Seguía Diego Meneses con la vista los pasos de su amiga, y, bien que, a

fuer de hombre civilizado, no estaba dispuesto a conceder nada

sobrenatural en ella, sí creía, como los demás, que era una mujer

extraordinaria. Desde su puesto de observación daba cuenta fiel de lo

que veía u oía, a Leonardo, quien continuaba en la cama descansando y

gozando de las finísimas sábanas cargadas de encajes y perfumadas con

los pétalos de las rosas de Alejandría, obra toda de las industriosas

manos de Isabel. Decía Meneses a Gamboa, entre otras cosas:

--Es mucha mujer ésa, amigo.

--¿No te lo decía yo?, contestaba éste satisfecho.

--Vale un Perú. No se ven muchas como ella por ahí.

--¿Quieres cambiar? La cambio pelo a pelo por Rosa. Vamos.

--No te burles, compadre, contestaba Diego serio. Que reconozca en

Isabel prendas raras, dignas de encomio, no quiere decir que me guste

más que otras mujeres, ni que esté prendado de ella. Pero la verdad es

que cada vez me convenzo más de que tú no te la mereces.

--¡Pues qué! ¿Te figuras que ella es mejor que yo? replicaba Leonardo,

herido de la observación de su amigo. Te equivocas, chico, de medio a

medio. Ten presente que Isabel es hija de un antiguo empleado del

gobierno, empleado cesante, un cafetalista arruinado, un pobretón, en

suma; mientras que mis padres tienen potreros, cafetal, ingenio, son

hacendados ricos y hacen diferente papel en La Habana. ¿Está Vd.?

--Estoy, sólo que no me referí a nada de eso cuando te dije que no te

merecías esa muchacha. Hablando en plata, Leonardo, tú no la quieres.

--¿Por qué supones que no la quiero?

--¡Qué! ¿Acaso no tengo ojos? Desde que llegamos vengo observando tus

acciones y palabras, y nada en ti me persuade que amas a Isabel.

--¡Hombre, Diego! Te diré francamente lo que me pasó, dijo Gamboa tras

breve rato de silencio. No siento por Isabel aquella pasión ciega y

ardiente que sientes tú, por ejemplo... por Rosa.

--Di mejor, le atajó prontamente Meneses, que la que tú sientes por

Cecí...

--¡Calla! exclamó Leonardo alarmado, y medio incorporado en la cama. No

se mienta la soga en casa del ahorcado. Te pueden oír: las paredes oyen.

Ese nombre es vedado aquí.

--Poco importa un nombre. Es muy común y no creo que Isabel lo haya oído

en su vida.

--Probable es que no, pero por el hilo se saca el ovillo, cuanto más que

Isabel no tiene pelo de tonta.

--Y ahora que viene al caso, ¿cómo te has compuesto respecto a la escena

delante de la casa de las Gámez en el momento de la partida de Isabel?

--Creo que sospecha algo y tengo para mí que sus primas le han contado o

escrito sobre eso algún cuento. Ello es que Isabel se muestra recelosa y

al parecer muy sentida conmigo.

--No dudo que las primas hayan despertado sus celos. La cosa fue, no

obstante, muy clara para que se dejase de alarmar Isabel y sospechar lo

mismo que tú y yo sabemos. ¡Qué osadía la de aquella muchacha!

--¿Qué quieres? La cegó el demonio de los celos, comprometiéndome a los

ojos de Isabel y de sus primas. No puedes imaginarte cuánta fue mi

vergüenza.

--Lo considero. Yo, en tu lugar, escondo la cara bajo siete estados de

tierra. Mas ¿de dónde sacó Isabel que podía haber sido tu hermana Adela?

--Ahí verás, Diego. Con todo, si bien recuerdas, se parecen mucho a

primera vista.

--Ya había hecho yo la misma observación. ¡Qué malo que tu padre tuviese

que ver con semejante parecido!

--¿Quién sabe? A él le gusta la _canela_ tanto como a mí. No tendría

nada de extraño que, andando a salto de mata, como solía cuando mozo,

hubiese dado un tropezón... Lo que es de C... está que se le cae la

baba. Me consta.

--Luego no puede ser su padre.

--¡Qué había de serlo! Ni pensarlo. ¡Disparate!

--Pues por ahí se corre que lo es.

--Habladurías de las gentes, Diego. ¿Conciben que estaría enamorado de

C... si le ligasen esas relaciones de parentesco con ella?

