Con este último y con Vargas se dignó Cecilia bailar danza, minué de

corte con Brindis, otro con Dodge; conversó amablemente con Plácido,

contestó con un saludo gracioso al que le hizo Tondá, habló de

contradanzas con Vuelta y Flores, y celebró mucho el talento músico de

Ulpiano, que dirigió la orquesta del baile.

Cualquiera mediano observador pudo advertir que, a vueltas de la

amabilidad empleada por Cecilia con todos los que se le acercaban, había

marcada diferencia entre los negros y los mulatos. Con éstos, por

ejemplo, bailó dos contradanzas, con los primeros sólo minués

ceremoniosos. Pero dio amplia rienda a su innato exclusivismo cuando se

le presentó el negro de las entradas profundas y la rogó le admitiera

como pareja para una danza o un minué. Eso sí, no llevó su negativa

hasta el no áspero y seco; le dio sus razones para no bailar con él, que

tenía comprometida la siguiente pieza, que se sentía muy cansada, etc.

El hombre no se dio por satisfecho, antes se mortificó lo que es

indecible y se alejó murmurando frases groseras y amenazantes.

No paró mucho en esto la atención Cecilia; pero cuando poco después se

paseaba con Nemesia y _seña_ Clara en torno de las mesas del ambigú y

tropezó con el negro de las entradas, que parecía en acecho reclinado en

la jamba de la puerta de uno de los cuartos laterales, tuvo miedo; y

apretando el brazo de su amiga la dijo en voz baja y apresurada:--¡Ahí

está!

--¿Quién? preguntó Nemesia volviendo el rostro.

--Mira, agregó Cecilia. Por acá. Ese.

En este momento el hombre se desprendió de la puerta y avanzó hasta

tocar con la barba en el hombro de Cecilia, a la cual sin más preliminar

le dijo:

--¿Conque no me ha creído la niña digno de ser su compañero esta noche?

--¿Qué dice Vd.? preguntó Cecilia más asustada que antes.

--Digo, continuó el negro echando una mirada siniestra a Cecilia, digo

que la niña me ha hecho un desaire.

--Si lo cree Vd. así le pido mil perdones, porque no be tenido tal

intención.

--La niña me dijo que estaba cansada y enseguida salió a bailar con

otro. No busque disculpa la niña (añadió de carrera conociendo que

Cecilia quería replicar), comprendo la razón por qué la niña me ha

desairado. La niña me ve prieto, pobremente vestido, sin amigos en esta

selecta reunión y se ha figurado que soy un cualquiera, un malcriado, un

pelagatos.

--Se equivoca Vd.

--Yo no me equivoco. Sé lo que digo, como sé quién es la niña.

--Señor, Vd. me toma por otra.

--La conozco más de lo que imagina la niña. La conozco desde que la niña

mamaba y gateaba. Conocí a su madre, conozco a su padre como a mis manos

y tengo muchos motivos para conocer a la mujer que la crió por más de un

año seguido.

--Pues yo no lo conozco a Vd., ni...

--¿Ni le importa tampoco a la niña? Lo comprendo. Debo decirle a la

niña, sin embargo, que la niña me desprecia porque se figura que como

tiene el pellejo blanco es blanca. La niña no lo es. Si a otros puede

engañar, a mí no.

--¿Me ha detenido Vd. para insultarme?

--No, señorita. Yo no estoy acostumbrado a insultar a las personas que

gastan túnico. Si como lleva túnico la niña, lleva calzones, crea que

no le hablaría así. Me molesta tanto más el orgullo que la niña gasta

conmigo...

--Bastante hemos hablado, le interrumpió Cecilia volviéndole la espalda.

--Como la niña guste, continuó él altamente irritado, mas déjeme decirle

que baje un poco el cocote, porque si su padre es blanco, su madre no es

más blanca que yo, y además, la niña es la causa de que me vea separado

de mi mujer por más de doce años.

--¿Y yo qué tengo que ver con eso?

--Debía de tener algo, pues mi mujer ha sido la verdadera madre de la

niña, como que la crió desde que nació, no pudiendo criar a la niña su

madre por estar loca...

--El loco es Vd., exclamó Cecilia en alta voz.

Nemesia y _seña_ Clara rodearon entonces a su amiga y trataron de

llevársela para la sala. Pero se detuvieron al ver a Tondá, a Uribe, al

oficial de éste y al mismo José Dolores Pimienta (bajo cuya protección

implícita estaba Cecilia), que oyeron el grito y acudieron presurosos

para averiguar lo que pasaba. El último nombrado fue el primero a

preguntarla.

