cesado la llovizna que, de cuando en cuando, arrojaban las voladoras
nubes sobre la ciudad dormida y en tinieblas. Conforme reza la expresión
vulgar, la oscuridad era como boca de lobo. No por eso, sin embargo,
perdió el joven músico la pista del carruaje que conducía a su hermana y
a su amiga, antes por el ruido de las ruedas en el piso pedregoso de las
calles, le fue siguiendo las aguas, primero al paso redoblando y luego
al trote, hasta que le alcanzó cerca de la calle de Acosta. Puso la mano
en la tabla de atrás, se impulsó naturalmente con la carrera que
llevaba y quedó montado a la mujeriega. Al punto le sintió el calesero
e hizo alto.--Apéate, le dijo Nemesia por el postigo.--No hay para qué,
dijo Cecilia.--Yo les voy guardando las espaldas, dijo Pimienta.--Apéese
Vd., dijo en aquella sazón Aponte, que ya había echado pie a
tierra.--¿No te lo decía? añadió Nemesia, hablando con su hermano.--Aquí
dentro va mi hermana y mi amiga, observó el músico dirigiéndose al
calesero.--Será así repuso éste; pero no consiento que nadie se monte
atrás de mi quitrín. Se echa a perder, camará; agregó notando que se las
había con un mulato como él.--Apéate, repitió Nemesia con insistencia.
Obedeció José Dolores Pimienta, conocidamente después de una lucha sorda
y terrible consigo mismo, en que triunfó la prudencia; pero cediendo y
todo en aquella coyuntura, no renunció a la resolución tomada de seguir
el carruaje. Volvió a montar el calesero y continuó la carrera derecho
hasta desembocar en la calle de Luz, torciendo allí a la izquierda hacia
la de La Habana. Cerca del cañón de la esquina estaba un hombre de pie,
guarecido del viento y de la menuda llovizna, con las elevadas tapias
del patio perteneciente al monasterio de las monjas Claras. En ese
punto, paró Aponte por segunda vez el quitrín, el hombre en silencio
subió a la zaga, diciendo luego a media voz: ¡Arrea! Partió entonces
aquél a escape, pero no sin dar tiempo a que se acercara lo bastante el
músico, para advertir que el individuo que le reemplazó en la zaga del
carruaje era el mismo joven blanco, Leonardo, que tantos celos le había
inspirado en la _cuna_.
CAPÍTULO VII
_¿Y qué modo de hombre es él,_
_es negocio moscatel,_
_es discreto vergonzoso,_
_o dulce o acibaroso?_
LOPE DE VEGA
La Buscona
En el barrio de San Francisco y en una de las calles menos torcidas, con
banquetas o losas en una o dos cuadras, había, entre otras, una casa de
azotea, que se distinguía por el piso alto sobre el arco de la puerta, y
balconcito al poniente. La entrada general, como la de casi todas las
casas del país--para los dueños, criados, bestias y carruajes, dos de
los cuales había comúnmente de plantón--era por el zaguán; especie de
casapuerta o cochera, que conducía al comedor, patio y cuartos
escritorios.
Llamaban bajo este último nombre los que se veían a la derecha, a
continuación del zaguán, ocupados, el primero por una carpeta doble de
comerciante, con dos banquillos altos de madera, uno a cada frente, y
debajo una caja pequeña de hierro, cuadrada, que en vez de puerta tenía
tapa para abrirse o cerrarse, siempre que se guardaban en ella o se
sacaban los sacos de dinero. En el lado opuesto de la casa se veía la
hilera de cuartos bajos para la familia, con entrada común por la sala,
puerta y ventana al comedor y al patio.
Este formaba un cuadrilátero, en cuyo centro sobresalía el brocal de
piedra azul de un aljibe o cisterna, donde, por medio de canales de hoja
de lata y de cañerías enterradas en el suelo, se vertían las aguas
llovedizas de los tejados. Una tapia de dos varas de elevación, con un
arco hacia el extremo de la derecha, separaba el patio de la cocina,
caballeriza, letrina, cuarto de los caleseros y demás dependencias de la
casa.
