--Esta señorita tiene razón, interpuso Leonardo repuesto de su embarazo.

Por compromiso anterior, en cualquier baile donde nos encontremos, me

reserva ella la tercera danza. No he podido llegar, pues, a mejor hora

según veo. Por eso se dice que más vale llegar a tiempo que rondar un

año.

--Ya, exclamó el galante abogado, el caso es que con las buenas mozas

pocos somos los que llegamos a tiempo.

André saludó y fue a formar coro a las dos hijas del potentado Aldama,

de las cuales la menor, de nombre Lola, cedía a muy pocas aquella noche

la palma codiciada de la belleza. Entretanto Leonardo e Isabel, cogidos

por la mano, se metieron en las filas de la danza, no distante de la

cabecera, mediante el favor de amigos mutuos, que, aunque llegaron

tarde, no les dejaron incorporarse a la cola, como era de rigor. La

cubana danza sin duda que se inventó para hacerse la corte los

enamorados. En sí el baile es muy sencillo, los movimientos cómodos y

fáciles, siendo su objeto primordial la aproximación de los sexos, en un

país donde las costumbres moriscas tienden a su separación; en una

palabra, la comunión de las almas. Porque el caballero lleva a la dama

casi siempre como en vilo, pues que mientras con el brazo derecho la

rodea el talle, con la mano izquierda la comprime la suya blandamente.

No es aquello bailar, puesto que el cuerpo sigue meramente los compases;

es mecerse como en sueños, al son de una música gemidora y voluptuosa,

es conversar íntimamente dos personas queridas, es acariciarse dos seres

que se atraen mutuamente, y que el tiempo, el espacio, el estado, la

costumbre ha mantenido alejados. El estilo es el hombre, ha dicho

alguien oportunamente; el baile es un pueblo, decimos nosotros, y no hay

ninguno como la danza que pinte más al vivo el carácter, los hábitos, el

estado social y político de los cubanos, ni que esté en más armonía con

el clima de la Isla.

La noche en cuestión lucía Isabel Ilincheta a maravilla las gracias

naturales de que la había dotado el cielo. Era alta, bien formada,

esbelta, y vestía elegantemente, conque siendo muy discreta y amable,

está dicho que debía llamar la atención de la gente culta. Hasta la

suave palidez de su rostro, la expresión lánguida de sus claros ojos y

finos labios, contribuía a hacer atractiva a una joven que, por otra

parte, no tenía nada de hermosa. Su encanto consistía en su palabra y en

sus modos. Entraba en la pubertad cuando perdió a su madre, y para

educarla, lo mismo que para libertarla de los peligros del mundo, su

padre la puso al cuidado de las religiosas Ursulinas, venidas de Nueva

Orleans y establecidas en su convento de puerta de Tierra desde

principios de este siglo. Después de un pupilaje de más de cuatro años,

en que recibió una educación antes religiosa que erudita y completa, se

retiró al campo, en el cafetal de su padre, cerca de la población de

Alquízar, junto con su hermana menor, Rosa y una tía, viuda de un

cirujano de marina, de nombre Bohorques. Este individuo había hecho

varios viajes a la costa de África en las expediciones despachadas por

cuenta de la sociedad de Gamboa y Blanco. Contrajo de esas resultas una

enfermedad terrible, murió en la travesía y le arrojaron al agua, cual

otros muchos de los infelices salvajes a quienes había ayudado a plagiar

de su nativo suelo. En más de una ocasión fue la viuda, con tal motivo,

el objeto de la munificencia de don Cándido Gamboa. Leonardo la visitó

en el cafetal de Alquízar, y no pudo menos de enamorarse de la sobrina,

cuya modestia y gracias realzaban su clara inteligencia y fina

discreción.