--Nada. Ese moreno, dijo ella con soberano desprecio, se ha empeñado en

tener un lance conmigo... como me ve mujer.

--¡Cobarde! gritó Pimienta, convertido de repente en león el modesto

cordero.

Y se avalanzó al desconocido para castigarle; pero hurtó el cuerpo y se

puso en guardia.

José Dolores estaba desarmado y se contentó con añadir:

--¿Quién es Vd.?

--Soy quien soy, contestó el otro con impavidez.

--¿Qué busca Vd. aquí?

--Lo que me da la gana.

--Pues ahora mismo sale Vd. de la casa o lo echo a patadas.

--Quisiera verlo.

--¡A, perro! Habías de ser esclavo. ¡Afuera!

En ese punto intervinieron Tondá, Uribe y el oficial de sastre, sin cuya

presencia de seguro que se arma una riña sangrienta entre el galante

músico y el desconocido de las grandes entradas. El oficial dicho le dio

el nombre de Dionisio Gamboa, y habiéndole rodeado todos poco a poco,

fueron empujándole hasta ponerle materialmente de patitas en la calle.

Mientras se le llevaban así, volvía con frecuencia la cara y decía,

dirigiéndose a Cecilia:--Se figura que es blanca y es parda. Su madre

vive y está loca. Hablando después con Pimienta, decía:--Señor defensor

de las niñas, sangre de _chincha_, el que la debe la paga. No se ha de

quedar riendo. Ya nos veremos las caras. Al oficial de sastre, que le

repetía:--Cállate la boca, Dionisio Gamboa, vete a cocinar a casa de tu

amo, no te metas a farolero, porque pueden darte un bocabajo que te

chupes los dedos; casaca, suelta a ese hombre, le decía:--Yo no me llamo

Gamboa me llamo Jaruco. Y acuérdate que también me la debes.

Afectaron un tanto a Cecilia la conducta y sobre todo las palabras del

negro de las entradas. Daba la casualidad que cuanto dijo respecto de

sus padres, coincidía extrañamente con lo que ella misma había antes

oído y sospechado. El lenguaje misterioso que empleaba la abuela siempre

que del caballero que las favorecía se trataba, era bastante para

hacerla pensar a veces que debía de tener con ella alguna otra relación

que la de un mero galanteo, aun cuando no le pasara por la mente que

fuese su padre el padre de su amante. Este no la amaría ni la prometería

unión eterna si supiera, como debía saberlo, que ligaba a los dos tan

cercano parentesco. Por lo tocante a su madre, la abuela, mejor

autoridad que el cocinero de Gamboa, si bien no la aseguró jamás que

hubiese muerto, no la afirmó tampoco que viviese, menos aun que

estuviese loca. La mujer a quien _seña_ Josefa solía visitar en el

hospital de Paula, según lo poco que se le había escapado de los labios

en momentos de vivo pesar y honda tristeza, no era hija suya, siquiera

sobrina; tal vez pariente de pariente de una amiga íntima de la mocedad.

El cocinero Dionisio Gamboa o Jaruco estaba por fuerza equivocado,

repetía meros rumores, hablaba de memoria.

En tal virtud, y teniendo en cuenta la edad y carácter alegre de

Cecilia, no es de extrañarse que, tras pasajera preocupación, se

entregase de nuevo en brazos de los placeres que le brindaba el baile.

Sin embargo, en medio del torbellino de la danza y del incienso de

adulación con que los hombres pretendían embebecerla, la inquietaba a

veces el pensamiento del riesgo que corría el hermano de su amiga

Nemesia, por haberla defendido de los insultos de un loco o de un

asesino.

Por eso, como mujer agradecida, desde aquel punto empezó a sentir por

José Dolores una especie de simpatía que no había sentido nunca, y en

descuento de la deuda contraída no tuvo empacho en manifestarle sus

temores. Riose él de ganas al oírla, replicándole, quizás para

tranquilizarla que el Dionisio Gamboa, Jaruco o lo que fuese, era un

miserable esclavo, muy bocón para parársele delante fuera del baile,

porque dice el refrán que perro que mucho ladra no muerde. Observole

Cecilia que siendo esclavo y cobarde era más de temer, pues atacaría a

traición, no cara a cara. Replicó a esto José Dolores, que,

efectivamente, tenía que ir prevenido y con los ojos muy abiertos, no

fuera que le dieran por la espalda; pero que por lo demás ya él se había

armado con un cuchillo que le acababa de prestar un amigo, y que tenía

que ser lince el hombre que le matase del primer _viaje_.

