intensa, tan viva su emoción, que no pudo evitar se le llenaran de
lágrimas los ojos. Leonardo se hallaba a su lado, teniendo por la brida
el brioso caballo, y ya por divertirla de sus tristes ideas, ya por
echarla de _cicerone_, comenzó a describir los puntos culminantes del
magnífico panorama que tenían a la vista. Había pasado él varias veces
por aquellos lugares; conocía a palmos el terreno que pisaba y quería
dar muestras a las amigas de su buena memoria. El primer ingenio a
nuestros pies, dijo, es el de Zayas. Los árboles de esta parte de la
loma nos impiden ver las fábricas, pero aquéllos son sus últimos
cañaverales. Debe de estar moliendo, porque hasta acá llega el olor del
melado. Muele todavía con trapiche y mulas. Tenemos que pasar por el
mismo batey. Después, en el centro de este gran valle, un poco hacia
nuestra derecha, por junto al tronco de aquella ceiba, pueden verse las
tejas coloradas de la casa de calderas del viejísimo ingenio de Escobar
o del Mariel. Según me cuenta mamá, fue el primero que se _fomentó_ en
esta parte de la Vuelta Abajo. También debe de estar moliendo pues veo
salir humo de entre la arboleda del batey. Luego, ¿no ven Vds., una nube
blanca que atraviesa el valle en toda su latitud a la altura de los
árboles describiendo una porción de vueltas y revueltas? Un poeta diría
que era un cendal de gasa. A mí me parece la piel de una culebra soltada
en la huida del monstruo de las montañas al mar. Pues no es otra cosa,
si bien reparan Vds., que los vapores que van marcando el curso torcido
del río Hondo, notable por lo estrecho de su cause y por las grandes
avenidas que hace en tiempo de lluvias. Ahora estará bajo y habrá
puentes para pasarlo sin necesidad de mojarnos los pies. Del otro lado,
por aquí derecho, en vuelta del noroeste, ¿divisan Vds., un bosque muy
verde y tupido del cual asoman unas torres que parecen redondas? Ese es
el ingenio _Valvanera_, de don Claudio Martínez de Pinillos, recién
creado Conde de Villanueva. A la izquierda, al pie del monte de Rubín o
Rubí, se ven los cañaverales del ingenio _La Begoña_, y a la derecha,
aún no discernible, _La Tinaja_, cerca de una legua del pueblo de
Quiebra Hacha.
Muy pendiente era la bajada por aquel lado al vastísimo valle de los
ingenios de azúcar, y aunque trazada en zig zag, todavía trabajaban
mucho los caballos para mantener el carruaje en el conveniente nivel.
Acortaba el calesero las riendas del de varas, temeroso de un resbalón;
y se abatía de nalgas y se deslizaba que no marchaba de firme. Con esto
crujían las sopandas de cuero, sobre las cuales se mecía la caja del
quitrín a guisa de zaranda, y el sudor empezaba a brotar del tronco de
las orejas y de los ijares de las fatigadas bestias.
--Poco a poco, Leocadio, dijo Isabel en llegando a lo más agrio de la
cuesta. No había visto yo camino más pendiente.
Cabalgaba Leonardo al estribo derecho del carruaje, y dijo en son de
broma:
--¿Es Isabel la que habla? La creía yo más guapa que eso.
--Si se figura Vd. que tengo miedo, repuso ella prontamente, se engaña
de medio a medio. No temo ni pizca por mí, temo por los caballos. Mire
Vd., el de barras: la carga es mucha y la bajada precipitosa; se ha
bañado en sudor, y estoy esperando verle caer y rodar. Sí, mejor será
apearnos. Para Leocadio.
--No, no se apee, niña, dijo el calesero con instancia, arriesgando un
choque con sus amas. Como su merced se apee en este paraje, tendrá que
apearse en todas las lomas. _Pajarito_ es _mu_ resabioso y sabe más que
las bibijaguas. Déjeme su merced darle _cuarta_ y verá cómo no se hace
más el chiquito.
--Eso es lo que tú quisieras, que te dejase maltratar al pobre caballo.
¿No sabes que no está acostumbrado a las lomas? De ningún modo
consentiré que le pegues. Para, te digo.
--La niña tiene _perdíos_ los animales y la gente, murmura Leocadio
recogiendo las riendas para parar. Cuando estaba viva la señora estos
caballos volaban como pájaros. A ella sí que le gustaba _jarrear_ de
duro.