No había nada de redondez femenil, y, por supuesto, ni de voluptuosidad,

ya lo hemos indicado, en las formas de Isabel. Y la razón era obvia: el

ejercicio a caballo, su diversión favorita en el campo; el nadar

frecuentemente en el río de San Andrés y en el de San Juan de Contreras,

donde todos los años pasaba la temporada de baños; las caminatas casi

diarias en el cafetal de su padre y en los de los vecinos, su exposición

frecuente a las intemperies por gusto y por razón de su vida activa,

habían robustecido y desarrollado su constitución física al punto de

hacerle perder las formas suaves y redondas de las jóvenes de su edad y

estado. Para que nada faltase al aire varonil y resuelto de su persona,

debe añadirse que sombreaba su boca expresiva un bozo oscuro y sedoso,

al cual sólo faltaba una tonsura frecuente para convertirse en bigote

negro y poblado. Tras ese bozo asomaban a veces unos dientes blancos,

chicos y parejos, y he aquí lo que constituía la magia de la sonrisa de

Isabel.

No debe extrañarse que, siendo Leonardo un tanto descreído y despegado,

sintiese pasión por una joven tal como la que acaba de describirse.

Entraba él por las puertas doradas de la vida. A pesar de sus

connotaciones y de su riqueza, no había tenido aún trato con las mujeres

de su esfera y educación, ni había empezado a buscar en ellas tampoco la

compañera futura de su vida. La aspereza suya no era sino externa,

estaba en sus maneras bruscas, porque allá en el fondo de su pecho, como

habrá ocasión de observarlo, había raudal inagotable de generosidad,

ternura de sentimientos. Dios, por dicha, no le había negado la

capacidad de amar, sólo que las mujeres con quienes hasta allí había

tropezado, o habían cedido a la fogosidad de sus afectos, a la

intrepidez de sus pocos años, o a la influencia de su _lluvia de oro_.

Ninguno de estos móviles podía tener ascendiente en el ánimo de una

joven rica, bien educada, modesta y virtuosa como Isabel Ilincheta.

Atraído Leonardo primero por sus prendas físicas, seducido después por

sus relevantes dotes morales, comprendió desde luego que para ganar su

afecto fuerza era tocar su corazón, hablar a su entendimiento. Por otra

parte, aquella mujer que se presentaba a los ojos de Leonardo bajo un

nuevo aspecto, habitaba el trasunto del paraíso terrenal cuando la vio

por la primera vez.

Si podemos prescindir del esclavo y de sus padecimientos, que son, sin

embargo, más llevaderos en los cafetales, se convendrá en que Isabel, su

hermana Rosa, su tía doña Juana, su padre y criados, llevaban una vida

de paz y quietud, lejos del bullicio de la ciudad, rodeados de olorosas

flores, de los cafetos y naranjos siempre verdes, de las airosas palmas,

del clásico plátano, embebecidos con el canto perenne de las aves y el

susurro melancólico de la brisa en los campos de Cuba. Hasta la estación

de los aguinaldos y de los azahares, en que Leonardo conoció a Isabel,

contribuyó a rodearla de encanto a sus ojos y a despertar en su pecho

algo que no había sentido nunca a los 21 años de su vida: el amor.

CAPÍTULO IV

_Princesa.--Su nombre al menos_,

_Rey.--Nunca, nunca, nunca._

Sueños de amor y ambición.

El callejón de la Bomba, como el de San Juan de Dios, que parece ser su

continuación, se compone de dos cuadras. Es, si cabe, más estrecho,

hondo y húmedo, aún cuando sus casas son en general más amplias. En una

de éstas, inmediato a la calle del Aguacate, vivía Nemesia Pimienta con

su hermano José Dolores, ocupando dos cuartos seguidos, cuyo mueblaje se

reducía a un par de sillas, un columpio, una mesita de pino y un catre

de viento, que se abría de noche y se cerraba de día, a fin de despejar

el campo.

