alargó un papel? ¿La hoja de una planta con signos caligráficos o
aritméticos? Nada de eso. Aunque aquel esclavo había aprendido de coro
ciertas oraciones del catecismo que le enseñaron para bautizarle, no
sabía escribir ni pintar guarismos. La cuenta de que hablaba se reducía
a dos o tres varas cortas de un arbusto del campo, con muchos cortes o
muescas de través, tarjas o quipos modernos para indicar el número de
barriles de café recolectados durante ocho horas de trabajo.
Con pasar Isabel las yemas de los dedos por las muescas de las tarjas,
conoció que no había sido abundante la recolección, y así se lo dijo al
esclavo.
--Niña, se apresuró él a explicar en su guirigay especial la causa de la
deficiencia. _Niña, la safra va de vencía_, no queda café _maúro_ en la
mata, _ni pa remedia. Brujuliando po aquí y po allí se ha llenao 25
barrí._
--Está bien, Pedro, repuso Isabel. No hay para qué estropear las matas,
ni que tumbar el grano verde. Sería mucho menor la zafra el año entrante
si eso se hiciera. Escúchame Pedro, con atención. Mañana bien temprano
pon toda la gente a limpiar el batey y las guardarrayas principales
hasta las nueve. Tenemos visitas y quiero que todo esté aseado y bonito.
Por la tarde es preciso que unos pilen y avienten el café seco, y que
otros, las mujeres y los más débiles, a escoger. El caso es aviar todo
el pilado y aventado, mañana mismo si es posible.
--_Asina si jará, niña._
--¡Ah! Lo principal se me olvidaba, agregó Isabel en tono triste. A
Leocadio que dé bastante maíz y yerba al trío moro y al trío dorado,
porque tienen que emprender largo viaje pasado mañana.
--_¿Va a salí lamo?_
--No, tía Juana, Rosita y yo, que vamos a pasar las Pascuas en la Vuelta
Abajo.
--_¡Anjá! La niña si va otra vuelta, la casa parece robá._
--Papa se queda. Estamos convidados a pasar las Pascuas como digo, con
la familia del señor Gamboa en su ingenio _La Tinaja_, allá lejos, muy
lejos, por el Mariel. Han puesto una gran máquina de vapor para moler
caña; romperá la molienda la víspera de Pascuas y aguardan por nosotros.
Aquí han llegado a buscarme el niño Leonardito y el niño Diego Meneses,
que tú conoces.
--_¿Con que si va otra vuelta?_, repitió el Contramayoral pensativo.
--Estaremos ausentes muy poco tiempo, cuando más hasta después del
domingo de Niño perdido. Me da mucha pena dejar a papá solo. Pero espero
en Dios que no le sucederá nada, antes me prometo que Vds. le cuidarán
bien.
--_Asina si jará niña._
--Pero si por desgracia se enfermare en nuestra ausencia, te encargo,
Pedro, que sin pérdida de tiempo me despaches un propio al ingenio _La
Tinaja_, cerca del pueblo de Quiebrahacha. Acuérdate de estos dos
nombres: _Tinaja_ y _Quiebrahacha_.
--_Asina si jará, niña._
--Rafael o Celedonio, cualquiera de los dos, sirve para el mandado.
Ellos conocen el camino de aquí a Guanajay; de allí al Quiebra Hacha se
sabe que quien tiene lengua a Roma va.
--_Asina si jará, niña._
--Bueno, confío en ti, Pedro. Es un gran descanso para nosotros, cuando
salimos, dejar el cuidado de la casa y de la finca a un hombre tan
racional y honrado como tú.
Ni porque le hicieron este elogio franco cuanto sincero, hizo uso el
negro de su conocida muletilla. Sólo sacudió la cabeza cual si quisiera
desterrar una idea enojosa, y volvió a un lado el rostro, sin darle la
espalda a su señorita, lo cual habría sido una falta de respeto.
--Atiende, Pedro, continuó Isabel. Hay que traer del potrero el caballo
careto para llevar a Guanajay uno de los dos tríos. El que le lleve, sea
Rafael o Celedonio, debe salir al Ave María o con los primeros claros
del día de pasado mañana, apearse en la posada de Ochandarena, frente a
la plaza, hacer que bañen y den un buen pienso a los caballos y aguardar
por nosotros, pues tendrá que regresar con el trío que saquemos de acá.
¿Recordarás todas estas cosas, Pedro?
