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_CECILIA VALDES_
_O_
_LA LOMA DEL ANGEL_
NOVELA DE COSTUMBRES CUBANAS
POR
CIRILO VILLAVERDE
_Que también la hermosura
tiene fuerza de despertar
la caridad dormida._
CERVANTES
INDICE
INTRODUCCIÓN
DEDICATORIA
PRÓLOGO
PRIMERA PARTE
Capítulo I, Capítulo II, Capítulo III, Capítulo IV, Capítulo V, Capítulo
VI, Capítulo VII, Capítulo VIII, Capítulo IX, Capítulo X, Capítulo XI,
Capítulo XII,
SEGUNDA PARTE
Capítulo I, Capítulo II, Capítulo III, Capítulo IV, Capítulo V, Capítulo
VI, Capítulo VII, Capítulo VIII, Capítulo IX, Capítulo X, Capítulo XI,
Capítulo XII, Capítulo XIII, Capítulo XIV, Capítulo XV, Capítulo XVI,
Capítulo XVII
TERCERA PARTE
Capítulo I, Capítulo II, Capítulo III, Capítulo IV, Capítulo V, Capítulo
VI, Capítulo VII, Capítulo VIII, Capítulo IX,
CUARTA PARTE
Capítulo I, Capítulo II, Capítulo III, Capítulo IV, Capítulo V, Capítulo
VI, Capítulo VII
GLOSARIO
BIBLIOGRAFÍA
_INTRODUCCION_
_Cirilo Villaverde nació el 28 de octubre de 1812 en el ingenio_
Santiago, _cercano al pueblo de San Diego de Núñez (Pinar del Río). Su
padre era médico del ingenio y en ese medio pasó sus primeros años._
_En 1823 vino a La Habana, donde cursó estudios de pintura, filosofía y
derecho. Se recibió de Bachiller en Leyes en 1832, pero apenas ejerció
esta profesión. Sus principales actividades fueron la enseñanza y el
periodismo._
_Trabajó como maestro en los colegios Buenavista y Real Cubano de la
capital y La Empresa de Matanzas. Publicó para uso de las escuelas un
Compendio geográfico de la isla de Cuba (1845), El librito de cuentos y
las conversaciones (1847) y El librito de los cuentos (1857)_.
_Su obra es extensa y variada como periodista y literato. Colaboró en
las principales publicaciones de la época._
_Dio a conocer sus primeras narraciones--El ave muerta, La peña blanca,
El perjurio y La cueva de Taganana--en Miscelánea de Útil y Agradable
Recreo (1837) y en El Album, Engañar con la verdad, El espetón de oro y
la primera parte de Excursión a Vuelta Abajo, todas en 1838. La Cartera
Cubana insertó en su sección de folletines Amores y contratiempos de un
guajiro y Una cruz negra, en 1839. La Siempreviva en ese mismo año
publicó la primera versión de Cecilia Valdés o La loma del Ángel._
_Mientras desempeñaba su cátedra en el colegio_ La Empresa _comenzó a
escribir para_ Faro Industrial de La Habana. _De regreso a la capital,
fue uno de sus principales redactores y condueño junto a Bachiller y
Morales. En este diario aparecieron entre 1842 y 1847 la segunda parte
de_ Excursión a Vuelta Abajo _(1842)_, El guajiro _(1842)_, La peineta
calada _(1843)_, Dos amores _(1843)_, El penitente _(1844)_, La tejedora
de sombreros de Yarey _(1844-45) y otras de menor importancia, así como
multitud de notas, crónicas y artículos de crítica literaria y de
costumbres calzados con su nombre o con los seudónimos de_ Sansueña, Yo,
El ambulante del oeste, Lola de la Habana _y otros_.
_Villaverde, defensor de los ideales independentistas, participó como
propagandista activísimo en la conspiración de_ La Mina de la Rosa
Cubana _de 1848. Al ser descubierta la misma por delación de un
conjurado fue apresado en La Habana y condenado primero a muerte «en
garrote vil» y más tarde a diez años de prisión. Escapó el 31 de marzo
de 1849 con otros presos y escondido en la bodega de una goleta costera,
llegó a los Estados Unidos._
_En Norteamérica continuó luchando por sus principios políticos. Fue en
Nueva York secretario de Narciso López, a quien conocía desde 1846, y
redactor en jefe de_ La verdad. _Publicó en Nueva Orleans entre 1853 y
1854 el periódico_ El independiente, _etc._
_Se trasladó a Filadelfia en 1854, donde vivió como profesor de español
y contrajo matrimonio con Emilia Casanova, una destacada activista de la
independencia cubana._
_Regresó a La Habana en 1858, acogido a la amnistía. Aquí trabajó al
frente de la imprenta_ La Antilla, _que publicara algunas obras de
interés para nuestras letras, como los artículos de costumbres de
Anselmo Suárez y Romero, y colaboró en el periódico literario_ La Habana
_en compañía de Sterling y Calcagno, con importantes juicios críticos
sobre Betancourt y otros contemporáneos. Volvió poco después a Nueva
York, donde continuó sus labores de maestro y periodista. Fue entonces
redactor de_ La América _(1861-62)_, La Ilustración Americana
_(1865-1869)_, El Espejo _y_ El Avisador Hispanoamericano. _En 1864
fundó con su mujer un colegio en Wechawken. Durante esta segunda
estancia en los Estados Unidos continuó luchando por la independencia de
Cuba, como muchos otros cubanos de su tiempo. Sólo regresó a la Isla en
1888 por dos semanas._
_Murió en Nueva York el 20 de octubre de 1894. Su figura al morir
contaba con la admiración y el reconocimiento de sus contemporáneos por
su doble condición de patriota y novelista._
_La novela que consolidó su fama literaria fue_ Cecilia Valdés o La loma
del Ángel, _publicada en su forma definitiva en Nueva York en 1882.
Ninguna de sus obras anteriores respondió a empeño tan elevado ni
despertó como ésta el entusiasmo del público y la crítica. En ella
Villaverde recoge el panorama de la vida cubana desde 1812 hasta 1831.
