en pegarle por eso, pues si tu padre le preguntó, no sé yo cómo pudo
ocultarle la verdad.
--Pudo decir que no sabía, que no oyó la campana del reloj del Espíritu
Santo, que... cualquier cosa, menos que yo vine a tal o cuál hora, ni
que estuve acá ni allá. Tiene muy floja la lengua el taita Aponte y papá
le dio por la vena del gusto preguntándole. Milagro que no le contó...
Pero, en resumidas cuentas, ¿qué estuve yo haciendo en Regla anoche?
--No me lo digas, no quiero saberlo, supongo que no hacías nada malo. El
resultado es, Leonardito, que tú no te aplicas a los estudios, que no
adelantas en nada bueno ni útil, y que el tiempo que debías dedicar a
la lectura y a la meditación, lo desperdicias en fiestas frívolas y en
correrías tan dañinas como peligrosas. Eso no puede gustarle a él, ni...
a mí tampoco, por lo mismo que te quiero entrañablemente. Quiere tu
padre y quiero yo que estudies más y que pasees menos, que te diviertas,
pero que no te entregues a la disipación, que no pases malas noches, que
te moderes, que..., en una palabra, te portes bien.
La emoción que experimentó doña Rosa la privó del uso de la palabra,
arrasándose de lágrimas sus hermosos ojos.
--Tú no sirves para predicador, le dijo Leonardo, tal vez con ánimo de
distraer su atención, porque te posesionas demasiado del asunto.
--Por lo que toca a Aponte, continuó doña Rosa luego que se hubo
serenado, ya sé que es un conversador, mas, en honor de la verdad, debo
decir que tu padre supo la hora a que volviste por el ruido que se hizo
en el zaguán con la apertura de la puerta, la entrada del carruaje y las
pisadas de los caballos. Con el silencio de la noche, todo ruido es un
trueno. El despertó, encendió un tabaco con el yesquero, consultó el
reloj e hizo una exclamación de enojo. Yo me hice la dormida. Eran las
dos y media de la madrugada... Aún se te conoce en la cara la mala
noche.
Hubo otro breve intervalo de silencio entre aquellos dos interlocutores,
durante el cual Leonardo bostezó y se esperezó diferentes veces, hasta
que, puesto en pie, dijo:
--Me voy a dormir... Si me compras el reloj, bueno; si no, poco importa.
Dio media vuelta y emprendió la subida de la escalera de su dormitorio,
paso ante paso, cual si contara los escalones o le costara un grande
esfuerzo. La madre, entre tanto, le siguió con los ojos, sin decirle
otra palabra ni moverse de la silla; pero así que le perdió de vista en
los altos de la escalera, se agitó con viveza y llamó en voz
fuerte:--¡Reventos!
A una llamada tan apremiante, no tardó en responder en propia persona el
mayordomo mencionado en el anterior capítulo. Era un hombre bajo de
cuerpo, rechoncho, trigueño, con la cara redonda y el pelo muy crespo,
que así en su aspecto como en sus maneras manifestaba resolución y
agilidad. Aunque vestido de limpio, venía en chaleco, trasluciéndose a
leguas que procedía de Asturias, tipo no muy común del español entonces
en La Habana. Hacía de mayordomo en casa de don Cándido Gamboa, y si
llevaba ciertos libros, no se ocupaba tanto en el escritorio, como en
otras comisiones más en consonancia con su empleo. Cuando se presentó
delante de doña Rosa, tenía la pluma detrás de la oreja, y ella le dijo
en tono de mando:
--Reventos, diga a Gamboa que me mande con Vd. veinte onzas.
Fue el hombre y volvió sin demora con el dinero pedido, el cual sacó de
la caja de hierro pequeña, debajo de la carpeta, en que había varios
sacos atestados de monedas de oro y plata.
--Póngase la chaqueta, añadió doña Rosa derramando las onzas sobre la
mesa para contarlas, y vaya ahora mismo a la calle del Teniente Rey, a
la otra puerta de la botica de San Agustín, relojería de Dubois, y se
compra Vd. el mejor reloj de repetición que haya recibido últimamente de
Ginebra. Diga Vd. que es para mí. ¿Se ha enterado Vd.?
--Sí, señora.
--Supongo que Vd. no entiende de relojes.
--No se me alcanza mucho, que digamos, pero en Gijón, donde yo nací y me
crié, hay más de una relojería; y un tío mío, hermano de mi madre, que
en paz descanse, tenía en la uña, como quien dice, el mecanismo de los
relojes.
