muchacha.
--¡Ay, señor Doctor! su figura y su parecer son los que van a acabar
conmigo antes de mucho tiempo. Aunque me esté a mal el decirlo, es lo
más lindo en verbo de mujer que se ha visto en el mundo. Nadie diría que
tiene de color ni un tantico. Parece blanca. Su lindura me tiene loca y
fuera de mí. No vivo ni duermo por guardarla de los caballeritos blancos
que la persiguen como moscas a la miel. Me tiene sin sombra.
--¿Y esa muchacha encantadora acompañaría a la enferma si la sacamos del
hospital?
--Si el señor Doctor lo cree conveniente, me parece que sí la
acompañaría.
--De convenir, creo que convendría y mucho; pero se ofrece una
dificultad. Veamos. ¿Qué tiempo hace que no se ven la madre y la hija?
--¡Qué! Hace una pila de tiempo. Más de diecisiete años.
--¿Tanto? Malo. ¿Pero Vd. u otro le habrá hablado a menudo a la madre de
la hija y a la hija de la madre?
--A la madre sí le he hablado frecuentemente de la hija, cada vez que he
ido a verla; a la hija nunca de su madre. Estoy por creer que no sabe
que existe.
--¿Conque no se ha intentado nunca el que se vean la madre y la hija?
--Nunca.
--Mal hecho.
--Así creí yo, pero el señor Doctor Rosaín, que fue quien la asistió en
el parto y después del parto, me aconsejó que las separase, y después
que a la madre se le remató el juicio, me repitió que no le hablase de
eso a la hija, porque querría verla y era fácil que la loca en uno de
sus arrebatos la ahogase con sus propias manos. Pues es preciso que sepa
el señor Doctor don Tomás, que tomó la locura con la hija, diciendo que
como había nacido blanca tenía a menos el tener madre de color.
--Vaya, pues. Se equivocó Rosaín. Es un buen médico, no se puede negar,
sólo que en este caso me parece que perdió los papeles o que se le fue
el santo al cielo. Si la madre y la hija se ven de repente, después de
una larga separación, tal vez se efectúe una reacción, y las
enfermedades se curan con reacciones o revulsiones, no con medicinas,
particularmente aquéllas en que aparece afectado el sistema nervioso.
Somos todo nervio, nada más que nervio. Irritados los nervios cate Vd.
la locura. Estaba pensando... Se había pensado llevar la enferma al
campo, a una finca que poseo cerca del puerto de Jaimanitas, a fin de
ver si cambiando el aire y dándose unos baños de agua salada, se lograba
la revulsión que se busca. Pero es que la hija no puede ir allá con la
madre. Figúrese Vd. que en esa finca, en el ingenio de Jaimanitas, digo,
tengo sociedad con los Padres Belenitas. Lo administran y muchos de
ellos se pasan en él buenas temporadas, en particular durante la
molienda. ¿Qué escándalo no se armaría con la aparición de una joven tan
linda, como Vd. dice, en medio de aquellos benditos Padres? ¡La
tentación! Dios nos libre. Más de uno de ellos perdería el juicio y se
diría que yo tenía la culpa... Mas ya veremos modo de arreglar eso.
Vuélvase Vd. por acá pasado mañana, que yo veré a la enferma entre tanto
y diré a Vd. lo que haya de hacerse. Quiero servir al señor don Cándido,
puedo servirle, y me parece que será con beneficio de todos los
interesados.
CAPÍTULO XIII
_La alegría del corazón conserva
la edad florida, la tristeza seca
los huesos._
Parábolas de Salomón.
En la época de que venimos hablando, eran _rara avis_ los dentistas de
profesión en La Habana. Siguiendo aquel refrán castellano que enseña: al
que le duele la muela que se la saque, el oficio o arte dental lo
ejercían, por la mayor parte, en las poblaciones, los barberos; en los
campos los cirujanos, quiénes armados con el potente gatillo de acero,
no dejaban diente ni muela con vida.
Había también sacamuelas intrusos o aficionados. Entre éstos, uno de
nombre Fiayo se había hecho célebre por la destreza y habilidad con que
ponía las raíces al aire y sin dolores de esos apéndices de la
masticación. Su fama y popularidad, sin embargo, provenían del hecho,
primero, de no emplear instrumento quirúrgico de ninguna clase; segundo,
de no llevar dinero por sus mágicas operaciones dentarias.
