--Reconozco, señores, la injusticia y los daños que nos ocasiona un

tratado por el cual se concede a Inglaterra, la enemiga natural de

nuestras colonias, el derecho de visita sobre nuestros buques mercantes;

pero los ministros de S. M. en su alta sabiduría tuvieron a bien

aprobarlo, y a nosotros, leales súbditos, sólo nos toca acatar y

obedecer el mandato del augusto monarca Q. D. G. Y se me figura,

señores, que si Vds., están dispuestos a respetar el tratado, no lo

están ni poco ni mucho a cumplirlo. En vano me hago de la vista gorda

respecto de lo que Vds. hacen día tras día (señores, cuando hablo así no

me refiero a Vds., personalmente, sino a todos los que se ocupan en la

trata de África), que según va la cosa, no pararán hasta meter sus

expediciones en Banes, en Cojímar, en los Arcos de Canasí y aun en este

mismo puerto. En vano he hecho cerrar y derribar los barracones del

Paseo, que Vds. no escarmientan y siguen introduciendo sus bozales en

esta plaza, persuadidos, sin duda, que no hay mejor mercado para esa

mercancía. En tal momento no se acuerdan Vds., del pobre Capitán

General, contra quien el cónsul inglés endereza sus tiros, porque no

bien entra aquí un saco de carbón, como Vds. dicen, cuando él lo huele y

viene hecho un energúmeno a desahogar conmigo su mal humor.

--¡Ea! Vayan Vds., con Dios y otra vez sean más prudentes. Y a propósito

de prudencia: ayer tarde vino a mí un joven dependiente de una casa de

comercio para quejarse de que a la luz del día, en la plaza de San

Francisco, le habían arrebatado un saco de dinero de su principal. ¿Cabe

mayor imprudencia que la de ir por la calle enseñando el dinero a todo

el mundo y tentando a la gente de mala índole? También se me quejó de

que al oscurecer del día de ayer, dos negros con puñal en mano le

pararon cerca de la estatua de Carlos III y le desvalijaron de cuanto

llevaba encima de valor, el reloj, etcétera. Si Vd. hubiera tenido un

tantico de prudencia, le dije, no se habría expuesto a perder la vida

atravesando sitio tan solitario como ese del Paseo, a la entrada de la

noche, hora que escoge la gente mala para cometer sus fechorías. Aprenda

de mí que no salgo de noche a la calle. Lo mismo digo a Vds.: no se

metan en las garras de los ingleses y salvarán sus expediciones, ni

comprometan la honra del Capitán General. La prudencia es la primera de

las virtudes en el mundo.

CAPÍTULO IX

_En ti pensaba y en aquel instante

Me mandaba llorar naturaleza._

JOSÉ MARÍA HEREDIA

Personaje de más cuenta de lo que nadie puede imaginarse era en casa de

Gamboa su Mayordomo don Melitón Reventos. Tenía en el manejo general

económico más voz que su amo, y a las veces se hombreaba en ese terreno

con doña Rosa.

Pero donde ejercía un poderoso imperio era entre los esclavos. Corría

con su provisión de vestuario y de alimentos, tanto de los del servicio

doméstico en La Habana, como de los de las fincas rurales. Para con los

primeros, sobre todo, se daba los aires de señor; más que eso, de

déspota. Hacía, sin embargo, respecto de éstos, dos excepciones el feroz

Mayordomo. En primer lugar, no gustaba de estrechar lance con el

calesero Aponte. No ya sólo era hombre serio y temible sino que

pertenecía al hijo mimado de la casa, el cual no quería delegar en nadie

el derecho de castigarle.

Tampoco tenía don Melitón malas obras ni malas palabras para Dolores.

Lejos de eso, para ella reservaba sus sonrisas, sus agasajos y

atenciones. De cuando en cuando la hacía regalos de pañuelos y dijes,

que la muchacha aceptaba sin reparo, aunque para usarlos tuviese que

mentir a sus señoritas; porque, después de todo, no halagaba poco su

vanidad el que un hombre blanco emplease con ella tales galanterías.

