De este golpe no se repuso más. Tras el llanto y otras demostracciones

de dolor, acudió con doble ahinco que antes, al rezo, a la oración, a la

confesión y comunión casi diarias, a la penitencia continua, recayendo

al cabo en aquel estado de indiferencia y apatía mental y corporal para

los negocios del mundo, que tanto se asemeja a la fatuidad o a la

demencia. No parece sino que de repente se le había apagado el fuego

misterioso que desde los primeros años de su existencia venía

comunicando calor a su sangre, actividad a su espíritu. Porque dejó de

ser comunicativa, se encerró en sí misma, descuidó a la nieta, se ocupó

solamente de los actos de devoción que eran en ella una segunda

naturaleza, un movimiento automático, se echó a dormir, en una palabra,

desde entonces, el sueño de la vida.

Tal y tan repentino cambio no pudo menos de llamar la atención de

Cecilia, quien, si al principio se aprovechó de él para satisfacer sus

pasiones y caprichos, sintió luego mayor compasión y ternura por su

abuela. Conociendo que sin enfermedad aparente, el día menos pensado

caería muerta, empezó a asustarse y ocuparse más de su propio porvenir.

En breve se quedaría sola en el mundo, destituida de parientes, de

amigos respetables, de amparo, y redobló sus cuidados con la abuela, fue

con ella más amable y servicial de lo que jamás había sido en su vida.

Pero sus caricias, sus palabras amorosas, sus asiduos oficios de hija

sumisa y tierna no obtenían correspondencia digna de este nombre, no

excitaban a veces más que una sonrisa fría y... pavorosa para la

inexperta joven, que creía ver en eso un signo de anticipada

decrepitud, si no de demencia. Ni era que la anciana había perdido ya la

facultad de sentir, porque más de una vez la sorprendió la nieta con las

mejillas húmedas de las lágrimas. Si éste fue el estado de _seña_ Josefa

inmediatamente después de su última entrevista con Montes de Oca, mal

pudo ella acercarse a don Cándido para hablarle de un asunto casi

borrado de su memoria.

No era por cierto mucho más llevadera la situación de este caballero.

Seguía guardando con él su esposa desusada reserva, tal que rayaba en

despego; al paso que, como por pique, hacía con su hijo Leonardo dobles

extremos de cariño y de ternura. Cada vez que salía a la calle, le

acompañaba hasta el zaguán y allí le despedía con besos y abrazos

repetidos. Si volvía tarde de la noche, cosa frecuente, le esperaba

anhelosa a la reja de la ventana cual se espera a un amante, y lejos de

reñirle cuando llegaba, le besaba y abrazaba de nuevo, como si hubiese

durado largo tiempo su ausencia, o corrido un grave peligro fuera de

casa. Todo le parecía poco a dicha señora para el hijo mimado. Ocioso es

añadir que se anticipaba a sus gustos, que le adivinaba los pensamientos

y que acudía a satisfacérselos, no como madre, sino como enamorada, con

apresuramiento y afán de pródiga, sin pérdida de tiempo y costara lo que

costase. Si al volver de una de sus correrías insinuaba siquiera que se

sentía cansado o doliente, ¡santo Dios! ponía ella la casa toda en

movimiento, haciendo que las hermanas, los criados, el Mayordomo, todos,

no se ocupasen de otra cosa que del alivio y bienestar del enfermo.

Así tuviese don Cándido la calma del buey o la paciencia de Job, por

fuerza que habían de cargarle estas cosas; más, hacerle hervir la

sangre, no tanto porque la madre contribuía con sus halagos

intempestivos a la perversión del hijo, cuanto porque así tiraba a

mortificar al padre. Tan hostigado se vio, que la dijo un día:

--Si de propósito te pusieras, Rosa, a perder al muchacho, me parece que

no lo harías mejor.

--No eres tú quien puede hacerme el cargo, contestó ella con mucho

énfasis.

--No obstante, te lo hago.

