que tuve que hacer con tanta premura. ¡Oh! Si lo averiguo antes no me
apuro para acabarlo en tiempo. Cosí hasta bien tarde de la noche, porque
me lo dieron ayer tardecita y se quería para hoy a las tres. ¡Quién lo
hubiera adivinado! Al menos no hubiera ido él al baile de la gente
blanca con un chaleco hecho por mí. Para lucírselo a Dios sabe quién.
Nadie sabe para quién trabaja. Digo esto por ti, chinita, porque a mí no
me va ni me viene. El no me pertenece; sólo me intereso por ti, que has
puesto tu cariño... ¡Cuidado que los hombres son ingratos! Pero más vale
callar y no ponerle más leña al fuego.
Bastaba, en efecto, y sobraba lo dicho para poner en ascuas a una joven
menos fogosa que Cecilia. A medida que la amiga fue desarrollando su
pensamiento, pues lo había de seguro en las noticias que comunicó y aún
en el modo de comunicarlas, fue creciendo su cólera y desazón. ¿Qué
hacer en aquellas circunstancias a fin de impedir, si era tiempo, que el
individuo, según Nemesia, se viese en la Filarmónica con la señorita
desconocida? Eran celos, rabia, desesperación lo que sentía. No cabía en
la silla, cerca de la ventana. Se levantó varias veces en ademán de
entrar en el aposento, sin duda para mudarse de traje y salir a la
calle, y otras tantas volvió al asiento. La sangre estaba a punto de
ahogarla.
La abuela entre tanto seguía como absorbida en devotas oraciones,
sobando, al parecer, con el pulgar e índice de la mano derecha, una tras
otra, las cuentas negras del rosario que tenía en el regazo, y con los
ojos cerrados. Nemesia miraba de soslayo a su amiga, leía, como al
través de un cristal purísimo, la fiera batalla que se libraba en su
pecho, y de cuando en cuando se sonreía ligeramente, cual si hubiera
previsto todo aquello, o no temiese que tuviera un resultado
desagradable. Al cabo Cecilia se desplomó en la silla, exhaló un suspiro
profundo y murmuró:
--Más vale que no; yo sé lo que he de hacer. De mí no se burla nadie...
Casi me alegro... No salgo a ninguna parte.
Chepilla alzó entonces la vista y miró a la nieta con cierta alegría
mezclada de compasión. Por su parte Nemesia, en toda apariencia
satisfecha, más diremos, orgullosa de que su venida hubiese surtido todo
el efecto deseado, se marchó, despidiéndose cariñosamente de sus
amigas.
CAPÍTULO V
_Aún pienso estaros mirando..._
_La faz terrible y airada,_
_La vista desencajada,_
_El látigo vil sonando._
J. PADRÍÑEZ
Llegaba Nemesia a la puerta de su casa, a tiempo que salía de ella su
querido hermano José Dolores con el clarinete en la funda debajo del
brazo y un rollo de papeles de música en la mano. Según costumbre,
caminaba cabizbajo y meditabundo. Por esta razón y por estar muy oscura
la calle, no habiendo tampoco luz en la casa, por poco se cruzan los
hermanos sin reconocerse, a pesar de la proximidad. Así como así, ella
le reconoció primero, se le atravesó en el camino y le preguntó
repitiendo dos versos de una canción tan popular entonces como llena de
malicia:
«--¿A dónde vas con ese gato y la noche tan oscura?»
--¡Qué! dijo José Dolores sorprendido. ¡Ah! ¿Eres tú? Me cansé de
esperarte.
--¿Tan temprano para el baile?
--Pues, ¿qué hora es?
--Tocaban a vísperas ahorita mismo en Santa _Catarina_, cuando pasé por
el costado del convento.
--Te equivocas; debe ser más tarde de lo que tú te figuras.
--Puede ser, porque traigo la cabeza como un güiro, y no sé lo que me
pasa.
--¿Pues qué sucede, hermana? Despacha que estoy de prisa.
--Bien. No quiero detenerte mucho. Sin embargo, creo que tenías tiempo
de tomar un bocado... Una taza de café.
--Ya anduve yo ese camino. Tomé café con leche, pan y queso, y esto me
basta hasta media noche en que haré por tomar gigote o cosa así. Di.
--En la casita a la otra puerta de la taberna de la esquina de la calle
de O'Reilly, tú me entiendes, ha habido una _San Francia_ esta noche.
--¿Cómo así? Y tú parece que te alegras.