La hija mayor de los señores Gamboa, Antonia, hacía tiempo venía
padeciendo de una neurosis de carácter agudo a la cara, cuyo asiento en
la mandíbula superior daba lugar a presumir tenía por causa la carie de
un molar. Los médicos consultados, después de probar la aplicación de
apósitos, sanguijuelas, enjuagues y cabezales, sin fruto aparente,
decidieron se hiciera la extracción. Pero la idea no más de que para
llevarse a efecto había de emplearse el temible gatillo, ocasionaba
sudores y desmayos en la dolorida joven.
Por aquellos días llegó a La Habana, desde el campo, el mágico dentista
Fiayo, y, como de costumbre se hospedó[40] en casa del Doctor Montes de
Oca. No bien llegó a oídos de doña Rosa la noticia, cuando dispuso la
engancharan el quitrín, y sola, con la hija doliente, se dirigió a la
calle de la Merced. Llena estaba la sala de pacientes, unos en solicitud
de los consejos o remedios del médico, otros de los servicios del famoso
sacamuelas. Este ocupaba el segundo cuarto, cuya puerta y ventana daban
al patio, y era por eso el más claro y a propósito para las operaciones
de la boca. Allí tenía una silla común de madera, en que hacía sentar al
paciente con la cara para el este, y en un dos por tres ponía al aire
las raíces de la muela o el diente que le indicaba el interesado.
Sucedía a veces que encontraba mayor resistencia de la que podía vencer
con la fuerza del pulgar y del índice de la mano derecha; en cuyo caso,
disimuladamente metía ésta en la faltriquera del chaleco, cual si
pretendiera enjugársela, se armaba de una llavecita de hierro, convertía
el paletón en gatillo, el tronco en palanca, y el éxito era instantáneo
y seguro.
La entrada de doña Rosa Sandoval de Gamboa con su hermosa hija Antonia
no causó poca sorpresa en las personas presentes en la sala,
principalmente en Montes de Oca, que si bien era el médico de palacio y
gozaba de extensa y merecida fama, no estaba acostumbrado a que le
consultasen en su propia casa, señoras tan distinguidas y en la
apariencia ricas. Tamaña condescendencia y amabilidad no podían menos de
obligar a un médico de las condiciones y calidades del que tratamos
ahora; así fue que, abandonando desde luego a sus pacientes, salió a
recibir y atender a las recién llegadas. No conocía él sino de nombre y
de vista a doña Rosa, a pesar de la estrecha y antigua amistad que le
ligaba con su marido. Pero a tiempo de acercársele y hacérsela presente,
le pasó por la mente que tal vez la inesperada venida de aquella
respetable señora tenía que ver algo con la enferma del hospital de
Paula, de la cual hablaba precisamente con la anciana _seña_ Josefa, en
los momentos en que entró en la sala. Y una vez metido este extraño
pensamiento en su cabeza, ya no hubo forma de sacarle de ahí.
--La señora esposa de mi caro amigo el señor don Cándido Gamboa y Ruiz,
si no estoy equivocado, dijo Montes de Oca.
--Servidora de Vd., contestó secamente doña Rosa.
--Yo lo soy de Vd. muy atento. ¿Y ésta es su señorita hija de Vd.?
--Sí, señor.
--Bien se conoce. Hermosa niña. Dios se la guarde. Tengan la bondad de
pasar adelante y sentarse.
--No hay necesidad, dijo doña Rosa. Vd. es persona muy ocupada, y luego
venía solamente...
--Lo adivino, lo sé, mejor dicho, y perdone que la interrumpa, dijo
Montes de Oca con desusada oficiosidad. Me complace el ver que Vd.,
también se interesa por la salud de la enferma en el hospital de Paula.
Tanta bondad y nobleza de alma son mucho de celebrarse. Lo veo, lo
comprendo perfectamente, desea Vd., conocer cuanto antes cuál es mi
diagnóstico acerca del estado de la pobre muchacha. Es de celebrarse.