--Lo veo, y lo atribuyo a que los hombres pierden a veces el... pudor.

--Dura es la palabra, mas la paso en obsequio de la paz.

--No la pases, si te parece. Lo mismo da.

--Es que se me figura que olvidas que yo estoy tan interesado en este

asunto como tú.

--¡Tú interesado! ¡Tú interesado como yo en la buena o mala conducta del

niño! Graciosa salida por cierto. Lo dudo, no lo creo, lo niego.

--En vano es negarlo, señora; no sería su padre si otra cosa dijese.

--Pues bien, yo que soy su madre, que le di el ser, que le crié en mis

brazos, digo a Vd. que puede excusarse el trabajo de velar por la suerte

del niño. El no tiene necesidad de los cuidados de padre, le bastan los

de su madre.

--Eso no quita que yo mire con inquietud cómo la madre a posta echa a

perder cada vez más al mozo.

--No creo que le importe mucho al padre que se pierda o se salve.

--Me importa más de lo que Vd. se figura, señora mía. Si no llevase mi

nombre...

--¡Lindo nombre en verdad, donoso!

--Tan bueno es como el de otro cualquiera. Para mí vale mucho.

--Creería que eso era así si no hubiese visto que Vd. mismo le ha

arrastrado por el suelo. Lindo nombre, digo. Esté Vd. seguro que si lo

que he sabido ahora lo hubiese sabido hace veinticuatro años, mi hijo no

llevaría el nombre que lleva. Pero yo tengo la culpa. No me sucedería

esto si me hubiera llevado por los consejos de mi madre, que santa

gloria haya.

--¿Y qué os aconsejó vuestra buena madre? ¿Se puede saber?

--No tengo embarazo en decirlo, pues me dijo: hija, no te cases con

hombre de opuesta religión o naturaleza a la tuya.

--Lo que tanto vale como decir, me parece, agregó don Cándido bastante

mortificado, que a Vd. la pesa ya haberse casado conmigo. ¿Hubiera Vd.

preferido a un criollo jugador y botarate? Por supuesto.

Tal vez, repuso doña Rosa con mayor suavidad de tono mientras más

punzantes eran sus palabras. Pero jugador o no, es probable que el

criollo, el paisano mío, se hubiera portado conmigo con más lealtad y

decencia. De seguro que el criollo no me hubiera engañado por el espacio

de doce o trece años...

--¡Acabáramos! exclamó Gamboa respirando con más libertad. Protesto

contra la acusación. Yo no la he engañado nunca.

--¿Y tiene Vd. valor de negarlo? ¿Quién sino Vd. me aseguró una y otra

vez que María de Regla criaba a la hija bastarda de un amigo de Montes

de Oca? ¿Quién inventó lo del alquiler de la negra? ¿Quién pagó las dos

onzas de oro del supuesto inquilinato mientras duró la crianza de la

chiquilla? No, no fue Vd. Fue otro, fue el amigo reservado de Montes de

Oca. El dinero, sí, es verdad, no salió del bolsillo de Vd., salió del

mío; por mejor decir, me lo quitó Vd., con una mano para devolvérmele

con la otra.

--Ladrón, ladronazo; ni más claro ni más turbio, dijo don Cándido

tratando de echar la cosa a broma.

--Lo ha dicho Vd. Y de que es exacta la calificación, se prueba con el

hecho notorio de haber sido mi caudal mucho mayor y más saneado que el

de Vd. cuando nos casamos.

--No tiene Vd., necesidad de recordármelo.

--¡Cómo que no! estalló doña Rosa con entereza. Aún tengo que recordarle

otras cosas. Pues debo decirle que en caso igual mi marido el criollo

quizás juega su dinero y el mío, pero de seguro que no hubiera gastado

un peso en amoríos con mulatas. De seguro que no habría ido a Montes de

Oca para que le sacara la manceba del hospital de Paula y se la curase

en el campo. De seguro que no se desatinaría por una mozuela cuyo padre

verdadero sabe Dios quién es.

