fuer de hombre civilizado, no estaba dispuesto a conceder nada
sobrenatural en ella, sí creía, como los demás, que era una mujer
extraordinaria. Desde su puesto de observación daba cuenta fiel de lo
que veía u oía, a Leonardo, quien continuaba en la cama descansando y
gozando de las finísimas sábanas cargadas de encajes y perfumadas con
los pétalos de las rosas de Alejandría, obra toda de las industriosas
manos de Isabel. Decía Meneses a Gamboa, entre otras cosas:
--Es mucha mujer ésa, amigo.
--¿No te lo decía yo?, contestaba éste satisfecho.
--Vale un Perú. No se ven muchas como ella por ahí.
--¿Quieres cambiar? La cambio pelo a pelo por Rosa. Vamos.
--No te burles, compadre, contestaba Diego serio. Que reconozca en
Isabel prendas raras, dignas de encomio, no quiere decir que me guste
más que otras mujeres, ni que esté prendado de ella. Pero la verdad es
que cada vez me convenzo más de que tú no te la mereces.
--¡Pues qué! ¿Te figuras que ella es mejor que yo? replicaba Leonardo,
herido de la observación de su amigo. Te equivocas, chico, de medio a
medio. Ten presente que Isabel es hija de un antiguo empleado del
gobierno, empleado cesante, un cafetalista arruinado, un pobretón, en
suma; mientras que mis padres tienen potreros, cafetal, ingenio, son
hacendados ricos y hacen diferente papel en La Habana. ¿Está Vd.?
--Estoy, sólo que no me referí a nada de eso cuando te dije que no te
merecías esa muchacha. Hablando en plata, Leonardo, tú no la quieres.
--¿Por qué supones que no la quiero?
--¡Qué! ¿Acaso no tengo ojos? Desde que llegamos vengo observando tus
acciones y palabras, y nada en ti me persuade que amas a Isabel.
--¡Hombre, Diego! Te diré francamente lo que me pasó, dijo Gamboa tras
breve rato de silencio. No siento por Isabel aquella pasión ciega y
ardiente que sientes tú, por ejemplo... por Rosa.
--Di mejor, le atajó prontamente Meneses, que la que tú sientes por
Cecí...
--¡Calla! exclamó Leonardo alarmado, y medio incorporado en la cama. No
se mienta la soga en casa del ahorcado. Te pueden oír: las paredes oyen.
Ese nombre es vedado aquí.
--Poco importa un nombre. Es muy común y no creo que Isabel lo haya oído
en su vida.
--Probable es que no, pero por el hilo se saca el ovillo, cuanto más que
Isabel no tiene pelo de tonta.
--Y ahora que viene al caso, ¿cómo te has compuesto respecto a la escena
delante de la casa de las Gámez en el momento de la partida de Isabel?
--Creo que sospecha algo y tengo para mí que sus primas le han contado o
escrito sobre eso algún cuento. Ello es que Isabel se muestra recelosa y
al parecer muy sentida conmigo.
--No dudo que las primas hayan despertado sus celos. La cosa fue, no
obstante, muy clara para que se dejase de alarmar Isabel y sospechar lo
mismo que tú y yo sabemos. ¡Qué osadía la de aquella muchacha!
--¿Qué quieres? La cegó el demonio de los celos, comprometiéndome a los
ojos de Isabel y de sus primas. No puedes imaginarte cuánta fue mi
vergüenza.
--Lo considero. Yo, en tu lugar, escondo la cara bajo siete estados de
tierra. Mas ¿de dónde sacó Isabel que podía haber sido tu hermana Adela?
--Ahí verás, Diego. Con todo, si bien recuerdas, se parecen mucho a
primera vista.
--Ya había hecho yo la misma observación. ¡Qué malo que tu padre tuviese
que ver con semejante parecido!
--¿Quién sabe? A él le gusta la _canela_ tanto como a mí. No tendría
nada de extraño que, andando a salto de mata, como solía cuando mozo,
hubiese dado un tropezón... Lo que es de C... está que se le cae la
baba. Me consta.
--Luego no puede ser su padre.
--¡Qué había de serlo! Ni pensarlo. ¡Disparate!
--Pues por ahí se corre que lo es.
--Habladurías de las gentes, Diego. ¿Conciben que estaría enamorado de
C... si le ligasen esas relaciones de parentesco con ella?
