Los que habían estudiado la lección y creían poder explicarla con alguna

claridad, presentaban el cuerpo y seguían los movimientos del

catedrático. Los que no habían abierto siquiera el libro de texto, por

el contrario, no sabían donde esconder la cara ni cómo encogerse. En

este caso se hallaba nuestro conocido Leonardo Gamboa, según él mismo lo

había dicho a sus amigos Meneses y Pancho Solfa. Como por su talla y su

carácter no le fuera fácil ocultarse, nunca se sentaba en frente de la

cátedra, sino a los costados, y eso en los últimos bancos. El día que

vamos narrando ocupó el asiento de la cabeza en el rincón, desalojando

para ello a su amigo Solfa. Después de recorrer Govantes con la vista

toda la clase, se dirigió a un estudiante de su derecha, a quien llamó

por el apellido de Martiartu, el españolado antes dicho, y le ordenó

explicara la lección, cosa que hizo con facilidad y aún lucidez. Luego

ordenó hiciera lo mismo al amulatado, que llamó Mena; enseguida a otro

de apellido Arredondo, el cual ocupaba puesto frente a frente de la

cátedra. Cuando éste hubo concluido la explicación más o menos textual,

Govantes volvió los ojos a su izquierda, los pasó por encima de

Leonardo--el cual de golpe bajó la cabeza con achaque de recoger el

pañuelo dejado caer de intento y los detuvo en el joven que se sentaba

en la otra cabecera del mismo banco. No se sabía éste la lección y se

quedó callado, por lo cual, tras breve rato, el amable profesor

dijo:--el otro, con idéntico resultado. Saltó enseguida al cuarto, luego

al sexto, que tampoco pudo responder, hasta que dejando tres o cuatro

por medio, dijo a Gamboa:--Usted. Disimuló él cuanto pudo, hizo como que

no había oído ni entendido, mas su amigo Pancho le llamó la atención, y

entonces, medio mohino, medio corrido, se puso en pie y dijo:

--Maldito si he estudiado la lección.

Semejantes palabras produjeron una risa general. Gamboa, sin inmutarse,

continuó:

--Mas, por lo que han dicho los señores que me han precedido en el uso

de la palabra, saco en consecuencia que el asunto de que hoy se trata es

de los más importantes, y creo que no se me olvidarán los puntos

principales para el caso de su aplicación en nuestro foro.

Con esto se sentó de pronto, pegando al mismo tiempo un puntazo con el

dedo índice al sufrido Pancho, por el costado, quien, ya de dolor, ya de

las cosquillas que le produjo, no pudo menos de dar un salto en el

asiento. Su discurso, lo mismo que su acción, por inesperados, causaron

una explosión de risa de que, no obstante su seriedad, participó el

mismo Govantes; quien, sin más dilación, comenzó la explicación del

texto, que versaba, como ya dicho, sobre el derecho de las personas.

Definió primero lo que se entendía por persona, según el derecho romano;

luego por estado, que dijo se dividía en natural y civil, y que este

último podía ser de tres maneras, a saber: de libertad, de naturaleza y

de familia. Y entró de lleno en lo que podía denominarse historia de la

esclavitud, pintándola no ciertamente en sus relaciones con la sociedad

antigua o moderna, sino con el derecho romano, el de los godos y el

patrio; porque si bien reinaba bastante libertad de enseñanza entonces

en Cuba, las ideas abolicionistas no habían empezado a propagarse en

ella.

Govantes en aquel día, como solía, estuvo inspirado, elocuente, dando

muestras repetidas de su vasta erudición; en lo cual sin duda no había

tenido pequeña parte su reciente entrevista con Saco, el traductor y

anotador de las _Recitaciones de Heinecio_,[19] de texto en el Colegio

San Carlos desde el año anterior de 1829. Al ponerse él en pie, pues

había sonado la hora de las nueve, los estudiantes imitaron su ejemplo,

prorrumpiendo en estrepitosos aplausos.