--¿Conque todo eso me tenía reservado la señora doña Rosa Sandoval y

Rojas?

--He aquí como me explico, continuó ésta sin hacer cuenta de la salida

burlona de su marido, el odio, sí, el odio, ni más ni menos, que Vd.

siempre le ha profesado a mi hijo. He aquí el verdadero motivo del

empeño de Vd., en separarlo de mi lado y mandarlo a comer cebollas y

garbanzos en España. Temía Vd. que descubriese lo que su madre acaba de

descubrir por una rara casualidad. Temía que le despreciase y tuviese a

menos el llevar el nombre de Vd., al ver con sus ojos los cenagales por

donde Vd., ha venido arrastrándolo. Temía que se avergonzase e indignara

de que su padre, no un criollo jugador y botarate, sino todo un hidalgo

español, se la pegaba a su madre con una mulata sucia, que purga sus

penas y pecados en un hospital de caridad.

--Espero que Vd. acabe para...

--¿Que yo acabe espera Vd.? le interrumpió doña Rosa sonriendo

desdeñosamente. No tengo cuando acabar. ¿Para qué tampoco había de

acabar? ¿Ni qué puede decir Vd., si yo lo oyera, en atenuación de su

mala conducta con la más leal y consecuente de las esposas? ¿Podría, se

atrevería Vd., a negar los hechos que le acusan?

--Negarlos a bulto no, explicarlos sí, y de manera que Vd. misma se

convenciese que no soy el malvado que su imaginación la pinta.

--No quiero oír más explicaciones. Sobrado tiempo me ha tenido Vd.,

engañada con sus cuentos y enredos.

--Veo, pues, que Vd., lo que se propone es desfogar su cólera, no dar

oídos a la razón y a la justicia.

--Lo que yo me propongo, señor don Cándido Gamboa y Ruiz, dijo su mujer

alzando la voz y con ademán solemne, es que Vd. no continúe derrochando

mi dinero ni el de mis hijos en _querindangos_ y en la familia de la

querida. Sobre esto y sobre lo de maltratar a mi hijo para que le pague

sus desengaños en amor, mi resolución está tomada: o Vd., se enmienda o

yo me divorcio.

Con lo dicho don Cándido se retiró a su escritorio callado y serio. Y su

retirada la saludó doña Rosa con sinceros aplausos desde el fondo de su

pecho. Porque es bueno que se sepa, que mientras duró el vivo diálogo

que acaba de leerse, estuvo ella haciendo un grande esfuerzo sobre sí

misma, a fin de decir cuanto tenía encerrado en largos años de zozobras

y sospechas, antes que sus más nobles sentimientos recobrasen el

acostumbrado imperio y se echase a perder la lección que había pensado

darle a su marido. Bueno es decir, además, que ella se había casado por

amor, no obstante la oposición de su madre, y quizás por eso mismo; y no

quería romper con el padre de sus hijos y constante compañero. Después,

en los veinticuatro años de matrimonio, no había tenido ocasión

plausible de arrepentirse, por mucho que no hubiese sido nunca ejemplar

la fidelidad de don Cándido.

También se habrá echado de ver en el curso de la presente verídica

historia, que don Cándido, antes y después de casado, como se dice

vulgarmente, no había reservado pluma. Bastante galán y de apuesta

persona, en su mocedad había sido muy enamorado o mujeriego; y tal era

su falta mas de bulto. Pero a pesar de la rudeza de sus maneras y de su

poca cultura, había bondad e hidalguía en el fondo de su corazón,

prendas éstas que redimían en gran parte aquel defecto. Precisamente

porque amaba mucho y bien y era hombre de conciencia, cuando contraía un

compromiso, fuera de la naturaleza que fuese, hacía cuanto estaba en su

mano por cumplirlo, arrostrando a veces para ello con frente serena las

dificultades todas que se le presentaban.

