El mismo silencio, igual inmutabilidad. La conversión no podía ser más

completa, pues si respiraba, no daba señales el redondo y levantado

seno, de agitación ni de perceptible movimiento.

--Tu abuela va a venir, agregó Gamboa. ¿Oyes? Se concluye la salve en

Santa Catalina; yo no quiero que me vea. ¡Adiós, pues!... ¡Ah! ¿Me dirás

el nombre de la persona que hablaba contigo cuando yo llegué?

--José Dolores Pimienta, contestó Cecilia en tono tan breve como

solemne.

Sintió Leonardo que toda la sangre se le agolpaba al rostro y que le

quemaba las mejillas; y como para mejor ocultar la impresión que le

había causado aquel nombre en boca de Cecilia, se alejó de allí a toda

prisa, a la sazón que los fieles salían del convento vecino.

Por su parte Cecilia se dejó caer en la silla y lloró amargamente.

CAPÍTULO XVI

_¡Conciencia, nunca dormida,

mudo y pertinaz testigo

que no deja sin castigo

ningún crimen en la vida!

La ley calla, el mundo olvida;

mas ¿quién sacude tu yugo?

Al Sumo Hacedor le plugo

que a solas con el pecado,

fueses tú para el culpado

delator, juez y verdugo._

NÚÑEZ DE ARCE

Llega una época en la vida de cada hombre culpable de falta grave, en

que el arrepentimiento es el tributo forzoso que se paga a la conciencia

alarmada; pero la enmienda, como sujeta a otras leyes y dependiente de

circunstancias externas, no siempre está el cumplirla en la voluntad

humana. Porque tiene eso de característico la culpa, que, cual ciertas

manchas, mientras más se lavan, más clara presentan la haz.

Bien quisiera don Cándido romper de una vez con el pasado, borrar de su

memoria hasta la huella de ciertos hechos. Pero sin saber cómo, sin

poderlo evitar, cuando más libre se creía, sentía, puede decirse así, en

sus carnes el peso de los grillos que le ataban al misterioso poste de

su primitiva culpa. Mucha parte tenían en esto los testigos y cómplices

de ella. Recordábansela sin cesar y se la ponían delante a doquiera que

tornase los ojos.

Aquí tiene el lector algunas de las razones por qué, a raíz del serio

altercado con doña Rosa, don Cándido se hizo el encontradizo con Montes

de Oca. No le riñó por las indiscreciones que había tenido con su

esposa. ¡Qué reñirle! Al contrario, nunca le apretó con más efusión la

mano. Es que le necesitaba para el arreglo de un proyecto en que venía

meditando de poco tiempo a esta parte. Quería que, como médico,

certificase que sin riesgo de la vida no era posible la traslación de la

enferma en el hospital de Paula, a la nueva casa de locos. Esto, en

primer lugar. En segundo lugar, pretendía que se prestara a servir de

conducto por medio del cual _seña_ Josefa, o en su defecto la nieta,

recibiera una pensión mensual de veinte y cinco duros y medio por tiempo

indefinido.

Estimulada la codicia de Montes de Oca con un espléndido regalo, no hubo

dificultad en que despachara la certificación, ni en que aceptara el

encargo de la mensualidad. Este era un modo, por parte de don Cándido,

de hacer del ladrón fiel; fuera de que sería quizás más riesgoso probar

la discreción de tercera persona en aquel asunto.

Así cortaba, creía Gamboa, toda directa relación futura con las tres

cómplices de su grave culpa, sin fallar a los compromisos con ellas

contraídos. Pero aún quedaba el rabo por desollar. ¿Cómo librar a

Cecilia Valdés de los lazos que la tendía su hijo Leonardo? Ellos se

amaban con delirio, se veían a menudo, no bastaban a separarlos los

regaños a ella de la abuela, ni las amenazas a él, por medio de doña

Rosa, de don Cándido. No había, pues, más remedio que embarcar al galán

y echarlo del país, o que secuestrar a la dama y ponerla donde no se

viese ni se comunicase con él. Lo primero no había que pensarlo

siquiera: doña Rosa se opondría con todas sus fuerzas. Lo segundo, era

riesgoso en alto grado y estaba I rodeado de dificultades casi

insuperables. Tales eran los pensamientos que más preocupaban el ánimo

de don Cándido y le hacían sufrir las torturas del infierno por la época

que vamos historiando.