Después del ambigú y de otra danza entre las doce y la una de la

madrugada, terminó el baile y cada cual marchó para su casa. _Seña_

Clara, de brazo con Uribe, su marido; Cecilia y Nemesia con el hermano

de ésta, en unión agradable se dirigieron a lo largo de las casuchas que

había por aquel lado de la calzada, en dirección de la puerta de la

muralla, llamada _de Tierra_ por ser la más inmediata. Al acercarse a

la primera esquina de la calle de Cienfuegos o Ancha, notó Cecilia la

sombra de un hombre que, ganándoles la delantera, torció por allí a la

derecha. Sospechó desde luego quién podría ser y trató de llamarle la

atención a su compañero, al lado opuesto, indicándole el café nombrado

de Atenas, solitario y oscuro, cerca de la estatua de Carlos III, a la

entrada del paseo. Pero el hombre no pasó de largo cual ella esperaba;

se plantó en la esquina y dijo alto:--Sinvergüenza, sangre de _chincha_,

ven para acá, si eres guapo.

Preciso era que José Dolores tuviese sangre de ese insecto para que se

desentendiese de un desafío semejante, hecho delante de la dama de sus

pensamientos. Hizo, pues, por desprenderse de sus compañeras, las

cuales, sujetándole cada una por un brazo, habrían conseguido el intento

si no acude en su ayuda Uribe diciendo a las muchachas:

--Dejen que le dé una _mojada_.

Así fue. José Dolores sacó el cuchillo, tomó el sombrero en la mano

izquierda para usarle como la capa el matador delante del toro, y siguió

los pasos del contrario sin acercarse demasiado.

Cecilia, con Nemesia y _seña_ Clara, agarradas de las manos y de Uribe,

todas temblorosas y con la ansiedad que es de imaginar, se estuvieron a

esperar cerca de la esquina el resultado de una lucha que no podía menos

de ser sangrienta. A poco más oyeron la voz argentina de José Dolores

que dijo:--Aquí; y la ronca del negro que respondió:--Aquí. Y comenzó

sin más la horrible brega.

La carencia absoluta del alumbrado público, junto con la oscuridad de

una noche sin luna, impedían ver claro los movimientos de los

combatientes, no obstante la proximidad a que estaban del grupo

espectador. Suponiendo que Dionisio tuviese el valor sereno de José

Dolores, no tenía su agilidad y mucho menos su destreza en el manejo del

cuchillo. Esto se echó de ver pronto, porque tras unos pocos esguinces y

quites con el sombrero, se oyó primero un ruido extraño, como de tela

nueva que se rasga con fuerza, y de seguidas el bronco de un cuerpo

pesado que da en tierra. Cecilia y Nemesia dieron un grito penetrante y

cerraron los ojos. ¿Quién de los dos había caído? ¡Momento de terrible

ansiedad!

Mientras el caído continuaba gimiendo sordamente, el otro pareció

acercarse a paso menudo hacia la calzada. En segundos, que no en

minutos, salió de la densa oscuridad que le rodeaba, mucho más densa

para los ojos de los que le aguardaban y que del sobresalto no podían

ver claro. Venía riente, ligero como un gamo, envainaba el cuchillo y se

ponía el sombrero hecho trizas. Era José Dolores Pimienta. Cecilia fue

la primera a recibirle, y sin saber lo que hacía, por un impulso de su

alma generosa y sensible, le echó los brazos al cuello, preguntándole

con cariño:--¿Te han herido?

--¡Ni un arañazo! contestó él, tanto más orgulloso cuanto que sentía

sobre su corazón la cabeza de la mujer a quien adoraba sin esperanza de

correspondencia. En oyéndole ella, lloró de pura alegría cual la niña

que recupera su muñeca cuando la juzgaba irrevocablemente perdida.

TERCERA PARTE

CAPÍTULO I

_Tú vistes de jazmines Al arbusto sabeo,

Y el perfume le das que en los jardines

La fiebre insana templará a Lieo._

A. BELLO

Separose Leonardo Gamboa de su familia después de almuerzo en la dehesa

o potrero de Hoyo Colorado, y en la amable compañía de Diego Meneses

tomó por entre Vereda Nueva y San Antonio de los Baños, la vuelta de

Alquízar, rumbo al sudoeste de su punto de partida.