--No lo decía por tanto, don Melitón, lo decía para prevenirle contra
cualesquier engaño que pudieran practicar con Vd., si se creyese que el
reloj era para Vd. u otra persona así... ¿Vd. me entiende?
--Ya, ya, estoy enterado.
--Oiga. Recalque Vd. a Dubois que el reloj es para mí. El me conoce y
debe saber que le costaría caro...
--Dar a Vd. gato por liebre, interrumpió el mayordomo. Por sentado que
le costaría un ojo de la cara, si tal hiciera el muy bellaco. Demasiado
lo sé y lo sabe él.
--Yo no le tengo por bellaco, como Vd. dice; sin embargo, bueno es estar
prevenido...
--Porque el soldado prevenido nunca fue vencido, volvió a interrumpir el
mayordomo, interpretando a su modo el pensamiento del ama.
--¡Ah! Haga que le pongan en una caja fina, como para un regalo.
¿Entiende Vd.?
--¡Toma que si lo entiendo! Perfectamente.
--Bien. Vaya Vd.
--Volando.
--¿Se acordará Vd.? Reloj de oro, de repetición, suizo; quiero decir,
ginebrino, de los últimamente recibidos de Ginebra por el relojero
Dubois, que vive en la calle del Teniente Rey, a la otra puerta de la
botica de San Agustín.
--Sí, sí, señora doña Rosa. Todo eso lo recuerdo y lo tendré presente. Y
en un salto...
--¡Oiga! No me limito a 18 onzas. Se quiere el mejor reloj de
repetición, ginebrino legítimo, cueste lo que cueste. Si más dinero se
necesita, venga Vd. por él.
--Será servida la señora doña Rosa al pie de la letra.
--¡Ah! ¡Reventos! ¡Reventos! Venga acá. Lo principal se me olvidaba.
Haga que le pongan por dentro de la tapa esta marca: L. G. S. oct. 24,
1830. No se olvide.
En efecto, en poco más de una hora el Mayordomo estuvo de vuelta y puso
en manos de doña Rosa un estuche pequeño, cuadrado, de tafilete, con
filetes de oro. Sin duda dicha señora le aguardaba impaciente, porque
tomarle, abrirle, contemplarle por breve rato con una especie de alegría
infantil, levantarse y meterse en su aposento, sin hacer más caso del
Mayordomo, fue todo uno.
No pasó más tiempo que el que acabamos de emplear en la relación de la
cómica escena.
Leonardo por su parte, tan seguro estaba de que no se pondría el sol de
aquel día, sin que un nuevo reloj viniese a adornar su traje en el
bolsillo de sus pantalones, que habiendo tendido éstos en el sofá,
enfrente de su cama, se acostó tranquilo, resuelto a dormir y reparar
las fuerzas quebrantadas por la fatiga y la falta de sueño de la noche
anterior. Dormitaba solamente cuando el ruido de menudos pasos y de las
ropas de una mujer, vino a confirmarle en su esperanza. Era su madre.
Fingió que dormía y la vio acercarse quedito al sofá, levantar en alto
los pantalones, meter en el bolsillo delantero algo redondo que
relumbraba mucho, pendiente de una cinta de seda rosada y azul, formando
aguas, de más de una pulgada de ancho y seis de largo, sujetas las
puntas por una hebilla de oro. Sonriose de placer, y cerró los ojos, a
fin de que su madre se retirase en la persuasión que le había preparado
una sorpresa.
Al volver doña Rosa los pantalones al sofá, cuidando de que la cinta del
reloj quedase visible y deslizar en la faltriquera del chaleco las dos
onzas que sobraron de la compra de aquél, le pareció que su hijo se
había movido en la cama. Se sobresaltó cual si hubiera estado cometiendo
un delito, y entonces, en efecto, entró un rayo de luz en su conciencia
de madre, recordó vivamente las palabras de su marido en la conversación
de por la mañana temprano, y sintió una especie de arrepentimiento. Algo
en su interior la dijo que si no hacía actualmente mal, no resultaría
tampoco un bien conocido y sólido de sus demostraciones tiernas y
cariñosas con Leonardo, cuando no nacían de méritos contraídos por él,
sino de la efusión espontánea e indiscreta de su corazón de madre.
