--¡Tate! me dilaté porque tuve que ver si Madrazo, el cual vive frente a

Santa Catalina, era o no de la junta o le habían avisado. El Capitán

Miranda puede decir la hora a que llegué a casa de Gómez. Esa fue la

única parada que hice en el camino. Pío también es testigo. Vamos ahora

al caso. Como te decía, cuando llegué a casa de Gómez, que tú sabes está

allá lejos, frente a la muralla, encontré toda la gente reunida. Madrazo

fue conmigo, Mañero entró después. Samá, Martiartu, Abrisqueta, Suárez

Argudín y La Hera, sobrino de Lombillo, porque el tío había ido de

carrera a su cafetal _La Tentativa_ en la Puerta de la Güira; Martínez,

Carballo, Azopardo y otros varios que, si bien no inmediatamente

interesados en el cargamento del _Veloz_, como principales importadores

que son de esclavos, deseaban informarse a fondo de lo ocurrido en el

Mariel y de cómo nosotros pensábamos sacar el caballo del atolladero.

Carricarte se mudaba de ropa en los entresuelos de la casa de Gómez, y

bajó así que todos estábamos reunidos. Formábamos una corte regular en

la sala baja. Depositó el Capitán unos papeles en la mesa del centro, y

luego, sin más ceremonia, comenzó la relación de lo que le había pasado

desde las costas de África hasta las de nuestra Isla. Dice que desde que

salió de Gallinas, a fines de setiembre, navegó de bolina y mar

bonancible hasta reconocer a Puerto Rico. Allí, sin embargo, una vela

sospechosa por sotavento le hizo variar de rumbo. Durante la noche,

siempre con viento fresco, volvió a su derrota, esperando avistar el

_Pan de Matanzas_ el día siguiente por la tarde. Hacia el oscurecer, en

efecto, le avistó; pero la misma vela de antes se le presentó en lo más

estrecho del canal de Bahama, empezando desde luego la caza. Dice

Carricarte que su primera intención fue entrar en Arcos de Canasí. No

fue posible: el crucero inglés, porque resultó serlo, como que llevaba

la línea recta y más inmediata a la costa de Cuba, a pesar de los buenos

pies del bergantín, siempre se presentaba a su costado, mayormente a la

altura de las _Tetas de Camarioca_. Cerró la noche de nuevo, el _Veloz_

se hizo mar a fuera y luego viró con ánimo de meterse en Cojímar, en

Jaimanitas, en Banes, en el Mariel, en Cabañas, en el primer puerto

sobre el cual le amaneciese. Aflojó el viento, por desgracia el terral

le fue contrario, así que, cuando tornó a dar vista a la tierra, ya

asomaba el sol y el crucero amagaba ganarle el barlovento. Vio entonces

Carricarte que no podía escapar sino a milagros, por lo que resolvió

jugar el todo por el todo. Dio orden, pues, de despejar el puente, a fin

de facilitar la maniobra y aligerar el buque lo que se pudiese, y como

lo dijo lo hizo. En un santiamén fueron al mar los cascos del agua de

repuesto, no poca jarcia y los fardos que había sobre cubierta...

--¿Los bozales quieres decir? ¡Qué horror! exclamó doña Rosa, llevándose

ambas manos a la cabeza.

--Pues es claro, continuó Gamboa imperturbable. ¿Tú no ves que por

salvar 80 ó 100 fardos iba a exponer su libertad el Capitán, la de la

marinería y la del resto del cargamento, que era triple mayor en

número? El obró arreglado a sus instrucciones: salvar el barco y los

papeles a toda costa. Además, había que despejar el puente y aligerar,

como te he dicho. No había tiempo que perder. ¡Pues no faltaba otra

cosa! Eso sí, dice Carricarte, y yo lo creo, porque él es mozo honrado y

a carta cabal, que en la hora del mayor peligro sólo tenía sobre

cubierta los muy enfermos, los enclenques, aquéllos que de todos modos

morirían, mucho más pronto si los volvían al sollado donde estaban como

sardinas, porque fue preciso clavar las escotillas.

--¡Las escotillas! repitió doña Rosa. Es decir, las tapas de la bodega

del buque. De manera que los de abajo a estas horas han muerto

sofocados. ¡Pobrecitos!