Muestra sus categorías políticas, sociales y económicas y las terribles
lacras que padecían. La obra, con sus clases poderosas y sus clases
oprimidas, con sus funcionarios venales y su burguesía indolente, con
sus mulatos discriminados y sus negros esclavos, con sus familias
enriquecidas por el régimen esclavista y sus aristócratas de blasones
comprados a la decrépita monarquía española, sirve de esclarecedor
prólogo a nuestra historia republicana._
_El ambiente de esta época colonial, trasladado con amplitud y
minuciosidad a las abundosas páginas del libro, es lo decisivo en la
obra, lo que determina su vigencia en la apreciación de los críticos.
Porque_ Cecilia Valdés _está muy lejos de ser una obra perfecta. El
autor explica en el prólogo su proceso de creación; proceso que
indudablemente resintió el saldo final del trabajo. El asunto
central--drama de amor, celos, venganza y muerte--apenas difiere de los
usuales en los folletines de la época; los personajes en su mayoría no
trascienden de los rasgos externos; la acción es desarticulada y
digresiva, hurtada a la historia y los personajes principales por
criaturas y sucesos de menor cuantía; el estilo, híbrido, plagado de
debilidades románticas entre las que alborean atisbos realistas; el
lenguaje, oscilante entre el arcaísmo más rebuscando y el espontáneo
giro popular nuestro; el desenlace, atropellado, en contradicción con
las dimensiones de la narración._
_Pero_ Cecilia Valdés _es en nuestra historia literaria, a pesar de esas
abundantes y graves deficiencias, la mejor creación novelística del
siglo_ XIX.
_Muchos cubanos de hoy la conocen a través de la adaptación teatral de
Agustín Rodríguez y José Sánchez Arcilla, musicalizada admirablemente
por Gonzalo Roig; versión que necesariamente fue vertebrada con la
historia de los protagonistas. Despojado del lujo descriptivo de su
ambiente, el asunto resulta endeble y melodramático. Esta aplaudida
adaptación confirma que lo fundamental en_ Cecilia Valdés _es el
ambiente. Su costumbrismo, de vigorosa indagación política, social y
económica, es el que atenúa sus defectos y sitúa a la obra en las
puertas de la novelística realista._
_A LAS CUBANAS_
_Lejos de Cuba y sin esperanza de volver a ver su sol, sus flores, ni
sus palmas, ¿a quién, sino a vosotras, caras paisanas, reflejo del lado
más bello de la patria, pudiera consagrar, con más justicia, estas
tristes páginas?_
EL AUTOR
PROLOGO
Publiqué el primer tomo de esta novela, en la _Imprenta Literaria_ de
don Lino Valdés a mediados del año de 1839. Contemporáneamente empecé la
composición del segundo tomo, que debía completarla; pero no trabajé
mucho en él, tanto porque me trasladé poco después a Matanzas como uno
de los maestros del colegio de _La Empresa_, fundado recientemente en
dicha ciudad, cuanto porque una vez allí, emprendí la composición de
otra novela, _La joven de la flecha de oro_, que concluí e imprimí en un
volumen el año de 1841.
De vuelta en la capital el año de 1842, sin abandonar el ejercicio del
magisterio, entré a formar parte de la redacción de _El Faro
Industrial_, al que consagré todos los trabajos literarios y novelescos
que se siguieron casi sin interrupción hasta mediados de 1848. En sus
columnas, entre otros muchos escritos de diverso género, aparecieron en
la forma de folletines:--_El Ciego y su Perro_; _La Excursión a La
Vuelta Bajo_; _La Peineta Calada_; _El Guajiro_; _Dos Amores_; _El
Misionero del Caroní_; _El Penitente_, etc.
Pasada la media noche del 20 de octubre del último año citado, fui
sorprendido en la cama y preso, con gran golpe de soldados y alguaciles
por el comisario del barrio de Monserrate, Barreda; y conducido a la
cárcel pública, de orden del Capitán General de la Isla, don Federico
Roncaly.
Encerrado cual fiera en una oscura y húmeda bartolina, permanecí seis
meses consecutivos, al cabo de los cuales, después de juzgado y
condenado a presidio por la Comisión Militar Permanente como conspirador
contra los derechos de la corona de España, logré evadirme el 4 de abril
de 1849, en unión de don Vicente Fernández Blanco, reo de delito común y
del llavero de la cárcel García Rey; quien de allí a poco fue causa de
una grave dificultad entre los gobiernos de España y de los Estados
Unidos. Por extraña casualidad los tres salimos juntos en barco de vela
del puerto de La Habana; pero nuestra compañía sólo duró hasta la ría de
Apalachicola, en la costa meridional de Florida, desde donde me encaminé
por tierra a Savannah y Nueva York.
Fuera de Cuba, reformé mi género de vida: troqué mis gustos literarios
por más altos pensamientos; pasé del mundo de las ilusiones, al mundo de
las realidades; abandoné, en fin, las frívolas ocupaciones del esclavo
en tierra esclava, para tomar parte en las empresas del hombre libre en
tierra libre. Quedáronse allá mis manuscritos y libros, que si bien
recibí algún tiempo después, ya no me fue dado hacer nada con ellos;
puesto que primero como redactor de _La Verdad_, periódico separatista
cubano, luego como secretario militar del general Narciso López, llevé
vida muy activa y agitada, ajena por demás a los estudios y trabajos
sedentarios.
Con el fracaso de la expedición de Cárdenas en 1850, el desastre de la
invasión de las Pozas y la muerte del ilustre caudillo de nuestra
intentona revolucionaria en 1851, no cesaron, antes revivieron nuevos
proyectos de libertar a cuba, que venían acariciando los patriotas
cubanos desde muy al principio del presente siglo. Todos, sin embargo,
cual los anteriores terminaron en desastres y desgracias por el año de
1854.
En 1858 me hallaba en La Habana tras nueve años de ausencia. Reimpresa
entonces mi novela _Dos Amores_, en la imprenta del señor Próspero
Massana, por consejo suyo acometí la empresa de revisar, mejor todavía,
de refundir la otra novela, _Cecilia Valdés_, de la cual sólo existía
impreso el primer tomo y manuscrita una pequeña parte del segundo. Había
trazado el nuevo plan hasta sus más menudos detalles, escrito la
advertencia y procedía al desarrollo de la acción, cuando tuve de nuevo
que abandonar la patria.
Las vicisitudes que se siguieron a esta segunda expatriación voluntaria,
la necesidad de proveer a la subsistencia de familia en país extranjero,
la agitación política que desde 1865 empezó a sentirse en Cuba, las
tareas periodísticas que luego emprendí, no me concedieron ánimo ni
vagar para entregarme a la obra larga, sin expectativa de lucro
inmediato, y por lo mismo tediosa--que demandaba el expurgo, ensanche y
refundición de la más voluminosa y complicada de mis obras literarias.
