--Supón que en vez de militar español fuera un cadete el que nos

visitase, ¿también te opondrías?

--¡Cadete! ¡Cadete! repitió Leonardo con marcado desprecio. Nadie habla

de cadetes, que cual los oficiales de milicia son nada entre dos platos.

Ya la moda de los cadetes pasó; los últimos quedaron enterrados en las

playas de Tampico, a donde, por dicha, se los llevó Barradas. Los que de

ellos han sobrevivido a la desastrosa campaña, de seguro le han perdido

la afición a las armas. Gracias a Dios que nos vemos libres de su

fatuidad.

--De suerte que tu tirria es contra los españoles, como si tu padre

fuese habanero.

--Ese odio tuyo a los españoles, dijo doña Rosa, todavía ha de costarnos

caro, Leonardo.

--Es que mi odio no es ciego, mamá, ni general contra los españoles,

sino contra los militares. Ellos se creen los amos del país, nos tratan

con desprecio a nosotros los paisanos, y porque usan charreteras y sable

se figuran que se merecen y que lo pueden todo. Para meterse en

cualquier parte, no esperan a que los conviden y una vez dentro se

llevan las primeras muchachas y las más lindas. Esto es insufrible.

Aunque si bien se mira, las muchachas son las que tienen la culpa.

Parece que les deslumbra el brillo de las charreteras.

--Respecto de mí, observó Carmen, la regla padece una excepción.

--Y respecto de mí, añadió Adela, sucede la misma cosa. Los militares,

por decentes que sean, trascienden a cuartel.

--No hables así, niña, le dijo su madre, que hay militares muy dignos, y

sin ir lejos, mi tío Lázaro de Sandoval, que fue coronel del Regimiento

Fijo de La Habana, estuvo en el sitio de Pensacola y murió lleno de

honores y de cicatrices.

--Pero no se habla de esos militares, mamá, saltó y dijo Leonardo. Se

habla de los militares que vinieron de España para reconquistar a

México, y que habiendo fracasado allá vuelven aquí para que nosotros

paguemos el mal humor de la ignominiosa derrota. A estos militares son a

los que ahora me refiero. No es lo peor que trasciendan a cuartel, como

dice Adela, sino que son, como hombres, malditísimos maridos. Mientras

no llegan a brigadier, viven en los cuarteles o en los castillos, donde

tienen por casa pabellones; por criados, asistentes rudos y

desvergonzados; por diversión las palizas y carreras de baqueta que les

pegan a los soldados; por música, el tambor de diana. Casi nunca se

fijan en ninguna parte, porque cuando menos lo esperan, tienen que salir

destacados, ya para Trinidad, ahora para Puerto Príncipe, luego para

Santiago de Cuba, después para Bayamo... Y si son casados, la mujer y

los hijos y los penates, por supuesto, tienen que seguirlos de cuartel

en cuartel, de castillo en castillo, de destacamento en destacamento

cuando por motivos de economía no se queda ella con sus padres y él no

se marcha con sus soldados. Como su objeto es encontrar mujer rica con

quien casarse, poco se cuidan del carácter y de los antecedentes de las

que al cabo toman por esposa, tarde que temprano, ellas les arañan la

cara y ellos las arrastran por el pelo.

No pudo Antonia sufrir más: se levantó de la mesa y se fue a la sala,

callada y muy molesta.

--Has zaherido a tu hermana sin motivo, le dijo doña Rosa. Ella no

piensa en militar alguno, por mucho que alguno la celebre.

--No piensa en ellos, pero admite galanteos por la ventana, y he aquí lo

que me irrita.

--Antonia no es de ésas, por fortuna, hijo mío.

--¿No?--¡Ay, mamá! Parece vas perdiendo la vista del entendimiento y de

la cara... No quiero hablar, lo único que digo y repito es que el día

menos pensado le rompo una pata a uno de esos soldados.