No tenían origen estas distinciones del Mayordomo en favor de Dolores en

la circunstancia de que era la doncella de las señoritas de la casa,

tratada por ello con ciertas consideraciones por toda la familia, no;

tenían diverso origen, procedían de los méritos de la moza como mujer:

joven, bien formada y bonita para negra.

Aquel día en que por llegar tarde de su comisión al bergantín _Veloz_,

almorzaba don Melitón a la cabecera de la mesa en el comedor, con todos

los aires de amo, servido atentamente por Tirso, acertó a pasar Dolores

y tropezar con su codo en los momentos en que se llevaba un vaso de vino

a la boca. Fuese aquello por casualidad o de hecho pensado, el Mayordomo

se aprovechó de la ocasión para pegarle un pellizco en el desnudo y bien

torneado brazo.

--¡Ay, don Melitón! exclamó ella sin alzar la voz, aunque llevándose la

mano al punto dolorido.

--¡Ay, Dolores! remedó él lleno de risa.

--Eso duele, agregó la muchacha.

--¡Ca! No hagas caso. Si todavía te he de libertar.

Dolores hizo con la boca el ruido onomatopéyico que llaman freír un

huevo, cual si no creyera ni jota en la sinceridad de las últimas

palabras del Mayordomo. No obstante, harto dulce es el nombre de la

libertad para que la joven esclava cerrase el oído a la promesa y el

corazón a la esperanza de verla realizada, fuera el que fuese el

sacrificio que la exigiese el donante. De cualquier modo, siguiola él

con la vista hasta que traspasó el arco del patio, y entonces murmuró:

--Esta todavía se casa con el bribón de Aponte. ¡Sería una lástima!

María de Regla, mencionada al principio de esta historia, tuvo Dolores

de su unión legítima con Dionisio el cocinero, quince años antes de la

época actual. Contemporáneamente tuvo doña Rosa a Adela, su hija menor,

la cual entregó a María de Regla para que se la lactase, por no sentirse

ella en condiciones para desempeñar por entonces aquél, el más dulce de

los deberes de madre. Por supuesto, para llenar encargo tan delicado,

necesario se hizo destetar a Dolores y criarla con leche de cabra o de

vaca, aparte enteramente de la hija de su señora y ama.

Prohibiósele explícitamente a María de Regla el dividir sus caricias y

el tesoro de su seno entre las dos niñas, siquiera el tomarlas juntas en

brazos. Pero aunque esclava, temerosa del castigo con que la habían

amenazado, era madre, quería a su propia hija entrañablemente, quizás

más por lo mismo que no la permitían criarla; así que siempre que las

otras esclavas le proporcionaban la ocasión, tarde de la noche y fuera

del alcance de la vista de los amos, se ponía ambas niñas a los pechos y

las amamantaba con imponderable delicia. La robustez de la nodriza, al

parecer sin detrimento ni desmedro, proveía ampliamente a aquella doble

lactancia. Criábanse las dos hermanas de leche sanas y fuertes. María de

Regla no hacía diferencia entre ellas, y así en la mayor armonía habría

corrido su infancia si tan luego como empezó a disminuir el sustento no

trataran de disputárselo y armar llanto, en especial la blanca, no

acostumbrada a semejante división.

