tanto del punto objetivo de la presente historia. Nuestra atención la
atraía por completo un baile de la clase baja que se daba en el recinto
de la ciudad por la parte que mira al Sur. La casa donde tenía efecto,
ofrecía ruín apariencia, no ya por su fachada gacha y sucia, como por el
sitio en que se hallaba, el cual no era otro que el de la garita de San
José, opuesto a la muralla, en una calle honda y pedregosa. Aunque de
puerta ancha con postigo, no formaba lo que se entiende en Cuba por
zaguán, pues abría derecho a la sala. Tras ésta venía el comedor con el
correspondiente tinajero, armazón piramidal de cedro, en que persianas
menudas encerraban la piedra de filtrar, la tinaja colorada barrigona,
los búcaros, de una especie de _terra cotta_ y las pálidas alcarrazas de
Valencia, en España. Al comedor dicho daba la puerta lateral del primer
aposento, ocupado en su mayor parte por dos órdenes de sillones de
vaqueta colorada, una cama con colgaduras de muselina blanca y un
armario, al que dicen en La Habana escaparate. Otros cuartos seguían a
ése, atestados de muebles ordinarios, y paralelo a ellos un patio largo
y angosto, también obstruido en parte por el brocal alto de un pozo
cuyas aguas salobres dividía con la casa contigua, terminando cuartos y
patio en una saleta atravesada y exenta.
En esta última se hallaba una mesa de regular tamaño, ya vestida y
preparada con cubiertos como para hasta diez personas; algunos refrescos
y manjares, agua de Loja, limonada, vinos dulces, confituras, panetelas
cubiertas, suspiros, merengues, un jamón adornado con lazos de cintas y
papel picado, y un gran pescado, nadando casi en una salsa espesa de
fuerte condimento. En la sala había muchas sillas ordinarias de madera
arrimadas a las paredes, y a la derecha, como se entra de la calle, un
canapé, con varios atriles de pie derecho por delante. Aquél, a la sazón
que principia nuestro cuento, le ocupaban hasta siete negros y mulatos
músicos, tres violines, un contrabajo, un flautín, un par de timbales y
un clarinete. El último de los instrumentos aquí mencionados se hallaba
a cargo de un mulato joven, bien plantado y no mal parecido de rostro,
quien, no obstante sus pocos años, dirigía aquella pequeña orquesta.
Ese se veía de pie a la cabeza del canapé por el lado de la calle. Sus
compañeros, casi todos mayores que él, le decían Pimienta, y ya fuese un
sobrenombre, ya su verdadero apellido, por éste lo designaremos de aquí
adelante. Su mirada distraída y aun sombría, no se apartaba de la puerta
de la calle, como si esperase algo o a alguien, en los momentos de que
hablamos ahora.
Pero aquella puerta, lo mismo que la ventana de bastidor cuadrado, se
veía asediada de una multitud de curiosos de todas edades y condiciones,
que apenas permitían acceso a la sala a las mujeres y hombres con
derecho o voluntad de entrar. Y decimos con derecho o voluntad porque
nadie presentaba papeleta, ni había bastonero que recibiese o
aposentase. El baile, conocidamente era uno de los que, sin que sepamos
su origen, llamaban _cuna_ en La Habana. Sólo sabemos que se daban en
tiempo de ferias, que en ellos tenían entrada franca los individuos de
ambos sexos de la clase de color, sin que se le negase tampoco a los
jóvenes blancos que solían honrarlos con su presencia. El hecho, sin
embargo, de tenerse preparado en el interior un buen refresco, prueba,
que si aquella era una _cuna_ en el sentido lato de la palabra, parte al
menos de la concurrencia había recibido previa invitación o esperaba ser
bien recibida. Así era en efecto la verdad. La ama de la casa, mulata
rica y rumbosa, llamada Mercedes, celebraba su santo en unión de sus
amigos particulares, y abría las puertas para que disfrutaran del baile
los aficionados a esta diversión y contribuyeran con su presencia al
mayor lustre e interés de la reunión.