Perpleja, entre recoger la prenda, cosa de guardarla para ocasión más
oportuna, y arrostrar por ende la aflicción y el desagrado del hijo, se
quedó inmóvil, como transfigurada. Aquél, aunque brevísimo, fue un
momento supremo para la triste madre. Al fin echó una mirada furtiva
hacia el lecho, vio a Leonardo desnudo de medio cuerpo arriba, con los
brazos en la almohada y la hermosa cabeza apoyada en las palmas, el
pecho abierto y levantado, subiendo en la aspiración y bajando en la
respiración, cual la ola que no llega a romper, la nariz dilatada, la
boca entreabierta para dar franco paso a la entrada y salida del aire,
pálido el semblante por el sueño y la agitación del día, aunque lleno de
salud y de fuerza, un sentimiento de orgullo se apoderó de todo su ser,
cambiando de golpe y por completo el orden de sus pensamientos.
--¡Pobrecito! exclamó en tono casi audible. ¿Por qué había yo de
privarle de nada, cuando está en la edad de gozar y de divertirse? Goza
y diviértete, pues, mientras te duran la salud y la mocedad, que ya
vendrán para ti, como han venido para todos nosotros, los días de los
disgustos y de los pesares. La Virgen Santísima, en quien tanto fío y
pongo toda mi esperanza, no dejará de oír mis ruegos. Ella te proteja y
saque en bien de los peligros del mundo. Dios te haga un santo, hijo de
mi corazón.
Movió los labios juntos, en señal de lanzar un beso, y fuese tan
callandito como vino.
SEGUNDA PARTE
CAPÍTULO I
_Tarde venientibus ossa._
(Los que llegan tarde al banquete roen los huesos.)
Tenemos que dejar por breve tiempo estos personajes, para ocuparnos de
otros que no por ser de inferior estofa, representan en nuestra verídica
historia papel menos importante. Nos referimos ahora al célebre tocador
de clarinete, José Dolores Pimienta.
Para verle con la aguja en la mano sentado a la turca junto con otros
oficiales de sastre en una tarima baja, hilvanando una casaca de paño
verde oscuro, todavía sin mangas ni faldones, fuerza es que pasemos a la
sastrería del maestro Uribe, en la calle de la Muralla, puerta inmediata
a la esquina de la de Villegas, donde hubo una tienda de mercerías
llamada del Sol.
El primero de estos establecimientos se componía de una sala cuadrilonga
con tres entradas: la de la primitiva puerta ancha y alta y las de las
dos ventanas, cuyas rejas habían arrancado. Frente a ellas, en sentido
longitudinal, había una mesa larga y angosta en que se veían varias
piezas de dril, de piqué, de arabia, de un género de algodón que
llamaban coquillo, de raso y de paño fino, todas arrolladas y apiladas
en un extremo. Y hacia el opuesto, tendidos dos pedazos de tela de
Mahón, en que ya se había trazado un par de pantalones de hombre con
una astilla de jabón cenizoso.
Detrás de la mesa o mostrador, de pie, en mangas de camisa, con delantal
blanco atado a la cintura, la tijera en la mano derecha, y echada en
torno de los hombros, por medida, una cinta de papel doblada por medio
en toda su longitud, con piquetes de trecho en trecho, se hallaba el
maestro sastre Uribe, favorito en aquella época de la juventud elegante
de La Habana. Aunque quisiera, no hubiera podido negar la raza negra,
mezclada con la blanca a que debía su origen. Era de elevada talla,
enjuto de carnes, carilargo, los brazos tenía desproporcionados, la
nariz achatada, los ojos saltones, o a flor del rostro, la boca chica, y
tanto que apenas cabían en ella dos sartas de dientes ralos, anchos y
belfos; los labios renegridos, muy gruesos y el color cobrizo pálido.
Usaba patilla corta, a la clérigo, rala y crespa, lo mismo que el
cabello, si bien éste más espeso y en mechones erectos que daban a su
cabeza la misma apariencia atribuida por la fábula a la de Medusa.[29]
Como sastre que debía dar el tono en la moda, vestía Uribe pantalones de
mahón ajustados a las piernas, de tapa angosta, figurando una _M_
cursiva, sin los finales de enlace, y las indispensables trabillas de
cuero. En vez del zapato de escarpín, entonces de uso general, llevaba
chancletas de cordobán, dejando al descubierto unos pies que no tenían
nada de chicos, ni bien conformados, porque sobre mostrar demasiado los
juanetes, apenas formaban puente. Por poco que previniese en su favor el
aspecto de Uribe, no cabe duda que era el más amable de los sastres, muy
ceremonioso y un si es no es pagado de la habilidad de sus tijeras.