--¡Ca! dijo don Cándido con el más exquisito desprecio. Nada de eso,

mujer. Sobre que voy creyendo que tú te has figurado que los sacos de

carbón sienten y padecen como nosotros. No hay tal. Vamos, dime, ¿cómo

viven allá en su tierra? En cuevas o pantanos. Y ¿qué aire respiran en

esos lugares? Ninguno, o aire mefítico. ¿Y sabes cómo vienen? Barajados,

quiere decir, sentados uno dentro de las piernas de otro, en dos hileras

sucesivas, cosa de dejar calle en el medio y poder pasarles el alimento

y el agua. Y no se mueren por eso. A casi todos hay que ponerles

grillos, y a no pocos es fuerza meterlos en barras.

--¿Qué son barras, Cándido?

--¡Toma! ¿Ahora te desayunas? El cepo, mujer.

--No me quedaba que oír.

--A todo esto y mucho más da lugar la persecución arbitraria de los

ingleses. El único sentimiento de Carricarte ahora es que con el afán y

la precipitación de limpiar el puente, echaron al agua los marineros una

muleque de 12 años, muy graciosa, que ya repetía palabras en español y

que le dio el rey de Gotto a cambio de un cuñete de salchichas de Vich y

dos muleques de 7 a 8 años que le regaló la reina del propio lugar por

un pan de azúcar y una caja de té para su mesa privada.

--¡Ángeles de Dios! volvió a exclamar doña Rosa sin poder contenerse. Y

reflexionando que acaso no estaban bautizados, añadió: de todos modos,

esas almas...

--Y dale con creer que los fardos de África tienen alma y que son

ángeles. Esas son blasfemias, Rosa; la interrumpió el marido con

brusquedad. Pues de ahí nace el error de ciertas gentes... Cuando el

mundo se persuada que los negros son animales y no hombres, entonces

acabará uno de los motivos que alegan los ingleses para perseguir la

trata de África. Cosa semejante ocurre en España con el tabaco: prohíben

su tráfico, y los que viven de eso, cuando se ven apurados por los

carabineros, sueltan la carga y escapan con el pellejo y el caballo.

¿Crees tú que el tabaco tiene alma? Hazte cuenta que no hay diferencia

entre un tercio y un negro, al menos en cuanto a sentir.

No había similitud ninguna en el ejemplo aducido, tampoco tiempo para

discutir, porque en aquella sazón se presentó Tirso en la puerta del

escritorio y dijo que el almuerzo estaba listo. Eran las diez y media de

la mañana; por donde se ve claro que la conversación de don Cándido con

su mujer había durado largo tiempo; y, sin embargo, no le había dicho

los medios de que pensaba valerse para arrancar el _Veloz_ y la mayor

parte de la carga, compuesta de seres humanos, diga él lo que quiera, de

las garras de los testarudos ingleses.

CAPÍTULO VII

_"Por lo cual deberían poner tasa los magistrados, a quien toca, a

la codicia de los mercaderes, que ha introducido en Europa, y no

menos en estas Indias, caudalosísimos empleos de esclavos, en tanto

grado, que se sustentan de irlos a traer de sus tierras, ya por

engaño, ya por fuerza, como quien va a caza de conejos o perdices,

y los trajinan de unos puertos a otros como holandas o cariseas."_

FR. ALONSO DE SANDOVAL

Paseábase don Cándido Gamboa largo rato hacía en su escritorio, después

de levantado el mantel del almuerzo, cuando entró su Mayordomo don

Melitón Reventos. Venía con la cara hecha un ascua por el calor del día,

las carreras desde temprano, y la satisfacción que experimentaba y que

se le conocía por encima del pelo de la ropa. De modo que, advirtiéndolo

el amo, paró los paseos, se quitó el tabaco de la boca y se apoyó de

espaldas contra la carpeta, a fin de escuchar a sus anchas la relación

de las diligencias practicadas en los baratillos y el puerto. Hasta doña

Rosa, cuyo interés en el asunto cedía tan sólo ante el de su marido,

acudió ganosa al escritorio; y entre los tres personajes tuvo lugar la

siguiente escena.

