corte con Brindis, otro con Dodge; conversó amablemente con Plácido,
contestó con un saludo gracioso al que le hizo Tondá, habló de
contradanzas con Vuelta y Flores, y celebró mucho el talento músico de
Ulpiano, que dirigió la orquesta del baile.
Cualquiera mediano observador pudo advertir que, a vueltas de la
amabilidad empleada por Cecilia con todos los que se le acercaban, había
marcada diferencia entre los negros y los mulatos. Con éstos, por
ejemplo, bailó dos contradanzas, con los primeros sólo minués
ceremoniosos. Pero dio amplia rienda a su innato exclusivismo cuando se
le presentó el negro de las entradas profundas y la rogó le admitiera
como pareja para una danza o un minué. Eso sí, no llevó su negativa
hasta el no áspero y seco; le dio sus razones para no bailar con él, que
tenía comprometida la siguiente pieza, que se sentía muy cansada, etc.
El hombre no se dio por satisfecho, antes se mortificó lo que es
indecible y se alejó murmurando frases groseras y amenazantes.
No paró mucho en esto la atención Cecilia; pero cuando poco después se
paseaba con Nemesia y _seña_ Clara en torno de las mesas del ambigú y
tropezó con el negro de las entradas, que parecía en acecho reclinado en
la jamba de la puerta de uno de los cuartos laterales, tuvo miedo; y
apretando el brazo de su amiga la dijo en voz baja y apresurada:--¡Ahí
está!
--¿Quién? preguntó Nemesia volviendo el rostro.
--Mira, agregó Cecilia. Por acá. Ese.
En este momento el hombre se desprendió de la puerta y avanzó hasta
tocar con la barba en el hombro de Cecilia, a la cual sin más preliminar
le dijo:
--¿Conque no me ha creído la niña digno de ser su compañero esta noche?
--¿Qué dice Vd.? preguntó Cecilia más asustada que antes.
--Digo, continuó el negro echando una mirada siniestra a Cecilia, digo
que la niña me ha hecho un desaire.
--Si lo cree Vd. así le pido mil perdones, porque no be tenido tal
intención.
--La niña me dijo que estaba cansada y enseguida salió a bailar con
otro. No busque disculpa la niña (añadió de carrera conociendo que
Cecilia quería replicar), comprendo la razón por qué la niña me ha
desairado. La niña me ve prieto, pobremente vestido, sin amigos en esta
selecta reunión y se ha figurado que soy un cualquiera, un malcriado, un
pelagatos.
--Se equivoca Vd.
--Yo no me equivoco. Sé lo que digo, como sé quién es la niña.
--Señor, Vd. me toma por otra.
--La conozco más de lo que imagina la niña. La conozco desde que la niña
mamaba y gateaba. Conocí a su madre, conozco a su padre como a mis manos
y tengo muchos motivos para conocer a la mujer que la crió por más de un
año seguido.
--Pues yo no lo conozco a Vd., ni...
--¿Ni le importa tampoco a la niña? Lo comprendo. Debo decirle a la
niña, sin embargo, que la niña me desprecia porque se figura que como
tiene el pellejo blanco es blanca. La niña no lo es. Si a otros puede
engañar, a mí no.
--¿Me ha detenido Vd. para insultarme?
--No, señorita. Yo no estoy acostumbrado a insultar a las personas que
gastan túnico. Si como lleva túnico la niña, lleva calzones, crea que
no le hablaría así. Me molesta tanto más el orgullo que la niña gasta
conmigo...
--Bastante hemos hablado, le interrumpió Cecilia volviéndole la espalda.
--Como la niña guste, continuó él altamente irritado, mas déjeme decirle
que baje un poco el cocote, porque si su padre es blanco, su madre no es
más blanca que yo, y además, la niña es la causa de que me vea separado
de mi mujer por más de doce años.
--¿Y yo qué tengo que ver con eso?
--Debía de tener algo, pues mi mujer ha sido la verdadera madre de la
niña, como que la crió desde que nació, no pudiendo criar a la niña su
madre por estar loca...
--El loco es Vd., exclamó Cecilia en alta voz.
Nemesia y _seña_ Clara rodearon entonces a su amiga y trataron de
llevársela para la sala. Pero se detuvieron al ver a Tondá, a Uribe, al
oficial de éste y al mismo José Dolores Pimienta (bajo cuya protección
implícita estaba Cecilia), que oyeron el grito y acudieron presurosos
para averiguar lo que pasaba. El último nombrado fue el primero a
preguntarla.
