Tenía Mañero formas varoniles, maneras distinguidas y vestía traje de

etiqueta, como que debía presentarse con decencia ante la primera

autoridad de la Isla. No era, pues, mucho tomarle, a primera vista, por

un gran personaje. Además, habiendo servido en la milicia nacional

durante el sitio de Cádiz por el ejército francés en 1823, había

adquirido aire militar, al que daba mayor realce el cabo de una cinta

roja con crucecita de oro, que solía llevar en el segundo ojal del frac

negro. Luego que Madrazo se reunió con sus amigos, Mañero se volvió de

pronto y a su cabeza marchó derecho a la entrada del palacio.

Reparó entonces en él la centinela, cuadróse, presentó el arma y gritó:

--¡La guardia! El Excelentísimo Señor Intendente.

Armáronse en un instante los soldados de facción con su caña hueca,

púsose a su cabeza el oficial con la espada desnuda, y la caja empezó a

tocar llamada. El grito de la centinela y el movimiento de los soldados

llamaron la atención de Mañero y de sus amigos, los cuales, a fin de

despejar el campo, apresuraron el paso; pero como les presentasen armas

y el oficial hiciese el saludo de ordenanza, comprendieron que uno de

ellos, el que marchaba delante, había sido tomado por el Superintendente

de Hacienda, don Claudio Martínez de Pinillos, con quien, en efecto,

tenía alguna semejanza. No tardó, sin embargo, en reconocer el error el

oficial de guardia, y en su enojo mandó relevar la centinela y que

guardara arresto en el cuartel, por el resto del día.

Los cuatro amigos entonces, reprimiendo la risa para no excitar más la

cólera del teniente de facción, emprendieron la subida de la ancha

escalera del palacio. Una vez en los espaciosos corredores, a la

desfilada y con sombrero en mano, se dirigieron a la puerta del salón

llamado de los Gobernadores. En ella estaba constituido un negro de

aspecto respetable, quien a la vista de los extraños que se acercaban,

se puso en pie y se les atravesó en el camino, como para pedirles el

santo y seña.

En pocas palabras le manifestó Mañero el objeto de la embajada; pero

antes que el negro replicase, se presentó un ayudante del Capitán

General, e informó que S. E. no se hallaba en el palacio sino en el

patio de la Fuerza, probando la calidad de un par de gallos finos o

ingleses que había recibido de regalo de la Vuelta-Abajo recientemente.

--No tengan Vds. reparo en ir a verle allá, si urge el asunto que les

trae a su presencia, añadió el ayudante notando la incertidumbre de los

recienvenidos; porque S. E. suele dar audiencia en medio de sus gallos

de pelea, hasta al general de marina, a los cónsules extranjeros...

Aunque la cosa urgía sin duda, pues iba a reunirse pronto la comisión

mixta para dar un fallo decisivo sobre si eran buena presa el bergantín

_Veloz_ y su cargamento, o no, gran alivio experimentaron Gómez Madrazo

y Gamboa especialmente, así que se convencieron de que podía verificarse

la entrevista con el Capitán General algo después y en sitio menos

aristocrático e imponente que su palacio. Entre la Fuerza y la

Intendencia de Hacienda, detrás de los pabellones en que más adelante se

estableció la escribanía de la misma, había y hay un patio o plaza,

dependencia del primero de estos edificios, donde el Capitán General don

Francisco Dionisio Vives había hecho construir en toda forma una _valla_

o reñidero de gallos con su piso de serrín, galería de bancos para los

espectadores, en suma, una verdadera _gallería_. Allí se cuidaban y se

adestraban hasta dos docenas de gallos ingleses, que son los más

pugnaces, producto de crías famosas de la Isla y regalos todos que de

tiempo en tiempo habían hecho al general Vives individuos particulares,

bien conocida como era de todos su afición a las riñas de esa especie. Y

allí tenían efecto también éstas de cuando en cuando, sobre todo,

siempre que se le antojaba a S. E. obsequiar a sus amigos y subalternos

con uno de esos espectáculos que, si no bárbaro como el de las corridas

de toros, no dejan de ser crueles y sangrientos.