--Hay de todo. Te diré. Pasaba yo por allá... _Seña_ Clara me detuvo más
de lo regular en la sastrería. Pues pasaba por allá, aunque era bastante
tarde, porque había quedado con Cecilia en que daríamos una vuelta por
el Ángel después de la salve. Ella sospechaba que el individuo que
estuvo esta tarde en la sastrería a buscar su ropa nueva iba al baile de
Farruco para verse con la muchacha del campo del día de San Rafael, y se
proponía pillarlo _en fragante_. Cálculos de mujer celosa. Apenas llegué
a la esquina vi acercarse un hombre a la ventana de la casita y hablar
con una persona que estaba detrás de la cortina. Aquello picó más mi
curiosidad, y así que se separó el hombre me acerqué yo... Y ¿con quién
te figuras tú que me topé? Con Chepilla. Me hizo entrar. Acababa de
haber allí una de mar y morena. Parece que Cecilia se había vestido para
salir conmigo; y la abuela, en la brega de impedírselo, le rompió el
túnico y la peineta de teja. Todo eso sucedió en un momento.
--¡Pobre muchacha! exclamó el músico compadecido.
--Cecilia es muy cabezadura. Cuando se le pone una cosa, eso ha de ser;
de manera que la abuela vio los cielos abiertos luego que yo me
aparecí. Ya ella no puede con la nieta. Pues bien, me hizo entrar para
ver si entre las dos lográbamos que Cecilia no saliera.
--¿Lo lograron? preguntó José Dolores con muestras de interés.
--Por supuesto, dijo Nemesia con intención. Yo sabía por donde atacarla
y no erre el golpe. La abuela no quería que la nieta saliera; yo tampoco
quería, y sucedió que el hombre del barrio de San Francisco que las
mantiene, lo había prohibido. Ese fue, como luego supe, el que estuvo
por la ventana hablando con Chepilla antes que yo.
--¿Qué es _él_ de _ella_? Quisiera saberlo.
--Yo, verdaderamente, no lo sé. A veces _me se_ figura que es mucho
cuidado el suyo para mero enamorado...
--¡Si será su padre! _Señó_ Uribe cree a puño cerrado que lo es y
sostiene que la madre vive. ¿Pero dónde está la madre? ¿Quién la conoce?
¿Quién la ha visto?
--Eso es lo que yo digo.
--Ahí tienes. Yo me tengo tragado que el padre y el hijo están
enamorados de Cecilia hasta la punta del pelo.
--Puede ser, hermana, porque se han visto muchos de esos casos en el
mundo. Ella preferirá al hijo...
--Se entiende, y ¿quién no preferiría el joven al viejo?
--La hermosura de Cecilia será al fin la causa de su perdición. ¿Qué
puede esperar ella de esos dos blancos? ¿El viejo quizás le dé dinero,
lujo y cuidados, mas el joven...? Este no es posible que se case con
ella; gracias si la toma de querida por algún tiempo, se fastidia y la
deja con dos o tres hijos el día menos pensado. Yo no sé qué será de mí
si tal cosa sucede. No quiero pensar en eso.
--Ella te tiene voluntad, pero no amor. Bien claro que lo veo. Sin
embargo, si yo pudiera hacer que olvidara a Leonardo, estaba vencida la
principal dificultad.
--La que bien quiere, tarde o nunca olvida.
--Hay sus excepciones, y Celia, que es muy soberbia, no es imposible que
por lo mismo que quiere mucho olvide pronto. Del amor al odio no hay más
que el salto de una pulga.
--Esa, al fin, es una esperanza.
--Te juro que le ha de costar mucho trabajo engañarla y engañarme a mí.
Yo conozco mejor que él el flaco de Celia y tengo esta ventaja. Ahora
poco le dije a ella una cosa que la puso como candela. Está que trina
contra el individuo. Ya se le pasará la rabieta, pero volveré a la carga
y estoy segura que la haré saltar las trancas... Todo lo que sea
alejarla de él, es acercarla a...
No le dejó concluir la frase José Dolores. Se sonrió tristemente, y
diciendo a su hermana que no le esperase, se marchó en dirección de la
calle del Aguacate. Nemesia entró en su cuarto repitiendo cual si
hablara con otro:
--¡Cómo que yo me mamo el dedo! No siempre había de trabajar para el
inglés. Si no ha de ser para mí, que no sea para ella tampoco. El es muy
enamorado y le gustan mucho las pardas. No es tan difícil la cosa como
parece. Veamos si de una vía hago dos mandados. Ella para José Dolores y
_él_ para mí. Se puede, se puede...