Anochecido ya, Nemesia salió de la sastrería de Uribe y se encaminó a

paso menudo hacia el barrio del Ángel. Prefirió para ello la calle del

Aguacate, que si bien más solitaria y oscura, por la ausencia de

establecimientos públicos, conducía derecho a dos puntos en donde de

paso quería detenerse. Cuando llegó a las cuatro esquinas formadas por

la calle de O'Reilly y la traviesa que llevaba, se detuvo un breve rato,

pensativa e indecisa. Miró primero atrás, luego a su derecha, después

adelante, fijando la mirada en la ventanilla de la casucha inmediata a

la taberna de la izquierda, aunque por estar en línea paralela a la

observadora, sólo se distinguían las molduras de los balaustres que

sobresalían un poco del plano de la pared. Difícil era, pues, saber si

había o no persona asomada allí o a la puerta. En consecuencia, la

mulata se trasladó a la esquina de abajo y dio un silbido peculiar muy

agudo, haciendo pasar el viento con fuerza por entre los dientes del

medio de la mandíbula superior.

Algunos segundos después vio asomar por los balaustres de la ventana un

canto de la cortina blanca; pero al acudir al reclamo, notó que

descendía del terraplén del convento un caballero a paso largo, que se

dirigía derecho al punto objetivo de sus miradas. Estúvose a observar lo

que pasaba. ¿Quién sería ese sujeto? ¿Quién le aguardaba en aquella

casa? Vestía de frac oscuro, pantalón claro y sombrero de ala angosta y

copa desproporcionadamente ancha, sobresaliéndole por detrás el cuello

blanco y recto de la camisa. No era joven, ni anciano, sino de mediana

edad. A pesar de la oscuridad, todo eso lo pudo notar Nemesia a la corta

distancia a que se encontraba, que no excedía de treinta pasos. Su

porte, sus movimientos acompasados y firmes, no podían confundirse con

los de un mozalbete ni de un viejo.

Se dirigió, sin embargo, con aparente cautela al punto donde se veía el

canto de la cortina blanca, sostuvo un breve diálogo con la persona que

se hallaba oculta detrás de sus pliegues, y entonces, a paso largo

siguió al abrigo de las altas paredes del convento, la vuelta de la

Punta. Nemesia le perdió bien pronto de vista en la oscuridad; pero no

le quedó duda de que le esperaba un carruaje a mediados de la cuadra,

porque oyó distintamente el ruido de las ruedas en las piedras de la

calle, corriendo en sentido opuesto a aquél en que ella estaba, y

favorable al que seguía el desconocido.

Aguijada por la curiosidad, volvió la muchacha a silbar como lo había

hecho antes; le contestaron desde la ventanilla moviendo la cortina

blanca, y acudió al punto; pero en vez de su querida amiga Cecilia,

sólo encontró a la abuela. ¿Cuál de las dos mujeres había recibido y

hablado con el caballero del frac oscuro y el sombrero de copa abultada?

Nuevo motivo de curiosidad y de mayor confusión.

--¡Ah! ¿Era Vd., Chepilla? exclamó Nemesia.

--Entra, le dijo ésta, pasando a la puerta y quitando con la punta del

pie la media bala que la aseguraba.

No se hizo de rogar la muchacha. Parecía seria y desazonada la abuela; y

la nieta, sentada en un rincón, con el traje flojo, el aspecto

desaliñado, la cabeza doblada sobre el pecho, los brazos extendidos y

los dedos cruzados en la falda, era viva imagen del abatimiento y de la

desesperación.

--Entra, hija mía. Seas bienvenida, repitió Chepilla. Entra y siéntate;

hazme el favor de sentarte, añadió notando que la moza se mantenía en

pie, como azorada y confusa.

--Ya es tarde y estoy de prisa, repuso ésta dejándose caer maquinalmente

en la butaca de cuero delante del nicho en que se veneraba la imagen de

la Dolorosa.