No teniendo noticias de semejante enferma, la madre y la hija se miraron
azoradas, azoramiento que el médico no sólo no entendió, sino que lo
interpretó por uno de aquellos sentimientos de admiración mezclados de
gratitud que sienten las personas bien criadas cuando les adivinan sus
pensamientos y se anticipan a sus caros deseos. Halagada de este modo
su vanidad, continuó diciendo, cada vez más satisfecho de su
penetración:
--Diré a Vd., señora mía, con gran sentimiento, lo mismo que acabo de
decirle a la anciana madre de la enferma, con quien me ha visto Vd.,
hablando hace poco. No es nada favorable mi diagnóstico. Con Vd. aun
puedo ser más franco que con la madre. Ahí no hay ya fuerzas, sujeto,
como decimos; quedan sólo alma en boca y huesos en costal, según se dice
de los bozales recién llegados de Guinea. Su mal trae origen de una
meningitis aguda, superveniente de un susto, que bajo el influjo de una
fiebre puerperal, la privó del juicio y produjo un desorden general del
sistema nervioso, cuyo estado ha pasado a crónico, para el que hasta
ahora no se conoce remedio en la ciencia médica. En el día los síntomas
más marcados son los de una consunción lenta, ya en el último período,
cuyo término puede ser más o menos cercano, pero cierto y fatal que, o
mucho me engaño, o no podría alargar una hora, un minuto el mismo
Galeno[41] si para ello solamente volviese al mundo. Esta clase de
enfermos acaban como las velas así que se evapora el sebo de que están
hechas. Se apagará su vida el día y a la hora menos pensada. Lo peor de
todo, _misea_[42] Rosa, es que ya es demasiado tarde para sacarla del
hospital. Corremos riesgo de que se nos quede muerta entre las manos,
que se apague la vela en cuanto le dé el aire libre del campo. Siento
mucho no poder llenar los deseos del señor don Cándido...
En este punto hizo Rosa un movimiento de sorpresa que llamó la atención
aun del embebecido médico, obligándole a dejar trunca la frase. No era
para menos la especie. Mujer más joven, menos precavida que ella, habría
hecho una exclamación demostrando mayor desazón y cólera. De tal
naturaleza fue, sin embargo, la impresión que le causaron las últimas
palabras de Montes de Oca, que cambió de color, poniéndosele rojo en el
primer instante el rostro, y luego pálido, y desapareció, por supuesto,
la plácida expresión con que había estado escuchando el ininteligible
diagnóstico. Aunque de origen bien diverso, la misma sensación de
extrañeza experimentó Antonia. No comprendía ésta, es cierto, por su
juventud y ninguna experiencia, toda la malicia que podía encerrar el
hecho de que su padre desease sacar del hospital de Paula a una muchacha
enferma y desconocida para toda la familia, con el objeto de que se
curase en alguna otra parte. Pero no se hallaba doña Rosa en el mismo
caso. Lo que era oscuro e insignificante para la hija, era un mar de luz
para la madre, la verificación de continuas sospechas, el aguijón de
celos antiguos y siempre vivos. ¿Quién podía ser aquella moza, ni qué
clase de relaciones tenía o había tenido con ella su esposo, que estaba
empeñado en sacarla del hospital de Paula por medio del médico Montes de
Oca? Debía de ser una mulata, pues que su madre era casi negra. Se
hallaba gravemente enferma, el médico la había desahuciado, estaría
hecho un esqueleto, fea, asquerosa, moriría ciertamente en breve; pero
había sido su rival, había gozado a la par con ella del amor y de las
caricias de Gamboa.
¿Por qué disposición del cielo averiguaba en la hora postrera un secreto
tras el cual venía corriendo hacía más de una década? Ya era poco menos
que inútil la venganza. La muerte se interpondría en breve entre la
esposa y la manceba. ¡Qué desesperación! ¡Qué tumulto de pasiones! ¡Qué
atar y desatar de cabos sueltos, ocultos mas no olvidados en los
rincones del pensamiento! Quería hablar, gritar, desahogar de alguna
manera su corazón oprimido. ¡Cuánto alivio no la habrían proporcionado
las lágrimas! Cristiana y discreta como era doña Rosa, sin duda hubiera
dado en aquel instante la mitad de su vida por retrotraer los sucesos
al año 13 ó 14, en que, joven todavía, llena de fuerza y de encantos
personales, con menos cordura y calma, la hubiera sido fácil, plausible,
hacer valer sus derechos de esposa, de madre y de señora.
