gobernar las colonias se encerraba en plantar unos cuantos cañones de
batería, se ideó la construcción de las murallas de La Habana, obra que
se comenzó a principios del décimo séptimo siglo y se terminó casi al
finalizar el décimo octavo. Las tales murallas eran parte de una
fortificación vasta y completa, así por el lado de tierra como por el
del mar o el puerto; no faltándole cuatro puertas hacia el campo,
poternas hacia el agua, puentes levadizos, foso ancho y hondo,
terraplenes, almacenes, estacadas, aspilleras, y baluartes almenados; de
modo que la ciudad más populosa de la Isla quedaba de hecho convertida
en una inmensa ciudadela. Así existieron las cosas hasta la venida del
memorable don Miguel Tacón, quien abrió tres puertas más y sustituyó
los puentes levadizos con puentes fijos de piedra. Pero en la época de
la historia que vamos refiriendo, esto es, cuando sólo existían las
cinco puertas originales, las tres del centro llamadas de Monserrate, de
la Muralla y de Tierra, eran para el uso del público en carruaje, a
caballo y a pie, y las de los extremos, denominadas de la Punta y de la
Tenaza estaban destinadas especialmente al tráfico. Por ellas, pues, se
acarreaba el azúcar, el café y otros efectos pesados en el único medio
de trasporte de entonces, a saber, las enormes primitivas carretas,
tiradas por cachazudos bueyes. La guarnición de la plaza, numerosa en
los últimos tiempos, daba la guardia en las puertas y en las poternas,
juntamente con el resguardo, constituido en todas ellas; pues nadie ni
nada entraba ni salía sin estar sujeto a un doble registro, todo según
se acostumbra en las plazas sitiadas.
Después de entrado el carruaje en que iban O'Reilly y Gamboa, en el
rastrillo interior, donde se hallaba la garita del resguardo, asomó, por
la parte opuesta del puente levadizo, un caballo tan cargado de forraje
verde de maíz, a que llaman vulgarmente _maloja_, que no se veían más
que los pies y la cabeza, la cual procuraba alzar cuanto podía, a causa
sin duda del demasiado peso. Sobre aquella montaña de hierba venía
montado a la mujeriega, mejor dicho, recostado a la grupa el conductor o
malojero, mozo natural de Islas Canarias, vestido a la usanza de los
campesinos cubanos. El centinela español, que se paseaba entre las dos
puertas con el fusil al brazo, miró primero hacia el puente, luego hacia
el rastrillo, y se plantó en medio de la vía en señal de que ambos
debían pararse, hasta que se resolviera cuál de los dos tenía que ciar o
desviarse. Pararse el caballo del forraje equivaldría a obstruir el
paso; volverse en el estrecho puente era imposible sin exponerse a una
caída; en tanto que al carruaje le era fácil arrendar los caballos sobre
el cuartel del cuerpo de guardia y dejar expedito el camino. A pesar de
su natural torpeza, esto lo vio claro, desde luego, el centinela; así
que ordenó con la mano al malojero que se parase y avanzó a paso de
carga al carruaje y gritó:--¡Atrás!
Pero orgulloso el calesero de la nobleza y autoridad de su amo,
envanecido de los escudos de arma bordados en su librea, lo mismo que de
sus espuelas de plata, metal de que estaban sobrecargadas las
guarniciones, aún el mismo carruaje, en vez de obedecer la orden del
centinela, plantó los caballos delante de la puerta interior, y miró de
medio lado a su amo. Venía éste muy embebecido contándole a Gamboa los
peligros que había corrido en su ascención al monte Etna en Sicilia, y
hasta la parada repentina del carruaje no echó de ver que se había
presentado un obstáculo. Naturalmente los ojos del amo se encontraron
con los del esclavo que le pedía órdenes:--¡Arrea! le dijo, y como si
nada ocurriese, continuó la íntima conversación que traía con su
condiscípulo y amigo.
