plazuela de Santa Catalina, cuyo terraplén, que corre por todo el
frente, subió a saltos, y luego bajó a la calle del Aguacate por una
escalera de mampostería. Una vez allí, se dirigió derecho, aunque con
cierta cautela, a la casita inmediata a la esquina ocupada por una
taberna. No tocó ni se detuvo delante de la puerta, sino que empujó con
suavidad la hoja de la derecha o macho, la cual estaba sujeta con una
media bala de hierro en el suelo. Había sido de bermellón la pintura de
dicha puerta, pero lavada por las lluvias, el sol y el tiempo, no le
quedaban sino manchas oscuras en torno de la cabeza de los clavos y en
las molduras profundas de los tableros. La ventanilla, que era de espejo
y alta, sólo tenía tres o cuatro balaustres, había perdido la pintura
primitiva, quedándole un baño ligero de color de plomo. Por lo que toca
al interior, su apariencia era más ruin, si cabe, que el exterior. Se
componía de una salita, dividida por un biombo para formar una alcoba,
cuya puerta daba precisamente hacia la de la calle, y otra a la derecha
con salida al patio angosto y no más largo que el fondo de la casita. A
la izquierda de la entrada y a la altura de una vara, había un hueco en
la pared medianera, a modo de nicho, en cuyo fondo se veía una Madre
Dolorosa de cuerpo entero, aunque muy reducido, con una espada de fuego
que le atravesaba el pecho de parte a parte. Alumbraban día y noche tan
peregrina pintura dos mariposas, es decir, dos hornillas con su pabilo
correspondiente, flotando en tres partes de agua y una de aceite, dentro
de vasos ordinarios de vidrio. Una guirnalda de todas flores
artificiales y de pedazos de cartulina dorada y plateada, ajadas,
descoloridas y polvorosas adornaba el retablo. Y en torno, por las
paredes, en el biombo y detrás de las puertas y ventanas, gran número de
letreros, por ejemplo: ¡Ave María Purísima! ¡La Gracia de Dios sea en
esta casa! ¡Viva Jesús! ¡Viva María! ¡Viva la Gracia y muera el Pecado!
Con otros muchos por el estilo, que no hay para qué repetirlos. Las
estampas, sin cuadro, pegadas a las paredes con obleas o engrudo, eran
más numerosas que los letreros, todas de santos, impresas por el
impresor Boloña[6] en papel común y recogidas de manos de los
demandantes de los conventos a cambio de limosnas, o compradas a la
puerta de las iglesias en los días de fiestas.
Reducíase a bien poco el mueblaje, aunque en su poquedad y ruina se
conocía que había visto mejores tiempos cuando nuevo. El más apetecible
de la casa era una butaca de Campeche, ya coja, con orejas grandes y
desvencijada. Agregábanse tres o cuatro sillas de cedro con asiento y
respaldo de vaqueta, del mismo estilo, fuertes, macizas y antiquísimas.
Hacía juego con ellas una rinconera de la propia madera, cuyos pies
estaban labrados en forma de pezuña de sátiro, con molduras y hojas de
parra.
A pesar de la estrechez de aquel albergue, había un gato dormilón,
varias palomas y gallinas, muy familiarizadas sin duda con sus dos
únicos huéspedes humanos, pues que iban y venían, saltaban sobre los
respaldos de las sillas, maullaban, arrullaban y cacareaban sin
consideración ni temor. A un lado de la alcoba había una cama alta,
cuadrilonga, que siempre estaba de recibo, como que era de cuero sin
curtir, cuya dureza la suavizaba un colchón de plumas, cubierto
perennemente con una colcha de mil y un retazos o taracea. Las columnas
salomónicas, en vez de colgaduras, sostenían San Blases, escapularios,
cruces de cartón, piedras de vidrio y palmas benditas de los domingos de
ramos de muchos años atrás.