Tras la nueva agitación de 1865 a 1868 vino la revolución del último año
nombrado y la guerra sangrienta por una década en Cuba, acompañada de
las escenas tumultuosas de los emigrados cubanos en todos los países
circunvecinos a ella, especialmente en Nueva York. Como antes y como
siempre, troqué las ocupaciones literarias por la política militante,
siendo así que acá desplegaban la pluma y la palabra al menos la misma
vehemencia que allá el rifle y el machete.
Durante la mayor parte de esa época de delirio y de sueños patrióticos,
durmió, por supuesto, el manuscrito de la novela. ¿Qué digo? no progresó
más allá de una media decena de capítulos, trazados a ratos perdidos,
cuando el recuerdo de la patria empapada en la sangre de sus mejores
hijos, se ofrecía en todo su horror y toda su belleza y parecía que
demandaba de aquéllos que bien y mucho la amaban, la fiel pintura de su
existencia bajo el triple punto de vista físico, moral y social, antes
que su muerte o su exaltación a la vida de los pueblos libres, cambiaran
enteramente los rasgos característicos de su anterior fisonomía.
De suerte, que en ningún sentido puede decirse con verdad que he
empleado cuarenta años (período cursado de 1839 a la fecha) en la
composición de la novela. Cuando me resolví a concluirla, habrá dos o
tres años, lo más que he podido hacer ha sido despachar un capítulo, con
muchas interrupciones, cada quince días, a veces cada mes, trabajando
algunas horas entre semana y todo el día los domingos.
Con esta manera de componer obras de imaginación, no es fácil mantener
constante el interés de la narrativa, ni siempre animada y unida la
acción, ni el estilo parejo y natural, ni el tono templado y sostenido
que exigen las producciones del género novelesco. Y tal es uno de los
motivos que me impelen a hablar de la novela y de mí.
El otro es, que después de todo, me ha salido el cuadro tan sombrío y de
carácter tan trágico, que, cubano como soy hasta la médula de los huesos
y hombre de moralidad, siento una especie de temor o vergüenza
presentarlo al público sin una palabra explicativa de disculpa. Harto se
me alcanza que los extraños, dígase, las personas que no conozcan de
cerca las costumbres ni la época de la historia de Cuba que he querido
pintar, tal vez crean que escogí los colores más oscuros y sobrecargué
de sombras el cuadro por el mero placer de causar efecto a la Rembrandt,
o a la Gustavo Doré. Nada más distante de mi mente. Me precio de ser,
antes que otra cosa, escritor realista, tomando esta palabra en el
sentido artístico que se le da modernamente.
Hace más de treinta años que no leo novela ninguna, siendo Walter Scott
y Manzoni los únicos modelos que he podido seguir al trazar los variados
cuadros de _Cecilia Valdés_. Reconozco que habría sido mejor para mi
obra que yo hubiese escrito un idilio, un romance pastoril, siquiera un
cuento por el estilo de _Pablo y Virginia_[1] o de _Atala_ y
_Renato_;[2] pero esto, aunque más entretenido y moral, no hubiera sido
el retrato de ningún personaje viviente, ni la descripción de las
costumbres y pasiones de un pueblo de carne y hueso, sometido a
especiales leyes políticas y civiles, imbuido en cierto orden de ideas y
rodeado de influencias reales y positivas. Lejos de inventar o de fingir
caracteres y escenas fantasiosas e inverosímiles, he llevado el
realismo, según entiendo, hasta el punto de presentar los principales
personajes de la novela con todos sus pelos y señales, como vulgarmente
se dice, vestidos con el traje que llevaron en vida, la mayor parte bajo
su nombre y apellido verdaderos, hablando el mismo lenguaje que usaron
en las escenas históricas en que figuraron, copiando en lo que cabía,
_d'après nature_,[3] su fisonomía física y moral, a fin de que aquéllos
que los conocieron de vista o por tradición, los reconozcan sin
dificultad y digan cuando menos: el parecido es innegable.
Apenas si he aspirado a otra cosa. Lo único que debo agregar en descargo
de mi conciencia, por si alguien juzgare que la pintura no tiene nada de
santa ni de edificante, es que, al situar la acción de la novela en el
teatro habanero y época corrida de 1812 a 1831, no encontré personajes
que pudieran representar con mediana fidelidad el papel, por ejemplo,
del payo Lorenzo, o el del pacato de don Abundio, o el del enérgico
padre Cristóbal, o el del santo arzobispo Carlos Borromeo; al paso que
abundaban los que podían pasar, sin contradicción, por fieles copias de
los Canoso, los Tramoya y los don Rodrigo, matones, bravos y
libertinos, cuya generación parece ser de todos los países y de todas
las épocas.
Tampoco ha de achacarse a falta del autor si el cuadro no ilustra, no
escarmienta, no enseña deleitando. Lo más que me ha sido dado hacer, es
abstenerme de toda pintura impúdica o grosera, falta en que era fácil
incurrir, habida consideración a las condiciones, al carácter y a las
pasiones de la mayoría de los actores de la novela; porque nunca he
creído que el escritor público, en el afán de parecer fiel y exacto
pintor de las costumbres, haya de olvidar que le merecen respeto la
virtud y la modestia del lector.
Por lo demás, si la obra que ahora sale a luz completa, no contiene
todos los defectos de lenguaje y de estilo que sacó el primer tomo
impreso en La Habana, si hay mayor corrección y verdad en la pintura de
los caracteres, si resultan eliminadas ciertas escenas y frases de
escasa o dudosa moralidad, si el tono general de la composición es más
uniforme y animado, en mucha parte a los consejos de mi esposa, con
quien he podido consultar capítulo tras capítulo, a medida que los iba
concluyendo.
