Pero esta digresión, por más necesaria que fuese, nos ha desviado un

tanto del punto objetivo de la presente historia. Nuestra atención la

atraía por completo un baile de la clase baja que se daba en el recinto

de la ciudad por la parte que mira al Sur. La casa donde tenía efecto,

ofrecía ruín apariencia, no ya por su fachada gacha y sucia, como por el

sitio en que se hallaba, el cual no era otro que el de la garita de San

José, opuesto a la muralla, en una calle honda y pedregosa. Aunque de

puerta ancha con postigo, no formaba lo que se entiende en Cuba por

zaguán, pues abría derecho a la sala. Tras ésta venía el comedor con el

correspondiente tinajero, armazón piramidal de cedro, en que persianas

menudas encerraban la piedra de filtrar, la tinaja colorada barrigona,

los búcaros, de una especie de _terra cotta_ y las pálidas alcarrazas de

Valencia, en España. Al comedor dicho daba la puerta lateral del primer

aposento, ocupado en su mayor parte por dos órdenes de sillones de

vaqueta colorada, una cama con colgaduras de muselina blanca y un

armario, al que dicen en La Habana escaparate. Otros cuartos seguían a

ése, atestados de muebles ordinarios, y paralelo a ellos un patio largo

y angosto, también obstruido en parte por el brocal alto de un pozo

cuyas aguas salobres dividía con la casa contigua, terminando cuartos y

patio en una saleta atravesada y exenta.

En esta última se hallaba una mesa de regular tamaño, ya vestida y

preparada con cubiertos como para hasta diez personas; algunos refrescos

y manjares, agua de Loja, limonada, vinos dulces, confituras, panetelas

cubiertas, suspiros, merengues, un jamón adornado con lazos de cintas y

papel picado, y un gran pescado, nadando casi en una salsa espesa de

fuerte condimento. En la sala había muchas sillas ordinarias de madera

arrimadas a las paredes, y a la derecha, como se entra de la calle, un

canapé, con varios atriles de pie derecho por delante. Aquél, a la sazón

que principia nuestro cuento, le ocupaban hasta siete negros y mulatos

músicos, tres violines, un contrabajo, un flautín, un par de timbales y

un clarinete. El último de los instrumentos aquí mencionados se hallaba

a cargo de un mulato joven, bien plantado y no mal parecido de rostro,

quien, no obstante sus pocos años, dirigía aquella pequeña orquesta.

Ese se veía de pie a la cabeza del canapé por el lado de la calle. Sus

compañeros, casi todos mayores que él, le decían Pimienta, y ya fuese un

sobrenombre, ya su verdadero apellido, por éste lo designaremos de aquí

adelante. Su mirada distraída y aun sombría, no se apartaba de la puerta

de la calle, como si esperase algo o a alguien, en los momentos de que

hablamos ahora.

Pero aquella puerta, lo mismo que la ventana de bastidor cuadrado, se

veía asediada de una multitud de curiosos de todas edades y condiciones,

que apenas permitían acceso a la sala a las mujeres y hombres con

derecho o voluntad de entrar. Y decimos con derecho o voluntad porque

nadie presentaba papeleta, ni había bastonero que recibiese o

aposentase. El baile, conocidamente era uno de los que, sin que sepamos

su origen, llamaban _cuna_ en La Habana. Sólo sabemos que se daban en

tiempo de ferias, que en ellos tenían entrada franca los individuos de

ambos sexos de la clase de color, sin que se le negase tampoco a los

jóvenes blancos que solían honrarlos con su presencia. El hecho, sin

embargo, de tenerse preparado en el interior un buen refresco, prueba,

que si aquella era una _cuna_ en el sentido lato de la palabra, parte al

menos de la concurrencia había recibido previa invitación o esperaba ser

bien recibida. Así era en efecto la verdad. La ama de la casa, mulata

rica y rumbosa, llamada Mercedes, celebraba su santo en unión de sus

amigos particulares, y abría las puertas para que disfrutaran del baile

los aficionados a esta diversión y contribuyeran con su presencia al

mayor lustre e interés de la reunión.