CAPÍTULO X

_Engañó al mezquino_

_Mucha hermosura;_

_Faltó la ventura,_

_Sobró el desatino;_

_Errado el camino_

_No pudo volver_

_El que por amores_

_Se dejó prender._

D. HURTADO DE MENDOZA

Decíamos que los estudiantes de derecho patrio imitaron el ejemplo de su

profesor poniéndose todos de pie. Pero aunque ganosos de salir del aula,

según es de suponerse, permanecieron en sus puestos respectivos hasta

que aquél descendió de la cátedra y se dirigió a la puerta de salida,

cabeza baja y libro de texto debajo del brazo; entonces desfilaron en

dos columnas tras él, en respetuoso silencio.

Los pocos que le acompañaron hasta la puerta de su celda, al fondo de la

galería, fueron los seminaristas, pupilos del colegio, los cuales se

distinguían por la ropa talar de estameña color pardo que vestían y que

les daba la apariencia de monacillos; si bien es seguro que ninguno de

ellos seguiría la carrera eclesiástica.

Los otros estudiantes no seminaristas, en el número ya dicho, luego que

se alejó el catedrático, deshicieron la formación que traían, se

precipitaron por la ancha escalera de piedra, en tropel bajaron al

corredor y en el mismo desorden salieron a la calle, cual si los hubiera

vomitado de un golpe la amplia portería del Colegio de San Carlos.

Ya en la calle, se derramaron por diferentes rumbos de la ciudad. Un

grupo bastante numeroso tomó la vuelta del cuartel de San Telmo en que

termina la calle de San Ignacio, torció la de Chacón, enseguida a la de

Cuba, en fin, por la de Cuarteles se encaminó a la Loma del Ángel, que

era su destino. En este grupo estudiantil, marchando con gran algazara,

bien podía notar el curioso lector de anteriores páginas, a los tres

constantes amigos: Gamboa, Meneses y Solfa. El primero de éstos sin duda

capitaneaba a los demás, porque iba a la cabeza blandiendo en la mano

derecha, a guisa de bastón de tambor mayor, la caña de Indias con puño

de oro y regatón de plata. A medida que se acercaban a la iglesia del

Santo Ángel Custodio, que, como sabe el lector habanero, se halla

sentada en la planicie de la Peñapobre, se estrechaba más la vía a causa

del declive y del golpe de gentes de ambos sexos, de todos colores y

condiciones que llevaban la misma dirección.

Las mujeres blancas, al menos las que no se dirigían a la iglesia, iban

en quitrines, los cuales entonces empezaban a generalizarse y a

sustituir a las _volantes_ o calesas, que venían usándose desde fines

del siglo pasado. Casi todos los ocupaban tres señoras sentadas en el

único asiento o de testera de esos carruajes, las mayores a los lados,

recostadas muellemente; la más joven en medio y erguida siempre, porque

nuestros quitrines ni nuestras _volantes_ se construyen en realidad para

tres personas, sino para dos. Aunque pasadas las nueve de la mañana, no

calentaba demasiado el sol, a causa de lo adelantado de la estación; por

eso casi todos los quitrines llevaban el fuelle caído, mostrando a toda

su luz la preciosa carga de mujeres, jóvenes en su mayor parte,

vestidas de blanco o colores claros, sin toca ni gorra, la trenza negra

de sus cabellos sujeta con el peine de carey llamado peineta de teja, y

los hombros y brazos descubiertos.