El individuo a cuyo cargo corría el cuidado y doctrina de los gallos del

Capitán General de Cuba, era hombre de historia, como suele decirse. Le

llamaban Padrón. Había cometido un homicidio alevoso, según decían unos;

en defensa propia según otros; lo cierto es que, preso, encausado y

condenado a presidio en La Habana, mediante los ruegos y

representaciones de una hermana suya, joven y no mal parecida, y la

influencia del Marqués don Pedro Calvo, que le abrigaba y protegía,

vista su habilidad en el manejo de los gallos finos, Vives le hizo

quitar los grillos y le llevó al patio de la Fuerza donde, a tiempo que

cuidaba de la gallería de S. E., podía cumplir el término de su condena,

sin el mal ejemplo ni los trabajos del presidio. Quieren decir que

Padrón había cometido otras picardihuelas además del homicidio dicho y

que los parientes del muerto habían jurado eterna venganza contra el

matador. Pero ¿quién se atrevía a sacarle del patio de la Fuerza, ni del

amparo del Capitán General de la Isla? Padrón, pues, el penado Padrón,

sin hipérbole, se hallaba allí protegido por una doble fuerza.

En el patio de aquélla de que ahora hablamos, se presentaron sin

anunciarse, con sombrero en mano y el cuerpo arqueado, en señal de

profundo respeto, nuestros conocidos, los asendereados tratantes en

esclavos, Mañero y amigos. Ya los habían precedido en el mismo sitio

varios personajes de cuenta, entre otros el comandante de marina

Laborde, el mayor de plaza Zurita, el teniente de rey Cadaval, el

coronel del regimiento Fijo de La Habana Córdoba, el castellano del

Morro Molina, el célebre médico Montes de Oca, y otros de menor cuantía.

Con excepción de Laborde, Cadaval, Molina y un negro joven que ceñía

sable y lucía dos charreteras doradas en los hombros de su chaqueta de

paño, los demás se mantenían a respetable distancia del Capitán General

Vives, quien a la sazón se hallaba arrimado a un pilar de madera que

sostenía el techo de la valla por la parte de fuera de las graderías.

La atención de este personaje estaba toda concentrada en las carreras y

revuelos de un gallo cobrizo y muy arriscado, al cual Padrón provocaba

hasta el furor, dejando que otro gallo que tenía por los encuentros en

la mano izquierda le pegara de cuando en cuando un picotazo en la cabeza

rapada y roja como sangre. Vestía Padrón a la usanza guajira, quiere

decirse: de camisa blanca y pantalón de listas azules ceñido a la

cintura por detrás con una hebilla de plata, que recogía las dos tiras

en que remataba la pretina. No sabemos si por dolencia, por abrigo o por

costumbre, tenía la cabeza envuelta en un pañuelo de hilo a cuadros,

cuyas puntas formaban una lazada sobre la nuca. Los zapatos de vaqueta

apenas le cubrían los pies pequeños y el empeine arqueado como de mujer,

y sin calcetines. Por respeto sin duda al Capitán General, sujetaba el

sombrero de paja con la mano derecha, apoyada por el dorso en la

espalda. Era de talla mediana, enjuto, musculoso, fuerte, pálido, de

facciones menudas, y podía contar 34 años de edad.

No era mucho más aventajada la talla del Capitán General don Francisco

Dionisio Vives, el cual vestía frac negro de paño, sobre chaleco blanco

de piqué, pantalones de mahón o nankín y sombrero redondo de castor,

siendo el único distintivo del rango que ocupaba en el ejército español

y en la gobernación político-militar de la colonia, la ancha y pesada

faja de seda roja con que se ceñía el abdomen por encima del chaleco. Ni

en su aspecto ni en su porte había nada que revelara al militar. En la

época de que hablamos podía tener él cincuenta años de edad. Era de

mediana estatura, como ya se ha indicado, bastante enjuto de carnes,

aunque de formas redondeadas, como de persona que no había llevado una

vida muy activa. Tenía el rostro más largo que ancho, casi cuadrado; las

facciones regulares, los ojos claros, el cutis fino y blanco, el cabello

crespo y negro todavía, y no llevaba bigote, ni más pie de barba a la

clérigo. Sí, aquel hombre no tenía nada de guerrero, y, sin embargo, su

rey le había confiado el mando en jefe de la mayor de sus colonias

insulares en América, precisamente cuando parecían más próximos a

romperse los tenues y anómalos lazos que aún la tenían sujeta al trono

de su metrópolis.