Iba Chepilla a repetir la instancia, pero visto que la recién llegada se

sentaba sin más demora, se quedó parada entre ella y su nieta.

--Decía, agregó Nemesia a poco rato, que es tarde y venía de prisa. Fui

a llevar unas costuras al taller de _señó_ Uribe, y _me se_ ha hecho de

noche. Porque resulta que Clarita su mujer es muy conservadora, y

después quiso que la ayudara a cerrar la saya de un túnico que está

haciendo para la Nochebuena chiquita.[32] José Dolores debe de estar

esperándome. El salió del taller mucho antes que yo, pues tenía que

tocar en la salve del Santo Ángel Custodio. Por cierto que ha habido

mucha gente de fuste esta tarde en la sastrería, todos a buscar ropa

para un baile en la Filarmónica, y para las Pascuas de Navidad. A _señó_

Uribe hay que hacerle el encargo con tiempo. Bien que el trabajo le

llueve. Todos dicen que está haciendo mucho dinero, pero es más

gastador... Mas ahora que me acuerdo, ¿qué sucede por acá? Parecen Vds.,

muy atribuladas, dijo Nemesia notando que ninguna de las dos mujeres le

prestaba atención.

Suspiró Cecilia únicamente y la abuela dijo:

--No es cosa lo que sucede; sólo que esta muchacha (señalando para la

nieta con un movimiento de los labios) parece poseída... ¡Dios nos

asista! (y se persignó). Iba a decir un disparate. Quiero que seas el

juez y la consejera en este caso, aunque tú puedes ser dos veces mi

hija. Por eso te he hecho entrar. Vamos, dime, hija mía, ¿qué harías tú

si tu protector, tu amigo constante, tu único apoyo en el mundo, como si

dijéramos, tu mismo padre, que es verdaderamente un padre para nosotras

pobres, desvalidas mujeres, sin otro amparo bajo el cielo, ¿qué harías

tú si te aconsejaba, vamos, si te prohibía el que hicieras una cosa? Di,

¿tú lo harías? ¿Tú le desobedecerías?

--Mamita, saltó y dijo Cecilia sin poder contenerse; su merced no ha

pintado el caso como es.

--Cállate, replicó la abuela con imperio. Deja que Nemesia conteste.

--Pero su merced parte de un principio equivocado, y Nene no puede

contestar derecho, aunque quiera. Su merced dice que nuestro amigo,

nuestro protector, nuestro apoyo y qué sé yo qué más, ha rogado y ha

prohibido que hagan y deshagan. Y en primer lugar, la persona a que su

merced se refiere, no creo que es nada de lo que su merced dice para

nosotras, al menos para mí. En segundo lugar, por más que me devano los

sesos, no veo la razón ni el derecho que tenga para meterse en mis cosas

y ver si salgo, o si entro, si me río o si lloro... Voy a acabar,

agregó Cecilia de pronto, advirtiendo que la abuela iba a cortarle la

palabra. Sobre todo, su merced no tenía para qué haberme _rompido_ el

túnico de punto de ilusión y la peineta de teja, sólo por darle gusto a

un viejo que me tiene ojeriza, y está celoso porque yo no lo quiero ni

lo querré nunca, así...

--No creas nada de lo que dice esa chica, la interrumpió la anciana.

--¿Pues no me rompió su merced el túnico y la peineta? ¿Por culpa de

quién fue? ¿No fue por culpa de ese viejo narizón que Dios...?

--Calla, calla, le atajó la abuela. No blasfemes después de haber

rabiado, porque creeré que estás en pecado mortal. Si se rompió el vuelo

del vestido ¿no fue porque te propusiste ponértelo contra mi expresa

voluntad? ¿Quién tuvo la culpa de que se cayera y se quebrara la

peineta? Tú, nadie más que tú, porque si no tuvieras esos actos de

soberbia, nada de eso hubiera sucedido. Sí, sí, es preciso que te

confieses, es preciso que hagas penitencia, que te arrepientas de tus

pecados y que te enmiendes. Estás en pecado mortal, y si sigues así vas

a parar en mal. Hay que poner remedio a esto en tiempo.