Las mujeres blancas que iban a pie por aquellas calles pedregosas sin

aceras, de seguro se dirigían a la iglesia; lo que podía advertirse por

el traje negro y la mantilla de encaje. La gente de color de ambos

sexos, en doble número que la blanca, iba toda a pie, parte también a la

iglesia, parte paseando o vendiendo tortillas de maíz en tableros de

cedro, que era uno de los motivos de la fiesta. Las que se hallaban

arrimadas a una u otra pared de la calle, eran por lo común negras de

África, pues las criollas desdeñaban la ocupación, sentadas en sillas

enanas de cuero, con una mesita por delante y el burén en el brasero a

un lado. En la tal losa de piedra oscura tendían con una cuchara de

madera la porción de harina de maíz mojada que constituía una torta de

tres o cuatro onzas de peso, y cuando estaba doradita con el calor del

burén, le esparcían por encima un poco de manteca de vacas, y así

calientita y jugosa la ofrecían de venta al transeúnte a razón de medio

de plata el par. Muchas señoritas no tenían a menos parar el carruaje y

comparar las tortillas de San Rafael, según las denominaban, calientes

todavía del indiano burén, pues por lo que parece, era como sabían

mejor.

La ocasión de todo aquel bullicio y movimiento era la fiesta de San

Rafael, que cae el 24 de octubre, cuya celebración se había principiado,

según ya indicamos, nueve días antes. En cada uno de ellos se decía una

misa rezada en las primeras horas de la mañana, misa mayor y sermón de

diez a doce y salve a la hora de víspera. Durante la novena o circular

se mantenía de manifiesto el Santísimo Sacramento, y con tal motivo la

iglesia nunca se veía desocupada de los fieles que acudían de todas

partes del barrio a ganar indulgencia plenaria.

Como hemos dicho anteriormente, la pequeña iglesia del Santo Ángel

Custodio se halla asentada en la planicie estrecha de la Peñapobre,

especie de arrecife de poca extensión, aunque bastante elevado respecto

al plano general de la ciudad. Para subir a ella había, y hay ahora, dos

escalinatas de piedra oscura y tosca, con repechos de lo mismo: una que

arranca del fondo de la calle de los Cuarteles, la otra que desciende a

la de Compostela, siendo ésta la más larga y pendiente.

En llegando a lo alto de la meseta, que también tiene repecho de piedra,

se está en el piso del templo, cuya única nave, en los días de función,

como de la que ahora se trata, se descubre toda entera--el altar mayor

al fondo, retablo de madera de dos cuerpos--más allá de las dos puertas

laterales, casi oculto tras el bosque de cirios blancos, candelabros

dorados y plateados, macetas de flores artificiales y gran profusión de

relumbrantes cartulinas. A izquierda y derecha se veían dos retablos de

menos adornos, en el promedio de la puerta principal y las laterales, y

en la media naranja otros dos retablos, en cada uno de los cuales se

veneraba algún santo, por lo regular de madera de talla, encerrado en un

nicho de cristal. El techo, en forma de caballete, dejaba al desnudo el

maderamen de la armadura que estaba cubierta de tejas coloradas, y

encima del arco toral, dentro del que había un pequeño coro, se

levantaba el cuadrado campanario de piedra de tres cuerpos en

disminución ascendente. Hacia el oeste, detrás del cuerpo de la iglesia,

se hallaba la sacristía, la habitación del cura enseguida, y otra

escalera de piedra menos espaciosa que las del frente, que daba salida a

la calle de Egido, especie de callejón hondo, torcido y desigual que

corre a lo largo de las paredes de las casas y los baluartes que

circundaban la ciudad por la parte de tierra. El patio, por el frente,

tiene un malecón de mampostería, al modo de muro de azotea. Pues en ese

malecón, en la mañana del día que vamos refiriendo, el segundo o tercero

de la novena de San Rafael, varios negros carpinteros se entretenían en

levantar con tablas de pino, pintadas de color de cantos de piedra, algo

que se asemejaba a las almenas de un castillejo, habiendo ya plantado el

asta bandera y casi concluido la obra principal.

