allá dentro? Antes tomaste una de las niñas Gamboa por Cecilia Valdés;
ahora te pones bravo porque, para ganar tiempo, pruebo la casaca del
hermano en tu cuerpo. Si lo haces porque ese blanco le pisa la sombra,
lo peor que puedes hacer es tomarlo tan a pecho. ¿Qué remedio, José
Dolores? Disimula, aguanta. Haz como el perro con las avispas, enseñar
los dientes para que crean que te ríes. ¿No ves que _ellos_ son el
martillo y nosotros el yunque? Los blancos vinieron primero y se comen
las mejores tajadas; nosotros los de color vinimos después y gracias que
roemos los huesos. Deja correr, chinito, que alguna vez nos ha de tocar
a nosotros. Esto no puede durar siempre así. Haz lo que yo. ¿Tú no me
ves besar muchas manos que deseo ver cortadas? Te figurarás que me sale
de adentro. Ni lo pienses, porque lo cierto y verídico es que, en verbo
de blanco, no quiero ni el papel.
--¡Qué ley tan brava, _señó_ Uribe! No pudo menos de exclamar por lo
bajo el oficial, sorprendido más bien que alarmado de que abrigara
principios tan severos.
--Pues qué, continuó el maestro sastre, ¿te figurabas que porque le hago
el _rande vú_ a todos cuantos entran en esta casa, es que no sé
distinguir y que no tengo orgullo? Te equivocas; en verbo de hombre,
nadie creo mejor que yo. ¿Me estimaría en menos porque soy de color?
Disparate. ¿Cuántos condes, abogados y médicos andan por ahí, que se
avergonzarían de que su padre o su madre se les sentara al lado en el
quitrín, o los acompañara a los besamanos del Capitán General en los
días del rey o de la reina Cristina? Quizás tú no estás tan enterado
como yo, porque no te rozas con la grandeza. Pero recapacita un poco y
recuerda. ¿Tú conoces el padre del conde...? Pues fue el mayordomo de su
abuela. ¿Y el padre de la marquesa...? Un talabartero de Matanzas, más
sucio que el cerote que usaba para untarle a la pita con que cosía los
arneses. ¿A que el marqués de... no enseña su madre a los que van a
visitarlo en su palacio de la Catedral? Y ¿qué me dices del padre del
doctor de tantas campanillas...? Es un carnicero de ahí al doblar. (Tuvo
Uribe la discreción de pronunciar los nombres de las personas aludidas a
la oreja del oficial, como para que los demás no le oyeran.) Pues yo no
tengo por qué esconder mis progenitores. Mi padre fue un brigadier
español. A mucha honra lo tengo, y mi madre no fue ninguna esclavona, ni
ninguna mujer de nación. Si los padres de esos señorones hubieran sido
siquiera sastres, pase, porque es notorio que S. M. el Rey ha declarado
noble nuestro arte, lo mismo que el oficio de los tabaqueros, y podemos
usar don. Tondá, con ser moreno, tiene don por el rey.
--Yo no me ocupo de eso, ni a derechas sé quién es mi padre, sólo sé que
no fue negro, volvió Pimienta a interrumpir el torrente impetuoso del
maestro sastre. Lo que yo sostengo es, que ni a Vd., ni a mí, ni... a
nuestros hijos, según van las cosas, nos tocará ser martillo. Y es muy
duro, durísimo, insufrible, _señó_ Uribe, agregó José Dolores, y se le
nubló la vista y le temblaron los labios, que _ellos_ nos arrebaten las
de color, y nosotros no podamos ni mirar para las mujeres blancas.
--¿Y quién tiene la culpa de eso? continuó Uribe hablando otra vez al
oído del oficial, como para que no le oyera su mujer: la culpa la tienen
_ellas_, no _ellos_. No te quepa género de duda, porque es claro, José
Dolores, que si a las pardas no les gustaran los blancos, a buen seguro
que los blancos no miraban para las pardas.
--Puede ser, _señó_ Uribe; pero, digo yo: ¿no tienen los blancos
bastante con las suyas? ¿Por qué han de venir a quitarnos las nuestras?