Ahora corresponde que volvamos al sarao en la Filarmónica donde hemos
dejado a Leonardo Gamboa en las filas de la danza con Isabel Ilincheta.
Comprendiendo bien ella el carácter de su pareja, no le dio queja
ninguna sobre su falta de puntualidad en escribir, ni de su aparente
desvío; le habló, al contrario, de asuntos indiferentes: de los amigos
mutuos en el campo; de las ocurrencias en el partido de Alquízar; del
rosal rojo que él había injertado en el rosal blanco del jardín
fronterizo del cafetal; del naranjo a cuya sombra, las pascuas pasadas,
habían comido tantas veces las naranjas más dulces que producía la
finca; de la hija mayor del mayoral de su padre, que, para casarse,
como se casó, en la Ceiba del Agua, se había fugado con un joven guajiro
del pueblo.
--Tía Juana, añadió Isabel, se empeñó con el padre y lo hizo
reconciliarse con la hija. Así es que los novios hoy día están hechos
cargo del sitio de papá, en que sabe Vd. se crían gallinas y se ceban
algunos animales. La muchacha se quedó con su marido, y su padre,
nuestro mayoral, tuvo que salir. Yo lo sentí por su esposa, porque era
una buena mujer y nos acompañaba bastante; pero, desde que se casó la
hija, se le puso el humor atroz: no dejaba resollar a los negros, los
castigaba por cualquier falta, siempre con verdadera sevicia, hasta que
papá le despidió. Al presente pasamos algunas soledades, y nuestras
salidas en el cafetal se reducen a ir al sitio todas las tardes y volver
a las puestas del sol. Cuando hace luna...
--Te acuerdas de mí, ¿no es eso? la interrumpió Leonardo, con indiscreto
despecho, al ver su glacial indiferencia.
--Naturalmente, contestó ella, al parecer sin notar lo que pasaba por su
compañero. No puedo olvidar que en tardes divinas, como son todas las de
invierno en el campo, más de una vez hemos hecho juntos ese paseo en
compañía de Rosa y de tía Juana.
--Te encuentro algo cambiada, observó el joven después de breve rato de
silencio.
--¿Yo cambiada? Pues está buena. Vamos, Vd. se chancea.
--Hasta me tratas de Vd.
--Creo que siempre le he tratado del mismo modo.
--No al pie del naranjo dulce.
Isabel se puso colorada, y luego dijo:
--Es ya una costumbre en mí el tratar de Vd. a todo el mundo. Aún con
mis propios esclavos, si son viejos sobre todo, se me escapa el decir
Vd. A papá le sucede lo mismo frecuentemente.
--El _tú_ es más cariñoso.
--¿Lo cree Vd. así? El _Vd._ es más modesto.
Cortábase a cada paso este chispeante diálogo, es decir, tantas veces
cuantas la pareja que bajaba hacía figura con la pareja que subía la
danza. Al fin, hubo de cambiarse del todo el tema de la conversación
cuando Meneses y Solfa, que habían venido saludando a las amigas,
llegaron al puesto ocupado por Isabel y Leonardo. Ambos habían visto a
la joven aquella misma tarde en casa de las Gámez. Poco tenían que
decirse que de nuevo fuera; Isabel, sin embargo, distinguía a Meneses, y
se alegró de volver a verle.
--¿Qué es eso? ¿No baila Vd? le preguntó con interés.
--Casi nunca bailo por mera cortesía.
--¡Ay! Si le oyese Florencia se ofendería.
--Me cae en gracia Florencia, me parece bonita, la quiero, pero si
bailase con ella ahora sería por mera galantería. Mi amiga del alma está
lejos de aquí, Vd. lo sabe, y es mucha crueldad en Vd. atribuirme
intenciones de galantear a otra.
--Sobre que le voy cogiendo miedo al amigo Solfa, dijo ella volviéndose
de repente para éste, con el doble objeto de atender a todos y de no
seguir la broma con Meneses.
--¿Qué he hecho para inspirar temor a la impávida Isabelita?
--¿No ve Vd.? Esa es una sátira.
--Lo sería, señorita, repitió Solfa prontamente, si la mía fuese una
opinión aislada, pero no lo es. De ella participan, estoy seguro,
Leonardo y Diego, juntamente con cuantos conocen a Vd. ¿Cómo pues, puedo
inspirarle temor?
--Porque voy viendo que es Vd. implacable, que no perdona enemigos ni
amigos.
