--Sal. Llámale. Detenle. Dile que yo le llamo. Corre, patas de plomo.

Entre tanto volvía el esclavo no cesó don Cándido de ir y venir, muy

desazonado, de la ventana de la calle a la reja del zaguán y vice versa,

murmurando:

--¿A dónde irá el muy bribón a estas horas? A nada bueno por cierto.

Allá ha ido. Claro que sí, por decontado. Le estoy mirando. ¿Y no habrá

dejado aquella santa mujer nadie al cuidado?... Tal vez no, lo más

probable es que no. A ciertas gentes se les pasea el alma por el cuerpo,

se descuidan mucho, no toman precauciones y de aquí provienen las

desgracias... El demonio no más podría imaginar un cúmulo de

circunstancias... La ocasión, la edad, la tentación, el enemigo malo que

no duerme... Yo también me he descuidado. Debí preverlo, evitarlo, sí,

impedirlo... Pero ¿cómo? ¡Si yo pudiera dar la cara! Veremos. Le

desnuco, le meto en un buque de guerra como me llamo Cándido, y hago que

le den chicote a ver si suelta alguna de la sangre criolla que tiene en

las venas. No es hijo mío, no. Todo esto se hubiera evitado si le mando

a España como tenía pensado hace más de cuatro años. Su madre tiene la

culpa. Casi, casi me alegraría de que no le encontrase Pío, porque

podría matarle. Tal me siento contra él.

En esto volvió Pío fatigado, sin aliento y dijo:

_--Na, lamo, el niño no parece po ningún parte._

--¡Bruto! tronó don Cándido. ¿Por dónde fuiste a buscarle?

_--Po la mano e larienda, lamo._

--¿Por la izquierda, quieres decir? ¡Animal en dos pies! Si marchó por

la derecha ¿cómo habías de dar con él, pedazo de bestia? Vete. Quítate

de mi presencia, porque si Dios no me tiene de su mano, me parece que te

destripo de una patada.

A las voces destempladas de don Cándido se asomó doña Rosa a la puerta

del aposento que daba a la sala, y asustada preguntó:

--¿Qué ha sucedido, Gamboa? ¿Por qué gritas?

--Pregúntale a tu hijo que acaba de salir por ahí hecho un facineroso.

--¿Un facineroso? No lo entiendo. ¿Ha hecho algo malo? ¿Va a hacerlo?

--No sé mucho más que tú; sin embargo, sospecho, temo, se me ha puesto

que el muy bribón va a hacer una de las suyas. Se necesita ser ganso

para no sospechar que ese muchacho no ha podido salir a la calle a estas

horas en que no se ven ni las manos, y recatándose de mí, para oír misa

ni confesarse.

--Quizás ha ido a tomar el fresco, quizás ha querido darte gusto

levantándose de madrugada. No hay razón para sospechar nada malo. Tú, al

menos, no estás seguro, no lo sabes. ¿Por qué has de pensar siempre mal

de tu hijo?

--Porque dice el refrán español: piensa mal y acertarás.

--Te repito, él no ha ido a nada bueno. Le conozco mejor que tú que le

pariste. Yo sé lo que he de hacer con él.

--El pobre muchacho no acierta nunca a complacerte. Ni que fuera tu

hijastro. Si lo fuera, tal vez serías más indulgente...

--Compadécele. Dios quiera que no tengas que llorarle antes de mucho.

Luego que salió Leonardo a la calle notó que, arrimado a la acera de la

izquierda caminaba en la dirección de Paula un bulto oscuro como de

mujer. Entre seguirlo hasta cerciorarse de quién podía ser y alejarse de

su destino, estuvo un momento titubeando, pero la voz de su padre, que

llamaba a Pío, le decidió a marchar la vuelta contraria, a fin de ganar

lo más pronto posible la esquina de la calle de Santa Clara. Así lo hizo

en segundos de tiempo. Por esta casualidad no le dio alcance el esclavo.

En poco más se puso en la calle de O'Reilly, y subió al alto terraplén

o terrado del convento de Santa Catalina, lo atravesó de este a oeste y

descendió a la calle del Aguacate por la escalera de tres o cuatro

escalones mencionada al principio de esta historia, yendo derecho a la

casita enfrente de ella.