--_Mi ricorde, niña_, dijo el Contramayoral afectado; añadiendo a la
carrera: _Le pobre negre va a tené una Pacua mu maguá._
--¿Por qué? preguntó Isabel con exagerada sorpresa. Le diré a papá que
les deje tocar tambor en los dos días de Pascuas y el día de Reyes.
--_Ma como la niña no etá allante, le negre no se diviete._
--¡Qué bobería! Nada, a bailar, a divertirse para que esté contenta la
niña cuando vuelva del paseo. ¡Eh! Nada más, Pedro.
Se retiraba éste despacio y de mala gana, e Isabel, que quedaba
pensativa apoyada en el barandal del pórtico, llamole luego,
diciendo:--Pedro, ¿ya lo ves? Por tus interrupciones y majaderías se me
iba o olvidar una de las cosas que tenía más presente. Debo hacerte otro
encargo, mi último encargo. Mira, Pedro, estoy pensando que por sí o por
no, lo mejor será que guardes el látigo en tu bohío hasta después de
Pascuas. Sí, sí, mejor será pues mientras le tengas en la mano has de
querer usarlo, y yo no quiero que se levante el látigo para nadie, ¿lo
oyes, Pedro? Que no suene el látigo en mi ausencia.
--_Le negre etá perdío_, dijo Pedro sonriéndose, _por mor de la niña_.
--Me importa poco, replicó Isabel con firmeza. Tú sabes que papá botó al
mayoral en abril porque daba mucho cuero. Recuerda que la cogió contigo.
No ha de oírse un latigazo en el cafetal en mi ausencia. Lo repito, lo
quiero así, lo mando, Pedro.
Volviendo de su breve diálogo con el Contramayoral, encontró Isabel
puesta la mesa para la cena en medio de la sala. Serían las ocho de la
noche. El lujo de la vajilla de plata, de cuyo metal eran hasta los
grandes macizos candeleros, parecía competir con la abundancia de los
manjares. Mas nada de esto se hacía por vano alarde. En primer lugar,
porque habiendo comido la familia a las tres de la tarde, según la
costumbre del campo entonces, suponían que los dos huéspedes tuviesen
hambre y querrían satisfacerla. En efecto, las señoritas, la tía y el
señor Ilincheta, que por cumplimiento habían ocupado juntos un costado
de la mesa, participaron únicamente del chocolate o del café con leche;
haciendo, eso sí, Isabel, los honores con gracia y naturalidad
características.
Tras la cena y una conversación agradable, se levantó don Tomás y se
retiró a su cuarto, recomendando a sus hijas no detuvieran mucho a los
huéspedes, quienes por fuerza estarían cansados y desearían reposar de
las fatigas del viaje.
La casa vivienda del cafetal _La Luz_ estaba hecha a la francesa, es
decir, conforme al sistema que para habitaciones tales se seguía en las
fincas de igual naturaleza por los criollos de la Guadalupe y Martinica;
pues de hecho la había trazado y dirigido un arquitecto natural de una
de esas islas. El plano figuraba una cruz con dobles brazos, cuyo centro
lo ocupaba la sala, y las ocho alcobas, ambos brazos de la misma,
formadas por dos pasillos que terminaban en dos saletas, debajo de los
cobertizos de las culatas de la casa. En los ángulos de los pórticos
había cuatro cuartos que interiormente se comunicaban con las saletas
dichas, y exteriormente con los jardines y aquéllos. Los pórticos, pues,
se extendían cuanto la sala, corrían paralelos a ella y estaban cerrados
por barandillas de madera y por cortinas de cañamazo en vez de
persianas. El techo del cuerpo principal estaba formado con las hojas de
la palma llamada _cana_, por su espesor, duración y frescura; y el de
los pórticos o cobertizos con teja plana. Las puertas y ventanas, en
número por cierto excesivo, abrían todas hacia afuera, dejando entrar a
raudales, al menos de día, la luz y el aire siempre cargado con el
perfume de las flores o de las frutas en que tanto abundaba aquella
morada encantadora.
Por razones que es fácil colegir, las señoras no siguieron desde luego
el ejemplo del amo de la casa. Los jóvenes no sentían inclinación
ninguna a separarse por el resto de la noche, sin comunicarse con una
palabra, con una mirada aunque fuese algo de lo mucho que bullía en sus
cabezas. Así es que, por instinto casi, después de la cena volvieron al
pórtico fronterizo y emprendieron paseos de arriba a abajo, en dos
grupos: el de Isabel con su tía y Meneses y el de Rosa y Leonardo a
retaguardia. A la primera vuelta preguntó éste a aquélla, en tono bajo,
indicando a la hermana mayor:
--¿Qué tiene la niña?