Serían las ocho de la noche. Desde por la tarde habían estado cayendo
los primeros chubascos de otoño, y aunque habían suspendido hacia el
oscurecer, tras haber empapado el suelo, dejando las calles
intransitables, no habían refrescado la atmósfera. Lejos de ello, había
quedado tan saturada de humedad, que se adhería a la piel y hervía en
los poros. Pero no eran estos inconvenientes para los curiosos que,
según hemos dicho antes, asediaban la puerta y la ventana, hasta llenar
casi la mitad de la angosta y torcida calle; ni para los concurrentes al
baile, que a medida que avanzaba la noche llegaban en mayor número, unos
a pie, otros en carruaje. Cosa de las nueve la sala de baile era un
hervidero de cabezas humanas; las mujeres sentadas en las sillas del
rededor y los hombres de pie en medio, formando grupo compacto, todos
con los sombreros puestos; por lo cual la cabeza que sobresalía, de
seguro que tropezaba con la bomba de cristal, suspendida de una vigueta
por tres cadenas de cobre, en que ardía la única vela de esperma para
alumbrar a medias aquella tan extraña como heterogénea multitud.
Bastante era el número de negras y mulatas que habían entrado, en su
mayor parte vestidas estrafalariamente. Los hombres de la misma clase,
cuya concurrencia superaba a la de las mujeres, no vestían con mejor
gusto, aunque casi todos llevaban casaca de paño y chaleco de piqué, los
menos chupa de lienzo, dril o Arabia, que entonces se usaban
generalmente, y sombrero de paño. No escaseaban tampoco los jóvenes
criollos de familias decentes y acomodadas, los cuales sin empacho se
rozaban con la gente de color y tomaban parte en su diversión más
característica, unos por mera afición y otros movidos por motivos de
menos puro origen. Aparece que algunos de ellos, pocos en verdad, no se
recataban de las mujeres de su clase, si hemos de juzgar por el
desembarazo con que se detenían en la sala de baile y dirigían la
palabra a sus conocidas o amigas, a ciencia y presencia de aquéllas que,
mudas espectadoras, los veían desde la ventana de la casa.
Distinguíase entre los jóvenes dichos antes, así por su varonil belleza
de rostro y formas, como por sus maneras joviales, uno a quien sus
compañeros decían Leonardo. Vestía pantalón y chupa de dril crudo con
listas rosadas, chaleco blanco de piqué, corbata de seda ajustada al
cuello por un anillo de oro y las puntas sueltas, sombrero de yarey, tan
fino que parecía hecho de holán Cambray, calcetín de seda de color de
carne y zapato bajo con hebillita de oro al lado. Por debajo del
chaleco, asomaba una cinta de aguas rojo y blanco, doblada en dos y
sujetas las puntas con una hebilla también de oro. Esta servía de cadena
al reloj en el bolsillo del pantalón. Había allí otro hombre que se
distinguía más si cabe que Leonardo, aunque por distinto camino, esto
es, por lo que diferían a su opinión y se reían de sus chocarrerías los
negros y mulatos, y por la familiaridad con que trataba a las mujeres,
sobre todas al ama de la casa. Frisaba ya en los cuarenta años de edad
ese sujeto, no tenía pelo de barba, era blanco de rostro, con ojos
grandes y alocados, la nariz larga, roja hacia la punta, indicio de su
poca sobriedad, la boca grande, más expresiva. Portaba siempre debajo
del brazo izquierdo una caña de Indias con puño de oro y borlas de seda
negra. Le acompañaba a todas partes, como la sombra al cuerpo, un
hombre de facha ordinaria, notable por la estrechez de la frente, por
sus movibles y ardientes ojicos, y, sobre todo, por sus enormes patillas
negras, que le daban el aire antes de bandolero que de alguacil; empleo
que desempeñaba entonces, pues el otro a quien seguía era nada menos que
Cantalapiedra, comisario del barrio del Ángel, el cual abandonaba por
andarse tras la tentadora cuna.
Rato hacía que la música tocaba las sentimentales y bulliciosas
contradanzas cubanas, aunque todavía el baile, para valernos de la frase
vulgar, no se había rompido. Acomodaba afanosa el ama de la casa a sus
amigas particulares y de más edad en los sillones del aposento, para que
a salvo de las pisadas y tropiezos pudiesen gozar de la fiesta al mismo
tiempo que no perder de vista a los objetos o de su cuidado, o de su
cariño, que como jóvenes quedaban en la sala. Pimienta, el clarinete, se
mantenía en pie a la cabeza de la orquesta, tocando su instrumento
favorito, casi de frente para la calle, cual si no hubiese entrado aún
la persona digna de su música, o quisiera ser el primero en verla
entrar. Parecía, sin embargo, inútil este cuidado, por cuanto no entraba
hombre ni mujer que no tuviera algo que decirle al paso. A todos estos
saludos contestaba él invariablemente con un movimiento de cabeza, si se
exceptúa que cuando le tocó su vez al capitán Cantalapiedra, quien con
su acostumbrada familiaridad le puso la mano en el hombro y le habló en
secreto, contestó quitándose el instrumento de la boca:--Así parece, mi
capitán.