C. VILLAVERDE
Nueva York, mayo, 1879
PRIMERA PARTE
CAPÍTULO I
_Tal es el fruto de la culpa,
Tello, cosecha de dolor._
SOLÍS
Hacia el oscurecer de un día de noviembre del año de 1812, seguía la
calle de Compostela en dirección del norte de la ciudad, una calesa
tirada por un par de mulas, en una de las cuales, como era de costumbre,
cabalgaba el calesero negro. El traje de éste, las guarniciones de
aquéllas y los ornamentos de plata maciza, mostraban a las claras que
era rica la persona a que pertenecía tan lujoso equipaje. Prendida
estaba de los calamones, no sólo por el frente, sino también por un
costado y hasta la mitad del otro,--la cortina o capacete de paño con
banda de vaqueta. Sea el que fuese quien ocupaba el carruaje a la sazón,
no puede negarse que tenía interés en guardar la incógnita, aunque
parecía excusada la precaución, por cuanto no había alma viviente en las
calles, ni se divisaba otra luz que la de las estrellas, o la artificial
de algunas casas que se escapaba por las anchas rendijas de las puertas
cerradas.
Pararon de repente las mulas al trote en la esquina del callejón de San
Juan de Dios y salió a espacio y con no poco trabajo de la calesa un
caballero alto, bien puesto, vestido de frac negro abotonado hasta el
cuello, dejando ver por debajo el chaleco o chupa de color claro,
pantalones de _carranclán_ de pie, corbatín de cerda y sombrero de
castor con copa enorme y ala angosta. Por lo que podía distinguirse en
aquella media luz de las estrellas, las facciones más notables del
hombre eran la nariz, que tenía aguileña, los ojos bastante vivos, el
rostro ovalado y la barba pequeña. El color de ésta y el del cabello,
las sombras del sombrero y de las paredes alterosas del convento vecino,
lo oscurecían tal vez sin ser negro.
--Sigue hasta la calle de lo Empedrado--dijo el caballero en tono
imperioso, más bajo, apoyando la mano izquierda en la silla de la mula
de varas--y espera inmediato a la esquina. En caso que diese la ronda
contigo, di que perteneces a don Joaquín Gómez y que aguardas sus
órdenes. ¿Entiendes, Pío?
--Sí, señor, contestó el calesero; quien desde que empezó a hablar su
amo tenía el sombrero en la mano.
Y siguió al paso de las mulas hasta el punto que le indicó aquél.
El callejón de San Juan de Dios se compone de dos cuadras solamente,
cerrado por un extremo en las paredes del convento de Santa Catalina y
por el otro en las casas de la calle de la Habana. El hospital de San
Juan de Dios, que le da nombre, y que por sus altas y cuadradas
ventanas, siempre deja salir el vaho caliente de los enfermos, ocupa
todo un lado de la segunda cuadra y los otros tres, casitas pequeñas de
tejas coloradas y un solo piso, el de las últimas en particular más alto
que el nivel de la calle, con uno y dos escalones de piedra a la puerta.
Las de mejor apariencia de ellas eran las de la primera cuadra entrando
de la calle de Compostela. Eran todas de un mismo tamaño, poco más o
menos, de una sola ventana y puerta, ésta de cedro con clavos de cabeza
grande, pintadas de color de ladrillo, aquélla o de espejo o volada[4] y
de balaustres de madera gruesa. El piso de la calle se hallaba en su
estado primitivo y natural, pedregoso y sin banquetas.
El caballero desconocido, arrimado a las paredes, debajo de los
salientes aleros de tejas, se detuvo a la puerta de la tercera casita de
su derecha y dio dos golpecitos con la punta de los dedos. Allí sin duda
le aguardaban, porque tardaron en abrir lo que tardó en pasar de la
ventana a la puerta la persona que quitó la tranca con que se cerraba
por dentro. Esa resultó ser la ama de la casa; mulata como de 40 años de
edad, de estatura mediana, llena de carnes, aunque conservaba el talle
estrecho, los hombros redondos y desnudos, la cabeza hermosa, la nariz
algo gruesa, la boca expresiva y el cabello espeso y muy crespo. Vestía
camisa fina bordada, de manga corta, y enaguas de sarga sin pliegues ni
adorno ninguno.
Había pocos muebles en la sala: arrimada a la pared de la derecha una
mesa de caoba, sobre la cual ardía una vela de cera, dentro de una
guardabrisa o fanal, y varias sillas pesadas de cedro con asiento y
respaldo de vaqueta, clavados con tachuelas de cobre. En aquella época
esto se tenía por lujo, mucho más tratándose de una mujer de color, que
ocupaba aquella habitación como ama y no como criada. El caballero no le
dio la mano al entrar, sólo le hizo un saludo grave sin dejar de ser
gracioso y amable; lo que sin disputa era aún más extraño, pues aparte
de su diferencia de condición y de raza, la de sus edades respectivas
era notable a primera vista y no cabía entre ellos otra relación que la
de la amistad, más o menos sincera y desinteresada. Enseguida preguntó
en tono triste y acercándose a la mujer cuanto podía, a fin de no
levantar la voz, que la tenía algo bronca:
--¿Y qué tal la enferma?
La mulata sacudió la cabeza con aire todavía más triste y contestó con
tres monosílabos:
--¡Ah! muy mal.
Algo más animada, aunque sin despejársele el semblante, agregó poco
después:
--¿No se lo dije al señor? _Entodavía_ ha de acabar con ella el golpe.
--Pues qué, replicó desazonado el caballero, ¿no me dijo Vd. anoche que
estaba mejor y más tranquila?
--Lo estaba, sí, señor; pero la mañana la ha pasado muy _desinquieta_ y
agitada. Decía que le daban calor las sábanas, que le ardía la cabeza, y
varias veces ha tratado de salirse de la cama buscando aire. De manera
que fue preciso mandar por el médico. Vino y recetó un calmante: lo
tomó, porque la pobrecita toma cuanto le dan. De sus resultas ya se
duerme como una piedra, ya _dispierta_ sobresaltada. ¡Ay, señor, su
sueño se parece tanto a la muerte! Me da miedo, mucho miedo. Yo se lo
decía al señor desde un principio, el golpe era demasiado para ella. Esa
muchacha no tiene fuerzas para soportarlo. ¡Ah! mi señor, de esta hecha
la perdemos, lo estoy mirando; me lo ha dado el corazón.
Y no dijo más, porque la emoción le ahogó la voz en la garganta.
--Veo que Vd. se acobarda, _seña_ Josefa, dijo el desconocido con
dulzura y sentimiento. ¿Pues no ha tratado Vd. de convencerla de que la
separación es sólo por muy corto tiempo? No es ella ninguna chiquilla...
--¡Que si no he tratado! El señor parece que no la conoce _entodavía_.