Moviéronse los caballos y entonces el centinela repitió la voz
de:--¡Atrás! presentando la bayoneta a sus pechos; a cuya vista
O'Reilly, que era soberbio, se puso rojo de la indignación. Medio se
incorporó en el asiento, como para mostrar mejor la cruz roja de
Calatrava que llevaba bordada en la solapa de la casaca, y gritó:--¡Cabo
de guardia! Y luego que éste se le presentó con la mano derecha abierta
sobre la frente, agregó:--¡Haga Vd. despejar el paso!
Informose el cabo en un instante de lo que pasaba, y aunque no conocía
el sujeto que le había hablado, por el tono imperioso que usó y por la
cruz roja, supuso que era un señor principal, jefe, o cosa parecida, y
le contestó, siempre con la mano abierta, a la altura de la frente:--El
malojero no puede retroceder.
--¿Cómo es eso? exclamó Fernando en el colmo de la cólera. ¿Sabe Vd. con
quien habla? Llame al oficial de guardia.
--No hay para qué, repuso el cabo. Ya veremos modo de arreglarlo. No se
incomode V. E.
--Haga ciar ese caballo de la maloja... Pronto.
A las voces, acudieron el oficial de guardia, que se entretenía en jugar
a los naipes con unos cuantos amigos, y los soldados de facción, los
cuales esperaban órdenes sentados en un banco sin respaldo a la puerta
del cuartel, mientras los demás dormían a pierna suelta en las tarimas
fijas del interior. Aquel militar, que debíamos suponer más enterado que
el cabo de la noción de lo justo y de lo injusto, no vio más sino que un
caballero cruzado no podía proseguir su paseo porque se lo impedía un
paisano con su caballo cargado de forraje. Así que dio la orden
perentoria de despejar el puente. Ejecutada en un dos por tres, el monte
de forraje verde quedó montado en la barandilla del puente levadizo,
única cosa que ocurrió a los soldados hacederos en aquella
circunstancias. En efecto, así pudo pasar el carruaje, aunque llevándose
en el bocín del cubo parte de la maloja. Todo aquello sucedió tan
repentina como inesperadamente para el mozo conductor, que sólo tuvo
tiempo de echarse al suelo, no para resistir el atropello, sino para no
ser lanzado al foso. Expresó su sorpresa con algunos juramentos, y su
enojo con mudas demostraciones; mas nadie le hizo caso. Por el
contrario, temeroso de mayor violencia, se apresuró a descargar parte de
la hierba, a fin de que el caballo pudiera enderezarse y seguir camino a
la ciudad.
En saliendo de la cabeza del puente para coger el estrecho rastrillo de
la estacada, había que orillar el foso por corto trecho, pasar por
encima de la esclusa de la Zanja, parte de cuyas aguas se vertía en
aquél, formando un charco de regulares dimensiones. Pues en el borde del
alto terraplén, en el instante en que hablamos, había un grupo de
hombres y muchachos en observación de algo que ocurría abajo, en el
charco.
--¿Qué es ello? preguntó O'Reilly.
--No sé, contestó su amigo; supongo que gentes que se bañan.
Preguntado el calesero, informó a su amo sin titubear, que eran el
mulato Polanco y el negro Tondá, célebres nadadores, riñendo a
zapatazos. En efecto, desnudos completamente, cual salvajes del África,
zambullían, giraban bajo del agua, y luego procuraban hacerse daño,
descargándose tremendos golpes con las piernas, al modo como dicen que
hace el cocodrilo cuando ataca la presa. Esto llamaban en Cuba tirar
zapatazos. Parece que el inmoral espectáculo se repetía a menudo,
supuesto que el calesero de O'Reilly desde luego dijo los nombres de los
bañistas y lo que hacían en el agua. El primero más de una vez había
acometido a un tiburón en el puerto y le había rendido a puñaladas;
además de excelente nadador el segundo, era bien conocido en toda la
ciudad por su valor heroico y actividad desplegada en la persecución de
los malhechores de su propia raza, con autoridad especial del mismo
capitán general don Francisco Dionisio Vives.