Podía advertirse que cada vez que entraba una mujer notable por alguna
circunstancia, los violines, sin duda para hacerle honor, apretaban los
arcos, el flautín o requinto perforaba los oídos con los sones agudos de
su instrumento, el timbalero repiqueteaba que era un primor, el
contrabajo, manejado por el después célebre Brindis,[7] se hacía un
arco con su cuerpo y sacaba los bajos más profundos imaginables, y el
clarinete ejecutaba las más difíciles y melodiosas variaciones. Aquellos
hombres, es innegable, se inspiraban, y la contradanza cubana, creación
suya, aun con tan pequeña orquesta, no perdía un ápice de su gracia
picante ni de su carácter profundamente malicioso-sentimental.
CAPÍTULO V
_--¿Habéis visto en vuestra vida_
_Mujer más airosa?_
_--No._
_Ni al Parque jamás salió_
_Más aseada y bien prendida_
CALDERÓN
Mañanas de Abril y Mayo
Después de dar una vuelta por la sala, el comisario Cantalapiedra se
entró de rondón en el aposento, y en son de broma le tapó por detrás los
ojos al ama de la casa, en los momentos en que ella se inclinaba sobre
la cama para depositar la _manta_ de una de sus amigas que acababa de
entrar de la calle. La tal ama de la casa, Mercedes Ayala, era una
mulata bastante vivaracha y alegre a pesar de sus treinta y pico
cumplidos, regordeta, baja de cuerpo y no mal parecida. Atrapada y todo
por detrás, no se cortó ni turbó por eso; antes por un movimiento
natural acudió con entrambas manos a tentar las del que la impedía ver,
y sin más dilación dijo:--Este no puede ser otro que Cantalapiedra.
--¿Cómo me conociste, mulata? preguntó él.
--¡Toma! repuso ella. Por el aquel de algunas gentes.
--¿El aquel mío o tuyo?
--El de los dos, señor, para que no haya disgusto.
Tras lo cual el comisario la atrajo a sí suavemente por la cintura con
el brazo derecho y le dijo una cosa al paño que la hizo reír mucho;
aunque, apartándole con ambas manos, repuso:
--Quite allá, lisonjero. La que trastorna el juicio está al caer. Ya yo
ya... Cátela Vd.
Si con estas últimas palabras aludía la Ayala a una de las dos muchachas
que en aquel mismo punto se apearon de un lujoso carruaje a la puerta de
la casa, hecho anunciado por el movimiento general de cabezas de dentro
y fuera de ella, no cabe duda que tenía sobrada razón. No la había más
hermosa ni más capaz de trastornar el juicio de un hombre enamorado. Era
la más alta y esbelta de las dos, la que tomó la delantera al descender
del carruaje lo mismo que al entrar en la sala de baile, de brazo con un
mulato que salió a recibirla al estribo, y la que, así por la
regularidad de sus facciones y simetría de sus formas, por lo estrecho
del talle, en contraste con la anchura de los hombros desnudos, por la
expresión amorosa de su cabeza, como por el color ligeramente bronceado,
bien podía pasar por la Venus de la raza híbrida etiópico-caucásica.
Vestía traje de punto ilusión sobre viso de raso blanco, mangas cortas
con ahuecadores, que las hacían parecer dos globos pequeños, banda de
cinta ancha encarnada a través del pecho, guantes de seda largos hasta
el codo, tres sartas de brillantes corales al cuello, y una pluma blanca
de marabú con flores naturales, las que, con el pelo hecho un rodete
bajo y un orden de rizos de sien a sien, por detrás, daban a su cabeza
el aire de una gorra antigua de terciopelo negro, que es lo que ella o
su peluquero se había propuesto contrahacer. La compañera iba vestida y
peinada con poco más o menos como ella, pero no siendo ni con mucho tan
esbelta y bella, no atrajo tanto la atención.