Ella no oye razones. Es la más voluntariosa y cabecidura que ha nacido.
Además, _dende_ ese lance no está en su cabal juicio y razón. ¿El señor
mismo no trató aquella noche fatal de consolarla y tranquilizarla? ¿Y
qué sacó? Acuérdese lo que _semos_: nada. El señor va a ver por sus
propios ojos que se escogió mal el momento de someterla a semejante
prueba. No se habían pasado los cuarenta días y luego tenía una
calentura que volaba. Sí, concluyó ya del todo conmovida y llorosa--me
tengo tragado que de ésta no sale ella con juicio o con vida.
--Dios querrá, _seña_ Josefa, que no se realicen tan funestos
pronósticos, dijo el caballero preocupado. Después de breve rato
añadió:--Ella es joven y robusta, y todavía la naturaleza triunfará de
todos sus males y penas. Fío más en esto que en la ciencia oscura de los
médicos. Aparte de eso, Vd. sabe que se ha hecho lo hecho por el bien de
todos, mejor dicho... Más adelante me lo agradecerán, estoy seguro. Yo
no podía ni debía darla mi nombre. No, no, repitió como azorado del eco
de su propia voz. Nadie mejor que Vd. lo sabe. Vd. que es mujer de
razón, conocerá y confesará que así tenía que ser. Es preciso que la
chica lleve un nombre, nombre de que no tenga que avergonzarse mañana,
ni esotro día, el de Valdés, con que quizás haga un buen casamiento.
Para ello no había más remedio sino pasar por la Real Casa Cuna. Esto no
ha podido ser más doloroso para la madre, bien lo sé, que para... todos
nosotros. Pero dentro de breves días la habrán bautizado y entonces haré
que la traiga aquí María de Regla, mi negra, que tres meses hace perdió
un hijo del mal de los siete días, y la está amamantando en la Casa Cuna
por orden mía. Ella la devolverá sana, salva y cristiana a los brazos de
su madre. Yo tengo arreglado todo eso con Montes de Oca, el médico de la
Real Casa, por quien a menudo sé de la chica. Al principio lloraba mucho
y se negaba a tomar el pecho de María de Regla, por lo que enflaqueció
un poco. Pero ya todo eso ha pasado y ahora está gorda y rozagante, es
decir, según me ha informado Montes de Oca, porque yo no la he visto
desde la noche en que la hice pasar por el torno... Los ojos se me
fueron tras ella. Es indecible cuánto me costó ese paso... Pero, a otra
cosa. Vd. sabe, sin embargo, que no cabe equivocación.
--Demasiado que lo sé--dijo la mulata enjugándose las lágrimas. No puede
equivocarse, no. Por lo tocante a eso estoy tranquila, como que a pesar
de sus chillidos, que me partían el alma, le hice la media luna azul en
el hombro izquierdo, según el señor me ordenó. Yo no sé a quién le
dolería más, si a ella o a mí... La madre, la madre, mi señor, es la que
me tiene sin sosiego. Ella no puede resistir. De por fuerza pierde el
juicio o la vida. Yo se lo repito al señor.
_Seña_ Josefa, como la llamó el desconocido, se conocía que era mujer
inteligente, si bien por el descuido de su educación incurría a menudo
en las faltas de lenguaje comunes al vulgo de las gentes en Cuba. A
pesar de la madurez de sus años y de sus pesares, conservaba las
muestras de una juventud bella y distinguida, buenos ojos, la expresión
amorosa de la boca y la redondez del cuello, de los hombros y de los
brazos. Tenía el color cetrino que resulta de la mezcla de hembra negra
y varón indio; pero lo crespo del pelo y el óvalo del rostro no admitían
la probabilidad de semejante maridaje, sino el de madre negra y padre
blanco. Cuando joven llevó vida acomodada, tuvo goces y se rozó con
gente bien criada y de buenas maneras. Honda debía de ser la pesadumbre
que a la sazón la aquejaba, según eran la frecuencia de sus suspiros, la
contracción repetida de su entrecejo y la abundancia del humor acuoso en
que nadaban sus grandes ojos y le empañaban el brillo. Por lo demás,
había en su actitud más desesperación que verdadero pesar. En efecto,
como luego veremos, tenía razón sobrada para lo uno y no le faltaba para
lo otro.
Hacía ratos que ambos personajes estaban callados, cada cual a vueltas
con sus propios pensamientos, que de seguro no coincidían en ningún
punto, a tiempo que se oyeron un lamento y un grito desgarrador salidos
del interior de la casa. La mujer hizo una exclamación dolorosa, se
llevó ambas manos a la cabeza y corrió como desalada por el primer
aposento al segundo cuarto. Maquinalmente el caballero hizo con las
manos el mismo movimiento y siguió sus pasos en silencio, aunque a
cierta distancia. Allí no había más luz que la mortecina de una
lamparita de aceite en una mesa, sobre la cual se veía un nicho o
retablo de titiritero, donde se veneraba una figura de talla, con traje
talar o de mujer, que miraba al cielo y tenía clavada en el pecho una
espada, cuya empuñadura parecía de plata. En el lado opuesto había un
catre, con colgaduras de seda, ya ajadas, y a la cabecera una silla de
cuero, que en el momento que entró allí _seña_ Josefa, la había
desocupado una anciana negra, escuálida, imagen de la muerte, cuya
cabeza blanca contrastaba con el ébano de su cuello largo y huesoso.
Tenía en la mano derecha un rosario y varios escapularios al pecho sobre
la camisa blanca; ciñéndola el talle de la falda de cañamazo, una correa
negra y larga a lo fraile agustino. Estaba como embebida o rezando con
gran fervor, y al tocarle en el hombro _seña_ Josefa, alzó de repente la
cabeza, la volvió hacia la puerta del aposento, vio en ella de pie al
desconocido, hizo un movimiento de horror o de susto y desapareció por
la puerta del fondo sin decir palabra.