Los estudiantes se habían apoderado de todo el repecho de las

escalinatas y mesetas; Leonardo Gamboa en lo más alto, con su caña al

hombro dirigiendo la maniobra, y no subía por éstas persona alguna, ni

pasaba por la calle mujer especialmente, en carruaje o a pie, sin que

tuvieran ellos algo que decirle y aún hacerle. El más conspicuo por su

voz, por el puesto que ocupaba y por su aventajada talla era Gamboa,

prodigando, sin cesar dichos y requiebros, sobre todo a las muchachas

bonitas, con sobra de galantería y lastimosa falta de buena crianza.

Ellas, sin embargo, ya por el hábito de oírlos desde la cuna, ya porque

siempre halaga la celebración, no se daban por ofendidas, antes éstas se

sonreían; aquéllas, con el abanico entreabierto, hacían un saludo

gracioso a los conocidos o amigos, y no faltaban quienes correspondían a

una pulla, con otra pulla, por cierto no de la mejor ley.

Había Leonardo arrebatado un pedazo de tortilla a uno de sus compañeros,

y, teniéndole en la mano izquierda, lo brindaba a la joven que mejor le

parecía, sin ánimo de dársela a ninguna, ni probarlo él, hasta que, de

tres que iban en un quitrín, creyó reconocer la que ocupaba el lado

opuesto; por cuya razón, en vez de hacerle el mismo ofrecimiento que a

las demás, bajó la mano de pronto y trató de ocultarse tras el repecho

de la meseta. La joven le había visto, y reconocido desde luego; sólo

que, lejos de sonreírse, como es natural cuando se divisa a un amigo

entre multitud de gentes extrañas, se puso más seria y pálida de lo que

era, aunque mientras pudo estuvo mirando el sombrero y la frente del

estudiante, asomados a pesar suyo por encima del borde del muro de

piedra. A tiempo de agacharse Gamboa, por un movimiento involuntario,

le echó garra por un brazo a su amigo Meneses, y de modo le apretó, que

éste no pudo menos de quejarse y preguntarle:

--¿Qué sucede, Leonardo? Por Dios bendito, suelta, que me desprendes el

brazo.

--¿No la conociste? repuso Leonardo enderezándose poco a poco.

--¿A quién? ¿Qué dices?

--A la muchacha aquella del quitrín azul que va sentada a la parte

opuesta de nosotros. Pasa ahora las Cinco esquinas. Todavía mira hacia

acá. De seguro me ha reconocido. ¡Y yo que la hacía a muchas leguas de

distancia! ¿Si creerá que todavía duran los aguinaldos de pascuas?

No sé aún de quién hablas.

--De Isabel Ilincheta, hombre. ¿No la conociste? Bien que te gustaba su

hermana Rosa.

--Acabáramos. No la conocí, en efecto. Me pareció muy delgada y

trigueña, allá era la más linda del partido.

--Todas las muchachas cuando van para tías se ponen delgadas y

palidecen; y lo que es Isabel tiene razón para ambas cosas, pues cuenta

mi edad y no abriga esperanzas de casarse pronto.

--Todavía te casas tú con ella el día menos pensado.

--¿Yo? Primero con una escopeta. La chica me gusta, no lo niego; pero

más me gustaba allá, en medio de las flores y del aire embalsamado, a la

sombra de los naranjos y de las palmas, en aquellas guardarrayas y

jardines del cafetal de su padre. Y luego, es una bailadora... de

primera. No menos que tu Rosa.

--Deja tranquila a Rosa y volvamos a tu Isabel. Estaba lo que se llama

enamorada de ti. ¡La pobre! no te conoce, a lo que entiendo. Porque si

vale decir verdad, eres el más inconstante y voluble de los hombres.

--Lo confieso, lo siento, mas no puedo remediarlo; me empeño por una

muchacha mientras me dice que no; en cuanto me dice que sí, aunque sea

más linda que María Santísima, se me caen a los pies las alas del

corazón. Desde mayo no le escribo. ¿Qué pensará de mí? Y es que estas

muchachas criadas en el campo son tan empalagosas con su querer... Se

figuran que nosotros los mozos de La Habana somos todo cera y miel.