Entre el zaguán y los cuartos llamados escritorios, descendía al
comedor, apoyada en la pared divisoria, una escalera de piedra tosca con
pasamanos de cedro, sin meseta ni más descanso que la vuelta violenta
que hacían los últimos escalones casi al pie. Esa escalera comunicaba
con las habitaciones altas, compuestas de dos piezas: la primera que
hacía de antesala, tan grande como el zaguán; la segunda, todavía mayor,
como que tenía las mismas dimensiones que los escritorios sobre los
cuales estaba construida y servía de dormitorio y estudio. Con efecto,
los muebles principales que la llenaban casi, eran una cama o catre de
armadura de caoba, cubierto con un mosquitero de rengue azul, un armario
de aquella propia madera, un casaquero o percha de lo mismo, un sofá
negro de cerda, unas cuantas sillas con asiento de paja, una mesa a modo
de bufete, y una butaca campechana.[9] Sobre los tales muebles se
hallaban varios libros, unos abiertos, otros cerrados o con una o más
hojas dobladas por la punta, empastados a la española, con canto rojo,
todos al parecer de leyes, según podía notarse, leyendo los letreros
dorados en los lomos de algunos. En el sofá únicamente dos periódicos en
forma de folletos: el más voluminoso con un malísimo grabado que
representaba los figurines de un hombre, una mujer y un niño, y llevaba
por título _La moda o Recreo Semanal_,[10] el otro _El Regañón_.[11]
Abajo, en el comedor había una mesa de alas de caoba, capaz para doce
cubiertos, hasta seis butacas en dos hileras frente a la puerta del
aposento; en el ángulo el indispensable jarrero, mueble _sui generis_ en
el país, y para proporcionar sombrío a la pieza y protegerla contra la
reverberación del sol en el patio, había dos grandes cortinas de
cañamazo, que se arrollaban y desarrollaban lo mismo que los telones de
teatro. En la pared medianera entre el zaguán y la sala, había una reja
de hierro, y para dar paso a la luz exterior en esta última, dos
ventanas de lo mismo voladizas, que desde el nivel del piso de la calle
subían hasta el alero del techo. De la viga principal colgaba por sus
cadenas una bomba de cristal; de la pared del costado dos retratos al
óleo, representativos de una dama y de un caballero en la flor de su
edad, hechos por Escobar;[12] debajo de éstos un sofá, y en dirección
perpendicular al mismo, en dos filas, hasta seis sillones con asiento y
respaldo de marroquí rojo; en los cuatro ángulos, rinconeras de caoba,
adornadas con guardabrisas de cristal o con floreros de china. En la
pared, entre ventanas, una mesa alta con pies dorados y encima un espejo
cuadrilongo; llenando los huecos intermedios, sillas con profusión.
Era de notarse la cortina de muselina blanca, con fleco de algodón, que
pendía de los dinteles de las puertas y ventanas de los cuartos, como
para dar libre paso al aire y ocultar sus interioridades de las miradas
de los que pasaban por el comedor y el patio. En resumen, la casa
aquella, peculiarmente habanera, según se habrá echado de ver por la
menuda descripción que de ella hemos hecho, respiraba por todas partes
aseo; limpieza y... lujo, porque tal puede llamarse, en efecto, si se
tiene en cuenta el país, la época de que se habla, el estilo y calidad
del mueblaje, los dos carruajes en el zaguán y la capacidad misma de la
morada. ¿Vivía allí una familia decente, bien educada y feliz? Vamos a
verlo en breve.