Ocupó su lugar _seña_ Josefa. Abrió con tiento las cortinas del lecho, y
por señas indicó al caballero que se acercara; lo que hizo éste, al
parecer, con repugnancia. Los ojos de ambos se clavaron en el rostro
pálido de una muchacha de 20 años, yaciente boca arriba y aparentemente
muerta. Porque no se movía a la sazón, tenía los ojos hundidos y
cerrados los párpados, cuyas pestañas eran tan largas que daban sombra a
las mejillas. La cabeza era lo único que tenía fuera de las sábanas, y
eso casi enterrada en la almohada, la cual desaparecía bajo una mata de
pelo negro, undoso y esparcido por todas partes en el mayor desorden. De
en medio de aquel fondo negro se destacaba el rostro ovalado, pálido de
cera de la enferma, con la barba aguda, la frente cuadrada y alta, la
boca pequeña, los labios belfos, y la nariz bastante bien hecha para
mujer de raza mezclada, como sin duda era aquélla de que ahora se trata.
El conjunto era bueno, femenil; pero había tal expresión de angustia y
melancolía en el semblante marchito por la enfermedad, que daba lástima
el contemplarle. Movida por este sentimiento tal vez _seña_ Josefa dijo
al oído del caballero:--Se ha dormido.
La contestación del caballero fue sacudir la cabeza negativamente, acaso
porque en aquel instante creyó notar un temblor convulsivo que recorría
de pies a cabeza todo el cuerpo de la paciente. Tras el temblor empezó a
levantársele el pecho, movimiento fácil de percibir por encima de la
sábana, como una ola en mar sereno que repunta, de repente, y precursor
del suspiro que exhaló enseguida del fondo del corazón, acompañado de un
gemido doloroso y agudo. Comprendiendo el caballero lo que debía
sobrevenir, sin poderlo remediar, apartó primero la vista y disimulada y
paulatinamente se retiró a los pies de la cama. Incorporada en aquel
instante la enferma, exclamó con aire de espanto:
--¡Mamita! ¿Era su merced?
--¡Hija mía! ¿Qué quieres? ¿Estás mejor?
--¡Ah! ¡Mamita! prosiguió la muchacha en el mismo aire de azorada.--La
he visto, la acabo de ver. Sí, no me queda duda. ¡Ahí está! agregó
señalando al cielo. ¡Se va! ¡Me la llevan! Debe estar muerta. ¡Ay!--Y se
le escapó otro grito desgarrador.
--¡Hija! le observó la madre afligida. _Dispierta._ Tú estás soñando o
esas son ilusiones tuyas.
--Venga acá, mamita, mire su merced misma.
Diciendo esto la atraía a sí por el brazo.
--¡Véala! ¿No es aquella la Virgen Santísima dentro de una nube dorada,
con los pies desnudos, apoyados en las alas de infinitos ángeles? Ella
es. ¡Mire! Por aquí. ¡Allá! Vea. ¡Se eleva!
--Visiones, hija mía. No hagas caso. Acuéstate y descansa.
--¿Cómo quiere su merced que me acueste, si veo que se llevan a mi hija,
la hija de mis entrañas?
--¿Pero quién se la lleva, mi vida?
--¿Quién se la lleva? ¿Pues no lo ve su merced? La Virgen Santísima. Se
la lleva en los brazos. Debe estar muerta. ¡Ah!
--Ella no se ha muerto, no lo creas; le dijo débilmente _seña_ Josefa,
pues sobre este punto no estaba más segura que la enferma. Tu niña está
viva y pronto la verás. Esos son sueños tuyos.
--Sueños, sueños, repitió la muchacha, distraída. ¿Yo soñaba? ¿No será
más que un sueño? Pero, ¿y mi hija? ¿Dónde está? ¿Por qué me la han
quitado? Y de que yo la perdiera su merced tiene la culpa, concluyó
diciendo con iracundo ademán y acento.
No tuvo valor _seña_ Josefa para replicar palabra, bien por no irritar
más a la enferma con una contradicción poco menos que inútil, bien
porque la acusación era directa y fundada. Sólo acertó a volver los ojos
hacia su derecha, con lo que los de la enferma naturalmente siguieron la
misma dirección y en consecuencia tropezaron con el bulto oscuro del
desconocido, que hacía por ocultarse tras las colgaduras de la cama.
--¿Quién está ahí? preguntó apuntando con el dedo. ¡Ah! ¡El es, el
ladrón de mi hija! ¡Mi verdugo! ¿Qué vienes a buscar aquí? ¿Vienes,
basilisco, a gozarte en tu obra? A tiempo llegas. Gózate a tus anchas.
Mi hija ha volado al cielo, lo sé, de ello estoy convencida, yo la
seguiré muy pronto; pero tú, tú, causa de nuestra condenación y muerte,
tú bajarás... al infierno.
--¡Jesús! exclamó _seña_ Josefa santiguándose. Tú no sabes lo que dices.
Calla.
Y anegada en lágrimas se arrojó sobre su hija con el doble objeto de
impedirle que se levantara y de que siguiera en aquella terrible
increpación contra el caballero desconocido. Por prudencia o por
remordimiento, éste callaba e inclinó más la cabeza. El, de todos modos,
estaba muy disgustado y luchaba consigo mismo a fin de tomar una
resolución. Porque, previéndolo, había venido a ponerse al alcance de
las recriminaciones, al parecer justas, de la enferma, quien aunque
delirante, le echaba en cara la pérdida de su hija y la ruina de su
razón. Mas no hizo por defenderse. Se sentía, al contrario, humillado,
altamente ofendido por cuanto siendo sus intenciones las más puras,
guiadas por el deseo del bien de todos los inmediatamente interesados,
las resultas llevaban camino de ser muy desastrosas. A los ojos de su
propia conciencia la justificación era fácil; el mundo, sin embargo,
debía juzgarle por los hechos. Y a este juicio le tenía él horror
cerval.
Continuaba entre tanto la lucha entre la madre y la hija. Esta, con los
ojos de espantada, los cabellos desgreñados, la frente cubierta de sudor
copioso, las mejillas encendidas por la fiebre, repelía con ambas manos
a la madre y le repetía:--Déjame, mamita, déjame ver esa cara de hereje.
Quiero pedirle cuenta de mi hija. El me la ha quitado, él, entrañas de
fiera. Y la madre, siempre inundada en lágrimas estrechándola en sus
brazos, le respondía:--Por el amor de Dios, hija mía, por la Purísima
Concepción de María Santísima, por tu salud, por la de tu hija, que vive
y está buena, cállate, tranquilízate. Yo te lo ruego por lo que más
quiera.
