En la noche en cuestión, bailaba el maestro con Nemesia, la amiga

predilecta de la joven de la pluma blanca. Había él puesto muchas y muy

raras figuras, dejando conocidamente para lo último la más difícil y

complicada. La segunda, tercera, cuarta y quinta parejas salieron

airosas de la prueba, ejecutando la figura con los mismos enlaces,

desenlaces y actitudes del maestro; pero no obstante el espacio que tuvo

para estudiarla y aprenderla el compañero de la apellidada _Virgencita

de bronce_, pues ocupaba en las filas el sexto lugar, a medida que se

acercaba su turno, crecía su ansiedad y volvía el rostro hacia los

músicos, en ademán suplicatorio, como esperando que adivinaran su

aprieto y parasen la música. Aquella inquietud se comunicó a la

muchacha, la cual conoció que iba a pasar por la vergüenza de tener que

sentarse en lo más animado y divertido de la danza. El temor llegó a

dominar todo su ser, poniéndola pálida y nerviosa. Lo que pasaba en el

ánimo de esa pareja no tardó en hacerse visible a los ojos de las demás

parejas y de muchos de los espectadores del baile.

La idea no más de que la hasta allí reina de la _cuna_ podía verse

obligada a retirarse, antes de tiempo, de las filas, había llenado de

cruel y envidioso regocijo a las otras muchachas a quienes habían

mortificado sobre manera las preferencias y públicos elogios que de

ella hacían los hombres desde el momento de su entrada en el baile. En

aquellas críticas circunstancias, Pimienta, que no la había perdido

tampoco un punto de vista en medio de sus caprichosos giros y del

tumulto de la danza, comprendió al vuelo lo que pasaba, y sin advertir a

nadie de su intento, paró la música de golpe. Respiró con desahogo el

compañero de la joven, y ésta pagó con una sonrisa celestial aquel

socorro tan a tiempo del director de la orquesta.

CAPÍTULO VI

_Y del tumulto indiscreto_

_Que ardiente en su torno gira,_

_Ninguno le dijo: "mira,_

_Aquél te adora en secreto._

_Que oyendo y viéndote está"._

RAMÓN DE PALMA

Quince de Agosto

Habrá comprendido ya el discreto lector, que la _Virgencita de bronce_

de las anteriores páginas no es otra que Cecilia Valdés, la misma

jovenzuela andariega que procuramos darle a conocer al principio de esta

verídica historia. Hallábase, pues, en la flor de su juventud y de su

belleza, y empezaba a recoger el idólatra tributo que a esas dos

deidades rinde siempre con largueza el pueblo sensual y desmoralizado.

Cuando se recuerde la descuidada crianza y se una a esto la soez

galantería que con ella usaban los hombres, por lo mismo que era de la

raza híbrida e inferior, se formará cualquier idea aproximada de su

orgullo y vanidad, móviles secretos de su carácter imperioso. Así es

que, sin vergüenza ni reparo, a menudo manifestaba sus preferencias por

los hombres de la raza blanca y superior, como que de ellos es de

quienes podía esperar distinción y goces, con cuyo motivo solía decir a

boca llena,--que en verbo de mulato sólo quería las _mantas_ de

seda[8], de negro sólo los ojos y el cabello.

Fácil es de creer, que una opinión tan francamente emitida como

contraria a las aspiraciones de los hombres de las dos clases

últimamente mencionadas, no les haría buena sangre, según suele decirse.

Con todo eso, bien porque no se creyese sincera a su autora cuando la

expresaba, bien porque se esperaba que hiciera una excepción, bien

porque siendo tan bella era imposible verla sin amarla, lo cierto es que

más de un mulato estaba perdido de amores por ella, sobre todos

Pimienta, el músico, como habrá podido advertirse. Este tal gozaba la

inapreciable ventaja sobre los demás pretendientes, de ser hermano de la

amiga íntima y compañera de la infancia de Cecilia, con cuyo motivo

podía verla a menudo, tratarla con intimidad, hacérsele necesario y

ganar tal vez su rebelde corazón a fuerza de devoción y de constancia.

¿A quién no ha halagado en su vida esperanza más efímera? De todos

modos, él siempre tenía presente aquel canto popular de los poetas

españoles, que principia:--Labra el agua sin ser dura, un mármol

endurecido,--y puede decirse, en honor de la verdad, que Cecilia le

distinguía entre los hombres de su clase que se le acercaban a

celebrarla, si bien semejante distinción, hasta la fecha presente, no

había pasado de uno que otro rasgo de amabilidad con un hombre por otra

parte muy amable, cortés y atento con las mujeres.