--¿Esa más? Me aturde Vd. señorita.
--Sí, hágase Vd. ahora el inocentico, el que no quiebra un plato. ¡Cómo
que desde que asomó Vd. a la puerta del salón no noto que ha venido
hasta mí cortando cada traje que es un primor! Apelo al amigo Meneses;
él dirá si me he equivocado o no.
Solfa y Meneses cambiaron una mirada y una sonrisa, con que corroboraron
implícitamente la observación aguda de Isabel, y el primero dijo:
--Ya eso es distinto, lo declaro, me gusta la tijera; mas se me ha hecho
pedazos entre las manos al llegar a Vd.
En esto cesó la danza, y las diferentes parejas de bailarines,
deshaciendo la formación, corrieron las unas a ocupar sus asientos en la
sala y cuartos, las otras a respirar el aire libre de los corredores.
Los hombres, por la mayor parte, se dividieron en grupos para hablar de
las conquistas amorosas de la noche, y casi todos para fumar un cigarro
puro o de papel. Leonardo dio un paseo por los corredores con su amable
compañera de baile, la cual, si hemos de juzgar por la frecuencia de sus
sonrisas, no tuvo a mal que se prolongara la entrevista, aunque había
terminado el encanto de la música.
Continuando, entretanto, por su parte la revista de la fiesta que se
habían propuesto pasar Meneses y Solfa, se detuvieron por breve rato
ante la madre y hermanas de su amigo y condiscípulo Leonardo Gamboa.
Hallábanse ellas sentadas en el lado norte del salón, debajo del dosel
donde dijimos que se ostentaba el retrato colosal al óleo de Fernando
VII de Borbón. Antonia, la mayor, tenía a su derecha a un capitán del
ejército en completo uniforme, con quien cambiaba en tono bajo frases
breves de inteligencia; después seguía su madre, y a la izquierda de
ésta, las dos hermanas Carmen y Adela. Con la primera de estas tres
hablaba el Mariscal de campo don José Cadaval; con las dos últimas los
currutacos más célebres que conocía La Habana entonces: Juanito Junco y
Pepe Montalvo, cadete del regimiento Fijo. Asomó a poco Leonardo Gamboa,
y como por magia desapareció el capitán español del lado de Antonia, a
una insinuación suya con el codo; Cadaval siguió adelante, y el
lechuguino y el cadete hicieron lo mismo con un profundo saludo.
Al descubrir de lejos Leonardo al militar español mano a mano con su
hermana, se renovó en su mente la memoria de las escenas de por la
mañana, primero al postigo de la ventana y después en la mesa del
almuerzo, sintiendo el mismo rapto de celos y de odio que ya había
experimentado. Todo el deseo que tenía de ver y hablar un rato con su
madre y hermanas en el baile, se enfrió y apagó en el instante, y sólo
por respeto y cariño a aquélla no les volvió la espalda. A un gesto
suyo, Antonia ocupó el asiento que dejó vacante el capitán, y así pudo
sentarse Leonardo y decir al oído de doña Rosa:
--¿Es posible, mamá, que tú consientas que ese soldado pele la pava con
Antonia en tu presencia?
--¡Cállate! replicó doña Rosa seria. Ese caballero ha venido a traernos
un recado de tu padre, el cual no puede venir por nosotras hasta la una
y creo que tú tendrás que acompañarnos. De la ocurrencia me alegro con
doble motivo; lo uno porque ya podré irme cuando quiera o me dé sueño;
lo otro porque no te quedarás tú por detrás, ni me harás pasar otra mala
noche.
--Debo acompañar a Isabel Ilincheta y a las Gámez a su casa, pues su
carruaje ha sufrido una avería y no pueden usarlo esta noche.
--¡Cómo! ¿Isabel está aquí y no ha venido a saludarnos?
--No lo extrañes, porque sin duda ella ignoraba que Vds. hubiesen venido
al baile, y luego ha habido una concurrencia extraordinaria.
--Bien, manda en tu quitrín a tus amigas a su casa.
--Antes, sin embargo, es preciso que Vds. vean a Isabel, o que Isabel
salude a Vds.
--¿Ya te has enamorado de ella? Eres un veleta. No pienses en burlarte
de esa muchacha también. Tráela aquí y la veremos.
--No. He pensado que debemos tomar algo y en la mesa nos reuniremos
todos. El ambigú dicen que no es menos abundante que exquisito. ¿Qué te
parece, Adela?
--Aprobado, contestó ésta alegre.