Mientras revolvía todas estas cuestiones en la cabeza, obra que no le
costó muchos minutos, sino segundos de tiempo, y sentía que la sangre se
asomaba toda a sus mejillas, pasole por la mente lo de la niña en la
Casa Cuna y su lactancia por María de Regla, la esclava ahora de
enfermera en el ingenio _La Tinaja_; y dedujo, por necesaria
consecuencia, que esa historia se relacionaba estrechamente con la mujer
enferma en el hospital de Paula. ¿Buscaba, pues, Gamboa salvarle la vida
a la madre de su hija bastarda? ¿Quién sería ésta? ¿Vivía aún? ¿La
reconocía como tal el padre? Fuerza era averiguarlo. Tal vez Montes de
Oca estaba enterado. Haciendo un esfuerzo supremo, logró dominar la
agitación ya a punto de embargarle los sentidos; y decidió apurar hasta
las heces la copa de la curiosidad y de los celos. Así, tomando de nuevo
el hilo de la conversación con Montes de Oca, que mostraba deseos de
manifestar cuanto sabía, dijo:
--Yo también siento en el alma que no se pueda hacer nada de provecho
con la pobre...
--Rosario Alarcón, sugirió el médico, viendo que doña Rosa titubeaba.
--Rosario Alarcón, repitió ésta. Lo más presente que yo tenía. Mi
memoria es flaca en esto de recordar nombres. Se lo dije a Gamboa que ya
era demasiado tarde y no dudo que el desengaño le causará un verdadero
pesar. Luego la hija, así que lo sepa...
--En cuanto a eso, repuso prontamente Montes de Oca, pierda Vd. cuidado,
_misea_ Rosa. La abuela ha tenido la habilidad de ocultarle a la hija
hasta la existencia de la madre enferma.
--¡Es posible! exclamó doña Rosa. Parece increíble...
--Nada más fácil, continuó el médico. Esto es, repito lo que me ha
contado la anciana que acaba de salir de aquí y que yo no hallo
absurdo. Supongo que Vd. no ignora que cuando pusieron en Paula a la
Rosario Alarcón, la hija era una chiquilla, sin uso de razón para echar
de menos a una madre a quien después no ha visto.
--Con que la hija, una mujer hecha y derecha...
--Y muy linda, sin desdoro de los presentes, dijo Montes de Oca,
cortando otra vez la palabra a su interlocutora para interpretar a su
manera un pensamiento no más que indicado.
--Quiere decir, dijo doña Rosa, que Vd. conoce a la mozuela. Estaría
aquí con la abuela.
--No, señora, no la he visto nunca. Hablo por boca de ganso, repito lo
que me ha contado la abuela. Mejor dicho, no la veo desde el primero o
segundo mes de nacida, cuando la Real Casa Cuna o de Maternidad estaba
situada en la calle de San Luis Gonzaga, cerca de la esquina de la del
Campanario Viejo.
--Luego tal es la niña para cuya crianza se tomó en alquiler a mi
esclava María de Regla.
--Puede ser, yo no sé de eso jota.
--¿Cómo que no, si por orden de Vd. se me pagaron las dos onzas
mensuales del alquiler mientras duró la lactancia de la susodicha niña?
--¿Por orden mía? Perdone Vd. _misea_ Rosa. No tengo idea de semejante
inquilinato, y, por supuesto, de la tal mensualidad. ¿No estará Vd.
equivocada?
--Vaya, señor Doctor, repuso doña Rosa. ¿Es olvido o pura modestia de
Vd.?
--Ni lo uno ni lo otro, mi señora. Positivamente no tengo noticias de lo
que Vd. dice.
--Así será, dijo al fin doña Rosa advirtiendo que el médico se ponía en
guardia. Comprendo lo que pasa por Vd.: no quiere que se hable más de
este asunto. No añadiré palabra. Eso no obsta para que yo le manifieste
mi complacencia por el uso que hizo Vd. de los servicios de mi esclava,
cuando se le ofreció sacar de apuros a un amigo. Permítame le agregue,
ya que se presenta la ocasión, que me negué a tomar un peso por el
alquiler de la criatura, y que si al fin recibí el dinero fue porque se
me dijo que de otro modo Vd. no la aceptaba.
Guardó silencio Montes de Oca. Únicamente inclinó respetuoso la cabeza
como hombre que, cogido en un fallo, y sin salida plausible ni medios de
defensa, se resigna y aguarda la sentencia. Pero lo poco que negó fue
precisamente aquello de que debía estar más convencida doña Rosa, es a
saber, del inquilinato de la nodriza y del salario que por ello la
abonaron mes a mes, durante cierto tiempo. En lo que sí se equivocaba
lastimosamente era en dar por hecho que Montes de Oca había sido el
contratante y pagado el dinero del supuesto alquiler. Sobre este
particular importante había sufrido dicha señora un engaño: ¡su marido
no le había dicho la verdad!