Enseguida se levantó y cual si nada hubiese ocurrido, o dicho que le

desazonara, fue para el puesto que ocupaba su hermana Adela, la estrechó

con ambos brazos por la cintura y le dio muchos besos.

--Quita, quita, dijo ella. ¿Pues no estabas enojado conmigo? Me lastimas

con la barba.

--¿A dónde bueno, tan emperifollada? le preguntó Leonardo esquivando el

asunto indicado por la hermana.

--Vamos a la tienda de Madama Pitaux, que ahora vive en la calle de La

Habana número 153. Hace poco que ha llegado de París y, según dicen, ha

traído mil curiosidades. De camino pensábamos dar una vuelta por la Loma

del Ángel.

Para ir a la Loma ya es muy tarde. Pasa de las once. Y ahora que me

acuerdo, ¿han visto Vds. el número IV de _La Moda o Recreo Semanal_?[25]

Desde el sábado se repartió, y está muy interesante.

--¿Tú le tienes ahí? preguntó Carmen. Es extraño que no nos hayan

enviado nuestro ejemplar, estando suscritas.

--¿En dónde se suscribieron ustedes?

--En la librería de _La Coba_, calle de la Muralla, que es el punto más

cercano.

--Pues reclamen allá. El ejemplar que yo leí estaba en el mostrador de

la botica de San Feliú, porque el mío me ha faltado también. No son nada

exactos, que digamos, los repartidores.

--¿Has averiguado quién es la Matilde de que habla _La Moda_? preguntó

Adela a su hermano. Porque Carmen cree que es una que todos nosotros

conocemos.

--A mí se me figura, dijo Leonardo, que es un ente imaginario. Tal vez

Madama Pitaux sepa algo.

--Pues a mí se me ha puesto, dijo Carmen, que la Matilde de _La Moda_ no

es otra que Micaelita Junco. Sucede que ella es la más elegante de La

Habana; que su hermano, un verdadero lechuguino, se llama Juanito; que

tiene una abuela de nombre doña Estefanía de Menocal--apellido semejante

al de Moncada--que le dan en _La Moda_.

--Voy creyendo que tienes razón, dijo Adela. No puedo negar que el

vestido y el peinado que llevaba anteayer en el Paseo Micaelita Junco

son idénticos al figurín de _La Moda_ del sábado antes pasado. Por

cierto que no me gustó el peinado a la Jirafa. La trenza es demasiado

ancha y los bucles muy altos; luego, por detrás la cabeza luce

desairada. Las mangas cortas, aglobadas, con sobremangas de blonda, sí

me parecen bonitas y le sientan bien a la que tiene el brazo torneado,

como Micaelita. Su hermano Juanito, que nos saludó junto a la fuente de

Neptuno, ¿te acuerdas?, iba también a la última moda igual al figurín.

Le sentaban los pantalones de Mahón sin pliegues, el chaleco blanco y la

casaca de paño verde sin carteras. Esa es la moda inglesa, según dicen.

¿Reparaste en el sombrero? La copa tropezaba en las ramas de los árboles

de la Alameda con ser Juanito Junco un chiquirritín.

--El corbatín es lo que no me peta, dijo Leonardo. Es tan alto que no

deja juego al pescuezo. No los usaré jamás. No me gustan esos collares

de perro. Tampoco me petan las casacas a _la dernier_;[26] parecen de

zacatecas. Los angostos faldones bajan hasta las corvas y se me figura

que con esa moda se ha querido imitar la cola de las golondrinas. Sobre

que se ha empeñado Federico en vestirnos a la inglesa y nosotros estamos

mejor hallados con las modas francesas. Uribe tiene más gracia, si no

más hábil tijera.

--No saques a Uribe, que es un sastre mulato de la calle de la Muralla y

no sabe jota de las modas de París ni de Londres, dijo Carmen con

marcado desprecio.