En este punto intervino Leonardo, oponiéndose al propósito anunciado por
su amiga, no ya sólo porque de hacerlo así el tronco adquiriría el vicio
de que hablaba el calesero, sino porque de resultas de la sombra del
arbolado de la derecha aun no había enjugado el sol la humedad del suelo
barroso del camino. Cedió ella con visible repugnancia, y como para no
tomar parte directa en el martirio, según dijo, de los caballos, entregó
los cordones del de la pluma a su hermana Rosa y cerró los ojos mientras
duró la bajada.
No deseaba ésta cosa mejor. Joven y viva de carácter, amaba el peligro y
se perecía por manejar, fueran las que fuesen las fatigas que
experimentasen las caballerías en trasportarla por aquellos
derrocaderos, como al niño en su cuna de viento.
Molía Zayas en efecto. Las pilas de caña miel recién segada cerraban
casi los costados exentos de la casa de ingenio, pues sólo dejaban un
pasaje bastante amplio, eso sí, por el lado del batey, o camino que
traían los viajeros. Notábase allí gran vocerío y movimiento, lo mismo
dentro que fuera. Dentro, las mulas del trapiche pasaban y repasaban por
delante del espacio abierto en su precipitado giro, azotadas
despiadadamente por los mozos negros que corrían a par de ellas con ese
único propósito. Por entre aquel estrépito infernal se oía distintamente
el crujir de los haces de caña que otros esclavos desnudos de medio
cuerpo arriba metían de una vez y sin descanso en las masas cilíndricas
de hierro. Al otro lado del trapiche, aunque eran mayores si cabe la
batahola y la algarabía, por decirlo así, de los ruidos confusos, no se
veía cosa alguna; impedíalo completamente el denso humo revuelto con el
vapor que se desprendía de las hirvientes calderas, donde se cocía el
dulcísimo jugo de la caña y llenaba con sus inmensas olorosas columnas
todo el interior del gran laboratorio.
Afuera, una doble fila de carretas, o se acercaban cargadas a dicha
casa, o se alejaban de vacío en dirección del campo o del _corte_ de
caña, como se dice; todas tiradas por un par de bueyes no menos flacos
que tardos en sus movimientos. Pie a pie de cada yunta marchaba el
conductor o carretero esclavo, armado de ahijada larga y pincho agudo de
hierro; y a todo lo largo de la doble fila de carretas, ya en una
dirección, ya en otra opuesta, cabalgaba en su mula marchadora el bovero
blanco, armado también, mas no de vara, sino del indispensable _cuero_,
con el que de cuando en cuando cruzaba las espaldas de aquel negro que
creía remiso en el uso de la férrea ahijada.
La hechura de las carretas era lo más zurdo y primitivo que puede
imaginarse; el engrase de los ejes por darse, con lo que las cargadas
chirriaban sin cesar; al paso que las de vacío, con sus desmesuradas
ruedas y holgura de manga, sobre no guardar jamás la perpendicular,
fuera cual fuese la nivelación del piso, hacían un retintín
desagradable, chocando de continuo las sueltas bilortas contra los
sotrozos de hierros fijos, y saliéndose de su sitio las tablas de la
cama. Por largo trecho en una y otra dirección, el batey y las
guardarrayas desaparecían bajo las hojas pajizas y aun los trozos útiles
de caña dejados caer por incuria, por exceso de carga o por defecto
material de los vehículos empleados en su trasporte. A este lamentable
desperdicio contribuían como los que más los conductores. No bien se
alejaba el boyero de un punto dado, se aprovechaba el conductor
inmediato para sacar de la carga el trozo de caña que mejor le parecía,
en cuyo acto arrastraba otros varios que se caían en el camino y allí
quedaban para ser hollados y molidos por las carretas que venían detrás.
No se cuidaba de eso, antes se llevaba a la boca por un extremo el trozo
de caña y le chupaba afanoso, sin dejar de animar a los bueyes con voces
descompasadas y repetidos pinchazos hasta sacarles sangre: puede ser en
desquite por la que el boyero hacía saltar de sus espaldas con la pita,
o llámese punta, del terrible látigo.
Tales escenas u otras muy parecidas a éstas se repitieron a la vista de
los viajeros, a su paso por los ingenios de _Jabaco_, _Tibotibo_, _El
Mariel_ o antiguo de _Escobar_, _Ríohondo_ y _Valvanera._
Entre las dos plantaciones últimamente mencionadas, sólo avistaron una
pequeña _sitiería_, a la margen derecha del camino, quiere decir, de un
grupo de cabañas pajizas donde algunas familias pobres cultivaban un
corto paño de tierra y criaban animales domésticos. No podía dársele
siquiera el nombre de aldea, dado que allí, ni en muchas millas a la
redonda, había escuela ni iglesia. Los ingenios de fabricar azúcar no
consentían, por lo general, en su inmediata vecindad, esos símbolos del
progreso y de la civilización.
