mayor esfuerzo dos cosas importantes: la una, que tal vez la abuela no
estaba aún convencida de su culpa; la otra, que a la tranquilidad de las
dos, pues que ya no había remedio, convenía disimular lo más posible
hasta averiguar la verdad de lo que pasaba y tomar un partido. En esta
disposición, se levantó con tiento, se echó por encima de la camisa un
traje y se asomó a la puerta de la alcoba. Aún se hallaba la anciana de
rodillas y concluía la improvisada plegaria. Corrió a arrodillarse a su
lado, le pasó un brazo por la cintura y, dándole un beso en la mejilla,
le preguntó con exquisita ternura:--Mamita, ¿qué tiene su merced? ¿Por
qué está tan afligida?
No le respondió palabra la anciana, volvió a la butaca y rompió a llorar
en silencio. No hay cosa más pegadiza que el llanto, y Cecilia estaba
predispuesta a contraer el mal. Se arrojó en brazos de la abuela y
confundió sus lágrimas con las de ella; desahogo necesario de dolores
que, sin embargo, tenían contrapuesto origen. Tal vez habrían
aprovechado aquella coyuntura para tener una explicación que no podía
menos de ser satisfactoria para entrambas, porque así lo predisponía el
estado de sus ánimos; pero llamaron de nuevo a la puerta y _seña_ Josefa
se apresuró a abrir, enjugándose de camino las mejillas empapadas. Era
la vendedora de carne, manteca y huevos, negra de África, con tablero
cuadrilongo equilibrado en la cabeza sobre un rodete, y un
espanta-moscas, hecho de varetas de palma de coco, en la mano derecha.
Bien por cierta tendencia a la obesidad, por el calor, o por el desaliño
natural de la gente de color, el traje de la vendedora consistía de
falda de listadillo y camisolín, que cuando limpio debía de ser blanco,
y apenas le llegaba a los hombros, quedándose más corto por las
espaldas, cuyas partes, junto con los brazos desnudos a la griega o
romana y las mejillas redondas y rollizas, le brillaban cual si, a la
usanza de su tierra, se las hubiese untado con grasa. Por supuesto, no
calzaba zapatos, sino que al caminar arrastraba un par de chancletas con
la punta de los dedos. Luego que abrió _seña_ Josefa, depuso el tablero
en el quicio de la puerta, y en tono de voz chillona, cuyo volumen no
correspondía con el de su cuerpo, dijo:
--_Güenos días, caserite. ¿No me toma naa hoy? Entoavía no ha hecho la
cru._
Contestado brevemente el saludo por la anciana, ayudó a deponer el
tablero en el suelo, agregando de prisa que le diera un real de carne de
puerco, medio real de huevos y medio de manteca. La vendedora cortó la
carne a ojo de buen cubero, y con los demás artículos pedidos la puso en
un plato que trajo Cecilia; y no bien la vio, parece que la entraron
ganas de hablar hasta por los codos.
_--Labana etá perdía, niña. Toos son mataos y ladronisio. Ahora
mismito han desplumao un cristián alantre de mi sojo. Uno niño
blanca, muy bonite. Lo abayunca entre un pardo con jierre po atrá y
un moreno po alantre, arrimao al cañón delasquina de Sant Terese.
De día crara, niño, lo quitan la reló y la dinere. Yo no queriba
mirá. Pasa batante gente. Yo conose le moreno; e le sijo de mi
marío. ¡Ah! Me da mieo. Entoavía me tiembla la pecho._
Con semejante descuadernado e ininteligible relato, se asustó mucho
Cecilia, porque le pasó por la mente que el robado podía ser su amante;
pero disimuló cuanto pudo y la carnicera prosiguió:
_--Allá por los Sitios ha habio la mar y la morene lotra noche.
Tondá quiee prendré los mataores del bodeguer de la calle Manrico y
la Estreya. Elle estaba en un mortorio. El gobernaó manda
prendeslo. Dentra Tondá, elle solito con su espá, coge dos;
Malanga, lo sijo de mi marío juye po patio y toavía anda escondió.