¿Con qué derecho hacen ellos eso? ¿Con el derecho de blancos? ¿Quién les
ha dado semejante derecho? Nadie. Desengáñese, _señó_ Uribe, si los
blancos se contentaran con las blancas, las pardas no mirarían para los
blancos.
--Hablas como un Salomón, chinito, sólo que eso no es lo que sucede, y
es preciso atenerse a cómo son las cosas y no como queremos que sean. Yo
me hago este cargo: ¿qué vale quejarse ni esperar que todo ha de salir a
medida del deseo de uno? Ni ¿qué puedo yo solo, qué puedes tú, ni qué
puede el otro contra el torrente del mundo? Nada, nada. Pues deja ir.
Cuando son muchos contra uno, no hay remedio sino hacer que no se ve, ni
se oye, ni se entiende, y aguardar hasta que le llegue a uno su turno.
Que ya llegará, yo te lo aseguro. No todo ha de ser rigor, ni siempre ha
de rasgar el paño a lo largo. _Intertanto_ aprende de mí, recibo las
cosas como vienen y no pretendo enderezar el mundo. Podría salir
crucificado. Tú todavía vas a tragar mucha sangre, lo estoy mirando.
--¿Qué importa? dijo el oficial con calor. Con tal que otros la traguen
al mismo tiempo que yo...
--Ese es el caso, que si tú te calientas y tomas las cosas por donde más
queman, no logras que otros traguen sangre, sino que la tragas tú a
borbollones. Y eso es lo que pretenden los pícaros de los blanquitos.
Bien, no te digo que te dejes sopetear de nadie, pues yo tampoco me he
dejado pasar la mota. Lo que te digo es que no pierdas los estribos y
aguardes la ocasión. ¿Ves ahí a Clara, tan formalota, tan seria? Ella
cuando moza tuvo también más de un blanco tentador, y logré espantarlo
sin mucho trabajo ni quebradero de cabeza. Así te digo, José Dolores, no
te apures, ni te pongas bravo, porque llevas la de perder: te comes los
hígados y sacas... lo que somos. Deja correr y aprenderás a vivir.
Durante esta larga y animada conversación, no cesó un punto la probadura
de la casaca. Ya cogía Uribe una solapa con la mano derecha, la sacudía
y atraía a sí, a tiempo que con la izquierda abierta comprimía los
pliegues de la camisa del oficial por el pecho y el costado; ya mataba
las ondas de la espalda, de los hombros para el centro; ya con el jabón
de piedra trazaba crucetas a lo largo de las costuras de los costados;
ya, en fin, metía las tijeras por la orilla del cuello y de las
boca-mangas y sisaba el paño adherido por los hilvanes de hilo blanco a
las entretelas de cañamazo. Así el embrión de frac tomaba poco a poco la
forma del cuerpo del oficial bajo la tijera y la astilla de jabón de
Uribe, sin que a todas éstas tuviese él la certidumbre de que le viniese
bien a su legítimo dueño; pero fiaba el maestro mucho en su experiencia
y conocida habilidad. Siempre que se le ofrecía alguna duda respecto al
tamaño, ocurría a la tira de papel doblada en dos con piquetes en ambas
orillas, que le servía de medida y rectificaba las dimensiones.
Media hora larga se había pasado en esta faena del maestro con su
oficial, cuando paró una volante de alquiler a la puerta de la sastrería
y se apeó de ella, de un salto, el intrépido joven que había servido de
asunto, por la mayor parte, de su sazonada conversación.
CAPÍTULO II
_No es caballero el que nace,
sino el que lo sabe ser._
La llegada repentina del joven mencionado al final del capítulo
anterior, esperada y todo, sorprendió al maestro sastre, con tanto más
motivo que su oficial aguardaba precisamente aquel momento para echar
atrás los brazos y soltarle en las manos la pieza de ropa en estado de
prueba.
Esto, sin embargo, no fue parte para que él dejase de salir al encuentro
de Leonardo Gamboa y recibirle con muchas sonrisas y zalamerías.