--Quizás lo ignore, porque tú dices, fue todo a consecuencia de un

tropezón. Quizás también la cela de ti, sabedor del parentesco que media

entre Vds. dos. ¡Cuando el río suena!...

--En este caso el río no lleva agua, ni piedra. Sólo porque da la

casualidad que se parecen mucho C... y Adela se encapricha la gente y

habla... Lo que te sé decir es que él me ha hecho pasar más sustos que

pelos tengo en la cabeza. Cuando menos lo espero me doy con él de manos

a boca. Casi, y sin casi, me causa doble inquietud que el músico

Pimienta. Lo único que me tranquiliza por esta parte, es que ella

desdeña tanto a los viejos como desprecia a los mulatos.

--No te fíes, sin embargo. Cosa sabida es que hijo de gato ratón caza, y

que por donde salta la madre salta la hija. Mas volviendo a nuestro

cuento, el resultado de estas misas es que tú no estás en el mejor pie

con Isabel.

--No. Como te decía, ella sospecha algo, o alguien la ha predispuesto

contra mí. Isabel es, además, muy perra para explicarse con franqueza;

yo soy punto menos, de modo que así iremos pasando hasta que Dios

quiera, o ella deponga el orgullo y se reconcilie conmigo.

--Esa misma conformidad tuya, observó Meneses, me confirma en la

creencia de que tú no amas a Isabel.

--O yo no me he sabido explicar, o tú no me entiendes, Diego. No

habiendo puntos de comparación bajo ningún concepto entre las dos

mujeres, no puedo querer a la una como quiero a la otra. La de allá me

trae siempre loco, me ha hecho cometer más de una locura y todavía me

hará cometer muchas más. Con todo, no la amo, ni la amaré nunca como amo

a la de acá... Aquélla es toda pasión y fuego, es mi tentadora, un

diablito en figura de mujer, la Venus de las mula... ¿Quién es bastante

fuerte para resistírsele? ¿Quién puede acercársele sin quemarse? ¿Quién

al verla no más no siente hervirle la sangre en las venas? ¿Quién la oye

decir: _te quiero_, y no se le trastorna el cerebro cual si bebiera

vino? Ninguna de esas sensaciones es fácil experimentar al lado de

Isabel. Bella, elegante, amable, instruida, severa, posee la virtud del

erizo, que punza con sus espinas al que osa tocarla. Estatua, en fin,

de mármol por lo rígida y por lo fría, inspira respeto, admiración,

cariño tal vez, no amor loco, no una pasión volcánica.

--Y pensando como piensas, Leonardo, ¿te casarás con Isabel?

--¿Por qué no? Precisamente así es como debe buscarse la mujer para

esposa. El que se casa con Isabel está seguro de que no padecerá de...

quebraderos de cabeza, aunque sea más celoso que un turco. Con las

mujeres como C... el peligro es constante, es fuerza andar siempre cual

vendedor de yesca. No me ha pasado jamás por la mente casarme con la de

allá, ni con ninguna que se le parezca, y sin embargo, aquí me tienes

que me entran sudores cada vez que pienso que ella puede estar

coqueteando ahora mismo con un pisaverde o con el mulato músico.

--Lo que prueba, amigo mío, que no hay forma de servir a dos amos.

--En negocios de amores, o galanteos, se puede servir hasta a veinte,

cuanto y más a dos. La de La Habana será mi Venus citerea,[44] la de

Alquízar mi ángel custodio, mi monjita Ursulina, mi hermana de la

caridad.

--Es que no se trata aquí de amores ni de meros galanteos, se trata de

amar mucho a una y de casarse con otra que no se ama tanto.

Ya veo que tú no entiendes de la misa la media. Para gozar mucho en la

vida el hombre no debe casarse con la mujer que adora, sino con la mujer

que quiere. ¿Entiendes ahora?

--Entiendo que tú no has nacido para casado.

Prosiguiendo Isabel en su excursión matutina, muy ajena de la

conversación que se tenían los jóvenes habaneros sobre ella, se llegó al

pozo. Allí, como en todas partes, impuso respeto su presencia. Por lo

que toca al aguador, suspendió el trabajo, no fuera que al verter el

agua en la cubeta salpicase el traje de su señorita, que se había

acercado demasiado. Al contrario, el calesero criollo, poco más o menos

de la edad de aquélla, y que por haberse criado a su vista la trataba

con más confianza, no detuvo el bañado de los caballos, dado que se

quitó el sombrero. Tampoco dobló la rodilla, cual su compañero, al

desearla los buenos días, circunstancia que estamos seguros no advirtió

Isabel, ya por estar acostumbrada, ya por no concordar con sus

sentimientos filantrópicos la humillación, ni en el esclavo.