A pocas leguas se hallaron en lo que llaman por ahí _Tierra Llana_,

planicie extensa e igual, cuyo centro por esa parte lo ocupa la

población últimamente nombrada. Su fondo es un calcáreo muy poroso y

puro, cubierto de una capa de tierra rojiza, o color de ladrillo, a

trechos bastante espesa y suelta, acusando el óxido de hierro de que

está cargada y de una fertilidad prodigiosa. Con algunas interrupciones

de nivel se dilata hacia el oeste hasta Callajabos, al pie de las

serranías de la Vuelta Abajo y hacia el este hasta los últimos límites

de Colón, siendo su latitud general estrecha.

Por supuesto, en las porciones más elevadas de dicha mesa, no se ven

fuentes naturales, ni llueve tampoco a menudo; pero es tan copioso el

rocío nocturno, que moja el suelo y refresca la vegetación. No

conociéndose en el país ningún sistema de regadío, a ese fenómeno

meteorológico hay que atribuir la lozanía con que crecen y el verde

esmeralda con que se visten las plantas en todas las estaciones del año.

En cambio, el descuaje del arbolado, el cultivo general de la mesa,

particularmente de aquella parte que iban recorriendo nuestros dos

viajeros, habían ahuyentado los pájaros de cuenta, y apenas si se veían

uno que otro grupo de judío de vuelo pesado y penetrante graznido, un

par de tímidas tojosas, una fugaz bijirita y pequeños tomeguines

escondidos en los arbustos inmediatos.

Mientras más se alejaban de Hoyo Colorado, más cafetales encontraban a

uno y otro lado del camino; como que esas eran las únicas fincas rurales

de cierta importancia en la porción occidental de la mesa, al menos

hasta el año de 1840. Hablamos ahora del famoso jardín de Cuba,

circunscrito entre las jurisdicciones de Guanajay, Güira de Melena, San

Marcos, Alquízar, Ceiba del Agua y San Antonio de los Baños. No se

fundaban entonces ahí granjas para la explotación agronómica, en el

sentido estricto de la palabra, sino verdaderos jardines para la

recreación de sus sibaritas propietarios, mientras se mantuvo alto el

precio del café.

Contra el sistema legal de mensuras observado en Cuba desde _ab initio_,

estaban divididas esas bellísimas fincas en figuras regulares,

prevaleciendo el cuadrado, y acotadas todas con setos de limoneros

enanos, con zarzas y más comúnmente con tapias de piedra seca, o cercas

primorosas y artísticamente construidas. Cubríanse éstas de enredaderas

o aguinaldos, especialmente de campanilla blanca, los cuales abrían por

Pascuas de Navidad, daban aspecto risueño a la campiña con sus níveas

flores, en contraste con el verdor fuerte del arbolado cercano, mientras

que con su exquisito y trascendental perfume embalsamaban el ambiente

por millas y millas a la redonda.

Sus ostentosas y cómodas viviendas no caían en las anchas calles o

calzadas que separaban entre sí los diferentes predios. Más bien

buscaban la reclusión y el sombrío que brindaba el interior, como que

crecía ahí más frondoso el naranjo de globos de oro, el limonero

indígena y exótico, el mango y la manga de la India, el árbol del pan,

de ancha hoja; el ciruelo de varias especies, el copudo tamarindo de

ácidas vainas, el guanábano de fruta acorazonada y dulcísima, la

gallarda palma, en fin, notable entre la gran familia vegetal por su

tronco recto, cilíndrico, liso y grueso como el fuste de una columna

dórica, y por el hermoso cerco de _pencas_ con que se corona

perennemente.

A flor del camino sí erigían la entrada, portal, mejor, arco triunfal,

bajo cuya sombra, como por las horcas caudinas, había que pasar para

coger la ancha avenida, flanqueada de palmas y naranjos, que conducía a

la apartada vivienda señorial, oculta allá en el espeso arbolado. Aún

después de haber avanzado bien adentro, no siempre descubría de lleno el

caserío, ni se llegaba a él derecho; porque a menudo ocurría dividirse

la avenida en dos ramales, describiendo dos medios círculos, uno de

entrada, otro de salida, que limitaban de un lado los cafetos o setos de

zarzas, y del opuesto los jardines de flores, desplegados a un tiempo a

la vista del sorprendido viajero. Siguiendo por cualquiera de esos

medios círculos, de seguro que se daba con la morada de los dueños y sus

dependencias inmediatas en primer término; después con la casa, por lo

general exenta, del molino, en el centro de una como plaza o batey, en

torno del cual se hallaban los tendales o secaderos de café, los

almacenes o graneros, las caballerizas, palomar, corral de gallinas y la

aldea formada por las cabañas de paja de los esclavos.