Aunque la traición de don Agustín Ferrety había puesto en manos de Vives

sin mayor dificultad los principales caudillos de la conspiración

conocida por los _Soles de Bolívar_ en 1826, muchos afiliados de menos

metas, si bien no menos audaces, pudieron escapar al Continente y desde

allá, por medio de emisarios celosos, mantenían viva la esperanza de los

partidarios de la independencia en la Isla y llevaban la zozobra al

ánimo de las autoridades de la misma.

La prensa había enmudecido desde 1824, no existía la milicia ciudadana,

los ayuntamientos habían dejado de ser cuerpos populares, y no quedaba

ni la sombra de libertad, pues por decreto de 1825 se declaró el país en

estado de sitio, instituyéndose la Comisión Militar permanente. El paso

repentino de las más amplias franquicias a la más opresiva de las

tiranías, fue harto rudo para no engendrar, como engendró, un profundo

descontento y un malestar general, con tanto más motivo cuanto que en

los dos cortos períodos constitucionales el pueblo se había acostumbrado

a las luchas de la vida política. Privado de esa atmósfera acudió con

más ahinco que antes a las reuniones de las sociedades secretas, muchas

de las cuales aún existían a fines del año de 1830, no habiéndolas

podido suprimir el gobierno con la misma facilidad que había suprimido

las garantías constitucionales. La conspiración fue desde allí un estado

normal y permanente de una buena parte de la juventud cubana. Tomaba

creces y se extendía a casi todas las clases sociales la agitación más

intensa en las grandes poblaciones, tales como La Habana, Matanzas,

Puerto Príncipe, Bayamo y Santiago de Cuba.

En todas ellas hubo más o menos alborotos y demostraciones de

resistencia, porque tardó algún tiempo antes que el pueblo doblara la

cerviz y se sometiera al yugo de la tiranía colonial. Numerosas

prisiones se habían efectuado en todas partes de la Isla, saliendo de

ellas para el extranjero cuantos pudieron eludir la vigilancia de la

policía, muy obtusa y de organización deficiente entonces.

A todas éstas la metrópolis no tenía marina de guerra digna de este

nombre; se reducía a unos pocos buques de vela viejos, pesados y casi

podridos. Con excepción de La Habana, no había verdaderas plazas

fortificadas. Muy escasa era la guarnición veterana, y sobre escasa

había cundido en sus filas la insubordinación. Componíase de cumplidos y

de capitulados de México y Costa-Firme, y ni todos sus jefes generales

eran españoles; los había también naturales del país o criollos en las

tres armas, y éstos nunca podían inspirar confianza al más suspicaz de

los gobiernos que ha tenido España, si se exceptúa el de Felipe II.

Por otra parte, el desorden de la administración de la colonia, la

penuria del erario, la venalidad y la corrupción de los jueces y de los

empleados, la desmoralización de las costumbres y el atraso general, se

combinaban para amenazar de muerte aquella sociedad que ya venía

trabajada por toda suerte de males de muchos años de desgobierno.

Durante los seis que duró el mando de Vives, ni la vida, ni la propiedad

estaban seguras, así en las poblaciones como en los campos. De éstos se

enseñoreaban cuadrillas de bandoleros feroces que todo lo ponían a

sangre y fuego. En los mares circunvecinos cruzaban triunfantes los

corsarios de las colonias que acababan de emanciparse y destruían el

mezquino comercio de Cuba. En las islitas adyacentes se abrigaban

piratas que para ejercer el contrabando apresaban los buques escapados

de los corsarios y, después de robarles, mataban a los tripulantes y

hacían desaparecer toda huella del crimen con el fuego.

Tal era, en resumen, el estado de cosas en la isla de Cuba hasta bien

entrado el año de 1828. Y es perfectamente claro que, sin la oficiosa

intervención de los Estados Unidos en 1826, se habría llevado a efecto

la invasión de las dos Antillas españolas por las fuerzas combinadas de

México y de Colombia, de acuerdo con los planes de Bolívar y los deseos

de los cubanos, una diputación de los cuales fue a encontrarle con ese

objeto cuando volvía vencedor de los famosos campos de Ayacucho. Suceso

éste que, realizado, infaliblemente hubiera sido el golpe de gracia al

dominio español en el Nuevo Mundo. En tan críticas circunstancias, al

menos para neutralizar las maquinaciones de los enemigos de España en

el interior de la colonia, se requerían las artimañas de un diplomático

más bien que la espada de un guerrero; un hombre de astucia y de doblez,

más bien que de acción; un hombre de intriga, más bien que de violencia;

un gobernante humano por política, más bien que severo por índole; un

Maquiavelo, más bien que un duque de Alba, y Vives fue ese hombre:

escogido con grande acierto por el más despótico de los gobiernos que ha

tenido España en lo que va del presente siglo, para la gobernación de

Cuba.