El fácil triunfo obtenido sobre el mozo del forraje en la puerta de la
Muralla, había envalentonado al calesero, el cual quiso entrar en el
paseo por la orilla de la Zanja; pero se lo impidió el dragón con lanza
en ristre. A pesar de las protestas de O'Reilly, quien invocó su
carácter de Alcalde Mayor, hubo que dar la vuelta a la estatua de Carlos
III y esperar allí un claro para incorporarse en la fila. Este fue el
primer motivo de mortificación para tan orgulloso joven; el segundo le
aguardaba en el punto donde la calle de San Rafael corta el Prado.
Desembocaban por ella el coche del general Vives con su escolta de a
caballo, todos a galope tendido; y mientras, para abrir campo, los
dragones del piquete interrumpían el movimiento de los quitrines de
ambas filas, en el paseo, entre los cuales se hallaba el de O'Reilly;
dos flanqueadores con sable desnudo detenían y arrollaban a los que
pretendían entrar o salir por la puerta del Monserrate, antes que su
excelencia el Capitán General.
Probaba esto que había en La Habana alguien superior y más privilegiado
que un segundo génito de conde, aunque Grande de España de primera
clase. En la acepción recta de la palabra, no era demócrata Leonardo,
mas le disgustó mucho el atropello del malojero y casi se alegró de las
mortificaciones que experimentó su amigo en el paseo, cual si hubiesen
querido humillarle el orgullo. Evidente, pues, aparecía que las
distinciones sociales del país, sólo aprovechaban en todas
circunstancias a la autoridad militar, ante la cual nobles y plebeyos
debían doblar la cerviz.
CAPÍTULO III
_Y al compás se agitaban mil bellezas
Que ropajes fantásticos vestían,
Y a mí cual las visiones se ofrecían
De un poeta oriental._
R. PALMA
Aquella noche[30] el teatro de la elegancia habanera sentó sus reales en
la Sociedad Filarmónica. Brillaron allí con todo su esplendor el gusto y
la finura de las señoras, lo mismo que el porte decente de los
caballeros. Además de los socios y convidados de costumbre, asistieron
los señores cónsules de las naciones extranjeras, los oficiales de la
guarnición y de la real Marina, los ayudantes del Capitán General y
algunos otros personajes notables por su carácter y circunstancias, como
fueron el hijo del célebre Mariscal Ney, que estaba viajando, y el
cónsul de Holanda en Nueva York.
Hiciéronse notables los vestidos de tul bordados de plata y oro sobre
fondo de raso blanco, por ser de última moda e iguales al que Mme.
Minette hizo en París para la actual soberana de España. Las mangas de
este traje conocidas con el nombre de a la _Cristina_, eran cortas,
abobadas y guarnecidas su parte inferior con encaje muy ancho. También
se vieron otros de tul bordados con muchísima delicadeza, sobre fondo
celeste. Llamaron así mismo la atención general los vestidos de tul
sobre raso blanco con guarnición en puntas encontradas, adornadas éstas
de encaje estrecho y mangas a la _Cristina_. Otros iguales a estos
últimos, pero con diferentes guarniciones, pudieron señalarse, sin que
dejase de haber muchos más cuya elegancia y gusto en nada desmerecían de
los ya descritos.