Dieciocho o veinte años atrás, esto es, cuatro o cinco después de

casado, va con dos hijos de su legítima mujer, tropezó con una mozuela

de singular belleza. Sin saber cómo ni cuándo contrajo con ella

relaciones clandestinas; lazo fácil de formar cuando el hombre es joven,

rico y buen mozo y la mujer bella, en los quince y de la raza mezclada.

De estos necios amoríos resultó una niña, la cual don Cándido se empeñó

en salvar, primero de la muerte cuando infante, luego de la miseria, de

la oscuridad y de la degradación cuando joven. Un compromiso le metió en

otro y otro, no ya sólo respecto de esa niña, sino de su abuela, que

pronto tuvo que ejercer con ella los oficios de madre; aunque ninguna de

las tres estaba ya en aptitud ni situación de apreciar sus favores ni de

reconocer sus costosos sacrificios.

Pasado el tiempo de la efervescencia, el más propicio para las locuras

de la mocedad, empezó a turbarle no poco el ánimo el recuerdo de sus

debilidades. De esa fecha datan sus luchas tremendas para llenar sus

obligaciones de amante y padre adúltero, sin descuidar las sagradas de

esposo y honrado padre de familia. Pero los celos de doña Rosa,

excitados a lo sumo por el orgullo de raza y de señora casada, por sus

ideas sobre la virtud de la mujer y los deberes de la madre de familia,

la ocupaban de manera y ofuscaban hasta tal punto su razón, que no la

permitían notar que su marido estaba plenamente arrepentido de sus

anteriores faltas, y que para enmendarlas ponía todos los medios que

estaban a su alcance. Mientras dicha señora, justamente ofendida, le

echaba en cara sus extravíos de mozo, no veía que laceraba una a una

toda las fibras de su corazón; no veía que ya no existían ni podían

existir después los motivos de celos que tanto la habían desazonado; no

veía, en fin, que deplorando el pasado desde el fondo de su alma, don

Cándido de algún tiempo a esta parte sólo trataba de evitar un gran

escándalo, una catástrofe en no lejano porvenir.

CAPÍTULO XV

_Perdí el desamor

Con las libertades;

Quísele bien luego,

Bien le quise, madre.

Empecé a quererle,

Empezó a olvidarme:

Rabia le dé, madre.

Rabia que le mate._

L. DE GÓNGORA

Cursaban las horas, los días y las semanas y no llegaban a la ciudad

letras ni noticias de Isabel Ilincheta, desde su partida para Alquízar.

Cierto que eran entonces difíciles y raras las comunicaciones de la

capital, aún con los pueblos de su misma jurisdicción. Pero no

escaseaban los correos privados, trajinantes o buhoneros, que se

prestaban a llevar y traer cartas y líos sin cargar porte. Y de éstos

acostumbraba a valerse Isabel para mantener correspondencia con sus

primas las Gámez y con Leonardo.

Salía éste bastante preocupado de casa de esas señoritas al oscurecer

del 6 ó 7 de Diciembre, al propio tiempo que bajaba la calle en

dirección de la de Teniente Rey una mujer, cubierta la cabeza con una

manta oscura. Pareciéndole que la conocía, apresuró el paso, le ganó

pronto la delantera, la observó de soslayo y la detuvo, visto que era

Nemesia.

--¿Qué prisa es ésta? la preguntó Gamboa.

--¡Ay, Jesús! exclamó la muchacha. ¡Cuidado que el caballero me ha dado

un buen susto!

--Como que te me querías escapar de rengue liso, dijo Leonardo haciendo

uso del lenguaje de la gente de color.

--No es mi natural el escaparme de rengue liso ni labrado, y menos de

las personas de mi estimación.

--De tu estimación. ¿Soy yo por ventura de ese número?

--El primerito.

--El que te crea que le compre.

--¿Lo duda el caballero?

--¿Cómo que si lo dudo? No lo creo, porque dice el refrán que obras son

amores y no buenas razones.

--¿Qué pruebas tiene el señor para decir eso?