Ahora bien: ¿convenía proceder desde luego al secuestro de la muchacha?

Convenía, mas no era de urgente necesidad en aquel momento, por dos

razones principales, a saber: porque vivía la abuela, aunque achacosa y

decadente; y porque dentro de dos semanas marcharía la familia a pasar

las Pascuas en el ingenio de _La Tinaja_, y se había acordado que

Leonardo fuese de la partida.

Efectivamente: una semana antes despachose al Mariel la goleta

_Vencedora_: su patrón Francisco Sierra con las vituallas, conservas y

vinos que no se encontraban por amor ni por dinero en aquellas partes, y

con los criados del servicio particular de la familia de Gamboa, entre

ellos Tirso y Dolores. También debían ser de la partida la señorita

Ilincheta con su tía doña Juana; para lo cual Leonardo y Diego Meneses

les darían escolta desde Alquízar.

El motivo de la próxima reunión de las dos familias en el ingenio de _La

Tinaja_, tenía por objeto presenciar el estreno de una máquina de vapor

para auxilio de la molienda de la caña miel, en vez de la potencia de

sangre con que hasta allí se venía operando el primitivo pesado

trapiche.

No quiso partir Leonardo sin tener una entrevista con Cecilia. Obtúvola

fácilmente, así porque ambos la deseaban como porque a la fecha parecía

que _seña_ Josefa había perdido todo dominio sobre la nieta. Pero de

nada valieron ruegos, halagos, promesas de mayor ventura ni amenazas de

rompimiento. Cecilia cerró los oídos a todo eso y se mantuvo firme, cual

una roca, en negar su consentimiento a la partida del amante para el

campo. El corazón leal la anunciaba que él corría a reunirse con su

temible rival; lo que equivalía a perderle para siempre. Otro, que el

atolondrado joven habría parado mientes en la actitud y firmeza de la

muchacha, y le habría concedido admiración ya que no simpatía. Mas él,

ligero de cascos y soberbio, principió por creer que vencería su

resistencia y acabó por darse por ofendido y retirarse despechado.

Esta vez no lloró Cecilia. Con el corazón partido de dolor, en silencio

vio alejarse a Leonardo. No abrió los labios para llamarle ni consintió

que sus lágrimas, aun ido él, viniesen a revelar la angustia de su alma,

dando así, a sus propios ojos, muestra indigna de flaqueza. Antes que

rendirse al rigor de la suelte, creyó la soberbia muchacha que debía

armarse de valor a fin de tomar señalada venganza de su ingrato amante.

Dicho y hecho, apenas se alejó de su lado, se vistió ella a la carrera,

dio un beso a la abuela, que, como solía, se hallaba hundida en el fondo

de enana butaca de Campeche y salió a la calle. Mas yendo en la

dirección de la casa de Nemesia, en el callejón de la Bomba, se encontró

en la esquina con Cantalapiedra, a quien no veía desde la noche del 24

de Setiembre. No le valió inclinar la cabeza, ni estrechar en torno del

rostro los pliegues de la manta de burato. El Comisario la reconoció al

punto, y, quiera que no, la detuvo en medio de la calle diciéndola:

--Alto a la justicia. Date o te va la vida.

--Con su licencia, replicó Cecilia seria, en ademán de seguir camino.

--Date presa, digo, o de lo contrario haré uso de la autoridad que me

concede la ley. Respeta estas borlas (enseñándole las del bastón que

llevaba bajo el brazo izquierdo) o le ordeno a Bonora (su esbirro, el de

las grandes patillas, que se mantenía a respetable distancia) que

proceda a prenderte.