Acabada la danza, se inundó de nuevo la sala y comenzaron a formarse los

grupos en torno de la mujer preferida por bella, por amable o por

coqueta. Pero en medio de la aparente confusión que entonces reinaba en

aquella casa, podía observar cualquiera que, al menos entre los hombres

de color y los blancos, se hallaba establecida una línea divisoria que,

tácitamente y al parecer sin esfuerzo, respetaban de una y otra parte.

Verdad es que unos y otros se entregaban al goce del momento con tal

ahinco, que no es mucho de extrañar olvidaran por entonces sus mutuos

celos y odio mutuo. Además de eso, los blancos no abandonaron el comedor

y aposento principal, a cuyas piezas acudían las mulatas que con ellos

tenían amistad, o cualquier otro género de relación, o deseaban tenerla;

lo cual no era ni nuevo ni extraño, atendida su marcada predilección.

Cecilia y Nemesia, por uno u otro de estos motivos, o por su estrecha

amistad con el ama de la casa, no bien concluyó la danza se fueron

derecho al aposento y ocuparon asiento detrás de las matronas hacia el

comedor. Allí, sin más dilación, se formó el grupo de los jóvenes

blancos, porque, ya se ha dicho, aquellas dos muchachas eran las más

interesantes del baile. Las personas conspicuas de ese grupo, sin

disputa que eran tres: el comisario Cantalapiedra, Diego Meneses y su

amigo íntimo el joven conocido por Leonardo. Este último tenía apoyada

la mano derecha en el canto del respaldo de la silla ocupada por

Cecilia, quien, por casualidad o a posta, le estrujó los dedos con la

espalda.

--¿Así trata Vd. a sus amigos? Le dijo Leonardo sin retirar la mano,

aunque le escocía bastante.

Contentose Cecilia con mirarlo de soslayo y torcerle los ojos cual si la

palabra amigo sonase mal en quien debía saber que era tratado como

enemigo.

--Esa niña está hoy muy desdeñosa, dijo Cantalapiedra, que notó la

acción y la mirada.

--¿Y cuándo no? dijo Nemesia sin volver la cara.

--Nadie te ha dado vela en este entierro, repuso el comisario.

--Y al señor ¿quién se la ha dado? agregó Nemesia mirándole entonces de

reojo.

--¿A mí? Leonardo.

--Pues a mí, Cecilia.

--No hagas caso, mujer, dijo esta última a su amiga.

--Si no fuera por qué... yo te ponía más suave que un guante, añadió

Cantalapiedra hablando directamente con Cecilia.

No ha nacido todavía, dijo ella, el que me ha de hacer doblar el cocote.

--Tienes esta noche palabras de poco vivir, le dijo entonces Leonardo,

inclinándose hasta ponerle la boca en el oído.

--Me la debe Vd. y me la ha de pagar, le contestó ella en el propio tono

y con gran rapidez.

--Al buen pagador no le duelen prendas, dice a menudo mi padre.

--Yo no entiendo de eso, repuso Cecilia. Sólo sé que Vd. me ha desairado

esta noche.

--¿Yo...? Vida mía...

En aquella misma sazón se acercó Pimienta por la puerta de la sala

saludando a un lado y a otro a sus amigas, y cuando se puso al alcance

de Cecilia ésta le echó mano del brazo derecho con desacostumbrada

familiaridad, y le dijo, afectando tono y aire volubles:--¡Oiga! ¡Qué

bien cumple un hombre su palabra empeñada!

--Niña--contestó con solemne tono, aunque acaso no era para tanto--José

Dolores Pimienta siempre cumple su palabra.

--Lo cierto es que la contradanza prometida aún no se ha tocado.

--Se tocará, Virgencita, se tocará, porque es preciso que sepa que a su

tiempo se maduran las uvas.

--La esperaba en la primera danza.

--Mal hecho. Las contradanzas dedicadas no se tocan en la primera, sino

en la segunda danza, y la mía no debía salir de la regla.

--¿Qué nombre le ha puesto? preguntó Cecilia.

--El que se merece por todos estilos la niña a quien va dedicada:

_Caramelo vendo_.

--¡Ah! Esa no soy yo por cierto, dijo la joven corrida.