Ahora bien: a la vista de la persistente negativa del médico, ¿salió
doña Rosa de su error? Difícil es la comprobación en tales casos, y por
lo mismo nos limitamos a decir que, aclarados ciertos particulares
oscuros sobre la mujer enferma y las relaciones que con ella y con la
hija tenía su marido, lo demás se caía de su peso, se infería sin
esfuerzo, y no era digno de una señora el informar a una persona extraña
de secretos de familia que quizás realmente ignoraba. Desistió, pues,
del ataque y concluyó pidiendo al médico que la perdonase las molestias
que le había ocasionado, sirviéndose decirla si Fiayo se hallaba
dispuesto a examinarle la boca a su hija Antonia. Por sentado que lo
estaba, y se ejecutó la operación con toda felicidad. Después, don Tomás
Montes de Oca tuvo la cortesía de acompañar a las dos señoras hasta el
estribo del carruaje y de ayudarlas a montar en él. Y una vez sentada y
emprendida la marcha en vuelta de la casa, doña Rosa se cubrió la cara
con las manos y dio a llorar y sollozar sin medida ni consuelo; todo
esto con extrañeza grande de la hija, quien, ocupada de su propio dolor
físico, no había echado de ver la transformación del semblante de su
madre así que se alejó de la presencia del médico.
Conviene advertir aquí que a consecuencia de un disgusto con su padre
por la salida a la calle tan de madrugada, según hemos referido ya,
Leonardo hacía tres o cuatro días que no paraba en su casa, sino en la
de una tía materna. Esto contribuyó a aumentar el pesar de doña Rosa. No
sólo se negó a sentarse a la mesa, lista para el almuerzo, sino a darle
explicación alguna a don Cándido sobre los motivos de su sentimiento. En
medio del llanto y de los suspiros, pronunció varias veces el nombre del
hijo favorito, razón por qué las hijas, suponiendo que la ausencia de
éste era la causa original de sus lamentos, despacharon a Aponte en su
busca con el carruaje. Vino el joven, y al punto doña Rosa, rodeándole
con sus brazos, le cubrió la frente de besos y de lágrimas. Dábale entre
tanto los epítetos más cariñosos y le decía:--Hijo del alma, ¿dónde
estabas? ¿Por qué huías de las caricias de tu madre? Mi amor, mi
consuelo, no te apartes de mi lado. ¿No sabes que tu triste madre no
tiene otro apoyo que el tuyo? Tú no mientes, tú dices siempre verdad, tú
eres el único en esta casa que conoce lo que vale una madre y esposa
leal. Mi vida, mi corazón, mi fiel amigo, mi todo ya en el mundo, ¿qué,
ni quién tendrá bastante poder ahora para arrancarte de mis brazos? Sólo
la muerte.
Al fin esta señora, casada, madre de familia, halagada por los dones de
la fortuna y de la naturaleza, al llegar a su casa se encontró rodeada
de varias personas que le eran muy queridas, que la respetaban y que se
apresuraron a enjugar sus lágrimas, a ofrecerle consuelos y
distracciones. Al fin, aquella angustia suya, dado que legítima, nacía
de un mero desengaño en su vida conyugal, que por la época en que le
recibió, bien se conocía que el ángel de su guarda se le había apartado
de los ojos hasta la hora en que su conocimiento la fuese menos
doloroso. Hasta allí un golpe de celos era lo único que venía a turbar
la serenidad de sus días, por otra parte siempre plácidos e iguales.
Pero ¿qué había de común entre el pesar, el desengaño ni los celos de
doña Rosa Sandoval de Gamboa, y el pesar, el desengaño y la desolación
de la pobre _seña_ Josefa, más desamparada y sola que antes desde el
punto que se separó del médico Montes de Oca y volvió a cruzar el umbral
de su casita en la calle del Aguacate? Con razón pudo entonces exclamar
con el salmista:--Venid, cielos y tierras, aves que pobláis el aire,
peces que llenáis las aguas, brutos que holláis los campos, y decidme:
¿Hay dolor comparable con el dolor mío?
