--Tu intención fue perdonar, la interrumpió don Cándido. Lo sé. Por lo

que respecta a tu conciencia, añadió con exquisita ironía, debe estar

más tranquila y serena que una balsa de aceite, en este caso. Y si hay

en ello alguna culpa, échala sobre mí. Tú sabes que el diablo las carga.

Quien sintió alguna vez escrúpulos de conciencia respecto de lo que dijo

o no dijo, hizo o no hizo a los negros, ese santo varón, o esa santa

mujer no ha debido tener esclavos jamás. ¡Escrúpulos de conciencia por

semejantes bestias! ¡Ja! ¡Ja!

A este tiempo volvieron de la enfermería las señoritas y caballeros. El

médico dijo que el negro había recibido varias mordeduras de carácter

grave, no peligroso, en los brazos, antebrazos, canillas y carpos de las

manos y de los pies. Parecía desgarrada la epidermis de algunos de los

dedos de la mano derecha.--Pero por fortuna, agregó en su lenguaje

peculiar, los incisivos de la fiera no han interesado lo bastante para

romper ningún vaso principal y no hay temor de hematosis, aunque se ha

presentado la hemalopia consiguiente a la exasperación física y moral,

bajo la cual viene laborando hace tiempo el enfermo. Esto es preciso

combatirlo con aplicaciones de sanguijuelas a las sienes; las que, de

paso sea dicho, habrá que traer del pueblo, pues faltan en el botiquín

de la finca. Por lo que hace al tétano, fácil es que se presente

mediante a que el negro se ha mojado después de recibir las heridas. Con

este motivo he dispuesto se le den unturas frecuentes de sebo y aceite

con unas cabecitas de ajo majadas. Puedo decir, sin embargo, que hasta

ahora no aparece dañado ningún nervio...

Leonardo fue más conciso. Hablando con su madre, dijo de manera que lo

oyese su padre: que Pedro apenas le había reconocido a él como su amo;

que estaba negado a declarar; que nada sabía de sus compañeros; que,

como para intimidarle y obligarle a hablar le dijese don Liborio que

ahora sí no se escaparía del cepo y que ahí le tendría hasta que doblase

el cogote, contestó riendo que no había nacido el hombre capaz de

sujetarle en ninguna parte contra su voluntad. Leonardo, lleno de

indignación, le había vuelto la espalda; y, cosa extraña, agregó éste,

luego que nos retirábamos, me llamó para decirme que deseaba ver a su

amo, a papá.

--Lo esperaba, murmuró don Cándido alejándose. Hay tiempo mañana; no me

molestaré ahora por su señoría.

Si se hubiera pedido informe a las señoritas sobre lo que habían visto

en la enfermería, habrían referido muy diferente historia de la relatada

por el médico y Leonardo. Hubieran dicho que el Hércules africano

tendido boca-arriba en la dura tarima, con ambos pies en el cepo, con

los hoyos cónicos de los dientes de los perros aún abiertos en sus

carnes cenizosas, con los vestidos hechos trizas, por toda almohada para

descansar la cabeza, las palmas de las manos, a pesar de tener rasgados

los dedos y, necesariamente doloridos, Jesucristo de ébano en la cruz,

como alguna de ellas observó, era espectáculo digno de conmiseración y

de respeto. Su arrepentimiento de haber concurrido a aquel lugar no

podía compararse sino con el dolor que experimentaron, singularmente la

piadosa Isabel, cuando se desengañaron que no podían hacer nada en

alivio de esta otra víctima de la tiranía civil en su desventurada

patria.

CAPÍTULO VI

_Los negros... ¡Oh! mi lengua se resiste

A formular de su miseria el nombre!_

D. V. TEJERA

Por mostrar celo y actividad a los dueños, o por equivocar la hora

precisa, como se guió por el canto de los gallos, el Mayoral del ingenio

de _La Tinaja_, en la mañana de Pascua, puso la _gente_ en pie mucho más

temprano de lo acostumbrado.