Serían las ocho de la noche. Desde por la tarde habían estado cayendo

los primeros chubascos de otoño, y aunque habían suspendido hacia el

oscurecer, tras haber empapado el suelo, dejando las calles

intransitables, no habían refrescado la atmósfera. Lejos de ello, había

quedado tan saturada de humedad, que se adhería a la piel y hervía en

los poros. Pero no eran estos inconvenientes para los curiosos que,

según hemos dicho antes, asediaban la puerta y la ventana, hasta llenar

casi la mitad de la angosta y torcida calle; ni para los concurrentes al

baile, que a medida que avanzaba la noche llegaban en mayor número, unos

a pie, otros en carruaje. Cosa de las nueve la sala de baile era un

hervidero de cabezas humanas; las mujeres sentadas en las sillas del

rededor y los hombres de pie en medio, formando grupo compacto, todos

con los sombreros puestos; por lo cual la cabeza que sobresalía, de

seguro que tropezaba con la bomba de cristal, suspendida de una vigueta

por tres cadenas de cobre, en que ardía la única vela de esperma para

alumbrar a medias aquella tan extraña como heterogénea multitud.

Bastante era el número de negras y mulatas que habían entrado, en su

mayor parte vestidas estrafalariamente. Los hombres de la misma clase,

cuya concurrencia superaba a la de las mujeres, no vestían con mejor

gusto, aunque casi todos llevaban casaca de paño y chaleco de piqué, los

menos chupa de lienzo, dril o Arabia, que entonces se usaban

generalmente, y sombrero de paño. No escaseaban tampoco los jóvenes

criollos de familias decentes y acomodadas, los cuales sin empacho se

rozaban con la gente de color y tomaban parte en su diversión más

característica, unos por mera afición y otros movidos por motivos de

menos puro origen. Aparece que algunos de ellos, pocos en verdad, no se

recataban de las mujeres de su clase, si hemos de juzgar por el

desembarazo con que se detenían en la sala de baile y dirigían la

palabra a sus conocidas o amigas, a ciencia y presencia de aquéllas que,

mudas espectadoras, los veían desde la ventana de la casa.

Distinguíase entre los jóvenes dichos antes, así por su varonil belleza

de rostro y formas, como por sus maneras joviales, uno a quien sus

compañeros decían Leonardo. Vestía pantalón y chupa de dril crudo con

listas rosadas, chaleco blanco de piqué, corbata de seda ajustada al

cuello por un anillo de oro y las puntas sueltas, sombrero de yarey, tan

fino que parecía hecho de holán Cambray, calcetín de seda de color de

carne y zapato bajo con hebillita de oro al lado. Por debajo del

chaleco, asomaba una cinta de aguas rojo y blanco, doblada en dos y

sujetas las puntas con una hebilla también de oro. Esta servía de cadena

al reloj en el bolsillo del pantalón. Había allí otro hombre que se

distinguía más si cabe que Leonardo, aunque por distinto camino, esto

es, por lo que diferían a su opinión y se reían de sus chocarrerías los

negros y mulatos, y por la familiaridad con que trataba a las mujeres,

sobre todas al ama de la casa. Frisaba ya en los cuarenta años de edad

ese sujeto, no tenía pelo de barba, era blanco de rostro, con ojos

grandes y alocados, la nariz larga, roja hacia la punta, indicio de su

poca sobriedad, la boca grande, más expresiva. Portaba siempre debajo

del brazo izquierdo una caña de Indias con puño de oro y borlas de seda

negra. Le acompañaba a todas partes, como la sombra al cuerpo, un

hombre de facha ordinaria, notable por la estrechez de la frente, por

sus movibles y ardientes ojicos, y, sobre todo, por sus enormes patillas

negras, que le daban el aire antes de bandolero que de alguacil; empleo

que desempeñaba entonces, pues el otro a quien seguía era nada menos que

Cantalapiedra, comisario del barrio del Ángel, el cual abandonaba por

andarse tras la tentadora cuna.

Rato hacía que la música tocaba las sentimentales y bulliciosas

contradanzas cubanas, aunque todavía el baile, para valernos de la frase

vulgar, no se había rompido. Acomodaba afanosa el ama de la casa a sus

amigas particulares y de más edad en los sillones del aposento, para que

a salvo de las pisadas y tropiezos pudiesen gozar de la fiesta al mismo

tiempo que no perder de vista a los objetos o de su cuidado, o de su

cariño, que como jóvenes quedaban en la sala. Pimienta, el clarinete, se

mantenía en pie a la cabeza de la orquesta, tocando su instrumento

favorito, casi de frente para la calle, cual si no hubiese entrado aún

la persona digna de su música, o quisiera ser el primero en verla

entrar. Parecía, sin embargo, inútil este cuidado, por cuanto no entraba

hombre ni mujer que no tuviera algo que decirle al paso. A todos estos

saludos contestaba él invariablemente con un movimiento de cabeza, si se

exceptúa que cuando le tocó su vez al capitán Cantalapiedra, quien con

su acostumbrada familiaridad le puso la mano en el hombro y le habló en

secreto, contestó quitándose el instrumento de la boca:--Así parece, mi

capitán.