Si el joven recién llegado observó o no la retirada precipitada de
Pimienta, o si adivinó el motivo, es más de lo que puede afirmarse con
probabilidad de acierto. Fuerza es decir, no obstante, que hasta allí
Leonardo ignoraba que tuviese un enemigo acérrimo en el músico; y que,
además, se creía superior para ocuparse de las simpatías o antipatías de
un hombre de baja esfera, mulato por añadidura. Lo seguro es que ni
siquiera sospechó que había acabado de ser el objeto casi exclusivo de
la conversación del maestro sastre y de su oficial. Venía, además, allí
a hora fija y por cita expresa, sólo se demoraría el tiempo necesario.
No había, por tanto, ocasión ni motivo de dar su atención y pensamientos
a cosas ajenas al traje que hacía el maestro Uribe. Tampoco éste le dio
lugar a divagaciones.
Como tenía por costumbre Leonardo, al apearse sacó una peseta del
bolsillo del chaleco y se la arrojó al calesero, el cual la recibió en
el aire. Luego, sin más demora, se encaminó derecho al sastre,
cortándole, en medio de sus obsequiosas demostraciones, con la pregunta:
--¿Qué hay de mi ropa? ¿Lista?
--Casi concluida, señor don Leonardito.
--Lo temía, lo esperaba, replicó éste impaciente. Un zapatero remendón
tiene más palabra que tú, Uribe.
--Pues ¿qué hora es, caballero Gamboa?
--Son las cuatro y más de la tarde; y me prometiste la ropa para ayer
tarde.
--Perdone el caballero, se la prometí para hoy a las siete de la noche.
Es decir, concluida y planchada de un todo. Porque el caballero debe
estar enterado que de mi taller no sale pieza sin todos sus periquitos y
ringo rangos. Cuente el caballero que este pobre sastre no posee otra
cosa que su reputación, como que viste, hace más de diez años, a la
grandeza de La Habana, y nadie podría decir en justicia que Francisco de
Paula Uribe y Robirosa...
--¡Ah! ¡Maestro Uribe! ¡Maestro Uribe! volvió a interrumpirle el joven
con mayor impaciencia. El que no te conozca que te compre. Dale con la
palabra y vuelta con su reputación y pocas veces, si alguna, cumpliendo
con exactitud. Dejemos toda esta palabrería para otra ocasión y vamos a
los hechos. Al fin ¿tendré la ropa esta noche, en tiempo para el baile o
no? He aquí lo que importa saber.
--La tendrá el caballerito o pierdo el nombre que llevo. Por lo que toca
al chaleco, que es lo único que se hace fuera de casa, lo espero por
momentos. Apuradamente, está en manos de una pardita que se pinta sola
para chalecos y es como el reloj. Ya que el caballero ha tenido la
bondad de honrar mi taller con su presencia, probaremos la casaca,
aunque estoy cierto y seguro que el caballero va a confesar que tengo
buen ojo, si no otra cosa. Le ruego que no repare en su estado presente,
porque sé que para las personas que no son del arte aquí hay trabajo de
dos días, cuando para un oficial experto sólo hay trabajo de dos horas.
Si alguna vez se me atrasa la obra, no es por culpa mía, ni por falta de
oficiales, sino porque me cae mucha de golpe. En el taller sólo tengo
cinco oficiales, fuera, en sus casas, cuantos quiero, aunque yo prefiero
tener mi gente siempre a la vista.
Por entonces, plantado Leonardo delante del espejo, se había despojado
del frac con la ayuda del sastre, y mientras le probaban el nuevo, creyó
ver reflejada en aquél la imagen de alguien que le miraba a hurtadillas
desde atrás de la puerta del comedor. Aunque le pasó por la mente que
había visto aquella cara en alguna parte, de pronto no pudo recordar
dónde ni cuándo. En este esfuerzo de imaginación se quedó un rato
pensativo, completamente abstraído. Por supuesto, durante ese tiempo no
vio lo que pasaba, no oyó ni entendió la charla del maestro Uribe.
Acertó a entrar en aquella sazón en la sastrería una muchacha de color,
medio cubierta la cabeza en la _manta_ de burato pardo oscuro, a la
usanza persa. Dio las buenas tardes, y como si no hubiese reparado en lo
que allí se hacía, pasó de largo hacia el aposento, por detrás de la
mesa de cortar. Pero Uribe la esperaba impaciente y la detuvo antes de
alcanzar la puerta, preguntándole:
--¿Traes el chaleco, Nene?
