examinar, sin embargo, nuestros árboles genealógicos respectivos,
hallaremos que aquéllos que pasan por ingenuos entre nosotros, son
cuando menos libertinos.[15]
--Resuellas por la herida, compadre. Vamos, que no es ningún pecado
amarrar la mula tras de la puerta. Mi padre es español y no tiene mula;
mi madre sí es criolla y no respondo que sea de sangre pura.
--Es que tu padre por ser español, no está exento de la sospecha de
tener sangre mezclada, pues supongo que es andaluz, y de Sevilla
vinieron a América los primeros esclavos negros. Tampoco los árabes, que
dominaron en Andalucía más que en otras partes de España, fueron de raza
pura caucásica, sino africana. Por otra parte, era común ahí, entonces,
la unión de blancos y negros, según el testimonio de Cervantes y de
otros escritores contemporáneos.
--Ese rasguito histórico, don Pancho, vale un Potosí. Se conoce que la
cuestión de razas te ha costado algunos quebraderos de cabeza. No paro
yo en eso la atención, ni creo que hace bulto ni peso la sangre
mezclada. Lo que puedo decir es que, no sé si porque tengo algo de
mulato me gustan un puñado las mulatas. Lo confieso sin empacho.
--La cabra siempre tira al monte.
--El refrán no viene al caso; mas si lo dices para afirmar que no te
gusta la _canela_, peor para ti, Pancho, porque eso quiere decir que te
gusta el _carbón_, género mucho más inferior.
En este punto de su conversación iban, cuando entraron por los portales
de la Plaza Vieja llamados del Rosario. Estos los forman unas cuatro o
cinco casas, pertenecientes a familias nobles o ricas de La Habana, con
anchos balcones, apoyados en altos arcos de piedra, cuyas luces cubren
durante el día unas cortinas de cañamazo, a manera de velas mayores de
barcos. El piso superior de esas casas lo ocupan los dueños o
inquilinos, que viven de sus rentas; pero en los bajos, salones en
general oscuros y poco ventilados, tienen sus tiendas unos mercaderes al
por menor, que llaman baratilleros, quinquilleros propiamente dichos,
los cuales, en absoluto, son españoles, por lo común montañeses. Dentro
guardan el acopio de géneros y baratijas, y al frente, bajo los arcos de
piedra, exponen lo que se entiende por quincalla en unas vidrieras o
muestrarios portátiles, que descansan sobre una especie de tijeras. Por
la mañana temprano los exponen y por la noche los guardan.
Poco después de las siete de la mañana se principia generalmente la
primera de las operaciones aquí mencionadas. Los mercaderes, de dos en
dos, sacan las vidrieras, sujetando uno por una cabeza, otro por la
otra, como si fueran ataúdes o que pesaran mucho para un solo hombre.
Algunos estaban ya expuestos, y los vendedores se paseaban por delante
de ellos en mangas de camisa, a pesar del airecillo de la mañana, cuando
entraron en los portales nuestros tres estudiantes.
Llevaban la delantera Leonardo y Diego, riendo y charlando, sin hacer
caso de los mozos españoles que iban y venían, afanados en la obra de
exponer sus mercancías a tiempo. Detrás, y a paso mesurado, inclinada la
cabeza y taciturno, los seguía su condiscípulo Pancho, y ya por esto, ya
porque les chocase su facha, la verdad es que el primer buhonero con
quien tropezó le echó mano por un brazo y le dijo: ¡Hola, rubio! ¿no
quieres comprar un par de navajas de primera? Se desprendió de éste con
un esguince y le cogió otro para decirle: Acá, primo, vendo gafas
excelentes. Adelante se le interpuso un tercero para ofrecerle tirantes
elásticos; un cuarto para meterle por los ojos cortaplumas vizcaínos,
superiores a los ingleses. Rodando de uno para otro, ora sonriéndose,
ora haciendo un gesto de enfado, el ya molesto estudiante logró
adelantar algunos pasos. Al fin, rodeado por varios baratilleros más
dispuestos a la burla que a encarecer sus baratijas, se quedó parado y
cruzó los brazos. Por fortuna en aquel momento le echaron de menos sus
compañeros, volvieron la cara y notaron el cerco que le habían formado.
