Aún aquí se habían adelantado muchas familias que se retiraban del baile

lo más temprano posible; y eran de oírse los apellidos de las más

distinguidas de La Habana repetidos de boca en boca, como ecos en

escala, por todos los caleseros:--¡Montalvo! gritaba una voz y Montalvo

repetían veinte sucesivamente, hasta que se perdía a lo lejos o

contestaba el llamado acercando el carruaje; en cuyo acto ocurrían

algunos choques, no pocas peloteras entre los esclavos, más de un

varapalo asestado por el dragón que mantenía el orden en la calle, todo

esto acompañado del estallido de los látigos, del ruido de las ruedas,

cual truenos lejanos, y de las patadas de los caballos en las chinas

pelonas del pavimento. En medio de toda aquella batahola, no cesaba el

clamor de los caleseros por el nombre de las familias a que pertenecían.

A saber: ¡Peñalver! ¡Cárdenas! ¡O'Farril! ¡Fernandina! ¡Arcos! ¡Chacón!

¡Calvo! ¡Herrera! ¡Cadaval! repetido tantas veces cuantas era necesario

para que llegara la palabra al calesero que se quería; el cual, después

de todo, si no estaba a la cabeza de la fila que rodeaba la manzana,

tenía que esperar a que le tocara su turno para mover el carruaje si no

quería que el dragón de guardia le midiera las costillas con la vara de

su lanza.

Apenas se pronunció el apellido de Gamboa, cesó el baile del zapateo,

porque el tocador del agudo tiple no era otro que nuestro antiguo

conocido Aponte. El triste esclavo se divertía al parecer con todas

veras, o punteaba el instrumento primorosamente para distracción suya y

de sus compañeros, porque pesaban sobre su espíritu, nada obtuso por

cierto, dos amenazas terribles, la de su señorita por la tarde y la de

su joven amo a las diez y media de la noche; y sabía, bien a su pesar,

que ellos no olvidaban ni perdonaban faltas de sus esclavos. Pero si

aquella era su suerte y no había remedio, ¿a qué apurarse ni afligirse

anticipadamente? Así reflexionaba él, y así poco más o menos

reflexionanban todos sus compañeros, a quienes Dios, en su santa merced,

no había negado un alma pensante.

Acabada la junta de hacendados, don Joaquín Gómez puso su carruaje a la

disposición de don Cándido Gamboa, para retirarse a su casa, como lo

hizo, poco después de la media noche; con lo que éste pudo despachar el

suyo a la familia en la Filarmónica, para que hiciera lo mismo cuando lo

tuviera por conveniente. Mediante aquel refuerzo inesperado, las Gámez y

su amiga Isabel pudieron trasladarse de una sola vez desde el baile a su

morada a espaldas del convento de Santa Teresa, y enseguida la familia

de Gamboa.

Metieron los caleseros sus respectivos quitrines en el zaguán, llevaron

los caballos a la caballeriza en el traspatio, pusieron las monturas en

sus burros, colgaron los arreos, libreas y sombreros en clavos fijos en

la pared de un cuartucho; y por lo que hace a Aponte, acabado el

trabajo, con la tarima a la espalda, cual Cristo con la cruz, volvía al

zaguán para ver de descansar de las fatigas del día, durmiendo las pocas

horas de la madrugada. Por entonces habían sonado las dos hacía rato en

el reloj de la parroquia del Espíritu Santo. La luna menguante trasponía

el tejado de la casa por el lado de la calle, cuya sombra ganaba la

altura de la tapia divisoria entre ambos patios, de modo que reinaba

oscuridad en el primero, aunque no tanta que no se viesen los bultos ni

se reconociesen los rostros. De repente un hombre interceptó el paso de

Aponte, quien levantó los ojos y vio que agitaba el látigo en la mano

derecha. Se paró al instante, porque reconoció a su amo, el joven

Gamboa.

--Suelta la tarima, le ordenó éste con voz bronca por la cólera;

arrodíllate y quítate la camisa.

--Niño, ¿su merced me va a castigar? dijo el atribulado esclavo,

ejecutando por parte lo que se le había ordenado.

--Vamos, despacha, agregó el amo acompañando a la vez el golpe, por la

vía de apremio.