Con el último solemne tañido de la campana, después de tomar sendas

tazas de café, de encender un tabaco y de armarse, descolgó la llave,

llamó a sus perros y se encaminó a pie al barracón para abrir la reja de

hierro. Metió resueltamente la ponderosa llave en la cerradura, quiso

hacerla girar en la guarda y no pudo: ¡Qué _demongo_! dijo para sí. Aquí

han _andao_. Me parece que voy a dar más cuero... que Dios toca a

juicio.

Alumbró con el tabaco el ojo de la llave, dio media vuelta en sentido de

cerrar y oyó distintamente correr el pestillo y entrar en el cerradero

del cerrojo.--¡Voto a Dios! exclamó. Si estaba abierta la puerta y yo he

_sío_ tan caballo que la he _cerrao_. ¡Va que la dejé abierta anoche!

¿Estaba yo _bebió_, o loco, o _trastornao_? ¿O ha _habío_ aquí brujería?

¿Qué pasa, Liborio?

Salían en aquel punto los negros de sus bohíos y fue preciso que don

Liborio pensase en lo que había de hacer con ellos. Descorrido el

cerrojo, se plantó junto a la jamba de la puerta para verlos desfilar

uno a uno, según tenía ordenado. Por eso, aunque hacía bastante oscuro,

pudo observar que una negra se parapetaba del compañero y quería pasar

desapercibida. Malicioso y vigilante, no necesitó de más para echársele

encima, cogerla por un brazo y acercarle la lumbre del tabaco a la cara.

Con sorpresa mezclada de alegría vio que era la negra Tomasa suama,

prófuga hacía entonces precisamente dos semanas. Mientras sujetaba ésta,

apareció recatándose también Cleto gangá, y tras él Julián arará, Andrés

bibí y Antonio Macuá, los cuales detuvo y colocó a un lado.

Así que pasaron todos los demás y que formaron en medio del batey, echó

por delante a los cinco presos y les ordenó hacer alto frente a frente

del centro de la fila, tanto más larga cuanto que era sencilla.

Seguidamente empezó el interrogatorio:

--Venga acá, mamá Tomasa, y dígame por _vía_ suyita, ¿de _aónde_ viene

la niña ahora?

--_De la monte_, contestó ella imperturbable.

--¡Oiga! ¿Y qué fue a buscar al monte la niña Tomasa?

--_¿Siñó...?_

--No lo diga. No se tome ese trabajo la niña; lo sé: fue a _pajariar_.

Yo le daré pajareo. Pero, ¿cómo es que se aparece ahora doña Tomasa

suama?

--_Venga a presentarse a la suamos._

--¡Bueno! _Asina_ se hace. Pero ¿por _aónde dentraron_ ustedes en el

barracón?

--_Po la pueta._

--¿Quién abrió la puerta a la niña?

--_Naide._ Tenía la _pueta abieta_.

Aquí se remató la paciencia del cómitre.

--Conque estaba abierta la puerta, ¿eh? ¡Ah, pedazo de p...!

Y sin más ni más la pegó tan fuerte bofetón, que la tendió en el suelo

aturdida. Mientras ella se ponía en pie, dirigió poco más o menos las

mismas preguntas a los cuatro compañeros de la negra y obtuvo poco más o

menos idénticas respuestas.

--¡_Vírate_!,[48] dijo a la esclava echándole garra por un hombro con el

objeto de derribarla de bruces.

Mas ella joven, robusta y ya prevenida, se mantuvo firme y dijo:

--_Sumecé no me catiga, mi suama mi madrina._

--¡Ja! ¡Ja! déjame reír. ¿La señora tu madrina? Pues dile que se levante

de la cama y que venga a salvarte del bocabajo. Mira, negra de Barrabás,

vírate o te mato...

--_¡Mata!_ repuso ella con arrogancia.

--Agárrala tú. Túmbala tú, gritó el Mayoral, ya en el paroxismo de la

ira, a los compañeros de la esclava.