--Como no he cometido ningún delito, contestó Cecilia muy tranquila, es

inútil que me enseñe las borlas y me amenace con su teniente. Déjeme

pasar, que no estoy para bromas.

--Sin ver antes esa carita fuera de la manta, no esperes que te deje dar

un paso más.

--¿Tengo acaso monos pintados en la cara?

--¡Muchachita! Juégate conmigo y todavía te dan las doce sin campana.

--Yo no me juego, no estoy para juegos. Déjeme ir.

--¿A dónde vas?

--A una parte.

--¿Es cosa de cita?

--Yo no tengo citas con nadie, ni dejaría mi casa por ver al rey de los

hombres.

--Quien te oye, segurito que se traga que hablas de veras.

--¿Sabe Vd., que yo haya hablado de mentira sobre estas cosas?

--Bien, veremos si eso que dices es verdad.

--¿De qué manera?

--Fácilmente, siguiéndote las aguas.

--¿Está Vd. loco, Capitán?

--No, sino muy cuerdo. Soy el Comisario del barrio y ¿qué se diría de mí

si por descuido dejaba que una muchacha tan linda como tú daba un mal

paso y luego andábamos de tribunales y pleitos?

--No me doy por ofendida de sus palabras, porque sé que Vd. es muy

_jaranero_.

--Es que no jaraneo ahora. No deseo ofenderte ni en el negro de una uña;

pero, repito, que ni como Comisario, ni como hombre, debo consentir que

andes a estas horas por las calles sin galán que te guíe y te defienda.

--No me sucederá nada. Esté Vd. seguro. Voy aquí cerquita.

--Está bien, quiero creerte. Ve con Dios y la Virgen. ¿Mas no me dejarás

verte la carita?

--¿No la está Vd. viendo?

--Así no me gusta verla. Echa hacia atrás los malditos pliegues de esa

manta.

Hizo Cecilia lo que la dijeron, quizás para verse libre de aquel

impertinente, descubriendo casi todo el busto con sólo dejar caer la

manta sobre los hombros. En ese tiempo Cantalapiedra atizó el cigarro

puro que fumaba, y produjo mayor claridad de la que reinaba en torno,

puesto que no había faroles por allí, y las estrellas no alumbraban

bastante.

--¡Ah! exclamó el Comisario lleno de entusiasmo. ¿Habrá quien no se

muera de amor por ti? ¡Maldito de Dios y de los hombres el que no te

adore de rodillas como a los santos del cielo!

Ante el cómico ademán y las exageradas expresiones del Comisario, no

pudo menos de sonreírse Cecilia, la cual después continuó derecho a casa

de Nemesia, sin cuidarse de averiguar si aquél seguía o no sus pasos.

Conociendo ella bien las entradas y salidas, no tocó en ninguna puerta,

sino que pasó de la calle al cuarto de su amiga, a quien sorprendió muy

afanada cosiendo una pieza de sastrería, delante de una mesita de pino,

a la luz dudosa de una vela de sebo de Flandes en un candelero de hoja

de lata.

--¡Qué atareada que está una mujer! dijo entrando.

--¡Hola! exclamó Nemesia soltando la costura y yendo al encuentro de

Cecilia con los brazos abiertos. ¡Tanto bueno por acá! ¿Quién se querrá

morir? Es preciso hacer una raya en el agua.

--¿Estás sola? preguntó Cecilia antes de sentarse en el columpio de

madera que le presentó la amiga.

--Solita en alma, aunque José Dolores no tardará mucho.

--No quisiera que me encontrase aquí.

--¿Por qué, china?

--Porque los hombres luego se figuran que una los busca.