--Espere su merced, niño. ¿En qué le he faltado yo?

--¡Ah! ¡Perro! ¿Y me lo preguntas? ¿No te dije que te iba a castigar

porque no me esperaste como te mandé, en la esquina del convento?

--Sí, señor, niño; pero yo no tuve la culpa.

--¿Pues quién la tuvo? Yo le probaré que cuando te mando una cosa la has

de hacer o reventar.

Y sin más ni más empezaron a llover zurriagazos en las espaldas desnudas

del infeliz esclavo. Se retorcía, porque los golpes los descargaba un

brazo vigoroso, y decía:--Bueno está, mi amo (por basta). Por la niña

Adela, mi amo. Por Señorita (como llamaban los criados a doña Rosa

Sandoval de Gamboa), mi amito. Si yo pudiera decir la verdad, niño, su

merced vería que no tuve yo la culpa. ¡Bueno está ya, niño Leonardito!

Pero aquella boca había callado, embargada por la cólera; aquel corazón

se había vuelto de piedra; aquella alma había perdido el sentimiento;

aquel brazo sólo parecía animado, de hierro, no se cansaba de descargar

golpes. ¡Qué cansarse! los menudeaba cada vez con más furor, si no con

más fuerza. Dormía ya don Cándido, cuando le despertaron asustados los

estallidos del látigo y los lamentos del calesero.

--¿Qué es eso? preguntó a su esposa.

--Nada, Leonardo que castiga a Aponte.

--Pero ¡qué escándalo! ¿Qué horas son éstas de castigar a los criados?

Di a ese muchacho de Barrabás que pare la mano, o por Dios bendito...

--Acuéstate y duerme, repitió la mujer. Aponte está muy perro y necesita

un buen castigo.

--Sí, mas estoy seguro que esta vez no ha cometido falta. Véase qué

pasada le han jugado a tu hijo y ahora se la paga el pobre mulato.

--Tú no sabes lo que hizo por la tarde a las muchachas en la calle de la

Muralla.

--Será así, pero que pare el muchacho la mano o me levanto y le rompo

una costilla como me llamo Cándido. ¿Hase visto mayor desvergüenza?

Claro vio doña Rosa que por poco que continuasen el vapuleo, los

clamores y las protestas de inocencia del calesero, se levantaba don

Cándido y hacía una de las suyas, pues a la natural rudeza de quien no

había recibido educación, agregaba un carácter violento, se asomó al

postigo de la ventana de su alcoba y dijo:--Leonardo, basta.

Esto fue lo suficiente. Bien que ya era tiempo de que el joven hubiese

desfogado la cólera que le dominaba, o de que se le desmayase el vigor.

Después de eso, ¿cuál de los dos, la víctima o el verdugo, encontró

primero reposo en la cama? Mejor dicho ¿qué pasaba por el alma del amo

cuando se echó en la suya? ¿Qué por el alma del esclavo cuando se

desplomó en la rígida tarima? Difícil es que lo expliquen los que no han

sido una ni otra cosa, e imposible que lo entiendan en toda su fuerza,

aquéllos que no han vivido jamás en un país de esclavos.

CAPÍTULO VI

_¡Hola! del bergantín._

_--¿Qué dirá?--¿Cómo se llama?_

_--El Condenado.--¿De dónde procede?_

_--De Sarrapatán.--¿Qué carga trae?_

_--Sacos vacíos.--¿Cómo se llama el capitán?_

_--Don Guindo Cerezo._

Escenas a la vista del Morro de la Habana.

Como es de suponer, a las nueve de la mañana del día después del baile

en la Filarmónica, con dos excepciones, todo el mundo dormía en casa de

Gamboa. Hablamos aquí del mundo de los amos, en cuyo número no entraban

los ocho o nueve criados de la familia, porque éstos desde el amanecer

debían estar en pie, desempeñando las obligaciones cotidianas, no

embargante el cómo habían pasado la noche.

Don Cándido, a pesar del poco dormir y de los graves pensamientos que le

ocupaban a consecuencia de lo ocurrido en la junta en casa de don

Joaquín Gómez, se levantó temprano y salió a la calle a pie, por pura

impaciencia de carácter.

Su esposa, algo más tarde, tomaba café con leche muellemente arrellanada

en uno de los sillones del comedor.