Estaba casado con una mulata como él, alta, gruesa, desenvuelta, quien
en casa al menos, gustaba tanto de ir en piernas, arrastrando la
chancleta de raso, como de enseñar más de lo que convenía a la decencia,
las espaldas y los hombros rollizos y relucientes.
Comenzaba la tarde de uno de los últimos días del mes de octubre. Subían
y bajaban muchos carruajes, carretones y carretas la angosta calle de la
Muralla, tal vez la de más tráfico de la ciudad, por ser la más central
y estar toda poblada de tiendas de varias clases. El ruido de las ruedas
y de las patas de los caballos en las piedras, resonaba como un trueno
continuado en el interior de las casas abiertas a todos los vientos. No
pocas veces chocaban unos contra otros, y obstruían el paso por largo
rato. En semejante caso, al trueno de los carruajes sucedían las voces y
los ternos de los carreteros y caleseros, sin consideración ni respeto a
las señoras. El transeúnte a pie, si no quería ser atropellado por los
caballos o estrujado contra las paredes de las casas con los bocines
salientes de los cubos de las ruedas, tenía que refugiarse en las
tiendas hasta que se despejara la vía.
En la tarde de que hablamos ahora, ocurrió una de esas frecuentes
colisiones entre un quitrín ocupado por tres señoritas, que bajaba, y un
carretón cargado con dos cajas de azúcar, que subía. Chocaron con fuerza
los cubos opuestos de ambos vehículos, de cuyas resultas el del segundo
levantó la rueda del primero y se entró por sus rayos, rindiendo uno.
Del choque los dos carruajes quedaron casi de través en la calle, el
quitrín con la zaga hacia la puerta de la sastrería de Uribe, donde
penetró la cabeza de la mula del carretón. El carretonero, que venía
sentado a la mujeriega en una de las cajas de azúcar, con un zurriago en
la mano derecha, perdió el equilibrio y dio en el lodo y piedras de la
calle un terrible costalazo.
Y este hombre, africano de nacimiento, lo mismo que el otro, mulato de
La Habana, en vez de acudir cada cual a su vehículo respectivo, a fin de
deshacer el enredo y facilitar el pasaje, con atroces maldiciones y
denuestos se embistieron mutuamente, ciegos de furor salvaje. No era que
se conocían, estaban reñidos o tenían anteriores agravios que vengar;
sino que siendo los dos esclavos, oprimidos y maltratados siempre por
sus amos, sin tiempo ni medio de satisfacer sus pasiones, se odiaban a
muerte por instinto y meramente desfogaban la ira de que estaban
poseídos, en la primera ocasión que se les presentaba. En vano las
señoritas del quitrín, muy sobresaltadas, pusieron el grito en el cielo,
y la mayor de ellas amenazó repetidas veces al calesero con un fuerte
castigo si no desistía de la riña y atendía a los inquietos caballos.
Pero los combatientes, en su furor y en la lluvia de zurriagazos que se
descargaban, no oían palabra. Luego los españoles de las tiendas, los
oficiales de la sastrería, todos asomados a las puertas en mangas de
camisa, aumentaban el ruido y la confusión con su vocería y sus
risotadas, señales ciertas del júbilo con que presenciaban el combate.
En esto, un hombre de mala catadura entró por una puerta de la
sastrería, como para evitar las ruedas del carruaje, y al salir por la
otra extendió el brazo por encima del fuelle caído y le desprendió la
peineta de teja de la cabeza de la más joven de las señoritas; con lo
cual la larga y abundosa trenza de sus cabellos se desarrolló y
desmadejó toda, cubriéndole la espalda con sus ondas sedosas y
brillantes cual las alas del totí. Dio ella un grito y se llevó ambas
manos a la cabeza; en cuyo momento, José Dolores Pimienta, mero
espectador hasta entonces como los demás, hizo una exclamación de
asombro, murmuró el nombre de la «Virgencita de bronce» y se lanzó sobre
el ratero, o más bien sobre la presa, que se la llevaba en triunfo.