Al cabo, atraída una noche doña Rosa por el llanto de su hija,

sorprendió a la nodriza dormida entre las dos niñas, que, con ambos

brazos extendidos, se impedían el mutuo goce del delicioso líquido. ¿Qué

hacer en aquellas circunstancias? ¿Castigar a la esclava en el acto por

su desobediencia? ¿Cambiar de nodriza? Tan malo sería lo uno como lo

otro, pensó doña Rosa. Lo primero, porque el castigo envenenaría la

leche de la esclava; y lo segundo, porque en el octavo mes de la

lactancia, el cambio repentino produciría resultados no menos fatales a

la salud y tal vez a la existencia de Adela. Tan perpleja estaba que

consultó a su marido, quien, hombre violento si los hay, aconsejó la

prudencia y el disimulo hasta ocasión más oportuna. Descubierta su

primera falta, dijo él, no es probable que María de Regla reincida. De

cualquier modo, así continuaron las cosas por un año y medio más, al

cabo de cuyo tiempo, el día menos pensado, se le ordenó al Mayordomo

echara por delante a la _criandera_ y la embarcara a bordo de una goleta

que hacía viajes de La Habana al Mariel, dejándola en el ingenio de _La

Tinaja_, bien recomendada al Mayoral. Allí se hallaba de enfermera el

año de 1830, es decir, purgando la culpa de ser madre amorosa, cometida

trece años antes de esa fecha.

Que la esclavitud tiene fuerza de trastornar la noción de lo justo y de

lo injusto en el espíritu del amo; que embota la sensibilidad humana;

que afloja los lazos sociales más estrechos; que debilita el sentimiento

de la propia dignidad y aun oscurece las ideas del honor, se comprende;

pero que cierre el corazón al amor de padres o de hermanos a la simpatía

espontánea de las almas tiernas, he aquí lo que no se ve a menudo. No

es, pues, extraño que María de Regla sintiese en lo profundo del pecho

su separación a un tiempo de la hija, del padre de ésta y de Adela

misma, para pasar el resto de sus días en el destierro del ingenio _La

Tinaja_.

En el código no escrito de los amos de esclavos no se reconoce

proporción ni medida entre los delitos y las penas. Es que no se castiga

por corregir, sino por desfogar la pasión del momento; de que resulta

que casi siempre se le apliquen al esclavo varias penas por un solo

delito. Luego, llovía sobre mojado, como vulgarmente se dice, en el caso

de María de Regla. Su destierro de La Habana, la separación de la hija y

del marido, quizás para no verlos más en la vida, el cambio de ocupación

de ama de leche en la ciudad por el de enfermera en el campo, el

traspaso de dependencia bajo el capricho del Mayordomo en aquélla, al

del Mayoral en el ingenio, en concepto de doña Rosa no bastaban a purgar

la culpa de su triste esclava.

No había logrado averiguar esa señora a ciencia cierta de quién era la

niña que había estado lactando María de Regla, cosa de año y medio antes

de haber dado a luz a Dolores. Lo único que pudo sacar de don Cándido

fue que el médico Montes de Oca la había contratado para lactar a la

hija ilegítima de un amigo, cuyo nombre no debía revelarse. El precio

del alquiler, dos onzas de oro, las recibió doña Rosa mes tras mes, con

la mayor puntualidad mientras duró la lactancia, por mano de don

Cándido. Esto poco no pudo bastar a satisfacer sus celos, antes fue a

sembrar fuertes sospechas en su ánimo, siendo el misterio motivo

constante de quejas y disgustos entre ella y su marido, y, por rechazo,

de gran preocupación, que a veces rayaba en odio, contra María de Regla.

Por fortuna, tales ejemplos de injusticia y de crueldad ocurrieron

cuando ambas niñas no tenían uso de razón, y como crecieran juntas, como

en realidad mamaran una misma leche, no obstante su opuesta condición y

raza, se amaron con amor de hermanas. Adela entró en años y concurrió a

una escuela de niñas poco distante de su casa en compañía de su hermana

Carmen, a donde Dolores les llevaba los libros junto con la fruta y el

refresco a medio día, y a las tres de la tarde las acompañaba en su

vuelta a la casa. Carmen y Adela alcanzaron la edad de la pubertad,

Dolores antes que ellas, y en dejando la escuela no se les separaba ésta

ni de día ni de noche. Las vestía, las peinaba, les lavaba los pies a la

hora de acostarse; durante el día cosía al lado de sus señoritas, y de

noche, bien dormía en el duro suelo al lado de la cama de Adela, bien en

el cuarto inmediato sobre la rígida tarima, a la vista de otra criada,

la más anciana de la servidumbre.