Leonardo Gamboa y su amigo, con los caballos algo sofocados, cubiertos

ya unos y otros del polvo bermejo y sutil de la tierra llana, avistaron

los linderos del cafetal _La Luz_, perteneciente a don Tomás Ilincheta,

cosa de media legua distante del pueblo de Alquízar, pasadas las cuatro

de la tarde del 22 de Diciembre de 1830. Por la derecha de los viajeros,

bajo un cielo azul y sin nubes, se ponía entonces el glorioso sol de los

trópicos, cuyos abrasadores rayos lanzaban manojos de luz a través de

las ramas de los árboles, tendiendo cada vez más larga la sombra de las

palmas sobre el campo verde, tachonado de gayadas flores, a tiempo que

encendían el átomo térreo impalpable que se cernía en el tranquilo

ambiente.

Resonaba a lo lejos con las pisadas de las caballerías el fondo poroso y

hueco de la tierra llana; de manera que, mucho antes de que los jinetes

tocaran el portal de la finca, ya se hallaba en la reja de hierro,

dispuesto para abrirla, el portero negro, que acababa de salir de una

especie de garita grande de mampostería y teja plana, hacia la

izquierda. Reconoció desde luego a aquéllos y los recibió con los

escorrozos tan propios de las gentes de su raza y condición diciendo:

--_¡Ojó! ¡ojó!_ Niño Leonardito ¿_ya sumerce vinió_? ¡Ah! ¡Ah!, y el

niño Dieguito _asina_ mismo.

--¿Cómo está la familia, congo? le preguntó Leonardo.

--_Toos güenos, grasi Dió._ Ahorita _dentraron_ las niñas con doña

Juanita. _Vinían_ del _protero_. Milagro que no se toparon con ellas los

niños. Si susmercés _jarrean_ un poco _entoavía_ las alcanzan más _pacá_

de la casa.

Y agregó luego hablando con Leonardo:--¡Ah! ¡_Qué si va a legrá_ la niña

Isabelita! ¡Y la niña Rosita! (hablando con Meneses). _¡No mi diga!_

Los dos jóvenes se sonrieron y continuaron al paso de sus caballerías

por el centro de la magnífica alameda, deseando en secreto, por extraña

coincidencia de sentimientos, que se alargase algo más el término de su

camino. Es que en los momentos de comparecer ante las damas de sus

amores, temía Leonardo que le recibiese la suya, no cual solía, como

amiga y amante tierna, sino como juez severo y duro, por sus pasadas

flaquezas y veleidades. Para decir verdad, sentía algo que se parecía

más a la vergüenza que al contento. Diego, por su parte, próximo a

realizar el deseo más vivo e íntimo de su pecho, el de volver a ver a

Rosa en su paraíso de Alquízar, después de un año de ausencia, quería

probar si retardando el momento apetecido, se calmaba un tanto el

tumulto de su sangre y podía saludarla con la compostura del respetuoso

caballero.

Pero por ahora, ni la satisfacción de este capricho les fue dado

realizarlo a nuestros amigos. Porque en desviándose de la avenida que

traían, alcanzaron a ver a las hermanas penetrando en lo más intrincado

del jardín, allí donde los rosales de Alejandría, los jazmines del Cabo

y las clavellinas, competidores de los más bellos de que se precian

Turquía y Persia, si no acertaban a envolverlas con sus ramas, sin duda

que las envolvían con sus emanaciones aromáticas.

También las jóvenes, por las pisadas de los caballos, se apercibieron de

la presencia de los viajeros, reconociéndolos, especialmente al primero

que puso pie a tierra, abandonando la montura a su albedrío, y fue

Leonardo Gamboa. Rosa, más joven y cándida que la hermana, hizo una

exclamación involuntaria de alegría; Isabel experimentó sentimiento

opuesto. Recordaba que su despedida de La Habana no fue agradable ni

cordial, y creía que antes de dar entrada en su pecho al placer con que

solía recibir a Leonardo, necesitaba cuando menos una explicación suya

satisfactoria de lo pasado.