Ese, ese, ma malo que toos. Conque pa que vea la caserite. No se
pue un fía de naide. ¡Adiós, caserite! Mucha salú._
Ida la carnicera vino el panadero con la cesta de pan a la cabeza de un
negro que le seguía los pasos, como la sombra verdadera de su cuerpo.
Entonces _seña_ Josefa se acordó que debía preparar el almuerzo. Según
dijimos al principio de esta historia, el fogón se hallaba en el patio,
debajo de un alero de mesilla, sin chimenea ni cosa que lo valga. Allí
la anciana hizo lumbre valiéndose del eslabón, el pedernal, el azufre,
el cabo de vela y unos cuantos carbones vegetales, y en poco más el
almuerzo quedó listo. Entretanto Cecilia puso la mesa y ambas mujeres se
sentaron a ella. Por largo rato estuvieron sin probar bocado, levantar
los ojos del plato, ni hablar palabra. Es que a cada rato esperaba la
nieta que la abuela le leyese la culpa en el semblante, y no se atrevía
a mirarla de frente; al paso que ésta parecía muy nerviosa y
desazonada. Varias veces intentó decir algo; harto se le conoció por el
movimiento de los labios, y otras tantas la voz se le atravesó en la
garganta, porque en vez de sonidos articulados sólo se le escaparon
sollozos. Por último, hizo un esfuerzo y dijo:
--Yo debía morirme ahora mismo.
--¡Jesús, mamita! No diga eso, exclamó Cecilia sin alzar la cabeza.
--¿Por qué no, si tal es lo que siento? ¿Qué hago yo en el mundo? ¿De
qué sirvo? De estorbo, nada más que de estorbo.
--Nunca había hablado así su merced.
--Puede ser, pero mis penas, aunque grandes, he podido sobrellevarlas
hasta ahora. Ya estoy vieja; sin embargo, me faltan las fuerzas, no
puedo más. Estaba pensando que sería mejor echarme a morir.
--¿No dice su merced que es pecado murmurar de los trabajos y penas que
Dios nos manda? Acuérdese que Jesucristo llevó la cruz hasta el
calvario.
--¡Pobre de mí! Mucho tiempo hace que he andado la _vía crucis_, y que
estoy en el calvario. Sólo falta mi crucificación, y tal parece que me
la tienen decretada aquellos mismos que más quiero en este mundo.
--Si mamita lo dice por mí, mire su merced que comete una verdadera
injusticia. Bien sabe Dios que por aliviarle los pesares, de buena gana
daría la sangre de mis venas.
--No lo demuestras, no se te conoce. Al contrario, parece que te
complaces en hacer siempre lo que yo no quiero que hagas, lo mismo que
te prohíbo. Si tú me quisieras como dices no harías ciertas cosas...
--¡Eh! Ya veo por donde va su merced.
--Voy por donde debo ir, por donde va toda madre que estima en algo el
porvenir de sus hijos y su propio decoro.
--Si su merced no diera oídos a chismosos, lengua largas, se ahorraría
más de un disgusto.
--Sucede, niña, que esta vez el chisme viene bien con lo que yo vi con
estos ojos y oí con estas orejas que se han de comer la tierra.
En el calor de la discusión la muchacha había cobrado aliento y dijo:
--¿Qué ha podido ver ni oír su merced que no sea un chisme? Vamos,
dígalo.
--Cecilia, lo que yo veo claro como la luz del día es que a pesar de mis
amonestaciones y de mis consejos, tú buscas tu perdición como la
mariposa la luz de la vela.
--Y si cierta persona, que es a quien su merced se refiere, se casa
conmigo, me colma de riquezas y me da muchos túnicos de seda, y me hace
una señora y me lleva a otra tierra donde nadie me conoce, ¿qué diría su
merced?