No venía, sin embargo, dispuesto don Melitón a satisfacer de plano la

ansiedad de sus señores. Creía, por el contrario, que acababa de vencer

una gran dificultad, mas que había alcanzado una hazaña; y, como hombre

de poco seso, se daba importancia inmerecida. Después de ir y venir

arriba y abajo del escritorio recogiendo papeles, arreglando las plumas

de ave en el tintero, abriendo y cerrando gavetas, se volvió para don

Cándido y su esposa, que seguían sus movimientos, no poco disgustados, y

dijo:

--¡Qué calor! ¿eh?

Ninguno de sus oyentes le replicó palabra, y él continuó muy satisfecho:

--Vea Vd. en Gijón. Por este mismo tiempo empieza a soplar un airecillo,

que ya... Es preciso abrigarse, so pena de coger un _costipado_...pero

esta Isla se ha hecho para los negros. Bien pudo el señor don Cristóbal

haberla descubierto en otra parte, donde no hubiese tanto calor. Porque,

pongo por caso, llega aquí un mozo de Castilla, o de Santander, llega

robusto, con unos cachetes que parecen dos cerezas, vamos, rozagante,

fuerte como un toro, y en menos de seis meses, si escapa con vida del

vómito,[36] se queda escueto y desmazalado por el resto de su vida. ¡Qué

tierra ésta! Sí, ¡digo a Vd. que es ésta mucha tierra!

En estos momentos sus ojos tropezaron con los de don Cándido y doña Rosa

que le miraban de hito en hito, y, cual si volviera en su acuerdo,

agregó en diferente tono:

--Pues, señor, me parece, sí, me parece que todo ha salido a pedir de

boca.

--¡Acabáramos! dijo don Cándido respirando fuerte.

--Allá iba, prosiguió don Melitón, respondiendo antes a la intención que

a la palabra de Gamboa. Allá iba, pero Vd. me conoce, señor don Cándido,

y sabe que yo no soy escopeta catalana.

--No tiene Vd. que repetirlo, replicó don Cándido con énfasis.

--Al caso, terció doña Rosa en tono blando, pues conoció que iba a

armarse una disputa interminable.

--Al caso, repitió el Mayordomo, entonces más en caja. Pues como decía,

ha salido la cosa mejor de lo que esperábamos. Marché, ¿qué digo? partí

como una saeta para el portal del Rosario y me entré de rondón en el

baratillo de don José a pesar que el mozo de las vidrieras, en el

portal, lo mismo que los otros dos detrás de los mostradores dentro,

creyendo que iba a comprarles la tienda en peso, me tira éste del brazo,

aquél de la chaqueta... Vd. sabe que ellos son bromistas y más pillos,

que ya...

--Lo que sé, repuso don Cándido molesto, es que Vd. gasta una

pachorra...

--Pues decía, continuó como si no hubiese oído a su amo, que me costó

algún trabajillo deshacerme de esos bellacos. ¿Dónde está don José?

pregunté a don Liberato. Quiero ver a don José. Traigo un recado urgente

para él. ¡Chite! me dijo el mozo; ahora está muy entretenido para que

Vd. le vea. Venga acá, y me llevó por la mano a la puerta del patio, y

agregó:--Véale. En efecto, muy acicalado estaba y arrimadito a la pared,

en interesante conversación por señas y medias palabras, con la sombra

de una mujer que se entreveía a través de las persianas del balcón en el

principal de la casa. Sólo vi dos ojazos como dos carbones encendidos y

la punta de unos deditos de rosa asomándose de cuando en cuando por

entre los listoncillos verdes. ¿Qué significa eso? pregunté a don

Liberato. ¿No lo entiende Vd.? me contestó. Nuestro don José que se

aprovecha de la ausencia del paisano y amigo en el campo para camelarle

la hermosa dama.

Don Cándido y doña Rosa cambiaron una mirada de inteligencia y de

asombro, y el primero dijo:

--Don Melitón de mis culpas ¿qué tenemos que hacer nosotros con un

cuento con todos los visos de calumnia?