Pareciéndole que la puerta no estaba cerrada con llave ni tranca, empujó

una hoja con la punta de los dedos. Cedió algo, en efecto; por lo cual

hizo mayor esfuerzo, rodó la silla en que se apoyaba y se abrió lo

bastante para que el joven se deslizara por entre las dos hojas y

quedase dentro, sin más ni más. De pronto no vio nada. Allí eran las

tinieblas tan espesas como el aire húmedo que llenaba la estrecha pieza.

Sin embargo, a favor de la lámpara que ardía aún en el poyo del nicho

sobre la izquierda, pudo al fin distinguir al alcance de su mano un par

de palomas caseras dormidas en el respaldo de una silla, un gato

enroscado en el fondo de un sillón de vaqueta, y una gallina bajo una

mesa protegiendo con sus amorosas alas varios pollitos, que asomaban los

picos por entre las plumas y empezaron a piar del modo suave y repetido

que suelen siempre que sienten temor o frío.

Gradualmente sus miradas fueron elevándose del suelo hasta la altura de

la puerta del cuarto del fondo, donde vio algo que le pareció una mujer

o visión, de pie, escasamente vestida con un ropaje blanco, y el copioso

cabello suelto hecho mil anillos y revueltas ondas, desparramadas por el

seno y los hombros sin alcanzar a ocultarlos, con ser tan abundoso y

largo. Reconocerse, correr el uno hacia la otra y abrazarse

estrechamente en medio de los besos ardientes y sonoros, fue todo uno.

El hospital de Paula no es más que la continuación de la iglesia del

mismo nombre, inmediato al ángulo de la muralla, por la parte que da al

sudeste de la bahía. Tiene la entrada al norte, abierta en una alterosa

tapia de una galería que sirve de pasaje entre la iglesia y el

hospital. Precede a la entrada un vestíbulo con tejadillo, que más

parece mampara de convento que otra cosa. Allí se estaciona un centinela

para impedir el escape de los presos o dementes que reciben asistencia

médica en el hospital. Generalmente sólo se admiten mujeres en uno u

otro estado, cuando ni el delito es grave, ni la demencia de carácter

furioso.

La mujer que había visto Leonardo caminando a paso vivo en la dirección

del sur de la ciudad, por la calle de San Ignacio abajo, no paró hasta

llegar al vestíbulo de que antes hemos hablado. Empezaba a clarear el

horizonte entonces por el lado de oriente. Era su ánimo entrarse de

rondón, pero ya la centinela con el sable desnudo se paseaba de un

extremo al otro del tejadillo, y se le encaró cerrandole el paso:

--Buenos días tenga Vd., señor militar, dijo la anciana tratando de

congraciarse con la centinela.

--Buenos o malos, contestó con rudeza el soldado, hace ratos que acá los

tenemos.

--El señor militar parece que no me conoce, agregó ella en tono y

actitud suplicatorios.

--No tiene nada de extraño, porque el diablo me lleve si he tenido

tratos con brujas.

Se persignó la mujer y añadió que deseaba hablar con _seña_ Soledad, la

madre del hospital.

--Tampoco conozco a esa tía, repuso la centinela reasumiendo sus paseos.

Por allá dentro nadie se menea. Entrar, entrar y despejar el campo.

En traspasando el umbral del vestíbulo, se está en un gran patio

cuadrangular que lo forman, por la derecha el costado de la iglesia y

por los otros tres lados unos anchos pasadizos, de los cuales el de la

izquierda, por tres anchas puertas conduce a la sala de la enfermería.

Varias columnas cuadradas de fábrica de mampostería dividen ésta en dos

naves longitudinales, llenas de camas, cuyas cabeceras se apoyan en las

paredes maestras del edificio, con lo que queda despejado el centro. No

había allí mamparas ni compartimientos, de manera que el observador

situado en cualquiera de las puertas, podía registrar con la vista todas

las camas. Hacia la bahía o el este, lo mismo que hacia el sur y el

norte, había ventanas altas que daban claridad y saludable ventilación a

la espaciosa sala.

Apenas la mujer con el cilicio de cañamazo puso el pie en el patio, vio

asomar por el lado de la iglesia a la madre _seña_ Soledad, con un

farolito, y detrás de ella un clérigo en sotana negra de sarga, sin

bonete, llevando en ambas manos, a la altura de su pecho, un copón de

plata con tapadera de lo mismo. Ambos caminaban a paso largo y

murmuraban ciertos rezos que en el silencio del patio resonaban con los

zumbidos de muchos moscones. Se encaminaron derecho a la enfermería y

atravesaron la sala de un lado a otro. Al pasar los dos por junto a la

anciana, conoció ésta de lo que se trataba y cayó de rodillas

exclamando:

--¡Los óleos! Dios reciba en su seno el alma del moribundo.