--Diría que ese es un sueño irrealizable, un disparate, una locura. En
primer lugar él es blanco y tú de color, por más que lo disimule tu
cutis de nácar y tus cabellos negros y sedosos. En segundo lugar, él es
de familia rica y conocida de La Habana, y tú pobre y de origen
oscuro... En tercer lugar... Pero, ¿a qué cansarme? Hay otro
inconveniente todavía mayor, más grande, insuperable... Tú eres una
chicuela casquivana... Mujer perdida, sin remedio. ¡Dios mío! ¿qué he
hecho yo para que me castiguen así?
La última exclamación la hizo _seña_ Josefa, ya en pie y con las manos
en los oídos, como para no oír por boca de la nieta la confirmación del
mal juicio que se había formado acerca de sus opiniones sobre el
matrimonio. Cecilia se puso también en pie y quiso seguir a la abuela,
sea con la intención de calmarla, sea con la de justificarse, explicando
o ampliando su idea; pero se detuvo de repente porque en aquel momento
asomó por la entreabierta puerta de la calle el bien conocido rostro de
Nemesia.
CAPÍTULO XII
_...Pero ponme_
_esa mano en este pecho._
_¿No sientes en él, Matilde,_
_Un volcán? ¡Pues son mis celos!_
J. J. MILANÉS
--Santos días por acá, entró diciendo muy risueña Nemesia sin llamar a
la puerta.
Pero se quedó callada e inmóvil no bien echó de ver la cara y actitud de
sus dos amigas. La abuela había vuelto a desplomarse en la butaca, su
sitio favorito; la nieta se mantenía de pie, junto a la mesa, en la cual
apoyaba una mano, fluctuando visiblemente entre el dolor y la
desesperación.
No pudo ser más oportuna la aparición de la amiga en aquellas
circunstancias. La anciana había dicho más de lo que la prudencia
aconsejaba, y la joven temía averiguar el sentido íntimo de las últimas
palabras de la abuela. ¿Qué sabía ella? ¿Por qué usar un lenguaje tan
embozado? ¿Abrigaba fundadas sospechas o sólo pretendía intimidar?
La verdad es que en la disputa, con la conciencia alarmada, si no en
posesión de hechos, ambas habían avanzado a un terreno resbaladizo,
hasta allí vedado para ellas, donde la primera que entrase había de
recoger larga cosecha de pesares y remordimientos. Por su parte, no
creía _seña_ Josefa llegado el momento de enterar a Cecilia de su
verdadera posición en el mundo. Tal vez el lechero se había equivocado
respecto de la identidad del joven; tal vez éste meramente pasaba por la
puerta de la casa. Si usted quiere conservar la inocencia de una
doncella, no la acuse, sin pruebas de haber pecado. Por estas razones
_seña_ Josefa, aunque desazonada, y llena de profundo pesar, desde lo
íntimo del pecho saludó con alegría la venida inesperada de Nemesia.
Por fortuna también, para sacar a las tres mujeres de su embarazosa
situación, llamaron entonces a la puerta de la calle con un fuerte golpe
de aldaba, modo desusado de llamar. _Seña_ Josefa, siempre lista para
estos casos, corrió a abrir, recibiendo, junto con un saludo profundo,
un papel que le alargó un negro ya canoso, vestido decentemente de
limpio. Tenía todo el aire de calesero de casa principal. Dada la carta,
se marchó diciendo:--No contesta.
No tenía, en efecto, contestación, ni venía dirigida a _seña_ Josefa,
sino al «Dr. Don Tomás de Montes de Oca. En mano propia». Llegaba a
tiempo de calmar la ansiedad mayor de su espíritu atribulado. Con el
auxilio de las gafas, que le alcanzó Cecilia, pudo ella mascullar para
sí:
«Muy señor mío: De conformidad con lo que hemos hablado, doy la
presente a la portadora, que se le presentará hoy mismo, a fin de
que Vd. la explique lo que haya de hacerse en el asunto consabido.