--¡Quién sabe, niña! ¡Qué tarde vinieron! agregó hablando con su hermana

Nemesia.

--No me digas nada, José Dolores, repuso ésta. Costó Dios y ayuda

persuadir a Chepilla el que nos dejase venir solas, porque lo que es

ella no podía acompañarnos. Consintió a lo último porque vinimos en

quitrín. Y aún así, (para añadir estas palabras miró a Cecilia como

consultando su semblante), si no tomamos la determinación de meternos en

él, nos quedamos... Chepilla se puso furiosa en cuanto que se asomó a la

puerta y conoció...

--Chepilla no se puso _brava_ por nada de eso, mujer; interrumpió

Cecilia con gran viveza a su amiga. No quería que viniésemos porque la

noche estaba muy mala para baile. Y tenía mucha razón, sólo que yo había

dado mi palabra...

Por prudencia o por cualquier otro motivo, Pimienta se alejó de allí sin

aguardar a más explicaciones. No sucedió lo mismo con Cantalapiedra, que

era hombre curioso si los hay, por lo que con sonrisa maliciosa le

preguntó a Nemesia:--¿Se puede saber por qué la Chepilla se puso furiosa

luego que reconoció el quitrín en que ustedes vinieron al baile?

--Como que yo no soy baúl de _naiden_, contestó la Nemesia prontamente,

diré la verdad. (Cecilia le pegó un pellizco, pero ella acabó la frase.)

Claro, porque conoció que el quitrín era del caballero Leonardo.

Naturalmente las miradas de Cantalapiedra y de los demás presentes al

alcance de las palabras de Nemesia, se concentraron en el individuo que

ella había nombrado, y aquél, tocándole en el hombro, le dijo:

--Vamos, no se ponga colorado, que el prestar el carruaje a dos reales

mozas como éstas en noche tan fea, no es motivo para que nadie sospeche

malas intenciones de un caballero.

--Ese quitrín, lo mismo que el corazón de su dueño, repuso Leonardo sin

cortarse, están siempre a la orden de las bellas.

Salía entonces Pimienta por la puerta del comedor y oyó distintamente

las palabras del joven blanco, convenciéndole, desde luego, de quién era

el quitrín en que Cecilia y su hermana Nemesia habían venido al baile.

El desengaño le hirió en lo más vivo del alma; por lo que echando una

mirada triste al grupo de jóvenes blancos, de seguidas pasó a la sala

donde, después de armar el clarinete, tocó algunos registros a fin de

que entendieran sus compañeros que era tiempo de que se reuniera de

nuevo la orquesta. Afinados los instrumentos, sin más dilación rompió la

música con una contradanza nueva, que a los pocos compases no pudo menos

de llamar la atención general y arrancar una salva de aplausos, no sólo

porque la pieza era buena, sino porque los oyentes eran conocedores;

aserto éste que creerán sin esfuerzo los que sepan cuán organizada para

la música nace la gente de color. Se repitieron los aplausos luego que

se dijo el título de la contradanza, _Caramelo vendo_, y a quién estaba

dedicada, a la _Virgencita de bronce_. De paso puede añadirse que la

fortuna de aquella pieza fue la más notable de las de su especie y

época, porque después de recorrer los bailes de las ferias por el resto

del año e invierno del subsecuente, pasó a ser el canto popular de todas

las clases de la sociedad.

Excusado parece decir que con una contradanza nueva, guiada por su mismo

autor y tocada con mucho sentimiento y gracia, los bailadores echaron el

resto, quiere decirse, que llevaron el compás con cuerpo y pies; cuyo

monótono rumor en toda apariencia duplicaba el número de la orquesta.

Bien claro decía el clarinete en sus argentinas notas: _caramelo vendo,

vendo caramelo_; al paso que los violines y el contrabajo las repetían

en otro tono, y los timbales hacían coro estrepitoso a la voz

melancólica de la vendedora de ese dulce. Pero ¿qué era del autor de la

pieza que tanta impresión causaba? En medio del delirio de la danza,

¿había quien se acordara de su nombre? ¡Ay! No. Como la noche avanzaba

sin señales de bonanza, desde temprano la gente curiosa de la calle

empezó a desamparar la puerta y ventanas del baile, y a las once no

quedaba en ellas caras blancas, al menos de mujer. De esta circunstancia

se aprovecharon los jóvenes de familias decentes, a que nos hemos

referido más arriba, que abrigaban un cierto escrúpulo para ponerse a

bailar con las mulatas amigas o conocidas. Cantalapiedra tomó por pareja

a la ama de la casa, Mercedes Ayala; Diego Meneses, a Nemesia y Leonardo

a Cecilia; y parte por guardar en lo posible la línea de separación,

parte por un resto de ese mismo tardío escrúpulo, establecieron la danza

en el comedor, no obstante la estrechez y desaseo de la pieza.