--Pero es el caso, dijo Leonardo, que si alguna de Vds. no me saca de
apuros, no tendré con qué cubrir el gasto.
--Pues, ¿y las dos onzas de oro que te puse en el chaleco por la tarde
cuando dormías la siesta? preguntó doña Rosa con seriedad.
--No he visto semejante dinero, mamá. Bien que si lo pusiste en la
faltriquera del chaleco de esta mañana, allá en mi cuarto se quedó.
Apenas tengo tres o cuatro pesos en este chaleco que me puse a la vuelta
del paseo para venir al baile.
No hizo Leonardo esta explicación con la franqueza que solía; se puso
colorado y titubeó varias veces. Lo advirtió su madre y le preguntó:
--¿Por qué te has aparecido en el baile tan tarde? Creí que ya no
venías, y eso que tú saliste de casa antes que nosotras. Quién sabe por
donde has andado.
--Había reunión y piano en casa de las Gámez con motivo de ser el santo
de Florencia...
--Ellas no vinieron contigo, que yo sepa. Tú no dices la verdad,
Leonardo, lo conozco y de veras te digo que haces mal, muy mal. Yo soy
tu mejor amiga, hijo, y tengo el desconsuelo de ver que cada día eres
menos franco conmigo. Vamos al ambigú, añadió no poco desazonada; yo
pago los costos y aquí tienes mi bolsa, que contiene unas seis onzas de
oro.
Era de punto de seda roja, formando dos senos separados por un nudo o
lazada en el medio, para dividir el oro entero del menudo y la plata. Se
la sacó del seno, porque las señoras en esa época no usaban bolsillos en
las faldas como al presente, sino que se colgaban la bolsa del cinto o
cordón del traje casero. Leonardo recibió el dinero con las mejillas
encendidas de la vergüenza, porque a la humillación de recibir dos veces
la suma que había perdido al juego, se agregaban las mentiras conque
había pretendido encubrir su falta. La madre, tal vez sin quererlo ni
saberlo tampoco, había leído en el fondo de su alma como a través de un
cristal. ¿Le servió eso de correctivo? No es tiempo todavía de
examinarlo. Pero aquel incidente había pasado para el hijo y la madre no
más, para la última ciertamente no en toda su genuina deformidad, pues
puede decirse que sin conciencia de ello había puesto el dedo en la
llaga. Del choque recibido trabajo le costó reponerse a Leonardo, quien
dijo a su madre luego que se puso en pie y le tomó el brazo para
conducirla a la sala del ambigú:
--¿Y dónde quedaba papá?
--Quedaba en casa de don Joaquín Gómez, a donde han concurrido varios
otros hacendados; entre ellos Samá, Martiartu, Mañero, Suárez Argudín,
Lombillo, Laza...
--¿No se sabe cuál es el objeto de semejante junta?
--El capitán Miranda no ha podido explicarlo, sin duda porque él mismo
lo ignora; pero por lo poco que me dijo tu padre cuando salió de casa,
saco en consecuencia que va a tratarse de las expediciones a la costa de
África. Vives está ya cansado de las quejas de Tolmé y de las
impertinencias de los jueces de la maldita comisión mixta, y ha hecho
decir a Gómez por trasmano que procuren que las expediciones de bozales
no desembarquen por los alrededores de La Habana. También llegó un
expreso del Mariel, participando que se ha presentado un bergantín
parecido al _Veloz_, que se esperaba con un buen cargamento, perseguido
por un buque inglés.
--Tal vez lo ha apresado.
--¿A la vista del torreón del Mariel? Sería demasiado atrevimiento. Con
todo, esos ingleses protestantes se figuran que el mundo entero les
pertenece, y no lo extrañaría. Si la expedición se pierde, tu padre
pierde un pico regular. Es la primera que él emprende en sociedad con
sus amigos de aquí por ser muy costosa. Cuando menos trae quinientos
negros.
--¿Quién mete a papá en tales trotes, al cabo de sus años?
--¡Ay, hijo! ¿Echarías tú tanto lujo, ni gozarías de tantas comodidades,
si tu padre dejase de trabajar? Las tablas y las tejas no hacían rico a
nadie. ¿Qué negocio deja más ganancias que el de la trata? Di tú que si
los egoístas ingleses no dieran en perseguirla como la persiguen en el
día, por pura maldad, se entiende, pues ellos tienen muy pocos esclavos
y cada vez tendrán menos, no había negocio mejor ni más bonito en qué
emprender.
