por sus costados con paredes de mampostería y una sola entrada, haciendo
frente a la parte de las calderas mencionadas. Este era la casa para la
purga y el secado del azúcar. En otros separados se hallaban la
carpintería, la herrería, la enfermería, y la que puede llamarse casa de
maternidad; las habitaciones del mayoral, del boyero, carpintero,
mayordomo y maestro de azúcar, quien temporalmente residía también en el
ingenio. Para el maquinista, cuyo oficio a la sazón desempeñaba un joven
americano, se había construido una habitación provisional con tablas de
cedro, cerca de la máquina de vapor; único sitio abrigado en aquel feo
caserón. Seguían después, formando grupo, sobre doscientas cabañas o
bohíos de paja, con sus correspondientes corrales y gallineros adjuntos,
para la morada de los trescientos esclavos, o dotación del ingenio. Las
otras casas exentas, a saber: las del bagazo, la de batir el barro para
la purificación del azúcar, y otras de menos importancia, se hallaban
erigidas en el espacio medianero entre la de calderas y la de purga.
La planta de aquélla, denominada por antonomasia «de vivienda», figuraba
en paralelogramo trapezoidad, sentada en el suave declive de una colina,
cuya diferencia de nivel se había procurado remediar alzando el piso por
el frente. Era de un solo cuerpo de fábrica de manipostería gruesa con
cubierta de tejas huecas coloradas, amplio pórtico, la sala cuadrada al
medio, flanqueada a ambos lados por dos crujías de cuartos, pasadizos
corridos por el interior, patio rectangular en el centro, cerrado por
una tapia alta con caballete de vidrios, y una portada en el lienzo del
fondo, que se cerraba con cerrojo y cerradura y servía para la
comunicación interior de la servidumbre de la casa. En el patio crecían
muchas flores, algunos naranjos, higueras y parras, que no contribuían
poco con su verdor y su sombrío a la frescura de los cuartos; aunque
para quebrar la reflexión de los rayos solares en puntos de medio día,
habían puesto cortinas de cañamazo en todo el derredor de los pasadizos.
Arreglo igual se advertía en el pórtico, que por su elevación y
amplitud, se hallaba más expuesto a los embates del viento y a los
efectos desagradables de la reflexión solar en el extenso y desolado
batey.
Desde lo alto de la escalinata del pórtico se registraba de un extremo a
otro la casa de calderas al frente, la de purga algo más a la derecha,
aunque sólo por el lado de las gavetas para secar el azúcar; el barracón
de los negros o la estacada que encerraba sus habitaciones rústicas; en
suma, la mayor parte de las que componían la vasta población del
ingenio; los campos de caña hacia el oeste, los techos pajizos de las
casas del potrero, y más allá un palmar inmenso, un codo del río y luego
la selva alterosa y primitiva, que formaba como el fondo oscuro de este
variado cuadro campestre.
Cosa del medio día del 24 de diciembre de 1830, arrellanados en cómodas
butacas de vaqueta, se hallaban los amos del ingenio en cómodas butacas
de vaqueta colorada, se hallaban los amos del ingenio _La Tinaja_, junto
con otras varias personas, al abrigo de la reflexión solar, tras las
cortinas de cañamazo. Casi todos los caballeros, don Cándido Valdés,
cura de Quiebra Hacha, el capitán del partido y el médico fumaban
tabaco; doña Rosa, la esposa del capitán antes dicho, la mujer y cuñada
del mayoral del potrero y las señoritas Gamboa, comían unas dulces cañas
de la tierra, otras, naranjas de China y guayaba del Perú, etc.,
productos éstos de la estancia del ingenio. Por allí andaban nuestros
conocidos de La Habana: Tirso, Aponte, Dolores, junto con otra de las
negras que habían venido por mar, y dos o tres más de la dotación del
ingenio, que por criollas y de mejor apariencia las habían destinado al
servicio doméstico, todos haciéndose útiles.
De las señoritas Gamboa, Carmen y Adela no calentaban asiento, picaban
un pedazo de guayaba o de naranja y emprendían luego largos paseos,
enlazadas de las manos, de un extremo a otro del pórtico, con
manifiestas señales de impaciencia por la tardanza, a su juicio, de las
amigas de Alquízar. Adela en particular, cada vez que tocaba en el
ángulo del sur, levantaba un canto de cortina de cañamazo y echaba una
ansiosa mirada por toda la guardarraya maestra adelante hasta su
intercepción en el camino de la Playa. Al fin, poco después de la una de
la tarde, se oyó a lo lejos ruido de ruedas de un carruaje y la marcha
precipitada de varias caballerías; y Adela, sin ver nada aún, exclamó
alegre:--¡Ahí están!