Este era casualmente el primer verso de una canción muy popular
entonces; y Rosa, que era viva y traviesa, contestó al punto con el
segundo verso que la daba nombre:
--Sarampión.
--¿Con qué se le cura?, volvió a preguntar Leonardo con el tercer verso.
--Con coscorrón; concluyó Rosa sin poder tener la risa.
--¿De qué se ríen Vds.?, preguntó Isabel muy atenta a lo que pasaba a
sus espaldas.
--No le diga, Gamboa, dijo Rosa. Déjela con su curiosidad. Ella no es de
nuestro bando.
Parecía que Isabel se proponía monopolizar por el resto de la velada la
conversación y la sociedad de Diego Meneses. De aquí el motivo aparente
del pique de Rosa con ella, según lo revelaban sus últimas palabras. La
misma sospecha y con igual copia de razones podía abrigar Isabel
respecto de su hermana menor, dado que desde el principio se apropió las
atenciones y compañía de Leonardo. Mas ninguno de los jóvenes estaba
satisfecho de sí mismo ni del otro. Esta era la verdad; de suerte que se
cansaron de los paseos más pronto de lo que podía razonablemente
esperarse, sólo que en vez de sentarse se apoyaron como por acaso en la
barandilla, quedando, también casualmente, cual deseaban en secreto:
Isabel al lado de Leonardo. Rosa al de Meneses, y doña Juana fuera del
grupo. Amaba ésta a sus sobrinas con amor de madre, como quien las había
criado desde pequeñuelas; deseaba su establecimiento, y, siendo ella
casamentera de índole, claro está que no tomó a mal una eliminación
mediante la cual aquéllas podían tener un rato de íntima comunicación
con sus galanes.
Reinaba en torno de la casa la calma más profunda, habiendo abatido el
airecillo que se levantara a las puestas del sol. No se movían las ramas
de los árboles, ni era bastante la luz de las estrellas, ni la
transparencia del cielo para reflejarse en las anchas hojas del plátano,
cuyo tallo fibroso sobresalía entre los enanos y espesos cafetos. El
único rumor que se apercibía era el distante y sordo procedente de
esclavos, los cuales, antes de entregarse al descanso, preparaban la
frugal cena a la lumbre de sus bohíos mientras discutían la novedad de
la noche, a saber: la próxima ausencia de su señorita. Pero más cerca de
nuestros jóvenes no puede decirse con exactitud que formaban ruido
apreciable el chirriar de los grillos ocultos en la yerba, ni el aleteo
de las mariposillas nocturnas que con fugaz zumbido pasaban del jardín a
la casa, atraídas por la luz de la vela dentro de la guardabrisa o fanal
en la mesa del centro de la sala.
El sitio, pues, la hora, el silencio de la tierra y del cielo, el
aspecto sombrío del pórtico ancho, gacho y de limitado horizonte por el
espeso arbolado inmediato, la misma lucha de la débil claridad
artificial interior con la oscuridad exterior, todo predisponía a la
exaltación de las pasiones de los jóvenes, arrobadas sus almas en la
contemplación del bellísimo cuadro que los rodeaba por todas partes. En
tales momentos, las mujeres menos agraciadas parecen aéreas y adorables;
los hombres más tímidos se atreven a todo, y sintiendo más se expresan
con mayor elocuencia.
--Isabel, dijo Leonardo, me extraña tu conducta conmigo.
--Califíquela, repuso Isabel sonriendo.
--No me corresponde calificarla, por la sencilla razón de que soy el
agraviado.
--¿Eso más? Pues era lo que faltaba.
--¿Te sorprende? ¿Cómo se compagina, si no, nuestra amigable despedida
de La Habana (por mi parte, se entiende), con tu silencio e indiferencia
enseguidas...?
--¿Sin motivo que justificara el cambio?
--Sin motivo que lo justificara. Yo al menos no he podido penetrarlo
todavía.
--Refresque Vd. la memoria de los hechos.
--Nada, Isabel, no alcanzo, desconozco el motivo.
--¿De verás?
--De veras.
--Entonces he sido una loca, una tonta, he visto visiones.