Mucho se alegró don Cándido Gamboa de encontrarse un conocido en el

grupo de los cortesanos que venían a saludar al Capitán General en su

gallería del patio de la Fuerza. El aspecto de ese sujeto no prevenía

nada en su favor, porque sobre ser de baja estatura y raquítico, llevaba

la cabeza metida entre los hombros, tenía la cara larga y el color

aceitunado, como la persona muy biliosa, siendo su desaliño general,

casi repugnante. En sus ojos chicos y de hondas cuencas había, sin

embargo, bastante para redimir las faltas y las sobras del cuerpo y del

semblante, había fuego e inteligencia. Al saludarle don Cándido, le dio

el título de Doctor.

--¿Cómo está Vd.? contestó él en voz chillona y risa que bien pudiera

llamarse fría.

Para ello tuvo que levantar la cabeza, porque su interlocutor le sacaba

dos palmos, por lo menos, de altura.

--Bien, si no fueran los trotes en que sin quererlo me veo ahora metido.

--Y ¿qué troles son esos? preguntó el Doctor como por mero cumplimiento.

--¡Toma! ¿Pues no sabe Vd. que los perros de los ingleses _nos_ acaban

de apresar un bergantín bajo los fuegos del torreón del Mariel, como

quien dice en nuestras barbas, so pretexto de que era un buque negrero,

procedente de Guinea? Pero esta vez se han llevado solemne chasco: el

bergantín no venía de África, sino de Puerto Rico, y no con negros

bozales, sino ladinos.

--¡Qué me dice Vd.! Nada sabía. Bien que con los enfermos, no tengo

tiempo aun para rascarme la cabeza, cuánto más para averiguar noticias

que no me tocan de cerca. Aunque si he de decir a Vd. la verdad, si a

alguno le causa perjuicio el celo exagerado de los ingleses es a mí,

pues harta falta me hacen brazos para mi cafetal del Aguacate.

--¿Y a quién no le hacen falta? Eso es lo que todos los hacendados

necesitamos como el pan. Sin brazos se arruinan nuestros ingenios y

cafetales. Y tal parece que es lo que buscan esos judíos ingleses, que

Dios confunda. ¿No le parece a Vd., Doctor, que el Capitán General,

sobre este punto es de la misma opinión que nosotros?

--¡Hombre! Acerca de este particular no le he oído expresarse.

--Ya, pero pudiera ser que Vd. le hubiese oído declamar...

--¿Contra los ingleses? interpuso el Doctor. Mucho que sí. Por cierto

que Tolmé le carga y a duras penas le sufre sus impertinencias y

desmanes.

--Eso, eso, repitió Gamboa alegre. No en vano se dice que Vd. tiene vara

alta con S. E.

--¿Sí? ¿Tal se corre? dijo el Doctor con muestras de que la especie

halagaba no poco su vanidad. Es cierto que le merezco a S. E. una buena

voluntad y aun distinción; pero nada de extraño tiene porque yo soy el

médico de él y de su familia desde que vinieron de España, y por otra

parte, es cosa sabida su llaneza. Me distingue bastante, mucho.

--Lo sé, lo oigo repetir a distintas personas y por lo mismo, estaba

pensando, me ocurre, mejor dicho, que, como Vd. se prestase a ejercer su

influjo todavía podríamos jugarle una buena pasada a los ingleses y

dejarlos con tamaño palmo de narices. Estoy seguro que tampoco le

pesaría a Vd., amigo Doctor, el darnos la mano en este aprieto.

--No lo entiendo. Explíquese Vd., don Cándido.

--Hágase Vd. el cargo, Doctor, que la expedición apresada por los

ingleses, salvada íntegra, nos vale a nosotros los dueños de ella, por

lo bajo dieciocho mil onzas de oro, libres de polvo y paja. En caso de

perderse la mitad, todavía nos deja una ganancia líquida de nueve mil,

que no es ningún grano de anís. Con que vea Vd. si podemos ser liberales

con el que nos ayude. Escogería Vd. mismo media docena de mulecones

entre la partida, que es de lo mejor que viene de la costa de Gallinas,

y no le costaría sino el trabajo de...