--Quizás lo ignore, porque tú dices, fue todo a consecuencia de un
tropezón. Quizás también la cela de ti, sabedor del parentesco que media
entre Vds. dos. ¡Cuando el río suena!...
--En este caso el río no lleva agua, ni piedra. Sólo porque da la
casualidad que se parecen mucho C... y Adela se encapricha la gente y
habla... Lo que te sé decir es que él me ha hecho pasar más sustos que
pelos tengo en la cabeza. Cuando menos lo espero me doy con él de manos
a boca. Casi, y sin casi, me causa doble inquietud que el músico
Pimienta. Lo único que me tranquiliza por esta parte, es que ella
desdeña tanto a los viejos como desprecia a los mulatos.
--No te fíes, sin embargo. Cosa sabida es que hijo de gato ratón caza, y
que por donde salta la madre salta la hija. Mas volviendo a nuestro
cuento, el resultado de estas misas es que tú no estás en el mejor pie
con Isabel.
--No. Como te decía, ella sospecha algo, o alguien la ha predispuesto
contra mí. Isabel es, además, muy perra para explicarse con franqueza;
yo soy punto menos, de modo que así iremos pasando hasta que Dios
quiera, o ella deponga el orgullo y se reconcilie conmigo.
--Esa misma conformidad tuya, observó Meneses, me confirma en la
creencia de que tú no amas a Isabel.
--O yo no me he sabido explicar, o tú no me entiendes, Diego. No
habiendo puntos de comparación bajo ningún concepto entre las dos
mujeres, no puedo querer a la una como quiero a la otra. La de allá me
trae siempre loco, me ha hecho cometer más de una locura y todavía me
hará cometer muchas más. Con todo, no la amo, ni la amaré nunca como amo
a la de acá... Aquélla es toda pasión y fuego, es mi tentadora, un
diablito en figura de mujer, la Venus de las mula... ¿Quién es bastante
fuerte para resistírsele? ¿Quién puede acercársele sin quemarse? ¿Quién
al verla no más no siente hervirle la sangre en las venas? ¿Quién la oye
decir: _te quiero_, y no se le trastorna el cerebro cual si bebiera
vino? Ninguna de esas sensaciones es fácil experimentar al lado de
Isabel. Bella, elegante, amable, instruida, severa, posee la virtud del
erizo, que punza con sus espinas al que osa tocarla. Estatua, en fin,
de mármol por lo rígida y por lo fría, inspira respeto, admiración,
cariño tal vez, no amor loco, no una pasión volcánica.
--Y pensando como piensas, Leonardo, ¿te casarás con Isabel?
--¿Por qué no? Precisamente así es como debe buscarse la mujer para
esposa. El que se casa con Isabel está seguro de que no padecerá de...
quebraderos de cabeza, aunque sea más celoso que un turco. Con las
mujeres como C... el peligro es constante, es fuerza andar siempre cual
vendedor de yesca. No me ha pasado jamás por la mente casarme con la de
allá, ni con ninguna que se le parezca, y sin embargo, aquí me tienes
que me entran sudores cada vez que pienso que ella puede estar
coqueteando ahora mismo con un pisaverde o con el mulato músico.
--Lo que prueba, amigo mío, que no hay forma de servir a dos amos.
--En negocios de amores, o galanteos, se puede servir hasta a veinte,
cuanto y más a dos. La de La Habana será mi Venus citerea,[44] la de
Alquízar mi ángel custodio, mi monjita Ursulina, mi hermana de la
caridad.
--Es que no se trata aquí de amores ni de meros galanteos, se trata de
amar mucho a una y de casarse con otra que no se ama tanto.
Ya veo que tú no entiendes de la misa la media. Para gozar mucho en la
vida el hombre no debe casarse con la mujer que adora, sino con la mujer
que quiere. ¿Entiendes ahora?
--Entiendo que tú no has nacido para casado.
Prosiguiendo Isabel en su excursión matutina, muy ajena de la
conversación que se tenían los jóvenes habaneros sobre ella, se llegó al
pozo. Allí, como en todas partes, impuso respeto su presencia. Por lo
que toca al aguador, suspendió el trabajo, no fuera que al verter el
agua en la cubeta salpicase el traje de su señorita, que se había
acercado demasiado. Al contrario, el calesero criollo, poco más o menos
de la edad de aquélla, y que por haberse criado a su vista la trataba
con más confianza, no detuvo el bañado de los caballos, dado que se
quitó el sombrero. Tampoco dobló la rodilla, cual su compañero, al
desearla los buenos días, circunstancia que estamos seguros no advirtió
Isabel, ya por estar acostumbrada, ya por no concordar con sus
sentimientos filantrópicos la humillación, ni en el esclavo.