--Mi hermano no es de esos, chinita. El te ama, te adora, te idolatra,

se le conoce, suspira siempre por ti; pero es tan vergonzoso que no se

atrevería a decirte negros ojos tienes, cuanto más a figurarse que

vienes por él.

--¡Ay, Nene! continuó Cecilia desentendiéndose de las manifestaciones de

su amiga. La otra tarde me encontró Leonardo hablando con José Dolores

por la ventana de casa. En mala hora. Me ha costado una tragedia con él.

--¡No me digas! repuso Nemesia sin poder ocultar del todo su contento.

Pero ya habrán hecho las paces. ¿No?

--¡Ojalá! exclamó Cecilia suspirando. Se puso _bravo_ y se ha ido

peleado conmigo. ¿Quién sabe cuándo nos Núñez de Arce? Tal vez... nunca

más. Él es muy perro y yo poco menos.

En diciendo estas palabras, callose por breve rato. Se le había

atravesado la voz en la garganta, y en sus bellos ojos aparecieron

gruesas lágrimas.

--¡Cómo! dijo Nemesia sorprendida. ¿De veras tú lloras? ¿No te da

vergüenza?

--Sí, lloro, repuso Cecilia con visible sentimiento. Lloro, no de dolor,

lloro de rabia conmigo misma, porque conozco que he sido una tonta.

--¡Anjá! Me alegro oírte. Ya te lo había dicho yo muchas veces, no debe

fiarse una de ningún hombre.

--No lo digo por eso, Nene. ¿Llamas tú fiarme de un hombre el amarlo

mucho? Puede ser; y yo te digo, ¿acaso está en tu mano amar o no amar?

¿Conoces algún remedio contra el amor y los celos? Lo mejor sería,

china, no tener corazón. Así no sentiríamos cariño por nadie.

--Luego, parece que tú te das por engañada.

--Tal como engañada no. ¡Dios me libre! Leonardo no me ha dejado por

otra ni creo que me deje. Si lo sospechase siquiera no estaría

diciéndotelo desde esta silla.

--¿Y qué más quieres, mujer? Mucho temo que ese peje no vuelva a picar

en tu anzuelo.

--¿Qué sabes tú? preguntó Cecilia asustada.

--Nada, nada, repitió Nemesia. Mas no puedo olvidar el dicho de _seña_

Clara, la mujer de Uribe: cada uno con su cada uno.

--No entiendo.

--Más claro no puede ser. ¿_Seña_ Clara no tiene más experiencia que

nosotras? Desde luego. Es mayor de edad y ha visto doble mundo que tú y

que yo. Pues si a menudo repite ese dicho, razón buena ha de tener.

Aquí, inter nos, _naiden_ me lo ha contado, pero yo sé que a _seña_

Clara siempre le gustaron más los blancos que los pardos, y bien durita

ya se casó con _señó_ Uribe. Por supuesto, llevó más quemadas y

desengaños que pelos tiene en la cabeza, y por eso ahora se consuela

repitiendo a las muchachas como tú y como yo: cada uno con su cada uno.

¿Entiendes?

--Sí, bastante, sólo que no veo cómo me venga el refrán.

--Te viene pintiparado, chinita; te coge por derecho. ¿Tú no prefieres

los blancos a los pardos, como seña Clara?

--No lo niego, mucho que sí me gustan más los blancos que los pardos. Se

me caería la cara de vergüenza si me casara y tuviera un hijo

_saltoatrás_.

--Desengáñate, mujer: bonitura, amor, cariño, constancia, nada sujeta a

los blancos. Después, Leonardo no se va a casar tampoco contigo por la

iglesia.

--¿Por qué no? replicó Cecilia con vehemencia. El me lo ha prometido y

cumplirá su palabra. De otro modo yo no lo querría como lo quiero.

--¡Ay! Me da mucha pena oírte hablar así, mas no quisiera quitarte la

ilusión. Sólo te digo que abras los ojos, no sea que mal haya venga muy

tarde. No te fíes, no te fíes, y ten siempre presente que la hormiga por

meterse a volar se quemó las alas.