Podía advertirse que cada vez que entraba una mujer notable por alguna

circunstancia, los violines, sin duda para hacerle honor, apretaban los

arcos, el flautín o requinto perforaba los oídos con los sones agudos de

su instrumento, el timbalero repiqueteaba que era un primor, el

contrabajo, manejado por el después célebre Brindis,[7] se hacía un

arco con su cuerpo y sacaba los bajos más profundos imaginables, y el

clarinete ejecutaba las más difíciles y melodiosas variaciones. Aquellos

hombres, es innegable, se inspiraban, y la contradanza cubana, creación

suya, aun con tan pequeña orquesta, no perdía un ápice de su gracia

picante ni de su carácter profundamente malicioso-sentimental.

CAPÍTULO V

_--¿Habéis visto en vuestra vida_

_Mujer más airosa?_

_--No._

_Ni al Parque jamás salió_

_Más aseada y bien prendida_

CALDERÓN

Mañanas de Abril y Mayo

Después de dar una vuelta por la sala, el comisario Cantalapiedra se

entró de rondón en el aposento, y en son de broma le tapó por detrás los

ojos al ama de la casa, en los momentos en que ella se inclinaba sobre

la cama para depositar la _manta_ de una de sus amigas que acababa de

entrar de la calle. La tal ama de la casa, Mercedes Ayala, era una

mulata bastante vivaracha y alegre a pesar de sus treinta y pico

cumplidos, regordeta, baja de cuerpo y no mal parecida. Atrapada y todo

por detrás, no se cortó ni turbó por eso; antes por un movimiento

natural acudió con entrambas manos a tentar las del que la impedía ver,

y sin más dilación dijo:--Este no puede ser otro que Cantalapiedra.

--¿Cómo me conociste, mulata? preguntó él.

--¡Toma! repuso ella. Por el aquel de algunas gentes.

--¿El aquel mío o tuyo?

--El de los dos, señor, para que no haya disgusto.

Tras lo cual el comisario la atrajo a sí suavemente por la cintura con

el brazo derecho y le dijo una cosa al paño que la hizo reír mucho;

aunque, apartándole con ambas manos, repuso:

--Quite allá, lisonjero. La que trastorna el juicio está al caer. Ya yo

ya... Cátela Vd.

Si con estas últimas palabras aludía la Ayala a una de las dos muchachas

que en aquel mismo punto se apearon de un lujoso carruaje a la puerta de

la casa, hecho anunciado por el movimiento general de cabezas de dentro

y fuera de ella, no cabe duda que tenía sobrada razón. No la había más

hermosa ni más capaz de trastornar el juicio de un hombre enamorado. Era

la más alta y esbelta de las dos, la que tomó la delantera al descender

del carruaje lo mismo que al entrar en la sala de baile, de brazo con un

mulato que salió a recibirla al estribo, y la que, así por la

regularidad de sus facciones y simetría de sus formas, por lo estrecho

del talle, en contraste con la anchura de los hombros desnudos, por la

expresión amorosa de su cabeza, como por el color ligeramente bronceado,

bien podía pasar por la Venus de la raza híbrida etiópico-caucásica.

Vestía traje de punto ilusión sobre viso de raso blanco, mangas cortas

con ahuecadores, que las hacían parecer dos globos pequeños, banda de

cinta ancha encarnada a través del pecho, guantes de seda largos hasta

el codo, tres sartas de brillantes corales al cuello, y una pluma blanca

de marabú con flores naturales, las que, con el pelo hecho un rodete

bajo y un orden de rizos de sien a sien, por detrás, daban a su cabeza

el aire de una gorra antigua de terciopelo negro, que es lo que ella o

su peluquero se había propuesto contrahacer. La compañera iba vestida y

peinada con poco más o menos como ella, pero no siendo ni con mucho tan

esbelta y bella, no atrajo tanto la atención.