--¿Dónde parará ella?

--De seguro en casa de las Gámez, sus primas, detrás del Convento de las

monjas Teresas.

--¿Esperas tropezar ahí con Rosa? Cuando no estaba en el quitrín con

Isabel, es claro que no ha venido del campo. En cuanto a mí, te juro que

no deseo y temo encontrarme cara a cara con Isabel. Estará ella hecha un

moderno virago conmigo. No es mujer a quien se puede ofender

impunemente.

--Razón tiene sobrada para estar enojada contigo, y en conciencia debes

hacer por aplacar su enojo...

--Conciencia, conciencia, repitió Leonardo en tono desdeñoso. ¿Quién la

tuvo jamás en tratándose de mujeres?

--¡Hombre! No digas blasfemias, que hijo eres de mujer.

Esta última observación la hizo Pancho Solfa, que había estado oyendo el

breve diálogo de los dos amigos. Leonardo le miró de alto a bajo; no por

desprecio, sino porque le sacaba al menos dos palmos de ventaja en

estatura, y le dijo serio:

--Tú vas a parar en fraile capuchino. Luego, volviéndose con viveza para

Meneses, añadió: Esa muchacha va a trastornar todos mis planes.

--No lo comprendo, dijo Meneses.

--Ya lo verás, repuso Leonardo pensativo. Caballeros, prosiguió hablando

con los que le seguían desde el colegio; vámonos que ya esto fastidia.

Conocidamente Leonardo se había puesto de mal humor; algo le contrariaba

el ánimo, y él no era hombre para sobrellevar estorbos. Pero apenas bajó

a la calle por el lado de la de Compostela, y se vio una vez más en

medio del bullicio popular, cuando volvió a su ser natural y a las

vivezas de su carácter. En efecto al llegar a las Cinco esquinas,

alcanzó un caballero de mediana edad que llevaba la misma dirección que

los estudiantes. Leonardo le pasó los brazos por debajo de los suyos, le

cubrió los ojos con ambas manos y le dijo, variando el acento:--Adivina

quién soy.

En vano el desconocido trató de desasirse de las garras del estudiante,

en la persuasión quizás de que el objeto de aquella violencia era

robarle a la claridad del día y a la vista del pueblo. Pero Leonardo,

luego que se le reunieron los compañeros y multitud de curiosos, soltó

al hombre; y, con el sombrero en la mano y la cabeza inclinada, en señal

de respeto y arrepentimiento, le dijo:--Pido a Vd. mil perdones,

caballero. He sufrido una equivocación lamentable, pero Vd. tiene la

culpa, porque se parece a mi tío Antonio como un huevo a otro huevo.

Los estudiantes soltaron la carcajada, por lo mismo que el caballero

desconocido, comprendiendo la burla, estalló en expresiones de mal humor

y de enojo contra la juventud malcriada e insolente de la época. Aquella

ridícula escena pasó con más rapidez de lo que hemos acertado a

pintarla, y, como para hacer contraste con ella, no bien pasó Leonardo

la calle de Chacón, metió la punta de su caña de Indias en una rolliza

tortilla de maíz que empezaba a dorarse al calor del burén de una negra

más rolliza todavía y casi desnuda, arrimada a la pared de la esquina y

rodeada de sus cachivaches, y la levantó en el aire. Hizo la tortillera

una exclamación de angustia, y al enderezarse en el enano asiento, como

era tan gorda y pesada, echó a rodar la mesita que tenía delante, donde

había otras tortillas ya cocidas, con lo cual se aumentó su disgusto y

se menudearon sus gritos. Todos rieron de la ocurrencia, Diego Meneses,

quien, por uno de aquellos impulsos nobles y generosos de su buen

corazón, sacó del bolsillo del chaleco unos cuantos reales, se los

arrojó al pecho abultado de la negra, y acertó a depositárselos en el

seno, no obstante el bajo escote del cuerpo de su escasísimo traje.