--Tanto como eso no, Isabel. ¿No te ocurre que hayas podido interpretar
mal un acto inocente mío o de otra persona hacia mí?
--Si no se trata de interpretaciones, señor don Leonardo, se trata de lo
que yo vi con mis ojos.
--Sepamos lo que vio mi señora doña Isabel con sus ojos.
--Vi lo que Vd. vio, mejor dicho, lo que le pasó Vd. al estribo del
quitrín.
--¿Y ése era motivo suficiente para que tú me perdieras el cariño y
estuvieras a punto de olvidarme?
--Lo era y grande, para enojarse cualquier mujer de vergüenza, por mucho
que la cegara la pasión.
--Veo claro, Isabel, que en todo ello ha habido una equivocación de tu
parte, y que, sin quererlo has sido injusta conmigo.
--Explíquese Vd., dijo Isabel con aparente ansiedad.
--Te diré en pocas palabras lo que pasó, continuó Leonardo, poniéndose
colorado, porque de hecho pensado iba a mentir. Mientras te decía el
último adiós, naturalmente extendí un pie sobre la acera. Una de las dos
mulatas que pasaban tropezó conmigo, y, creyendo que le había armado una
zancadilla, llena de ira me dio un empellón. Tú sabes lo insolente que
son esas mujerzuelas cuando se creen ofendidas.
--Sí, dijo Isabel pensativa. Después de un breve rato añadió: Mas ¿qué
motivo le di yo para que me dijese la palabra indecente que aún me zumba
en los oídos?
--Tu exclamación, Isabel, y luego el llamarla Adela, cuando tal vez se
llamaba Nicolasa o Rosario fue sin duda lo que aumentó su cólera.
--Si la llamé por el nombre de Adela, mejor dicho, si en mi exclamación
solté ese nombre, fue porque me figuré que era ella su hermana de Vd.
Además de tomarla por el vivo retrato de Adela, no pude, ni debí
imaginar que otra mujer tuviese con Vd. semejantes bromas.
--¡Toma! El cuento es que no hubo broma de su parte.
--Luego ella le conoce a Vd. y le maltrató por... celos.
--La conozco de vista, lo confieso, ya me había llamado la atención su
semejanza con mi hermana Adela; mas no la he dado jamás ocasión a
encelarse de mí.
--Quizá le ama a Vd. en secreto.
--No tendría nada de particular, sólo que en mi vida le he dicho «ojos
negros tienes».
--Sentiría hacer a Vd. una injusticia, Leonardo. Las apariencias, sin
embargo, le condenan.
--No, Isabel, no. Soy inocente. Si te engañase en este momento, si no te
dijese toda verdad, si te pintara una pasión que no sentía, si en
consecuencia te hubiese dado justo motivo de agravio, sería el más malo
de los hombres...
--Está bien; doblemos la hoja, le interrumpió Isabel convencida.
--¿Pelillos a la mar?, le preguntó Leonardo con amoroso acento.
--Pelillos a la mar, contestó ella con celestial sonrisa. No habría
dicha para mí si me viese condenada a dudar de la palabra del hombre a
quien tenía por amigo y caballero.
--Bien, agregó Leonardo más animado. ¿No crees tú que debíamos sellar
esta dulce reconciliación...?
Diciendo esto dejaba correr disimuladamente la mano por el barandal para
coger la de Isabel, que se apoyaba en el mismo. Pero ella, evitando la
ocasión, evitó el peligro. Se puso seria y pasó al lado de su tía, a
quien dijo alto que era hora de recogerse. El reloj de Leonardo marcaba
las once de la noche.
Había volado el tiempo. Diego Meneses, no obstante sabedor de que la
ocasión la pintan calva, supo aprovecharla lo que bastaba para hacer a
Rosa una formal declaración de amor; habiendo encontrado el tema o
pretexto de la conversación en el regalo del clavel que esa joven hizo a
Leonardo en el jardín. ¡Cándida paloma del vergel de Alquízar! Ella, que
no había escuchado antes un «te amo, Rosa» dicho con intención y con
fuego. Ella, que se sentía atraída hacia aquel joven como la aguja al
imán, como la avecica a la serpiente, no pudo desviar la atracción,
deshacer el encanto; no encontró a mano gesto, palabra ni ardid para
negar que había sucumbido y que también amaba a su tentador desde la
primer temporada que pasaron juntos en el cafetal _La Luz_.