Dolores y Tirso eran hermanos uterinos. La primera, nacida en La Habana,

salió negra, porque a esa raza pertenecía su padre; el segundo, nacido

después en el ingenio La Tinaja, salió mulato, porque su padre, fuera el

que fuese, era de la raza blanca. De aquí provenía el que ellos no se

viesen como tales hermanos, y que María de Regla quisiese más a Tirso,

que mejoraba la condición, que a Dolores, la cual perpetuaba el odioso

color, causa aparente y principal, creía ella, de su inacabable

esclavitud. Pero aun en este particular estaba María de Regla condenada

a ver defraudadas sus más risueñas ilusiones de madre. Tirso, su

preferido, no la quería, mas se avergonzaba de haber nacido de negra,

enfermera del ingenio por añadidura. Al contrario, Dolores adoraba en su

madre. Cada vez que llegaba a sus oídos la noticia del mal trato que le

daban en _La Tinaja_, era motivo de amargo llanto para ella y para

suplicar a Adela la hiciese venir a La Habana y la sacase de aquel

purgatorio donde la tenían penando, hacía tanto tiempo, sólo por haber

dado de mamar a la vez a su propia hija y a la hija de sus amos. Sentía

Adela la fuerza de estas dolorosas quejas, y, no obstante sus pocos años

y muchas distracciones, oyendo continuamente, en el silencio de la

noche, ella acostada y Dolores de rodillas junto a su cama, la triste

historia de los trabajos y padecimientos de María de Regla en el

ingenio, se conmovía hasta verter lágrimas, y entre bostezo y bostezo la

prometía que al día siguiente hablaría a doña Rosa sobre el asunto. Así

se quedaban dormidas muchas veces aquellas hermanas de leche, casi

siempre con las mejillas aún húmedas del llanto.

Mas sucedía que al día siguiente no encontraba Adela ocasión favorable

para hablarle a su madre, señora algo seria con sus hijos, con la sola

excepción de Leonardo, el niño mimado de la casa, y harto severa con los

esclavos. De esta manera se pasaba el tiempo. Una tarde, al fin,

mientras se hallaba Adela recostada en el sofá de la sala por un ligero

dolor de cabeza, como se le acercase la madre, se le sentase al lado y

empezase a pasarle la mano por la frente, en son de acariciarla o por

mera distracción, cobró ánimo la joven, y agarró la ocasión por los

cabellos, cual suele decirse:

--Quisiera pedirte un favor, mamá; dijo con voz trémula por la emoción o

el temor.

Por breve rato no contestó palabra doña Rosa; sólo miró a su hija, entre

sorprendida y pensativa. Esto aumentó la turbación de Adela, quien, no

embargante, añadió a la carrera:

--Tú no me vas a decir que no.

--Estás enferma, niña, dijo doña Rosa secamente. Tranquilízate. Y se

levantó para marcharse.

--Un favor, mamá. Escucha un momento, prosiguió Adela, ya con los ojos

humedecidos, deteniendo a su madre por la falda.

Esta volvió a sentarse, tal vez porque le llamaron la atención las

palabras, y más la actitud de su hija, indicativas todas de

extraordinaria agitación y zozobra.

--Vamos, te escucho. Di.

--Pero tú no te negarás a mi ruego.

--No sé qué quieres de mí; mal puedo decir de antemano si me negaré o

no. Supongo, sin embargo, que es una de tus boberías. Acaba.

--¿No crees tú, mamá, que ya María de Regla ha purgado la culpa?...

--¿No lo dije? la interrumpió doña Rosa enojada. ¿Y para esa necesidad

me detienes y me ruegas que te oiga? ¿Ni quién te ha dicho que esa negra

está purgando culpa alguna?

--¿Por qué la tienen tanto tiempo en el ingenio?

--¿Y dónde estaría mejor la muy perra?

--¡Jesús, mamá! Me duele que hables así de quien me crió.