--Sí, señor; contestó ella con voz muy suave y musical, deteniéndose a
la cabeza de la mesa, en la cual depositó un lío pequeño que sacó de
debajo de la manta.
El nombre, lo mismo que la voz de la muchacha, sacaron a Leonardo de su
abstracción; volvió a ella el rostro y le clavó la vista. Ambos se
reconocieron desde luego, y cambiaron una mirada de inteligencia y una
sonrisa de cariño, señales que por cierto no se escaparon a la
penetración de Uribe.--Aquí hay gato encerrado, pensó él. ¡Pobre
muchacha! ¡la compadezco! ¡En qué garras has caído! Cuando menos ésta es
la causa de las quemazones de sangre de Pimienta... Tiene razón,...Pero
no, debe ser por algo más de eso.
Después sacó el chaleco del pañuelo de seda en que estaba envuelto, y
dándole éste a su dueño, añadió hablando con Gamboa.
--¿No se lo dije al caballero? Aquí tiene la prenda. La costurera vale
un Potosí.
Era el chaleco de raso negro, sembrado de abejas color verde brillante,
entretejidas en la tela. No se lo probó Leonardo, ni lo juzgó necesario
el sastre. Tampoco hubo desde allí tiempo para mucho, porque, cual por
cita, acudió la mayor parte de los parroquianos de Uribe. Entre ellos,
Fernando O'Reilly, hermano menor del conde de este nombre; el
primogénito de Filomeno, después Marqués de Aguas Claras; el secretario
o confidente del Conde de Peñalver; el joven Marqués de Villalta; el
Mayordomo del Conde de Lombillo; y uno que le decían Seiso Ferino,
protegido por la opulenta familia de Valdés Herrera. Casi todos éstos
habían ordenado piezas de ropa para sí o para sus amos en la sastrería
del maestro Uribe, y, ya de paso para el Paseo de extramuros en sus
carruajes, ya ex profeso, entraban en ella y se detenían el tiempo
necesario para esa averiguación.
Al entrar el primero de los personajes arriba nombrados, le puso
familiarmente la mano en el hombro a Leonardo, le llamó por este nombre,
y le trató de tú por tú. Habían sido condiscípulos de Filosofía en el
Colegio de San Carlos desde 1827 a 1828, en cuya última fecha O'Reilly
se había separado para ir a España y proseguir sus estudios hasta
recibirse de abogado, como se recibió, tornando a los patrios lares sólo
unos pocos meses antes del día de que aquí hablamos, con el empleo de
Alcalde Mayor. Después de dos años de ausencia, aquélla era la primera
vez que se veían, no habiendo tenido Leonardo ocasión ni humor de ir a
saludarlo, quizás porque, si bien antiguos condiscípulos, no había
dejado él de ser miembro de una familia la más orgullosa de La Habana,
de la primera grandeza de España. Por otra parte, partió soltero y
volvió casado con una madrileña, motivo de más para que sus gustos y
aficiones ahora fuesen muy distintos de lo que fueron cuando juntos
concurrían a oír las elocuentes lecciones del amable filósofo Francisco
Javier de la Cruz.