--Muchas. Te daré una, la más reciente. El día en que me despedía de una

amiga a la puerta de la casa de donde acabo de salir, ¿quién trajo a

Celia para que me viese y se encelara conmigo? Tú. Nadie más que tú.

--¿Quién se lo dijo?

--Nadie. Lo sospeché entonces y ahora estoy convencido de ello. Tú eres

más mala que Aponte, como decía mi abuela.

--No lo crea el señor, dijo Nemesia retozándole la risa en los ángulos

de la boca. Créame el caballero, todo fue una pura casualidad. Yo iba a

buscar costura en la sastrería de _señó_ Uribe y Celia quiso

acompañarme.

--Sí, hazte ahora la santica y la inocente. Sábete que cometes un pecado

en declararme la guerra. Si lo haces porque te figuras que no hay en mi

corazón amor más que para Celia, mira que te equivocas. Hay para ella,

para la amiga en el campo y todavía queda para las malagradecidas como

tú un mundo de cariño.

--Ahora sí que yo digo que el que crea al caballero que lo compre.

--Tienes que creerme, porque te lo digo y porque tú eres la mulata más

salerosa que pisa la tierra.

--¡Lisonjero! ¡Veleidoso! exclamó Nemesia conocidamente pagada del

requiebro. Cuidado que los hombres son malos. Sólo que a mí no me gusta

partir con _naiden_ ni ser plato de segunda mesa.

--En siendo plato, mujer, no importa de qué mesa. ¡Ay de las que no son

plato de ninguna! porque es la prueba de que se quedaron para tías y

para vestir santos. Celebremos un trato: no me hagas la guerra.

--Dale con la tema: yo no le hago la guerra al caballero.

--Sí, sí, me la haces. Lo veo, lo conozco. Celia está _brava_ conmigo

por ti. Pero has escogido un mal camino para alejarme de ella. No le

eches leña al fuego. Aquí, aquí, añadió oprimiéndose el lado izquierdo

del pecho con ambas manos, aquí hay lugar para Celia y para su más

tierna amiga.

--No. Para que yo _dentrara_ ahí habría de ser sola, solita. No quiero

compaña en el corazón del hombre que yo ame.

--¡Egoísta! la dijo Leonardo echándole una mirada amorosa. Y se

separaron, tirando Nemesia hacia la calle de Villegas en dirección de su

casa en el callejón de la Bomba, y Leonardo todo derecho a la calle de

O'Reilly.

Había aquélla oído de los labios del joven, de quien estaba perdidamente

enamorada, que cabía en su corazón juntamente con Cecilia. Tal vez la

cosa no pasaba de una mera galantería. ¿Qué decimos? Leonardo sólo se

propuso propiciarla, halagando de paso su vanidad femenil con la

esperanza de que en cierta contingencia podría ver realizado su amoroso

deseo. Mas ella reflexionó que si cabía, lo más difícil en su concepto,

bien podría suceder que entrase acompañada y se quedase sola y dueña del

campo. Así que el descubrimiento, además de causarla un regocijo

indecible, la confirmó más en el plan sobre cuya ejecución venía

trabajando hacía algún tiempo. Para llevarle a debido efecto, dos medios

se ofrecían a su traviesa imaginación. Con el conocimiento que tenía de

los rasgos más marcados del carácter de su amiga, una índole

eminentemente celosa, unida a una soberbia desapoderada, juzgó Nemesia,

y juzgó bien, que si excitaba a lo sumo ambas pasiones, aún cuando no

lograse que rompiera con el amante, ni suplantarla en el amor de éste,

haría al menos que él la abandonase.

En la escena debía jugar José Dolores su hermano un papel principal.

Daba por hecho que Cecilia no le amaría nunca. Esto poco importaba,

porque una vez torcidos los amantes, no sería difícil infundir celos a

Gamboa, por lo mismo que en su pique con el blanco era natural que ella

se prestase a coquetear con el mulato. Ya veremos el desenlace fatal de

estas intrigas.