Ignorando la causa, Leonardo, que era intrépido, retrocedió a la
carrera, penetró por fuerza por el corrillo y sacó a su amigo del apuro.
Mas así que se informó por él mismo de lo que había pasado, rió de ganas
y le dijo: Te tomaron por montuno, Pancho. Tú también tienes una
figura...
--Mi figura no tiene nada que ver con el asunto, le interrumpió Pancho
de mal talante; es que estos españoles tienen más de judíos que de
caballeros.
Siguiendo la calle de San Ignacio nuestros estudiantes, a poco andar
desembocaron en la Plazuela de la Catedral. Cuando llegaban a los
portales de la casa conocida por de Filomeno, les llamó la atención un
grupo numeroso y compacto de pueblo que entraba en la misma por el lado
opuesto, es decir, por la calle de Mercaderes y el Boquete. La
vanguardia, compuesta en su mayor parte de gente de color, hombres,
mujeres y muchachos sucios, harapientos y descalzos, ya marchaba, ya
hacía alto, y de cuando en cuando volvía atrás la cabeza, como por
resorte. Entre dos filas de soldados equipados a la ligera, pues su
uniforme consistía de chaqueta de paño azul, pantalón blanco, canana
atada al cinto por delante, sombrero redondo y carabina corta, que
portaban por los tercios, iban hasta doce mulatos y negros vestidos en
traje talar de sarga negra, con caperuza de muselina blanca, cuya punta
larga flotaba por detrás de la cabeza, a guisa de gallardete; y cada
cual llevaba en la mano derecha una cruz negra de brazo corto y árbol
largo. Cuatro de esos lúgubres hombres conducían al hombro, en silla de
mano, a una al parecer criatura humana, cuya cabeza y cuerpo
desaparecían bajo los pliegues de un paño negro (manto de estameña),
cayendo a plomo por fuera de todo el aparato.
A un lado de este ser misterioso venía un sacerdote con sotana negra de
seda, bonete en la cabeza y un crucifijo en ambas manos; al otro un
negro bastante joven, robusto y ágil. Este vestía pantalón blanco,
sombrero redondo y chaqueta de paño negro, en cuya espalda se le
descubría una como escalera bordada de seda amarilla. Eso indicaba su
oficio, y era nada menos que el verdugo. Andaba a paso medido y no
levantaba los ojos del suelo. Detrás venía un hombre blanco vestido de
calzón corto, medias de seda, chupa de paño y sombrero de tres picos,
todos de color negro. Este era el escribano. Inmediato a él marchaba un
militar de alta graduación indicada por los tres entorchados de la
casaca y el sombrero de tres picos galoneado de oro, con pluma blanca de
avestruz. Cerraban el cortejo otros negros y mulatos en el traje negro
talar y caperuza blanca, ya descrito, y más pueblo, todos moviéndose en
solemne y silenciosa procesión, pues no se oía otro ruido que los pasos
acompasados de la tropa y la voz gangosa del sacerdote recitando las
oraciones de los moribundos.
Por esta rápida descripción advertirá el lector habanero que se trataba
de un reo de muerte que conducían al patíbulo, acompañándole los
hermanos de la Caridad y de la Fe, institución religiosa compuesta
exclusivamente de gente de color que se ocupaba en asistir a los
enfermos y moribundos y en enterrar a los muertos, principalmente los
cadáveres de los ajusticiados. Es bien sabido que la justicia española
lleva su saña hasta las puertas del sepulcro, y he ahí la necesidad de
la institución religiosa dicha, que se encarga de recoger el cadáver del
criminal y de darle sepultura, en vez de los parientes y amigos,
privados de esos oficios por la ley o la costumbre.
La tropa que custodiaba al reo en tales circunstancias, en La Habana al
menos, era un piquete de la célebre partida de Armona, especie de
guardia civil, establecida por Vives, que desempeñaba el papel de la
policía de otras partes: el militar de alta graduación, el mayor de
plaza, a la sazón coronel Molina, después castellano del Morro, en cuyo
empleo murió cargado con el odio de aquéllos a quienes había oprimido y
explotado mientras desempeñó el primero de estos cargos: el individuo
que conducían al suplicio de la manera referida no era hombre, sino
mujer y blanca; la primera tal vez de su clase que ejecutaban en La
Habana.