La ocasión de aquella afluencia de señores y sus criados no era otra que
el baile de tabla que se celebraba por la noche del mismo día, en los
altos del palacio situado en la calle de San Ignacio esquina a la del
Teniente Rey, alquilado para sus funciones por la Sociedad Filarmónica,
en 1828. Desde los días del carnaval, a fines de febrero, en que
coincidieron los festejos públicos por el casamiento de la princesa de
Nápoles, doña María Cristina con Fernando VII de España, la Sociedad
antes dicha no había vuelto a abrir sus salones. Ahora lo hacía como
para despedir el año de 1830, pues es sabido que la gente principal de
La Habana, única con derecho a concurrir a sus funciones, se marchaba al
campo desde principios de diciembre y no volvía a la ciudad sino hasta
mucho después de Reyes. En vísperas del sarao, la juventud de ambos
sexos acudía en tropel a los establecimientos de modas y novedades para
hacerse de trajes nuevos, de adornos, joyas y guantes. Las sastrerías
como la de Federico, Turla y Uribe, que eran las favoritas; los
almacenes como los del «Palo Gordo» y de «Maravillas»; las joyerías como
las de Rozan y «La Llave de Oro»; las tiendas de modistas como la de
madama Pitaux; las zapaterías como la de Baró, en la calle de O'Reilly y
la de «Las Damas» en la calle de la Salud esquina a la de Manrique,
extramuros de la ciudad, varios días anteriores al señalado para el
baile se veían asediados a mañana y tarde, por las señoritas y jóvenes
más distinguidos por su elegancia y el lujo de sus trajes. Las primeras
por esa época empezaban a usar los zapatos o escarpines de raso blanco
a la China, con cintas para atarlos a la garganta del pie y mostrar las
medias de seda caladas, siendo así que el vestido se llevaba sobre lo
corto. Los hombres usaban también escarpines de becerro con hebillita de
oro al lado de fuera y calcetas de seda color de carne.
Con los caballeros, Uribe echó el resto de la cortesía y de la
amabilidad, de que sabía revestirse cada vez que le convenía; con los
criados, aunque acudían en nombre de personas de elevada posición, fue
seco y parco en demostraciones civiles. Pero tuvo habilidad bastante
para dejarlos a todos contentos y satisfechos, como que nada le costaba
prodigar promesas a diestro y a siniestro, que es moneda imaginaria con
que se pagan la mayor parte de las deudas en sociedad. De esta manera
cumplió exactamente con los que le hablaron gordo desde el principio; a
los restantes dio un solemne chasco, sin perder por eso su patrocinio. E
idos todos, porque ninguno calentó asiento, se puso desde luego a
habilitar las piezas que se proponía concluir para aquella noche. No
descuidó, por supuesto, la casaca verde invisible de Gamboa; quien,
satisfecho de que no sería chasqueado de nuevo, cedió a las vivas
instancias de su amigo Fernando O'Reilly y le acompañó en el quitrín al
paseo, llamado por imitación del famoso de Madrid, el Prado.
Ocupaba éste, y ocupa en el día, el espacio de terreno que se dilata
desde la calzada del Monte hasta el arrecife de la Punta al Norte, al
morir el glacis de los fosos de la ciudad por el lado del oeste.
Cienfuegos extendió el paseo de la calzada del Monte hasta el Arsenal
hacia el sur; pero jamás se ha usado como tal esa parte sino como calle
Ancha, cuyo nombre lleva. Entre las obras de adorno que tuvieron origen
en el gobierno de don Luis de las Casas, se cuenta el _nuevo Prado_ (el
de que hablamos ahora). El Conde de Santa Clara concluyó la primera
fuente que dejó en proyecto las Casas, y construyó otra más al norte;
nos referimos a la de Neptuno en el promedio del Prado, y la de los
Leones al extremo. Ambas se surtían de agua de la Zanja real, que
atravesaba el paseo (y aún le atraviesa) por el frente del Jardín
Botánico, hoy estación principal del ferrocarril de La Habana a Güines,
y por la orilla del foso iba a verter sus turbias aguas en el fondo del
puerto, al costado del Arsenal. Mucho después, al extremo meridional del
Prado, donde estuvo originalmente la estatua en mármol de Carlos III,
que don Miguel Tacón trasladó en 1835 a su paseo Militar, hizo construir
a su costa en 1837 el Conde de Villanueva la bella fuente de la India o
de La Habana.
El nuevo Prado constaba de una milla de extensión, poco más o menos,
formando un ángulo casi imperceptible de 80 grados, frente a la
plazoleta donde se elevaba la fuente rústica de Neptuno. Le constituían
cuatro hileras de árboles comunes del bosque de Cuba, algunos con la
edad muy corpulentos, e impropios todos de alamedas. Por la calle del
centro, la más ancha, podían correr cuatro carruajes apareados; las dos
laterales, más angostas, con unos pocos asientos de piedra, servían para
la gente de a pie, hombres solamente, quienes en los días de gala o
fiesta se formaban en filas interminables a lo largo del paseo. La mayor
parte de éstos, especialmente los domingos, se componían de mozos
españoles empleados en el comercio de pormenor de la ciudad, en las
oficinas del gobierno, en la marina de guerra y en el ejército, pues por
su calidad de solteros y por sus ocupaciones, no podían usar carruaje y
visitar el Prado en días comunes. Es de advertirse además, que a la hora
del paseo, estaba prohibido atravesar siquiera el Prado en vehículo de
alquiler; y si algún extranjero lo hacía por ignorancia de la regla o
consentimiento del sargento del piquete de dragones que daba allí la
guardia, llamaba la atención y excitaba la risa general del público.