--Blas, dijo dirigiéndose al aguador, ¿tiene mucha agua el pozo?
--_A bombón_ (por mucha), _niña._
--¿Cómo lo sabes tú?, le preguntó ella.
--_¡Ah, niña! Yo oye siempre bu, bu, bu._
--Luego se podrá ver el movimiento del agua.
--_Se pue, niña, se pue. Yo mira jervir._
--Veamos, dijo Isabel acercándose todavía más al brocal.
--_¿Sumelsé mira?_, preguntó el negro muy asustado. _No, no mira. Mu
jondo. Diablo rempuja la niña._
De los aspavientos del compañero riose Leocadio y sugirió que la
señorita podía satisfacer su curiosidad sin riesgo si se afirmaba de un
ramal de la soga mientras ellos dos sujetaban el otro cabo. De esta
manera se hizo; pero Isabel no alcanzó a ver el fondo por la demasiada
profundidad, por el espesor del brocal de mampostería y por los
innumerables helechos adheridos a las paredes interiores, que con sus
graciosas palmas casi cerraban la boca del pozo.
Enseguida Isabel preguntó al calesero si los caballos estaban en
disposición de emprender el viaje del día siguiente:
--Niña Isabelita, contestó él en lenguaje más inteligente que el de su
compañero: _Pajarito_ y _Venao_ necesitan _herraura_ nueva.
--¿Por qué no me lo habías dicho, Leocadio de mis culpas?
--¿Y yo he tenío tiempo? Hasta anoche no supe na del viaje. _Dispués_ de
bañar los caballos iba a decírselo a la niña.
--Pues tienes que ir al pueblo a herrarlos.
--Iré _dispués_ de almuerzo. Deme la niña la papeleta para el _herraor_.
Si no se ha _emborrachao_, estamos bien.
--Por eso, ve lo más temprano que puedas. Y echa ahora a correr y
sofocar los caballos antes de tiempo.
--La niña siempre se figura que uno mata los caballos.
--Debías llamarte mata-caballos, no Leocadio.
No se detuvo Isabel en las otras dependencias de la finca por aquel lado
del batey; mas al cruzar al opuesto, echó de menos a uno de los esclavos
de campo y la informó el Contramayoral que por enfermo no se había
presentado en la fila la noche anterior. Reprendió a Pedro que no le dio
el aviso oportuno, siguiendo derecho a la enfermería. Se hallaba sentado
el enfermo en el suelo, junto a la lumbre, abatido y con un pañuelo
atado en la cabeza. Por pronta providencia la enfermera le había
suministrado sendas jícaras de infusión de corteza de naranja, endulzada
con azúcar de _raspaduras_. Isabel le tomó el pulso, comprendió que
tenía fiebre y dispuso se recogiera entre tanto venía el médico. De
vuelta a la casa de vivienda, examinó la caballeriza y el salón en que
se escogía el café.
La esperaban en el pórtico los huéspedes, junto con su hermana, su tía y
su padre. Parecía natural que quien tan puntualmente había desempeñado
las obligaciones de administradora de la heredad y de las _cosas_ a ella
adscritas, se sintiese satisfecha de sí misma y más dispuesta para el
desempeño de sus deberes como ama de casa. En el semblante risueño y
animado con que tornó al lado de la familia, se echó bien de ver que la
dueña cariñosa y blanda de esclavos sumisos, sabía ser amable y atenta
con sus iguales y amigos. Desde ese momento se consagró a obsequiarlos
y a hacerles cuanto agradable se pudiese su corta estada en el cafetal.