--Ojalá que nunca te hubiera dado de mamar. No sabes tú cuánto me ha

pesado la hora en que te puse en sus manos. Pero bien sabe Dios que lo

hice a no poder más. No me hables de María de Regla, no quiero saber de

ella.

--Creía que la habías perdonado.

--¡Perdonado! ¡perdonado! repitió doña Rosa alzando la voz. ¡Jamás! Para

mí ya ella ha muerto.

--¿Qué te ha hecho para tanto rigor?

--¿Quién la trata con rigor?

--¿Te parecen pocos los trabajos del ingenio? ¿El maltrato que le dan?

--No sé yo que la maltraten más de lo que ella merece.

--Pues todos dicen que sí.

--¿Quiénes son esos todos?

--Uno de ellos creo que ha sido el patrón Sierra que estuvo aquí la

semana pasada, cuando vino por las _esquifaciones_ para el ingenio.

--Lo que extraño es que el patrón hablase contigo.

--Yo no, mamá, sino otra persona, y como saben lo que quiero a María de

Regla, me contaron lo que ella decía. Me han afligido mucho las cosas

que allá le pasan, y quisiera, de veras, que tú hicieras algo por ella y

por mí. Me ruega le sirva de madrina y haga que la saquen del ingenio...

--Adela, dijo doña Rosa afectada con el tono de ingenuidad y de

exquisita ternura de su hija. Adela, tú no sabes el sacrificio que

exiges de mí. Pero se acercan las Pascuas, toda la familia irá al

ingenio y ya veremos lo que puede hacerse con esa negra de Barrabás.

Debo advertirte, sin embargo, que no esperes me ablande de pronto y sin

madura reflexión. Esa negra está perdida y muy sobre sí. Lejos de

arrepentirse y enmendarse, como esperaba, para lavarse de la culpa de su

desobediencia a mi expreso mandato, la ha hecho peor desde su llegada a

_La Tinaja_. Va para doce años que la tengo allá, y cada vez me traen

más quejas de ella y oigo cosas más escandalosas. El Administrador que

teníamos allí trinaba con la negra. Yo no te había dicho nada, hija,

porque no se había ofrecido la ocasión; pero me parece que ya María de

Regla no puede vivir con nosotros. Sería un mal ejemplo para ti, para

Carmen y aun para la misma Dolores. Desde que entró en el ingenio, entró

allí la guerra civil; de cuyas resultas ha habido que cambiar a menudo

de mayordomos, de mayorales, de maestros de azúcar, de carpinteros, en

fin, de cuantos tienen la cara blanca, pues no parece sino que la

maldita negra tiene un encanto para los hombres o que todos ellos son

fáciles de infatuarse con cualquiera que lleva túnico. Tirso es una

acusación viva contra la moralidad de María de Regla, pues su padre fue

un carpintero vizcaíno que tuvimos hace tiempo en _La Tinaja_... Los

_bocabajos_ que ha llevado no la han corregido...

Las últimas palabras de doña Rosa estremecieron a Adela de pies a

cabeza, pues a pesar de los lamentos de Dolores, ignoraba que le

hubiesen impuesto a su adorada ama de leche otro castigo que el durísimo

del destierro de La Habana y de las personas que más quería en el mundo.

Pareciole oír el chasquido del látigo, los gritos de la víctima y el

crujido de las carnes; se llenó de horror, se cubrió la cara con ambas

manos, y por entre sus dedos de rosa saltaron dos lágrimas como dos

gotas de rocío, y fueron a estrellarse en su casto y agitado seno,

exclamando solamente.

--¡Pobrecita!

Conoció entonces doña Rosa que había ido muy lejos, y apresuradamente

añadió:

--¿Lo ves? Tú también estás infatuada con la negra. Por desgracia te dio

de mamar, debes de tenerle algún cariño, lo comprendo; no obstante, es

preciso que reconozcas que es muy mal empleado y ya te convencerás que

ella no merece tu compasión. Espera: de aquí a Navidad no va mucho. Ya

veremos el medio de arreglar lo que haya de hacerse.