La juventud cubana o criolla tenía a menos concurrir al Prado a pie;
sobre todo el confundirse con los españoles en las filas de
espectadores domingueros. De suerte que allí tomaba parte activa en el
paseo sólo la gente principal: las mujeres invariablemente en quitrín,
algunas personas de edad en volante y ciertos jóvenes de familias ricas,
a caballo. Ninguna otra especie de carruaje se usaba entonces en La
Habana, a excepción del Obispo y del Capitán General que usaban coche.
El recreo se reducía a girar en torno de la estatua de Carlos III y la
fuente de Neptuno cuando la concurrencia era corta, que cuando era
mucha, se extendía hasta la de los Leones u otro cualquier punto
intermedio, donde el sargento del piquete calculaba que debía plantar
uno de sus dragones, a fin de mantener el orden y de que se guardase la
debida distancia entre carruaje y carruaje. Mientras mayor era la
afluencia de éstos, menor era el paso a que se les permitía moverse; de
que resultaba a menudo un ejercicio muy monótono, no desaprovechado en
verdad por las señoritas, cuya diversión principal consistía en ir
reconociendo a sus amigos y conocidos, entre los espectadores de las
calles laterales, y saludarlos con el abanico entreabierto, de la manera
graciosa y elegante que sólo es dado a las habaneras.
Por fortuna la monotonía y la funérea gravedad de tan inocente recreo, a
que las autoridades españolas daban el nombre arbitrario de orden,
duraban lo que la presencia de los dragones del piquete en la avenida
central del Prado, es decir, de las cinco a las seis de la tarde. Porque
es cosa sabida que, unas veces con la punta de la lanza, otras a
varazos, hacían que los caleseros guardasen el paso y la fila. Pero
después de saludar el pabellón español en las fortalezas del contorno,
ceremonia previa para arriarlo, lo mismo que las señales del Morro,
desfilaba el piquete por la orilla de la Zanja, en dirección de la calle
y cuartel de su nombre, y al punto empezaban las carreras, el verdadero
ejercicio, la belleza y novedad de la diversión. Espectáculo digno de
contemplarse era, en efecto, entonces, el paseo en carruaje y a caballo,
del nuevo Prado de La Habana, iluminado a medias por los últimos rayos
de oro del sol poniente, que en las tardes de otoño o de invierno se
degradan en manojos de plata, antes de confundirse con el azul purísimo
de la bóveda celeste. Los caleseros expertos se aprovechaban con ganas
de la ocasión que se les presentaba para hacer alarde de su habilidad y
destreza, no ya sólo en el regir de los caballos, en el girar violento y
caprichoso de los quitrines, sino en el tino con que los metían por las
estrechuras y la confusión, y los sacaban sin choque ni roce siquiera de
unas ruedas con otras. Aún las tímidas señoritas, en el colmo del
entusiasmo por el torbellino de las carreras y giros, arrebatadas en sus
conchas aéreas, con la acción y a veces con la palabra, animaban a los
jinetes; con que unos y otros contribuían hasta donde más al peligro y
grandeza del espectáculo. Poco a poco desaparecía la vaporosa luz
crepuscular; una polvareda sutil y cenicienta se elevaba remolinando
hasta las primeras ramas de los copudos árboles y cubría todo el paseo;
de manera que, cuando uno tras otro los quitrines, con su carga de
mujeres jóvenes y bellas, dejaban el estadio en vuelta de la ciudad o de
los barrios extramuros, no creía menos el desapercibido espectador sino
que salían de las nubes, cual otras Venus, de la espuma de la mar.