Pero como se prolongase demasiado aquella lucha, se acercó el caballero
a la cama, tomó en la suya una mano de la enferma, la cual ella no
rechazó, y con voz grave, mas llena de exquisita ternura, le dijo:
--Charo, óyeme. Te prometo que mañana verás a tu hija. Vuelve en ti.
¡Cálmate! No más locuras.
Séase que de tanto bregar se le agotasen las fuerzas, séase que la
impusiese respeto la voz del desconocido, es lo cierto que la enferma,
exhalando un profundo suspiro, cayó repentinamente de espaldas en la
almohada y allí quedó por breve rato sin movimiento. No creyó menos la
madre, al pronto, sino que había expirado. Púsola con ese motivo la mano
en el corazón, y como, ya por el susto, ya porque en efecto se le había
paralizado la sangre en las venas a la paciente, no sintió por unos
instantes las pulsaciones. Así que, grandemente asustada, se volvió para
el caballero, que al parecer contemplaba impasible aquella escena muda,
y con acento de amarga reconvención le dijo:
--¿Lo ve el señor? Está muerta.
No fue esto parte a hacerle perder al caballero su natural ecuanimidad.
Lejos de ello, con mucha calma y deliberación le tomó el pulso a la
muchacha, a guisa de médico, y después dijo:
--Traiga Vd. éter. Se ha desmayado. Esta moza está muy débil, necesita
alimento.
--El médico lo ha prohibido, observó _seña_ Josefa.
--El médico no sabe lo que se pesca. Dela Vd. caldo. Pero despache con
el éter.
Traído el álcali volátil, se le aplicaron a la nariz; pero las únicas
señales de vida que dio la muchacha fue un estremecimiento de los
párpados, que no abrió por cierto, y un llorar en silencio, o hilo a
hilo, según reza la gráfica expresión vulgar. Mientras esto pasaba
delante de la cama de la enferma, asomó la cabeza blanca por entre la
puerta del fondo, medio abierta, la anciana negra antes mencionada; pero
la retiró de golpe persignándose cual si viese al diablo, sin duda
porque aún estaba allí el caballero desconocido. Al fin, éste se alejó
de aquel sitio de dolor y de tribulación, saludó a _seña_ Josefa con una
mera inclinación de cabeza, y salió a la calle murmurando en su
despecho:
--¡Y nadie más que yo tiene la culpa!
CAPÍTULO II
_Sola soy, sola nací,_
_Sola me tuvo mi madre,_
_Sola me tengo de andar,_
_Como la pluma en el aire._
Algunos años adelante, mejor, uno o dos después de la caída del segundo
breve período constitucional, en que quedó establecido el estado de
sitio de la Isla de Cuba y Capitán General de la misma don Francisco
Dionisio Vives, solía verse por las calles del barrio del Ángel una
muchacha de unos once a doce años de edad, quien, ya por su hábito
andariego, ya por otras circunstancias de que hablaremos enseguida,
llamaba la atención general.
Era su tipo el de las vírgenes de los más célebres pintores. Porque a
una frente alta, coronada de cabellos negros y copiosos, naturalmente
ondeados, unía facciones muy regulares, nariz recta que arrancaba desde
el entrecejo, y por quedarse algo corta alzaba un si es no es el labio
superior, como para dejar ver dos sartas de dientes menudos y blancos.
Sus cejas describían un arco y daban mayor sombra a los ojos negros y
rasgados, los cuales eran todo movilidad y fuego. La boca tenía chica y
los labios llenos, indicando más voluptuosidad que firmeza de carácter.
Las mejillas llenas y redondas y un hoyuelo en medio de la barba,
formaban un conjunto bello, que para ser perfecto sólo faltaba que la
expresión fuese menos maliciosa, si no maligna.
De cuerpo era más bien delgada que gruesa, para su edad antes baja que
crecida, y el torso, visto de espaldas, angosto en el cuello y ancho
hacia los hombros, formaba armonía encantadora, aun bajo sus humildes
ropas, con el estrecho y flexible talle, que no hay medio de compararle
sino con la base de una copa. La complexión podía pasar por saludable,
la encarnación viva, hablando en el sentido en que los pintores toman
esta palabra, aunque a poco que se fijaba la atención, se advertía en el
color del rostro, que sin dejar de ser sanguíneo había demasiado ocre en
su composición, y no resultaba diáfano ni libre. ¿A qué raza, pues,
pertenecía esta muchacha? Difícil es decirlo. Sin embargo, a un ojo
conocedor no podía esconderse que sus labios rojos tenían un borde o
filete oscuro, y que la iluminación del rostro terminaba en una especie
de penumbra hacia el nacimiento del cabello. Su sangre no era pura y
bien podía asegurarse que allá en la tercera o cuarta generación estaba
mezclada con la etíope.
Pero de cualquier manera, tales eran su belleza peregrina, su alegría y
vivacidad, que la revestían de una especie de encanto, no dejando al
ánimo vagar sino para admirarla y pasar de largo por las faltas o por
las sobras de su progenie. Nunca la habían visto triste, nunca de mal
humor, nunca reñir con nadie; tampoco podía darse razón dónde moraba ni
de qué subsistía. ¿Qué hacía, pues, una niña tan linda, azotando las
calles día y noche, como perro hambriento y sin dueño? ¿No había quien
por ella hiciera ni rigiera su índole vagabunda?
Entre tanto la chica crecía gallarda y lozana, sin cuidarse de las
investigaciones y murmuraciones de que era objeto, y sin caer en la
cuenta de que su vida callejera, que a ella le parecía muy natural,
inspiraba sospechas y temores, si no compasión a algunas viejas; que sus
gracias nacientes y el descuido y libertad con que vivía, alimentaban
esperanzas de bastardo linaje en mancebos corazones, que latían al verla
atravesar la plazuela del Cristo, cuando a la carrerita y con la
sutileza de la zorra hurtaba un bollo o un chicharrón a las negras que
de parte de noche allí se ponen a freírlos; o cuando al descuido metía
la pequeña mano en los cajones de pasas de los almacenes de víveres en
las esquinas de las calles; o cuando levantaba el plátano maduro, el
mango o la guayaba del tablero de la frutera; o cuando enredaba el perro
del ciego en el cañón de la esquina, o le encaminaba a San Juan de Dios,
si iba para Santa Clara:[5] que todas éstas eran travesuras dignas de
celebración en una niña de su edad y parecer.