No se engañó esta vez. A poco más llegaron al pie de la escalinata del
pórtico las señoritas Ilincheta en su carruaje, el cual, junto con sus
ocupantes, los caballos y los jinetes, venían cubiertos con el polvo de
la tierra colorada. Inútil sería detenernos a describir punto por punto
las variadas escenas del encuentro de ambas familias en medio de las
soledades de la Vuelta Abajo. Más de un motivo había para que, al menos
algunos de los presentes, mirasen aquel instante como un evento
verdadero, digno de nota. Sucede, además, que los jóvenes, y también a
veces las personas mayores, cuando se reúnen en un sitio de campo con
ánimo de pasar sólo unos días en franca y cordial sociedad, lejos de los
lugares donde se han acostumbrado a vivir y divertirse, se sienten
fuertemente atraídos; si son amigos lo son y lo expresan más; si
parientes, se persuaden que los unen más estrechos lazos; si amantes,
¡ah!, su amor les parece eterno, la dicha de amarse, celestial.
Las mujeres se estrecharon fuertemente entre los brazos. Adela lloró de
alegría al apretar entre los suyos a Isabel, por la cual sentía afición
extraordinaria. Para ella era la más modesta y amorosa de las mujeres.
También doña Rosa distinguía a la mayor de las Ilincheta, y en la
ocasión de que hablamos la mostró señalada cordialidad. Hasta don
Cándido tan seriote y desmañado, que no tuvo ni una sonrisa para su hijo
cuando éste se acercó a pedirle la bendición, recibió a las señoritas
Ilincheta con desusadas demostraciones de cariño, y se las presentó a
los caballeros que estaban de visita, diciendo:--También éstas son mis
hijas. Y hablando con Isabel añadió: He aquí tu casa; espero que goces y
te diviertas en ella como en la tuya encantadora de Alquízar.
Ya no duró el recibimiento en el pórtico sino corto rato. Sobre
estropeadas las señoras del viaje, necesitaban algún reposo, asearse,
cambiar de traje, antes de sentarse a la mesa. Doña Rosa, o la mujer del
Mayoral Moya, que hacía de ama de llaves para ahorrarle trabajo a esa
señora, había hecho preparar alojamientos para las señoritas Ilincheta y
para su tía, inmediatos a los aposentos ocupados por la familia de
Gamboa en la crujía de la derecha, después de la sala.
Ya de tardecita se sentaron a la mesa en la gran sala de la casa de
vivienda, entre señoras y caballeros, unas dieciséis personas, atendidas
por la mitad de ese número de siervos. Doña Rosa hizo los honores. La
secundó cuanto era compatible con su carácter don Cándido, aunque éste
guardó sus cumplimientos para el administrador de _Valvanera_ en primer
lugar, en segundo lugar para el cura de Quiebra Hacha, en tercero para
el médico de su finca y para el Capitán del partido. Todos debían pasar
la noche en el ingenio para tomar parte en las ceremonias que iban a
celebrarse al día siguiente, o primero de Pascua de Navidad. Fuera de
la esposa y de la cuñada del Mayoral del potrero, ninguno de los
empleados del ingenio fue invitado a comer en la casa de vivienda; y el
mismo Moya, que tenía vara alta con los amos actuales de _La Tinaja_, no
tomó asiento, aún invitado por don Cándido, so pretexto de haber comido.
Reinaron en el banquete la jovialidad y animación, templadas por las
maneras decentes propias de la buena crianza, aunque excepto Meneses, el
joven Gamboa y el cura, nadie de los presentes había recibido educación
esmerada ni frecuentado el trato de la alta sociedad cubana. El último
nombrado, don Cándido Valdés, criollo, se había educado en el Seminario
de San Carlos, de La Habana. En materias religiosas era tolerante hasta
la despreocupación; en política profesaba opiniones liberales que solía
llevar hasta la exaltación.[45] El médico Mateu, de Galicia, había hecho
la práctica de su profesión a bordo de los buques negreros, y ahora
curaba por iguala en varios ingenios de la comarca. Pasaba por buen
mozo; pero su bien parecer corría parejas con su necedad y pedantería.