Para librarse de aquellos amargos pensamientos procuraba separar los
ojos del suelo negro, duro y sin lustre, cual hierro dulce, del camino,
y los pasaba por cima de las flores o güines color violado claro, de las
cañas en sazón, hasta tropezar en la zona azulosa donde se unía el
horizonte con las cumbres oscurísimas de las distantes montañas.
Pero por más de un motivo poderoso no la era dable a Isabel aquella
concentración que demandaba el espíritu en su agonía. Bruscas cuanto
frecuentes eran las ondulaciones del terreno; el camino, aunque ancho,
necesariamente torcido; las cañadas estrechas y hondas; la mayor parte
de las cuales había que pasarlas por puentes hechos sin arte ni
solidez, con maderos rollizos, o con tablas sacadas de los troncos de
las palmas. Tenía que ser la marcha, en consecuencia, lenta y cautelosa,
y luego no sabía Rosa regir el caballo de fuera; razón por qué más bien
que de ayuda servía de estorbo al de varas, ya atravesándosele delante,
ya no tirando a la par, o tirando en dirección opuesta a la del
movimiento del carruaje. Quejose más de una vez el calesero de estos
tropiezos, hasta que Isabel, para acallarle y evitar un contratiempo
serio, reasumió los cordones del caballo de la pluma.
Si Rosa supiera, no habría podido manejar mejor en aquella alegre mañana
de viaje. A la izquierda del quitrín, donde lo permitía la amplitud del
camino, iba Diego Meneses, tan galán a caballo como decidor y amable a
pie y entonces inspirado y elocuente, dispuesto más que otras veces a
ver las escenas que recorrían sólo por su lado poético y brillante. A
cada paso hallaba motivo para empeñar la atención de su entusiasta
amiga, ya indicándole los festones de aguinaldos blancos o campanillas
pendientes de todos los arbustos a orillas de los cañaverales, ya los
güines de las cañas, que comparaba con las garzotas de innumerables
guerreros en marcial arreo, mecidos blandamente por la gentil brisa de
la mañana; ora los grupos de tomeguines que con rumor sordo, cual de
viento rastrero y en gran tropel, seguían por algún trecho la dirección
de los viajeros, rozando con las yerbas y luego desapareciendo por entre
los troncos de las cañas; o el vivaracho sabanero de tardo vuelo, que
salía con estrépito del espeso matorral y se posaba con mucha dificultad
en la primer hoja de caña con que tropezaba en su desatentada fuga; o la
esquiva garza blanca que se abría paso por entre las ramas del roble
ribereño, y con el largo cuello replegado a la espalda y los pies
colgando seguía en su huida el curso del arroyo; o la bandada de
alborotosas cotorras que cubrían los naranjos silvestres y sólo se veían
cuando se aferraban a la dorada fruta para extraerle la simiente; o el
gavilán, en fin, águila de Cuba, que daba gritos y gritos penetrantes
mientras se cernía por encima de las palmas más alterosas, entre la
tierra y el cielo.
Finalmente, pasadas las diez de la mañana, atravesaron los viajeros los
cañaverales del ingenio _Valvanera_, a la vista de sus grandes fábricas.
Dos millas adelante se acercaron al pueblo de Quiebra Hacha. Aquí se
dividía en dos el camino que traían, uno que torcía al oeste y era el
carretero de la Vuelta Abajo, y el otro, el de La Angosta, que servía de
entrada a los ingenios de azúcar, ya establecidos en esa región de la
costa. Este tomaron nuestros viajeros. A su paso por el pueblo varias
personas reconocieron y saludaron con amistoso respeto a Leonardo
Gamboa.
Presentábase adelante el país tan áspero, desigual y montuoso como el
anterior recorrido, aunque el arbolado era más frondoso y lozano, casi
primitivo, y el suelo surcado de arroyos bulliciosos y de limpias aguas
que corrían a perderse al fondo de la bahía del Mariel, o en el mar
abierto al Norte. Tras media hora de camino debajo del bosque, donde no
penetraban los rayos del sol, se avistaron los cañaverales de un ingenio
en el repecho de una colina, acotados por una cerca rústica hecha de
gajos, que mantenían en posición horizontal rajas de leña o estacas con
horquilla hincadas en tierra y atados juntos de trecho en trecho, para
mayor seguridad, con un bejuco que, cuando verde, es bastante flexible y
elástico, conocido en la Vuelta Abajo con el nombre vulgar de colorado,
_Bauchinis heterophyllas_.