--Nada. Ese moreno, dijo ella con soberano desprecio, se ha empeñado en
tener un lance conmigo... como me ve mujer.
--¡Cobarde! gritó Pimienta, convertido de repente en león el modesto
cordero.
Y se avalanzó al desconocido para castigarle; pero hurtó el cuerpo y se
puso en guardia.
José Dolores estaba desarmado y se contentó con añadir:
--¿Quién es Vd.?
--Soy quien soy, contestó el otro con impavidez.
--¿Qué busca Vd. aquí?
--Lo que me da la gana.
--Pues ahora mismo sale Vd. de la casa o lo echo a patadas.
--Quisiera verlo.
--¡A, perro! Habías de ser esclavo. ¡Afuera!
En ese punto intervinieron Tondá, Uribe y el oficial de sastre, sin cuya
presencia de seguro que se arma una riña sangrienta entre el galante
músico y el desconocido de las grandes entradas. El oficial dicho le dio
el nombre de Dionisio Gamboa, y habiéndole rodeado todos poco a poco,
fueron empujándole hasta ponerle materialmente de patitas en la calle.
Mientras se le llevaban así, volvía con frecuencia la cara y decía,
dirigiéndose a Cecilia:--Se figura que es blanca y es parda. Su madre
vive y está loca. Hablando después con Pimienta, decía:--Señor defensor
de las niñas, sangre de _chincha_, el que la debe la paga. No se ha de
quedar riendo. Ya nos veremos las caras. Al oficial de sastre, que le
repetía:--Cállate la boca, Dionisio Gamboa, vete a cocinar a casa de tu
amo, no te metas a farolero, porque pueden darte un bocabajo que te
chupes los dedos; casaca, suelta a ese hombre, le decía:--Yo no me llamo
Gamboa me llamo Jaruco. Y acuérdate que también me la debes.
Afectaron un tanto a Cecilia la conducta y sobre todo las palabras del
negro de las entradas. Daba la casualidad que cuanto dijo respecto de
sus padres, coincidía extrañamente con lo que ella misma había antes
oído y sospechado. El lenguaje misterioso que empleaba la abuela siempre
que del caballero que las favorecía se trataba, era bastante para
hacerla pensar a veces que debía de tener con ella alguna otra relación
que la de un mero galanteo, aun cuando no le pasara por la mente que
fuese su padre el padre de su amante. Este no la amaría ni la prometería
unión eterna si supiera, como debía saberlo, que ligaba a los dos tan
cercano parentesco. Por lo tocante a su madre, la abuela, mejor
autoridad que el cocinero de Gamboa, si bien no la aseguró jamás que
hubiese muerto, no la afirmó tampoco que viviese, menos aun que
estuviese loca. La mujer a quien _seña_ Josefa solía visitar en el
hospital de Paula, según lo poco que se le había escapado de los labios
en momentos de vivo pesar y honda tristeza, no era hija suya, siquiera
sobrina; tal vez pariente de pariente de una amiga íntima de la mocedad.
El cocinero Dionisio Gamboa o Jaruco estaba por fuerza equivocado,
repetía meros rumores, hablaba de memoria.
En tal virtud, y teniendo en cuenta la edad y carácter alegre de
Cecilia, no es de extrañarse que, tras pasajera preocupación, se
entregase de nuevo en brazos de los placeres que le brindaba el baile.
Sin embargo, en medio del torbellino de la danza y del incienso de
adulación con que los hombres pretendían embebecerla, la inquietaba a
veces el pensamiento del riesgo que corría el hermano de su amiga
Nemesia, por haberla defendido de los insultos de un loco o de un
asesino.
Por eso, como mujer agradecida, desde aquel punto empezó a sentir por
José Dolores una especie de simpatía que no había sentido nunca, y en
descuento de la deuda contraída no tuvo empacho en manifestarle sus
temores. Riose él de ganas al oírla, replicándole, quizás para
tranquilizarla que el Dionisio Gamboa, Jaruco o lo que fuese, era un
miserable esclavo, muy bocón para parársele delante fuera del baile,
porque dice el refrán que perro que mucho ladra no muerde. Observole
Cecilia que siendo esclavo y cobarde era más de temer, pues atacaría a
traición, no cara a cara. Replicó a esto José Dolores, que,
efectivamente, tenía que ir prevenido y con los ojos muy abiertos, no
fuera que le dieran por la espalda; pero que por lo demás ya él se había
armado con un cuchillo que le acababa de prestar un amigo, y que tenía
que ser lince el hombre que le matase del primer _viaje_.