Creía que todas las mujeres se enamoraban de él, y desde su puesto en la
mesa le lanzaba miradas a hurtadillas a Rosa Ilincheta, cuya graciosa
figura, viveza y fogocidad de carácter sobraban para volverle el juicio
a hombre de más seso que él. El cura simpatizó desde luego con Isabel,
que en todas sus palabras y acciones revelaba las altas prendas de su
espíritu. Don Manuel Peña, asturiano, casado con una criolla buena moza,
desde el mostrador o taberna del pueblo había ascendido a Capitán
pedáneo, especie de Juez de paz, y única circunstancia por la cual los
amos del ingenio de _La Tinaja_ le sentaban a su mesa. Don José de Cocco
era otra especie de hombre; natural de Cádiz, tenía fina apariencia,
los dientes muy blancos y los ojos azules, poca talla, bastante chiste y
escasa instrucción.
Este se dedicó a obsequiar a la segunda de las señoritas Gamboa, a cuyo
lado quedó en la mesa, con la conciencia, sin embargo, de bajo ninguna
circunstancia una de las amas del ingenio _La Tinaja_ daría su corazón
ni su mano al Administrador del ingenio _Valvanera_. Por lo que toca a
Adela, la más linda de todas, su extremada juventud la ponía a cubierto
de los galanteos de los hombres allí reunidos.
Circuló entre éstos libremente la copa del vino desde el principio hasta
el fin de la comida; terminada la cual, se levantaron los manteles para
servir los postres sobre la tabla desnuda, de bruñida caoba. Trájose
enseguida el café puro en tazas de trasluciente China, la espumosa
champaña, el coñac francés y el ron de Jamaica. Después don Cándido
Gamboa sacó a relucir su gran vejiga olorosa y dorada, y repartió sendos
tabacos, cual brevas, entre el Capitán, el Médico y el Cura, pues Cocco
no fumaba, tampoco Meneses, y Leonardo no se hubiera atrevido a tocar un
cigarro delante de su padre.
Puesto el sol terminó el banquete. Pero pasando la familia y las visitas
al amplísimo pórtico donde ya los criados habían enrollado las cortinas
de cañamazo, pudo echarse de ver que hacía suficiente claridad en el
campo circunvecino. Era que por un lado surgía la luna creciente de
entre el bosque lejano y hería oblicuamente las hojas y flores de las
cañas y los troncos blancos de las palmas, al paso que desde lo alto del
cielo azul y diáfano como el cristal, vertían innumerables estrellas
chispas de plata y oro.
Por sus pasos contados, después del banquete, todas las personas
reunidas en la casa de vivienda se dividieron en tres grupos. Doña Rosa,
en compañía de doña Juana, la Moya, la mujer del Capitán y Antonia, la
mayor de las señoritas Gamboa, volvieron a ocupar los sillones de
vaqueta colorada. Don Cándido, con el Cura, el Capitán y el Mayoral del
potrero, para digerir mejor la comida y saborear sus olorosos tabacos,
daban cortos paseos y conversaban en una cabeza del portal. El primero,
sobre todo, aprovechó la ocasión de tomar algunos informes, más
imparciales que los de su mayoral, acerca de las ocurrencias en la finca
durante los quince o más días que precedieron al de su llegada a ella.
Con este motivo dirigió como de paso varias preguntas a Moya, el cual,
honrado con aquella distinción por el amo del ingenio delante del Cura y
del Capitán pedáneo, se apresuró a contestarlas con lisura y no poca
satisfacción. Por ejemplo, preguntado:
--¿No se ha sabido nada, Moya, acerca de los negros que se fugaron la
semana pasada? El Mayodomo me ha dicho que son siete, entre ellos una
negra.
--_Veríficamente_, señor don Cándido, no se ha _sabío naitica_ entre dos
platos, contestó.
--Pero, ¿se ha hecho alguna diligencia?
--¡Pues no, señor don Cándido! Se han _registrao_ los montes de Santo
Tomás y los montes de La Angosta. En _toas_ partes se han _encontrao_
rastros frescos, mas como los perros de don Liborio Sánchez no son
_buscaores_ sino _mordeores_, _anque_ le tienen gran interés a los
negros no han _dao_ con ellos. Y _me se_ ha puesto que no han _salío_ de
los linderos del ingenio, porque no se han _juío en denantes_ y no saben
andar por el monte. Con buenos perros ya se hubieran _topao_, segurito.
¡Ah! Dios me dé perros que huelan un negro _dende_ una legua...