Volvíanse las mujeres todo ojos para verla, los hombres le abrían paso,

le decían alguna lisonja o chocarrería, y en un instante el rumor sordo

de:--La _Virgencita de bronce, la Virgencita de bronce_, recorrió de un

extremo a otro la casa del baile. Que la reina de éste acababa de

presentarse, sin la orquesta, dieron de ello claras muestras la

animación y el movimiento difundidos por todas partes. Al pasar ella por

junto al clarinete Pimienta, le tocó con el abanico en el brazo,

acompañando la acción con una sonrisa, que fueron parte para que el

artista, que por lo visto esperaba aquel instante con ansia devoradora,

sacara de su instrumento las melodías más extrañas y sensibles, cual si

la musa de sus sueños platónicos hubiese bajado a la tierra y adoptado

la forma de una mujer sólo para inspirarle. Puede decirse en resumen que

el golpe del abanico surtió en el músico el efecto de una descarga

eléctrica cuya sensación, si es dable expresarlo así, podía leerse lo

mismo en su rostro que en todo su cuerpo, desde el cabello a la planta.

No se cruzaron palabras entre ellos, por supuesto, ni parecían

necesarias tampoco, al menos por lo que a él tocaba, pues el lenguaje de

sus ojos y de su música era el más elocuente que podía emplear ser

alguno sensible, para expresar la vehemencia de su amorosa pasión.

También le tocó con su abanico y se sonrió con Pimienta la compañera de

la llamada _Virgencita de bronce_ pero el menos observador pudo advertir

que el toque y la sonrisa de la una no tuvieron sobre él, ni con mucho,

la influencia mágica de los de la otra. Al contrario, sus miradas se

encontraron con natural y sereno movimiento, por donde era fácil colegir

que había inteligencia entre ella y el músico, pero aquella inteligencia

que tiene por origen la amistad o el parentesco, no el amor. Sea de esto

lo que se fuere, Pimienta siguió con la vista a las dos muchachas, en

cuanto se lo permitían las gentes, hasta que entraron en el primer

aposento, por la puerta del comedor, entonces cesó de tocar y paró la

música.

Los jóvenes blancos, con Cantalapiedra a su cabeza, se habían situado al

fin en el comedor, cerca de esa puerta de comunicación, para hallarse a

la mira, lo mismo de las mujeres que entraban de la calle, como de las

que salían a bailar en la sala. El que llamaban Leonardo, no bien notó

la aproximación del carruaje en que llegaban las dos muchachas arriba

mencionadas, se abrió camino a la calle con alguna dificultad, y se

dirigió derecho al calesero, al cual le habló en baja voz. Este, para

oírlo, se inclinó desde la silla del caballo que montaba, se quitó el

sombrero en señal de respeto, y diciendo,--sí, señor,--al punto echó a

escape con el carruaje la vuelta del hospital de mujeres de Paula.

Mientras las dos muchachas pasaban del comedor al cuarto, la más hermosa

preguntó a su amiga en tono de voz que pudieron oír algunos de los

circunstantes:

--¿Lo has visto, Nene?

--¿Te ciega el amor? contestó la compañera con otra pregunta.

--No es eso, china, sino que no lo he visto. ¿Qué quieres?

--Pues por tu lado pasó como un reguilete, cuando nosotras entrábamos.

Con esto la otra echó una rápida ojeada en torno del grupo de cabezas

que la rodeaban y se inclinaban sobre ella, en el afán de verla a su

sabor y de atraer sus miradas. Pero no cabe duda que sus ojos no

tropezaron con los del individuo, cuyo nombre ninguna de las dos

mencionó, porque torció el ceño y dio claras muestras de su desazón.

Cantalapiedra, sin embargo, oyendo sus palabras y observando su

semblante, dijo: ¡Cómo! ¿Qué, no me ves? ¡Aquí me tienes, cielo!

La joven hizo un mohín muy sonoro y no replicó palabra. Por el

contrario, Nemesia, que se perecía por los dimes y diretes, contestó con

más viveza que gracia:

--Ahí se podía estar el señor toda la vida. _Naide_ preguntaba por el

señor.

--Ni yo hablaba contigo, poca sal.

--Ni se necesita, cristiano.

--¡Qué lengua, qué lengua! repitió el comisario.