Sucedió que al desembocar Leonardo Gamboa en la calle de O'Reilly, se

separaba de la ventanilla de la casa de Cecilia un hombre que tenía toda

la traza del hermano de Nemesia. Picó aquello su curiosidad, por lo

cual, sin previo aviso, se acercó a media carrera, y con la punta de los

dedos levantó el canto de la cortina blanca. Detrás se hallaba Cecilia

sentada en una silla, con el codo descansando en el poyo de la ventana y

la barba en la palma de la mano. Al reconocer a su amante en la persona

que había levantado la cortinilla, no manifestó sorpresa ni alegría.

--Sí, la dijo él, muy mortificado por lo que había visto y por la

indiferencia con que ella le recibía. Sí, disimula ahora. ¿Quién no la

ve ahí? Parece que no quiebra un plato. ¿Qué haces?

--Nada, contesto seca y lacónicamente.

--¿Está fuera tu abuela?

--Sí, señor. Ha ido a la salve, ahí enfrente.

--Abre pues. Déjame entrar.

--De ninguna manera.

--¿De cuándo acá tanto rigor? Quisiera saberlo.

--No sé. Vd. dirá.

--Lo que yo sé es que de aquí acaba de salir un hombre.

--No, señor. Aquí no ha estado nadie desde que salió Chepilla.

--Le he visto con mis ojos.

--Sus ojos le engañaron. Ha sido una ilusión.

--Qué ilusión ni que niño _muerto_. Le vi, le vi, no me queda género de

duda.

--Entonces creeré que Vd. ve visiones.

--No me hables más con ese aire desdeñoso, despreciativo diría, que me

parece intolerable y ajeno de ti y de mí. No disimules tampoco ni

busques persuadirme que fue un duende y no un hombre de carne y hueso,

el que acaba de alejarse de esta ventana, tras de la cual te encuentro

sentada y al parecer muy tranquila.

--¡Ah! Ya eso es otro cantar. Puede Vd. haber visto un hombre parado

donde está Vd., ahora. Lo que yo niego y negaré siempre es que Vd. le

viera salir de aquí, porque él no puso los pies en esta casa.

--De todos modos salió de aquí, de este lugar, estuvo conversando

contigo y necesito saber quién es y qué buscaba.

--«Necesito», repitió Cecilia con desdén. ¡Qué _guapo_! ¿Ha de ser a la

fuerza? Pues no lo digo.

--Sea como fuere, tienes que decírmelo, o de lo contrario me peleo

contigo y no me vuelves a ver la cara en la vida.

--Eso es lo que yo quisiera ver.

--Lo verás. En fin, ¿me dices quién es?

--No lo digo.

--Tú parece que quieres jugar conmigo.

--No juego, hablo de veras.

--Bien. Abre la puerta y déjame entrar, porque me da vergüenza que me

vea la gente que pasa. Van a figurarse que estamos peleando.

--Y se figurarán lo cierto.

--Vamos. ¿Te dejas de retrecherías?

--Yo digo lo que siento.

Leonardo la miró un rato con fijeza, como para medir el alcance de sus

palabras, y trató luego de cogerla la mano que ella retiró, y después la

cara con igual resultado. Cecilia no parecía dispuesta a ceder un punto

de la actitud tomada desde el principio. ¿Sería ella capaz de dejarle

por otro hombre? ¿Era el preferido aquél que vio alejarse de la ventana?

Tanteemos un poco más, se dijo para sí, y enseguida añadió alto:

--¿Qué tienes tú en realidad? ¿Se puede saber?

--¿Yo? Nada.

--Si te encierras en ese círculo vicioso de: no sé nada, no lo digo,

creo que lo mejor será que yo me vaya con la música a otra parte.

--Como Vd. guste.

--Cada vez te entiendo menos, Celia. Sospecho, sin embargo, que no dices

ahora lo que sientes, y que si diera ascenso a tus palabras de poco

vivir y me marchase, habías de derramar lágrimas de sangre. ¡Cómo! ¿Te

quedas callada? ¿Qué dices? Contesta.