--Blas, dijo dirigiéndose al aguador, ¿tiene mucha agua el pozo?

--_A bombón_ (por mucha), _niña._

--¿Cómo lo sabes tú?, le preguntó ella.

--_¡Ah, niña! Yo oye siempre bu, bu, bu._

--Luego se podrá ver el movimiento del agua.

--_Se pue, niña, se pue. Yo mira jervir._

--Veamos, dijo Isabel acercándose todavía más al brocal.

--_¿Sumelsé mira?_, preguntó el negro muy asustado. _No, no mira. Mu

jondo. Diablo rempuja la niña._

De los aspavientos del compañero riose Leocadio y sugirió que la

señorita podía satisfacer su curiosidad sin riesgo si se afirmaba de un

ramal de la soga mientras ellos dos sujetaban el otro cabo. De esta

manera se hizo; pero Isabel no alcanzó a ver el fondo por la demasiada

profundidad, por el espesor del brocal de mampostería y por los

innumerables helechos adheridos a las paredes interiores, que con sus

graciosas palmas casi cerraban la boca del pozo.

Enseguida Isabel preguntó al calesero si los caballos estaban en

disposición de emprender el viaje del día siguiente:

--Niña Isabelita, contestó él en lenguaje más inteligente que el de su

compañero: _Pajarito_ y _Venao_ necesitan _herraura_ nueva.

--¿Por qué no me lo habías dicho, Leocadio de mis culpas?

--¿Y yo he tenío tiempo? Hasta anoche no supe na del viaje. _Dispués_ de

bañar los caballos iba a decírselo a la niña.

--Pues tienes que ir al pueblo a herrarlos.

--Iré _dispués_ de almuerzo. Deme la niña la papeleta para el _herraor_.

Si no se ha _emborrachao_, estamos bien.

--Por eso, ve lo más temprano que puedas. Y echa ahora a correr y

sofocar los caballos antes de tiempo.

--La niña siempre se figura que uno mata los caballos.

--Debías llamarte mata-caballos, no Leocadio.

No se detuvo Isabel en las otras dependencias de la finca por aquel lado

del batey; mas al cruzar al opuesto, echó de menos a uno de los esclavos

de campo y la informó el Contramayoral que por enfermo no se había

presentado en la fila la noche anterior. Reprendió a Pedro que no le dio

el aviso oportuno, siguiendo derecho a la enfermería. Se hallaba sentado

el enfermo en el suelo, junto a la lumbre, abatido y con un pañuelo

atado en la cabeza. Por pronta providencia la enfermera le había

suministrado sendas jícaras de infusión de corteza de naranja, endulzada

con azúcar de _raspaduras_. Isabel le tomó el pulso, comprendió que

tenía fiebre y dispuso se recogiera entre tanto venía el médico. De

vuelta a la casa de vivienda, examinó la caballeriza y el salón en que

se escogía el café.

La esperaban en el pórtico los huéspedes, junto con su hermana, su tía y

su padre. Parecía natural que quien tan puntualmente había desempeñado

las obligaciones de administradora de la heredad y de las _cosas_ a ella

adscritas, se sintiese satisfecha de sí misma y más dispuesta para el

desempeño de sus deberes como ama de casa. En el semblante risueño y

animado con que tornó al lado de la familia, se echó bien de ver que la

dueña cariñosa y blanda de esclavos sumisos, sabía ser amable y atenta

con sus iguales y amigos. Desde ese momento se consagró a obsequiarlos

y a hacerles cuanto agradable se pudiese su corta estada en el cafetal.