No carecía de objeto el sentarse doña Rosa todas las mañanas en ese

sitio. Registrábase desde allí el interior de la casa, y se veía si las

lavanderas preparaban la lejía para el lavado de la ropa, o el brasero

con carbón vegetal para el aplanchado desde temprano; si las costureras,

en vez de ponerse a coser las _esquifaciones_, perdían el tiempo en

conversaciones con los otros siervos; si los caleseros lavaban los

carruajes, daban sebo y limpiaban las correas de las monturas; si Aponte

volvía temprano o tarde de bañar los caballos, lo que probaba que había

ido al muelle de Luz o a la Punta, más distante; si Pío, el anciano

calesero de Gamboa, hacía zapatos de mujer en el zaguán para uso de las

criadas de la casa y a veces hasta para las amas, al mismo tiempo que

desempeñaba el oficio de portero, cuando no tenía que ponerle el

carruaje a su amo; por último, si el cocinero, negro de aire

aristocrático, bien hablado y racional, según dicen los esclavistas,

había ido o no de madrugada al mercado inmediato de la Plaza Vieja, en

busca de las vituallas y hortalizas que se le habían encargado la noche

anterior.

Era éste el que más madrugaba en la casa. Debía hacer el fuego y

preparar el café con leche, a fin de que Tirso y Dolores pudieran

servirlo tan luego como despertaran los amos. No siempre despachaba el

cocinero el mercado a la misma hora, ni en breve tiempo, aun cuando la

Plaza Vieja distaba poco de la casa de Gamboa. En la madrugada de que

hablamos ahora, por ejemplo, salió para allá demasiado temprano. Pero

andando en esa dirección con el farolito en una mano, según estaba

mandado por las Ordenanzas municipales desde los tiempos de Someruelos,

y un canasto en la otra, sonó el cañonazo de las cuatro, el capitán de

llaves abrió las puertas de la muralla y al silencio mortal de la ciudad

se sucedieron el tumulto y toda clase de ruidos tan disonantes como

desapacibles.

A la vuelta del mercado había siempre ajuste de cuentas del cocinero con

su ama, regaños y amenazas de castigo por el precio de las carnes, por

su calidad y aun peso; porque en vez de pollos trajo gallinas, por la

hortaliza, pues en vez de habichuelas trajo guisantes, y berros por

lechuga, o viceversa. Porque es condición del esclavo no acertar nunca a

complacer a sus amos. Para doña Rosa, en suma, siempre había motivo de

queja; su cocinero pecaba a menudo por torpe, por malicia o por

descuido.

--Dionisio, ¿no te encargué pollos tiernos? decía ella levantando del

canasto el par de aves atadas fuertemente por los pies, ¿por qué me has

traído gallinas? Tu amo no come sino pollos.

--Son pollonas, señorita, contestaba el cocinero; lo que tiene es que

están gordas y parecen gallinas hechas. También no se encuentran pollos

en la plaza.

--No me vengas con esas, Dionisio, que no soy boba ni nací ayer. Si tú

sabes mucho, yo sé más. Vamos, ¿cuánto te costaron?

--Dos pesos, señorita. Las aves están caras ahora.

--¡Ave María Purísima! ¿A que se las compraste a tu _carabela_, la negra

lucumí más carera de la plaza?

--No, señorita, se las compré a un placero del campo. Mírelas su merced

bien, todavía tienen las plumas sucias de tierra colorada.

--Esa no es prueba, Dionisio, porque bien pudo tu comadre dejarles la

tierra para hacer creer que eran frescas del campo, y no de segunda

mano.

--Señorita, la morena de los pollos no es mi comadre ni mi _carabela_

tampoco. Ella es de nación.

--Yo sé lo que me digo, Dionisio, y no vengas tú a corregirme la plana.

Si tú tienes leyes, yo sé a dónde se enderezan a los doctores como tú.

Ahí está la maestranza de artillería[33] ahí está el Vedado.[34] No

cuesta nada un curso de derecho en esos lugares. ¡Eh! Conque ande Vd.

listo, taita Dionisio. Lo que no quiero es que Vd. se festeje ni festeje

a sus comadres con mi dinero.