CAPÍTULO II
_Y en los bellos cafetales
todo es frescura y olores,
besadas sus blancas flores
por las brisas tropicales._
J. PADRÍÑEZ
Como novia de Cupido desde la víspera, Rosa Ilincheta, por el temor
pudoroso de encararse con su cómplice a la clara luz del día, retardó
cuanto pudo su salida del tocador. Pero Isabel tenía obligaciones que
llenar y bien temprano apareció en el pórtico del sur de la casa con la
sombrilla en la mano derecha, una cestita calada al brazo izquierdo por
el aro, y por todo abrigo el pañolón de seda bordado de realce.
Asomaba entonces el sol por un ángulo de la casa, alumbrando una parte
del jardín y proyectando la sombra de aquélla y de los árboles, por
largo trecho, sobre el espacioso batey de la finca. Había sido abundante
el rocío de la madrugada. Empapado estaba el césped, apagado el polvo
bermejo de los caminos y las hojas de las plantas y las corolas de las
flores cuajadas de menudos aljófares; otros tantos prismas que
descomponían la luz del almo sol, al recibirla de soslayo.
Echó Isabel una mirada inquisitiva por todo el país desplegado ante
ella, y se aventuró fuera del pórtico; porque desde allí echó a ver una
rosa de Alejandría que acababa de abrirse al dulce calor solar, en el
cuadro del sudeste del jardín. Cortola sin punzarse ni mojarse, y cuando
se adornaba con ella la espléndida trenza de sus cabellos, volvió
maquinalmente los ojos hacia la casa y le pareció que uno de sus
huéspedes la observaba desde el postigo de la ventana del cuarto, en el
extremo del pórtico, donde en efecto se habían los dos alojado. Era
Diego Meneses, que por no haber disfrutado de sueño tranquilo, dejó la
cama desde el amanecer y aspiraba el puro ambiente del campo, a la sazón
que Isabel apareció en medio de sus gayadas flores.
De tal modo la turbó este incidente, que por breve rato estuvo indecisa
entre si volvía atrás o seguiría adelante, porque los actos de adornarse
el cabello y de mirar para la casa, magüer que inocentes y casuales,
podían interpretarse de diversas maneras, y ella huía tanto de la
frivolidad como de la necia coquetería. Pero tenía que salir y salió con
firme paso.
Por el lado del sur, una cerca de piedra separaba el campo del cuadrado
en que se comprendía el variado caserío de la finca. En el centro se
alzaba el molino del café, entre los dos pares de tendales, capaces de
contener a un tiempo, secándose, la mitad de la cosecha. Más lejos,
cerrando el gran espacio por la izquierda, se veía el grueso y oscuro
brocal del pozo con su horca y garrucha para la extracción del agua; el
palomar después, el corral de las aves y algunos chiqueros; al fondo y a
la derecha, el campanario, o más bien el pilar de madera de cuyo brazo
cubierto con un tejadillo, pendía la campana; los graneros o almacenes,
las caballerizas, el establo de las vacas y las otras dependencias. Los
bohíos de los esclavos figuraban una aldea de regular tamaño.
Ni estaba desprovisto de vegetación el magnífico batey que hemos venido
describiendo, pues muchos árboles, y sin duda los más copudos y
corpulentos de toda aquella hacienda, le adornaban y daban sombra. Entre
ellos varios aguacates, mameyes colorados, mangos y caimitos; sobre todo
los primeros, cual las coníferas del continente, parecían escalar el
cielo con la cúspide de sus ramas. Aquéllos más empinados y coposos eran
los escogidos por las gallinas de Guinea (_Numidas Meneagris_ de
Cuvier), conocida la hurañía de esas aves exóticas, para sus querencias
de noche. La banda, que bien podía componerse de cien, desde antes de
aparecer el sol empezaron a removerse y a repetir el clamor o cacareo
peculiar suyo, en que parece que una dice _pascual_ y la otra contesta,
_pascual_, hasta que todas despiertan y se preparan para descender de
sus elevadísimas y naturales alcándaras. Ni los pichones ni las gallinas
daban aún señales de vida: aquéllos por no ser madrugadores, éstas por
el encierro y la oscuridad de su casa.