Como la mañana siguiese siendo fresca y de poco sol, propuso Isabel a
sus amigos una breve visita al jardín fronterizo de la casa. Ese era su
Edén. Poca cosa se le alcanzaba del arte de la jardinería, mucho menos
de botánica; tampoco se había propagado en Cuba el gusto por la
floricultura, ni Pedregal u otros jardineros franceses habían importado
de Francia la gran variedad de rosas que adelante trajeron la invasión
rosada a La Habana. Pero Isabel era florista por instinto y por afición
decidida, y como había plantado con sus manos, sabía de coro la historia
de todas las flores que crecían en su delicioso pensil. Guardóse, no
obstante, de mencionar siquiera el rosal de flores pálidas en que
Leonardo, hacía un año cabal, había injertado de púa el rosal de flores
encarnadas. Vigoroso y lozano se mostraba, ostentando en cada nudo rosas
de uno y otro color; remedo fiel y poético de dos seres sensibles
ligados por la más humana de las humanas pasiones: el amor.
Más tarde la visita a los jardines la extendió Isabel a una excursión a
caballo de los cuatro jóvenes por los cafetales vecinos. Sentía ella la
necesidad de distraerse, más aún, de aturdirse con el continuo
movimiento. Aparte de que no la había dejado satisfecha su explicación
de la víspera con Leonardo, le dolía alejarse del apacible hogar y del
amoroso padre, y ya la acometía aquella especie de fiebre, síntoma
infalible de la extrema dolencia conocida por nostalgia.
Así cursó el 2 de diciembre y vino la melancólica mañana del 24. Mucho
antes de aclarar había partido para Guanajay el postillón con el relevo
de las tres caballerías. En la silla, y armado al uso general con el
látigo y largo machete de cabo de carey y plata, aguardaba por las
viajeras el apuesto calesero Leocadio. Cerca de allí se veían varias
esclavas y algo más distante los otros siervos, aparentemente
preparándose para emprender las faenas del nuevo día, en realidad, como
después se vio, en expectativa de la tristísima escena que allí se
representaría.
Deseosa Isabel de abreviar el doloroso momento de la separación, abrazó
a su padre de carrera, tomó el brazo que le brindaba Gamboa y, con los
ojos empañados por las lágrimas, salió a la avenida del este para tomar
el carruaje. Las señoras iban en el traje riguroso de camino, de seda
oscuro y el sombrerito de paja o gorra al estilo francés. A su aparición
se observó un movimiento general seguido de un murmullo entre los
esclavos espectadores, quienes prorrumpieron a una en el clamor o canto
monótono de la víspera: _La niña sen va, probe cravo llorá_, repetido en
coro solemne a la luz matinal del nuevo día, que apenas alumbraba la
cúspide de los más empinados árboles.
Este inesperado saludo acabó de desconcertar a Isabel. Flameó el pañuelo
hacia el grupo de esclavos en señal de despedida y apresuró más el paso.
Entonces reparó en el Contramayoral.
A pie firme, callado, la cabeza erguida, dejando ver a través de los
cabezones de la camisa el cuello rollizo y parte del membrudo pecho,
Espartaco por su varonil musculatura, flaca mujer por la sensibilidad de
su inculto espíritu, tenía de la cama del freno de plata el inquieto
caballo de Gamboa. Junto a él se hallaba su mujer, también inmóvil y
callada, con un niño en los brazos, hondamente afligida, según lo
mostraban las gruesas gotas de lágrimas que rodaban por sus mejillas de
ébano. Tan conmovida como ella, Isabel le puso la mano en el hombro,
imprimió un dulce beso en la frente del niño y dijo a su marido:
--¡Pedro, Pedro!, no le olvides de mis encargos.
Sin aguardar respuesta tomó refugio en el carruaje.
En ese asilo comenzaron las que pudieran llamarse cariñosas
importunidades de los esclavos. Las negras especialmente, convencidas de
que se marchaba su señorita, rodearon el quitrín y las más expresivas
se agolparon al estribo, metían la cabeza por debajo de la cortina o
capacete, y, según su costumbre, clamaban a grito herido:
--¡Adiós, niña! ¡Vuelva pronto, niña! ¡No se quede por allá, niñita mía!
¡Dios y la Virgen lleven con bien a la niña! Acompañando estas frases,
que hemos traducido en gracia del lector, con sus extravagantes
demostraciones, como oprimirle suavemente los pies, besárselos cien
veces, lo mismo que las manos con que ella quería rechazarlas. Todo esto
dicho y expresado con verdadero sentimiento, con exquisita ternura, y
sin dejar de contemplar su angelical semblante, cual el de un ídolo o de
una imagen sagrada.
Pobres, sensibles, aunque ignorantes y sencillos esclavos, tenían a su
ama por la más hermosa y buena de las mujeres, por un ser delicado y
sobrenatural, y se lo demostraban a su manera ruda e idólatra.