Rezado el credo con mucho fervor, recogió todas sus fuerzas hecha casi

un arco con su cuerpo y dando traspieses, continuó hasta la puerta del

medio de la sala y volvió a caer de rodillas. Era que acababa de notar

que el clérigo de pie al lado de una cama enfrente, administraba la

extrema unción a una de las enfermas, mientras la madre de rodillas en

el lado opuesto suspendía cuanto podía el farolito para alumbrar aquella

triste y desolada escena.

De vuelta de la iglesia a donde había acompañado al clérigo, la madre

tornó a la sala y encontró todavía de rodillas a la mujer del cilicio,

con la cabeza doblada sobre el pecho, absorbida en sus oraciones. Tocole

en el hombro _seña_ Soledad y le dio los buenos días, en cuyo momento

la mujer, en tono de voz casi ahogado por la angustia:

--¿Conque ha muerto? preguntó.

--Ya descansa en paz, contestó la madre brevemente.

--¡Ah! dijo la anciana y cayó desplomada en el suelo.

--¡Jesús! ¡_Seña_ Josefa! repitió la madre haciendo esfuerzos por

levantarla. ¿Qué le pasa? ¡Va que Vd., no me ha entendido! Mire que todo

ha sido una equivocación de las dos. No comprendí su pregunta de Vd., ni

Vd., tampoco comprendió mi _contesta_. La muerta no ha sido Charo. No,

señor, no ha sido ella, sino una pobre morena que hacía pocos días había

entrado en el hospital. Charo va mejor, está más aliviada del pecho. Sí,

no cabe duda. Así lo dice el médico y yo lo veo. Vamos, venga, quiero

que Vd. se desengañe por sus mismos ojos.

Poco a poco, con tales seguridades, empezó a volver en sí _seña_ Josefa.

Después de derramar un mar de lágrimas en silencio, se sintió en actitud

de seguir a la madre hasta la cama de la enferma por la cual se

interesaba tanto. Hallábase la tal a la sazón sentada, sin más abrigo

que la sábana que le cubría las piernas encogidas, las cuales sujetaba

con ambos brazos desnudos, apoyando la frente en las rodillas. Tenía

cortado el cabello casi de raíz, como se hace generalmente con los

locos, y bajo la piel floja, descolorida y seca mostraba la armazón de

huesos, tanto más cuanto que la camisa, sola pieza interior que llevaba,

no le cubría sino parte de la espalda. Por su posición en la cama y por

una tos hueca y débil que a veces le acometía, se conocía que estaba

viva.

--Charo, Charito, le dijo la madre con amabilidad. Mira quién está aquí.

Levanta la cabeza, niña. Anímate.

--¡Hija mía! se atrevió a decir _seña_ Josefa. Mírame. ¿Me oyes? ¿Me

conoces, mi vida? Soy tu madre, quiero verte la cara. Respóndeme

siquiera. Te traigo buenas noticias; pronto vamos a sacarte de aquí. Te

llevaremos al campo para que te cures y tengas el gusto de conocer y

abrazar a tu hija. ¡Ah! ¡Si la vieras! Está lindísima. Es tu retrato

cuando eras de su edad.

--Véala Vd. tan callada, dijo _seña_ Soledad. Cuando está así no habla,

no se mueve y cuesta Dios y ayuda que pase un bocado. Otras veces la

coge por gritar, como si la estuvieran matando, por llorar o por reírse

a carcajadas.

Pero en vano empleó _seña_ Josefa los medios que juzgó más eficaces para

moverla. En vano acudió a los ruegos, a las caricias, a las lágrimas; la

enferma se mostró insensible a todo, no contestó palabra, no alzó la

cabeza, no cambió la posición acurrucada. Claro era que no había tenido

conciencia de la escena de muerte que acababa de verificarse en una cama

opuesta a la suya, y, por supuesto, no dio señal alguna de haber

reconocido la voz familiar de _seña_ Soledad, ni la angustiosa de su

desconsolada madre.