Al buen callar llaman Sancho, y por dolorosa experiencia de largos

treinta años de esclavitud, sabía bien Dionisio que debía guardar

silencio desde el punto en que sus amos empezaban a tratarle de Vd.

Aquella era señal segura de que subía la marea de la cólera. Se

aproximaba la tempestad y en breve estallaría el rayo. En tal virtud, el

cocinero recogió a toda prisa los avíos de la comida y se refugió en su

cocina, como buen piloto que busca abrigo temporal en el primer puerto

que le depara el cielo.

Este esclavo había nacido y se había criado en Jaruco, en el palacio de

los condes de ese título. Sabía leer y escribir casi por intuición,

dones adquiridos que le revestían de mérito extraordinario a los ojos de

sus compañeros de esclavitud, mucho más ignorantes que él, en general,

bajo esos respectos. Era aficionadísimo al baile, gran bailador de

minué, que aprendió en las suntuosas fiestas de sus amos, pues en su

calidad de paje, que fue su empleo primitivo, siempre estaba en contacto

con ellos; y allí conoció a la después Condesa de Merlín, a varios

Capitanes Generales, al primer conde de Barreto y a otras notabilidades

de Cuba, de España y del extranjero, por ejemplo, a Luis Felipe de

Orleans, después rey de los franceses.

A poder de tiempo, de industria y de economía, viviendo entre gente rica

y rumbosa, que visitaban personajes notables, logró Dionisio reunir

dinero suficiente para _coartarse_, quiere decir, para fijar el precio

en que se le vendería, si lo vendían, dando a su amo diez y ocho onzas

de oro, o 306 duros. Sacáronle, sin embargo, a remate junto con otros

varios esclavos, por ante el Escribano público don José Salinas, a la

muerte del Conde, para cubrir las grandes costas que ocasionaron su

testamentaría y división de bienes. La habilidad de Dionisio en la

cocina y la repostería, a que le aplicaron apenas llegó a la virilidad,

le daba más valor en el mercado que a los otros esclavos sin oficio; de

consiguiente, la _coartación_ sólo le sirvió para que le vendieran en

500 pesos, en vez de los 800 en que le estimó el amo cuando le aceptó la

suma arriba mencionada. En el _lote_, don Cándido le obtuvo por menos de

los 500 pesos en que quedó coartado, aunque él no fue el mejor postor;

pero supo untarle en tiempo la mano al oficial de causas, y no

aparecieron las otras pujas. De dos graves faltas adolecía Dionisio,

graves por su triste condición: era la una su afición a las mujeres; la

otra ya se ha dicho, su afición al baile propio de los blancos.

Dadas las 9 de la mañana, entró don Cándido Gamboa por el zaguán de su

casa. Parecía cariacontecido, cansado y sudoso, no ya por el calor, que

no dejaba de sentirse, aunque estábamos a fines de octubre, sino por la

agitación de las primeras horas del día y los pensamientos que ocupaban

su espíritu. Sin reparar en su esposa, que inquieta le aguardaba junto a

la mesa del comedor, puesta ya para el almuerzo por el ágil Tirso, de la

calle pasó derecho al escritorio, donde estaba el Mayordomo don Melitón

Reventos encaramado en el banquillo, con la pluma detrás de la oreja y

de codos en la carpeta, meditando sobre un pliego de papel español,

escrito en renglones desiguales, a manera de versos de arte mayor, que

tenía delante.

--¿Qué hace? le preguntó entrando don Cándido, sin darle los buenos

días, acaso porque aquél era uno de los peores de su vida.

--Hacía el apunte de los efectos que ordena el Mayordomo de _La Tinaja_

para la próxima molienda, y miraba si se me había escapado algo. El

patrón Sierra estuvo aquí y dijo que salía...

--Deje Vd. eso de la mano, que no precisa, y vamos a lo que importa.

Reventos, ahora mismo se pone Vd. la chaqueta y se va corriendito al

baratillo de Suárez Argudín en el portal del Rosario, y recoge Vd.

cuantas camisas de listado y pantalones de rusia tenga hechos, y le dice

Vd. que los cargue en cuenta. Probable es que no tenga cuanto se

necesita, 400 mudas; pero él puede completar el número en los otros

baratillos de los paisanos. Mas en caso que ni así se consigan todas,

300, 250, 200, las que se puedan... ¿Qué remedio? Si no salvamos tantos,

salvamos cuantos.