Logró echarle garra; mas como era de quebradizo carey y estaba, además,
primorosamente calada, se le quedó hecha pedazos en la mano: única cosa
que pudo devolver a su afligida y asustada dueña. A favor de la
confusión logró escapar el ratero, bien que ningún otro que el oficial
de sastre había parado mientes en aquella ocurrencia. Sin embargo, la
exclamación de éste, su acción generosa cuando la generalidad de los
espectadores sólo pensaba en divertirse, llamó la atención de Uribe, que
volviéndose de repente para él, le dijo:
--¿Estás loco? ¿Te figuraste que esa también era Cecilia Valdés? Si digo
yo que tú ves visiones.
--No, contestó secamente José Dolores. Yo sé lo que me digo. Esas niñas
son hermanas del caballero Gamboa.
--¡Acabáramos! exclamó a su vez Uribe. Yo bien quería conocerlas. Se
parecen mucho. No pueden negar que son hermanos. Pues es preciso
ampararlas. ¡Las hermanas de uno de mis rumbosos _clientes_! No faltaba
más...
En efecto, entre el maestro sastre, sus oficiales y otros, consiguieron
separar a los combatientes y desenredar las ruedas de los vehículos,
tras lo cual uno y otro pudieron seguir su camino, llevando el
carretonero las manchas de sangre de la _cuarta_ del calesero en la
camisa de listado azul. Protegió quizás las espaldas de este último la
chaqueta de paño de su librea; a lo menos no se le veían en ella las
señales de la refriega.
Y una vez despejado aquel campo de Agramonte y vueltos, el maestro
sastre a la mesa de cortar, los oficiales a su tarima, el primero sacó
de pronto el reloj del bolsillo del pantalón y, con aire sorprendido,
dijo:--¡Las tres! añadiendo enseguida más alto:--¡José Dolores!
No tardó éste en aparecer ante la presencia del maestro Uribe. Traía al
hombro dos madejas trenzadas, una de hilo blanco de lino, otra de seda
negra; clavadas en los tirantes de los pantalones varias agujas cortas,
no muy finas, y en el dedo del medio de la mano derecha un dedal de
acero, sin fondo.
Al nacimiento de José Dolores Pimienta y de Francisco de Paula Uribe
concurrieron, sin duda, por igual las razas blanca y negra, con esta
esencial diferencia: que aquél sacó más sangre de la primera que de la
segunda, circunstancia a que deben atribuirse el color menos bilioso de
su rostro, aunque pálido, la regularidad de sus facciones, la amplitud
de su frente, la casi perfección de las manos y la pequeñez de los pies,
que así en la forma como en el arco del puente podían competir con los
de dama de raza caucásica. Ni con ser de constitución delicada
sobresalían mucho los pómulos de su rostro ovalado, ni tenía el cabello
tan lanudo como el de Uribe. En sus maneras, lo mismo que en la mirada,
y a veces hasta en el tono de la voz, había aire marcado de timidez o
melancolía, pues no siempre es fácil discernir entre ambas, que
revelaba, o mucha modestia o mucha ternura de afectos.
De organización musical tenía que hacerse gran violencia, cosa que no
podía echar a puerta ajena, para trocar el clarinete, su instrumento
favorito, por el dedal o la aguja del sastre, una de las artes bellas
por un oficio mecánico y sedentario. Pero la necesidad tiene cara de
hereje, según reza el característico adagio español, y José Dolores
Pimienta, aunque director de orquesta, ocupado a menudo en el coro de
las iglesias por el día y en los bailes de las ferias por la noche, no
le bastaba eso a cubrir sus propias necesidades y las de su hermana
Nemesia, desahogadamente. La música en Cuba, como las demás bellas
artes, no hacía ricos, ni siquiera proporcionaba comodidades a sus
adeptos. El célebre Brindis, Ulpiano, Vuelta y Flores y otros se
hallaban poco más o menos en este caso.
--¿Qué tal la casaca verde indivisible? le preguntó Uribe. ¿Se halla en
estado de prueba? Son las tres y dentro de poco tendremos aquí al
caballero Gamboa, como el reloj.
--Para el tiempo que hace que Vd. me la entregó, _señó_ Uribe, repuso
Pimienta, la tengo bastante adelantada.
--¿Cómo es eso? ¿Pues no te la di desde tras de antier?
--Perdone Vd., _señó_ Uribe, yo no vine a recibir esa prenda, si hemos
de hablar claro, hasta ayer por la mañana. Antier toqué la misa mayor
del Santo Ángel Custodio, a prima toqué la salve y luego en el baile de
Farruco hasta más de media noche. Conque no sé...