--¡Calumnia! repitió el Mayordomo serio. Pluguiera al cielo. Nada de

eso; ya verá Vd. mis trabajos, ya. No se puede negar que es el más buen

mozo que ha salido de Asturias. Y su pico de oro, porque sabe hablar,

que ya... Es cosa notoria que ahora años, cuando el sistema

constitucional, le comparaban con el divino Argüelles, y una vez le

pasearon en triunfo en esos mismos portales de la Plaza Vieja. Y, con

perdón de la señora doña Rosa, todo eso le peta mucho a las mujeres, y

la Gabriela que es joven y bella... ya, ya. La intención, las ausencias

del marido, las galanterías, el diablo que nunca duerme...

--Don Melitón, saltó otra vez Gamboa muy molesto, ¿de quién nos habla

Vd.?

--¡Toma! Pues creía que me estaba Vd. atento. Le hablo de don José, mi

paisano, y de la Gabriela Arenas. No parece hija del país por lo blanca

y rosada.

Doña Rosa, que era criolla y que no lo tenía a menos, se sonrió al oír

la grosería de su Mayordomo, el cual prosiguió:

--Pues el señor don José ni me hizo caso, sino que le dijo de muy mal

humor a don Liberato:--despache Vd. a ese mozo y no permita que me

molesten. Al punto nos pusimos a revolver los entrepaños y las cajas, y

con mucho trabajo conseguimos tres líos de mudas de ropa, de 50 pares

cada uno. No era bastante. Corrí al baratillo de Mañero, donde sólo

había 30 mudas. Sabe Vd. que por esta época empiezan las _refacciones_

de los ingenios, según se dice aquí. Los que se proveen por tierra, se

adelantan hasta dos meses. Las carretas echan semanas en andar cualquier

distancia, con que escasea la ropa hecha de los esclavos. Pues como

decía, del baratillo de Mañero pasé al del vizcaíno ese... Martiartu,

donde Aldama estuvo de mozo. Ahí conseguí 60 mudas más, y por no perder

tiempo y porque juzgué que serían suficientes, llamé a un carretonero,

cargué con todos los bultos y andando, andando para el muelle de

Caballería, hice cinco líos, los até con unos cordeles, y al avío...

Pero cate Vd. que al pasar por delante de la casilla del resguardo, sale

el hombre y detiene la mula por la brida.--¿Cómo se entiende? ¿Qué hace

Vd.? le grité encolerizado.--Se entiende, me dijo él con mucha sorna,

que si Vd. no trae guía, para embarcar estos efectos, yo no los dejo

pasar.--Guía, guía, le dije. ¿Para qué diablos ese requisito? Estos líos

no son para embarcar a ninguna parte. Son _esquifaciones_.--Sean lo que

fueren, prosiguió el hombre sin soltar la presa. La guía al canto o no

hay paso.--¿Qué quería Vd. que hiciera en semejante aprieto? Eran

pasadas las once. Ya había oído yo el reloj de la Aduana. Me registré

los bolsillos, encontré un dobloncejo de a dos, le saqué, se lo puse en

la mano al carabinero, diciéndole: Vaya la guía, hombre; y sin más ni

más soltó las bridas y dio paso franco. La cara del rey posee magia.

--Eso es, dijo don Cándido en tono de aprobación.

--Pues es claro, añadió el Mayordomo satisfecho. Para ciertas gentes no

hay mejor lenguaje. Mas aquí no pararon mis trabajos. Llegados al

muelle, allí estaba el botero. ¿Sabe Vd. que el hombre es listo? En un

santiamén descargamos el carretón y luego dimos con los líos en el bote.

Tomé el timón bajo la carroza, y a viaje. Viramos, y en poco más que lo

cuento nos pusimos en Casa Blanca, a vela y remo. Opuesto estaba el

famoso bergantín sobre las anclas y con la proa para Regla, tan ufano y

orgulloso cual si libre cortara las aguas del océano y no se hallara

cautivo de los perros ingleses. En la cubierta se paseaban varios

soldados de marina; algunos de los cuales me pareció que no era de los

nuestros; pero alcancé a ver el cocinero Felipillo hacia popa, quien no

tardó en conocerme y hacerme señas de que no atracara por el costado de

estribor, sino por el de babor, hacia la parte de tierra. Así se hizo,

corriendo a un largo la vuelta de Triscornia y luego virando por redondo

a ganar la popa del bergantín, bajo la cual nos acoramos, y como quien

no quiere la cosa, bonitamente fuimos metiendo lío tras lío por un

ventanillo, donde el cocinero los recibía con toda seguridad.