Luego que, siguiendo por breve espacio, paralelo a dicha ruda cerca, en
cuyo tiempo ganaron los viajeros la altura de la colina, se les
ofrecieron en toda su extensión y grandeza los campos de caña y allá, en
el centro del cuadro, el variado grupo de sus fábricas, coronando otra
colina de mayor planicie y más ancha base. Aquél era el ingenio de _La
Tinaja_, y Leonardo Gamboa, que servía de guía, se las mostró a sus
amigos con cierto sentimiento de orgullo. Para ello había motivo
sobrado, no ya sólo por el valor en dinero que representaba la finca, y
por las consideraciones sociales que se les guardaban a sus dueños, mas
también por el cuadro bello y pintoresco del conjunto, contemplado a
buena distancia; encubridora eficaz de los lunares y manchas inherentes
a casi todas las obras, así humanas como divinas.
El camino por donde se habían internado los viajeros hasta allí era el
denominado de la Playa, porque servía para el acarreo de los azúcares al
pueblo del Mariel, desde el cual se embarcaban y conducían en goletas al
mercado de La Habana. Cruzaba la colina por su cúspide y había
establecida en ella una talanquera no menos rústica que la cerca, pues
se reducía a unas varas en bruto, metidas por sus cabezas en los
orificios de dos largueros paralelos. Arrimada a la cerca, y en su
encuentro con la talanquera, se alzaba una cabaña o bohío de los de vara
en tierra o de dos aguas, tan gacho que la techumbre se componía de
hojas enteras de la palma tendidas en los costados o vertientes, con las
puntas descansando en el suelo.
Adelantose Leonardo para ver por qué no se hallaba en su puesto el negro
guardiero y abría la talanquera. Con tal objeto, plantó su caballo ante
la única entrada del bohío, e inclinando el cuerpo, trató de registrar
el interior. Inútil trabajo: la puerta o boca era muy estrecha y baja, y
más allá de dos pies del umbral no podían penetrar ojos humanos, no
tanto por la viva claridad del día afuera, cuanto por la densa nube de
humo de leña que ardía dentro y no tenía otro medio de escape que ése.
--No veo nada y dudo que haya alma viviente en el bohío, dijo Gamboa
hablando con las señoras en el quitrín, parado en medio del camino.
¡Maldito negro!
--Tal vez duerme, dijo Isabel.
--Si no es el sueño de la muerte, repuso Gamboa, juro que no le salva
nadie de un bocabajo.
--¿De qué se trata? preguntó Meneses. ¿De abrir la talanquera? Yo abriré
y no perderé el casamiento por eso.
--No harás tal, replicó Leonardo colérico. No lo consiento.
--Bien, sugirió Isabel con su voz argentina y dulce. Abrirá el calesero;
los caballos están harto cansados para echar a correr. Leocadio, apéate.
--No, no, Isabel, replicó Leonardo, cada vez más colérico. Tampoco puedo
consentir en eso, no debo consentirlo. Si el guardiero está vivo abrirá
la talanquera, que para eso y para más le han puesto ahí.
Sacó el reloj y añadió enseguida:
--Ya han dado las doce, hora en que sueltan la negrada para que coma. Si
hubiéramos llegado aquí un poco antes, habríamos oído la campana del
ingenio. Apostaría a que el _taita_ guardiero se ha metido en el
cañaveral para verse con alguna de sus carabelas. ¡Por Dios vivo que la
paga! Nada, no está en parte alguna. ¡Caimán! ¡Caimán!, gritó a todo
torrente.
Los montes del rededor fueron los únicos que le devolvieron el eco de
sus voces con temblor continuado, hondo y siniestro; y luego empezó a
ladrar un perrillo dogo dentro del bohío. Ahí está el guardiero, pensó
el joven, y se hace el dormido para no tomarse el trabajo de abrir la
talanquera. Lo haré salir a patadas, agregó alto, dando un puñetazo en
el pomo de la silla. Echó pie a tierra sin más demora y se metió en el
bohío, teniendo siempre el caballo de la brida.