Tres de éstos obedecieron sin tardanza. Dos la cogieron por un brazo y

el otro por un pie, con lo que fue fácil hacerla perder el equilibrio y

dar con ella en tierra boca abajo.

De presumir es que la misma ciega obediencia con que los tres se

prestaron a ejecutar la orden perentoria del Mayoral, excitara más la

cólera de éste respecto a Julián arará, que parecía dispuesto a

desobedecer. Midiole don Liborio de alto a bajo con ojos en que se

traslucía algo de la rabia que le dominaba, no poco de sorpresa y un

mundo de recelos, porque era amenazadora la actitud del negro y, como la

mayoría de sus compañeros allí presentes, estaba armado de machete corto

o calabozo y azadón. Vino a comprender entonces que había andado algo

imprudente, y que estaba perdido como flaquease en el momento crítico.

Así que, haciendo de tripas corazón, gritó con más aparente brío que

nunca:

--¿Y tú qué haces, perro? ¿Por qué no metes mano? Dobla el lomo...

(soltando uno de los ternos que acostumbraba, a falta de mejor

expletivo).

Acompañó, además, las palabras con tan fuerte garrotazo con el mango del

látigo en la cabeza del esclavo, que le hizo titubear y caer luego de

rodillas a los pies de Tomasa. Aun allí, abatido y todo, no dio muestras

Julián de que iba a obedecer; antes temiendo el Mayoral que se recobrara

del golpe y se pusiera de nuevo en pie, agregó:

--Sujeta por la pata a esa grandísima p... o ¡vive Dios! que te muelo a

palos.

Y por vía de apremio le asestó un segundo garrotazo, que no por más

fuerte que el primero, sino porque quizás acertó a darle en lugar donde

el cabello lanudo no protegía completamente el cráneo, le dividió la

piel como con un cuchillo y brotó un chorro de sangre de la herida.

Julián a tientas apoyó la mano abierta en la garganta del pie de su

compañera, y... empezó el bocabajo.

Tan singular conducta de parte de aquel negro en tales circunstancias,

habría llamado la atención imparcial de persona menos estúpida o menos

cegada por la pasión que don Liborio; habría inspirado consideración, ya

que no respeto, en toda alma noble y generosa; habría excitado siquiera

la curiosidad de averiguar el origen de un sentimiento que no dejaba de

ser bello porque se abrigase en el pecho de un hombre semi-salvaje.

Varias circunstancias, además, concurrían en el caso del negro y de la

negra, que servían para explicar la conducta de ambos en estos momentos

de prueba. Y es de creerse que porque estaba al cabo de ellas don

Liborio, mostraba tanta saña con la pareja. Julián y Tomasa eran poco

más o menos de la misma edad; joven, robusta, agraciada ella; joven,

atlético y gallardo él; procedían del mismo país en África; se tenían

por paisanos o carabelas, según dicen. ¿Qué extraño sería que se amasen?

Tomasa, por su juventud, alegre humor y buena presencia era la favorita

de sus camaradas y de los empleados blancos de la finca. La esclavitud

no pesaba tanto para ella, ni tenía motivo para quejarse de su suerte,

comparativamente hablando. ¿Por qué se había fugado? Parecía claro: por

seguir a Julián, que, arrastrado por Pedro, su padrino de bautismo, el

cabecilla del motín, adoptó esa malhadada resolución. Hizo más Tomasa:

luego que cayó prisionero Pedro, del modo trágico referido, recabó de

Julián el que se presentase y solicitase perdón de los amos por medio de

Caimán, que ellos sabían tenía ascendiente en doña Rosa.