--No piensa así la gente principal de La Habana, repuso Leonardo

prontamente. Los Montalvo, los Romero, los Valdés Herrera de Guanajay,

el Conde de la Reunión, Filomeno, el Marqués Morales, Peñalver,

Fernandina... no se visten con otro sastre. Yo le prefiero a Federico.

El, además, recibe los periódicos de modas de París por todos los

paquetes[27] del Havre.

Tan entretenida conversación de los hermanos, la interrumpió el calesero

presentándose con la _cuarta_ engarzada en la muñeca de la mano derecha

y el sombrero redondo en la izquierda, para anunciar que el quitrín

estaba listo a la puerta. Luego al punto las dos hermanas menores fueron

en busca de la mayor y de sus características _mantas_ y juntas rodearon

a la madre para pedirle sus órdenes. Esta señora les hizo el encargo de

algunas compras en las tiendas de lencería, o de ropa, y luego se

dirigieron ellas por el zaguán a la calle.

No ha de extrañar el lector forastero ver a tres señoritas de la clase

que podemos llamar media, salir a las calles de La Habana sin dueña,

padre, madre o hermano que las acompañase. Pero con tal que no fueran a

pie ni a pagar visita de etiqueta, bien podían dos, mucho más tres

jóvenes, recorrer toda la ciudad, hacer sus compras, picotear con los

mozos españoles de las tiendas y en las noches de retreta en la Plaza de

Armas o en la Alameda de Paula, recibir al estribo del carruaje el

homenaje de sus amigos y la adoración de sus amantes. Eso sí, aún para

hacer una visita en la vecindad de su casa y a pie, exigía la costumbre,

que la cubana, cuando no había pariente de respeto, se acompañase

siquiera de su mismo esclavo.

Al entrar Carmen en el quitrín, le dio la mano para subir un joven

desconocido que acertó a pasar por allí, después a Adela y últimamente a

Antonia, recibiendo de ellas, en pago de su galantería, una sonrisa de

agradecimiento.

Así, la más joven y bella de las hermanas ocupó el asiento de en medio,

el menos cómodo ciertamente, pero sin duda el más conspicuo y propio

para desplegar la habanera sus gracias naturales a maravilla. Desde

luego, montó el calesero el caballo de fuera de varas, el que por su

suave paso, buena estampa y cola cuidadosamente trenzada, era al mismo

tiempo el descanso y el orgullo del jinete; y partió a escape el

carruaje en vuelta de la Plaza Vieja.

CAPÍTULO XII

_Por sus juguetes se conoce el niño,

y se conjetura cuales han de ser sus obras._

Parábolas de Salomón

Quedaron al fin solos doña Rosa Sandoval de Gamboa y su hijo Leonardo.

No había sacado éste el talento de su padre para los negocios. Tampoco

anunciaba disposición ninguna para la carrera literaria a que le

dedicaban, aunque solía hacer versos y escribir articulejos para el

_Diario_ y otros periódicos. Su madre, sin embargo, quería que fuese

abogado, doctor de la Universidad de La Habana, halagándola la esperanza

de que podría por este camino, llegar a oidor de la Audiencia de Puerto

Príncipe, y hasta a Teniente Gobernador, como llamaban entonces a los

jueces letrados de nombramiento real. Creía ella con razón que, mediante

el dinero y las relaciones de su marido en la Corte, bien podía

conseguirse para su primogénito cualquier gracia, honor o título, entre

los muchos que, merced a aquellos estímulos, es uso conceder la Corona.

De comerciante, en concepto del padre, no había esperanza de que el mozo

llegase a más que alcalde municipal, a consiliario o diputado del

Tribunal de Comercio o Real Consulado, empleos de mala muerte, sin

honores ni emolumentos. Por otra parte, don Cándido, en realidad, no

hacía hincapié en que su hijo estudiase y siguiese ésta ni esotra

carrera literaria. ¿Abogado? Ni pensarlo. Se aficionaría a los pleitos,

y acabaría con un caudal y con el de sus clientes. Tampoco don Cándido

conocía más letras que las del Catón,[28] lo que no le había impedido

acumular una fortuna respetable.