Muy mal sonaron estas palabras y aquellos juramentos en los oídos de la
modesta Isabel, aun cuando para no avergonzar a su amigo ni irritarle
más contra el pobre esclavo, se guardó de representarle lo absurdo y aun
el riesgo de su final propósito, si a posta éste se escondía por tener
oculto algún compañero en el bohío o por otra causa cualquiera.
Afortunadamente, nada de eso ocurría. En aquel mismo instante las
señoras del carruaje, Meneses y el calesero a caballo oyeron un ruido de
ramas en el bosque vecino, agitadas por una persona o animal que se
abría paso con alguna dificultad, y después apareció en la orilla un
negro anciano mal vestido, con un gorro de lana en la cabeza, un palo
largo y nudoso en la mano, que le servía de apoyo, tal vez para no besar
la tierra con la frente, pues tenía el cuerpo hecho un arco por la edad,
por los trabajos o por la costumbre inveterada de vivir en casas de
techo bajo. Echó de ver a los viajeros apenas salió del bosque, porque
se detuvo un momento indeciso del partido que debía tomar, y en soltando
entre las altas yerbas algo que brillaba a los rayos del sol y parecía
botella u otra vasija por el estilo, después continuó andando derecho al
carruaje por la parte opuesta al bohío.
Esta circunstancia casual le salvó del primer choque de la ira de su
amo, el cual, no bien salió del bohío, le reconoció desde lejos y se
lanzó sobre él a carrera tendida. Pero mientras montó a caballo y salvó
la distancia que le separaba de su intentada víctima, dio tiempo para
que éste se pusiera inconscientemente al amparo de las señoras. Lo
probable es que el infeliz esclavo no tuviese noticias de que aquellas
personas eran esperadas en el ingenio, ni que entre ellas viniese
guiándolas su joven amo. A derechas no le conocía tampoco. Pero al notar
que se le venía encima a todo correr, y que gritaba:--¡Ah, perro! ¡Ahora
lo verás!, no pudo desconocerle ni dejar de caer de rodillas a los pies
del caballo, quien, conteniéndose y todo, le echó a rodar con el solo
bote del pecho.
El susto de las señoras fue grande. Rosa hizo una exclamación de horror;
doña Juana repitió:--¡Jesús! ¡Jesús! e Isabel medio que se incorporó en
el asiento, sacó el brazo fuera del carruaje y dijo más indignada que
asustada:--¡No le mate, Leonardo!
--Agradecer debe que están Vds. delante, dijo Leonardo; de otro modo me
parece que le mataba. Tan indignado me siento contra él.
--¡Ah, mi _suamito_!, exclamó el viejo incorporándose trabajosamente
hasta ponerse otra vez de rodillas, como humildísimo pecador en
presencia de su airado juez.
--¿Dónde te habías metido, perro brujo? le preguntó el joven, y sin
aguardar por la respuesta continuó preguntando o diciendo: ¿Qué hacías
en el monte? ¿Por qué no estabas en tu bohío? ¿A que habías ido a
_cambalachar_ por aguardiente con el tabernero del pueblo la raspadura
que robas en el ingenio? Sí, sí. Lo juraría.
--_¡No, mi suamito, no siñó, sumercé! ¡Caimán no roba rapaúra! ¡Caimán
no bebe aguaurdiente!_
--¡Cállate, perro viejo! Anda, corre a abrir la talanquera. ¿No corres
todavía? ¿No sabes correr? Ya haré que el Mayoral te avive un poco con
el cuero. ¡Anda! ¡Vuela!... y trató de pegarle (sin alcanzarle por
fortuna) un puntapié en la cabeza desde el caballo.
Parecía ser el guardiero hombre de más de sesenta años de edad. Tenía al
menos encanecida la cabeza, y aun la escasa barba, que le cubría el
labio superior, señal segura de vejez en las gentes de su raza. A unos
brazos desproporcionadamente largos y huesosos, unía dedos crispados,
cual si padeciese lepra; ojos chicos de expresión hosca y triste, nunca
más triste que, cuando después de abierta la talanquera, echó una mirada
a las señoras del quitrín y pareció rogarles le protegieran de la cólera
de su amo.
Pasado el primer momento de irritación y de ceguedad, comprendió éste
que había mostrado demasiado apasionamiento y bastante grosería delante
de señoras que, además de hallarse bajo su protección, iban a disfrutar
de su hospitalidad en el ingenio. El caballo había sido más generoso que
él puesto que, pudiéndolo, no atropelló al esclavo cuando le halló
postrado en su camino. Tuvo vergüenza Gamboa de su conducta, pero muy
soberbio para reconocer su falta y enmendarla con la franqueza que
demandaba el caso, se limitó a referir los rasgos principales de la vida
del guardiero, por supuesto, calumniándole de paso.