Iba siendo demasiado larga y violenta la posición asumida por Cecilia

para que durase mucho tiempo. Amaba de veras. Si persistía en su

desacostumbrada severidad, tal vez ahuyentaba al amante; fuera de que no

tenía prueba patente de su inconstancia. Por todas estas razones, cuando

precisada a responder categóricamente, inclinó la cabeza y rompió a

llorar con grandes sollozos.

--¿Lo ves? la dijo él bastante conmovido. Ya sabía yo que en esto

vendrían a parar tus bravezas. Tu corazón me quiere cuando tus labios me

desdeñan. ¡Bah! Se acabó todo. No llores más, mi vida, porque concluiré

por llorar contigo. Ahora lo que corresponde es: pelillos a la mar y tan

amigos como siempre.

--Sólo bajo una condición haría yo las paces contigo, acertó a decir

Cecilia entre sollozo y sollozo.

--Admitido. Afuera con esa condición.

--No. Es preciso primero que prometas cumplirla.

--¡Hombre! Eso es mucho pedir. Tal vez no está en mis facultades. Pero,

¿quién dijo miedo? Sí, prometo.

--No vayas al campo en las próximas Pascuas...

--¡Celia, por Dios!... ¡qué caprichos tan extraños tienes tú! ¿De qué

nace tamaña exigencia? Sin duda te figuras que me alejo para siempre o

que te he de olvidar. Reflexiona y no me pidas imposibles.

--Lo tengo bien pensado. ¿Te vas o te quedas?

--No me voy, ni me quedo; porque una ausencia de quince días en el campo

no va a ninguna banda, no es una ida ni una quedada formal.

--Está bien, dijo Cecilia con firmeza, enjugándose las lágrimas. Ve. Yo

sé lo que he de hacer.

--No tomes resolución que luego te pese. Te ruego de nuevo que

reflexiones y veas mi posición tal cual es. ¿Te parece fácil que yo

permanezca en La Habana mientras toda mi familia está en el ingenio de

_La Tinaja_ cerca del Mariel? Pues no lo es; en primer lugar no habrá en

casa sino el mayordomo con algunos criados. En segundo lugar, aunque yo

pretendiera quedarme, mi madre no lo consentiría, mucho menos mi padre.

La marcha será del 20 al 22 para volver después del domingo de Niño

Perdido. ¿Comprendes ahora?

--Lo que comprendo es que vas a divertirte en el campo con una mujer que

detesto sin conocerla a derechas, y que no puedo, no debo, ni quiero

consentirlo.

--Eres muy celosa, Celia. He aquí tu único defecto. Si yo te amo más que

a mi vida, más que a todas las mujeres del mundo, ¿no te basta? ¿qué más

quieres? Por otra parte, esta corta ausencia nos conviene a los dos,

así nos querremos con mayor ternura a mi vuelta. Después, en Abril

entrante me recibiré de Bachiller en derecho y entonces tendré más

libertad para hacer lo que me dé la gana. Ya verás, ya verás cuanto

vamos a gozar. Yo para ti, tú para mí.

Para este tiempo Cecilia se había puesto en pie, esperando quizás la

retirada de su amante, callada y pensativa. Su hermoso busto, sus

hombros y brazos torneados cual los de una estatua, el estrechísimo

talle que casi se podía abarcar con ambas manos lucían a maravilla,

alumbrados a medias por la bujía en el interior, en contraste con la

oscuridad ya reinante en la calle. Más enamorado que nunca Leonardo de

tanta belleza, añadió con la mayor ternura:

--Lo que falta ahora, cielo mío, es que me des un beso en señal de paz y

de amor.

Cecilia no respondió palabra ni hizo el menor movimiento. Parecía

transfigurada.

--¡Vaya con Dios!, dijo el joven desconsolado. ¿Tampoco me darás la

mano?

Cecilia Valdés o la Loma del Ángel · 第 22 / 44 段