Ahora, además, le había nacido el deseo de titular, y no le parecía bien

que su hijo, al menos, trocase los libros o la vara del mercader, ni el

bonete de doctor, por la corona del conde, aunque hubiese un Santovenia,

que por aquellos días precisamente, había hecho el último de los

trueques mencionados. No obstante su ignorancia, reconocía que Leonardo

no haría raya como hombre de letras, ni como de negocios, y decía para

sí o cuando trataba del asunto con su esposa:

--No debemos forjarnos ilusiones. El (su hijo) no dará nunca mucho de

sí, por más que uno se afane y gaste dinero en sus estudios. Ahí no hay

cabeza sino para enamorar y correr la tuna. Eso se conoce a tiro de

ballesta. Pero ¿necesita él tampoco de grandes conocimientos para hacer

papel en el mundo?

--¡Ca! No, señor. Fortuna, esto es, dinero te dé Dios, hijo, que el

saber poco te vale; reza el proverbio castellano. Y dinero no ha de

faltarle cuando yo muera. Luego si logro el título de Conde de Casa

Gamboa, que pretendo en Madrid, reunirá el monis con la nobleza, dos

adminículos éstos con que el más bruto puede figurar en primera línea,

gozar fuero y echarse a roncar a pierna suelta, cierto y seguro de que

no le atropellarán por deudas, antes todos le sacarán el sombrero, le

traerán en palmitas y le bailarán el agua delante, lo mismo los chicos

que los grandes, los hombres de copete que las mujeres bonitas. ¡Ah!

¡Qué tiempo se ha perdido! Si yo hubiese titulado diez años ha, otro

gallo nos cantara.

En efecto, Leonardo descubría menos ambición que talento. Por sentado,

la esperanza de ser algo por sus conocimientos, por sus estudios, o por

su industria, jamás calentó su corazón. Antes confiado en que a la

muerte de sus padres sería bastante rico, no hacía esfuerzo ninguno por

saber, ni se apuraba por estudiar las lecciones de derecho, y se reía a

carcajadas cuando, en son de broma, se decía entre la familia que él

podía llegar a ser oidor o conde, o que su padre hacía construir en

España, con el fin de titular, un árbol genealógico en que no había de

verse ni una gota de sangre de judío ni de moro. Por otra parte, tan

humildes eran a la sazón sus inclinaciones, como sus pasiones fuertes e

ingobernables.

Gozar era, por aquel tiempo al menos, la suprema ley de su alma. Y es

que su madre, porque le quería demasiado, cualquiera creería que, lejos

de regir sus desapoderados impulsos, parecía complacerse en darles

rienda suelta. ¿Qué necesidades podía experimentar un mozo de sus años y

ocupaciones? Libros, trajes, caballos, carruajes, criados, dinero, todo

le sobraba; ni el trabajo de pedir casi nunca tenía, porque desde la

cuna se había acostumbrado a ver satisfechos sus deseos y aún caprichos,

apenas indicados. Con todo eso, no pasaba día sin que le hiciera la

madre algún regalo costoso, teniendo además la costumbre de ponerle

todas las tardes en la faltriquera del chaleco media onza de oro, a

veces una onza. Naturalmente, como entraba ese dinero, así salía, sin

conciencia de su valor, y era lo malo que jamás pasaba por la mente del

hijo pródigo, que debía guardar para mañana lo que no fuese necesario

para los gastos de hoy. ¿Cómo derramaba el oro nuestro imberbe

estudiante? Adivinarlo puede el discreto lector, siendo como eran, el

juego, las mujeres y las orgías con los amigos la vorágine que consumía

el caudal de Gamboa y le agotaba el perfume del alma en la flor de su

vida.