CAPÍTULO IX
_...Esta es la justicia_
_Que facer el Rey ordena..._
EL DUQUE DE RIVAS
D. Alvaro de Luna.
Contarse merece, siquiera sea brevemente, la historia de la mujer cuyo
delito se castigaba con la pena de muerte. Casada con un pobre
campesino, vivía en los arrabales de la pequeña población del Mariel, no
sabemos cuanto tiempo hacía, ni hace mucho al caso tampoco. Pero sin ser
joven ni hermosa, contrajo ella relaciones ilícitas con un hombre
soltero del mismo pueblo. Séase que el marido averiguara lo que pasaba y
amenazara tomar venganza, séase que los amantes quisieran librarse de
aquel estorbo, el hecho fue que entre los dos concertaron matarle. Y
conseguido esto, que no cuesta gran trabajo matar a un hombre, trataron
de ocultar las huellas del crimen descuartizando el cadáver y arrojando
a un río inmediato los cuartos ensangrentados, cosidos en un saco. Tales
fueron los hechos principales dilucidados en la causa.
Ahora bien, ¿qué papel desempeñó la mujer en el horrible drama? Eso no
se puso en claro. En su defensa desplegó tan desinteresada como rara
elocuencia el joven y brillante abogado Anacleto Bermúdez,[16] que
acababa de llegar de España, en cuyos consejos se había recibido de
abogado e hizo en esa causa su estreno como hábil criminalista. El hecho
era atroz, sin embargo, y la criminalidad de la mujer quedó probada,
pues si no había herido con su propia mano, había tomado parte principal
en el asesinato y en la ocultación del cadáver. Se hizo, por tanto,
necesaria su condenación a último suplicio, aunque éste fuese el de
horca, pues que entonces sólo se aplicaba el del garrote a la gente
noble, suceso todavía más raro en Cuba que el de ejecutar a una mujer
blanca.
La pena de muerte en horca, en los dominios españoles era, si cabe, más
terrible que la del garrote, introducida o generalizada algún tiempo
después de aquel a que nos referimos ahora. El verdugo, así que ataba
dos sogas al pescuezo del reo, le lanzaba desde lo alto de la escalera,
se le montaba a horcajadas en los hombros, y con los calcañales le
golpeaba el estómago para apresurar su fin; deslizándose por los pies
del ajusticiado, cuyo cadáver, dentro de un traje talar, quedaba
meciéndose al aire libre por ocho horas, a dos varas del suelo.
Semejante espectáculo no debía presentarse en La Habana con una mujer
blanca, por vulgar que ella fuese u horrible su delito.
En tal situación, y cuando hubo fallado el recurso de una supuesta
preñez, Bermúdez solicitó y obtuvo como gracia especial que se la
hiciera morir en garrote. Recordará el lector que siete u ocho años
después de aquel a que nos contraemos ahora, se abolió el suplicio de
horca en Cuba, y que hallándose la cárcel en el ángulo occidental del
edificio conocido por la Casa de Gobierno, donde funcionaba asimismo el
Ayuntamiento con todas sus dependencias, donde residía el Capitán
General con las suyas, y existían las escribanías públicas, tenía el
reo que recorrer una larga y angustiosa carrera antes que se pusiera fin
a su vida en el campo de la Punta, inmediato a la mar. En efecto, por la
calle de Mercaderes pasaba a la plazuela de la Catedral, torcía luego a
la de San Ignacio, luego a la de Chacón, luego a la de Cuba, enseguida
por la orilla de la muralla a pasar por debajo de la puerta abovedada y
oscura llamada de la Punta, en que había cuerpo de guardia y daba salida
a los cadáveres de la ciudad que llevaban a enterrar en el cementerio
general.