Volvíanse las mujeres todo ojos para verla, los hombres le abrían paso,
le decían alguna lisonja o chocarrería, y en un instante el rumor sordo
de:--La _Virgencita de bronce, la Virgencita de bronce_, recorrió de un
extremo a otro la casa del baile. Que la reina de éste acababa de
presentarse, sin la orquesta, dieron de ello claras muestras la
animación y el movimiento difundidos por todas partes. Al pasar ella por
junto al clarinete Pimienta, le tocó con el abanico en el brazo,
acompañando la acción con una sonrisa, que fueron parte para que el
artista, que por lo visto esperaba aquel instante con ansia devoradora,
sacara de su instrumento las melodías más extrañas y sensibles, cual si
la musa de sus sueños platónicos hubiese bajado a la tierra y adoptado
la forma de una mujer sólo para inspirarle. Puede decirse en resumen que
el golpe del abanico surtió en el músico el efecto de una descarga
eléctrica cuya sensación, si es dable expresarlo así, podía leerse lo
mismo en su rostro que en todo su cuerpo, desde el cabello a la planta.
No se cruzaron palabras entre ellos, por supuesto, ni parecían
necesarias tampoco, al menos por lo que a él tocaba, pues el lenguaje de
sus ojos y de su música era el más elocuente que podía emplear ser
alguno sensible, para expresar la vehemencia de su amorosa pasión.
También le tocó con su abanico y se sonrió con Pimienta la compañera de
la llamada _Virgencita de bronce_ pero el menos observador pudo advertir
que el toque y la sonrisa de la una no tuvieron sobre él, ni con mucho,
la influencia mágica de los de la otra. Al contrario, sus miradas se
encontraron con natural y sereno movimiento, por donde era fácil colegir
que había inteligencia entre ella y el músico, pero aquella inteligencia
que tiene por origen la amistad o el parentesco, no el amor. Sea de esto
lo que se fuere, Pimienta siguió con la vista a las dos muchachas, en
cuanto se lo permitían las gentes, hasta que entraron en el primer
aposento, por la puerta del comedor, entonces cesó de tocar y paró la
música.
Los jóvenes blancos, con Cantalapiedra a su cabeza, se habían situado al
fin en el comedor, cerca de esa puerta de comunicación, para hallarse a
la mira, lo mismo de las mujeres que entraban de la calle, como de las
que salían a bailar en la sala. El que llamaban Leonardo, no bien notó
la aproximación del carruaje en que llegaban las dos muchachas arriba
mencionadas, se abrió camino a la calle con alguna dificultad, y se
dirigió derecho al calesero, al cual le habló en baja voz. Este, para
oírlo, se inclinó desde la silla del caballo que montaba, se quitó el
sombrero en señal de respeto, y diciendo,--sí, señor,--al punto echó a
escape con el carruaje la vuelta del hospital de mujeres de Paula.
Mientras las dos muchachas pasaban del comedor al cuarto, la más hermosa
preguntó a su amiga en tono de voz que pudieron oír algunos de los
circunstantes:
--¿Lo has visto, Nene?
--¿Te ciega el amor? contestó la compañera con otra pregunta.
--No es eso, china, sino que no lo he visto. ¿Qué quieres?
--Pues por tu lado pasó como un reguilete, cuando nosotras entrábamos.
Con esto la otra echó una rápida ojeada en torno del grupo de cabezas
que la rodeaban y se inclinaban sobre ella, en el afán de verla a su
sabor y de atraer sus miradas. Pero no cabe duda que sus ojos no
tropezaron con los del individuo, cuyo nombre ninguna de las dos
mencionó, porque torció el ceño y dio claras muestras de su desazón.
Cantalapiedra, sin embargo, oyendo sus palabras y observando su
semblante, dijo: ¡Cómo! ¿Qué, no me ves? ¡Aquí me tienes, cielo!
La joven hizo un mohín muy sonoro y no replicó palabra. Por el
contrario, Nemesia, que se perecía por los dimes y diretes, contestó con
más viveza que gracia:
--Ahí se podía estar el señor toda la vida. _Naide_ preguntaba por el
señor.
--Ni yo hablaba contigo, poca sal.
--Ni se necesita, cristiano.
--¡Qué lengua, qué lengua! repitió el comisario.