Estaba él, pues, sentado, luego que partieron las hermanas, en el puesto

que dejó Adela, opuesto a su madre, a la que miraba de hito en hito, de

codos en la mesa, con la cara entre las manos y le dijo de repente:

--¿Sabes una cosa, mamá?

--Si no me la dices... contestó ella como distraída.

--No creas que te voy a pedir. Yo no quiero nada.

--Ya, dijo doña Rosa; y se sonrió, pues que comprendió por el exordio

que quería algo su hijo muy amado.

--¿Te ríes? Entonces me callo.

--No lo tomes a mal, hijo; me sonrío para que veas que te escucho con

complacencia.

--Pues al pasar ayer tarde por la relojería de Dubois, en la calle del

Teniente Rey, me llamó para enseñarme... ¿Te vuelves a sonreír? Vas a

creer que te voy a pedir alguna cosa. Desde ahora te digo que te

engañas.

--No hagas caso de mis sonrisas. Continúa. Deseo oír el fin; ¿qué te

enseñó Dubois?

--Nada. Unos relojes de repetición que acababa de recibir de Suiza. Son

los primeros que llegan a La Habana, según me dijo, directamente de

Ginebra.

Callose en diciendo esto Leonardo y su madre imitó su ejemplo, aunque

ésta, al parecer pensativa. Al fin ella fue la primera que rompió el

silencio diciendo:

--¿Y qué tal los nuevos relojes de repetición? ¿Te gustaron, hijo mío?

Se le iluminó al joven el semblante, el cual exclamó:

--Muchísimo. Son magníficos, ginebrinos..., pero yo no quiero reloj

nuevo, te lo advierto. Todavía sirve el inglés que tú me regalaste el

año pasado, sólo que ya no es de moda. Yo no he visto nunca un reloj de

repetición y mucho menos ginebrino, que no hay que abrirlo para saber la

hora a cualesquiera del día o de la noche. Se empuja el botón de un

resorte que tiene dentro de la argolla, y una campanilla interior da la

hora y los cuartos. ¡Qué ventaja! ¿Eh, mamá?

--¿Por qué no me hablaste de eso antes de salir tus hermanas? Le habría

encargado a Antonia que se pasara por la relojería.

--No me acordé ni tuve ocasión. Papá, además, estaba delante y luego

entramos en una conversación... y me distraje. Bien que ellas no

entienden de relojes.

Volvió a callar doña Rosa por corto rato, siempre con aire meditabundo,

aunque sin manifestar enfado ni seriedad. Entretanto, Leonardo fingía no

advertir la actitud abstraída de su madre, ni dar indicios de

arrepentimiento por el embarazo en que la había puesto con sus

antojadizas indicaciones. Por el contrario, mientras la pobre señora

meditaba y echaba cálculos, él no cesaba de sobarse las mejillas con la

punta de los dedos y de mirar al techo, cual si contara las vigas del

colgadizo.

--¿Te dijo Dubois, continuó al cabo doña Rosa, el precio de sus nuevos

relojes?

--Sí... No. ¿Para qué quieres saber el precio? ¿Para comprarme uno? Ya

te he dicho que no lo necesito, que no lo quiero. ¿Para comprarles a mis

hermanas? No los tiene Dubois de mujer, de hombre únicamente.

--Bien, pero ¿cuánto pide Dubois por sus relojes de repetición para

hombre?

--Poca cosa, dieciocho onzas de oro. No pueden ser más baratos, porque

son de oro, legítimos ginebrinos y de repetición.

--¿Tu reloj inglés no salió bueno?