De todos modos aquella era una esperanza, que Adela tardó en impartirle

a su hermana de leche lo que tardó la madre en alejarse de su lado.

Dolores no sabía más que amar a su joven señorita, siendo todavía muy

joven para amar a otra persona de contrario sexo, y hacía esfuerzos

constantes para identificarse con ella, imitar el tono de su voz, sus

modos, su aire de andar y de llevar el traje, sus coqueterías; de manera

que los compañeros de esclavitud, cuando querían decirle algo que la

complaciera mucho, la llamaban allá entre ellos: Niña Adela.

CAPÍTULO X

_--Ya sé lo que me pides,

Llévate en él mi corazón y... toma._

RAMÓN MAYORGA

Promediaba el mes de noviembre de 1830. Los vientos del norte ya habían

arrojado sobre las playas cubanas las primeras aves de paso de la

Florida, probando así que se había adelantado el invierno en el opuesto

continente. El mar a menudo se hinchaba y con bramidos atronadores

rompía contra los arrecifes de las costas que sembraba por largo trecho

de blanca espuma, de conchuelas y sedimentos salinos.

A las cuatro de la mañana no había bastante claridad en las calles de La

Habana, ni a cierta distancia se reconocían las personas, excepto

aquéllas, pocas en verdad, que llevaban un farolito encendido

balanceándose en la mano, mientras a paso acelerado se dirigían, bien a

los mercados, bien a los templos; en algunos de los cuales se oía a

medias el órgano con que las monjas o los frailes acompañaban el canto

de los maitines.

Hacía aún noche, decimos, y ya don Cándido Gamboa, en su bata de zaraza

y gorro de dormir, se hallaba asomado al postigo de la ventana de la

calle, abrigado tras de la cortina de muselina blanca, en espera de _El

Diario de la Habana_, o para respirar aire más libre que el pesado de la

alcoba.

A poco más empezó a oírse el ruido, al principio sordo, después más

vivo, de los pasos de alguien que se acercaba de la parte de la Plaza

Vieja. Hacia allá tornó los ojos don Cándido; mas no vino a salir de

dudas hasta que tuvo delante la persona en cuestión. Vestía traje de

cañamazo, compuesto de una especie de chal para cubrirse la cabeza y de

la falda corta que ceñía a la cintura con una correa de cuero larga y

negra. Contribuía además a disfrazarla, el color cobrizo mate del

rostro, propio de los mulatos, mayormente cuando van para viejos, que le

daba la apariencia de mujer de la raza india.

--Buenos días, señor don Cándido, le dijo en tono gangoso.

--Téngalos muy buenos la _seña_ Josefa, contestó él procurando bajar la

voz. Temprano ha madrugado.

--¿Qué quiere el señor? Quien tiene cuidados no duerme.

--Pues, ¿qué se ofrece de nuevo? Al grano.

--Se ofrece mucho y me pareció que si me dilataba hasta la venida del

día, la cosa no tenía remedio.

--Entiendo. La orden que se ha dado el otro día por la Capitanía General

sobre pordioseros y locos trae aquí a _seña_ Josefa. La esperaba.

--Lo acertó el señor. No sé como tengo vida, ni cuando acabarán mis

tribulaciones. Se creía al principio que sólo iban a recoger a los

pobres y los locos que andan por las calles. Pero ayer por la tarde me

dijo la madre de Paula que hasta los locos en las casas privadas y en

los hospitales van a ser trasladados a San Dionisio o a una casa que han

fabricado en el patio de la Beneficencia. El señor podrá calcular cómo

estará mi espíritu con tal noticia. No he cerrado los ojos en toda la

noche. _Dende_ que se publicó la orden el corazón me anunció una

desgracia.

--Tal vez haya tiempo todavía de remediarla.