Si con esto se le pasó el enojo o cesaron sus lamentos, los estudiantes

no se detuvieron a averiguarlo. Adelante, en la calle del Tejadillo

corta la de Compostela en ángulo recto y luego se encuentra la del

Empedrado, dicha así por haber sido la primera en que se empezó a

ensayar el sistema de pavimento de las calles de La Habana con chinas

rodadas y arroyo en medio. Por ella torció Leonardo a la derecha, y

después de saludar a sus compañeros y decir a sus íntimos amigos Meneses

y Solfa que podían, si querían, esperarlo en la plazoleta inmediata de

Santa Catalina, donde se reuniría con ellos dentro de un cuarto de hora.

Pero siendo ya la de almorzar, según la costumbre de Cuba, ellos

prefirieron continuar a sus casas respectivas, y así se separaron de

Leonardo hasta la noche en la feria del Santo Ángel Custodio.

Una vez solo el estudiante de derecho, cambió de paso y de aspecto

repentinamente. Se puso serio y pensativo, mucho más de lo que cabía

esperar en un carácter tan alegre y vivaz. Era que le preocupaba

demasiado la aparición en La Habana y en la feria, de la joven de

Alquízar a quien denominó Isabel Ilincheta. No obstante que lo negase,

estaba enamorado de ella, y recelaba que su repentina llegada diese

ocasión a revelaciones desagradables, sobre todo, al descubrimiento de

sus veleidades, que, por pervertido que tuviese el sentimiento de la

decencia, no podían hacerle honor ni dejar de sacarle los colores a la

cara.

Varias veces se detuvo y pegó con la punta del bastón en las angostas

losas de la acera, de cuyo lujo gozaba entonces, entre otras pocas, la

calle famosa de lo Empedrado. Entre seguir y volverse fluctuaban

grandemente, pues es bueno que se sepa que aquella no era la dirección

de su casa. Dio, al fin, un golpe más recio que los demás con la caña,

se la echó al hombro, como solía, y apresuró el paso, murmurando:--¡Qué

diablos! A lo hecho, pecho. Todo esto, para confirmarse en la resolución

tomada.

A poco andar se encontró en la esquina de la calle del Aguacate, y

arrimado a las alterosas paredes del Convento de Santa Catalina, no hizo

alto hasta cerca de la esquina en que la calle de O'Reilly corta la que

llevaba a la sazón. Allí, dirigió una mirada oblicua a la ventanilla

cuadrada y alta de una casucha en la acera opuesta, inmediata a la

esquina. Dicha casucha la hemos descrito minuciosamente al final del

capítulo II de esta verídica historia. Las hojas de la ventanilla se

hallaban entornadas, y por entre los balaustres de cedro, se veían los

pliegues de una cortinilla de muselina blanca, la cual se agitaba

ligeramente entonces, ya a causa del airecillo de la mañana, ya de los

movimientos de alguna persona que estuviese detrás. En la misma

disposición, aunque inversa, se veía la desvencijada puerta: la media

bala de hierro, de que hemos hablado en otra parte, impedía que se

cerrase del todo.

Que había una persona apostada entre la hoja entornada de la ventanilla

y la cortina blanca, no cabe duda ninguna, porque apenas Leonardo cruzó

y puso la mano derecha en el hueco que dejaba en el marco un balaustre

caído, cuando se asomó la cara más linda de mujer que quizás existía en

aquel tiempo en La Habana. A su vista, aunque los ojos de la mulata

despedían rayos, y no de amor, sino de cólera, quedó completamente

subyugado Leonardo, y se olvidó de Isabel, de los bailes de Alquízar y

de los paseos por las guardarrayas de palmas y de naranjos en los

cafetales de esa comarca. El lector de los primeros capítulos de esta

historia tiene delante a Cecilia Valdés. Mantenía los ardientes labios

apretados, la sangre quería brotarle de sus redondas mejillas, el

abultado seno con dificultad se contenía dentro de las ligaduras del

traje de yocó. Al fin fue ella la primera a hablar, diciendo más con el

semblante que con la voz:

--¿Para qué ha venido?