Ni Leonardo ni Diego se hallaban en aptitud de leer claro en el

semblante de sus amigas lo que pasaba en sus espíritus cuando llegó el

momento de saludarse, según el modo frío y rígido que piden las

costumbres cubanas, esto es, sin el significativo apretón de manos. Fue

bien marcado, no obstante, el cambio que se operó en el rostro de las

dos hermanas. El de Isabel asumió aspecto serio y pálido; el de Rosa

tomó el color de la flor de su nombre; y por breve rato, ellos ni ellas

supieron qué hacerse ni qué decir. Tocó al cabo a la más avisada de las

mujeres el advertir la embarazosa posición de todos, y, para salir

pronto del paso, acudió a una de las coqueterías características de su

edad y sexo. Tenía Isabel en la mano una rosa de Alejandría, abierta

aquella misma tarde, y se la prometió a Meneses diciendo:

--¿No es ésta su flor preferida?

Asomáronsele los colores a la cara del agraciado, y se puso más colorada

que antes la de Rosa, quien, ya quisiese ocultar su propio rubor, ya

enmendar el aparente desaire hecho a Gamboa, se quitó un clavel que se

había prendido en el cabello y se lo dio balbuceando:--¿No es ésta la

flor que prefiere el amigo Leonardo?

Bastó esto poco a romper el encanto; sólo que por aquella tarde y noche

Isabel se dedicó a obsequiar y atender a Meneses, aunque no veía el

momento de conciliación con Leonardo. Entre tanto, juntos los cuatro

fueron al encuentro de doña Juana y del señor Ilincheta que venían a

saludar a los recién llegados.

Desaparecía por entonces la claridad del día, y el airecillo de la

noche, por más que viniese cargado de los perfumes de las flores y de

las emanaciones gratas que emite el campo a esa hora, empezó a dejarse

sentir. Las señoras, sobre todo, tuvieron que apelar al abrigo

acostumbrado, el pañolón de seda, echado al desgaire sobre los hombros.

Pero en los momentos de trasladarse a la sala, resonó el melancólico

tañido de la campana de la queda en los cafetales circunvecinos y en el

de _La Luz_, llamando a amos y esclavos a la oración y al recogimiento.

En oyéndolo doña Juana, sus sobrinas, los dos jóvenes y don Tomás

Ilincheta, éstos con los sombreros en la mano, y los criados del

servicio inmediato de la familia con los brazos cruzados, todos de pie,

aquella señora comenzó diciendo:--¡Ave María Purísima!; a que

contestaron los circunstantes en coro: Sin pecado concebida.--El Ángel

del Señor (prosiguió la señora) anunció a María que el Hijo de Dios

Padre encarnaría en sus entrañas, para redención del mundo. ¡Ave María!

María Santísima lo admitió diciendo: ves aquí la esclava del Señor,

hágase en mí según tu palabra ¡Ave María! El Hijo de Dios se hizo

hombre, y vivió entre nosotros. ¡Ave María!

Dadas las buenas noches, las hijas primero y tras ellas los criados,

besaron la mano de doña Juana y de don Tomás, y recibieron en

contestación el usual _Dios te haga una santa_, o _un santo_.

De seguidas una criada avisó a Isabel que el Contramayoral la esperaba

en el otro lado del pórtico. Pidió ella permiso a los huéspedes. Su

padre, hablando con éstos, explicó el motivo de su ausencia

diciendo:--Es mi Mayordoma, cajera y tenedora de libros, y cree que

primero es la obligación que la devoción. Lleva cuenta del café que se

recolecta, del que se descascara, escoge y ensaca, del que se remite a

La Habana. Cuando se vende, glosa ella las cuentas del refaccionista,

cobra y paga. Todo como un hombre. En una palabra, desde que murió mi

esposa, que santa gloria haya, mi Isabel está hecho cargo de la casa,

del cafetal y de todos mis negocios. ¡Ay! No sé qué sería de mí si

también ella me faltase.

¿Quién era el Contramayoral? Un negro como un trinquete, del color de la

pez, cari-ancho, de aspecto franco y mirada inteligente. No bien se

apareció su ama, la hizo una genuflexión para pedirla su bendición,

porque él mismo acababa de dirigir el rezo de sus treinta o más

compañeros en medio del batey, a la luz de las estrellas.

Cecilia Valdés o la Loma del Ángel · 第 24 / 44 段