Todo esto pasó en un instante, sin volver atrás la cara las muchachas,

ni pararse a conversar, sino el tiempo necesario para que los hombres

les abrieran paso. Ya en la puerta del aposento, la Ayala recibió a sus

amigas con los brazos abiertos y muchas demostraciones de alegría y de

cariño. Y ya fuese por cumplimiento, ya porque así en efecto lo sentía,

dijo casi a gritos:--Por ustedes se aguardaba para romper el baile.

¿Cómo está Chepilla? continuó hablando con la más joven. ¿No ha venido?

Empezaba a creer que había habido novedad.

--Por poco no vengo, contestó la preguntada. Chepilla no se sentía

buena, y luego se ha puesto tan impertinente. El quitrín esperó por

nosotras media hora por lo menos.

--Más vale que no haya venido, continuó la Mercedes. Porque la cosa va a

durar hasta el alba y ella no podría resistir. Denme sus _mantas_.

Tiempo era ya de que la fiesta comenzase. En efecto, no tardó en

presentarse en el aposento ocupado por las matronas un mulato alto,

calvo, algo entrado en años, aunque robusto, quien plantándose delante

de la Mercedes Ayala, le dijo en voz bronca y con los brazos levantados:

--Vengo por la gracia y la sal para romper el baile.

--Pues, hermano, a la otra puerta, que aquí no es, repuso la Ayala con

mucha risa.

--No hay que venirme con ésas, señora, porque yo soy porfiado. Además,

que a nadie sino al ama de la casa corresponde el honor de romper el

baile; con más que es su natalicio.

--Eso sería bueno si no hubiera en esta selecta reunión muchachas

bonitas, a quienes de derecho corresponde el dominio y la gloria en

todas partes.

--Ya se ve, agregó el calvo, que no faltan esta noche en tan selecta

reunión muchas y muy bonitas muchachas, pero esta circunstancia, que

concurre también en el ama de la casa, no les da derecho a romper el

baile. Hoy en el día de su santo, Merceditas, es Vd. el ama de la casa,

donde celebramos tan fausto día, y es Vd. la gracia y la sal del mundo.

¿He dicho algo? concluyó recorriendo con la vista los circunstantes en

busca de su aprobación.

Todos, que más que menos, ya con palabras, ya con la acción,

manifestaron su aquiescencia, de manera que la Ayala tuvo que ponerse en

pie, y mal su grado seguir al compañero a la sala. Por entonces ya

habían despejado los hombres, dejando un buen espacio libre en el

centro. El calvo llevaba de la mano a la Ayala, y con ella se cuadró de

frente para la orquesta, a la cual mandó en tono imperioso que tocase un

minué de corte. Este baile serio y ceremonioso estaba en desuso en la

época de que hablamos; pero por ser propio de señores o gente principal,

la de color de Cuba le reservaba siempre para dar principio a sus

fiestas.

Bailaba aquella anticuada pieza con bastante gracia por parte de la

mujer y con aire grotesco por la del hombre, saludaron a la primera los

circunstantes con estrepitosos aplausos, y luego, sin más demora,

comenzó de veras el baile, es decir, la danza cubana, modificación tan

especial y peregrina de la danza española, que apenas deja descubrir su

origen. Uno de tantos presentes se arrestó a invitar a la joven de la

pluma blanca, como si dijéramos, a la musa de aquella fiesta, y ella,

sin hacerse de rogar ni poner ningún reparo, aceptó de plano la

invitación. Cuando pasaba del aposento a la sala, para ocupar su puesto

en las filas de la danza, se le escapó a una de las mujeres la siguiente

audible exclamación:

--¡Qué linda! Dios la guarde y la bendiga.

--El mismo retrato de su madre, que santa gloria haya, agregó otra.

--¡Cómo! ¿Que murió la madre de esa niña? preguntó muy azorada una

tercera.

--¡Toma! ¿Que ahora se desayuna Vd. de eso? repuso la que habló en

segundo lugar. ¿Pues no oyó Vd. decir que había muerto de resultas de

haber perdido a su hija a los pocos días de nacida?

--No entiendo cómo la perdió si vive.