--¡Esa sí que está mejor! continuó Cecilia a pesar de los ojos que le

echaba la abuela. Nunca había oído decir que era pecado no querer a

quien no le gusta a uno.

--¿Y quién te dice que le quieras, espiritada? exclamó la Chepilla con

vehemencia. ¿El te enamora acaso? El pecado consiste en no agradecer los

favores que nos hacen y en morder la mano que nos acaricia.

--Vamos a ver, ¿cuáles son los favores de que habla su merced? ¿La

mesada que nos pasa? ¿Los regalos que me hace de Corpus a San Juan? Dios

y él sólo saben el motivo que le guía. ¿No es extraño, muy extraño, que

sea tan generoso con nosotras, pobres mujeres de color, un hombre

blanco y rico que no es nada de su merced, ni mío tampoco?

--¿Y vuelta, Cecilia? No prosigas ni ensartes más disparates. El enemigo

malo únicamente pudiera inspirarte unas ideas tan contrarias a la

humildad y a la caridad cristianas. ¿Cómo puede ser buena hija, buena

esposa, buena madre, ni buena amiga, la mujer que no agradece favores ni

paga beneficios? Por pequeños que sean (que no lo son) los favores que

nos hace el caballero dicho, nuestro deber es agradecérselos, ya que no

podemos otra cosa. Es grave pecado pagar bien con mal. Tus murmuraciones

y tu ingratitud nos van a costar muy caro.

--No sé cómo su merced entiende mi conducta con él. Apenas le conozco.

Ni le doy ni le quito; lo que no quiero es que me mande y se meta en mis

cosas.

--Es que tú tampoco parece que lo entiendes a él. Si desea que no hagas

esto o aquello, ¿es por su bien o por tu bien? Si aprueba o desaprueba

algo de lo que tú dices o haces, ¿qué mejor prueba puede darse de su

cariño para contigo, y de su buen corazón? Figúrate, Nemesia, que el

individuo de que hablamos (bueno es que tú lo sepas) es una dama en su

trato, y su generosidad para nosotras tan grande como desinteresada, y

debe dolerle muchísimo...

--¿Desinteresada? repitió Cecilia. He ahí lo que no puedo...

--No me interrumpas, niña; estoy hablando con Nemesia. Nos da cuanto

necesitamos y muchas cosas que apetecemos. Apenas le indico un deseo de

esta niña, cuando se apresura a complacerla. Di que no. Preciso es que

no tengas conciencia si lo niegas.

--Y no lo niego. Todo eso es muy cierto, pero ¿por qué lo hace?

--Lo mejor de todo, prosiguió la Chepilla, es que de mí no exige nada, y

de ti no espera otra cosa que cariño, gratitud, y... respeto.

--Hete aquí la que me mata, saltó otra vez Cecilia con vehemencia.

¿Sabes tú, Nene, de alguna persona que dé palos de balde? Yo no la

conozco. Que no exija nada de mamita, se comprende; pero que espere de

mí sólo cariño, gratitud y respeto, como dice ella, eso que lo crean los

tontos. Tú sabes de quién hablamos. ¿No es así? Pues bien, el tal no se

puede tener en rigor por viejo. Le sobra el dinero y ha sido toda su

vida, según dice mamita, un correntón y enamorado como hay pocos. Hasta

ayer, como quien dice, según me ha contado mamita, a pesar de ser casado

y con hijos, mantenía mujeres, con preferencia las de color. Ha perdido

más muchachas que pelos tiene en su cabeza; y mamita parece empeñada en

hacerme creer que su generosidad conmigo es inocente y desinteresada.

Quien no lo conozca que lo compre.