En realidad aquélla no era casa sino en cuanto daba abrigo a dos
personas, porque, fuera de las dos piezas mencionadas, no tenía
comodidad ni más desahogo que el patio dicho, donde estaba la cocina,
mejor, fogón, cajoncito de madera lleno de ceniza, montado sobre cuatro
pies derechos, y protegido de la lluvia por una especie de alero de
mesilla. Nos hemos detenido tanto en la descripción de la casucha donde
entró Cecilia, porque pare su imaginación el benigno lector en el
contraste que ofrecería una niña tan linda, rebosando vida y juventud,
en medio de tanta antigualla, que no parecía sino que el cielo la había
colocado allí para decirle a cada rato al oído:--Hija, contempla lo que
serás y sé más cuerda.
Pero estamos seguros que eso era lo menos en que ella pensaba, y
entonces con doble motivo, cuanto que más le importaba que no la
sintiese entrar cierta persona que, de espaldas en la butaca, frente al
nicho, parecía rezar o dormitar. Sin embargo, por más tiento que pusiese
la picaruela en el modo de asentar la planta, no lo pudo hacer tan
callandito que no la oyese y sintiese distintamente la vieja, cuyos
oídos eran muy finos, y que entonces no rezaba ni dormía, sino que leía,
hecha un arco, en un libro pequeño de oraciones con forro de pergamino.
--¡Hola! le dijo mirándola de soslayo por encima de los aros
perfectamente redondos de sus gafas, enhorquilladas en la punta de la
nariz, a guisa de muchacho a la grupa de un caballo, ¡Hola señorita!
¿Aquí está Vd? ¿Eh? ¡Qué bueno! ¿Son éstas horas de venir a pedir la
bendición de su abuela? (Porque la chica se acercaba con los brazos
cruzados.) ¿Dónde has estado hasta ahora, buena pieza? (Habían tocado ya
las oraciones.) ¡Qué linda estabas para ir por los óleos! Y echándole
mano de pronto, en cuyo acto se le cayó el libro y se espantaron el gato
que pestañeaba a menudo sentado en una silla, las palomas y las
gallinas. Ven acá, espiritada, añadió; mariposa sin alas, oveja sin
grey, loca de cepo; ven, que he de averiguar dónde has estado hasta
estas horas. ¿Qué, tú no tienes rey ni Roque que te gobierne, ni Papa
que te excomulgue? ¿Adónde se ha visto de eso? ¿Tú no tienes más vida
que correr por las calles? ¿No se puede averiguar nadie contigo? Yo te
haré entender que hay quien puede. ¡No me quedaba que ver!
Cecilia, lejos de asustarse, ni de huir, con mucha risa se echó en
brazos de la malhumorada y gruñidora abuela, y, como para anudarle la
lengua, le entregó cuanto le habían regalado las señoritas donde había
estado.
CAPÍTULO III
_Malditas viejas,
Que a las mozas malamente
Enloquecen con consejas._
ZORRILLA
Con más zalamería y astucia de las que cabían en una niña de su edad,
Cecilia abrazó y besó a su abuela, a la cual dio el nombre de Chepilla
(alteración caprichosa de Josefa), que así generalmente la llamaban.
Bastó eso para aplacar su enojo, y nada hay en ello que extrañar,
porque, según adelante veremos, había sido tan infeliz aquella mujer,
sentía tal necesidad de ser amada por el único ser que la interesaba de
cerca en el mundo, que mantener seriedad con la nieta, hubiera sido lo
mismo que prolongar su propio martirio. Por supuesto que selló sus
labios de golpe, y no acertó a otra cosa que a contemplarla, bien así
como momentos antes había estado contemplando el dulce rostro de María
Santísima, en fervorosa oración.
Mientras la niña estrechaba por la cintura a la vieja con sus torneados
brazos y recostaba la hermosa cabeza en su pecho, semejante a la flor
que brota en un tronco seco y con sus hojas y fragancia ostenta la vida
junto a la misma muerte, la figura de _seña_ Josefa se mostraba más
extraña y fea de lo que era naturalmente. Su rostro mismo formaba
contraste con lo demás del cuerpo. Ya fuese porque tenía la costumbre de
llevarse el cabello atrás, ya porque lo sacó de naturaleza, la verdad es
que le lucía la frente demasiado ancha, la nariz grande y roma, la barba
aguda, y la cuenca de los ojos hundida. Esto daba aviesa expresión a su
semblante, no muy fácil de pasar por alto al menos avisado observador.