--¡Vamos! exclamó don Cándido en un arranque de entusiasmo, rarísimo en

sujeto tan grave. Esa sí que estuvo buena. ¡Magnífico!, don Melitón. Ya

se puede dar por seguro que al menos se salvará una buena parte del

cargamento y habrá para cubrir los gastos. No todo se ha perdido. Hecho,

hecho.

Bien quisiera doña Rosa participar de la alegría y entusiasmo de su

marido; pero sucedía que ella no entendía jota del bien que pudiera

traer a la salvación del cargamento del bergantín _Veloz_, el hecho de

haber introducido a hurtadillas por un ventanillo de popa, las mudas de

ropa nueva compradas por don Melitón en los baratillos de los portales

de la Plaza Vieja. Así es que se contentó con mirar primero a uno y

luego al otro de sus interlocutores, como si les pidiera una

explicación. Entendiolo así Gamboa, porque continuó con la misma

animación:

--Ciego el que no ve en día tan claro. Rosa, ¿no comprendes que si

vestimos de limpio los bultos pueden pasar por ladinos, venidos de... de

Puerto Rico, de cualquier parte, menos de África? ¿Estás? No todo se ha

de decir. Estos son secretos... porque... hecha la ley, hecha la trampa.

Reventos, agregó con volubilidad, que le den de almorzar. Rosa, a Tirso

que le sirva el almuerzo... Debe traer hambre canina, y además, quizás

tenga que volver a salir. Por lo que a mí toca, a la una debo estar en

casa de Gómez, quien me espera en compañía de Madrazo, de Mañero... Vaya

(empujando suavemente por el hombro a su Mayordomo), despache.

--Corriendito, contestó él. No necesito que me rueguen. Apuradamente,

tengo un hambre que ya... ¿Pues no ando de ceca en meca desde las nueve

de la mañana? Ya, ya... Se la doy al más pintado. Lo extraño sería que

no sintiese una gazuza, que ya...

Hacia el medio día don Cándido, que había hecho venir al barbero para

que le afeitase, estaba listo para salir, y el quitrín le esperaba a la

puerta. Antonia, su hija mayor, le puso la corbata blanca con puntas

bordadas y colgantes, untándole aceite de Macastar, de olor fuerte,

especie de esencia de clavo, muy generalizado entonces, y peinándole a

la Napoleón, es decir, con la punta del pelo traída sobre la frente

hasta tocar casi la unión de las cejas y la nariz. Adela le trajo la

caña de Indias con puño de oro y regatón de plata, y Tirso, que andaba

por allí, viéndole desdoblar la gran vejiga de los cigarros, le acercó

el braserillo. De seguidas, medio envuelto en la nube azulosa de su

exquisito habano, sin sonreírse ni decir palabra a ninguno de su

familia, salió con aire majestuoso por el zaguán a la calle y se metió

en el carruaje.

--¡A la Punta! fue lo único que dijo en su voz bronca al viejo calesero

Pío.

No era un enigma este brevísimo lenguaje para el anciano calesero.

Significaba que debía dirigirse al trote a casa de don Joaquín Gómez,

que entonces vivía en aquel pedazo de calle frente a una cortina de la

muralla que da hacia la entrada del puerto.

Allí esperaban el amo de la casa, el hacendado Madrazo y el comerciante

Mañero. Este último era el más inteligente de los cuatro; se ocupaba en

importar géneros y quincalla de Europa, que vendía a plazos a mercaderes

de la plaza. Aquel era un medio muy tardío de hacer fortuna, fuera de

que los vendedores no siempre cumplían exactamente con sus compromisos,

de que resultaban pérdidas en vez de ganancias. Mañero, por esto, como

otros muchos paisanos suyos, había emprendido en las expediciones a la

costa de África, hasta allí con mejor suerte que en el comercio de

géneros.