--Hablas por hablar, niña, dijo la abuela al cabo de un largo espacio de

meditación y de silencio. Nada de lo que has dicho viene al caso, ni se

trata de eso tampoco. Se trata de que tú no le complaces, ni le tienes

voluntad a una persona que es tan buena contigo y sólo le lleva el bien

que te puede resultar de que hagas o no hagas ciertas cosas. _Verbi

gratia_: ¿por qué habías de salir esta noche si él no quería que

salieras? Cuando él se oponía, algún motivo tenía. Ese motivo no puede

ser otro que tu bien. Considera, Nene, agregó la anciana en tono más

blando, que poco antes de llegar tú estuvo aquí el buen señor... No

entró. ¡Qué! El nunca entra. Lo primero que hizo fue preguntar por

Cecilia. Siempre pregunta y se ocupa mucho de ella, por supuesto

desinteresadamente; quiero decir, sin otra mira que la de saber cómo va

de salud. Tú lo sabes, Nemesia; al menos me lo has oído decir muchas

veces... Estuvo por la ventana... Sólo un momento. Luego que preguntó

por la salud de Cecilia, como te he dicho, con mucho interés, con el

interés de un... Así que le dije que ella se preparaba para ir a la

_cuna_ del Ángel, me dijo muy agitado, sí, muy agitado, se le conocía,

porque hasta le temblaba la voz:--No la deje ir, _seña_ Chepa, no la

deje ir, deténgala; esa chica busca su perdición... (Ese es su modo de

hablar). No la deje ir, deténgala, en otra ocasión le explicaré lo que

pasa. Luego se fue, arrimadito a la pared como si temiera de que lo

viesen. Al irse me puso una onza de oro en la mano para zapatos para

Cecilia. ¿Puede darse mayor generosidad ni nobleza de alma? ¿Estará

enamorada una persona que siempre obra así? Vamos. Di. ¿Ves en esto

interés malicioso, celos mundanos, amor? ¿De esa manera enamoran los

hombres de su edad hoy en día? Bien, ¿qué te parece, Nemesia? ¿Qué

opinas?

--Yo, en verdad, contestó Nemesia, consultando con la vista el semblante

de su amiga, no sé qué decir, ni me atrevo a dar una opinión franca. Sin

embargo, añadió luego más animada: yo que Cecilia me reía de todo eso,

en vez de ponerme brava. Si el hombre estaba enamorado de veras, porque

lo estaba, y si no para burlarse de él y que me pagase por todo lo malo

que me hicieran los demás. A mí no me importaría un comino que uno como

ése me hiciera la rueda y me celara a todas horas; mientras me daba

dinero, le pagaba con sonrisas. Y no se diga que yo procedía mal, ni

cometía un pecado, porque los hombres son todos falsos, fingen amor

cuando no lo sienten, y tienen tantas tretas que es difícil conocer

cuando quieren de verdad y cuando se proponen engañar a las pobres

mujeres. Piensa mal y acertarás, dice el proverbio. ¿Qué daño te puede

resultar tampoco, Celia, de no ir esta noche a la _cuna_?

--Daño ni bien no me podía resultar de ir o no ir esta noche, claro

está, replicó Cecilia. El caso es que el hombre de que habla mamita se

ha propuesto meterse en mis negocios y gobernarme, por puro capricho o

por gana de moler la paciencia, y eso es lo que hallo intolerable.

--Está bien, mujer, observó Nemesia blandamente; mas no veo que te cause

ninguna extorsión con meterse.

--¿Cómo que no? repuso Cecilia prontamente. Mamita toma su parte desde

luego, y me regaña, y me pelea, y me rompe el túnico para que me quede

en casa y le dé gusto al viejo majadero. ¿Te parece poco?