En fin, se adelantaba el día y era preciso que _seña_ Josefa se

apresurase a volver a su casa, donde había dejado sola a la nieta. Dijo,

pues, a la carrera a _seña_ Soledad que el caballero que las protegía a

ellas se proponía hacer el último esfuerzo para curar a Charo, si es que

aún tenía remedio, y que para ello la llevaría al campo, cerca del mar,

en donde respirase otro aire y se bañase a menudo, bajo la vigilancia de

un médico.

--Pues a ello, _seña_ Josefa, y que para bien sea, dijo alegre la madre.

Lo que es aquí, está visto que esa pobre muchacha no tiene cura. Además,

es preciso sacarla o no hay modo de impedir que se la lleven para la

nueva casa en la Beneficencia. Todos estos días atrás han andado

recogiendo pobres y locos por las calles. Ayer se llevaron a Dolores

Santa Cruz, tan alborotosa. Y el Comisario Cantalapiedra ya me ha

notificado la orden de traslación de todas las locas en disposición de

moverse.

Figurarse puede cualquiera cómo llevaría el corazón _seña_ Josefa

después de lo que había visto, escuchado y sentido en el hospital de San

Francisco de Paula.

CAPÍTULO XI

_...Pero si el vicio mancha su limpieza

Vertiendo en ella su funesto hielo,

Levanta el ángel de su guarda el vuelo,

Y Dios torna a otro lado la cabeza._

LUISA PÉREZ DE MONTES DE OCA

Era el día claro y calentaba bastante el sol cuando _seña_ Josefa volvió

a su casita de la calle del Aguacate. Al parecer nadie allí se había

movido, excepto la gallina con sus polluelos, que buscaban la salida al

patio por entre el cabio y el quicio de la puerta. El primer cuidado de

la anciana fue ver si la nieta reposaba en el alteroso lecho; y

satisfecha de que dormía tranquila, se quitó el chal de cañamazo, se

desciñó la correa y se dejó caer en la butaca, desalojando para ello al

gato, que al ruido de la entrada de su ama entonces se esperezaba, abría

tamaña boca y mostraba la roja lengua con los afilados dientes.

En desplomándose dio un profundo suspiro. Apuraba ahora el cáliz más

amargo que jamás apuraron labios humanos. Su única hija languidecía en

un hospital, privada de los cuidados maternales, falta de juicio y

devorada por la consunción, si que ella pudiera valerle en nada. Que no

tendría remedio ni alivio mientras continuara en ese lugar, plenamente

convencida quedó en aquella mañana _seña_ Josefa, si era que antes

abrigaba dudas.

¿Por qué estaba la madre afligida separada hacía tanto tiempo, de la

hija doliente y moribunda? Esta separación tenía dieciséis años de

fecha, porque, según recordará el lector, María del Rosario Alarcón

había perdido el juicio a consecuencia del sentimiento y sorpresa que le

produjo el secuestro de su hija recién nacida, para pasarla por la Casa

Cuna. Cuando se la devolvieron, bien amamantada y rolliza, ya era

demasiado tarde, ya se había apagado en su mente el último rayo de la

divina luz. Todavía si su demencia hubiese tomado un carácter manso y

tranquilo, habría sido posible dejarla pasar el resto de su vida al lado

de la madre y de la hija; pero a veces le entraban accesos de furor, en

cuya disposición era difícil sujetarla e impedir que se hiciera daño o

le hiciera a los suyos.

Además, aun cuando por no haber casa de dementes en La Habana, admitían

en los hospitales, por ejemplo, en el de Paula, algunas mujeres en ese

estado, aquéllos cuyas familias no podían guardarlos en sus casas que

eran los más, andaban sueltos por las calles, hechos el hazmerreír de

los muchachos y el escándalo de las gentes timoratas. Tal, entre otros,

Dolores Santa Cruz, a que hizo referencia la madre del hospital de

Paula.

Esta negra había sido esclava de la familia distinguida de Jaruco cuyo

apellido llevaba. Con su industria y economías había logrado libertarse

y reunir un capital. Compró casa y esclavos, dedicándose a la reventa de

carnes y frutas, que entonces era negocio bastante lucrativo.

Sin que sepamos el motivo, alguien le disputó en juicio el dominio

directo a su pequeña hacienda. Esto la enredó en un pleito largo y

costoso, que si bien ganó con costas, en honorarios, sobornos, propinas,

entre abogados, procuradores, escribanos, oficiales de causa, jueces y

asesores, se consumió el valor de la casita, juntamente con el de las

dos esclavas. El resultado fue, que el día menos pensado la pobre mujer

se quedó literal, no figuradamente, por puertas.