Aún había morbidez en sus brazos, y sus manos podían calificarse de
lindas. Pero lo más notable de su fisonomía eran sus ojos grandes,
oscuros y penetrantes, restos de una facciones que habían sido
agradables, desarmonizadas ahora por una vejez prematura.
Mulata de origen, su color era cobrizo, y con los años y las arrugas se
le había vuelto atezado, o _achinado_; para valernos de la expresión
vulgar con que se designa en Cuba al hijo de mulato y negra, o al
contrario. Podía tener 60 años de edad, aunque aparentaba más, porque ya
empezaba a blanquearle el cabello, cosa que en las gentes de color suele
suceder más tarde que en las de raza caucásica. Los padecimientos del
ánimo aniquilan primero el semblante que el cuerpo mortal del hombre.
Como veremos después, la resignación cristiana, obra de su fe en Dios,
pasto con que al fin alimentaba su espíritu en las largas horas
consagradas al rezo y a la meditación, sólo la hubiera mantenido en pie
contra los embates de su miserable suerte. Por otra parte, con el triste
convencimiento del que de una ojeada midió su pasado y su porvenir, y lo
que debía y podía esperar de su nieta, hermosa flor arrojada en mitad de
la plaza pública, para ser hollada del primer transeúnte, ya en el
último tercio de su vida, con los remordimientos de la pasada, antes de
airarse, comprendió que le tocaba aplacar la cólera de su juez invisible
y procurarse momentos de calma, ínterin sonaba la hora postrimera.
En aquélla en que la sorprende nuestra narración, aunque hubiese
cumplido los 80 de su vida, habría creído que había vivido muy poco
tiempo si llegaban sus últimos momentos y dejaba tras sí a la nieta
joven y desamparada en el mundo, y no le era dado asistir al desenlace
de un drama en que ella, bien a su pesar, sin ser la heroína,
representaba, hacía tiempo, papel muy importante. Acomodado el carácter
de _seña_ Josefa, naturalmente irascible, a la regla de conducta de que
antes se ha hablado, como medio de alcanzar el perdón de sus propias
culpas, fácil es comprender por qué, si bien justamente enojada con
Cecilia porque llegaba tarde, y por otras muchas faltas anteriores, se
sentía más bien dispuesta a disculparla que a reñirla. Después, como
ella le vino con sus zalamerías, en vez de hurtarle el cuerpo, esto la
sirvió de pretexto plausible para confirmarse en su propósito. En su
virtud, cambiando prontamente de tono y aspecto, se contentó con
preguntarle por segunda vez dónde había estado.
--¿Yo? repitió la niña apoyando ambos codos en las rodillas de la abuela
y jugando con los escapularios que le pendían del pescuezo. ¿Yo? En casa
de unas muchachas muy bonitas que me vieron pasar y me llamaron. Allí
estaba una señora gorda sentada en un sillón, que me preguntó cómo me
llamaba yo, y cómo se llamaba mi madre, y quién era mi padre, y dónde
vivía yo...
--¡Jesús! ¡Jesús! exclamó _seña_ Josefa persignándose.
--¡Ay! continuó la chica sin parar mientes en la abuela. ¡Qué gente tan
preguntona! ¿Y no sabe su merced cómo una de las muchachas aquellas me
quería cortar el pelo para hacer una _cachucha_? Sí, señor. Pero yo me
zafé.
--¡Vea Vd. espíritu maligno y por dónde trepa! volvió a exclamar la
abuela como si hablase consigo misma.
--Y si no es por un hombre, prosiguió Cecilia, que estaba acostado en el
sofá, y regañó a las muchachas y les dijo que me dejaran quieta y luego
se fue para su cuarto bravísimo... ¿Su merced no sabe quién es ese
hombre, abuelita? Yo lo he visto hablar con su merced algunas veces allá
en Paula, cuando vamos a misa. Sí, sí, él es, no me cabe duda. Y ahora
recuerdo que es el mismo que cada vez que me encuentra en la calle me
dice callejera, perdida, pilluela y muchas cosas. ¡Ah! Y dice que
mandará a los soldados que me cojan y me lleven a la cárcel. ¡Qué sé yo
cuánto más! Le tengo mucho miedo a ese hombre. ¡Debe ser muy regañón!