--No tan bueno como creía al principio. Ese mismo Dubois te lo vendió,

bien me acuerdo; pero es claro que se engañó o te engañó, porque se

atrasa y se adelanta a cada rato, y ya le he llevado a la relojería más

veces que onzas de oro pagaste por él. Y eso que te costó veinte, más de

lo que piden por los ginebrinos. Dinero echado a la calle, mamá. Está

visto, los relojes ingleses, aún los de Tobías, fallan a menudo; al

contrario, los legítimos ginebrinos son otra cosa, casi todos salen

buenos, exactos. Así al menos me dijo Dubois, que tú sabes entiende de

relojes y es relojero de primera. Pero no hay que pensar más en eso,

mamá; olvidémoslo, lo pasaré sin un reloj de confianza ¡cómo ha de ser!

--No te apures ni te aflijas, hijo, replicó Doña Rosa bastante alarmada.

Ya veremos modo de que tengas el ginebrino si tan bueno es como dices y

como cree Dubois. Yo siempre pensaba hacerte un regalo de pascuas, será

el reloj ese que tanto te ha gustado, aunque de aquí a Navidad va

todavía una pila de días. Pero se presenta una seria dificultad.

--¿Cuál? preguntó Leonardo asustado, por más que trató de dominarse.

--Sucede, continuó doña Rosa con suavidad, que en mi bolsa particular no

creo que haya ahora todo el dinero requerido para la compra, y se me

hace muy cuesta arriba acudir a la de tu padre.

--Pues si depende de papá, debo dar desde ahora por perdida la esperanza

del reloj nuevo. El se ha vuelto más tacaño que un judío, al menos todo

para mí le parece o caro o inútil; que lo que es para Antonia, ya

sabemos que su bolsa siempre está abierta. Yo no sé para qué guarda él

tanto dinero.

--Eres injusto con tu padre. ¿De quién es el dinero que tú derrochas?

¿Quién provee al lujo en que vives? ¿Quién trabaja para que tú goces y

te diviertas?

--El trabaja, es verdad; él se industria y ahorra, no cabe duda ninguna,

pero ¿tendría ahora tanto dinero si cuando se casó con contigo hubieras

sido una mujer pobre? ¿A que no?

--Yo aporté al matrimonio unos doscientos mil pesos, que no es ni la

cuarta parte de nuestro caudal hoy día. El aumento, ese gran aumento, se

debe a los afanes y economías de tu padre, quien no era un pobrete

tampoco cuando se casó conmigo; no, señor; tenía sus reales, y tú menos

que nadie debías censurar su conducta, la cual, por otra parte, es hija

de la tuya con él.

--En eso había de parar el sermón, en mi conducta con papá. El es seco y

duro conmigo, ¿puedo yo ser cariñoso y blando con él? Vamos, di tú.

Nunca me da tampoco ocasión de mostrarle mi cariño, aunque quisiera. Mas

no hablemos del asunto, volvamos la hoja y tratemos de otra cosa, de lo

otro. ¿Qué tenía papá cuando se casó contigo?

--Tenía algo, tenía bastante, sí, señor. Tenía un taller de maderas del

Norte, tejamaní, ladrillos, cal..., allá en la Alameda o Paseo, cerca de

la Punta. El terreno en que se hallaba también le pertenecía, si bien

valía poco por ser muy pantanoso y bajo. Tenía asimismo por allí, donde

ahora se ha fabricado la casa del colegio de Buena Vista, un barracón.

Por cierto que de los últimos bozales que se marcaron en el hombro

izquierdo con las letras _G_ y _B_ todavía quedan algunos en el ingenio

_La Tinaja_, que heredé de mi padre. Cándido, en sociedad con don Pedro

Blanco, suele traer todavía negros de África. Pero persiguen tanto los

ingleses la trata, que se pierden muchas más expediciones que se

salvan...

--Figúrate, mamá, dijo Leonardo con mucha risa, aunque bajando la voz,

un plagiario de hombres convertido en Conde... del Barracón, por

ejemplo. ¡Qué lindo título!--¿No te parece mamá?

--¿Qué quieres decir con esa salida de pie de banco? preguntó doña Rosa

molesta no menos que sorprendida.