Su traje ordinario, no siempre aseado, consistía en falda de zaraza, sin
más pañizuelo ni otro calzado que unas chancletas, las cuales anunciaban
de lejos su aproximación, porque sonaban mucho en las banquetas de
piedra de las pocas calles que entonces tenían tales adornos. Llevaba
también el cabello siempre suelto y naturalmente rizado. El único
ornamento de su cuello era un rosarito de filigrana, especie de
gargantilla, con una cruz de coral y oro pendiente, memoria de la madre
cara y desconocida.
A pesar de aquella vida suya y de aquel traje, parecía tan pura y linda,
que estaba uno tentado a creer que jamás dejaría de ser lo que era,
cándida niña en cabello, que se preparaba a entrar en el mundo por una
puerta al parecer de oro, y que vivía sin tener sospecha siquiera de su
existencia. Sin embargo, las calles de la ciudad, las plazas, los
establecimientos públicos, como se apuntó más arriba, fueron su escuela,
y en tales sitios, según es de presumir, su tierno corazón, formado
acaso para dar abrigo a las virtudes, que son el más bello encanto de
las mujeres, bebió a torrentes las aguas emponzoñadas del vicio, se
nutrió desde temprano con las escenas de impudicia que ofrece
diariamente un pueblo soez y desmoralizado. ¿Y cómo librarse de
semejante influjo? ¿Cómo impedir que sus vivarachos ojos no viesen? ¿Qué
sus orejas siempre alerta no oyesen? ¿Que aquella alma rebosando vida y
juventud no se asomara antes de tiempo a los ojos y a los oídos para
juzgar de cuanto pasaba en su derredor, en vez de dormir el sueño de la
inocencia? ¡Bien temprano, a fe, llamó a sus puertas la legión de
pasiones que gastan el corazón y abaten las frentes más soberbias!
Una tarde, entre otras, pasaba la chica, como de costumbre, a la
carrerita, por cierta calle de que no hay para qué mencionar ahora el
nombre. Asomadas a una de las altas y anchas rejas de hierro de las
ventanas de una casa de apariencia aristocrática, estaban dos niñas poco
más o menos de su edad y una joven de 14 a 15, las cuales, como viesen
pasar aquella exhalación, según se expresó una de ellas mismas, excitada
grandemente la curiosidad de todas, la llamaron con instancia. No se
hizo de rogar la mozuela, antes se entró, desde luego por el zaguán, y
se presentó con mucho desembarazo a la puerta de la sala, donde ya la
esperaba el grupo de las tres jovencitas. Allí, éstas la tomaron por la
mano y la llevaron delante de una señora algo gruesa, vestida con mucho
aseo, que estaba arrellanada en un ancho sillón y descansaba los pies en
un escabel.
--¡Ah! exclamó ésta cuando la hubo visto de cerca. ¡Y qué mona es! Dicho
lo cual se enderezó en el asiento, operación que le costó un buen
esfuerzo, y agregó:
--¿Cómo te llamas?
--Cecilia, respondió vivamente.
--¿Y tu madre?
--Yo no tengo madre.
--¡Pobrecita! ¿Y tu padre?
--Yo soy Valdés, yo no tengo padre.
--Esa está mejor, exclamó la señora recapacitando.
--Papá, papá, dijo la mayor de las señoritas dirigiéndose a un caballero
que estaba recostado en un sofá a la derecha del estrado. Papá, ¿ha
visto Vd. niña más preciosa?
--Ya, ya, contestó el padre casi sin volver el rostro. Dejadla en paz.
Pero apenas salieron esas palabras de sus labios, reparó en él Cecilia,
y entre admirada, y reída, dijo:
--¡Ay! Yo conozco a ese hombre que está ahí acostado. Este, por debajo
de las manos, con que ya se sombreaba la frente, le echó una mirada
fiera, en que iban pintados su mal humor y disgusto. Enseguida se
levantó y dejó la sala, sin decir más palabra. Extraño es en verdad que
sólo este hombre no sintiese simpatía por la linda callejera.
--¿Conque no tienes padre ni madre? Tornó a preguntar la buena señora,
un si es no es preocupada por la anterior escena. ¿Y cómo vives? ¿Con
quién vives? ¿Eres hija de la tierra o del aire?
--¡Ave María Purísima! exclamó la niña doblando la cabeza sobre el
hombro derecho y mirando fijamente a sus preguntadoras. ¡Ay, Jesús! ¡Qué
gente tan curiosa! Yo vivo con mi abuela, que es una viejecita muy
buena, que me quiere mucho y que me deja hacer cuanto yo quiero. Mi
madre se murió hace mucho tiempo y... mi padre también. No sé más ni me
pregunten más.
Bien quisieran las jovencitas hacer más preguntas, e informarse de otros
pormenores acerca de la vida y parentela de Cecilia; pero, por una
parte, su padre les había dicho que la dejaran en paz, y, por otra, su
madre, ya incapaz de dominar su desazón, les indicó por un gesto muy
significativo que era tiempo saliese de allí mozuela tan procaz. Colmada
de regalos y despedida al fin, Cecilia, pasaba por el zaguán en vuelta
de la calle, a sazón que bajaba de los altos un jovencito en traje
veraniego, es decir, de chupa y pantalón de Arabia quien apenas la vio,
la reconoció y le dijo desde lo alto:
--Cecilia, ¡eh, Cecilia! Oye, mira.
Ella, sin contener el paso, mas sin dejar de mirar al que le daba voces,
le decía hasta la puerta de la calle: ¡Cuico! ¡Cuico! Y al mismo tiempo
abría la mano derecha, ponía el dedo pulgar en la punta de la nariz y
movía los otros con gran rapidez. Que es una manera de burla que a
menudo se hacen los muchachos en nuestras calles, como diciendo: ¡Ah!
¡que te engañé! ¡Ah! que me escapé de tus majaderías.
No es para referir aquí la escena que se siguió a la ida de la chica de
aquella casa. Del señor y de la señora puede decirse que no volvieron a
mencionar su nombre. Las señoritas, al contrario, aún cuando tornaron a
la ventana para ver y saludar a sus amigas, que de vuelta del paseo
pasaban en sus lujosas volantas, no cesaron de hablar de Cecilia y de
repetir su nombre, ayudándoles entonces el hermano mayor, quien la
conocía y a menudo se encontraba con ella cuando iba a la clase de latín
del padre Morales, enfrente del convento de Santa Teresa.