--Convenido, mas son tantos los riesgos, que quitan las ganas de
emprender.
--¿Los riesgos? No son muchos comparados con las ganancias que se
obtienen. El costo total de la expedición del bergantín _Veloz_, por
ejemplo, según me dijo tu padre, no ha pasado de 30,000 pesos, y como la
empresa es de varios, su cuota fue de algunos miles de pesos solamente.
Ahora bien, si se salva la expedición, ¿cuánto no le tocará?... Saca la
cuenta. Pero aquí está Isabel.
Doña Rosa la recibió con los brazos abiertos; excepto Antonia, las
hermanas de Leonardo con sinceras demostraciones de cariño; sobre todas.
Adela la abrazó y besó repetidas veces. Era ésta la más joven,
entusiasta y franca e Isabel la preferida de su hermano querido. Después
de los saludos de costumbre y las quejas mutuas, juntas todas con las
Gámez, llevando Leonardo, Meneses y Solfa cada uno dos mujeres del
brazo, pasaron a la sala del ambigú, espléndidamente iluminada, al fondo
del palacio. Eran muchos y no cabían en una sola mesa, por cuya razón
ocuparon dos, aunque inmediata una de otra.
Señoras y caballeros tomaron gigote de pechuga de pavo, fiambre de esta
ave, con rico jamón de Westfalia, algunos arroz y frijoles negros,
ninguno vinos ni espíritus, todos café con leche para terminación de
cena. Esta, conforme al precio usual de los platos pedidos en funciones
semejantes, calculó Leonardo que no bajaría el costo de onza y media de
oro, o veinticinco y medio duros, cuando menos. Deseoso de hacer alarde
del dinero, sacando la bolsa de seda roja, preguntó al mozo blanco, que
servía ambas mesas con destreza imponderable:
--¿Cuánto es?
--Nada, contestó el hombre con la misma brevedad, a tiempo que formaba
en el brazo izquierdo una _torre de porcelana_ con los platos y tazas.
--¿Cómo se entiende? repuso el joven asombrado. Pues ¿quién ha pagado
por mí?
--Se conoce que Vd. no pertenece a la junta directiva, dijo el mozo con
cierta impertinencia. La sociedad costea el ambigú de esta noche, y si
yo fuese uno como hay muchos le hacía pasar a Vd. plaza de primo.
--¡Ah! exclamó Leonardo, corrido como una mona y no poco mortificado.
Se puso en pie murmurando:
--Estos mozos españoles son a veces demasiado impertinentes.
Si él oyó o no, es cosa que no se sabe, aunque por la mirada de través
que le echó al joven, parece que resonó en sus oídos lo de español e
impertinente. Bien quisieran Adela y Florencia Gámez tomar parte en la
siguiente danza, la primera hasta se lo indicó a su hermano; mas él se
sonrió distraídamente y no contestó palabra.
Entre tanto doña Rosa dispuso que las _niñas_, según se expresó, pasaran
al camarín a recoger sus _mantas_ de seda. Al mismo tiempo los tres
jóvenes bajaron al entresuelo a reclamar sus sombreros y bastones
respectivos; pero tanto aquí como en el camarín, ya se habían adelantado
otras muchas personas en demanda de sus prendas; de suerte que antes que
obtuvieran las suyas nuestros conocidos, se pasó algún tiempo. Después
bajó Leonardo al portal para prevenir a su calesero que estuviese listo.
De este intervalo se aprovecharon las más jóvenes de las señoritas para
acercarse a los sitios en que se había armado la danza última, que dicen
es la que mejor acompañan los músicos. No faltó quien las invitara, y
ellas, en son de marcha, se pusieron a bailar con más gusto que nunca.
Doña Rosa, Isabel, Antonia, la señora de Gámez y la mayor de sus hijas
se sentaron en grupo a esperar la hora de la partida.
Pasada era la una de la madrugada. Cuando Leonardo descendía las
escaleras de piedra del palacio de la Filarmónica, lo primero que hirió
sus oídos fue el repiqueteo de las espuelas de plata de los caleseros en
las sonoras piedras del portal, bailando el zapateo al son del tiple
cubano. Tocaba uno, bailaban dos, haciendo uno de ellos de mujer; y de
los demás, quiénes batían las palmas de las manos, quiénes golpeaban la
dura losa con los puños de plata de los látigos, sin perder el compás ni
cometer la más mínima disonancia. Algunos de ellos cantaban las décimas
de los campesinos, anunciando por esto, por el baile y por el tiple que
todos ellos eran criollos.