Con semejante ocurrencia puede imaginar cualquiera la agonía de alma de

Pimienta. Su musa inspiradora, la mujer adorada, se hallaba en brazos de

un joven blanco, tal vez del preferido de su corazón; pues como sabemos,

no ocultaba ella sus sentimientos, se entregaba toda al delirio del

baile, mientras él, atado a la orquesta cual una roca, la veía gozar y

contribuía a sus goces sin participar de ellos en lo más mínimo. La

turbación de su espíritu no fue, sin embargo, bastante a perjudicar su

dirección de la orquesta, ni a influir desfavorablemente en el manejo de

su instrumento favorito. Por el contrario, su inquietud y su pasión no

parece sino que encontraron desahogo por las llaves del clarinete; se

exhalaron, por decirlo así, según lo peregrino y suave de las notas que

de él sacaba, esparciendo el encanto y la animación entre los

bailadores. Como suele decirse, no quedó títere con cabeza que no

bailara, pues se armó la danza en la sala, en el comedor, en el aposento

principal y en el angosto y descubierto patio de la casa. ¿Qué mucho,

pues, que entonces no pasara siquiera por la mente de los que tanto se

divertían y gozaban, que el autor y el alma de toda aquella alegría y

fiesta, José Dolores Pimienta, compositor de la contradanza nueva,

agonizaba de amor y de celos?

Pasadas serían las doce de la noche cuando cesó de nuevo la música, con

lo que a poco empezaron a retirarse las personas que podían

considerarse extrañas para el ama de casa, porque hasta entonces no

levantó ésta la voz diciendo que era hora de cenar. Y para apresurar la

marcha, agarró ella por el brazo a dos de sus mejores amigas y arrastro

casi las llevó al fondo del patio donde dijimos que estaba puesta la

mesa del ambigú. Tras ellas siguieron las demás mujeres y los hombres,

entre los segundos Pimienta y Brindis, los músicos; Cantalapiedra y su

inseparable corchete, el de las grandes patillas, Leonardo y su amigo

Diego Meneses. Tomaron asiento en torno de la mesa las mujeres, únicas

que cupieron, aunque eran pocas; los hombres se mantuvieron en pie cada

cual detrás de la silla de su amiga o preferida. Quedaron juntos a una

de las cabeceras Cantalapiedra y la Ayala, sin que sepamos decir si por

casualidad o por hacer honor al comisario y a su categoría.

No cabe duda sino que el ejercicio del baile había aguzado el apetito de

los comensales de ambos sexos, porque apoderándose los unos del jamón,

los otros del pescado, aceitunas y demás manjares en algunos minutos,

todos comían y habían aliviado la mesa de una buena porción de su peso.

Satisfecha la primera necesidad, hubo lugar a los rasgos de galantería y

cariño que en todos los países llevarán el sello de la educación que

alcanzan las personas que los ejercen. Las de la verídica historia cuya

fisonomía trazamos ahora a grandes pinceladas, no eran, en general, de

la clase media siquiera, ni de la que mejor educación recibe en Cuba, y

puede creerse sin esfuerzo que sus rasgos de galantería y de cariño en

ninguna circunstancia tenían nada de delicados ni de finos.

--Que diga algo Cantalapiedra, dijo alguien.

--Cantalapiedra no dice nada cuando come, contestó él mismo mientras roí

a la pierna del pavo.

--Pues que no coma si ha de callar, saltó otro.

--Eso no, porque comeré y diré hasta el juicio final, repuso el

comisario. ¿Cómo quieren, sin embargo, que diga si aún no he remojado la

garganta?