--Bien, bien, replicó Uribe serio interrumpiéndole: ¿Se halla o no en
estado de prueba? Eso es lo esencial.
--Diré a Vd., lo que es probarse, puede ahora mismo. Las solapas están
basteadas, lo propio que el cuello. Iba ahora a hilvanarle los forros de
seda, para abrirle los ojales. Los hombros se hilvanarán cuando venga el
caballero que Vd. dice, y las espaldas idem per idem. Las mangas las
está cerrando _seña_ Clara, su mujer de Vd., aunque con probar una
basta. De manera que a las ocho de la noche, cuando más tarde, estará
concluida la casaca y lista para el baile, que no principiará hasta las
nueve.
--El caso es que se quiere para mucho antes y no se dirá nunca que
Pancho de Paula Uribe y Robirosa no cumple su palabra una vez empeñada.
--Entonces tendrá Vd. que poner otro oficial que me ayude; mejor dicho,
que la concluya, porque a las seis debo tocar en la salve del Santo
Ángel Custodio y luego después en el baile de Brito. Farruco abre sus
bailes esta noche en la casa de Soto y yo no he querido llevar mi
orquesta hasta allá. En la Filarmónica dirige Ulpiano con su violín y
Brindis está comprometido a tocar el contrabajo. Conque considere Vd.
--Pues lo siento en el alma, José Dolores, y si hubiera sabido que tú no
ibas a rematar esa pieza, no te la hubiera dado. Yo me estoy mirando en
ella. Temo que si otro oficial la coge ahora en sus manos, le echa a
perder el estilo. El caballerito Leonardo es el más quisquilloso de
todos mis clientes. ¿No ve Vd. que nada en riqueza? ¿No ve cómo derrama
la plata? ¡Para lo que le cuesta! Y vea Vd. su padre don Cándido, el
otro día como quien dice, andaba con la pata en el suelo. Me parece que
lo veo cuando llegó de su tierra: traía zapatos de empleita (quiso decir
_pleita_, mejor, _alpargatas_), chaqueta y calzones de bayeta y gorro
de paño. A poco más puso taller de maderas y tejas, después trajo negros
de África a montones, después se casó con una niña que tenía ingenio,
después le entró dinero por todos cuatro costados y hoy es un
caballerazo de primera, sus hijas ruedan quitrín de pareja y su hijo
bota las onzas de oro como quien bota agua. _E intertanto_ aquella pobre
muchacha... Mas, cállate lengua. Pues, según te decía, José Dolores, el
caballerito Leonardo vino aquí la semana pasada y me dijo:--Maestro
Uribe, tenga Vd. este paño verde indivisible que he hecho traer de París
expresamente para que Vd. me haga una casaca como se debe. Pero déjese
Vd. de vejeces, de talle encaramado en el cogote, ni de colas de
golondrinas. Yo no soy ningún zacateca, Juanito Junco, ni Pepe Montalvo.
Hágame una casaca como la gente, a la _dernier_, que yo sé que Vd. sabe
pintarlas en el cuerpo, cuando le da la gana. Ese mozo tiene tanto
dinero, que es preciso darle gusto o reventar. Además, como es tan
elegante y bien parecido, da el tono en la moda, y si acierto a hacerle
una cosa buena, me pongo las botas. Aunque a decir verdad, ya no tengo
manos para todo el trabajo que me ha caído. Por donde se ve claro que la
competencia del inglés Federico, lejos de dañificarme, me ha favorecido.
Conque, mi querido José Dolores, al avío.
--Ya le he dicho, _señó_ Uribe, haré lo que pueda; pero sépalo, no
tendré tiempo para darle la última mano. Lo principal, sin embargo, está
hecho, esto es, las solapas y el cuello. La montura de los faldones y la
espalda Vd. puede dirigirla, y los ojales nadie los hace mejor que
_seña_ Clara.
--Trae acá la casaca.
Trájola el oficial, y con ella en la mano, para suspenderla a la altura
de sus ojos, Uribe se encaminó a un espejo que había en la pared
medianera de la primera ventana y la puerta. Allí le siguió
maquinalmente José Dolores. Cuando los dos estuvieron delante del
espejo, dijo el maestro a su oficial:
--Vamos, José Dolores, sirve tú de modelo... Apuradamente, tienes el
mismo cuerpo que el caballerito Leonardo.
--Está bien, _señó_ Uribe, contestó Pimienta de malísimo humor. Pero sin
ejemplar ¿eh?