A la hora en que principia nuestro cuento, entre seis y siete de la
mañana de uno de los días de octubre, ocupaba una de las butacas del
comedor un caballero de hasta cincuenta años de edad, alto, robusto,
entrecano, nariz grande aguileña, boca pequeña, los ojos pardos y vivos,
la color del rostro rubicunda, la cabeza redonda por detrás; signos
éstos característicos de pasiones fuertes y firmeza de carácter. Llevaba
el cabello corto, la barba rasurada completamente; vestía bata talar de
zaraza sobre chaleco largo de piqué blanco, pantalones de dril y
chinelas de ante. Descansaba los pies en una silla con asiento de paja y
con ambas manos se llevaba a los ojos un periódico impreso en papel
español de hilo del folio común, titulado _El Diario de la Habana_.[13]
Mientras leía se le presentó un muchacho como de doce años de edad,
vestido de pantalones y camisa de listadillo, que venía del fondo del
patio y traía en la mano derecha una taza de café con leche, puesta en
un plato, y en la otra un azucarero de plata. El caballero, sin
enderezarse en la butaca, tomó la taza, endulzó y se puso a sorber y
leer con toda calma, mientras el criado, con los brazos cruzados sobre
el pecho, se quedó delante de él en pie, conservando en las manos
respectivas el plato y el azucarero. Concluida la poción de café con
leche, no obstante que el muchacho se hallaba a pocos pasos, le dijo en
tono de voz atronadora:--¡Tabaco y lumbre! Salió aquél de carrera a la
cocina y volvió a poco por los cuartos escritorios, trayendo entonces
una vejiga grande con algunos cigarros[14] arrollados en el fondo y un
braserillo de plata con una brasa de carbón vegetal, medio enterrada en
un montón de cenizas. El caballero encendió un cigarro y cuando el
muchacho se disponía a emprender de nuevo la carrera, le gritó:--¡Tirso!
--¡Señor! contestó también en alta voz como si ya estuviera en la cocina
o hablara con sordo.
--¿Has estado arriba? le preguntó el amo.
--Sí, señor, _dende_ que llegó de la plaza el cocinero.
--¿Y cómo es que el niño Leonardo no ha bajado todavía?
--Es querer decir a su merced que el niño Leonardo no quiere que lo
_dispierten_ cuando ha pasado mala noche.
--¡Mala noche! repitió el caballero mentalmente. Anda (al esclavo),
despiértale y que baje.
--Señor, dijo el muchacho titubeando y confuso. Señor, su merced sabe...
--¿Qué sucede? volvió a tronar el amo, luego que echó de ver que el
esclavo se estaba parado y no le había obedecido.
--Señor, es querer decir a su merced, que el niño se pone bravo cuando
lo _dispiertan_, y...
--¿Qué? ¿Qué dices? ¡Ah! ¡Perro! Anda, corre si no quieres subir a
puntapiés.
Y como el caballero medio se incorporase para ejecutar la amenaza, no
esperó a que se la repitieran para obedecer la orden. En cuatro saltos
se puso en lo alto de la escalera, desapareciendo en el dormitorio del
joven Leonardo. A tiempo mismo que el muchacho corría escaleras arriba,
asomaba por la puerta del aposento una señora algo gruesa, hermosa, de
amabilísimo aspecto, las facciones menudas, con el cabello todavía
negro, aunque pasaba de los cuarenta de edad, vestida de holán clarín
blanco, y abrigada con una manta de burato color canario y toda ella muy
pulcra y de ademán reposado y señoril. Sentose al lado del caballero de
la bata, a quien, preguntándole por las noticias del día, dio el nombre
de Gamboa. Este le contestó entre dientes que la única importante que
traía _El Diario_ era la aparición del cólera morbus en Varsovia, donde
hacía estragos espantosos.
--¿Y dónde es eso? preguntó la señora bostezando.
--¡Toma! contestó Gamboa. Eso es muy lejos. Figúrate, allá, cerca del
Polo Norte, en Polonia. Ya tiene que rodar el señor cólera para llegar
hasta nosotros, y entonces... ¡quién sabe dónde estaremos tú y yo!
--¡Dios nos libre de horas menguadas, Cándido! volvió a exclamar la
señora con el mismo aire de indolencia de antes.