Después del ambigú y de otra danza entre las doce y la una de la
madrugada, terminó el baile y cada cual marchó para su casa. _Seña_
Clara, de brazo con Uribe, su marido; Cecilia y Nemesia con el hermano
de ésta, en unión agradable se dirigieron a lo largo de las casuchas que
había por aquel lado de la calzada, en dirección de la puerta de la
muralla, llamada _de Tierra_ por ser la más inmediata. Al acercarse a
la primera esquina de la calle de Cienfuegos o Ancha, notó Cecilia la
sombra de un hombre que, ganándoles la delantera, torció por allí a la
derecha. Sospechó desde luego quién podría ser y trató de llamarle la
atención a su compañero, al lado opuesto, indicándole el café nombrado
de Atenas, solitario y oscuro, cerca de la estatua de Carlos III, a la
entrada del paseo. Pero el hombre no pasó de largo cual ella esperaba;
se plantó en la esquina y dijo alto:--Sinvergüenza, sangre de _chincha_,
ven para acá, si eres guapo.
Preciso era que José Dolores tuviese sangre de ese insecto para que se
desentendiese de un desafío semejante, hecho delante de la dama de sus
pensamientos. Hizo, pues, por desprenderse de sus compañeras, las
cuales, sujetándole cada una por un brazo, habrían conseguido el intento
si no acude en su ayuda Uribe diciendo a las muchachas:
--Dejen que le dé una _mojada_.
Así fue. José Dolores sacó el cuchillo, tomó el sombrero en la mano
izquierda para usarle como la capa el matador delante del toro, y siguió
los pasos del contrario sin acercarse demasiado.
Cecilia, con Nemesia y _seña_ Clara, agarradas de las manos y de Uribe,
todas temblorosas y con la ansiedad que es de imaginar, se estuvieron a
esperar cerca de la esquina el resultado de una lucha que no podía menos
de ser sangrienta. A poco más oyeron la voz argentina de José Dolores
que dijo:--Aquí; y la ronca del negro que respondió:--Aquí. Y comenzó
sin más la horrible brega.
La carencia absoluta del alumbrado público, junto con la oscuridad de
una noche sin luna, impedían ver claro los movimientos de los
combatientes, no obstante la proximidad a que estaban del grupo
espectador. Suponiendo que Dionisio tuviese el valor sereno de José
Dolores, no tenía su agilidad y mucho menos su destreza en el manejo del
cuchillo. Esto se echó de ver pronto, porque tras unos pocos esguinces y
quites con el sombrero, se oyó primero un ruido extraño, como de tela
nueva que se rasga con fuerza, y de seguidas el bronco de un cuerpo
pesado que da en tierra. Cecilia y Nemesia dieron un grito penetrante y
cerraron los ojos. ¿Quién de los dos había caído? ¡Momento de terrible
ansiedad!
Mientras el caído continuaba gimiendo sordamente, el otro pareció
acercarse a paso menudo hacia la calzada. En segundos, que no en
minutos, salió de la densa oscuridad que le rodeaba, mucho más densa
para los ojos de los que le aguardaban y que del sobresalto no podían
ver claro. Venía riente, ligero como un gamo, envainaba el cuchillo y se
ponía el sombrero hecho trizas. Era José Dolores Pimienta. Cecilia fue
la primera a recibirle, y sin saber lo que hacía, por un impulso de su
alma generosa y sensible, le echó los brazos al cuello, preguntándole
con cariño:--¿Te han herido?
--¡Ni un arañazo! contestó él, tanto más orgulloso cuanto que sentía
sobre su corazón la cabeza de la mujer a quien adoraba sin esperanza de
correspondencia. En oyéndole ella, lloró de pura alegría cual la niña
que recupera su muñeca cuando la juzgaba irrevocablemente perdida.
TERCERA PARTE
CAPÍTULO I
_Tú vistes de jazmines Al arbusto sabeo,
Y el perfume le das que en los jardines
La fiebre insana templará a Lieo._
A. BELLO
Separose Leonardo Gamboa de su familia después de almuerzo en la dehesa
o potrero de Hoyo Colorado, y en la amable compañía de Diego Meneses
tomó por entre Vereda Nueva y San Antonio de los Baños, la vuelta de
Alquízar, rumbo al sudoeste de su punto de partida.