--¡Niña! ¡Niña! exclamó sordamente la anciana apartándola un poco de su
pecho y mirándola de un modo extraño y fijo, más enojada que
sorprendida. Pero como si le ocurriese un grave pensamiento o un
doloroso recuerdo y entre amonestarla y aconsejarla, lo que acaso
equivalía a alumbrarle aquello de que debía estar ignorante toda la
vida, su ánimo triste luchase en un mar de dudas, con sorpresa de la
nieta selló de golpe sus labios. Poco a poco fue serenándose el piélago
alborotado: se desvanecieron una después de la otra las nubes apiñadas
en aquel horizonte naturalmente sombrío; y volviendo a estrechar la niña
en sus desnudos brazos, añadió con toda la dulzura que pudo dar a su
voz, por naturaleza bronca, con toda la calma de que pudo revestir su
semblante:
--¡Cecilia! Hija de mi corazón, no vayas más a esa casa.
--¿Por qué, mamita?
--Porque, contestó la abuela como distraída, no sé verdaderamente, mi
alma, no lo sé, no podría decirlo si quisiera..., pero es claro y
constante, niña, que esa gente es muy mala.
--¡Mala! repitió Cecilia azorada, ¿y me hicieron tantas caricias, y me
dieron dulces, y raso para zapatos? ¡Si tú supieras lo que me
chiquearon...!
--Pues no te fíes, niña. Tú eres muy confiada y eso no está bien. Por lo
mismo que te chiquearon tanto debías de andar con cuatro ojos. Querían
atraerte para hacerte algún daño. Uno no puede decir de qué son capaces
las gentes. ¡Tantas cosas suceden ahora que no se veían en mi tiempo...!
Cuando menos lo que procuraban era que te descuidaras, para coger unas
tijeras y ¡tris! tumbarte el pelo. Sería una lástima, porque tú lo
tienes muy hermoso. Además, que ese pelo no te pertenece, sino a la
Virgen, que te salvó de aquella grave enfermedad... ¡Acuérdate! Yo le
ofrecí que si te ponías buena le daría tu cabellera para adornar su
efigie en Santa Catalina. No te fíes te digo.
Esto diciendo, le cogía la cabeza a la nieta entre ambas manos y le
desparramaba los copiosos rizos por la espalda y los hombros.
--Sí, replicó Cecilia apretando los labios y levantando con aire de
desdén la frente, como yo soy tan boba para que me engañen así, así...
--Sin embargo, hija, lo mejor de los dados es no jugarlos. Yo bien sé
que tú eres una muchacha dócil y entendida; pero estoy cierta que no
conoces a esa gente. Mira, no les hagas caso; aunque se les seque el
gañote llamándote, no vayas a donde están. Mas ahora que me acuerdo: lo
mejor es que ni por cien leguas te acerques por su rededores. Luego, ese
hombre que tú misma dices que donde quiera que te topa te pone mala
cara. ¡Sabe Dios quién será! Aunque no debemos pensar mal de nadie, con
todo, como puede ser un santo puede ser un de... (Y se persignó sin
concluir la palabra.) El Señor sea con nosotras. Además, Cecilia, tú
eres muy inocente, algo atolondrada, y en esa casa... ¿Tú no lo sabes?
hay una bruja que se roba a las muchachas bonitas. Por milagro de su
Divina Majestad has escapado. Tú estuviste allí por la tarde, ¿no?
--Por la tardecita; todavía no habían encendido las luces en las casas.
--¡Ay de ti si llegas a entrar de noche! Vamos, no vayas más en tu vida
a esa casa, ni pases tampoco por la cuadra.
--¡Anjá! Con que allí vive también un muchacho ya grande, que a cada
rato lo topo por Santa Teresa con un libro debajo del brazo. Siempre que
me ve me quiere coger, me corre detrás y sabe mi nombre...