Bajaba Tirso en este punto los escalones con doble precipitación, si
cabe, de aquella con que los había subido; y a no ser porque en tiempo
agacha la cabeza, le alcanza en ella un libro que le arrojaron de lo
alto, el cual, con la violencia del golpe se hizo pedazos en la puerta
del escritorio. Don Cándido alzó la cabeza y la señora se levantó y fue
hacia el pie de la escalera, preguntando:--¿Qué ha sido eso? Por toda
respuesta el muchacho, muy asustado, le indicó con los ojos al joven
Leonardo, que se hallaba en lo alto, envuelto en la sábana, con los
puños apretados en señal de cólera y de amenaza. Pero no bien descubrió
a su madre, pues lo era aquella señora, cambió de actitud y de
semblante; e iba sin duda a explicarle la ocurrencia, cuando ella le
contuvo haciéndole una seña muy significativa, que equivalía, poco más o
menos a decirle:--Calla, que ahí está tu padre. Por lo que él, sin más
demora, dio media vuelta y se volvió al dormitorio.
--¿Viene el niño Leonardo? preguntó Gamboa al esclavo, cual si no
hubiera notado la carrera de éste, el librazo contra la puerta del
escritorio ni la acción de su esposa.
--Sí, señor, contestó Tirso.
--¿Le diste mi recado? insistió don Cándido en tono de voz más recio y
áspero.
--Es querer decir a su merced, repuso el esclavo todo turbado y
tembloroso, que... el niño... el niño Leonardo no me dio tiempo.
La señora se había vuelto a sentar, y seguía llena de ansiedad las
palabras y los movimientos del semblante de su marido. Le vio ponerse
rojo a medida que Tirso soltaba las pocas frases de que en su turbación
pudo hacer uso; aún le pareció que iba a levantarse, acaso para pegarle
al esclavo, o hacer bajar por la fuerza a Leonardo; en cuya confusa
alternativa, a fin de ganar tiempo, le dejó caer la mano derecha en el
brazo izquierdo y le dijo en voz muy baja y musical:
--Cándido, Leonardito se viste para bajar.
--Y tú ¿cómo lo sabes? replicó don Cándido con gran viveza, volviéndose
para su esposa.
--Acabo de verle a medio vestir, en lo alto de la escalinata, contestó
ella con calma.
--Pues tú siempre estás al tanto de cuando Leonardo cumple con su deber,
pero eres ciega para sus faltas.
--No sé yo que el porbrecito haya cometido ninguna, al menos
recientemente.
--¡Ya! ¿No lo decía yo? Ciega, cieguecita, Rosa, tus mamanteos van a
perder a ese muchacho. ¡Tirso! tronó don Cándido.
Antes que volviese Tirso de la cocina, en donde se había refugiado,
luego que sus amos entablaron el anterior, brevísimo diálogo, entró por
el zaguán adelante el mulato calesero que ya conocen nuestros lectores,
por aquella escena en el barrio de San Isidro y noche del 24 de
setiembre. Vestía ahora solamente camisa y pantalones cuyas piernas
estaban arremangadas hasta poco más abajo de las rodillas, como para
dejar ver el borde de los calzoncillos blancos, que formaba dientes en
vez de dobladillos. Los zapatos eran de vaqueta muy escotados, con
hebilla de plata al lado, y tenía argollas de oro en las orejas, pañuelo
atado en la cabeza, el sombrero de paja en la mano derecha, y en la
izquierda el ronzal de un caballo que traía rabiatado otro del mismo
color y estampa, ambos recién salidos del baño, pues aun escurrían agua
o sudor, y el último tenía la cola hecha un nudo. El mulato había
cabalgado en el primero desde la caballeriza al baño, cerca del Muelle
de Luz, porque todavía llevaba el sudadero, a falta de silla.
--Pero aquí está Aponte, agregó don Cándido viéndole asomar. ¡Aponte!