--¡Ay, mamá! ¿Tú no sabes que según las leyes romanas son plagiarios

todos aquellos que roban hombres para venderlos?

--Ya. En ese caso tu padre no es el verdadero plagiario, como dices,

sino don Pedro Blanco, quien es sabido, desde su factoría en Gallinas,

en la costa de Guinea, (tantas veces he oído esos nombres que se me han

quedado impresos) trata negros por baratijas y otras cosas y remite los

cargamentos a esta Isla. Tu padre toma los que necesita para sus fincas

y los demás los vende a los hacendados, porque él hasta hace poco ha

estado actuando como consignatario y antes como socio de Blanco, cuando

no se tenía por contrabando la trata de África, o se toleraba. Por su

cuenta al menos, no ha despachado sino contadas expediciones. De un

momento a otro espera la vuelta de su bergantín _Veloz_. ¡Dios quiera

que no haya caído en las garras de los ingleses!

--Tú, sin querer, estás abogando en mi favor. Yo dije lo que dije en

broma, pero es claro, mamá, que conforme a un principio de derecho tanto

delito comete el que mata la vaca como el que le sujeta la pata.

--No me vengas con tus principios, tus fines ni tus leyes romanas. Digan

ellas y ellos lo que gustes, la verdad es que existe mucha diferencia

entre la conducta de tu padre y la de don Pedro Blanco. Este se halla

allá, en la tierra de esos salvajes; él es quien los procura en trato,

él es quien los apresa y remite para su venta en este país; de suerte

que, si hay en ello algún delito o culpa, suyo será, en ningún caso de

tu padre. Y, si bien se mira, lejos de hacer Gamboa nada malo o feo,

hace un beneficio, una cosa digna de celebrarse, porque si recibe y

vende, como consignatario, se entiende, hombres salvajes, es para

bautizarlos y darles una religión que ciertamente no tienen en su

tierra. Conque si lo dices por esto, ya sabes que, en caso de titular,

en lo que por ahora no piensa, no le faltarían títulos bonitos y sobre

todo, honrosos. Pues como te decía antes, esta vez no me será dado

complacerte sin acudir a la bolsa de tu padre.

--¿Por qué no acudes?

--Porque tendría que decirle la verdad, esto es, que quería el dinero

para hacerte un regalo.

--Bien, ¿y qué? El nunca te niega nada.

--Es cierto; pero como está tan enojado contigo, temo que me lo niegue.

--¿Cuándo no está él enojado conmigo, mamá? Esa es enfermedad endémica

suya, crónica, mejor dicho. Si salgo, porque salgo; si no salgo, porque

me estoy en casa. De todos modos, entra el año y sale el año y papá

nunca está contento conmigo. Me ha cogido entre ojos, mamá, ésta es la

verdad pura y dura. ¿Para qué andarnos con rodeos? El resultado es que

no le pareces bien nada de lo que yo hago o deshago.

--No es tu padre tan injusto, ni tan falto de amor paternal, que si te

portaras bien, creería que te portabas mal. Mira, sin ir más lejos,

anoche estuviste de correntón en Regla. ¿A qué hora volviste?

--¿Por quién lo ha sabido él?

--Importa poco el conducto, pero sabe que se lo dijeron esta mañana en

el muelle de Caballería.

--¡Vamos! Esa no cuela. Al muelle no acuden temprano sino los

_tasajeros_ y husmeadores de noticias, porque ése es su mentidero,

pasándose la mañana esperando que el Morro señale el Correo de España,

barco de Santander o de Montevideo, con harina o con tasajo. Semejantes

nenes no frecuentan los bailes del Palacio de Regla. El cuentista ya

caigo en quién fue, no pudo ser otro que Aponte. Te aseguro que ya me la

pagará el muy perro conversador.

Cecilia Valdés o la Loma del Ángel · 第 9 / 44 段