--Ya, a mí tampoco me gusta que se meta _naiden_ en mis negocios. Con

todo, a veces tiene una que hacerse la boba, a fin de sacar mejor

partido de ciertos hombres. A ése se le ha metido en la cabeza mandarte

y celarte; déjale seguir su capricho, mujer; haz que le das gusto; no le

deseches de una vez; sonríete con él, por lo menos mientras se muestra

dadivoso, y gozarás y vivirás hasta ponerte vieja.

Por entonces la conversación se concretaba a Nemesia y su amiga, porque

la anciana había vuelto a su butaca y a sus cavilaciones.

--Mira, prosiguió aquélla, que el que se apura se muere. Por otra parte,

ten por seguro que ningún viejo por marrullero que sea es peligroso para

una muchacha como tú.

--No, yo no lo creo peligroso, no le temo ni un tantico, dijo Cecilia.

Yo soy muy independiente y no consentiré jamás que nadie me gobierne,

mucho menos un extraño.

--¡Extraño! repitió la abuela para sí, con voz ronca y profunda.

Las dos muchachas se miraron como azoradas, así por el tono como porque

ambas la creyeron absorbida completamente en sus tristes pensamientos.

--Su hijo, prosiguió Nemesia en baja voz. Tú me entiendes... Ese sí que

es de temer... Joven, bien plantado, rebosándole la gracia por todas

partes, con mucha labia y dinero para derramarlo como quien derrama

agua... No hay mujer de corazón que se resista. ¿Es verdad, china? No es

posible verlo y oírlo sin quererlo. Yo me guardaría de un hombre como él

como del diablo. Ya le ha dado quebraderos de cabeza a más de una

muchacha. Tiene a quien salir.

Continuaba la Chepilla en su abstracción, sin oír ni entender, en la

apariencia, las palabras de Nemesia. Cecilia al contrario, desde que su

amiga mencionó a su amante, se volvió toda oídos, comprendiendo que ella

se proponía comunicarle alguna noticia importante.

--Pues como te iba diciendo, añadió Nemesia, cuando salí de la sastrería

de _señó_ Uribe, tomé por la calle del Aguacate, y al enfrentar con la

casa de las Gámez, que sabes tú está detrás del convento de las monjas

Teresas, oí música y voces de hombres y mujeres. Me arrimé a una de las

ventanas que tiene el poyo alto. Estaban abiertas las hojas y las

cortinas echadas. Había en la sala una gran reunión: tocaban, cantaban y

bailaban. ¿Qué día es hoy? ¡Ah! El 27 de Octubre. ¡Toma! ¡Si es el santo

de la más chica de las Gámez, Florencia! Por eso estaba vestida de

blanco y tenía el cabello suelto, y muy crespo para ser de mujer blanca.

Cuando menos... Eso sí hermosísimo, porque es largo y abundante, aunque

me gustaría de color más oscuro.

Cecilia dio un suspiro y Nemesia continuó ya sin más rodeos:

--Decía que rodeaban a Florencia delante del piano varias señoritas y

caballeros. ¿Sabes quién estaba allí también? Sí, no me cabe duda, era

ella. ¿Te acuerdas de la muchacha alta, pálida, buena moza, que te dije

pasó por la Loma del Ángel en el quitrín de las Gámez, la mañana de San

Rafael? La misma. Conversaba con Meneses, el amigo de... tú sabes. Por

allí estaba el otro también, que siempre anda junto con los dos

individuos... ¿Cómo se llama? Sola, Sofa. ¡Ah! Ya, Solfa. Pero el

individuo no estaba, mencionaron su nombre únicamente. Estoy cierta que

lo mencionaron...

--¿Quién lo mencionó? preguntó Cecilia con ansiedad.

--No te pudiera decir lo cierto; mas si no me engaño, entre Meneses y la

muchacha pálida. Ellos hablaban de él. Según entendí, todos iban al gran

baile que se da esta noche en la Filarmónica.

--Lo temía, dijo Cecilia.

Cecilia Valdés o la Loma del Ángel · 第 13 / 44 段