Todo esto pasó en un instante, sin volver atrás la cara las muchachas,
ni pararse a conversar, sino el tiempo necesario para que los hombres
les abrieran paso. Ya en la puerta del aposento, la Ayala recibió a sus
amigas con los brazos abiertos y muchas demostraciones de alegría y de
cariño. Y ya fuese por cumplimiento, ya porque así en efecto lo sentía,
dijo casi a gritos:--Por ustedes se aguardaba para romper el baile.
¿Cómo está Chepilla? continuó hablando con la más joven. ¿No ha venido?
Empezaba a creer que había habido novedad.
--Por poco no vengo, contestó la preguntada. Chepilla no se sentía
buena, y luego se ha puesto tan impertinente. El quitrín esperó por
nosotras media hora por lo menos.
--Más vale que no haya venido, continuó la Mercedes. Porque la cosa va a
durar hasta el alba y ella no podría resistir. Denme sus _mantas_.
Tiempo era ya de que la fiesta comenzase. En efecto, no tardó en
presentarse en el aposento ocupado por las matronas un mulato alto,
calvo, algo entrado en años, aunque robusto, quien plantándose delante
de la Mercedes Ayala, le dijo en voz bronca y con los brazos levantados:
--Vengo por la gracia y la sal para romper el baile.
--Pues, hermano, a la otra puerta, que aquí no es, repuso la Ayala con
mucha risa.
--No hay que venirme con ésas, señora, porque yo soy porfiado. Además,
que a nadie sino al ama de la casa corresponde el honor de romper el
baile; con más que es su natalicio.
--Eso sería bueno si no hubiera en esta selecta reunión muchachas
bonitas, a quienes de derecho corresponde el dominio y la gloria en
todas partes.
--Ya se ve, agregó el calvo, que no faltan esta noche en tan selecta
reunión muchas y muy bonitas muchachas, pero esta circunstancia, que
concurre también en el ama de la casa, no les da derecho a romper el
baile. Hoy en el día de su santo, Merceditas, es Vd. el ama de la casa,
donde celebramos tan fausto día, y es Vd. la gracia y la sal del mundo.
¿He dicho algo? concluyó recorriendo con la vista los circunstantes en
busca de su aprobación.
Todos, que más que menos, ya con palabras, ya con la acción,
manifestaron su aquiescencia, de manera que la Ayala tuvo que ponerse en
pie, y mal su grado seguir al compañero a la sala. Por entonces ya
habían despejado los hombres, dejando un buen espacio libre en el
centro. El calvo llevaba de la mano a la Ayala, y con ella se cuadró de
frente para la orquesta, a la cual mandó en tono imperioso que tocase un
minué de corte. Este baile serio y ceremonioso estaba en desuso en la
época de que hablamos; pero por ser propio de señores o gente principal,
la de color de Cuba le reservaba siempre para dar principio a sus
fiestas.
Bailaba aquella anticuada pieza con bastante gracia por parte de la
mujer y con aire grotesco por la del hombre, saludaron a la primera los
circunstantes con estrepitosos aplausos, y luego, sin más demora,
comenzó de veras el baile, es decir, la danza cubana, modificación tan
especial y peregrina de la danza española, que apenas deja descubrir su
origen. Uno de tantos presentes se arrestó a invitar a la joven de la
pluma blanca, como si dijéramos, a la musa de aquella fiesta, y ella,
sin hacerse de rogar ni poner ningún reparo, aceptó de plano la
invitación. Cuando pasaba del aposento a la sala, para ocupar su puesto
en las filas de la danza, se le escapó a una de las mujeres la siguiente
audible exclamación:
--¡Qué linda! Dios la guarde y la bendiga.
--El mismo retrato de su madre, que santa gloria haya, agregó otra.
--¡Cómo! ¿Que murió la madre de esa niña? preguntó muy azorada una
tercera.
--¡Toma! ¿Que ahora se desayuna Vd. de eso? repuso la que habló en
segundo lugar. ¿Pues no oyó Vd. decir que había muerto de resultas de
haber perdido a su hija a los pocos días de nacida?
--No entiendo cómo la perdió si vive.