A pocas leguas se hallaron en lo que llaman por ahí _Tierra Llana_,
planicie extensa e igual, cuyo centro por esa parte lo ocupa la
población últimamente nombrada. Su fondo es un calcáreo muy poroso y
puro, cubierto de una capa de tierra rojiza, o color de ladrillo, a
trechos bastante espesa y suelta, acusando el óxido de hierro de que
está cargada y de una fertilidad prodigiosa. Con algunas interrupciones
de nivel se dilata hacia el oeste hasta Callajabos, al pie de las
serranías de la Vuelta Abajo y hacia el este hasta los últimos límites
de Colón, siendo su latitud general estrecha.
Por supuesto, en las porciones más elevadas de dicha mesa, no se ven
fuentes naturales, ni llueve tampoco a menudo; pero es tan copioso el
rocío nocturno, que moja el suelo y refresca la vegetación. No
conociéndose en el país ningún sistema de regadío, a ese fenómeno
meteorológico hay que atribuir la lozanía con que crecen y el verde
esmeralda con que se visten las plantas en todas las estaciones del año.
En cambio, el descuaje del arbolado, el cultivo general de la mesa,
particularmente de aquella parte que iban recorriendo nuestros dos
viajeros, habían ahuyentado los pájaros de cuenta, y apenas si se veían
uno que otro grupo de judío de vuelo pesado y penetrante graznido, un
par de tímidas tojosas, una fugaz bijirita y pequeños tomeguines
escondidos en los arbustos inmediatos.
Mientras más se alejaban de Hoyo Colorado, más cafetales encontraban a
uno y otro lado del camino; como que esas eran las únicas fincas rurales
de cierta importancia en la porción occidental de la mesa, al menos
hasta el año de 1840. Hablamos ahora del famoso jardín de Cuba,
circunscrito entre las jurisdicciones de Guanajay, Güira de Melena, San
Marcos, Alquízar, Ceiba del Agua y San Antonio de los Baños. No se
fundaban entonces ahí granjas para la explotación agronómica, en el
sentido estricto de la palabra, sino verdaderos jardines para la
recreación de sus sibaritas propietarios, mientras se mantuvo alto el
precio del café.
Contra el sistema legal de mensuras observado en Cuba desde _ab initio_,
estaban divididas esas bellísimas fincas en figuras regulares,
prevaleciendo el cuadrado, y acotadas todas con setos de limoneros
enanos, con zarzas y más comúnmente con tapias de piedra seca, o cercas
primorosas y artísticamente construidas. Cubríanse éstas de enredaderas
o aguinaldos, especialmente de campanilla blanca, los cuales abrían por
Pascuas de Navidad, daban aspecto risueño a la campiña con sus níveas
flores, en contraste con el verdor fuerte del arbolado cercano, mientras
que con su exquisito y trascendental perfume embalsamaban el ambiente
por millas y millas a la redonda.
Sus ostentosas y cómodas viviendas no caían en las anchas calles o
calzadas que separaban entre sí los diferentes predios. Más bien
buscaban la reclusión y el sombrío que brindaba el interior, como que
crecía ahí más frondoso el naranjo de globos de oro, el limonero
indígena y exótico, el mango y la manga de la India, el árbol del pan,
de ancha hoja; el ciruelo de varias especies, el copudo tamarindo de
ácidas vainas, el guanábano de fruta acorazonada y dulcísima, la
gallarda palma, en fin, notable entre la gran familia vegetal por su
tronco recto, cilíndrico, liso y grueso como el fuste de una columna
dórica, y por el hermoso cerco de _pencas_ con que se corona
perennemente.
A flor del camino sí erigían la entrada, portal, mejor, arco triunfal,
bajo cuya sombra, como por las horcas caudinas, había que pasar para
coger la ancha avenida, flanqueada de palmas y naranjos, que conducía a
la apartada vivienda señorial, oculta allá en el espeso arbolado. Aún
después de haber avanzado bien adentro, no siempre descubría de lleno el
caserío, ni se llegaba a él derecho; porque a menudo ocurría dividirse
la avenida en dos ramales, describiendo dos medios círculos, uno de
entrada, otro de salida, que limitaban de un lado los cafetos o setos de
zarzas, y del opuesto los jardines de flores, desplegados a un tiempo a
la vista del sorprendido viajero. Siguiendo por cualquiera de esos
medios círculos, de seguro que se daba con la morada de los dueños y sus
dependencias inmediatas en primer término; después con la casa, por lo
general exenta, del molino, en el centro de una como plaza o batey, en
torno del cual se hallaban los tendales o secaderos de café, los
almacenes o graneros, las caballerizas, palomar, corral de gallinas y la
aldea formada por las cabañas de paja de los esclavos.