Los peinados armonizaban con los vestidos. Llevaban unas turbantes
egipcios, otras plumas blancas puestas con mucho donaire; las más,
jirafas de todos tamaños, adornadas con flores azules o blancas,
guardando unión con el color del traje, y algunas tenían lazos de oro
graciosamente colocados. Era grandioso y bello el efecto que producía la
reunión de tantas y tan hermosas lechuguinas. Animaba la concurrencia
una completa alegría, y rebosaba la sonrisa en los labios de todos. La
etiqueta, que generalmente caracteriza a los bailes de la Sociedad, no
se vio más que en los vestidos de las señoras y en los trajes de los
hombres, los cuales lucieron a porfía sus recamados uniformes de
gentiles-hombres, de generales, de brigadieres, de coroneles, de altos
empleados, Cadaval y Lemaur sus fajas rojas de seda, al paso que los que
no poseían título ni condecoraciones se contentaron con la última moda
de París en semejantes reuniones.
Adornaba la testera principal de la sala el magnífico dosel, cuyo centro
ocupaba el retrato del rey Fernando VII. Los paños de la pared sostenían
cuadros históricos y de las cornisas pendía una colgadura de damasco
azul con pabellones blancos guarnecidos de vistosos flecos de seda,
sostenida por adornos dorados y clavos romanos, de los cuales caían con
gracia cordones y borlones de seda. El cielo raso de la sala estaba
vestido de damasco del mismo color de la colgadura.
Cosa de las diez empezó el baile y a las once el salón principal estaba
completamente lleno. En los intermedios servían sorbetes y refrescos de
todas clases en grandes bandejas de plata sostenidas por lacayos. Las
señoras que preferían tomarlos fuera del salón tenían preparada para
este efecto una sala alumbrada perfectamente, en donde estaba la
repostería y criados prontos para servirlas; pero la política y la
urbanidad de los socios y convidados les ahorró un trabajo que para los
caballeros se convierte en placer cuando se emplea en servicio de las
damas.
La cena se principió entre doce y una de la madrugada, y consistía en
pavo fiambre, jamón de Westfalia, queso, gigote excelente, ropa-vieja,
dulces secos, conservas, vinos generosos de España y extranjeros,
chocolate suculento, café y frutas de todos los países en comercio con
la isla de Cuba. Y fue lo más notable que, compitiendo la esplendidez de
la mesa con su pródiga abundancia, los manjares no costaban sino el
trabajo de pedirlos.
Puede afirmarse sin temor de ser desmentidos que la elegancia y la
belleza de La Habana se habían dado cita aquella noche en la Sociedad
Filarmónica. Porque allí estaba la marquesa de Arcos, hija del famoso
marqués Pedro Calvo, con Luisa, su hija mayor, entonces de quince años
de edad. Por ésta había improvisado Plácido aquellos versos que dicen:
_Andaba revoloteando_
_En el ambiente exquisito,_
_Muerto de sed un mosquito,_
_Jugo de flores buscando;_
_Llegó a tu boca, y pensando_
_Que era una rosa o clavel,_
_Introduciéndose en él,_
_Porque allí el placer le encanta_
_Murió en tu dulce garganta,_
_Como en un vaso de miel._
Allí las hermanas Chacón, que merecieron por su hermosura figurar en el
gran lienzo pintado por Vermay[31] para perpetuar la memoria de la misa
que se celebró en la inauguración del Templete de la Plaza de Armas.
Allí las Montalvo, de tipo teutónico, una de las cuales fue declarada
reina de la belleza, cuando la corrida de cañas el año anterior, en la
antigua plaza de Toros del Campo de Marte; allí la Arango, célebre por
haber contribuido a la evasión del poeta Heredia, y que después se casó
con un Ayudante de campo del Capitán General Ricafort; allí las hermanas
Aceval, Venus de Milo en las formas, tan distinguidas por su talento
como desdichadas por sus pasiones; allí las hermanas Alcázar, modelos de
perfección, así por la simetría de sus menudas facciones, como por las
rosas de sus mejillas y el color negro de sus cabellos; allí las Junco y
las Lamar, de Matanzas, conocidas bajo el poético vocativo de las Ninfas
del Yumurí; allí las tres hermanas de Gamboa, las cuales ya hemos tenido
ocasión de describir; allí la Topete, hija del Comandante general del
Apostadero de La Habana, que más adelante inspiró a Palma su inmortal
«_Quince de Agosto_», allí la menor de las Gámez, Venus de Belvedere,
cuyo cabello castaño, ondulante y copioso, llevaba suelto sembrado de
estrellas de oro; allí, en fin, entre otras muchas que sería prolijo
enumerar, Isabel Ilincheta, hija del que había sido asesor del Capitán
General Someruelos, quien poseía los rasgos principales del tipo severo
y modesto celtíbero, a que debía su origen.