--Acabo de salir de la clase, contestó Leonardo en tono humilde y bajo,

mas recio.

Cecilia miró al soslayo para adentro, con la mano izquierda abierta hizo

seña a Leonardo que bajara algo más la voz y añadió con vehemencia:

--Le han visto hace poco en la loma del Ángel.

--Puede ser, venía para acá.

--Pero se ha detenido mucho, la distancia no es tan grande. ¡Ah!

¡Maldita la mujer que ama!

--Nada se ha perdido, Cecilia. Heme aquí.

--Ya. ¿Mas quién sabe la causa de su demora? Tal vez una mujer...

--Mujer no, te lo juro.

--No me jure, porque entonces menos le creo. El caso es que Chepilla ya

está de vuelta de Paula y Vd. se aparece ahora. Ya no hay tiempo de

hablar. Hace rato que llegó. Rezaba y dormitaba, supongo que de cansada;

y ya levanta la cabeza y pone el oído de ético. (Esto lo dijo mirando

otra vez hacia dentro.) A Vd. no le interesa mi amistad, se conoce, y

soy una boba que le espero. ¡Maldita sea la mujer que quiere como yo!

--Tu desesperación me asusta, alma mía. Siento el percance, será mañana.

--Es que Chepilla no va todos los días a Paula.

--Me levanté cerca de las siete. Tú sabes a la hora que vinimos de

Regla, cerca de la una de la madrugada.

--Eso no impidió que yo me despertase al amanecer. Me acosté con el

cuidado y Vd. no, esto hace mucha diferencia.

--Déjate de ese tono irónico que no te sienta ni un poquito. Demasiado

sabes tú que te idolatro.

--Obras son amores y no buenas razones, y el hombre que no cumple con

una cita...

--No me condenes de ligero. Ya te he dicho la causa de mi demora. Te

protesto, sin embargo, que lo siento en el alma, y ya te probaré...

--Malhaya viene tarde. En vano me protesta de su cariño. La persona que

quiere bien no engaña. Sí, Vd. me está engañando. Me tiene muy herida.

Váyase. Truena Vd., no habla.

Leonardo le cogió la mano y se la llevó a los labios, sin que ella

opusiera la menor resistencia, por donde conoció que había pasado el

furor de la tormenta y que la muchacha admitiría su visita en primera

oportunidad. Con esto él siguió camino y al entrar en la calle de

O'Reilly, puso el pie izquierdo en el estribo de una volanta que bajaba

de la puerta del Monserrate, zarandeándose dentro de dos larguísimas

varas, pendientes de dos enormes ruedas y del lomo de un verdadero

Rocinante, y quedó sentado en el cojín de vaqueta. El estremecimiento

producido por la repentina entrada del joven, llamó la atención del

calesero, quien incontinente volvió la cara a fin de ver la casta de

pasajero que había conseguido sin solicitarlo ni esperarlo. Este, a

tiempo de caer en el asiento, tronó en voz campanuda y de mando:--A

casa.

--¿Y dónde vive el niño? naturalmente preguntó el azorado calesero.

--¡Bruto! ¿Que no lo sabes? Calle de San Ignacio esquina a Luz. Arrea.

--¡Ah! exclamó el calesero, y le pegó tan fuerte latigazo a la pobre

bestia en los ijares, que se estremeció toda dentro de la armazón de

huesos, doblándose casi en dos, bien del dolor, bien del peso del

carruaje, del pasajero y del jinete.

Cecilia Valdés o la Loma del Ángel · 第 7 / 44 段