--No hay necesidad de que preguntes a los criados interpuso doña Rosa.
--Quiero que oigas una de las recientes gracias de tu hijo, insistió el
marido. ¿A qué hora trajiste anoche (_hablando con Aponte_) a tu amo?
--A las dos de la _madrugá_, contestó Aponte.
--¿Dónde pasó tu amo la noche? añadió don Cándido.
--Es inútil que lo diga, interrumpió la señora. Aponte, lleva esos
caballos al pesebre.
--¿Dónde pasó tu amo la noche? repitió don Cándido en voz de trueno,
viendo al calesero dispuesto a obedecer la orden de su ama.
--Es dificultoso que yo le diga a su merced mi amo, dónde pasó la noche
mi amo el niño Leonardito.
--¡Qué! ¿Cómo se entiende?
--Le digo a su merced, mi amo, que es muy dificultoso, apresuróse Aponte
a explicar, notando que don Cándido montaba en cólera; porque
primeramente yo llevé el niño Leonardito a Santa _Catarina, dispués_ lo
llevé al muelle de Luz, _dispués_ lo estuve esperando en el muelle de
Luz hasta las doce de la noche, _dispués_ lo llevé otra vuelta a Santa
_Catarina, dispués_...
--¡Basta! dijo doña Rosa enojada. Quedo enterada.
Aponte se retiró con los caballos, pasando por el comedor y el patio en
dirección de la caballeriza, y don Cándido, volviéndose para su mujer,
le dijo:
--¿Qué te-a-ele-tal? ¿No te parece reciente la de anoche? Yo no sabía
nada, sospechaba únicamente, porque conozco a mi hijo mejor que tú, y ya
has oído que se ha estado en Regla hasta las doce de la noche. Tal vez
no fue solo. ¿Quiéres oír ahora con quiénes y cómo pasó la mitad del
tiempo en Regla? ¿No lo adivinas? ¿No lo sospechas?
--Suponiendo que lo adivinase, que lo palpase, observó doña Rosa con
ligero desdén, ¿qué aprovecharía? ¿Dejaría yo por eso de quererlo como
lo quiero?
--Pero si no se trata de quererle ni desquererle, Rosa; saltó impaciente
don Cándido. Se trata de poner remedio a sus faltas, que ya rayan en lo
serio.
--Sus faltas, si las comete, no pasan de calaveradas propias de la
juventud.
--Es que las calaveradas, cuando son repetidas y no se les pone coto a
tiempo, suelen parar en cosas graves que dan mucho que llorar y que
sentir.
--Pues tus calaveradas no te trajeron, que yo sepa, serios ni graves
resultados, y eso que las suyas, comparadas con las tuyas, son meros
pasatiempos juveniles; dijo doña Rosario con refinado sarcasmo.
--Señora, repuso don Cándido irritado, por más que hiciese esfuerzo
visible por ocultarlo: sean cuales fueren las locuras que yo haya podido
cometer en mi juventud, ellas no autorizan a Leonardo para que lleve la
vida que lleva con... aprobación y aplauso de Vd.
--¡Mi aprobación! ¡mi aplauso! Esa sí que está buena. Nadie mejor que tú
es testigo de que, lejos de aprobar y aplaudir las locuras de
Leonardito, siempre le estoy aconsejando y aún reprendiendo.
--¡Ya! Por un lado le aconsejas y le reprendes, y por otro le das
quitrín y calesero y caballos y media onza de oro todas las tardes para
que se divierta, triunfe y corra la tuna con sus amigos. No apruebas ni
aplaudes sus locuras, pero le facilitas el modo y medios de cometerlas.
--Eso es, yo facilito el modo y medio cómo se pierda el muchacho. Tú no,
tú eres un santo. ¡Oh! Sí, tu vida ha sido ejemplar.
--No sé a qué conduce tan amarga sátira.
--Conduce a que eres muy duro con él, y a que estaría buena tu aspereza
si fueses intachable, si no hubieses pecado...