--¿Cuántos qué? preguntó Reventos, demasiado curioso para dejarlo para

luego.

--Bultos, hombre, bultos, repuso brevente don Cándido. ¿No sabe Vd. que

ha llegado el _Veloz_?

--¿Sí? A fe que no lo sabía.

--Pues ha llegado, mejor dicho, lo han traído al puerto. El número fijo

a bordo no se sabe todavía. Las escotillas están clavadas, y dice el

Capitán Carricarte que, aunque embarcó sobre 500, con el largo viaje y

la atroz caza que le han dado los ingleses, se le han muerto algunos y

tenido que echar al agua... muchos, vamos, la broza por fortuna. ¿Está

Vd.? Ahora bien, tome las mudas de ropa, forme tres o cuatro líos,

según; los conduce Vd. en un carretón al muelle de Caballería, frente a

Casa Blanca, y se los entrega al patrón del guadaño _Flor de Regla_. Vd.

le conoce. Bien, le entrega Vd. todo, que él está ya avisado y sabe a

dónde ha de llevarse eso. Vd. le acompaña, pues que conoce al contador.

¡Eh! conque al avío. Se le guardará a Vd. el almuerzo si no da la

vuelta en tiempo. De cualquier modo, la ropa debe estar a bordo antes de

las once. ¿Lo oye Vd.?

El Mayodomo ido, de seguidas entró doña Rosa en el escritorio. Se

paseaba su marido arriba y abajo agitado; mas al verla se detuvo por un

instante esperando la pregunta, que, en efecto, no tardó ella en

dirigirle:--¿Qué ocurre, Gamboa? Ahí va Reventos que se desnuca y tú

aquí inquieto. Di, por caridad, ¿qué pasa?

--Lo de siempre, hija; que si seguimos como vamos, todavía los pícaros

de los ingleses han de causar la ruina de este hermoso florón de S. M.

C. el rey, que Dios guarde.

--No me digas.

--Como lo oyes, porque si los ingleses no nos dejan importar los brazos

que nos hacen tan suma falta, no sé con qué ni cómo vamos a elaborar el

azúcar. Sí, esto se lo lleva Barrabás, no me canso de decirlo.

--Tal es mi tema, Cándido; pero al grano.

--Al grano. Esta mañana a las siete señaló el Morro buque inglés de

guerra a sotavento. Nos hallábamos en el muelle varios: Gómez, Azopardo,

Samá, en fin, casi todos los de la junta de anoche. A poco el Morro

señaló presa y media hora después se presentó en la boca del puerto la

corbeta inglesa _Perla_, su comandante el Lord Pege o Pegete, según nos

dijeron después los que desde la Punta oyeron la contestación que dio el

práctico al vigía de señales.[35] ¿Cuál te figuras que era la presa?

--¿El bergantín _Veloz_?

--El mismo, Rosa; con casi todo el cargamento a bordo.

--Luego se ha salvado el cargamento. ¡Qué bueno!

--¿Salvado? repitió don Cándido con amargo acento. Pluguiera a Dios.

Desde el punto que nuestro bello bergantín entra aquí como presa...

--Están perdido barco y cargamento, ¿no? ¡Sería una gran desgracia!

--Lo que es perderse todo no será si los que estamos interesados en la

salvación de una cosa y otra no nos dormimos en las pajas. Por lo

pronto, los pasos que se han dado y que se darán más adelante nos hacen

abrigar la esperanza de que cuando no todos los bultos, al menos las dos

terceras partes lograremos arrancarlos de las garras de los ingleses.