Leonardo Gamboa y su amigo, con los caballos algo sofocados, cubiertos
ya unos y otros del polvo bermejo y sutil de la tierra llana, avistaron
los linderos del cafetal _La Luz_, perteneciente a don Tomás Ilincheta,
cosa de media legua distante del pueblo de Alquízar, pasadas las cuatro
de la tarde del 22 de Diciembre de 1830. Por la derecha de los viajeros,
bajo un cielo azul y sin nubes, se ponía entonces el glorioso sol de los
trópicos, cuyos abrasadores rayos lanzaban manojos de luz a través de
las ramas de los árboles, tendiendo cada vez más larga la sombra de las
palmas sobre el campo verde, tachonado de gayadas flores, a tiempo que
encendían el átomo térreo impalpable que se cernía en el tranquilo
ambiente.
Resonaba a lo lejos con las pisadas de las caballerías el fondo poroso y
hueco de la tierra llana; de manera que, mucho antes de que los jinetes
tocaran el portal de la finca, ya se hallaba en la reja de hierro,
dispuesto para abrirla, el portero negro, que acababa de salir de una
especie de garita grande de mampostería y teja plana, hacia la
izquierda. Reconoció desde luego a aquéllos y los recibió con los
escorrozos tan propios de las gentes de su raza y condición diciendo:
--_¡Ojó! ¡ojó!_ Niño Leonardito ¿_ya sumerce vinió_? ¡Ah! ¡Ah!, y el
niño Dieguito _asina_ mismo.
--¿Cómo está la familia, congo? le preguntó Leonardo.
--_Toos güenos, grasi Dió._ Ahorita _dentraron_ las niñas con doña
Juanita. _Vinían_ del _protero_. Milagro que no se toparon con ellas los
niños. Si susmercés _jarrean_ un poco _entoavía_ las alcanzan más _pacá_
de la casa.
Y agregó luego hablando con Leonardo:--¡Ah! ¡_Qué si va a legrá_ la niña
Isabelita! ¡Y la niña Rosita! (hablando con Meneses). _¡No mi diga!_
Los dos jóvenes se sonrieron y continuaron al paso de sus caballerías
por el centro de la magnífica alameda, deseando en secreto, por extraña
coincidencia de sentimientos, que se alargase algo más el término de su
camino. Es que en los momentos de comparecer ante las damas de sus
amores, temía Leonardo que le recibiese la suya, no cual solía, como
amiga y amante tierna, sino como juez severo y duro, por sus pasadas
flaquezas y veleidades. Para decir verdad, sentía algo que se parecía
más a la vergüenza que al contento. Diego, por su parte, próximo a
realizar el deseo más vivo e íntimo de su pecho, el de volver a ver a
Rosa en su paraíso de Alquízar, después de un año de ausencia, quería
probar si retardando el momento apetecido, se calmaba un tanto el
tumulto de su sangre y podía saludarla con la compostura del respetuoso
caballero.
Pero por ahora, ni la satisfacción de este capricho les fue dado
realizarlo a nuestros amigos. Porque en desviándose de la avenida que
traían, alcanzaron a ver a las hermanas penetrando en lo más intrincado
del jardín, allí donde los rosales de Alejandría, los jazmines del Cabo
y las clavellinas, competidores de los más bellos de que se precian
Turquía y Persia, si no acertaban a envolverlas con sus ramas, sin duda
que las envolvían con sus emanaciones aromáticas.
También las jóvenes, por las pisadas de los caballos, se apercibieron de
la presencia de los viajeros, reconociéndolos, especialmente al primero
que puso pie a tierra, abandonando la montura a su albedrío, y fue
Leonardo Gamboa. Rosa, más joven y cándida que la hermana, hizo una
exclamación involuntaria de alegría; Isabel experimentó sentimiento
opuesto. Recordaba que su despedida de La Habana no fue agradable ni
cordial, y creía que antes de dar entrada en su pecho al placer con que
solía recibir a Leonardo, necesitaba cuando menos una explicación suya
satisfactoria de lo pasado.
