
si le entraran náuseas. Corrí a su lado... Acababa de sacarse los dedos
de la boca, apretaba los dientes y procuraba agarrarse de la tarima con
las dos manos. Entonces le entraron convulsiones. Me dio horror; mandé
llamar al médico, y sin saber cómo ni cuándo se me quedó muerto entre
los brazos. Así como está ahora le encontró el señor don José (el
médico). Muchos he visto morir desde que estoy aquí, pero ningún muerto
me ha causado tanto horror.»
--Se explica la negra, dijo Cocco a don Cándido cuando salían de la
enfermería.
--No sabe Vd., todas las letras menudas que tiene, repuso don Cándido a
media voz. He aquí la causa de su perdición. Si fuese menos bachillera
estaría quizás más contenta con su suerte.
--Pues qué, ¿es mujer de aspiraciones?
--¡Que si es! Demasiado. Apresurémonos no sea que perdamos el plus café.
Luego Rosa extrañará nuestra demora y no conviene todavía que sepa la
muerte del negro.
Conocidamente pasaba don Cándido por el carácter de la enfermera como
por sobre ascuas. No era indiferencia la suya, tampoco desdén, menos
desprecio: era miedo, puro miedo no fuera que se averiguase la posición
en que se hallaba colocado respecto de ésa su humilde esclava. Porque es
bueno se diga una vez más, que don Cándido Gamboa y Ruiz, caballero
español, rico hacendado de Cuba, fundador de una familia distinguida que
llevaría su preclaro nombre quién sabe hasta qué generación, con ínfulas
de noble, ya en camino de titular y ganoso de rozarse con la gente
encopetada y aristocrática de La Habana, se sentía atado a la enfermera
de su ingenio de _La Tinaja_ por lazos que, no por invisibles eran menos
fuertes e inquebrantables. María de Regla poseía el único secreto de su
vida libertina que le avergonzaba y hacía infeliz en medio de la
grandeza y el boato de que ahora se veía rodeado.
El día siguiente armose en _La Tinaja_ divertida cabalgata, compuesta de
las señoritas Ilincheta y las dos más jóvenes de Gamboa, escoltadas por
el hermano de éstas, por Meneses y por Coceo.
Hacía tiempo hermoso, quiere decir, que las nubes aplomadas que
encapotaban el cielo, impedían el brillo del sol en toda su fuerza,
mientras el aire seco del norte, que a su paso por el angosto brazo del
Golfo no había podido despojarse de los fríos vapores del vecino
continente, refrescaba que era una delicia la atmósfera de toda esa
costa cubana. Isabel, diestra jinete, orgullosa de su habilidad, amaba
el ejercicio a caballo y se hacía la ilusión que dominaría a su sabor el
campo desde la silla, respiraría aire más puro y más libre y ensancharía
los horizontes de su existencia, cruelmente circunscritos en el ingenio
de _La Tinaja_. Este inesperado desahogo lo demandaban a una su cuerpo,
su espíritu y su corazón.
El tropel de las caballerías, esguazando el río, camino de la estancia,
hizo levantar a los vocingleros totíes y a las hurañas palomas rabiches
que habían bajado a beber o a bañarse a la lengua del agua, abrigadas
por las tendidas ramas de los robles.
--¡Qué sombrío! exclamó Isabel. Convida ese charco a bañarse.
--Es muy hondo al pie de la palma sobre la margen derecha, observó
Gamboa.
--¿Cómo que hondo? preguntó la joven.
--Tapa a un hombre.
--Entonces se podrá nadar con desembarazo.
--Sí, pero es muy peligroso bañarse allí a causa de los caimanes que
suelen ascender el río desde la boca. En ese mismo charco que tanto
incita a Isabel, perdió papá un perdiguero que quería mucho. Yo era un
chicuelo entonces y le acompañaba en la caza. Le disparó un tiro a un
aguaitacaimán y cayó en mitad del charco; tras él se lanzó el perro para
traerle a la orilla, pero sin darle alcance se hundió bajo de las aguas
cual si le faltaran las fuerzas de repente. Luego apareció en la
superficie un borbollón de sangre, por donde conoció papá que le había
atrapado un caimán.
Buen efecto producían el arrozal en lo más hondo de un vallecito,
irguiendo sus innumerables espigas, todavía verdes, en busca del calor
solar y el campo de maíz en las laderas de las colinas, con sus flores
de color morado y las barbas rubias de sus mazorcas.