Para mayor abrigo, llevaba don Liborio atado a la cabeza un pañuelo de

algodón, dos puntas de la lazada del cual le caían por detrás, y encima

se había encasquetado el sombrero de paja. Traía la camisa suelta por

fuera o faldeta, el puñal en la cinta y el machete en su puesto,

asegurado con una faja de lienzo blanco. Apoyó la mano izquierda en la

empuñadura, y con la extremidad del mango del látigo arrolló las faldas

del vestido de la esclava hasta más arriba de las caderas y soltó la

trenza del cuero crudo, que había sujetado en el hueco de la misma mano

derecha. Todo esto por su orden, bien calculado con calma y formalidad,

como quien no tenía prisa, antes se proponía saborear goce exquisito, a

cuyo efecto no debía precipitar los sucesos.

Clareaba el horizonte por el este con las purísimas luces del alba.

Descargado el primer latigazo con el aplomo y tino de quien posee brazo

experimentado y de hierro, pudo convencerse el Mayoral que la _pajuela_

o punta de cáñamo torcida y nudosa, con chasquido peculiar, había

trazado un surco ceniciento en las carnes de la muchacha. Enseguida

descargó otros y otros en más rápida sucesión hasta saltar pedazos de

la piel y fluir la sangre; sin que a todas éstas la víctima exhalase una

queja, ni hiciese otro movimiento que contraer los músculos y morderse

los labios.

Así tuvo un desfogue momentáneo la ira del Mayoral, mas el estoicismo de

la muchacha le privó en mucha parte del placer que se prometía al

azotarla. El dolor, sensación fatal en todo ser animado, no la redujo,

como él esperaba, al extremo de pedir perdón a su verdugo. Por eso, y

porque deseaba concluir antes de salir el sol, encomendó a los dos

contramayorales el castigo de Julián y de sus compañeros, contentándose

él con observarlos de cerca para hacerles «apretar la mano» cada vez que

por compasión o por otro motivo cualquiera suponía que no daban bastante

recio. Tan pronto como se despachaba uno, le hacía lavar la llaga con

orines en que se habían echado de antemano unas puntas de tabaco, a fin

de evitar el _pasmo_ o tétano, ordenando que los herreros les pusieran

los grillos que para eso se hicieron venir de la mayordomía de la finca.

Por lo que respecta a Julián, que se había desmayado dos o tres veces, o

por el rigor del castigo, o por la pérdida de la sangre, juzgó prudente

fuese trasladado a la enfermería para que le curasen la herida de la

cabeza. A los demás penados, impedidos por el peso de los grillos y el

dolor de los crueles azotes, los obligó a trabajar, junto con los

restantes negros, en el _chapeo_ de las guardarrayas alrededor del

_caserío_ del ingenio, que fue la _fajina_ que desde el principio se

propuso sacar don Liborio.

--¿Escuchas, Cándido? dijo doña Rosa entre sábanas a su marido. Me

parece que oigo el cuero. Temprano ha madrugado hoy don Liborio.

Dormía profundamente don Cándido para que le despertase la música de los

latigazos de su Mayoral, no obstante que por el vigor con que los

descargaba y la calma de la naturaleza, resonaban por millas a la

redonda. Pero repetida la pregunta a sus oídos, entre bostezo y bostezo,

contestó luego con esta otra:

--¿Qué tengo de oír, Rosa?

--El _cuero_ del Mayoral. Ni que fueras sordo.

--Ya, ya. Como que oigo algo. Sí. Está castigando. ¿Y qué?

--Alabo tu sangre fría. Aparte de otras cosas, ¿te parece poco habernos

quitado el sueño tan temprano? De seguro voy a tener hoy un dolor de

cabeza de los bravos. Me ha puesto nerviosa ese maldito hombre. Lo peor

es que voy creyendo que el tal don Liborio no tiene ni pizca de

consideración con nosotros. Nunca me gustó su cara de bandolero.

--¿Y qué querías que hiciera el hombre?

--Lo que toda persona decente hubiera hecho en su lugar. Irse a otra

parte, lejos de la casa de vivienda a castigar los negros, si es que han

cometido una gran falta y no podía dejar el castigo para luego.