--Quiéralo Dios, mi señor, porque si en el hospital la muchacha sufre,

¿qué no será cuando la lleven a San Dionisio, o a la casa nueva, allá

por San Lázaro? Ahí no hay quien la cuide ni haga por ella. La tratarán

a palos. ¡Y yo que no había perdido la esperanza de verla en su sano

juicio y cabal salud! Ahora mi pobre Charito irá por delante, yo por

detrás. Acabaremos de pena... Hágase la voluntad de la Virgen Santísima.

--¿Cree la _seña_ Josefa que se podrá hacer algo de provecho en este

caso?

--Creo, mejor dicho, _seña_ Soledad, la madre del hospital, cree que si

hay una persona de influjo que le hable al _Contralor_, sujeto muy

caritativo y temeroso de Dios, se hará de la vista gorda y no se

cumplirá la orden por lo tocante a Charito. Todo depende de él. Tal vez

_haiga_ que buscar un médico que dé una certificación. El _Contralor_ es

bueno como el pan, y quiere servir, lo _mesmo_ seña Soledad. Conque,

para que vea el señor...

--Entiendo, entiendo, repitió don Cándido pensativo. Digo a Vd., por lo

tanto, que he consultado a Montes de Oca, quien es de opinión lleven al

campo a la enferma y la hagan tomar baños de agua salada. Veremos lo que

puede hacerse...

Pero como sintiera pasos en el zaguán, se interrumpió e hizo señas a la

anciana mulata para que se alejara a toda prisa.

El toque de diana primero y de seguidas el disparo de cañón a bordo del

navío _Soberano_ anclado junto al muelle de la Machina, estremeciendo

las ventanas del cuarto, hicieron despertar sobresaltado a Leonardo

Gamboa. Sacó lumbre en el mechón de escarzo, y abriendo el reloj, vio

que eran las cuatro de la madrugada.--A tiempo, dijo entre sí, y se

apresuró a salir de la cama y vestirse. Para esto encendió una vela de

esperma, valiéndose de una pajuela, pues aún no se conocían los cerillos

en La Habana.

Mientras se peinaba delante del tocador, soltó de repente el peine de

carey, volvió a requerir el reloj, y murmuró:

--¡Las cuatro y cuarto! Muy temprano todavía y de aquí allá no podré

echar arriba de quince minutos andando despacio. Ella me dijo que cerca

de las cinco... ¿No sería mejor aguardar en la esquina? Sí, concluyó

diciendo con resolución. Y vestido y perfumado y con la caña de Indias,

salió de su cuarto y empezó a bajar la escalera de piedra.

Apoyábase con la mano izquierda en el barandal de cedro, cosa de no dar

pisadas recias; mas así que descendió al zaguán, donde no había tal

apoyo, antes reinaba gran oscuridad, por más cuidado que puso, aunque no

tuviesen tacones sus zapatos de escarpín, hizo demasiado ruido, aquel

ruido sordo que se oye cuando uno camina por encima de un suelo hueco,

abovedado. No parece sino que se habían despertado de improviso todos

los ecos del zaguán y de la sala vecina, donde él sospechaba que podía

estar su padre, madrugador por excelencia. Andando a tienta paredes,

tropezó con el viejo calesero, quien, acostumbrado a la oscuridad, vio

venir desde luego al joven y le salió al encuentro para servirle de guía

y evitar que se diera de narices contra la llanta férrea de uno de los

carruajes.

--¡Pío! ¿Eres tú? dijo él en voz muy baja. Abre.

--El amo está _asomao_ en la ventana de la calle, contestó el negro.

--¡Diablos! ¿Tiene cerrojo el postigo de la puerta?

--No, señor. _Dende_ que salió Dionisio _pa_ la plaza quité el _serojo_.

--Abre poco a poco.

No crujieron los goznes; pero ya don Cándido había oído los pasos en el

zaguán, y arrimado a la reja tronaba:

--Pío, ¿quién va?

--El niño _Lionar_, mi amo.

Cecilia Valdés o la Loma del Ángel · 第 18 / 44 段