--Por lo que a mí toca, dijo el capitán Peña cortándole la palabra a
Moya, debo informar al señor don Cándido que he hecho en su obsequio
cuanto cabía en mis facultades. En efecto, apenas tuve aviso de la
ocurrencia por parte que me dio su mayoral de Vd., don Liborio Sánchez,
no perdí tiempo en pasar atento oficio, valiéndome del correo de Bahía
Honda, a los señores don Lucas Villaverde y don Máximo Arosarena,
inspectores en San Diego de Núñez, de la partida que capitanea don
Francisco Estévez, que acaba de formarse por disposición de la Real
Junta de Fomento, para perseguir negros cimarrones en las jurisdicciones
desde el muelle de Tablas o el Mariel, Callajabos, Quiebra Hacha, etc.,
hasta los límites occidentales de Bahía Honda. Con mi oficio a los
señores inspectores incluí la filiación, edad y naturaleza (poco más o
menos, se entiende, pues Vd. sabe que todos los negros se parecen) de
los siete que se le han fugado a Vd. Espero, pues, que si tropieza con
ellos la partida, cosa factible, porque sospecho que han tirado hacia
las sierras cercanas del Cuzco, que los capture y... Ni debe extrañar al
señor don Cándido que se le hayan fugado siete negros, cuando por la
misma época se han alzado 12 de _Santo Tomás_, 8 de _Valvanera_, 6 de
_Santa Isabel_, 20 de _La Begoña_, y 40, sí señor, 40, como Vd. lo oye,
de _La Angosta_, el ingenio aquí inmediato, perteneciente al Excmo.
Señor Conde de Fernandina. La lista de todos éstos obra ya en poder de
los señores inspectores, y, supongo también, del capitán Estévez.
--No me extraña la fuga de mis siervos, dijo don Cándido pensativo. Ni
son éstos los primeros negros que se me huyen. Ahí están, si no,
Chilala, José, Sixto, Juan, Lino, Nicolás, Picapica, etc., que no me
dejarán mentir. Esos, cuando no se hallan alzados en los montes, sufren,
como ahora, una condena más o menos larga en la finca, y llevan grillos
de doble ramal, o arrastran cadena con maza. Goyo, o Caimán, el
guardiero de la talanquera en el camino de la Playa, se sabe que ha
pasado su juventud entre esas serranías que se ven desde aquí... Mas
todos ésos son congo real, congo loango o congo musundi, raza humilde,
sumisa, leal, la más propia para la esclavitud, que parece su condición
natural. Sólo tiene un defecto, eso sí, grave, capital: es la raza más
holgazana que sale del África. Si pudieran los congos vivir sin comer,
no habría fuerzas humanas que les obligaran a doblar el lomo y trabajar.
Serían capaces de pasarse la vida echados panciarriba... Y por no
trabajar, a menudo se huyen... Lo que me extraña mucho, lo que no
acierto a explicarme es el por qué han seguido el ejemplo de los congos
Pedro y Pablo carabalí, Julián arará, Andrés bibí, Tomasa suama, Antonio
briche ni Cleto gangá. Estos negros industriosos, incansables para el
trabajo, fuertes, robustos, formales, éstos no se fugan sin causa. No,
negros que siempre tienen tiempo para sus amos y para sí, que juntan
dinero y a menudo se libertan, no se huyen por poca cosa. Son muy
soberbios, tal es su único defecto, para alzarse sin causa poderosa.
Antes se ahorcan que fugarse al bosque...
Podía echarse de ver por esto poco que algo se le alcanzaba a don
Cándido Gamboa de achaque de etnología africana. Ya se ve, el tráfico
constante en esclavos por muchos años, la posesión de dos o tres
centenas de éstos, le habían enseñado que según su raza eran más sumisos
o levantiscos, más o menos a propósito para llevar hasta la muerte el
pesado yugo de la esclavitud. Sucedía, sin embargo, que otra cosa le
había enseñado a Moya su larga experiencia en el manejo de negros suyos
y ajenos, y todo su ser se sublevaba cuando oía decir que los había
buenos y malos, y que algunos no se huían jamás sin causa poderosa, más
bien se quitaban la vida. Por eso Moya, a riesgo de quebrar pajita con
el amo, dijo:
--Se conoce que el señor don Cándido ha visto negros y sabe los que
sirven _pa_ esto y no sirven _pa_ lo otro. Con permiso del señor don
Cándido yo digo que _toos_ los negros son lo _mesmo_ cuando la Guinea se
les mete en la cabeza. Entonces _toos jalan pa_ atrás como los mulos y
es preciso _jarrearlos_ con el cuero. Vamos a ver. ¿Por qué se han
_juío_ los siete de acá? ¿Por falta de _comía_? ¿Por falta de _frasá_?