--¿Me tiene él en tan buen concepto como el que la merezco a Vd. señora?
¿Sabe que yo haya pecado?
--Tal vez lo sepa.
--Si Vd. no se lo ha contado...
--No hay necesidad de que yo le enseñe cosas malas. Sería madre
desnaturalizada si tal hiciera. Pero él no es ningún tonto, y luego fue
demasiado público, escandaloso lo de María de Regla.
--No sería mucho que haya llegado a sus oídos y le provoque a imitarte.
El mal ejemplo...
--Basta, señora, dijo don Cándido más desazonado que irritado. Creía,
tenía razón para esperar que Vd. hubiese dado eso al olvido.
--Mala creencia, porque hay cosas que no es posible olvidarlas jamás.
--Ya lo veo. Lo que quiere decir eso es, que me he engañado; quiere
decir que las mujeres, algunas mujeres, no olvidan ni perdonan ciertas
faltas de los hombres. Pero, Rosa, agregó cambiando de tono, nosotros
vamos fuera del carril y eso no está bien. La verdad es que si yo soy
muy duro, como dices, con Leonardo, tú eres muy débil, y no sé yo qué
será peor. El es un loco, voluntarioso y terco, necesita freno más que
el pan que come. Advierto, sin embargo, con dolor, que, por pensar en mi
dureza, le llevas sin querer, por supuesto, como por la mano a su pronta
perdición. De veras, Rosa, tiempo es ya de que sus locuras y sus
debilidades cesen; tiempo es ya de tomar una determinación que le libre
a él de un presidio y a nosotros de llanto y de infamia eternos.
--¿Y qué remedio adoptar, Cándido? Ya es tarde, ya él es un hombrecito.
--¿Qué remedio? Varios. En los buques de guerra de S. M. hasta a los
hombronazos se les mete en cintura. Pensando estaba que no le vendría
mal oler a brea por corto tiempo. Apuradamente mi amigo Acha, comandante
de La Sabina, está empeñado en enseñarle la maniobra. Ayer nada menos me
dijo que me resolviera y se lo entregara, seguro de que le pondría más
derecho que un mastelero de gavia. Sí, ésa fue la expresión de que hizo
uso. De todos modos, estoy resuelto a poner freno a las demasías de ese
mozo.
Conmoviose doña Rosa al oír las últimas palabras de su marido, mucho más
al notar el tono de firme resolución con que las emitió; y parte para
ocultar las lágrimas que le rebosaban en los ojos, parte por variar el
objeto de una conversación que le hería en lo más vivo del alma, se
levantó otra vez y se dirigió al patio. En aquel momento mismo bajaba
Leonardo la escalera, vestido como para salir a la calle; y ella, que
sintió sus pasos, retrocedió al sitio que acababa de dejar al lado de su
marido, y en tono de humilde súplica, con voz temblosa por la emoción,
le dijo:
--Por el amor de ese mismo hijo, Gamboa, no le digas nada ahora. Tu
severidad le rebela y me mata a mí.
--¡Rosa! murmuró don Cándido echándole una mirada de reconvención. Tú le
pierdes.
--¡Prudencia, Cándido! replicó doña Rosa, respirando más libremente;
porque comprendió que su esposo estaba inclinado por entonces a ejercer
aquella virtud. Advierte que ya es un hombre y que le tratas como si
fuera un niño.
--¡Rosa! repitió don Cándido con otra mirada de reconvención ¿Hasta
cuándo?
--Será ésta la última vez que interceda por él, se apresuró a decir doña
Rosa. Te lo prometo.
En esto acababa de bajar la escalera el joven Gamboa y se encaminó
derecho a su madre, la cual le salió al encuentro como para mejor
protegerle del enojo de su padre. Pero éste, silencioso y cabizbajo, ya
penetraba en el escritorio y no vio o se hizo que no vio al hijo besar a
la madre en la frente, ni la seña con que ella le indicó que debía
saludar también a su padre.