Al salir por aquella puerta de plaza sitiada, podía distinguir el reo a
lo lejos, frente al arrecibe de la costa contra la cual se rompían las
olas del mar en menudos copos de brillante espuma, la máquina terrible,
horca, garrote o banquillo en que había de tener fin su vida. Para los
de ánimo apocado, la muerte con todos sus horrores era fuerza que se les
presentase mucho antes de recibirla. Por suerte, la mujer de que ahora
hablamos, desde el momento que la metieron en capilla perdió las
fuerzas, y con ellas la conciencia de su horrible situación, siendo
preciso, como se ha visto, que la condujeran al lugar del suplicio en
silla de mano, sentarla a brazos en el banco del garrote, y, muerta ya,
dislocarle la vértebra del cuello para sofocar en su pecho el último
soplo de vida.
Cinco o seis años después de los sucesos que acaban de referirse, había
cambiado de un todo el aspecto del campo de la Punta. Al yermo desolado
y polvoroso que limitaba al oeste las primeras casas de madera de la
barriada de San Lázaro, por el sur rimeros de tablas y alfardas
importadas de los Estados Unidos del Norte de América, por el norte la
mar y el castillo de la Punta, que asomaba sus enanas almenas detrás de
apiñadas calderas férreas de Carrón para la elaboración del azúcar,
sucedió un edificio de tres cuerpos, macizo, cuadrangular, erigido por
el Capitán General don Miguel Tacón para cárcel pública, depósito
presidial y cuartel de infantería.
El espacio descubierto que quedó al lado septentrional de ese edificio,
todavía se obstruyó más con la construcción de unos cobertizos de madera
para abrigo de una parte del presidio, empleada en picar piedra menuda a
martillo, con destino al empedrado de las calles de la ciudad, según el
sistema de McAdam. Pero, de todos modos, así quedó separada la prisión
de la Casa de Gobierno; los presos pasaron a un edificio, aunque
defectuoso en muchos respectos, fabricado expresamente para su desahogo
y seguridad; hubo más conveniente separación de sexos y de delitos, y,
en especial, se redujo a la tercera parte la _via crucis_ de los
infelices reos de muerte, pues que apenas se cuentan doscientos pasos de
la cárcel nueva a la orilla del arrecife, donde se efectuaban las
ejecuciones capitales. De allí y de la Punta, a la parte opuesta,
salieron a recibir la muerte del patriota y del héroe, años adelante,
Montes de Oca y el joven Facciolo; el General López y el español Pintó;
el bravo Estrampes; y, en nuestros días, Medina y León y los inocentes
estudiantes de la Universidad de La Habana.
Incorporáronse los tres amigos a la lúgubre procesión, y la acompañaron
por el costado de la Catedral hasta la puerta del Seminario, edificio
que se extiende por el fondo de ella y da sobre el puerto. No habían
abierto aún la entrada a las aulas, y el golpe como de doscientos
estudiantes de derecho, filosofía y latín, la flor de la juventud
cubana, se dilataba desde las gradas de piedra de la portería hasta el
cuartel de San Telmo por un lado, y por el otro largo trecho hacia las
bocacalles del Tejadillo y de San Ignacio, a causa de la estrechura de
la vía. Por un movimiento espontáneo, la muchedumbre estudiantil se
dividió en dos filas, dando paso franco por medio de la calle a la
extraña comitiva, a la cual precedía un rumor sordo como de enjambre de
abejas que busca donde posarse.
Hizo alto por un momento ante la puerta del Seminario, para dar tiempo a
que cuatro hermanos de la Caridad y de la Fe relevasen a los que
portaban la silla de mano desde la cárcel. La figura entre tanto, no
cambió de posición ni hizo el menor movimiento; pero aunque los pliegues
del manto negro ocultaban por completo sus facciones, su nombre y la
historia de su crimen corrieron de boca en boca entre todos los
estudiantes.
--Nadie diría que llevan ahí a una mujer, dijo un estudiante de latín.
--En efecto, más parece la estatua de una llorona que ser viviente,
agregó otro.
--El remordimiento la agobia, dijo un tercero. Por eso dobla la cabeza
sobre el pecho.
--Ya, exclamó un estudiante alto, de aspecto amulatado; el caso no es
para menos. Ahora supongo yo que está horrorizada de su propio crimen.
--¿Pero está probado, como luz del mediodía, según reza la ley de
Partida, preguntó nuestro conocido Pancho, que Panchita mató a su
marido?