Al salir, como salieron a poco para el palacio del Capitán General,

Gómez dijo a Mañero que llevara la palabra, cosa que aprobaron de la

mejor gana Madrazo y Gamboa, reconociéndose incapaces para desempeñar el

papel de orador siquiera con mediano lucimiento. Las dos de la tarde

serían cuando entraban ellos por el ancho y elevadísimo pórtico de ese

edificio que, según se sabe, ocupa todo el frente de la Plaza de Armas.

A aquella hora estaba lleno de gente no por cierto del mejor pelaje,

aunque no podía calificársele, en general, como de la clase del pueblo

bajo de Cuba. El movimiento era incesante y activo. El rumor de pasos y

de voces ruidoso y aún chillón. Unos iban, otros venían, observándose

que los que más agilidad mostraban, mozos en su mayoría y nada atildados

en su porte ni en su traje, llevaban debajo del brazo izquierdo,

doblados por la mitad en sentido longitudinal, unos legajos de papeles

del folio español. Por lo común entraban en o salían de los cuartos o

covachuelas, que dicen en Cuba accesorias, cuya única puerta y acaso

ventana daban al pórtico, al ras del piso de chinas pelonas de que

estaba formado. A la primera ojeada, era de advertirse que esa multitud

de gente no acudía a solazarse ni por mera curiosidad; porque se

distribuía en grupos y corrillos más o menos numerosos, en los cuales se

hablaba a voz en cuello, mejor, a veces se gritaba, acompañando siempre

la acción a la palabra como si se discutieran asuntos de gran

importancia, o que mucho interesaban a los principales actores. Desde

luego, puede asegurarse que no se trataba de política; estaba

absolutamente prohibido, y el derecho de reunión no se practicaba en

Cuba desde al año de 1824 en que acabó el segundo período del sistema

constitucional. Y sin embargo, aquel era un Congreso en toda forma.

Mientras esto pasaba en medio del pórtico, arrimado a una de las macizas

y gruesas columnas, se veía un grupo compuesto de una negra y cuatro

niños de color, el mayor de doce años de edad, la menor una mulatica de

7, todos cosidos a la falda de la primera, la cual tenía la cabeza

doblada sobre el pecho y cubierto con una _manta_ de algodón. Enfrente

de este melancólico grupo se hallaba un negro en mangas de camisa, y a

su lado un hombre blanco, vestido decentemente, quien leía en voz baja

de un legajo de papeles abiertos, que a guisa de libro sostenía en ambas

manos, y el primero repetía en voz alta, concluyendo siempre con la

fórmula:

--Se han de rematar: éste es el último pregón. ¿No hay quien dé más?

Cada una de estas palabras parecía herir, como con un cuchillo, el

corazón de la pobre mujer, porque procuraba ocultar la cabeza más y más

bajo los pliegues del pañolón, temblaba toda y se le cosían a la falda

los hermosos niños. Llamó el grupo o la escena aquella la atención de

Mañero, se la indicó con el dedo a Gómez, y le dijo al paño:--¿Ves?

Farsa, farsa. El remate ya está hecho aquí (señalando entonces para una

de las covachuelas a su derecha). Pero, tate, agregó dándose una palmada

en la frente y tocándole después en el hombro a Madrazo, que iba por

delante al par de Gamboa, ¿pues no es esa negra la María de la O de

Marzán que tú tenías hace tiempo en depósito judicialmente? Yo que tú la

remataba con sus cuatro hijos. Dentro de unos pocos años valen ellos

cuatro tantos lo que te cuesten con la madre ahora.

--¿Qué sabes tú si no la ha rematado ya? observó Gómez con naturalidad.

--¿Interesa a ustedes el asunto? dijo Madrazo desazonado, contestando a

Gómez y a Mañero.

--Me intereso por ti y por la mulatica, repuso este último con malicia,

dándole un buen codazo a su compañero. La madre de los chicos es

excelente cocinera, lo sé por experiencia propia, y luego la chica...

Sobre que se me figura mucho a su padre.

--A Marzán querrás decir, dijo Madrazo.