--Quizás no ha podido remediarlo. Los negros a veces se empeñan en que

los azoten y fuerza es darles gusto o se expone uno a que se le vayan a

las barbas. También suele convenir en muchos casos que la pena siga al

delito sobre la marcha para que surta el debido efecto.

--¿Pero tú no sabes mejor que yo la causa de este escándalo tan de

madrugada?

--La supongo, Rosa, y es lo mismo. Me basta saber que los negros se le

cayeron de las uñas al diablo.

--Sean o no malos los negros en general, y los nuestros en particular,

la verdad es que don Liborio no para la mano desde ayer. Y si esto hace

estando nosotros aquí, ¿qué no será cuando estamos lejos? Crucifica

vivos a los negros.

--Pues tú le celebrabas anoche de hombre recto, y...

--¿Qué querías que dijera delante de la gente? Por dentro estaba que me

comía los hígados. También no había él enseñado todas las uñas. Mas ya

esto es demasiado. Qué ¿no sabrá el muy bestia que tenemos visitas? ¿Qué

dirá Meneses, joven instruido, casi extraño para nosotros, no

acostumbrado a estas escenas? Lo menos que se figurará es que éste es un

presidio, el Vedado, y que somos de alma negra...

--No te dé cuidado por el mozo, dijo don Cándido. Apostaría cualquier

cosa a que duerme a pierna suelta, arrullado con la música de los

latigazos...

--Sí, pero ahora que me acuerdo, ¿qué dirá Isabelita si ha despertado?

Por fuerza que ha de haber despertado. Deben oírse los cuerazos en el

muelle de Tablas. Resuenan en mis oídos como cañonazos. Vea Vd.; y esa

muchacha que es tan delicada, tan enemiga de los castigos. No será mucho

que de esta hecha rompa con tu hijo, creyendo que sus padres son dos

verdugos y que él le ha bebido los vientos. Lo sentiría por ti que estás

tan empeñado en que se casen...

--Poco a poco, mi cara Rosa, la interrumpió don Cándido con más viveza

que de costumbre. Hablas cual si no aprobaras el matrimonio en proyecto.

--¿De dónde has sacado tú que yo lo apruebo?

--¡Hombre! Hasta habíamos acordado el día de la boda, poco más o menos.

--Tú has arreglado eso, yo no. Si consiento en el matrimonio no es que

lo apruebo de corazón, no es que me empeño en que se casen. Por una

parte, no podré aprobar nunca que mi hijo querido deje mi abrigo y se

vaya a vivir en otra casa. Por otra parte, no conozco mujer bastante

buena para mi Leonardo. Ni Isabelita, a quien tengo por una santa, ni la

diosa Venus que bajara de nuevo a la tierra, me parecería digna de él.

Si consiento en que se casen (todavía puede que se arrepientan) es por

ti, es porque no te cansas de repetirme y cantaletearme noche y día que

el mozo se va a perder, que tendrá mal fin, que es preciso sujetarlo,

que es muy enamorado (el pobrecito hasta ahora no ha mirado sino para

Isabel), que asoma inclinaciones bajas... Me pones la cabeza tamaña con

tales agüeros, me asustas y digo para mí: no es mal sastre el que conoce

el paño: tal padre, tal hijo, y desaprobando, doy el consentimiento. El

es un niño todavía, necesita de mis caricias; pero tú eres implacable,

quieres casarlo y te saldrás con la tuya. Se casará, si es que la

muchacha no se vuelve atrás... A veces creo contigo que el matrimonio es

un freno, aunque si hemos de juzgar por ti... las mayores locuras las

has cometido después de casado, y sabe Dios...

--En esto había de venir a parar la cerrazón, volvió a interrumpir don

Cándido a su mujer. Más vale así. Al fin te has distraído y dejado en

paz a don Liborio.

--Lo que es a ese pícaro no pararé hasta botarlo...