Como modelos de varonil belleza, entre los jóvenes concurrentes al baile
de la Sociedad aquella noche, pudiera hacerse mención del Teniente
coronel de Lanceros del Rey, Rafael de la Torre, quien unos días después
murió estrellado contra las ruedas de los quitrines en el Paseo, junto
a la estatua de Carlos III, víctima de la fogosidad de su caballo;
Bernardo Echeverría y O'Gabán, que en los días de gala gustaba vestir el
uniforme de gentil-hombre de Cámara con entrada, por cuanto podía lucir
las bien hechas y rollizas piernas; Ramón Montalvo, en la flor de su
edad, bello como un inglés de la más pura sangre; José Gastón, el
verdadero Apolo de Cuba; Dionisio Mantilla, recién llegado de Francia,
que venía hecho un cumplido parisiense; Diego Duarte, el feliz campeón
de las corridas de cañas celebradas el año anterior, con motivo de las
nupcias de Fernando VII con María Cristina de Nápoles; varios oficiales
de la marina y del ejército español en sus vistosos uniformes, más
propios de una parada que de un baile particular.
También contribuyó al lustre de la fiesta la presencia de algunos
jóvenes que empezaban a distinguirse en el cultivo de las letras, a
saber: Palma, que había sido uno de los competidores en la corrida de
cañas; Echeverría empleado en la Hacienda, que el año siguiente alcanzó
el premio en el concurso poético abierto por la Comisión de Literatura,
con objeto de celebrar el nacimiento de la Infanta de Castilla, Isabel
de Borbón; Valdés Machuca, conocido por _Desval_ en la república de las
letras; Policarpo Valdés, que se firmaba _Polidoro_; Anacleto Bermúdez,
que solía publicar versos bajo el nombre de _Delicio_; Manuel Garay y
Heredia, que imprimía sus versos en _La Aurora_ de Matanzas; Vélez
Herrera, el autor del romance cubano _Elvira de Oquendo; Delio_, el
cantor de las ruinas del Alhambra; Domingo André, joven abogado,
elocuente y amable; Domingo del Monte, que introdujo el romance cubano,
de variados conocimientos y muy distinguido porte.
Diego Meneses, Francisco Solfa, Leonardo Gamboa y otros varios, que
también se hallaban en el baile, si se exceptúan el segundo que era dado
a los estudios filosóficos, y el tercero que entraba ya en la clase
rica, no se hacían notables por su talento, aunque los tres solían
escribir en los periódicos literarios; y el último pasaba, además, por
mozo de buen parecer y varoniles formas. Los literatos, mejor dicho, los
aficionados a las letras, sobre todo los que cultivaban la poesía,
empezaban a tener entrada con la gente que podía tenerse por noble en
Cuba, o que aspiraba, por su caudal, a la nobleza y alternaba con ella.
Mostraban al menos distinción por ellos algunas familias tituladas de La
Habana y los atraían a sus fiestas y reuniones, entre otras, por
ejemplo, los condes de Fernandina, los de Casa Bayona, los de Casa
Peñalver, los marqueses de Montehermoso y los de Arco. Dichas fiestas y
reuniones en los días de pascuas de navidad se trasladaban a los
lindísimos cafetales de San Antonio, de Alquízar, de San Andrés y de la
Artemisa, que pertenecían a la gente rica.