¿Has de creer, Rosa, que a veces se me figura que más dolor me causaría

la pérdida del bergantín que la del cargamento, aunque es el más valioso

de cuantos ha traído del África, según la factura del Capitán

Carricarte? Pues no te quepa duda ninguna. Con mi bergantín se pueden

traer con seguridad y en corto tiempo no uno, sino varios cargamentos, y

no hay muchos como él. Habrá tres años que se lo compré a Didier, de

Baltimore, y ya ha dado cuatro viajes felices al África. Este era el

quinto viaje y ya me he reembolsado tres veces de su costo. Admírate,

Rosa, salió de Casa Blanca... ¿te acuerdas? a mediados de julio y a los

cuatro meses no cabales ha dado la vuelta. Eso se llama andar. ¿Quién

negará ahora que es el más velero de cuantos se emplean en la carrera al

presente? Ahí están el _Feliz_, de Zuaznávar; la _Vencedora_, de

Abarzusa; la _Venus_, de Martínez; la _Nueva Amable Salomé_ de Carballo;

el _Veterano_ de Gómez, y muchos otros de fama. ¿Qué son en comparación

de mi _Veloz_? Potalas, urcas. Sí, sentiría mucho perderlo; no por el

dinero, aunque no son un grano de anís los diez mil pesos que di por él,

sino porque difícilmente se construye buque de más pies.

--¡Ah! Cándido, no te hagas ilusiones. Tú y tus amigos abrigan

esperanzas, yo no. Cuando los ingleses agarran, no sueltan, tenlo por

seguro. Cada vez me parecen más odiosos esos judíos protestantes. Vea

Vd. ¿quién los mete en lo que no les va ni les viene? Yo me hago los

sesos agua y no atino a comprender por qué se ha de oponer Inglaterra a

que nosotros traigamos salvajes de Guinea. ¿Por qué no se opone también

a que se traiga de España aceite, pasas y vinos? Pues hallo más

humanitario traer salvajes para convertirlos en cristianos y hombres que

vinos y esas cosas que sólo sirven para satisfacer la gula y los vicios.

--Rosa, los enemigos de nuestra prosperidad, quiero decir, los ingleses,

no entienden esa filosofía, no la quieren entender tampoco; de otra

manera tendrían más miramientos con nosotros los vasallos de una nación

amiga y en otro tiempo aliada de la suya. Pero yo no les echo toda la

culpa a ellos, a quienes culpo principalmente es a los que aconsejaron a

nuestro augusto soberano don Fernando VII celebrar el tratado de 1817

con Inglaterra. Aquí está el mal. Por la miserable suma de 500,000

libras esterlinas los indiscretos consejeros del mejor de los monarcas

concedieron a la pérfida Albión el derecho de visita de nuestros buques

mercantes y de insultar, como insulta un día con otro, impunemente, el

sagrado pabellón de la que no ha mucho fue señora de los mares y dueña

de dos mundos. ¡Qué vergüenza! No sé cómo toleramos... Mas al caso,

Rosa. Como te decía, la llamada repentina de Gómez ayer tardecita tuvo

por objeto oír la historia de lo ocurrido con el _Veloz_, de boca del

capitán Carricarte, que llegó a revienta cinchas del Mariel, y ver lo

que se hacía por si era posible jugarle una buena a los ingleses; porque

tú sabes que, hecha la ley, hecha la trampa. Cuando llegué a casa de

Gómez, que serían cerca de las ocho...

--¿Cómo así? le interrumpió su mujer. Tú saliste de acá antes de las

siete. ¿En qué te demoraste? ¿Cómo echaste más de una hora en ir a casa

de Gómez?

--No me demoré en ninguna parte, no; repuso el marido, visiblemente

embarazado. ¿Dije que serían cerca de las ocho? Pues cuenta que quise

decir poco después de las siete, a las siete y cuarto, a las siete y

media... La hora precisa no importa.

Parecía que no importaba; pero no dejó de llamar la atención de doña

Rosa, que, yendo en carruaje su marido, para trasladarse de la esquina

de la calle de San Ignacio y Luz, donde vivía, al extremo de la de Cuba,

hacia el norte, donde se celebró la reunión, echase una hora, cuando

esta distancia puede recorrerse a pie en la mitad de ese tiempo

descansadamente. Natural fue que Doña Rosa, que parece no las tenía

todas consigo, en tratándose de la lealtad conyugal de su marido, se

callase, es cierto, mas a todas luces perdió el entusiasmo, y con éste

el interés en lo que pensaba hacerse para salvar la presa y su

cargamento. Advirtiéndolo don Cándido, pues harto conocía a su mujer,

diose una palmada en la frente y dijo:

Cecilia Valdés o la Loma del Ángel · 第 15 / 44 段