--Estudiante, perverso, como todos ellos. Cuando menos se le cayó de las
uñas al mismo Barrabás. Pero voy viendo que tú tienes una cabecita dura
como una piedra, y que por más que me afano en aconsejarte no consigo
nada. En efecto, ¿quién ha visto que una niña tan linda como tú se ande
azotando calles, con la chancleta arrastro y el pelo suelto y
desgreñado, hasta las tantas más cuantas de la noche? ¿De quién aprendes
estas malas mañas? ¿Por qué no me has de hacer caso?
--Y Nemesia, la hija de _seño_ Pimienta el músico, ¿no se está en la
calle hasta las diez? Antenoche nada menos la topé en la plazuela del
Cristo jugando a la _lunita_ con una porción de muchachos.
--¿Y tú te quieres comparar con la hija de _seño_ Pimienta, que es una
pardita andrajosa, callejera, y mal criada? El día menos pensado traen a
esa espiritada, a su casa en una tabla con la cabeza partida en dos
pedazos. La cabra, hija, siempre tira al monte. Tú eres mejor nacida que
ella. Tu padre es un caballero blanco, y algún día has de ser rica y
andar en carruaje. ¿Quién sabe? Pero Nemesia no será nunca más de lo que
es. Se casará, si se casa, con un mulato como ella, porque su padre
tiene más de negro que de otra cosa. Tú, al contrario, eres casi blanca
y puedes aspirar a casarte con un blanco. ¿Por qué no? De menos nos hizo
Dios. Y has de saber que blanco, aunque pobre, sirve para marido; negro
o mulato ni el buey de oro. Hablo por experiencia... Como que fui casada
dos veces... No recordemos cosas pasadas. Si tú supieras lo que le
sucedió a una muchachita, cuasi de tu misma edad, por no hacer caso de
los consejos de una abuela suya, la cual le pronosticó que si daba en
andar por las calles tarde de la noche le iba a suceder una gran
desgracia...
--Cuéntemelo, cuéntemelo, Chepilla, repitió la niña con la curiosidad de
tal.
--Pues, señor: una noche muy _escura_, en que soplaba el viento recio,
por cierto que era día de San Bartolomé, en que, como ya te he dicho
otras veces, se suelta el diablo desde las tres de la tarde, estaba la
muchacha Narcisa, que éste era su nombre, sentada cantando bajito en el
quicio de piedra de su casa, mientras su abuela rezaba arrinconada
detrás de la ventana... Me acuerdo como si fuera ahora mismo. Pues
señor, habían tocado ánimas en el Espíritu Santo, y como el viento había
apagado los pocos faroles, las calles estaban muy _escuras_, silenciosas
y solitarias, como boca de lobo. Pues según iba diciendo, la muchachita
cantaba y la vieja rezaba el rosario, cuando estando así, cate que se
oye tocar un violín por allá en vuelta del Ángel. ¿Qué se figuró la
Narcisa? Que era cosa de baile, y sin pedirle permiso a la abuela, sin
decir oste ni moste, echó a correr y no paró hasta la loma. Así que la
vieja acabó de rezar, creyendo que su nieta estaba en la cama, según era
natural, cerró la puerta.
--¿Y dejó en la calle a la pobrecita? interrumpió Cecilia a la contadora
con muestras de ansiedad y lástima.
--Ahora verás. La viejecita, antes de acostarse, porque ya era tarde y
se caía del sueño, cogió una vela y fue al catre de la nieta para ver si
dormía. Figúrate cuál no se quedaría ella que la amaba tanto, al
encontrarse con el catre vacío. Corrió a la puerta de la calle, la
abrió, llamó a gritos a la nieta: ¡Narcisa! ¡Narcisa! Pero Narcisa no
responde. Ya se ve, ¿cómo había de responder la infeliz si el diablo se
la había llevado?
--¿Cómo fue eso? preguntó azorada la niña.