Leonardo no dijo palabra, ni hizo ademán de cumplir con la indicación.
Sólo se sonrió, levantó los hombros y se encaminó a la calle, llevando
debajo del brazo izquierdo un libro empastado a la española, con los
cantos rojos, y en la mano derecha una caña de Indias cuyo puño de oro
figuraba una corona.
CAPÍTULO VIII
_¡Para hacer bien por el alma_
_Del que van a ajusticiar!_
ESPRONCEDA
El reo de muerte
Tiró el estudiante en dirección de la Plaza Vieja por la calle de San
Ignacio. En la esquina de la de Sol tropezó con otros dos estudiantes
poco más o menos de su edad, que en toda apariencia esperaban su
llegada. El uno de ellos no es desconocido para el lector, pues le ha
visto en la _cuna_ de la calle de San José. Nos referimos a Diego
Meneses. Era el otro de figura menos galana y esbelta, agregando a su
baja estatura un cuello muy corto y hombros bastante levantados, entre
los cuales llevaba como enterrada una cabeza redonda y chica. Había
cierta confusión en su frente más angosta y levantada; los ojos tenía
pequeños y penetrantes, la nariz algo arremangada, la barba aguda y la
boca fresca y húmeda, por cierto la más expresiva de sus menudas
facciones; el cabello crespo y así en su semblante como en su cuerpo se
descubría desde luego la gran malicia que animaba su travieso espíritu.
Junto con una fuerte palmada en el hombro, Leonardo le dio el nombre de
Pancho Solfa. Este, medio sonreído, medio mal humorado del golpe dijo:
--Cada animal tiene su lenguaje, y el tuyo, Leonardo, es a veces muy
expresivo.
--Porque te quiero te aporreo, Pancho. ¿Quieres otra caricia?
--Basta, chico. Y se desvió, haciendo un movimiento con la mano
izquierda.
--¿Qué hora es? preguntó Leonardo. Recuerdo que no le di cuerda anoche a
mi reloj y se ha parado.
--Las siete acaban de dar en el reloj del Espíritu Santo, respondió
Diego. Nos marchábamos sin ti, creyendo que se te habían pegado las
sábanas.
--Por poco no me levanto en todo el día. Me acosté tarde y mi padre me
hizo llamar al amanecer. Él, como se acuesta con las gallinas, madruga
siempre. ¿No les parece a ustedes que hay tiempo de dar una vueltecita
por la Loma del Ángel?
--Soy de opinión que no, dijo Pancho. A menos que tú, cual otro Josué,
tengas la virtud de parar el sol.
--Te pereces por una cita, Pancho, venga o no venga a pelo. ¿Pues no
sabes que el sol no camina desde que Josué le mandó parar su carrera? Si
hubieses estudiado astronomía sabrías eso.
--Di, más bien, que si hubiera estudiado historia sagrada, dijo Meneses.
--El cuento es, observó Pancho, que sin estudiar a fondo una cosa y
otra, sé que el caso participa de ambas y no son ustedes los que me
corrigen la plana.
--A todas éstas, caballeros ¿qué lección tenemos hoy? No concurrí a la
clase el viernes, ni he abierto el libro en todo este tiempo.
--Govantes señaló para hoy el título tercero, que trata del derecho de
las personas, respondió Diego. Abre el libro y verás.
--Pues no he saludado esa materia siquiera, agregó Leonardo. Sólo sé que
según el derecho patrio, hay personas y hay cosas; que muchas de éstas,
aunque hablan y piensan, no tienen los mismos derechos que aquéllas. Por
ejemplo, Pancho, ya que te gustan los símiles, tú a los ojos del Derecho
no eres persona, sino cosa.
--No veo la similitud, porque no soy esclavo, que es a quien considera
cosa el derecho romano.
--Ya. No eres esclavo, pero alguno de tus progenitores lo fue sin duda y
tanto vale. Tu pelo al menos es sospechoso.