¿Por falta de cochino? ¿Por falta de conuco? _Naa_ de eso les hace
falta. _Too_ eso lo tienen ellos a bombón. ¿Por el mucho trabajo? ¿Por
el mucho cuero? Ahora no trabajan, como quien dice, y _veríficamente_
don Liborio de Corpus a San Juan da un bocabajo.
--Si me es dado decir lo que pienso, terció en este punto el Cura
modestamente, mi opinión es que no debe esperarse de gente tan ignorante
como son los negros, el que juzguen y actúen cual las criaturas
racionales. Sería excusado buscar la razón de sus alzamientos y delitos
en los instintos de la justicia y el derecho. No. La causa ha sido
quizás la más quimérica, la más absurda, la menos justificada... Es, sin
embargo, coincidencia rara que a un tiempo se hayan alzado tantos negros
y de aquellas fincas precisamente que han cambiado de poco acá su
sistema de moler caña. ¿Será que esas estúpidas criaturas se han
figurado que se les aumenta el trabajo porque en vez de moler con bueyes
o mulas se muele con máquina de vapor? ¿Qué sabemos? Vale la pena
investigarlo.
--Ya, dijo don Cándido, siempre pensativo, siguiendo con los ojos
entreabiertos las columnas de humo cenizoso que se le escapaban de la
boca. El argumento de mi tocayo es bueno tratándose de negros congos,
falso, hablándose de negros de otras naciones de África. He observado de
cerca sus índoles diversas y sé lo que digo. El trato más que otra cosa
tiene que ver con la conducta de ciertos negros. Todos han nacido para
la esclavitud, ésa es su condición natural; en su mismo país no son otra
cosa que esclavos, o de unos pocos amos o del demonio. Los hay, no
obstante, que necesitan rigor, mucho rigor, el látigo siempre encima
para que trabajen; los hay que por las buenas se saca de ellos cuanto se
quiere.
--_Asina_ es, como dice el señor don Cándido, volvió Moya a meter la
cucharada. Mas yo digo que si hay negros que no se _pueen_ quejar del
trato, ésos son los del señor don Cándido. Ellos están como las flores:
bien _comíos_, bien _vestíos_, _ca_ uno con su conuco y su cochino,
muchos _casaos_, no trabajan más que de sol a sol, y no se les da cuero
por _náa_ y _náa_, como yo he visto que se hace en otros ingenios. Sacan
_mu_ poca fajina: dos o tres horas los domingos. Y cuando no se muele
caña casi _too_ el resto del tiempo es suyo para hacer canasta, engordar
sus cochinos, guataquear sus conucos... Casi todas las ascuas tienen un
día de tambor. ¿Qué más quieren esos _endinos_? Ni el obispo está mejor.
--Y vuelta a la misma tema, dijo don Cándido molesto. Moya, está bien lo
que Vd. asegura y repite; pero nada de eso me convence, ni me explica la
causa, la causa real y verdadera de la fuga de mis carabalíes. Lo peor
es que sospecho que Vd. sabe algo y no quiere decirlo delante del señor
Cura y del Capitán.
--Pues por _toas_ éstas y por la en que Jesucristo murió, dijo Moya con
vehemencia besando las cinco cruces que había formado con los diez dedos
de las manos enlazadas, que no sé _naitica_ más. Y si dejo algo
_embuchao_, que aquí _mesmo_ me parta un rayo, y _ustees_ perdonen mi
_moo_ de hablar.
--No hay que maldecir por tan poca cosa, dijo el Cura.
--Registre Vd. su memoria, Moya, dijo sonriendo don Cándido al ver su
apuro.
--El caso es, repuso éste después de breve detención, que yo no sé que
_puée_ ser la causa y que no _puée_ ser causa _pa_ que se _juya_ un
negro. El señor don Cándido dice que unos negros se _ajorcan_ y no se
_juyen_; y _dispués_ dice que el mal trato es la causa de los
cimarrones. Bueno. También dice el señor don Cándido que los _carabalí_
son _mu_ soberbios. Yo digo que son _mu_ perros y más perros que _toos_
los negros juntos. Pedro briche es el cabecilla de sus carabelas en el
ingenio. Siempre habla lengua con ellos, y el Mayoral está _quemao_ con
él. Yo lo sé; pero no le había puesto nunca la mano encima, ni _dende_
que vino de África creo yo que _naiden_ le sacó sangre con el cuero.