--El que por su gusto muere, hasta la muerte le sabe.

--Lo comprendo, mas si una muriese de repente, sin dolor, ni trabajos,

pase, sea todo por Dios. El caso es, china, que antes de morir se sufre

mucho. Ven acá, ¿duele tanto cuando un hombre blanco nos deja por una

mujer de color, como cuando nos deja por una blanca? ¿A que no? Eso sí

que duele. Y _me se_ figura que a ti te está pasando eso ahora. Conque

no hables, ni digas de esta agua no beberé.

Disponíase Cecilia a negar la exactitud del símil cuando apareció por la

puerta del patio José Dolores Pimienta, y si ella no pudo o no supo

decir lo que pensaba, él se quedó mudo y estático en el quicio del

cuarto. No esperaba semejante compañía, mucho menos a aquella hora de la

noche. Repuesto luego de su sorpresa, la manifestó en breves y escogidas

frases cuánto se alegraba de verla. Cecilia dijo que había venido

solamente a darle una caradita a Nemesia, y se puso en pie para

marcharse.

--Tengo una buena noticia que darles, dijo el músico. El baile de

etiqueta de la gente de color se ha convenido en darlo la víspera de la

Noche buena, en la casa de Soto, esquina a Jesús María. Por supuesto, la

señorita está convidada en primera línea, y se espera que vaya Nemesia y

_seña_ Clara, y Mercedita Ayala, y todas las amigas.

Será un baile de ringorrango. Hará raya, yo se lo digo a la señorita.

--Lo más fácil es que yo no pueda asistir, dijo Cecilia. Chepilla no

está buena y temo dejarla sola.

--Pues si falta la señorita, cuente que no habrá luz para alumbrar el

baile.

--No sabía que Vd. era tan lisonjero, dijo Cecilia sonriendo y

moviéndose hacia la puerta.

--No debe la señorita ir sola, dijo José Dolores.

--Nadie me comerá, pierda Vd. cuidado. No se moleste. ¡Adiós!

No obstante su negativa, el músico y su hermana acompañaron a Cecilia

hasta la puerta de la casa en que vivía.

CAPÍTULO XVII

_Y al punto que el triunfo creyera posible_

_De lúcido acero se vio traspasar._

J. L. LUACES

Dijo José Dolores Pimienta que el baile de la gente de color se

celebraría en la casa de Soto. Ocupa la esquina occidental de la calle

de Jesús María, en su encuentro con la calzada del Monte, opuesta al

Campo de Marte.

Precede al zaguán o entrada un ancho portal con barandilla de madera.

Desde éste, por las alterosas ventanas, enteramente abiertas, pudo el

público, sin derecho a entrar, presenciar a su sabor la fiesta. En el

cuadrado patio, que se cubrió con un toldo, se pusieron las mesas del

ambigú; en el comedor tocaba la orquesta; en la amplísima sala se

bailaba y en los cuartos se reposaba y tenían las conversaciones íntimas

de los amigos o los amantes.

Los adornos de la sala se reducían a unas colgaduras de damasco rojo, el

color nacional, recogidas con cintas azules en pabellones, a la altura

de los dinteles de las puertas y ventanas. El alumbrado lo

proporcionaban bujías de pura esperma, ardiendo en grandes arañas de

cristal, con profusión de prismas de lo mismo que reflejaban la luz, la

multiplicaban y descomponían en todos los colores del iris.

Con la frase _baile de etiqueta o de corte_, se quiso dar a entender uno

muy ceremonioso, de alto tono, y tal, que ya no celebraban los blancos,

ni por las piezas bailables, ni por el traje singular de los hombres y

de las mujeres. Porque el de éstas debía consistir y consistió en falda

de raso blanco, banda azul atravesada por el pecho y pluma de marabú en

la cabeza. El de los hombres, en frac de paño negro, chaleco de piqué y

corbata de hilo blanco, calzón corto de Nankín, media de seda color de

carne y zapato bajo con hebilla de plata; todo según la moda de Carlos

III, cuya estatua, hecha por Canova,[43] se hallaba al extremo del

Prado, donde hoy se ostenta la fuente de la India o de La Habana.