No se presentaron en los salones de la Sociedad nuestros amigos Gamboa,
Meneses y Solfa, sino hasta cerca de las once de la noche. Durante las
primeras horas habían estado visitando los bailes de la feria del Ángel,
el de Farruco y el de Brito, sin olvidar la _cuna_ de la gente de color,
en la calle del Empedrado, entre Compostela y Aguacate. En ninguno de
esos sitios habían tomado ellos parte activa, si se exceptúa el primero,
quien al juego del monte perdió en un instante las dos onzas de oro que
aquella misma tarde le había metido su madre en el bolsillo del chaleco.
No conocía el valor del dinero, ni jugaba por amor a la ganancia, sino
por el placer de la excitación del momento; pero sucedió que los bailes
no le prestaron atractivo ninguno, desertados de las muchachas bonitas;
que no logró ver a Cecilia Valdés en la ventana de la casa, ni en la
_cuna_, cosas todas que se conspiraron para ponerle de malísimo humor.
Para remate de desdichas, cuando perdidoso y disgustado volvía con sus
amigos en busca del quitrín, que había dejado apostado en la calle del
Aguacate al abrigo de las altas paredes del convento de Santa Catalina,
descubrió que no estaba allí, ni fue posible encontrarle sino media hora
después y en punto opuesto y distante.
Por otra parte, preguntado el calesero sobre el motivo que le indujo a
desobedecer una orden terminante de su joven amo, dio al principio
respuestas evasivas, y al fin, apretado, dijo que un desconocido, medio
cubierto el rostro con un pañuelo, le había forzado a abandonar el
puesto y fingir que se volvía a casa, valiéndose de amenazas terribles.
No parecía creíble el cuento: hubo empero que aceptarlo como bueno y
verídico; lo que, si cabe, aumentó el mal humor de Leonardo, porque en
caso de ser cierta la relación del calesero, ¿quién podía ser ese
sujeto, ni qué interés tener en que el carruaje aguardase en una u otra
esquina de la calle? ¿Por qué emplear amenazas? ¿Qué autoridad tenía
para ello? Aponte no pudo decir si el desconocido era militar o paisano,
comisario de barrio o magistrado, hombre blanco o de color. Tal vez era
un inesperado y desconocido rival que de aquel modo se preparaba a
disputarle el cariño de Cecilia Valdés.
Corroboraba tan desagradable sospecha, el hecho de que ni ella, ni su
amiga Nemesia se habían presentado en parte alguna de la feria del
Ángel. Además de eso, la circunstancia de no haber abierto la ventana,
aún cuando Gamboa hizo la señal convenida pasando la punta del bastón
por los pocos balaustres que aún le quedaban, casi no dejaba duda de que
algo extraordinario había ocurrido en el humilde y oscuro hogar.
Mas sea de esto lo que se fuere, que no hay tiempo de verificarlo ahora,
Leonardo Gamboa entró en el baile de la Filarmónica preocupado y de muy
mal talante. Armada sin embargo la danza, en la sala principal y el
aposento del palacio, bastante espaciosos por cierto, según dice el
poeta:
_Una noche por fin: entre cristales_
_La luz reverberaba en los salones;_
_Y la sangre inflamaba con sus sones,_
_La danza tropical;_
no pudo nuestro héroe sustraerse a su arrobadora influencia. La
orquesta, que dirigía el célebre violinista Ulpiano, ocupaba el
anchísimo corredor sobre la mano izquierda, como se sube de la regia
escalera de piedra oscura. Luego, a la derecha, estaba la puerta del
salón, enfrente de otra que daba sobre los más amplios balcones, que
formaban los portales llamados del Rosario. Dejados los sombreros y los
bastones en manos de un lacayo negro, a la puerta de un cuarto
entresuelo que abría al descanso de la escalera de doble tramo, y
tendiendo la vista por el soberbio salón, que podía tener «la carrera de
un caballo», si se nos permite la exageración, descubrieron los
estudiantes que las animadas parejas le llenaban de extremo a extremo.