Como la mañana siguiese siendo fresca y de poco sol, propuso Isabel a

sus amigos una breve visita al jardín fronterizo de la casa. Ese era su

Edén. Poca cosa se le alcanzaba del arte de la jardinería, mucho menos

de botánica; tampoco se había propagado en Cuba el gusto por la

floricultura, ni Pedregal u otros jardineros franceses habían importado

de Francia la gran variedad de rosas que adelante trajeron la invasión

rosada a La Habana. Pero Isabel era florista por instinto y por afición

decidida, y como había plantado con sus manos, sabía de coro la historia

de todas las flores que crecían en su delicioso pensil. Guardóse, no

obstante, de mencionar siquiera el rosal de flores pálidas en que

Leonardo, hacía un año cabal, había injertado de púa el rosal de flores

encarnadas. Vigoroso y lozano se mostraba, ostentando en cada nudo rosas

de uno y otro color; remedo fiel y poético de dos seres sensibles

ligados por la más humana de las humanas pasiones: el amor.

Más tarde la visita a los jardines la extendió Isabel a una excursión a

caballo de los cuatro jóvenes por los cafetales vecinos. Sentía ella la

necesidad de distraerse, más aún, de aturdirse con el continuo

movimiento. Aparte de que no la había dejado satisfecha su explicación

de la víspera con Leonardo, le dolía alejarse del apacible hogar y del

amoroso padre, y ya la acometía aquella especie de fiebre, síntoma

infalible de la extrema dolencia conocida por nostalgia.

Así cursó el 2 de diciembre y vino la melancólica mañana del 24. Mucho

antes de aclarar había partido para Guanajay el postillón con el relevo

de las tres caballerías. En la silla, y armado al uso general con el

látigo y largo machete de cabo de carey y plata, aguardaba por las

viajeras el apuesto calesero Leocadio. Cerca de allí se veían varias

esclavas y algo más distante los otros siervos, aparentemente

preparándose para emprender las faenas del nuevo día, en realidad, como

después se vio, en expectativa de la tristísima escena que allí se

representaría.

Deseosa Isabel de abreviar el doloroso momento de la separación, abrazó

a su padre de carrera, tomó el brazo que le brindaba Gamboa y, con los

ojos empañados por las lágrimas, salió a la avenida del este para tomar

el carruaje. Las señoras iban en el traje riguroso de camino, de seda

oscuro y el sombrerito de paja o gorra al estilo francés. A su aparición

se observó un movimiento general seguido de un murmullo entre los

esclavos espectadores, quienes prorrumpieron a una en el clamor o canto

monótono de la víspera: _La niña sen va, probe cravo llorá_, repetido en

coro solemne a la luz matinal del nuevo día, que apenas alumbraba la

cúspide de los más empinados árboles.

Este inesperado saludo acabó de desconcertar a Isabel. Flameó el pañuelo

hacia el grupo de esclavos en señal de despedida y apresuró más el paso.

Entonces reparó en el Contramayoral.

A pie firme, callado, la cabeza erguida, dejando ver a través de los

cabezones de la camisa el cuello rollizo y parte del membrudo pecho,

Espartaco por su varonil musculatura, flaca mujer por la sensibilidad de

su inculto espíritu, tenía de la cama del freno de plata el inquieto

caballo de Gamboa. Junto a él se hallaba su mujer, también inmóvil y

callada, con un niño en los brazos, hondamente afligida, según lo

mostraban las gruesas gotas de lágrimas que rodaban por sus mejillas de

ébano. Tan conmovida como ella, Isabel le puso la mano en el hombro,

imprimió un dulce beso en la frente del niño y dijo a su marido:

--¡Pedro, Pedro!, no le olvides de mis encargos.

Sin aguardar respuesta tomó refugio en el carruaje.

En ese asilo comenzaron las que pudieran llamarse cariñosas

importunidades de los esclavos. Las negras especialmente, convencidas de

que se marchaba su señorita, rodearon el quitrín y las más expresivas

se agolparon al estribo, metían la cabeza por debajo de la cortina o

capacete, y, según su costumbre, clamaban a grito herido:

--¡Adiós, niña! ¡Vuelva pronto, niña! ¡No se quede por allá, niñita mía!

¡Dios y la Virgen lleven con bien a la niña! Acompañando estas frases,

que hemos traducido en gracia del lector, con sus extravagantes

demostraciones, como oprimirle suavemente los pies, besárselos cien

veces, lo mismo que las manos con que ella quería rechazarlas. Todo esto

dicho y expresado con verdadero sentimiento, con exquisita ternura, y

sin dejar de contemplar su angelical semblante, cual el de un ídolo o de

una imagen sagrada.

Pobres, sensibles, aunque ignorantes y sencillos esclavos, tenían a su

ama por la más hermosa y buena de las mujeres, por un ser delicado y

sobrenatural, y se lo demostraban a su manera ruda e idólatra.