Pues, señor, la semana antes _pasáa_, Pedro briche no se presentó en la
_jila_, ni _dormió_ por la noche en el barracón. ¿Qué querían que
hiciera don Liborio? Al día siguiente va y lo coge _sotaventao_, y le da
unos cuerazos por arriba de la camisa, lo puso en el cepo por dos días,
le quitó el mando de contramayoral y lo sopló al campo a chapear. Se
emperró más. Yo le dije que le diera un buen bocabajo, pero temió que le
levantara _toa_ la _negráa_. Y ya se ha visto el _resultao_, se fue al
monte con seis compañeros porque no se le castigó bastante.
--¿No lo decía? dijo don Cándido con aire satisfecho. Y añadió, antes
que Moya le quitara la palabra:--¿Y qué dice de todo eso Goyo, el
guardiero del camino de la Playa? ¿Sabe Vd. si le han sondeado?
--¿Cómo que no? contestó Moya prontamente. El primerito que se vio _pa_
eso. ¿No ve el señor don Cándido que hasta la puerta _mesma_ de su
_bujío_ se encontró rastro fresco de negros que venían del monte, del
lado de allá? Pero él juró por _toos_ los santos del cielo que no vio,
oyó ni sintió _náa_ en _too_ este tiempo. Se calentó don Liborio contra
él y quiso arrimarle unos cuerazos _pa_ que cantara; mas yo se lo quité
de la cabeza, porque pensé que se iba a poner brava la señora doña Rosa
en cuanto que supiera que habían _castigao_ al taita Caimán.
Con esto don Cándido menudeó sus paseos sin curarse de las personas que
le hacían compañía, quizás para que no le interrumpieran en sus
meditaciones. Luego, volviéndose de improviso para Moya, en tono breve e
imperioso le preguntó por el Mayoral.
--Cuando yo venía del potrero, contestó Moya, estaba él con la gente en
el corte de caña, enfrente de la tumba nueva. No debe de tardar ya,
pues como no hay que cortar yerba de Guinea pa la comía de los caballos,
porque hay _cojollo_, soltará la gente más temprano. Mire, ahí vienen
las carretas con las últimas cañas _pa_ probar la máquina... Allá lejos
se ve el boyero en su mula, y más lejos _entoavía_, por la otra
guardarraya, veo ahora a don Liborio. El cañaveral me tapa sus perros y
yo no _pueo_ decir si va solo o con la gente. El viene a caballo.
CAPÍTULO V
_9. Limpio soy yo, y sin delito..._
_10. Por cuanto ha hallado achaques
contra mí, por eso me ha tenido
por enemigo suyo._
_11. Ha puesto en un cepo mis pies,
ha guardado todas mis sendas._
JOB, XXXIV
Mientras en un extremo del pórtico ocurría la escena trazada ya, tenía
lugar en el opuesto otra muy diversa. Formaban allí grupo animado e
interesante las señoritas Ilincheta, junto con las dos más jóvenes de
Gamboa, rodeadas por el medio círculo de los caballeros que las
galanteaban o admiraban. Todos en pie. Las señoras apoyadas de espaldas
en la barandilla, y los caballeros pendientes de los labios de Rosa
Ilincheta que, en pocas palabras, llenas de gracia y gráfica expresión,
describía los pequeños incidentes del viaje, su mal manejo parte del
camino, y sus propias impresiones.
Leonardo se sonreía, Cocco aplaudía, Mateu el médico hacía piruetas de
gusto, y Meneses se mantenía serio de celos, porque crecían con esto los
admiradores de su linda amante. Adela e Isabel, dadas las manos,
escuchaban y callaban. De pronto alguien le tiró de la falda a Adela por
el lado de fuera del pórtico. Volvió ella el rostro con viveza y vio a
una negra de buen aspecto, en traje muy diferente del que usaban las
demás esclavas de la finca.
--¿Qué quieres?--preguntó Adela bastante asustada.
--Su merced me dispense, niña. Venía por el médico. (No le veía por la
oscuridad y las faldas de las señoras interpuestas.)
--Y ¿quién eres tú?
--Soy la enfermera, criada de su merced.
--¡La enfermera! repitió Adela sorprendida.