Recibían los hombres de espalda, y las mujeres de frente, mientras
esperaban su turno para hacer cedazo, el aire fresco de la media noche,
que entraba por las puertas y ventanas abiertas de par en par.
Como hemos dicho antes, allí se hallaba reunido lo más granado y florido
de la juventud cubana de ambos sexos, entregada, por el momento al
menos, con alma y cuerpo a su diversión favorita. Y a la luz
deslumbrante de las arañas de cristal, en olas de una música tan
plañidera como voluptuosa, pues que procede del corazón de un pueblo
esclavizado, al través de la nube sutil de polvo que levantaban los
bailarines con los pies, las mujeres parecían más hermosas, los hombres
más bizarros. ¿Podía, pues, entregarse el ánimo de la juventud a otros
pensamientos que los que le sugerían los halagadores objetos que tenía
delante? No es posible.
Gamboa se ocupó, desde luego, en buscar compañera para tomar parte en el
baile, aunque no le gustaba mucho; pero Meneses, que rara vez bailaba, y
Solfa, que no bailaba nunca, se quedaron de espectadores en el medio del
salón, observando el último, con sonrisa amarga, que mientras aquella
loca juventud gozaba a sus anchas de los placeres del momento, el más
estúpido y brutal de los reyes de España parecía contemplarla con aire
de profundo desprecio desde el dorado dosel donde se veía pintada su
imagen odiosa.
Andando con algún trabajo entre las apiñadas filas de espectadores y
bailarines, tropezó Gamboa con la más joven de las señoritas Gámez, cuyo
retrato hemos hecho arriba a vuela pluma, en lo más empeñado de la
danza. Por todo saludo, sin dejar de girar, como una sílfide, en brazos
de su pareja, le dijo ella antes con los ojos que con la lengua:--Ahí
está Isabel.
--¿Bailando? preguntó el joven.
--¡Qué bailar! Esperando por Vd.
--¿Por mí? Qué descanso el suyo. Pues por un tris no vengo al baile esta
noche.
En efecto, aquella señorita se hallaba a la sazón en toda apariencia
comiendo pavo, según reza la frase vulgar en Cuba, es decir, sentada a
la izquierda, cerca de la puerta del aposento entre una señora de
mediana edad y el culto abogado Domingo André, con quien sostenía
animada conversación. No obstante su natural despreocupación, sintió
Gamboa un arranque de celos que le fue imposible reprimir, no ya porque
estuviese de veras enamorado, sino porque el caballero en cuya compañía
la encontraba, era asaz galán y sabía insinuarse en el ánimo de las
mujeres discretas. De paso debemos decir, sin embargo, que el norte de
las galanterías de André por aquella época, se dirigían a otra beldad
muy distinta de Isabel Ilincheta, la misma que perdió por tímido y que
ganó por osado el literato dominicano Domingo del Monte, si no estamos
muy equivocados, en la noche de que estamos hablando. Por lo que hace a
Isabel, recibió a Leonardo con una sonrisa adorable, lo cual, lejos de
tranquilizarle, fue parte a causarle mayor desazón. Cambiados los
saludos de costumbre, pues la compañera de Isabel, madre de las Gámez,
era amiga del joven estudiante, lo mismo que André, en prueba de que no
tenía nada de coqueta, tampoco de vengativa, dijo muy risueña:
--Decía a este caballero poco hace, que tenía comprometida esta danza, y
no me quiere creer.
--Es que Vd. no ha bailado ninguna todavía, que yo sepa, repuso André.
--Cierto que dos se han bailado solamente, replicó Isabel sin cortarse,
pero hasta ahora que se baila la tercera, no ha venido Vd. a invitarme.
--Lo que quiere decir en sustancia, continuó André, que he llegado en
hora menguada. ¡Cómo ha de ser!