--Aún no entiendo jota, señor don Cándido.

--Pues me explicaré más. La expedición consta de unos 500 bultos, 300 de

los cuales es posible hacerlos pasar por ladinos importados de Puerto

Rico, habiéndose remitido a bordo, desde esta mañana, sobre 400 mudas de

ropa de cañamazo. Ahora bien, si S. E. es de parecer que tenemos

necesidad de brazos para cultivar los campos, y que no debe permitirse

que los ingleses destruyan nuestra riqueza agrícola, es claro que, como

haya quien le hable y le pinte bien el caso, no podrá menos de ponerse

de nuestra parte. Una palabra suya al señor don Juan Montalvo, de la

comisión mixta, bastaría a decidir el pleito en favor nuestro; y ya ve

Vd. si nos sería fácil ser liberales con... Además, cinco o seis bozales

no van a ninguna banda, ni nos harían más ricos ni más pobres a nosotros

los armadores, que por todos somos ocho... ¿Comprende Vd. ahora mi idea?

--Claro que sí. Cuente Vd. con que pondré de mi parte cuanto esté en mi

mano, aunque no me estimula tanto la oferta de Vd. como el deseo de

servirle y de contribuir al castigo de la ambición y malas intenciones

de los ingleses. Supongo que Vd. viene a hablar con S. E. sobre el

asunto.

--Si, vengo a eso con mis amigos Gómez, Mañero y Madrazo. Creo que Vd.

los conoce.

--Conozco de oídas a Madrazo, cuyo ingenio de _Manimán_ está en la misma

jurisdicción de Bahía Honda que mi cafetal del Aguacate.

--Pues bien, ellos y los otros interesados estarán y pasarán por todo lo

que yo acuerde con Vd. Si Vd. cree que S. E. acepte un regalito de unos

cuantos centenares de onzas...

--Deje Vd. eso a mi cargo. Yo sé como entrarle a S. E. Le hablaré esta

noche misma. Véanle Vds. primero. Y ahora que me acuerdo, ¿qué se hizo

de la chica aquélla?...

--¿Cuál? No atino, dijo Gamboa poniéndose colorado.

--Pobre memoria tiene Vd., según parece. Bien que de eso hace ya algún

tiempo, pero Vd. estaba muy interesado, pues me recomendó mucho la

asistencia de la chica.

--Ya ése es otro cantar... En Paula...

--¿Cómo en Paula? ¿Enferma?

--Peor que eso, Doctor. Creo que ha perdido el juicio sin remedio.

--¡Qué me cuenta Vd.! ¿Tan joven?

--No tanto.

--Jovencita, digo. Veamos, ¿qué tiempo hace? Dieciséis o diecisiete

años. Fue en 1812 ó 1813. Sí, estoy seguro. No puede ser más joven.

--¿Pues no se refería Vd. a la madre?

--Pregunto por la chica, la que conocí en la Real Casa Cuna. Prometía

ser un pimpollo cuando grande.

--Ya, acabáramos para mañana. El enredo nace de que tengo por chica

cualquier moza, como sea de pocos años, y la madre, en rigor, no

pertenece a esa categoría.

--Recordará Vd., dijo el Doctor, que yo no curaba a la mujer que Vd.

dice, sino Rosaín, aunque me consultó varias veces el caso. No tenía

idea de que la enferma del callejón de San Juan de Dios tuviese nada

que ver con la chica de la Real Casa Cuna. Ahora me desengaño. Padecía

de fiebre puerperal en combinación con una meningitis aguda...

En este punto Gamboa cortó bruscamente la conversación y volvió a

reunirse con sus amigos, y Mañero le preguntó:

--¿Qué ha sido ello? ¿Gato encerrado?

--No, gata, replicó Gamboa prontamente.

--Lo presumía, dijo Mañero con naturalidad. Tú fuiste siempre aficionado

a las empresas gatunas. Pero ¿quién es con mil de a caballo ese

hombrecito que llamas _Doctor_?

--Pues qué, ¿no le conoces, hombre?... El Doctor don Tomás de Montes de

Oca.