--No se figuren Vds., dijo, que el _taita_ Caimán es lo que parece, un
viejo inerme y manso o esclavo leal y humilde. Han de saber Vds. que el
sobrenombre que lleva no se lo han puesto a humo de paja; es lo más
astuto, maligno, con ribetes de taimado que existe; ni tan ignorante que
no practique ciertas artes, que le dan importante consideración entre
los suyos. Pasa por brujo y por hacerse invisible cuando le conviene o
se halla en peligro. Construye ídolos y encantos que tienen propiedades
mágicas en ciertos casos. Nadie diría que ve, oye ni entiende, y sin
embargo, tanto de día como de noche nada ni nadie se le escapa; y sabe,
como el caimán, hacerse el dormido para asegurar mejor la presa. La
juventud la ha pasado en el monte huido, y en sus repetidas fugas ha
visitado todos los palenques del Cuzco y hecho amistad con los negros
cimarrones más famosos de la Vuelta Abajo. Ahora está muy viejo para
tales trotes, y, en consideración a haber sido uno de los fundadores del
ingenio de _La Tinaja_, el único que sobrevive de los que tumbaron aquí
los primeros palos, mamá hizo que lo pusieran de guardiero, y le
conserva en ese puesto contra la opinión de los empleados que conocen su
historia y sus malas mañas. Cuando quiere o le conviene no le gana a
vigilante ni el perro más fino. Puede decirse que es libre: cría
gallinas, engorda todos los años uno o dos cochinos que vende, y
entierra el dinero en alguna parte, y posee una yegua, en la cual puede
dar vueltas de noche a los linderos de la finca. Pero como digo, es muy
taimado y maligno y apostaría cualquier cosa a que no se hallaba lejos
del bohío y de su puesto sin algún objeto doloso y reprobado a la mira.
Por el cañaveral se ve con sus compañeros del ingenio; por el monte
sólo con los cimarrones o con los taberneros del pueblo para cambiar
azúcar por tabaco, aguardiente u otra cosa por el estilo.
--Así debe de ser, Leonardo, comenzó diciendo Rosa, pues me pareció que
traía una...
La tía y la hermana, más avisadas que ella, no la dejaron terminar la
frase; y nadie más habló en el resto del camino.
Entre la una y las dos de la tarde, bajo un sol de fuego cuyos rayos los
reflejaban las hojas de la caña cual si fueran bruñidas espadas, se
desmontaron los viajeros en la gran casa de vivienda de La Tinaja.
CAPÍTULO IV
_Lo más negro de la esclavitud
no es el negro._
JOSÉ DE LA LUZ Y CABALLERO
Bajo más de un concepto era una finca soberbia el ingenio de _La
Tinaja_, calificativo que tenía bien merecido por sus dilatados y
lozanos campos de caña-miel, por los trescientos o más brazos para
cultivarlos, por su gran boyada, su numeroso material móvil, su máquina
de vapor con hasta veinticinco caballos de fuerza, recién importada de
la América del Norte, el costo de veinte y tantos mil pesos, sin contar
el trapiche horizontal, también nuevo y que armado allí había costado la
mitad de aquella suma.
La casa de calderas o de ingenio era tan fuerte como vasta: edificio
exento casi enteramente, cuya armadura se componía de pares rollizos,
apoyados en soleras pesadas y éstas en pilares, dichos horcones en el
país, sin escuadría ninguna ni más pulimento que el que pudo darles con
la zuela el vizcaíno carpintero-arquitecto contratado en la finca para
esos trabajos. Tenía el aire imponente y rústico que parecía demandar su
destino. Debajo de su cubierta de tejas coloradas se abrigaban el
trapiche, la máquina de vapor y el tren Jamaiquino de elaborar el
azúcar, montado sobre tres hornos o fornallas. No se hallaban en el
mismo nivel todos estos aparatos: el de las calderas era varios pies más
bajo; y para pasar de un departamento a otro había que descender dos
anchas escalinatas de piedra, flanqueando el plano del trapiche y
máquina de vapor. Esto se hacía así para que tuviese una caída fácil el
guarapo, que al salir de las masas corría por una canal de madera a la
artesa, llamada allí mansera, donde algo se limpiaba y seguía al tacho o
paila para recibir el primer hervor.