--Tan cierto es que lo mató que le van a dar garrote, volvió a observar
el estudiante amulatado, con cierta sonrisa de desdén. Por más señas que
después de muerto le hizo tasajo, y, cosiéndole en un saco de henequén,
le arrojó al río para pasto de los peces.
Todo eso no constituía un argumento de la criminalidad de Panchita
Tapia, y su tocayo iba a replicar cuando otro estudiante se interpuso
diciendo en voz campanuda y acento español:
--Por un tris hace la chica con su consorte lo que dispone la ley de
Partida que se haga con el parricida. Sólo faltó que el saco fuera de
cuero, que tuviese pintadas llamas coloradas al exterior y que hubiese
puesto en el interior un gallo, una víbora y un mono, animales que no
conocen padre ni madre.
--La ley de las Doce Tablas,[17] se apresuró a decir Pancho alzando la
voz y empinándose un tanto, contento de poder corregirle la plana al
estudiante españolado--copiada _pedem litterae_ en las Partidas, que
mandó compilar don Alfonso el Sabio--no habla de gallos, sino de perro,
víbora y mono, y no porque estos animales conozcan o desconozcan padre o
madre, sino simplemente para entregar el criminal a su furor. El Código
Alfonsino considera parricida aún a la mujer que mata a su marido. La
práctica hoy día es arrastrar al reo en un serón atado a la cola de un
caballo hasta el pie del patíbulo. De suerte que, si no arrastran a
Panchita Tapia, acusada de ese horrendo crimen, la razón es porque no lo
consienten nuestras costumbres. He dicho.
Con esto Pancho se alejó prontamente de aquel grupo, cosa de no dar
tiempo a una réplica de parte del estudiante españolado. Pero éste se
contentó con decir, viéndole alejarse:
--Se conoce que el chico ha estudiado la lección.
En aquel mismo punto se abrieron las ponderosas hojas de cedro de la
puerta del Seminario, más conocido entonces bajo el nombre de Colegio de
San Carlos. El gran patio lo constituían cuatro corredores anchos, de
columnas de piedra, formando un cuadrado. En el centro había una fuente,
y por todo el derredor naranjos lozanos y frondosos. En el lado opuesto
a la entrada principal, a la izquierda, había una escalera de piedra que
conducía a los claustros de los profesores; a la derecha, una reja que
separaba el corredor de un callejón oscuro y húmedo, por el cual se
penetraba en un salón lateral, largo y sucio, separado de las aguas del
puerto por un jardín o huerto de tapias elevadas. Hacia allá daban unas
cuatro ventanillas altas por donde entraba la única luz que a medias
alumbraba el salón. Contra la pared de enfrente, en el centro, se
poyaba una mala cátedra, y a ambos lados de ella había muchos bancos de
madera, rudos, fuertes y de elevado respaldo, colocados
transversalmente.
Ahí se enseñaba filosofía; ahí enseñó por la primera vez esta ciencia a
la juventud cubana el ilustre padre Félix Varela, quien para ello
redactó un texto, apartándose enteramente del aristotélico, único
seguido en Cuba hasta entonces, desde la fundación de la Universidad de
La Habana, en 1714, en el Convento de Santo Domingo. Cuando después, en
1821, el padre Varela marchó de representante a las Cortes españolas,
quedó sustituyéndole en la misma cátedra el más aventajado de sus
discípulos, José Antonio Saco, y en los momentos de nuestra historia la
desempeñaba el abogado Francisco Javier de la Cruz, por ausencia en el
norte de América del propietario y expatriación de su virtuoso fundador.
En el ángulo de la izquierda había otro salón, con entrada directamente
del corredor, donde enseñaba latín el padre Plumas. Luego, ocupando casi
todo el otro lado, estaba el refectorio de los seminaristas y algunos
profesores que residían permanentemente en el mismo edificio, y a la
izquierda de la entrada principal estaba la ancha escalinata, dando
acceso a los corredores del piso alto. Por ésta subían los estudiantes
de derecho no seminaristas; mientras los de filosofía y latín entraban
en los salones respectivos, ya mencionados, por las puertas al ras del
patio.