Para entrar y tomar parte en la fiesta no bastaba el traje especial de

los hombres; era preciso venir provisto de papeleta, la que debía

presentarse en el zaguán a la comisión allí constituida para recibirla y

aposentar a las mujeres. Observose esta medida estrictamente al

principio; pero tan luego como llegó la hora de bailar, Brindis y

Pimienta, principales aposentadores, delegaron el encargo en sujetos

menos escrupulosos y rectos. A semejante descuido se debió el que, tarde

de la noche, penetrasen algunos individuos que, si bien en traje de

ceremonia, no presentaron papeleta ni eran artesanos tampoco.

De este número fue un negro de talla mediana, algo grueso, de cara

redonda y llena, con grandes entradas en ambos lados de la frente, que

por poco que pasase él de los cuarenta años de edad, terminarían en una

calva completa. Aunque se vestía como se había dispuesto, el frac le

venía algo estrecho, el chaleco se le quedaba bastante corto, las medias

estaban descoloridas por viejas, carecían de hebillas sus zapatos, no

tenía vuelos la camisa y el cuello le subía demasiado hasta cubrirle

casi las orejas, tal vez por ser él de pescuezo corto y morrudo.

Sea por estas faltas, o sobras, de que no estamos bien enterados, el

negro de las entradas se hizo el blanco de las miradas de todos desde

que puso el pie en el baile. Advirtiolo él, que no era ningún tonto, y

naturalmente andaba al principio como azorado, esquivando la sala, donde

la luz era más profusa y brillante; pero hacia las once de la noche hizo

por incorporarse en los corrillos que se formaban en torno de las

muchachas bonitas, hasta que se atrevió a invitar a una y bailar un

minué de corte, con tanto compás y donaire que llamó por ello la

atención general. Dos o tres veces se acercó al grupo que galanteaba o

adoraba en Cecilia Valdés a la más hermosa de las mujeres de aquella

reunión heterogénea; la contempló de reojo largo rato y luego se alejó

con visibles muestras de despecho.

En uno de estos momentos, un oficial de la sastrería de Uribe que le

observaba de cerca, le siguió fuera de la sala, le puso la mano en el

hombro con alguna familiaridad y le dijo:

--¡Oiga! ¿Estás aquí?

--¿Qué, qué se ofrece? contestó él volviéndose y estremeciéndose de pies

a cabeza.

--¿Qué haces por estos barrios, chiquete? le preguntó el oficial con

mayor familiaridad.

--Sírvase decirme, señor mío, replicó el de las entradas, enfadado:

¿cuándo y dónde le he echado maloja?

--¡Hombre! repuso el oficial bastante mortificado, esas son palabras

mayores.

--Mayores o menores, son las que uso con los importunos como Vd.

--No te vengas haciendo el misterioso y el señorón, que yo sé quién eres

tú y tú sabes quién soy yo. Apéate, compadre, del tablado. _Te se_

puede desvanecer la cabeza, y si te caes, das en el fogón de la cocina.

--Vamos, ¿y qué quiere Vd. conmigo ahora?

--Nada, no quiero nadita de este mundo. Reparé sólo que le hiciste el

feo a la niña más linda del baile y esto picó mi curiosidad.

--¿Le va o le viene a Vd. algo en este ajiaco?

--Bastante, más de lo que tú te figuras.

--Y Vd. se propone defender a esa niña, ¿no?

--Creo que tú no las has injuriado. Las mujeres no son la cara del rey

para agradar a todos. En gustar o disgustar no hay ofensa.

--Bien, entonces déjeme Vd. el alma quieta.