--¡Ahí va mi copa! ¡Ahí va la mía! ¡Tome ésta! exclamaron diez voces por

lo menos, y otros tantos brazos se cruzaron sobre la mesa en dirección

del comisario, quien, empuñando una tras otra copa, cada cual llena de

un vino diferente, se las fue echando al coleto, sin presentar más

muestra del efecto que le causaban que ponerse algo rubicundo y

aguársele los ojos. Después, llenando su propia copa de rico champaña,

tosió, levantó el pecho, y en voz campanuda, aunque un si es no es

carrasposa, dijo:

--¡Bomba! En los felices natales de mi amiga Merceditas Ayala, décima:

_Yo te digo en la ocasión,_

_Merceditas de mis ojos,_

_Que tu vista guarda abrojos,_

_Pues que punza el corazón._

_Ten de un triste compasión,_

_Que por tus ojos suspira,_

_Que por tus ojos delira,_

_Que por tus ojos alienta,_

_Que por tus ojos sustenta_

_Esta vida de mentira._

Tras esta improvisación ramplona y de mal gusto, resonaron vivas y

aplausos repetidos y estrepitosos, con destemplado golpeo de los platos

con los cuchillos. Y como en recompensa de su poética labor, de ésta

recibió una aceituna ensartada en el mismo tenedor con que acababa de

llevarse el alimento a la boca, de esotra una tajada de jamón, de la de

más allá un pedazo de pavo, de aquélla un caramelo, de su vecina una

yema azucarada, hasta que la Ayala puso término al torrente de obsequios

levantándose y pasando su copa, llena de Jerez, a Leonardo para que

improvisara también como lo había hecho el complaciente comisario.

Aprovechose éste de la tregua que se le concedía tácitamente, para

levantarse de la mesa, ir derecho, aunque disimuladamente, hasta el

brocal del pozo, donde, introduciéndose dos dedos en la boca, arrojó

cuanto había comido y bebido, que no había sido poco. Y muy fresco y

repuesto se volvió a la mesa. Merced a un medio tan sencillo como

expedito, pudo tornar a comer y a beber cual si no hubiera probado

bocado ni pasado gota en toda la noche. De los demás hombres que habían

bebido con exceso y no conocían el remedio eficaz de Cantalapiedra, que

más que menos, pocos acertaban a tener firme la cabeza, sin exceptuar al

mismo joven Leonardo.

A esa lamentable circunstancia debe atribuirse el que un mozo tan fino

como bien educado, se prestara también a hacer coplas y en obsequio de

aquella heroína de la fiesta. Pero bien que mal las hizo, siendo no

menos aplaudido y regalado que el anterior coplero, aunque fue de

notarse que, lejos Cecilia Valdés de celebrar, como los demás, su

esfuerzo poético, se mantuvo callada y visiblemente corrida. Tampoco

tomó parte Nemesia en la celebración, si bien por causa muy distinta, a

saber: por hallarse empeñada en un diálogo rápido y secreto con su

hermano José Dolores Pimienta.

--¿Pues no va desocupada la zaga? le decía él.

--Tal vez no, le replicaba ella.

--¿Y tú cómo lo sabes?

--Como sé muchas cosas. ¿Necesito yo tampoco que me den la comida con

cuchara?

--Ya, pero tú no te explicas.

--Porque no hay tiempo ahora.

--Sobrado, hermana.

--Luego, las paredes oyen.

--¡Vaya! Cuando se grita.

--Vamos, no seas porfiado. Te digo que no lo hagas.

--Yo no pierdo la ocasión.

--Vas a pasar un mal rato.

--¿Qué me importa si hago mi gusto?

--Te repito, José Dolores, no te metas en camisa de once varas. No seas

cabezadura. Con esa porfía me quitas las ganas de ayudarte. Yo entiendo

de eso mejor que tú, lo estoy viendo.

Antes que se hubiese calmado el ruido de voces, de palmadas y de golpes

en los platos y la mesa, Leonardo le dijo algo en secreto a Cecilia, y

salió a la calle arrastrando a Meneses por el brazo, sin despedirse de

nadie, a la francesa, como dijo Cantalapiedra cuando los echó de menos.

Una vez fuera, a pesar de la lluvia menuda, ambos jóvenes, siempre de

brazo, tomaron a pie la calle de La Habana hacia el centro de la ciudad,

y en la primera esquina, que era la de San Isidro, Meneses siguió

derecho y Leonardo tomó la vuelta del hospital de Paula.