Poco a poco, ya por ruegos, ora por amonestaciones suaves, logró Isabel
apartar de sí a las más petulantes, dio la orden de partir, y anegada en
llanto exclamó:--Yo no sirvo para estas escenas.
A tiempo de montar echó Gamboa una mirada desdeñosa al espectáculo en
torno del carruaje, y dijo alto, de modo que lo oyó Pedro, que le tenía
el estribo:
--¡Ay! ¡Qué falta hacía aquí un buen _cuero_!
El calesero llamó la atención hacia las riendas del caballo de fuera, y
cuando Isabel pudo tomarlas en la mano ya el quitrín y los viajeros
habían salvado la portada y se hallaban casi en los límites, por el
oeste, del cafetal _La Luz_.
CAPÍTULO III
_¡Dulce Cuba!, en tu seno se miran
en el grado más alto y profundo,
las bellezas del físico mundo,
los horrores del mundo moral._
JOSÉ MARÍA HEREDIA
Llaman Vuelta Abajo o Vuelta Bajo en la isla de Cuba, a aquella región
que cae a la parte poniente del meridiano de La Habana, y que,
principiando en las cercanías de Guanajay, termina en el cabo de San
Antonio. Se ha hecho famosa por el excelente tabaco que se produce en
las fértiles vegas de sus numerosos ríos, principalmente sobre la
vertiente meridional de la cordillera de los Organos. Para darla
semejante dictado parece que hay una razón de mucho peso, a saber: la
baja nivelación del suelo de ese territorio, comparada con la alta del
ya descrito.
Empieza el descenso a pocas millas al oeste de Guanajay, advirtiéndose
desde luego un cambio brusco en el aspecto del país. El color del suelo,
sus elementos componentes, la vegetación, el clima y el género de
cultivo en general son del todo diferentes. Así es que el rápido declive
constituye una rampa para el que va y un cerro para el que viene de la
Vuelta Abajo.
Al borde de esta precipitosa rampa se desplega ante los ojos del viajero
un cuadro inmenso, magnífico, que no hay lienzo que le contenga, ni ojos
humanos que le abarquen en toda su grandeza. Figuraos una aparente
planicie, limitada al oeste por las brumas del lejano horizonte, al
norte por las colinas peladas que corren a lo largo de la costa, y al
sur por las ásperas y alterosas sierras que forman parte de la extensa
cordillera de montañas de la Vuelta Abajo. Y hemos dicho aparente
llanura, porque de hecho es una serie sucesiva de valles transversales,
estrechos y hondos, formados por otros tantos riachuelos, arroyos y
torrentes que descienden de las laderas septentrionales de los montes y,
después de un curso torcido y manso, se pierden en las grandes e
insalubres cuencas paludosas del Mariel y de Cabañas.
A la vista del grandioso cuadro, Isabel, que era artista por sentimiento
y que amaba todo lo bueno y bello en la naturaleza, mandó parar los
caballos a los bordes de la rampa y echó pie a tierra, sin aguardar a
que se aceptara la proposición por sus compañeros. Serían las ocho de la
mañana. Ensanchábase allí el camino, describiendo una zeda para
disminuir en lo posible lo precipitoso de la bajada. Por esta razón,
aunque ambas laderas se hallaban cubiertas largo trecho de un arbolado
crecido y hojoso, ni sus copas sobresalían mucho del nivel de la
planicie que ocupaban los viajeros, ni obstruían, que digamos, la vista
panorámica de más allá. Asombrosa era la vegetación. A pesar de lo
avanzado de la estación invernal, parece que había vestido sus mejores
galas y que orgullosa sonreía a los primeros rayos del almo sol. Do
quiera que no había hollado la planta del hombre ni el casco de la
bestia, allí brotaba, por decirlo así, a raudales el modesto césped o
rastrera grama, el dulce romerillo, el gracioso arbusto, el serpentino
bejuco y el membrudo árbol. Hasta de las ramas verdes y gajos secos,
cual cabelleras de seres invisibles, pendían las parásitas de todas
clases y formas, que viven de la humedad de que está constantemente
saturada la atmósfera de los trópicos. El suelo y la floresta, en una
palabra, cuajados de flores, ya en ramilletes, ya en festones de variada
apariencia y diversidad de matices, formaban un conjunto tan gallardo
como pintoresco, aun para aquellas personas acostumbradas a la vista de
los campos feracísimos de Cuba.