--Sería mala política despedir a don Liborio a raíz de haber castigado

con mano fuerte las desvergüenzas de los esclavos. ¿A dónde iría a parar

el prestigio de la autoridad? El Mayoral representa aquí el mismo papel

que el coronel delante de su reglamento, o que el capitán general

delante de los vasallos de S. M. en esta colonia. ¿Cómo, si no, se

conservarían el orden, la paz ni la disciplina en el ingenio, en el

cuartel o en la Capitanía General de la isla de Cuba? Nada, Rosa, el

prestigio de la autoridad lo primero.

--¿De manera, repuso doña Rosa con la lógica parda de las mujeres, que

por conservar el prestigio de la autoridad de don Liborio vas a dejar

que acabe con los negros?

--¡Acabar con los negros! repitió don Cándido fingiendo sorpresa. No

hará tal, por la sencilla razón de que de ellos está llena el África.

--Allá se pueden estar todos los negros del mundo; el caso es que cada

vez se dificulta más la reposición de los que se pierden por causa de

los ingleses.

--Tampoco es eso como suena, Rosa. Aparte de que por un bocabajo más o

menos no se muere negro ninguno, ríete de que los ingleses lleguen a

impedir la trata al punto de hacer escasear los brazos. Ya ves cómo les

pasamos por los bigotes los de la última partida del _Veloz_,

haciéndoles creer que eran ladinos de Puerto Rico.

--Continúa el cuero, Cándido. Es preciso averiguar qué es eso. Haz que

venga el Mayordomo. Levántate, dispón alguna cosa.

--Ahí llaman. Dile a Dolores que pregunte entre tanto me visto.

Esta dormía en el cuarto inmediato con las señoritas. A las voces de su

ama se asomó a un postigo y dijo:

--Es Tirso, con el café para el amo y para Señorita.

--Pregúntale qué pasa allá por el batey, dijo ésta a la esclava. ¡Qué

día de ascuas se nos depara! ¡Y luego la mala noche... y el bochorno!

¡Qué prestigio de autoridad ni qué calabazas! ¡Al infierno con don

Liborio!

Informó Tirso, temblando del frío o del miedo, que se habían aparecido

los negros fugados, que el Mayoral los estaba castigando y que había

matado a Julián porque no había querido _virarse_.

--¿No te lo decía? dijo doña Rosa. Ni siquiera ha respetado que yo les

servía de madrina.

--Probable es que él no lo supiera.

--Ellos han debido decírselo.

--No los ha creído sobre su palabra. Además, Tirso miente como un

bellaco. Me levantaré, sin embargo, por darte gusto. Cuando se te pone

una cosa en la cabeza, eso ha de ser.

--Me da no sé qué tu santa calma. Te están matando a los negros y no

corres. ¡Cómo si no costaran dinero!

--Ahora sí que has hablado como un Salomón, dijo don Cándido saliendo al

pórtico.

Según es de suponer, mucho antes que de costumbre estaban en movimiento

toda la familia y las visitas en la casa de vivienda del ingenio de _La

Tinaja_. El sitio que ofrecía más desahogo y sombrío era el pórtico, y

allá acudieron todos. El sol hería la casa por la espalda, proyectando

la sombra por largo trecho adentro del batey donde, entre las ocho y las

nueve de la mañana, se hallaba tendida la dotación de esclavos de la

finca, en su traje ordinario, sucio y harapiento.

Acercose don Liborio al pórtico a caballo, se desmontó, le ató por el

ronzal a la barandilla y ascendió la escalinata hasta situarse en el

último escalón. Desde allí, quitándose respetuosamente el sombrero,

saludó a la compañía en general, y en particular a doña Rosa, quien,

sentada con mucha gravedad en el sillón más conspicuo, cual reina en su

trono, y rodeada de sus hijas y amigas, contestó con un murmullo

inaudible. No podía perdonarle esta señora a aquel hombre el mal rato,

si es que don Cándido se había dado por satisfecho después de oírle el

relato parcial de lo sucedido por la madrugada.