Golpe rudo debió de haber sido éste para quien amaba mucho el dinero y

las satisfacciones que procura. La que siendo esclava fue libre, dueña

de esclavos y de fincas, y de nuevo se vio atada al poste de otra

esclavitud: la miseria; no era posible sobrellevar el cambio sin que su

razón perdiese el equilibrio. Se le desvaneció en efecto, y desde

entonces, vestida de harapos, y adornada la cabeza con flores

artificiales y pajas, a la Hamlet,[38] recorría día y noche las calles

apoyada en un palo largo, de que pendía una jaba, gritando

desaforadamente por las esquinas: _¡Po! ¡po! Aquí va Dolores Santa Cruz.

Yo no tiene dinero, no come, no duerme. Los ladrones me quitan cuanto

tiene. ¡Po! ¡po! ¡Poó!_

Figúrese el lector la hija de _seña_ Josefa, madre a su vez desgraciada,

revelando al pueblo en sus arrebatos de locura los pasos, los medios y

el nombre, quizás, de la persona o personas por cuya agencia se veía en

aquel tristísimo estado. No debía darse, y no se dio semejante

espectáculo; antes por doloroso que fuese el sacrificio hubo que hacerlo

todo entero, como que de ello dependían hasta cierto punto la salud y la

felicidad de la inocente niña que había sido la causa indirecta de la

desgracia de su madre. Tampoco debía crecer y desarrollar su razón

viendo que ésta la había perdido y era el ludibrio de los extraños. Ni

había llegado el tiempo, creía la abuela, de que la hija y la madre se

conociesen. La separación, pues, podía ser eterna.

Tales pensamientos ocupaban el ánimo de la anciana con más fijeza que

nunca en los momentos que llamaron a la puerta de la calle. Cual si

despertara de un sueño pesado, levantose a abrir y se encontró con el

lechero, isleño de Canarias que en el traje usual de los campesinos, con

una botija debajo del brazo y un jarrito de lata en la mano, la saludó

en el tono peculiar de su país, con las palabras:

--Pues abriera para mañana la casera. _Veríficamente_ ésta es la tercera

vez que le traigo la leche.

--Yo estaba en misa, contestó _seña_ Josefa trayendo la cazuela para

recibir la poción láctea.

--Como que iba creyendo que se habían muerto toditos en esta casa.

--Acabo de entrar de la calle.

Después de mirar a la vieja con aire peculiar, añadió:

--Andese con cuatro ojos la casera, continuó el lechero; porque enseña

el refrán que el que tiene enemigos no duerme.

--Yo no tengo enemigos, a Dios gracias.

--Parécele a la casera. Toditos tenemos enemigos ocultos en este mundo.

¿No tiene la casera una hija bonita?

--¿Hija? No, señor, nieta.

--Es lo _mesmo_. Pues en el palmito de esta nieta está el enemigo del

reposo de la casera. No hay mozo que no se perezca por los buenos

palmitos. El _demongo_ me lleve si esta madrugada mesma no _vide_ por

aquí un lindo don Diego. Ahora no me atrevo a decir si estaba juntito a

la puerta o a la ventana... Pero _de que lo vide lo vide_.

--El casero se engaña, observó la anciana desazonada y temblorosa. No

estuve fuera sino por corto tiempo, y mi nieta no tiene mozo que le

persiga el lindo palmito como dice el casero.

--Dígole a la casera lo que le digo, ándese con cuatro ojos, y no se

duerma en las pajas, porque _de que lo vide lo vide_.

Nuevo motivo de inquietud y de tormento para la desventurada abuela.

Sabía que un joven blanco, de familia rica, seguía a su nieta como la

sombra al cuerpo, que la hacía regalos costosos, que la facilitaba su

carruaje para concurrir a los bailes de las ferias, que ella

decididamente se pagaba de esas atenciones y obsequios; pero estaba muy

distante de creer, siquiera de sospechar, que él se aprovechase de su

ausencia en la iglesia o el hospital para soplarle la nieta, corromperla

y malograr su porvenir.

Entonces pensó que la había dejado sola, encomendada a la vecina de la

casa inmediata, y bien pudieron los dos amantes ponerse de acuerdo,

darse cita de antemano y reunídose allí mismo, mientras ella se andaba

por Paula. De cualquier modo, afirmaba el lechero haber visto temprano a

la puerta de su ventana o casita a un lindo don Diego.--¿Quién sabe si

estuvo dentro? ¿Cúya era la falta si ocurría una desgracia? ¿Sería

posible que la nieta siguiese el mismo camino y casi por los mismos

medios se perdiese como su desventurada madre?