Poco a poco, ya por ruegos, ora por amonestaciones suaves, logró Isabel

apartar de sí a las más petulantes, dio la orden de partir, y anegada en

llanto exclamó:--Yo no sirvo para estas escenas.

A tiempo de montar echó Gamboa una mirada desdeñosa al espectáculo en

torno del carruaje, y dijo alto, de modo que lo oyó Pedro, que le tenía

el estribo:

--¡Ay! ¡Qué falta hacía aquí un buen _cuero_!

El calesero llamó la atención hacia las riendas del caballo de fuera, y

cuando Isabel pudo tomarlas en la mano ya el quitrín y los viajeros

habían salvado la portada y se hallaban casi en los límites, por el

oeste, del cafetal _La Luz_.

CAPÍTULO III

_¡Dulce Cuba!, en tu seno se miran

en el grado más alto y profundo,

las bellezas del físico mundo,

los horrores del mundo moral._

JOSÉ MARÍA HEREDIA

Llaman Vuelta Abajo o Vuelta Bajo en la isla de Cuba, a aquella región

que cae a la parte poniente del meridiano de La Habana, y que,

principiando en las cercanías de Guanajay, termina en el cabo de San

Antonio. Se ha hecho famosa por el excelente tabaco que se produce en

las fértiles vegas de sus numerosos ríos, principalmente sobre la

vertiente meridional de la cordillera de los Organos. Para darla

semejante dictado parece que hay una razón de mucho peso, a saber: la

baja nivelación del suelo de ese territorio, comparada con la alta del

ya descrito.

Empieza el descenso a pocas millas al oeste de Guanajay, advirtiéndose

desde luego un cambio brusco en el aspecto del país. El color del suelo,

sus elementos componentes, la vegetación, el clima y el género de

cultivo en general son del todo diferentes. Así es que el rápido declive

constituye una rampa para el que va y un cerro para el que viene de la

Vuelta Abajo.

Al borde de esta precipitosa rampa se desplega ante los ojos del viajero

un cuadro inmenso, magnífico, que no hay lienzo que le contenga, ni ojos

humanos que le abarquen en toda su grandeza. Figuraos una aparente

planicie, limitada al oeste por las brumas del lejano horizonte, al

norte por las colinas peladas que corren a lo largo de la costa, y al

sur por las ásperas y alterosas sierras que forman parte de la extensa

cordillera de montañas de la Vuelta Abajo. Y hemos dicho aparente

llanura, porque de hecho es una serie sucesiva de valles transversales,

estrechos y hondos, formados por otros tantos riachuelos, arroyos y

torrentes que descienden de las laderas septentrionales de los montes y,

después de un curso torcido y manso, se pierden en las grandes e

insalubres cuencas paludosas del Mariel y de Cabañas.

A la vista del grandioso cuadro, Isabel, que era artista por sentimiento

y que amaba todo lo bueno y bello en la naturaleza, mandó parar los

caballos a los bordes de la rampa y echó pie a tierra, sin aguardar a

que se aceptara la proposición por sus compañeros. Serían las ocho de la

mañana. Ensanchábase allí el camino, describiendo una zeda para

disminuir en lo posible lo precipitoso de la bajada. Por esta razón,

aunque ambas laderas se hallaban cubiertas largo trecho de un arbolado

crecido y hojoso, ni sus copas sobresalían mucho del nivel de la

planicie que ocupaban los viajeros, ni obstruían, que digamos, la vista

panorámica de más allá. Asombrosa era la vegetación. A pesar de lo

avanzado de la estación invernal, parece que había vestido sus mejores

galas y que orgullosa sonreía a los primeros rayos del almo sol. Do

quiera que no había hollado la planta del hombre ni el casco de la

bestia, allí brotaba, por decirlo así, a raudales el modesto césped o

rastrera grama, el dulce romerillo, el gracioso arbusto, el serpentino

bejuco y el membrudo árbol. Hasta de las ramas verdes y gajos secos,

cual cabelleras de seres invisibles, pendían las parásitas de todas

clases y formas, que viven de la humedad de que está constantemente

saturada la atmósfera de los trópicos. El suelo y la floresta, en una

palabra, cuajados de flores, ya en ramilletes, ya en festones de variada

apariencia y diversidad de matices, formaban un conjunto tan gallardo

como pintoresco, aun para aquellas personas acostumbradas a la vista de

los campos feracísimos de Cuba.