--Le había oído mentar. No le había visto la facha, sin embargo. Figura

asaz ridícula, y _ainda mais_...[37]

--Buen medido y diestra cuchilla.

--Dios me libre de sus manos.

--Es el que cura a la familia del Capitán General.

En este punto se notó un movimiento en el grupo de las personas que

rodeaban a ese personaje más de cerca, cesando desde luego los diálogos

en voz baja de las más distantes. Padrón había llevado los gallos a sus

respectivas casillas, y Vives saludaba afectuosamente a Laborde, a

Cadaval, a Zurita, a Molina y a Córdoba, pasando de uno a otro hasta que

llegó al joven negro, arriba mencionado, a quien dijo, sin darle la mano

ni más saludarle:

--Tondá, preséntate en Secretaría a recibir órdenes.

Tenemos que hacer un paréntesis en este punto, para decir dos palabras

acerca de Tondá. Era el protegido del Capitán General Vives, quien le

sacó de la milicia de color donde tenía el grado de teniente, y después

de ascenderle a capitán, previa la venia de S. E. el rey, de facultarle

para usar el don y ceñir sable, le dio comisión para perseguir

criminales de color en las afueras de la ciudad, sin duda por aquello de

que no hay peor cuña que la del mismo palo.

Y en este caso, como en otros muchos que pudieran citarse, se echaron

bien de ver el tacto y tino con que solía Vives escoger sus hombres.

Parece ocioso agregar que el protegido llegó en breve a distinguirse por

su actividad, celo y astucia en la averiguación de los crímenes, la

persecución y captura de los criminales. En estas empresas difíciles

cuanto riesgosas, le ayudaron mucho su juventud y robustez, su

presencia, que era gallarda, su educación regular, sus finas maneras y

modesto porte, en fin, su valor sereno, que a veces llevaba hasta la

temeridad; prendas éstas que al paso que le ganaron la admiración de las

mujeres, le dieron ascendencia mágica en el ánimo fantasioso de las

gentes de su raza. Y como a menudo acontece con los personajes

novelescos, el pueblo le compuso y dedicó canciones y danzas alusivas a

sus hechos más notables, y le dio un apodo que de tal modo ha

oscurecido, apagado su nombre patronímico, que hoy, al cabo de cuarenta

años, sólo podemos decir que le llamaban Tondá.

Empleado activo y leal, tardó en cumplir la orden recibida lo que tardó

en pasar del patio de la Fuerza a los entresuelos del palacio de la

Capitanía General. Desempeñaba entonces la secretaría política don José

M. de la Torre y Cárdenas. Este, aunque recibió a Tondá con semblante

risueño, no le brindó asiento, ni a derechas contestó a su respetuoso

saludo; sólo se ocupó de decirle que en la noche anterior, por parte del

Comisario del barrio de Guadalupe, Barredo, se sabía que se había

cometido un crimen atroz en la calle de Manrique esquina a la de la

Estrella, y que S. E. deseaba se hiciese la pronta averiguación del

hecho, a fin de descubrir el autor o autores, y se pudiera perseguirlos

sin descanso hasta capturarlos y entregarlos a los tribunales; porque

estaba empeñado en hacer un señalado escarmiento.

Enseguida le llegó su turno a los de la comisión, y Mañero expresó su

embajada lisa y llanamente, reducida a decir que no procedía en ley ni

en justicia se declarase buena presa, si se declaraba por la comisión

mixta, la del bergantín _Veloz_, ahora mismo en el puerto de La Habana,

aunque traía un cargamento de negros, pues como atestaban sus papeles,

despachados en toda forma, venía de Puerto Rico y no de las costas de

África directamente; y aun cuando se considerase contrabando el tráfico

en esclavos con esta última, no lo era respecto de la primera, que por

fortuna aún pertenecía, al par de Cuba, a la corona de S. M. el rey de

España e Indias, don Fernando VII, Q. D. G.

Sonriose el General Vives y dijo al postulante que le presentara un

memorial expresivo de todas las razones y hechos alegados, que él lo

pasaría a la comisión mixta con los papeles del buque; que ya tenía

noticias de lo ocurrido, por boca del mismo cónsul inglés, el cual se le

había presentado antes de la hora de audiencia en compañía del

comandante del apresador, el Lord Clarence Paget, y añadió con cierta

severidad de tono y de semblante:

Cecilia Valdés o la Loma del Ángel · 第 17 / 44 段