Está de más repetirle que responde a todo y que le vivirá
eternamente reconocido S. S. S. y amigo Q. B. S. M.[39]
_C. de Gamboa y Ruiz._»
Leída una y otra vez la carta para enterarse mejor del contenido, miró
por encima de las gafas, primero a la nieta, luego a Nemesia, que se
estaba callada a esperar el resultado de aquella escena muda,
conocidamente absorbida, y como dudosa del partido que debía tomar. Pero
el «hoy mismo» de la carta la obligó a formar una resolución
preguntando:
--¿Qué hora es?
--Son las ocho, contestó Nemesia prontamente. Acaban de mudar las
guardias de la _suidad_. Como que oigo los tambores _entodavía_.
--¡Qué me alegro! repuso _seña_ Josefa. ¿Estás tú hoy muy de prisa, hija
mía? añadió hablando con Nemesia.
--No, señora, ni un tantico. Iba a la sastrería de Uribe en busca de
costura. Pero si la vida dura, el tiempo es largo. Iré más tarde. Lo
mismo da.
--Ahora bien, hija, tú me vas a hacer un favor: te quedas aquí en la
compaña de Cecilia, intertanto doy un saltico a la Merced y vuelvo en un
santiamén. ¿Te quedarás?
Sin aguardar respuesta se ciñó de nuevo la correa, se echó el chal de
cañamazo por la cabeza y salió a la calle. Y no bien lo hizo cuando
Nemesia se volvió de improviso para Cecilia, la cogió por ambas manos y
le dijo:
--¿Qué te cuento, china? Acabo de toparme con él.
--¿Con quién? preguntó Cecilia.
--Con tu adorado tormento.
--¿Y qué bienes nos vienen con esa gracia?
--¿Es posible, mujer? Lo dices como si no te importara. Cuando digo que
me he topado con él es porque creo que te interesa saber cómo, cuándo y
dónde lo he visto. Vengo a buscarte.
--Yo no puedo salir.
--Para estos casos siempre hacen un poder las mujeres de pelo en pecho
como tú.
--Mamita puede volver pronto y yo no quiero que me encuentre fuera.
--¿Qué importa? ¿Quién dijo miedo? No es lejos tampoco. Detrás de Santa
Teresa.
--No sé qué sacaré yo con ir hasta allá.
--Tal vez un desengaño.
--Pues para eso no voy. No quiero desengaños tan temprano.
--Es preciso que vengas, mujer. Te interesa, te lo repito. Pronto.
--No estoy vestida ni peinada.
--No le hace. En un momento te pones el túnico, te alisas el pelo, te
echas la manta por la cabeza y _naide_ te conoce. Yo te ayudaré.
--Nene, ¿cómo dejamos la casa?
--Le echamos la llave a la puerta, y ojos que te vieron ir, paloma
torcaza. Vamos, anda. No hay tiempo que perder. Podemos llegar tarde,
cuando _haygan_ volado los pájaros.
--Me da vergüenza salir a la calle de trapillos.
--_Naide_ te verá. ¡Hombre! Ni que fueras a perder por eso el
casamiento. ¿Vienes? Sería una lástima llevarnos chasco.
--¿Qué será? pensó Cecilia entrando en el cuarto para prepararse, como
lo hizo, en un dos por tres.
Había logrado Nemesia despertar la curiosidad y aún la alarma en el
ánimo de la amiga, y de antemano saboreaba el placer de verla morir de
celos.
Bastante trabajo costó a las dos muchachas el cerrar la puerta con
llave. La oxidada cerradura estaba fija en el ángulo del marco y la
traviesa a un lado, el picolete adherido a su armella en la hoja macho
al otro, mal ajustado en la alcayata que le servía de apoyo, y de
consiguiente no entraba el cerradero en la hembrilla para que hiciera
presa el pestillo. Al fin, lograron su objeto, haciendo uso Cecilia de
más maña que fuerza; y echaron a andar a paso menudo, bajo la sombra de
los tejados, en dirección del sur de la ciudad.