--¡Ah! exclamó _seña_ Josefa cayendo de rodillas al pie del nicho donde

se veneraba la imagen de la Dolorosa. ¡Virgen Santísima! ¿Qué he hecho

yo para este duro castigo? ¿Cuál ha sido mi grave culpa? ¿Habré estado

toda la vida en pecado mortal sin saberlo? Tú sabes que he sido buena

hija, buena hermana y cariñosa madre. Yo he procurado criar mis hijos en

el santo temor de Dios. Yo me he desvelado por infundirles sanos

principios de moral, de virtud y de religión. Yo cumplo estrictamente

con lo que manda la santa madre Iglesia. ¿Por qué consientes, Virgen

purísima, amparo de los débiles, madre de misericordia, por qué permites

que el Tentador en figura humana aleje a mi nieta, niña inocente, tierna

oveja del señor, del camino de la virtud, la empuje al pecado y la haga

caer de la gracia divina como a su infeliz madre? ¿Me abandonarás tú

también, piadosísima Señora, en éste el más duro trance de mi vida?

Aunque _seña_ Josefa había tomado casi al pie de la letra las ideas y

hasta las palabras de los libros de devoción, únicos que leía, no cabe

duda ninguna sino que el fervor de su fe religiosa, la consideración de

la nueva desgracia que le venía encima, la conciencia de la tremenda

responsabilidad que le cabía en caso de salir ciertas sus sospechas, en

medio de su poca cultura, la habían inspirado, al punto de improvisar

una oración elocuente, por cuanto expresaba con verdad los sentimientos

que la dominaban en aquellas circunstancias. Poco fue, no obstante, el

alivio que proporcionó a su desgarrado corazón el ferviente desfogue.

Porque el aviso del canario, por oportuno y certero, hacía en su pecho

el mismo efecto del cuchillo, hincado en las carnes, que si se mueve

lascera, si se clava, mata. Tampoco era fácil olvidar las últimas

sentenciosas palabras de aquél, no pensar en ellas; antes continuamente

resonaban en sus oídos: _De que lo vide lo vide._

También resonaron en los oídos de Cecilia, la cual no dormía desde mucho

antes que volviese su abuela de la iglesia; sólo que le causaron

impresión muy distinta. Encendiéronle el pecho en cólera e indignación.

Porque, pensaba ella, ¿quién mete al hombre a dar semejante aviso? ¿Qué

le iba ni le venía conque ella tuviese o no tuviese un amante, en que se

viese con él o no por la puerta o por la ventana? ¿Por qué insistir en

haberle visto? ¡Maldito hombre! ¡No se le hubiera secado la lengua antes

de decir lo que dijo! Seguramente también vio al joven entrar o salir, y

si no lo afirmó con la misma pertinacia, fue porque la abuela no le dio

tiempo ni ocasión.

Pero fuerza era atender a las demostraciones de dolor y sentimiento de

la abuela, que parecían extraordinarias y debían tener causa poderosa y

legítima. ¿Cuál podía ser ésta? Ignoraba Cecilia lo ocurrido en Paula.

Su conciencia alarmada vino a descifrarle el enigma. Había cometido una

grave falta admitiendo en su casa, a ocultas de la abuela y contra su

expresa orden, al joven blanco con quien cultivaba relaciones amorosas.

Desde ese punto, la soberbia e independiente Cecilia experimentó algo

que no había experimentado nunca, algo que no atinaba a explicarse ella

misma, una revolución en todo su ser. Es que ante la culpa empezaba a

verse débil, temerosa, irresoluta, y tener vergüenza de sí, de su abuela

y de sus amigas. ¿Con qué cara se les presentaría ella? El hombre de la

leche iba a publicar su falta por todas partes aquella misma mañana.

Cuando menos el vecindario ya estaba impuesto de todo, y en cuanto

saliera a la calle la señalarían con el dedo y dirían de manera que lo

oyese:--Ahí va la muchacha que se aprovecha de la ausencia de su abuela

en la iglesia para admitir en su casa al hombre que públicamente la

corteja.

Cecilia Valdés o la Loma del Ángel · 第 19 / 44 段