En la mañana del día que vamos refiriendo, cuando los estudiantes de
derecho ponían el pie en el primer escalón de la escalinata, se
detuvieron en masa como reparasen en un grupo de tres sujetos en animada
conversación cerca de allí, bajo el corredor. El que llevaba la palabra
podía tener de 28 a 30 años de edad. Era de mediana estatura, de rostro
blanco, con la color bastante viva, los ojos azules y rasgados, boca
grande de labios gruesos y cabello castaño y lacio, aunque copioso.
Había cierta reserva en su aspecto y vestía elegantemente, a la inglesa.
El otro de los tres personajes se podía decir el reverso de la medalla
del ya descrito, pues a un cuerpo rechoncho, cabeza grande, cuello
corto, cabello crespo y muy negro: los ojos grandes y saltones, el labio
inferior belfo, dejando asomar dientes desiguales, anchos y mal puestos
agregaba un color de tabaco de hoja que hacía dudar mucho de la pureza
de su sangre. El tercero difería en diverso sentido de los dos
mencionados, siendo más delgado que ellos, de más edad, de color pálido
y aspecto muy amable y delicado. Este era el catedrático de filosofía,
Francisco Javier de la Cruz; el anterior José Agustín Govantes,
distinguido jurisconsulto que regentaba la cátedra de derecho patrio; y
el primero, nombrado José Antonio Saco, recién llegado del Norte de
América.
Precedía a éste la fama de sus escritos en el _Mensajero Semanal_, que
publicaba en Nueva York, según decían, con la cooperación del muy amado
padre Varela, principalmente los que versaban acerca de los sucesos y
eminentes personajes de la revolución de México y de Colombia. Sobre
todo, acababa de leerse en La Habana, produciendo un vivo entusiasmo, su
polémica crítico-política con el encargado del Jardín Botánico, don
Ramón de la Sagra, en defensa del poeta matancero[18] José María
Heredia.
De resultas de eso, los jóvenes cubanos, que ya se daban a la política,
comenzaron a alejarse de la clase de botánica que pretendía enseñar La
Sagra, burlándose de él a medida que admiraban a Saco, a quien tenían
por un insurgente decidido, con cuya opinión, cosa singular, concurría
de plano el gobierno de la colonia.
Algunos de los estudiantes de derecho le reconoció, desde luego, por
haber estudiado filosofía con él en 1823 y murmuró su nombre, lo que fue
bastante para que se pararan e hicieran una exclamación más bien de
curiosidad que de otra cosa. Esto hubo de atraer la atención de
Govantes, el cual, por señas, ordenó a sus discípulos que salieran al
salón de clase, adonde él los seguiría en breve.
Allá, en efecto, se encaminaron de tropel y entraron en el salón con
gran algazara, hablando de Saco, de Heredia, de su célebre _Himno del
desterrado_ y su no menos famosa oda _Al Niágara_, inclusa en la
colección de sus poesías impresas en Toluca, México; de las lecciones de
botánica de La Sagra, y de los héroes de la revolución de Colombia,
aunque entonces imperfectamente conocida por la juventud habanera.
Cuando, poco después, entró Govantes a paso tardo, con un libro debajo
del brazo y el semblante risueño y animado, callaron de golpe los
estudiantes y reinó allí completo silencio. Ascendió los tres o cuatro
escalones de la cátedra, puso el libro en el ancho pretil y se sentó en
la silla de paja, a mano constantemente.
No era el salón de la clase de derecho sólo el más amplio y extenso del
seminario, sino también el mejor situado bajo todos conceptos. Tenía la
entrada por un extremo, con cuatro ventanas anchas abiertas al corredor,
y otras tantas al puerto de La Habana, que daban luz y aire, dejando ver
los valuartes de la ciudadela de la Cabaña y parte de los del Morro.
Apoyada en la pared medianera, entre las ventanas centrales, se elevaba
la cátedra; en frente había dos órdenes de bancos paralelos y a
entrambos lados otros muchos colocados transversalmente, de modo que el
catedrático, desde su elevado asiento, dominaba toda la clase, no
obstante su extensión. Probablemente habría allí congregados hasta 150
estudiantes de varios cursos.