Por lo demás, se notaba bastante movimiento en todo el batey. De los
esclavos de ambos sexos, quiénes recogían con sus guatacas o azadones
las hojas secas y briznas del suelo; quiénes con los mismos instrumentos
rozaban la yerba de los caminos; quiénes con ambas manos abiertas
levantaban la basura amontonada y la metían en canastas que otros
conducían fuera a la cabeza; quiénes a brazo sacaban agua del profundo
pozo y la vertían en una amplia cubeta de piedra al pie del brocal para
que otros, en unos baldes rústicos hechos del pecíolo de la palma, la
distribuyesen en los depósitos de los varios departamentos de la
hacienda. A la vera del pozo daba agua y bañaba los caballos de dos en
dos o de tres en tres, el calesero Leocadio. Dentro del molino resonaba
la voz penetrante del negrito, que, sentado al extremo del eje de la
rueda vertical, con que girando en la solera se descascaraba el café,
aguijaba sin cesar a la caballería que servía de motor. Cuatro esclavas,
entre tanto, tendían el grano, aún no bien seco; mientras otros
conducían el _pilado_ o descortezado al aventador, cuyas paletas hacían
un ruido tremendo y despertaban los ecos doquiera que la ola sonora
encontraba obstáculo elástico en su trayecto. Y una vez limpio de toda
paja o polvo, era llevado a los almacenes para que allí se escogiese y
clasificase por otros esclavos.
Ninguno de los que pasaban al alcance de Isabel dejaba de darla los
buenos días y de pedirla su bendición, doblando la rodilla en señal de
sumisión y respeto. Pedro, el Contramayoral, sin la insignia ominosa de
su oficio, yendo de un lado a otro, animaba a sus compañeros al trabajo
y daba la mano en muchos casos, como para imprimir mayor peso a la
palabra con la obra. La subida o aparición de Isabel en los tendales fue
la señal para que el negrito del molino alzase la voz argentinada y
aguda con la canción, tan ruda como sencilla, improvisada quizás la
noche anterior, la cual principiaba con esta especie de verso: _La niña
sen va_, y terminaba con este otro, repetido en coro por todos los demás
negros: _Probe cravo llorá_. Entre la primera letra y el estribillo o
pie insertaba el guía, no obstante que criollo, nacido en el cafetal,
frases en congo puro, a que también contestaba el coro con el obligado:
_Probe cravo llorá_.
Inútil fuera pedir armonía, siquiera música a una canción, ni civilizada
ni salvaje del todo; pero si parecía asaz monótona a oídos delicados,
también es verdad que el tono y la letra rebosaban en melancólico
sentimiento. Así lo estimó Isabel, aunque hizo como que no oía ni
entendía palabra, y siguió adelante hasta el pie de los árboles, donde
ya bullían y corrían en todas direcciones las aborotosas gallinas de
Guinea. Algunas, las más ariscas, al verla quisieron emprender vuelo,
estallando en el grito nasal, chillón y alto con que suelen dar la voz
de alarma a sus compañeras. Mas conocida la voracidad de esas aves,
bastaron a tranquilizarlas y contenerlas unos granos de maíz que Isabel
sacó de la cestita que llevaba al brazo y que tuvo cuidado de arrojarlos
en un punto dado, cerca de sí. La banda en masa se echó sobre el escaso
alimento, depuesta la vigilancia, olvidado el peligro, y sólo ocupada
de egullir granos o pedrezuelas. De esta circunstancia se aprovechó una
de las esclavas, a una señal de su señorita, para arrastrarse por el
suelo y pillar dos, sin que lo echaran de ver las otras. Muy gustosa es
la carne de estas aves, tan gustosa como la de la perdiz, razón por qué
Isabel se propuso obsequiar a sus huéspedes con un par de ellas, asadas,
en el almuerzo.
A la vista del alimento, arrojado ahora a puñados, acudieron presurosos
los pichones. Estos, menos huraños que las guineas, a las cuales temían,
y más capaces de simpatía que ellas, revolotearon al principio en torno
de la joven, luego se posaron en su cabeza, en sus hombros y en el brazo
de la cesta, acabando por arrebatarle el maíz de las manos y aun picarle
en la boca. Tales y tan tiernas demostraciones de inocentes avecicas,
por más que repetidas un día con otro, siempre la enternecían, y jamás,
sino en casos extraordinarios, consintió que las matasen fuera de su
vista. Por éste y otros actos parecidos en que se ponía de manifiesto la
influencia ejercida por Isabel sobre cuantos seres se le acercaban, no
creían menos sus esclavos sino que Dios la había dotado de una especie
de encanto o poder secreto, el cual no cabía aludir ni repeler.