Para mayor novedad y encanto, se ofrecía allí la vida bajo sus formas
más bizarras: bullía materialmente el bosque vecino con todos los
insectos y pájaros casi que cría la prolífica tierra cubana. Todos a una
zumbaban, silbaban o trinaban entre el sombrío ramaje o la espesa yerba,
y hacían concierto tal y tan armonioso como no podrán jamás hacerlo los
hombres con la voz ni los instrumentos músicos. Dichosos ellos que de
puro pequeños e inermes no excitaban la codicia del cazador, ni temían
ser interrumpidos en sus inocentes correrías y revoloteos mientras
recogiendo la miel en el cáliz de las flores, o saltando de rama en
rama, hacían temblar las hojas, desprendían el rocío cuajado en ellas y
las gotas, al dar en la hojarasca seca del suelo, remendaban una lluvia
en que no tenían parte las nubes.
No hay paridad ninguna en la fisonomía del país visto por ambos lados de
las montañas. Por el del sur, la llanura con sus cafetales, dehesas y
plantaciones de tabaco, continúa casi hasta el extremo de la isla y es
lo más ameno y risueño que puede imaginarse. Al contrario por el lado
del Norte, en el mismo paralelo se ofrece tan hondo, áspero y lúgubre a
las miradas del viajero que cree pisar otra tierra y otro clima. Ni
porque está ahora cultivado en su mayor parte hasta más allá de Bahía
Honda, se desvanece esa mala impresión. Quizás porque sus labranzas son
ingenios azucareros, porque el clima es sin duda más húmedo y cálido,
porque el suelo es negro y barroso, porque la atmósfera es más pesada,
porque el hombre y la bestia se hallan ahí más oprimidos y maltratados
que en otras partes de la Isla, a su aspecto sólo la admiración se
trueca luego en disgusto y la alegría en lástima.
Tal, poco más o menos, sintió Isabel en presencia de aquel pedazo de la
famosa Vuelta Abajo. Sus puertas, que eran de hecho las alturas en que
se hallaban detenidos los viajeros, no podían ser más espléndidas;
podían calificarse de doradas. Pero ¿qué pasaba por allá abajo? ¿Sería
aquélla la morada siquiera de la paz? ¿Habría dicha para el blanco,
reposo y contentamiento alguna vez en su vida para el negro, en un país
insalubre y donde el trabajo recio e incesante se imponía como un
castigo y no como un deber del hombre en sociedad? ¿A qué aspiraba ni
qué podía esperar tanto ser afanoso cuando pasado el día y venida la
noche se entregaba al sueño que Dios, en su santa merced, concede a la
más miserable de sus criaturas? ¿Ganaba alguno, entre tanto trabajador,
el pan libre y honradamente para sostener una familia virtuosa y
cristiana? Aquellas fincas colosales que representaban la mayor riqueza
en el país, ¿eran los signos del contento y de los puros placeres de sus
dueños? ¿Habría dicha, tranquilidad de espíritu para quienes a sabiendas
cristalizaban el jugo de la caña-miel con la sangre de millares de
esclavos?
Y la ocurrió naturalmente que si se casaba con Gamboa, tarde que
temprano tendría que residir por más o menos tiempo en el ingenio de _La
Tinaja_, a donde ahora se dirigían en son de paseo. Naturalmente
también, se agolparon a su mente, como en procesión fantástica, los
rasgos principales de su breve existencia. Recordó su estada en el
convento de las monjas Ursulinas de La Habana, donde en medio del
silencio y de la paz se nutrió su corazón de los principios más sanos de
virtud y caridad cristiana. Como en contraste recordó la muerte de su
piadosa madre; la orfandad en que quedó sumida; su desolación y hondo
pesar; los días serenos e iguales que después había venido pasando en el
cafetal _La Luz_, bello jardín, remedo del que perdieron nuestros
primeros padres, acariciada por sus más allegados e idolatrada por sus
esclavos como no lo fue reina alguna sobre la tierra. Recordó, en fin,
la situación aflictiva en que dejó a su padre, achacoso y ya entrado en
años, el cual no aprobaba del todo aquel viaje, tal vez porque podía ser
el preludio de separación más grave y prolongada.