Detrás de las tapias del convento de Santa Teresa, opuesto a una casa de
ventanas de poyo alto y rejas voladizas, había parado un carruaje, al
cual se veían enganchados tres caballos apareados, de frente para la
calle de la Muralla. El calesero montaba el de la izquierda, armado de
machete largo y demás adminículos del oficio, en son de marcha. Al
estribo inmediato a la acera había un joven dando los últimos adioses a
una señorita en traje de viaje, que se hallaba sentada a la derecha de
un caballero entrado en años y de aire respetable.
Ocupaba el poyo de la ventana mencionada un grupo compuesto de varias
señoras y caballeros, todos conocidos nuestros; es decir, la familia
Gámez, Diego Meneses y Francisco Solfa, despidiéndose de Isabel
Ilincheta que, en unión de su padre, se volvía para Alquízar. Casi a un
tiempo todos aquéllos le dirigían la palabra desde la ventana y ella les
contestaba, asomando a veces la cabeza por debajo del capacete, sin
desatender el joven al estribo, que apoyaba en él un pie mientras asía
con la mano izquierda la abrazadera del quitrín.
En esto llegaban las dos muchachas por la parte del norte de la calle.
Desde lejos reconoció Cecilia al joven que hacía de lacayo, Leonardo
Gamboa. Y aunque no había visto todavía a la dama del carruaje, ni a
derechas la conocía tampoco, adivinó quién podía ser. Andando, andando,
formó la resolución de dar un buen susto a los dos, tal que les sirviera
de castigo, si no de saludable escarmiento. Para ello, adelantose a su
compañera, le pegó un fuerte empellón a Leonardo, que, por no estar
prevenido, perdió el equilibrio, resbaló y dio de costado en la concha
del quitrín, a los pies de la sorprendida dama. Esta, ignorante de lo
que pasaba, o juzgando que aquello no era más que una broma, aunque
pesada, sacó la cabeza por debajo de la cortina para ver a la agresora,
en cuyo momento, creyendo reconocerla, entre asustada y reída,
exclamo:--¡Adela!
En efecto, Cecilia, sin el disfraz, pues se le había rodado el embozo a
los hombros, la negra cabellera flotando, sólo sujeta a la altura de la
frente por una cinta roja, con las mejillas encendidas y los ojos
chispeantes de la cólera, era el trasunto de la hermana menor de
Leonardo Gamboa, aunque de facciones más pronunciadas y duras. Mas ¡ay!
reconoció ella pronto su error. Apenas se cruzaron sus miradas, aquel
prototipo de la dulce y tierna amiga se transformó en una verdadera
arpía, lanzándole una palabra, un solo epíteto, pero tan indecente y
sucio que la hirió como una saeta y la obligó a esconder la cara en el
rincón del carruaje. El epíteto constaba de dos sílabas únicamente.
Cecilia lo pronunció a media voz, despacio, sin abrir casi los
labios:--¡Pu...!
Nemesia se llevó por fuerza a Cecilia, Leonardo se incorporó como pudo,
el señor Ilincheta dio la orden de marcha, el calesero pegó con el pie
en los ijares del caballo de varas, dejando caer al mismo tiempo la
punta del látigo en las espaldas del de fuera y el carruaje partió a
buen paso, con lo que a poco más se perdió de vista en la esquina de la
calle inmediata, por donde torció a la derecha en dirección de la puerta
de las murallas de la ciudad, llamada _de Tierra_. En vano las señoras y
caballeros en el poyo de la ventana esperaron ver alzarse la cortina del
postigo posterior del quitrín y asomar el pañuelo blanco para decir el
último adiós. Ni aquélla se movió, ni apareció éste tampoco, pregonando
el hecho, desde luego, la desagradable impresión que había producido el
lance en el ánimo de los desapercibidos viajeros. Mas todavía cuando
recapacitaron en lo que acababa de suceder, ya no estaban allí las
mulatas, ya había desaparecido Leonardo juntamente con el carruaje.