Nubes ligeras, claro oscuras, despedazadas por el viento fresco del

nordeste, pasaban unas tras otras en procesión bastante regular por

delante de la luna menguante, que ya traspasaba el cenit, y a veces

dejaba caer rayos de luz blanquecina. La calle traviesa, angosta y

torcida que llevaba el joven Leonardo no se despejó jamás, ni vio él a

derechas su camino hasta que llegó a la plazuela del hospital antes

dicho, y entonces sólo el lado izquierdo se alumbraba a ratos, pues las

paredes de la iglesia de Paula, elevadas y oscuras, proyectaban una

doble sombra sobre el espacio exento. Arrimado a ellas, sin embargo,

pudo distinguir su carruaje, los caballos del cual agachaban la cabeza y

las orejas, en su afán de evitar la lluvia y el viento que les herían de

frente. Estaba echado el capacete y no parecía el jinete por ninguna

parte, ni en la silla, su puesto acostumbrado, ni en la zaga, ni en el

vano de la ancha puerta de la iglesia, que podía servirle de abrigo.

Pero a la segunda ojeada comprendió Leonardo dónde estaba. Sentado en el

pesebrón del quitrín, le colgaban las piernas cubiertas con las botas

de campana, mientras descansaba la cabeza y los brazos, medio vuelto, en

los muelles cojines de marroquí. En el suelo yacía la _cuarta_ que en el

sueño se le había desprendido de las manos, la recogió Leonardo al

punto, levantó un canto del capacete y con todas sus fuerzas le pegó dos

o tres zurriagazos a manteniente, por las espaldas presentadas.

--¡Señor! exclamó el calesero, entre asustado y dolorido, descolgándose.

Ya de pie pudo verse que era un mozo mulato, bastante fornido, ancho de

hombros y de cara, más fuerte si no más alto que el que acababa de

calentarle las espaldas con el zurriago. Vestía a la usanza de los de su

oficio en la isla de Cuba, chaqueta de paño oscuro, galoneado de

pasamanería, chaleco de piqué, el cuello de la camisa a la marinera,

pantalón de hilo, botas enormes de campana, a guisa de polainas, y

sombrero negro redondo, galoneado de oro. Debemos mencionar también,

como signos característicos del calesero, las espuelas dobles de plata,

que no llevaba a la sazón el mulato de que ahora se habla.

--¡Oiga! le dijo su amo, pues lo era en efecto el joven Leonardo;

dormías a pierna suelta, mientras los caballos quedaban a su albedrío.

¿Eh? ¿Qué hubiera sucedido si espantados por casualidad, echan a correr

por esas calles de Barrabás?

--Yo no estaba _dormiendo_, niño; se atrevió a observar el calesero.

--¿Conque no dormías? Aponte, Aponte, tú parece que no me conoces, o que

crees que yo me mamo el dedo. Mira, monta, que ya ajustaremos cuentas.

Lleva el quitrín a la _cuna_, toma las dos muchachas que trajiste en él

y condúcelas a su casa. Yo te espero en el paredón de Santa Clara,

esquina a la calle de La Habana. No consientas que nadie monte a la

zaga. ¿Entiendes?

--Sí, señor; contestó Aponte, partiendo en dirección de la garita de San

José. En la puerta de la casa del baile, sin desmontarse, dijo a un

desconocido que entonces entraba:

--¿Me hace el favor de decirle a la niña Cecilia que aquí está el

quitrín?

A pesar del aditamento de _niña_ de que hizo uso el calesero hablando de

Cecilia, que sólo se aplica en Cuba a las jóvenes de la clase blanca, el

desconocido pasó el recado sin equivocación ni duda. Y ella incontinente

se levantó de la mesa y fue a coger su _manta_, seguida de Nemesia y de

la Ayala. Esta última las acompañó hasta la puerta de la calle, en donde

ya se habían agrupado los pocos hombres que aún no se habían despedido.

Allí, teniendo todavía por la cintura a Cecilia, en señal de amistad y

cariño, la dijo:

--No te fíes de los hombres, china, porque llevas la de perder.

--Y ¿yo me he fiado de alguno a estas horas, Merceditas? repuso Cecilia

sorprendida.

--Ya, pero ese quitrín tiene dueño, y nadie da palos de balde. Tenlo por

sabido. Me parece que me explico.

Con esto y con fingir Cantalapiedra que lloraba por la partida de

Cecilia, cosa que causó mucha risa, ésta y Nemesia subieron al carruaje

dándoles la mano Pimienta, y de hecho quedó desbaratada la reunión.

Cecilia Valdés o la Loma del Ángel · 第 4 / 44 段