Para mayor novedad y encanto, se ofrecía allí la vida bajo sus formas

más bizarras: bullía materialmente el bosque vecino con todos los

insectos y pájaros casi que cría la prolífica tierra cubana. Todos a una

zumbaban, silbaban o trinaban entre el sombrío ramaje o la espesa yerba,

y hacían concierto tal y tan armonioso como no podrán jamás hacerlo los

hombres con la voz ni los instrumentos músicos. Dichosos ellos que de

puro pequeños e inermes no excitaban la codicia del cazador, ni temían

ser interrumpidos en sus inocentes correrías y revoloteos mientras

recogiendo la miel en el cáliz de las flores, o saltando de rama en

rama, hacían temblar las hojas, desprendían el rocío cuajado en ellas y

las gotas, al dar en la hojarasca seca del suelo, remendaban una lluvia

en que no tenían parte las nubes.

No hay paridad ninguna en la fisonomía del país visto por ambos lados de

las montañas. Por el del sur, la llanura con sus cafetales, dehesas y

plantaciones de tabaco, continúa casi hasta el extremo de la isla y es

lo más ameno y risueño que puede imaginarse. Al contrario por el lado

del Norte, en el mismo paralelo se ofrece tan hondo, áspero y lúgubre a

las miradas del viajero que cree pisar otra tierra y otro clima. Ni

porque está ahora cultivado en su mayor parte hasta más allá de Bahía

Honda, se desvanece esa mala impresión. Quizás porque sus labranzas son

ingenios azucareros, porque el clima es sin duda más húmedo y cálido,

porque el suelo es negro y barroso, porque la atmósfera es más pesada,

porque el hombre y la bestia se hallan ahí más oprimidos y maltratados

que en otras partes de la Isla, a su aspecto sólo la admiración se

trueca luego en disgusto y la alegría en lástima.

Tal, poco más o menos, sintió Isabel en presencia de aquel pedazo de la

famosa Vuelta Abajo. Sus puertas, que eran de hecho las alturas en que

se hallaban detenidos los viajeros, no podían ser más espléndidas;

podían calificarse de doradas. Pero ¿qué pasaba por allá abajo? ¿Sería

aquélla la morada siquiera de la paz? ¿Habría dicha para el blanco,

reposo y contentamiento alguna vez en su vida para el negro, en un país

insalubre y donde el trabajo recio e incesante se imponía como un

castigo y no como un deber del hombre en sociedad? ¿A qué aspiraba ni

qué podía esperar tanto ser afanoso cuando pasado el día y venida la

noche se entregaba al sueño que Dios, en su santa merced, concede a la

más miserable de sus criaturas? ¿Ganaba alguno, entre tanto trabajador,

el pan libre y honradamente para sostener una familia virtuosa y

cristiana? Aquellas fincas colosales que representaban la mayor riqueza

en el país, ¿eran los signos del contento y de los puros placeres de sus

dueños? ¿Habría dicha, tranquilidad de espíritu para quienes a sabiendas

cristalizaban el jugo de la caña-miel con la sangre de millares de

esclavos?

Y la ocurrió naturalmente que si se casaba con Gamboa, tarde que

temprano tendría que residir por más o menos tiempo en el ingenio de _La

Tinaja_, a donde ahora se dirigían en son de paseo. Naturalmente

también, se agolparon a su mente, como en procesión fantástica, los

rasgos principales de su breve existencia. Recordó su estada en el

convento de las monjas Ursulinas de La Habana, donde en medio del

silencio y de la paz se nutrió su corazón de los principios más sanos de

virtud y caridad cristiana. Como en contraste recordó la muerte de su

piadosa madre; la orfandad en que quedó sumida; su desolación y hondo

pesar; los días serenos e iguales que después había venido pasando en el

cafetal _La Luz_, bello jardín, remedo del que perdieron nuestros

primeros padres, acariciada por sus más allegados e idolatrada por sus

esclavos como no lo fue reina alguna sobre la tierra. Recordó, en fin,

la situación aflictiva en que dejó a su padre, achacoso y ya entrado en

años, el cual no aprobaba del todo aquel viaje, tal vez porque podía ser

el preludio de separación más grave y prolongada.

Cecilia Valdés o la Loma del Ángel · 第 26 / 44 段