--No me ha dejado Vd. explicar, _seña_ Caridad. Perdió a su hija a los

pocos días de nacida porque se la quitaron cuando menos lo esperaba. Hay

quien diga que la abuela, para ponerla en la Real Casa Cuna y hacerla

pasar por blanca; hay quien diga que la abuela no fue la ladrona, sino

el padre de la muchacha, que era un caballero de muchas campanillas y ya

se había arrepentido de sus tratos y contratos con la madre. Esta perdió

junto con la hija el juicio, y cuando le volvieron la hija, por consejo

de los médicos, ya fue tarde, porque si recobró el juicio, que hay quien

lo duda, no recobró la salud, y murió en Paula.

--Ha contado Vd. una historia, _seña_ Trinidad, dijo pasito la Ayala con

sonrisa de incredulidad a la mulata que acababa de hablar.

--Hija, replicó la Trinidad alto, como me la contaron la cuento; ni

quito ni pongo de mi caudal.

--Pues según mis informes, que son de buena tinta, continuó la Ayala,

Vd. o la que le contó la historia añadió mucho de su propio caudal. Lo

digo porque no se sabe de cierto si la madre de la niña ésta vive o

muere; lo único que está bien averiguado es que la abuela oculta a la

nieta el nombre de su padre, aunque es preciso ser ciega para no verlo o

conocerlo. Cuando menos anda ahora mismo por las ventanas, siguiéndole

los pasos a la hija, como que no la pierde de vista un punto. Parece que

ese hombre ingrato y desnaturalizado, arrepentido de su conducta con la

infeliz Rosarito Alarcón, no halla otro medio de expiar su culpa que

seguir a la hija de cuna en cuna y de ponina en ponina, para ver si la

liberta de los peligros del mundo. No tenga cuidado. Trabajo le mando.

Como que así así se le cortan las alas al pájaro que una vez emprendió

el vuelo.

--Pero se puede saber, preguntó la que dijeron Caridad, ¿quién es el

señorón de que se trata? Porque aquí tiene Vd. una persona que no lo

conoce ni lo ha visto nunca, y no me parece que soy sorda ni ciega.

--Como sé lo que es una curiosidad no satisfecha, _seña_ Caridad, voy a

sacarla de dudas, dijo la Ayala acercándose. Creo que hablo con una

mujer de secreto, y por eso le digo todo lo que hay en el asunto.

Apuradamente no tengo por qué andar con tapujos a estas horas. Sepa que

el hombre es...; y poniéndole ambas manos en los hombros a la curiosa,

le comunicó en secreto el nombre del individuo. ¿Lo conoce Vd. ahora?

concluyó preguntando la Ayala.

--Por supuesto que sí, contestó _seña_ Caridad. Como a mis manos. Lo más

que yo conocía. Por cierto que...; pero cállate, lengua.

Serían las diez de la noche y entonces estaba en su punto el baile.

Bailábase con furor. Decimos con furor porque no encontramos término que

pinte más al vivo aquel mover incesante de pies, arrastrándolos

muellemente junto con el cuerpo al compás de la música; aquel revolverse

y estrujarse en medio de la apiñada multitud de bailadores y mirones, y

aquel subir y bajar la danza sin tregua ni respiro. Por sobre el ruido

de la orquesta con sus estrepitosos timbales, podía oírse, en perfecto

tiempo con la música, el monótono y continuo chis, chas de los pies; sin

cuyo requisito no cree la gente de color que se puede llevar el compás

con exacta medida en la danza criolla.

En la época a que nos referimos, estaban en boga las contradanzas de

figuras, algunas difíciles y complicadas, tanto que era preciso

aprenderlas por principio antes de ponerse a ejecutarlas, pues se

exponía a la risa del público el que las equivocaba, equivocación a que

decían _perderse_. Aquel que se colocaba a la cabeza de la danza ponía

la figura, y las demás parejas debían ejecutarla o retirarse de las

filas. En todas las _cunas_ generalmente había algún maestro a quien

cedían o se tomaba el derecho de _poner la figura_, la misma que al

volver a la cabeza de la danza la cambiaba a su antojo. El que más raras

y complicadas figuras ponía, más crédito ganaba de excelente bailador, y

se tenía a honra entre las mujeres el ser su compañera o pareja. Con el

maestro _per se_, fuera de esa distinción, que se disputaba a veces,

había la seguridad de no _perderse_, ni verse en la triste necesidad de

sentarse, sin haber bailado, después de haberse colocado en las filas de

la danza.

Cecilia Valdés o la Loma del Ángel · 第 3 / 44 段