Las criadas al inmediato servicio de la familia presenciaban el

espectáculo desde la puerta de la sala, y doña Rosa, por conducto de la

más anciana, hizo decir al Mayoral que llamara a los dos

contramayorales. Venidos, hicieron la genuflexión de costumbre en

presencia de sus amos, cruzándose de brazos y permaneciendo en silencio,

cual dos estatuas de piedra negra. El aire de dignidad con que se

presentaron aquellos dos hombres, indicaba claramente que no eran

congos. Eran lucumíes, raza guerrera del África y está dicho todo.

--¿Qué tal les va? fue la primera pregunta que les dirigió doña Rosa.

Se miraron el uno al otro y de soslayo a don Liborio, como si se

animaran mutuamente a decir algo, o dar algún desahogo a su espíritu

atribulado. Adivinó doña Rosa el motivo del embarazo de sus esclavos: se

morían por hablar, mas temerosos de las consecuencias, por la presencia

del Mayoral, juzgaron más cuerdo callarse. No necesitó ella de más para

hacerles salir de su reserva. Cambió la pregunta.

--¿Tienen bastante comida?

--Sí, _siñora_, contestaron a una sin titubear.

--¿Mucho trabajo?

--No, _siñora_.

--¿Están Vds. contentos?

Volvió a sucederse la escena mímica de antes. Después de mirarse el uno

al otro, y de reojo al Mayoral, que empezaba a manifestar bastante

inquietud, quizás se disponía el más viejo de los dos a hacer la breve

cuanto dolorosa relación de sus trabajos y miserias, cuando don Cándido

los atajó ordenando en alta voz que les entregaran la ropa nueva traída

de La Habana para regalo de Pascua de la dotación del ingenio.

Constaba cada muda para los varones, de camisa de cañamazo o rusia, nada

cumplida, pantalón de lo mismo, gorro y frazada de lana; para las

hembras, de una como camisa talar llamada túnica, también de rusia,

pañuelo de algodón de colores y frazada. Estas piezas constituían lo que

en lenguaje marino de Cuba se entendía por la _esquifación_ de los

negros que trabajan en el campo.

Buena dosis de soberbia había en el carácter de doña Rosa, no siendo de

aquellas mujeres a quienes es fácil desviar de sus propósitos con

subterfugios ni sutilezas dialécticas. La mera suposición de que don

Cándido, con achaque de proteger el prestigio de la autoridad investida

en el Mayoral, tendía a rebajar sus derechos de ama, delante de personas

extrañas, bastó a poner espuelas a su deseo de afirmarlos, y de un modo

señalado. En tal virtud, no bien se retiraron los contramayorales

cargados con las esquifaciones para ellos y sus compañeros, siempre por

medio del Mayoral hizo comparecer en su presencia al negro que

denominaban Chilala. Acercose despacio y con bastante trabajo, clamando,

como le estaba ordenado:--Aquí va Chilala, cimarrón.

Así que depositó la masa de hierro en el piso del pórtico, se arrodilló

delante de doña Rosa, cruzó los brazos sobre el pecho, y con gran

humildad en su peculiar lenguaje, dijo:

--_La bendició, mi suama sumecé._

--Dios te haga un santo, Isidoro, contestó doña Rosa amablemente.

Levántate.

--_Asi ta mijó mi suama sumecé._

--¿Por qué te huyes, Isidoro? le preguntó el ama en tono compasivo.

Extrema era la flacura de este esclavo. Apenas tenía otra cosa que

huesos y nervios. Luego, el color rojizo de sus cabellos, la palidez

cenicienta del rostro, su mirar vagaroso e inquieto, comunicaban a su

semblante una expresión de azoramiento como de animal montaraz.

--_¡Ah, mi suama sumecé!_ exclamó dando un suspiro. _Tlabaja, tlabaja;

poco comía; no conuca; no cuchina; no mujé: cuera, cuera, cuera..._

Cecilia Valdés o la Loma del Ángel · 第 30 / 44 段