--Eres un mal agradecido, le dijo el oficial, serio. No tienes tú la

culpa, sino yo que me ocupo de un individuo inferior a mí, cocinero y...

esclavo. Llenose de ira el negro con esto y levantó la mano para pegarle

una bofetada a su contrincante; pero, por razones que él se sabía, no

descargó el golpe. Había penetrado en aquella casa sin papeleta, no

conocía a nadie, era un intruso y todo escándalo que se armase debía

redundar en su daño. Contentóse, pues, con amenazarle y decirle que

arreglaría cuentas luego que terminase el baile; volviéndole la espalda

con desprecio. Semejante salida excitó a lo sumo la risa del oficial de

sastre, y dijo por burla:

--Casaca, suelta a ese hombre.

De seguidas buscó a su amigo José Dolores Pimienta, le contó la

ocurrencia con el negro de las grandes entradas rieron los dos de la

ocurrencia y no se ocuparon más del asunto.

Desde temprano el baile estaba lleno, de bote en bote, según reza la

frase familiar. El golpe de gente de todos colores, sexos y condiciones

que se apiñaba ante ambas ventanas del ancho portal, presentaba aspecto

tan animado, como interesante y tumultuoso. En el gran salón no se cabía

ni de pie, al menos mientras no se bailaba; los hombres se codeaban unos

con otros, y ocultaban casi del todo a las mujeres sentadas alrededor.

Cecilia, con Nemesia y _seña_ Clara, la mujer de Uribe, ocupaba un

asiento de frente para la calle, en el lienzo de pared medianero entre

la puerta del comedor y la del aposento, y siempre que lo permitían los

grupos de hombres que acudían a saludarla, podían oírse las

exclamaciones de admiración que su peregrina belleza excitaba en las

personas del portal.

A veces, tras las ponderaciones de las gracias de la muchacha, podían

oírse voces de compasión, pues tomándola por una joven de pura sangre,

era natural que les chocase de verla allí y que creyesen de bajos

sentimientos a quien consentía en rozarse tan de cerca con la gente de

color. Cecilia, entretanto, saboreaba a sus anchas el triunfo mayor que

jamás alcanzó mujer alguna en la flor de su juventud y de su belleza.

Uno tras otro, cuantos hombres de cierto viso llenaban el baile aquella

noche, conociéndola o no, vinieron a saludarla y rendirla homenaje, cual

saben rendirlo los negros criollos de Cuba que han recibido alguna

educación y se precian de finos y atentos con las damas. Entre éstos

podemos citar a Brindis, músico, elegante y bien criado; a Tondá

protegido del Capitán General Vives, negro joven, inteligente y bravo

como un león; a Vargas y a Dodge, ambos de Matanzas, barbero el uno,

carpintero el otro, que fueron comprendidos en la supuesta conspiración

de la gente de color en 1844 y fusilados en el paseo de Versalles de la

misma ciudad; a José de la Concepción Valdés, alias _Plácido_, el poeta

de más estro que ha visto Cuba, y que tuvo la misma desastrada suerte de

los dos precedentes; a Tomás Vuelta y Flores, insigne violinista y

compositor de notables contradanzas, el cual en dicho año pereció en la

Escalera, tormento a que le sometieron sus jueces para arrancarle la

confesión de complicidad en un delito cuya existencia jamás se ha

probado lo suficiente; al propio Francisco de Paula Uribe, sastre

habilísimo, que por no correr la suerte del anterior, se quitó la vida

con una navaja de barbear en los momentos que le encerraban en uno de

los calabozos de la ciudadela de la Cabaña; a Juan Francisco Manzano,

tierno poeta que acababa de recibir la libertad, gracias a la

filantropía de algunos literatos habaneros; a José Dolores Pimienta,

sastre y diestro tocador de clarinete, tan agraciado de rostro como

modesto y atildado en su persona.

Cecilia Valdés o la Loma del Ángel · 第 23 / 44 段