En la calle de la Merced, cerca del convento de este nombre, como quien
va para la alameda de Paula, sobre la mano derecha, hay una casa de
azotea, la única de la cuadra. La entrada, aunque amplia, pues admitía
hasta dos carruajes en fila, no era de las llamadas propiamente de
zaguán. Delante de la puerta había estacionada una mala volante a la que
se hallaba enganchado entre varas, un caballo que para no desdecir de
aquélla tenía más de Rocinante que de Bucéfalo. Encaramado allá en la
alterosa silla, hecha así por la multitud de sudaderos para mejor
resguardo de los lomos de la bestia, descansaba a horcajadas el calesero
negro, cuyo traje y aspecto no desdecían un punto del resto del
equipaje. Mientras esperaba por el dueño, o dormía, o tenía en la
mollera más aguardiente del necesario, porque le costaba trabajo
mantener la cabeza erecta y alta, antes daba a veces con la frente en el
pescuezo del caballo, que por su inmovilidad parecía de piedra.
Se le acercó _seña_ Josefa por el lado de dentro y le dirigió la palabra
repetidas veces, sin lograr que despertara o diera señales de vida. Bien
es que ella, por respeto o por natural timidez, ni alzaba bastante la
voz, ni osaba tocarle. No sabía su nombre tampoco, pero sospechando que
se llamaba José, le dijo éste repetidas veces en tono cariñoso:--José,
José, Joseíto, ¿está ahí el Doctor?
Medio se incorporó el negro en la silla, e hizo muecas horribles en el
afán de abrir los ojos, casi cegados por el polvo blanco de la calle, y
dijo al fin:--_Yo no me ñama José, me ñama Ciliro, y mi amo el Dotor
está ahí aentro, si no ha salío. Dentre, dentre._
Después de darle las gracias al amable calesero, entró, en efecto, la
anciana. Había en la sala varias personas de aspecto pobre y ambos sexos
esperando por el médico, el cual en aquel momento no se hallaba
presente. _Seña_ Josefa le conocía, y desde luego le buscó por todas
partes con cierta inquietud, pues tal vez había salido; aunque el hecho
de la volante a la puerta y la presencia de los pacientes en la sala,
indicaban que si estaba fuera de casa, no era para la visita ordinaria
de enfermos que giraba todos los días después de almuerzo. Al fin
alcanzó a verle en el patio, inclinado sobre un hombre que, sentado en
una silla, emitía de cuando en cuando quejidos apagados, más dolorosos,
por donde se conocía que el Doctor ejecutaba una operación quirúrgica
difícil. Era Montes de Oca cirujano hábil, no cabe duda, al menos
atrevidísimo en el manejo de la cuchilla, tajando carne humana como
quien taja hogazas de pan, siempre, es verdad, con acierto, tal vez por
la misma sangre fría con que ejecutaba esas operaciones carniceras.
Cuéntase, en efecto que en cierta ocasión le abrió el vientre a un
individuo para extirparle un absceso que se le había formado en el
hígado, y que lo ejecutó con la mayor fortuna, pues no se le murió el
paciente entre las manos, sino que sanó, al menos de aquella dolencia.
Eso sí, era tan hábil como interesado y codicioso de dinero. A nadie
curaba de balde; ni se movía de su casa sino para hacer visitas de paga
al contado violento, o con promesa explícita de que se le pagaría bien
su habilidad, reconocida generalmente, tarde que temprano.
Conoció luego _seña_ Josefa que había terminado la operación, así porque
había cesado de quejarse el paciente, como porque el Doctor, alzando el
instrumento con que la había ejecutado, dijo:
--¡Ea! ya está Vd., despachado. Vea lo que tenía en el oído: un frijol,
como un garbanzo, pues con la humedad de esa parte creció dos tantos de
su natural tamaño.
--Gracias, Doctor, mil gracias. Dios se lo pague y le dé mucha salud. No
sabe Vd. cuánto me ha atormentado ese frijol en el oído. Hacía más de
diez días que no dormía, no comía ni...