--No me ha dejado Vd. explicar, _seña_ Caridad. Perdió a su hija a los
pocos días de nacida porque se la quitaron cuando menos lo esperaba. Hay
quien diga que la abuela, para ponerla en la Real Casa Cuna y hacerla
pasar por blanca; hay quien diga que la abuela no fue la ladrona, sino
el padre de la muchacha, que era un caballero de muchas campanillas y ya
se había arrepentido de sus tratos y contratos con la madre. Esta perdió
junto con la hija el juicio, y cuando le volvieron la hija, por consejo
de los médicos, ya fue tarde, porque si recobró el juicio, que hay quien
lo duda, no recobró la salud, y murió en Paula.
--Ha contado Vd. una historia, _seña_ Trinidad, dijo pasito la Ayala con
sonrisa de incredulidad a la mulata que acababa de hablar.
--Hija, replicó la Trinidad alto, como me la contaron la cuento; ni
quito ni pongo de mi caudal.
--Pues según mis informes, que son de buena tinta, continuó la Ayala,
Vd. o la que le contó la historia añadió mucho de su propio caudal. Lo
digo porque no se sabe de cierto si la madre de la niña ésta vive o
muere; lo único que está bien averiguado es que la abuela oculta a la
nieta el nombre de su padre, aunque es preciso ser ciega para no verlo o
conocerlo. Cuando menos anda ahora mismo por las ventanas, siguiéndole
los pasos a la hija, como que no la pierde de vista un punto. Parece que
ese hombre ingrato y desnaturalizado, arrepentido de su conducta con la
infeliz Rosarito Alarcón, no halla otro medio de expiar su culpa que
seguir a la hija de cuna en cuna y de ponina en ponina, para ver si la
liberta de los peligros del mundo. No tenga cuidado. Trabajo le mando.
Como que así así se le cortan las alas al pájaro que una vez emprendió
el vuelo.
--Pero se puede saber, preguntó la que dijeron Caridad, ¿quién es el
señorón de que se trata? Porque aquí tiene Vd. una persona que no lo
conoce ni lo ha visto nunca, y no me parece que soy sorda ni ciega.
--Como sé lo que es una curiosidad no satisfecha, _seña_ Caridad, voy a
sacarla de dudas, dijo la Ayala acercándose. Creo que hablo con una
mujer de secreto, y por eso le digo todo lo que hay en el asunto.
Apuradamente no tengo por qué andar con tapujos a estas horas. Sepa que
el hombre es...; y poniéndole ambas manos en los hombros a la curiosa,
le comunicó en secreto el nombre del individuo. ¿Lo conoce Vd. ahora?
concluyó preguntando la Ayala.
--Por supuesto que sí, contestó _seña_ Caridad. Como a mis manos. Lo más
que yo conocía. Por cierto que...; pero cállate, lengua.
Serían las diez de la noche y entonces estaba en su punto el baile.
Bailábase con furor. Decimos con furor porque no encontramos término que
pinte más al vivo aquel mover incesante de pies, arrastrándolos
muellemente junto con el cuerpo al compás de la música; aquel revolverse
y estrujarse en medio de la apiñada multitud de bailadores y mirones, y
aquel subir y bajar la danza sin tregua ni respiro. Por sobre el ruido
de la orquesta con sus estrepitosos timbales, podía oírse, en perfecto
tiempo con la música, el monótono y continuo chis, chas de los pies; sin
cuyo requisito no cree la gente de color que se puede llevar el compás
con exacta medida en la danza criolla.
En la época a que nos referimos, estaban en boga las contradanzas de
figuras, algunas difíciles y complicadas, tanto que era preciso
aprenderlas por principio antes de ponerse a ejecutarlas, pues se
exponía a la risa del público el que las equivocaba, equivocación a que
decían _perderse_. Aquel que se colocaba a la cabeza de la danza ponía
la figura, y las demás parejas debían ejecutarla o retirarse de las
filas. En todas las _cunas_ generalmente había algún maestro a quien
cedían o se tomaba el derecho de _poner la figura_, la misma que al
volver a la cabeza de la danza la cambiaba a su antojo. El que más raras
y complicadas figuras ponía, más crédito ganaba de excelente bailador, y
se tenía a honra entre las mujeres el ser su compañera o pareja. Con el
maestro _per se_, fuera de esa distinción, que se disputaba a veces,
había la seguridad de no _perderse_, ni verse en la triste necesidad de
sentarse, sin haber bailado, después de haberse colocado en las filas de
la danza.