Ni Leonardo ni Diego se hallaban en aptitud de leer claro en el
semblante de sus amigas lo que pasaba en sus espíritus cuando llegó el
momento de saludarse, según el modo frío y rígido que piden las
costumbres cubanas, esto es, sin el significativo apretón de manos. Fue
bien marcado, no obstante, el cambio que se operó en el rostro de las
dos hermanas. El de Isabel asumió aspecto serio y pálido; el de Rosa
tomó el color de la flor de su nombre; y por breve rato, ellos ni ellas
supieron qué hacerse ni qué decir. Tocó al cabo a la más avisada de las
mujeres el advertir la embarazosa posición de todos, y, para salir
pronto del paso, acudió a una de las coqueterías características de su
edad y sexo. Tenía Isabel en la mano una rosa de Alejandría, abierta
aquella misma tarde, y se la prometió a Meneses diciendo:
--¿No es ésta su flor preferida?
Asomáronsele los colores a la cara del agraciado, y se puso más colorada
que antes la de Rosa, quien, ya quisiese ocultar su propio rubor, ya
enmendar el aparente desaire hecho a Gamboa, se quitó un clavel que se
había prendido en el cabello y se lo dio balbuceando:--¿No es ésta la
flor que prefiere el amigo Leonardo?
Bastó esto poco a romper el encanto; sólo que por aquella tarde y noche
Isabel se dedicó a obsequiar y atender a Meneses, aunque no veía el
momento de conciliación con Leonardo. Entre tanto, juntos los cuatro
fueron al encuentro de doña Juana y del señor Ilincheta que venían a
saludar a los recién llegados.
Desaparecía por entonces la claridad del día, y el airecillo de la
noche, por más que viniese cargado de los perfumes de las flores y de
las emanaciones gratas que emite el campo a esa hora, empezó a dejarse
sentir. Las señoras, sobre todo, tuvieron que apelar al abrigo
acostumbrado, el pañolón de seda, echado al desgaire sobre los hombros.
Pero en los momentos de trasladarse a la sala, resonó el melancólico
tañido de la campana de la queda en los cafetales circunvecinos y en el
de _La Luz_, llamando a amos y esclavos a la oración y al recogimiento.
En oyéndolo doña Juana, sus sobrinas, los dos jóvenes y don Tomás
Ilincheta, éstos con los sombreros en la mano, y los criados del
servicio inmediato de la familia con los brazos cruzados, todos de pie,
aquella señora comenzó diciendo:--¡Ave María Purísima!; a que
contestaron los circunstantes en coro: Sin pecado concebida.--El Ángel
del Señor (prosiguió la señora) anunció a María que el Hijo de Dios
Padre encarnaría en sus entrañas, para redención del mundo. ¡Ave María!
María Santísima lo admitió diciendo: ves aquí la esclava del Señor,
hágase en mí según tu palabra ¡Ave María! El Hijo de Dios se hizo
hombre, y vivió entre nosotros. ¡Ave María!
Dadas las buenas noches, las hijas primero y tras ellas los criados,
besaron la mano de doña Juana y de don Tomás, y recibieron en
contestación el usual _Dios te haga una santa_, o _un santo_.
De seguidas una criada avisó a Isabel que el Contramayoral la esperaba
en el otro lado del pórtico. Pidió ella permiso a los huéspedes. Su
padre, hablando con éstos, explicó el motivo de su ausencia
diciendo:--Es mi Mayordoma, cajera y tenedora de libros, y cree que
primero es la obligación que la devoción. Lleva cuenta del café que se
recolecta, del que se descascara, escoge y ensaca, del que se remite a
La Habana. Cuando se vende, glosa ella las cuentas del refaccionista,
cobra y paga. Todo como un hombre. En una palabra, desde que murió mi
esposa, que santa gloria haya, mi Isabel está hecho cargo de la casa,
del cafetal y de todos mis negocios. ¡Ay! No sé qué sería de mí si
también ella me faltase.
¿Quién era el Contramayoral? Un negro como un trinquete, del color de la
pez, cari-ancho, de aspecto franco y mirada inteligente. No bien se
apareció su ama, la hizo una genuflexión para pedirla su bendición,
porque él mismo acababa de dirigir el rezo de sus treinta o más
compañeros en medio del batey, a la luz de las estrellas.