--¡Ba! No. ¿Cuánto tiempo hace del pleito de Marzán con don Diego del

Revollar y del depósito de los negros del primero en tu ingenio de

Manimán? preguntó Mañero con aparente sencillez.

--Cerca de ocho años, dijo Gómez. Marzán es curro y del Revollar

montañés como nosotros, y siempre han vivido como perro y gato en sus

cafetales del Cuzco.

--No creo que hace tanto tiempo, interpuso Madrazo.

--Sea como fuere, continuó Mañero, el caso es que la chicuela esa de

padre blanco y madre negra no tiene arriba de siete años de edad y...

No continuó Mañero, porque en aquel instante se acercó a Madrazo un

hombre sin sombrero, le tocó en el brazo, le llamó por su nombre y le

atrajo a una de las covachuelas de que antes hemos hablado. Madrazo con

la mano abierta indicó a sus amigos que le esperaran, y desapareció

entre la multitud de gente, casi toda a pie, que llenaba la pieza.

--¿No se los decía? añadió Mañero hablando con Gómez y Gamboa. Madrazo

ha hecho el remate de María de la O con sus cuatro hijos, uno de los

cuales, o el diablo me lleve o es la mismísima efigie del rematador, y

el pregón no ha sido una farsa para guardar las apariencias y mostrar

imparcialidad con el amigo Marzán. Al fin tiene entrañas de padre y se

porta como buen amo: no habrá extrañamiento ni dispersión de la familia.

Según debe haberlo comprendido el lector avisado, aquellas eran las

escribanías públicas de la jurisdicción judicial de La Habana.

Componíanse de un saloncito cuadrilongo con puerta al pórtico y ventana

de rejas de hierro al patio del palacio de la Capitanía General de Cuba.

Eran unas diez o doce al frente, unas tres más había en el costado del

norte o calle de O'Reilly y otras tantas o más en la de Mercaderes,

entre éstas la de hipotecas. De medio día a las tres bajaba la

audiencia, como se decía allí, y los oficiales de causa, junto con los

procuradores, que venían a tomar nota de los autos en los pleitos a su

cargo, los escribanos que daban fe, uno u otro abogado de poca clientela

y aún bachilleres en derecho que comenzaban la práctica de los juicios

por su propia cuenta, llenaban las escribanías hasta el exceso. Fuera de

esto, el cuarto no era nada amplio y estaba flanqueado de mesas cargadas

de tinta y de papeles o procesos, y detrás de ellas, arrimados a las

paredes, había anchos y altos armarios, con redes de alambre o cuerda

por puertas para que se viesen entre sus entrepaños los numerosos

protocolos forrados de pergamino cual códices de antiguas bibliotecas.

El hombre sin sombrero llevó a Madrazo a la derecha de la escribanía,

ante la primera mesa, algo más grande y decente que las demás, pues

tenía barandilla, y el tintero se conocía que era de plomo, es decir,

que no estaba tan cargado de tinta. El individuo que ocupaba una silla

de vaqueta detrás de dicha mesa, se puso en pie lleno de respeto luego

que vio al hacendado, le saludó con amabilidad y en voz alta pidió los

autos de Revollar contra Marzán. Traídos por el hombre del pregón y

abiertos por una hoja que estaba doblada longitudinalmente, apuntó con

el índice de la mano izquierda para una providencia compuesta de unos

pocos renglones manuscritos, y dijo a Madrazo que pusiera debajo su

firma. Hízolo así éste, con una pluma de ganso que le alcanzó el

escribano, y saludando, fuese enseguida a reunirse con sus compañeros.

CAPÍTULO VIII

_Hecha la ley, hecha la trampa._

Proverbio castellano.

Mira, como se sabe, hacia la Plaza de Armas o el Este el frontispicio

del palacio de la Capitanía General de Cuba. La entrada es amplia,

especie de zaguán, con cuartos a ambos lados, cuyas puertas abren al

mismo, y sirven, el de la izquierda para el oficial de guardia, el de la

derecha para cuartel del piquete. Los fusiles de los soldados

descansaban en su astillero, mientras la centinela, con el arma al

brazo, se paseaba por delante de la puerta.

Cecilia Valdés o la Loma del Ángel · 第 16 / 44 段