--Lo creo, le interrumpió el Doctor con aire triunfante y no poco
receloso. Buen trabajo me ha costado extraerle el cuerpo extraño. Luego,
la parte esa es tan delicada, que por poco que me fallase el pulso
podían resbalarse las pinzas y dañarle el tímpano del oído y dejarle
sordo por el resto de sus días. Bien. Ahora me paga Vd. mi trabajo, se
marcha a casa y se da unos bañitos de cocimiento de malvas con unas
gotas de láudano para calmar la irritación...
--¿Cuánto le debo Doctor? preguntó el hombre temblando, no ya del dolor,
sino del recelo de que le pidiesen mucho dinero por una operación
ejecutada, y eso brevemente.
--Media onza de oro, contestó Montes de Oca con sequedad e impaciencia.
No tuvo el hombre más remedio que meterse la mano en el pantalón y sacar
un pañuelo nada limpio, en una de cuyas puntas tenía atadas varias
monedas, que ciertamente no hacían mucha mayor suma de la que había
exigido el cirujano por la curación. Volvía éste para la sala, como
acostumbraba con la cabeza baja y el hombro derecho derribado, cuando se
encontró de manos a boca, cual se dice, con _seña_ Josefa, a la que
preguntó con su voz gangosa:
--¿Qué quiere Vd. buena mujer?
Por toda respuesta _seña_ Josefa le alargó la carta de recomendación.
--¡Ah! agregó el cirujano después de haberla leído. Tenía ya noticias de
esto. El mismo señor don Cándido estuvo aquí bien temprano y me habló
del asunto. Pero debo decirle a Vd. lo que a él le dije, a saber: que no
he visto aún a la enferma, que no conozco el caso y que sin conocerlo
tendría que ser adivino para decidir lo que deba hacerse.
--¿No le contó el señor don Cándido, se atrevió a observar la anciana,
toda temblorosa, que el caso es desesperado, digo, que no da espera,
porque depende la vida o la muerte...?
--Sí, sí, la interrumpió el cirujano. Algo me dijo sobre eso el señor
don Cándido. El caso es que no puedo atender a todo. Si me dividiese en
diez me parece que no daba avío. ¿Ve Vd. los que aquí aguardan por mi?
Pues fuera me esperan muchos más, y todos con premura. Estimo al señor
don Cándido, sé que es generoso, desprendido y que sabe agradecer los
favores que se le hacen. Deseo, puedo y está en mi mano servirle; creo
que si le sirvo esta vez, ha de pagármelo bien. Mas Vd. es mujer
racional, conocerá que necesito tiempo, que debo examinar por mí mismo
el caso antes de aventurar un diagnóstico. Tal vez no tenga cura, tal
vez sea peor el remedio que la enfermedad. No soy el médico brujo que a
ciegas decidía y así salía ello. Sin embargo, quizás Vd. pueda darme
mejores informes de lo que ha podido el señor don Cándido, que, por lo
que entiendo, conoce el caso de oídas. ¿Quién es la enferma?
--¡Mi hija!, señor don Tomás.
--¿Hija de Vd. eh? ¿Qué edad tendrá ahora?
--Va en los treinta y siete.
--Vamos, no es vieja. Hay ahí cuerpo todavía, y habrá resistencia. ¿Qué
tiempo hace que enfermó?
--¡Ay, señor! Mucho tiempo, la vida de un cristiano, hará ahora
dieciocho años más bien más que menos.
--No, no quiero decir eso. ¿Desde cuándo entró en el hospital de Paula?
--Poco después de haber enfermado. Hace ahora algo menos de diecisiete
años, porque la niña tendría unos dos meses de nacida cuando, por no
poderla sujetar en casa, me vi obligada a ponerla en el hospital de
Paula, según me aconsejó el médico Rosaín. Ya puede imaginar el señor
Doctor lo que me costaría esta separación. Se me arrancó el alma...
--De suerte, añadió pensativo Montes de Oca, de suerte que la niña...
--¿Mi nieta? dijo _seña_ Josefa.
--Sí, su nieta de Vd., hija de la enferma, ¿tendrá...?
--Va en los dieciocho años de edad.
--¿Y qué tal?
--A Dios gracias, buena y sana.