Nadie le preguntó por qué lloraba y se mostraba tan afligida. Cecilia, a
quien encontró allí de vuelta, estaba harto disgustada para pensar en
los disgustos ajenos. Nemesia también guardó un profundo silencio,
diciendo sólo al despedirse de las dos:--Hasta después. Aun la imagen de
la Virgen en el nicho, frente a su butaca, parecía que no debía
ofrecerla esta vez consuelo. Transida por el dolor de la espada que le
atravesaba el pecho, dirigía hacia otra parte sus amorosos ojos.
Y tal fue, después de todo, la indicación oportuna que recibiera _seña_
Josefa en medio de su pavorosa soledad. La madre del Salvador del mundo,
en los momentos de perderle enclavado en una cruz, claramente le
enseñaba con su resignada, sublime actitud, que hay dolores tan grandes
para los cuales no se encuentra consuelo aquí abajo, sino allá arriba,
¡en el cielo!
CAPÍTULO XIV
_Meditando su pena_
_Dentro del pecho el corazón se abrasa:_
_El fuego desordena_
_Los límites y pasa:_
_Y suelta ya la lengua, hablé sin tasa._
GONZÁLEZ CARVAJAL
La extraña conducta y las frases irónicas de su cara esposa traían
alarmado a don Cándido Gamboa. Nunca había usado ella un lenguaje tan
sarcástico. Por el contrario, en sus arranques de celos siempre había
pecado por franca y desembozada. ¿Qué había averiguado de nuevo? ¿Dónde
había estado aquella mañana, que la produjo tal cambio?
No entraban en el carácter, ni en las ideas de honor y dignidad de don
Cándido el pedir a su esposa la explicación del misterio, menos a los
hijos con quienes pocas veces hablaba, mucho menos a los criados, alguno
de los cuales sabía más secretos de la familia de lo que convenía a la
paz y a la dicha del hogar. Hombre de mundo y astuto, creyó que podía
dejar al tiempo y a la indiscreción de la mujer o de los hijos el salir
de dudas más tarde o más temprano.
Adoptó, eso sí, mayor cautela, observó con doble atención; y he aquí la
sola novedad que se operó en su conducta en adelante respecto de su
familia. Ni tuvo que mantener larga espectativa tampoco, porque días
después, en la mesa del almuerzo, se habló de la neurosis facial de
Antonia y del alivio que sentía después de la extracción de la muela por
Fiayo. No necesitó de más don Cándido: su mujer había estado en casa de
Montes de Oca, donde era notorio que aquél paraba y ejecutaba sus
operaciones dentarias.
Precioso dato éste; sólo que, en vez de ayudarle a resolver el enigma,
contribuyó a desorientarle y hasta cierto punto a adormecer sus recelos.
Porque no cabía en su cabeza que el médico hubiese hablado a su esposa
de la moza enferma en el hospital de Paula. Por flojo de lengua que le
supiese, no podía imaginar siquiera que llevase la candidez (malicia no
era) al extremo de comunicar a una persona extraña que veía por la
primera vez, un asunto con el cual no tenía relación ni interés alguno.
¿Con qué motivo, tampoco, suscitar la conversación? Daba por hecho
Gamboa, además, que él había hablado al médico sobre la enferma en
confianza, y aunque no le había exigido el secreto, se entendía que
debía observarse en todas circunstancias.
Ya se ha visto cuán falaces eran todos estos razonamientos de don
Cándido. Del mismo erróneo tenor fue la reflexión de que _seña_ Josefa,
encontrándose por casualidad con doña Rosa en casa de Montes de Oca,
tuvo una explicación, o habló delante de ella de la enferma en el
hospital de Paula. En esta persuasión la esperó varias mañanas seguidas
al postigo de la ventana de su casa.
Inútilmente. El médico había sido todavía más franco, diríamos más rudo
con la anciana que con doña Rosa. De una vez le quitó toda esperanza,
cuando en el lenguaje vulgar, no en el de la ciencia, le desahució a la
hija. Para una mujer de sus años, agobiada por los trabajos y los
pesares, cada vez más descontenta de su nieta, que llevaba, al parecer,
el mismo camino de la madre moribunda, era aquella noticia más de lo
que su espíritu y su cuerpo podían sobrellevar. Para valernos de sus
propias palabras, ya había ella andado la _via crucis_, se hallaba en la
cima del calvario, sólo faltaba la _crucificación_, la muerte que
compasiva, pondría fin a una existencia ya muy larga para lo que había
sufrido, tela inacabable de privaciones y de sacrificios.