--Yo te lo contaré, prosiguió _seña_ Chepa con calma, notando que
producía el efecto deseado su cuento de cuentos. Pues, señor, al llegar
Narcisa a las cinco esquinas del Ángel, se le apareció un joven muy
galán, que le preguntó a dónde iba a aquella hora de la noche.--A ver un
baile, contestó la inocente.--Yo te llevaré, repuso el joven; y
cogiéndola por un brazo la sacó a la muralla. Aunque era muy _escuro_,
reparó Narcisa que según iban andando el desconocido se ponía prieto,
muy prieto, como carbón; que los pelos de la cabeza se le enderezaban
como lesnas; que al reír asomaba unos dientes tamaños como de cochino
jabalí; que le nacían dos cuernos en la frente; que le arrastraba un
rabo peludo por el suelo, vamos, que echaba fuego por la boca como un
horno de hacer pan. Narcisa entonces dio un grito de horror y trató de
zafarse, pero la figura prieta le clavó las uñas en la garganta para que
no gritara, y, cargando con ella, se subió a la torre del Ángel, que,
según habrás reparado, no tiene cruz, y desde allí la arrojó en un pozo
hondísimo que se abrió y volvió a cerrarse tragándosela en un instante.
Pues esto es, hija, lo que le sucede a las niñas que no hacen caso de
los consejos de sus mayores.
Dio aquí fin a su cuento _seña_ Chepa y comenzó la admiración, el pavor
de Cecilia, la cual se puso a temblar de pies a cabeza y a dar diente
con diente, aunque sin cesar de bostezar, porque más era el sueño que el
miedo; con lo que, dando traspiés, se fue a la cama, que es a lo que
tiraba la astuta vieja. Muchos otros cuentos por el estilo le hizo a la
andariega muchacha; pero estamos seguros que no sacó otro fruto con
ellos que llenar su cabeza de supersticiones y amilanar su espíritu.
Ello es, que no por eso dejó la chica de hacer su gusto, escapándose a
veces por la ventana, aprovechándose otras del momento en que la
enviaban a la taberna de la esquina inmediata, para andarse de calle en
calle y de plaza en plaza: cuándo en pos de la incitativa música de un
baile; cuándo tras los tambores de los relevos; cuándo de los carruajes
del entierro; cuándo, en fin, de la turba muchachil que arrebata el
medio de plata en el bautizo.
CAPÍTULO IV
_Traen el pensamiento_
_Lleno de impudicia, y lo derraman_
_En torpes mil escandalosas voces,_
_Que inficionan el viento_
_Y altamente publican lo que aman._
GONZÁLEZ CARVAJAL
Cinco o seis años después de la época a que nos hemos contraído en los
dos capítulos anteriores, a fines del mes de setiembre, había dado
principio el convento de la Merced a la serie de ferias con que hasta el
año de 1832, acostumbraban a solemnizar en Cuba las fiestas titulares
religiosas, consagradas a los santos patrones de las iglesias y
conventos; novenarios coincidentes a veces con el circular del
Sacramento, introducido en el culto de Cuba desde los primeros años del
siglo por el Señor Obispo Espada y Landa.
El novenario, de paso diremos, comenzaba nueve días anteriores a aquél
en que caía el del santo patrono, prolongándose hasta otros nueve, con
lo que se completaban dos novenas seguidas. Es decir, dieciocho días de
fiesta, religiosas y profanas, que tenían más de grotescas y de
irreverentes que de devotas y de edificantes. En ese tiempo se decía
misa mayor con sermón por la mañana y se cantaba salve a prima noche
dentro de la iglesia, con procesión por la calle el día del santo.
Fuera del templo había lo que se entendía por feria en Cuba, que se
reducía a la acumulación en la plazuela o en las calles inmediatas, de
innumerables puestos ambulantes, consistentes en una mesa o tablero de
tijeras, cubiertos con un toldo y alumbrados por uno o más candiles de
quemar grasa, donde se vendía, no ciertamente artículo alguno de
industria o comercio del país, ni producto del suelo, caza, ave ni
ganado, sino meramente baratijas de escasísimo valor, confituras de
varias clases, tortas, obra de masa, avellanas, alcorza, agua de Loja y
ponche de leche. Aquello no era feriar en el sentido recto de la
palabra.
Pero esto no era por cierto el rasgo más notable de nuestras fiestas
circulares. Había en el espectáculo algo que se hacía notable por
demasiado grosero y procaz. Nos contraemos ahora a los juegos de envite
y de manos que hacían parte de la feria y que provocaban con sus
estupendas, aunque mentirosas ganancias, la codicia de los incautos. Los
dirigían y ejecutaban en su mayoría hombres de color y de la peor ralea.
Si bien groseros los artificios, no dejaban de engañar a muchos que se
daban por muy avisados. Estos tenían lugar en la plazuela o en la calle,
a la luz mortecina de los candiles o de los faroles de papel, y tomaban
en ellos parte gentes de todas clases, condiciones, edades y sexos. Para
las de alta posición social, queremos decir, para los blancos, había
algo más decente, había la casa de bailes, donde un Farruco, un Brito,
un Illas o un Marqués de Casa Calvo tenían puesta la banca o juego del
monte desde el oscurecer hasta pasada la media noche, mientras duraban
los dieciocho días de la feria.
Procurábase que la casa o casas de bailes estuviesen lo más vecino que
se pudiera a la parroquia o convento en que se celebraba el novenario.
En la sala se bailaba, en el comedor tocaba la orquesta, y en el patio
se jugaba al juego conocido por del monte. La mesa era larga y angosta,
para que cupiesen los más de los jugadores sentados a ambos lados, el
tallador a una cabeza y en la otra su ayudante, que dicen gurrupié. Para
la protección de los jugadores y de los naipes, en caso de lluvia,
frecuentes en el otoño, se tendía un toldo del alero de la casa al
caballete de la tapia divisoria de la vecina. No todos los tahures, para
vergüenza nuestra sea dicho, eran del sexo fuerte, hombres ya maduros,
ni de la clase lega, que en el grupo apiñado y afanoso de los que
arriesgaban a la suerte de una carta, quizás el sustento de su familia
el día siguiente, o el honor de la esposa, de la hija o de la hermana,
podía echarse de ver una dama más ocupada del albur que de su propio
decoro, o un mozo todavía imberbe, o un fraile mercenario en sus hábitos
de estameña color de pajuela, con el sombrero de ala ancha encasquetado,
las cuentas del largo rosario entre el índice y el pulgar de la mano
izquierda, y la derecha ocupada en colocar la moneda de oro o plata en
el punto que más se daba, perdiendo o ganando siempre con la misma
serenidad de ánimo que de semblante.
El banquero, para llamarle por su nombre más decente, era quien hacía el
gasto del alquiler de la casa, el de la música y el de las velas de
esperma con que se alumbraban la sala de baile, el comedor y la mesa del
juego. Todo esto se hacía para atraer a los jugadores. La entrada, por
supuesto, era libre, aunque el bastonero, que también tiraba sueldo, no
admitía toda clase de persona. En aquella época corría mucho la moneda
fuerte, los duros españoles y las onzas de oro. La plata menuda
escaseaba, y era cosa de oír el continuo retintín de los pesotes
columnarios y sonoras onzas, que maquinalmente dejaban caer los tahures
de una mano a otra o sobre la mesa, como para distraer el pensamiento y
de algún modo interrumpir el solemne silencio del azaroso juego.
Que nada de lo que aquí se traza a grandes rasgos estaba prohibido o no
más que tolerado por las autoridades constituidas, se desprende
claramente del hecho de que los garitos en Cuba pagaban una
contribución al gobierno para supuestos objetos de caridad. ¿Qué más? La
publicidad con que se jugaba al monte en todas partes de la Isla
principalmente durante la última época del mando del capitán general don
Francisco Dionisio Vives, anunciaba, a no dejar duda, que la política de
éste o de su gobierno se basaba en el principio maquiavélico de
corromper para dominar, copiando el otro célebre del estadista romano:
_divide et impera_. Porque equivalía a dividir los ánimos, el
corromperlos, cosa que no viese el pueblo su propia miseria y su
degradación.