y el de las ánimas, que se pusieron las suyas tales, que trayendo un
plato de salchichas, que parecían de dedos de negro, dijo uno que para
qué traían pebetes guisados. Ya mi tío estaba tal, que alargando la mano
y asiendo una, dijo--con la voz algo áspera y ronca, el un ojo medio
acosado y el otro nadando en mosto--: "Sobrino, por este pan de Dios,
que crió a su imagen y semejanza, que no he comido en mi vida mejor
carne tinta." Yo que vi al corchete que, alargando la mano, tomó el
salero y dijo: "Caliente está este caldo"; y que el porquero se llenó el
puño de sal, diciendo: "Bueno es el avisillo para beber", y se lo echó
todo en la boca, comencé a reírme por una parte y rabiar por otra.
Trajeron caldo, y el de las ánimas tomó con entrambas manos una
escudilla, diciendo: "Dios bendijo la limpieza." Y alzándola para
sorberla, por llevarla a la boca se la puso en el carrillo y,
volcándola, se asó en el caldo, y se puso todo de arriba abajo que era
vergüenza. El, que se vio así, fuése a levantar; y como pesaba algo la
cabeza, firmó sobre la mesa--que era de estas movedizas---, trastornóla,
y manchó a los demás: tras esto decía que el porquero le había empujado.
El porquero, que vio que el otro se le caía encima, levantóse, y
alzando el instrumento de hueso, le dio con él una trompetada. Mi tío,
que estaba más en su juicio, decía que quién había traído a su casa
tantos clérigos. Yo, que vi que ya en suma multiplicaban, metí en paz la
brega. Eché a mi tío en la cama, el cual hizo cortesía a un velador de
palo que tenía, pensando que era convidado. Quité el cuerno al porquero,
el cual, ya que dormían los otros, no había hacerle callar, diciendo que
le diesen su cuerno, porque no había habido jamás quien supiese en él
más tonadas, y que él quería tañer con el órgano. Al fin, yo no me
aparté de ellos hasta que vi que dormían. Salíme de casa, entretúveme en
ver mi tierra toda la tarde, pasé por la casa de Cabra, tuve nueva de
que era muerto, y no cuidé de preguntar de qué, sabiendo que hay hambre
en el mundo.
Torné a casa a la noche, habiendo pasado cuatro horas, y hallé al uno
despierto y que andaba a gatas por el aposento buscando la puerta y
diciendo que se les había perdido la casa. Levantéle, y dejé dormir a
los demás hasta las once de la noche, que despertaron, y esperezándose,
preguntó uno que qué hora era. Respondió el porquero--que aún no la
había desollado--que no era nada, sino la siesta, y que hacía grandes
bochornos. El demandador, como pudo, dijo que le diesen la cajilla:
"Mucho han holgado las ánimas para tener a su cargo mi sustento", y
fuése, en lugar de ir a la puerta, a la ventana, y como vió estrellas,
comenzó a llamar a los otros con grandes voces diciendo que el cielo
estaba estrellado a mediodía y que había un grande eclipse.
Santiguáronse todos, y besaron la tierra. Yo, que vi la bellaquería del
demandador, escandalíceme mucho y propuse de guardarme de semejantes
hombres. Con estas vilezas e infamias que veía yo, ya me crecía por
puntos el deseo de verme entre gente principal y caballeros. Despáchelos
a todos uno por uno, lo mejor que pude, y acosté a mi tío, que aunque no
tenía zorra, tenía raposa; y yo acomódeme sobre mis vestidos y algunas
ropas de los que Dios tenga, que estaban por allí.
Pasamos desta manera la noche, y a la mañana traté con mi tío de
reconocer mi hacienda y cobralla. Despertó diciendo que estaba molido, y
que no sabía de qué. Echó una pierna, levantóse; tratamos largo en mis
cosas, y tuve harto trabajo por ser hombre tan borracho y rústico. Al
fin lo reduje a que me diese noticia de parte de mi hacienda--aunque no
de toda--, y así, me la dio de unos trecientos ducados que mi buen padre
había ganado por sus puños y dejádolos en confianza de una buena mujer,
a cuya sombra se hurtaba diez leguas a la redonda. Por no cansar a
vuestra merced digo que cobré y embolsé mi dinero, el cual mi tío no
había bebido ni gastado, que fue harto para ser hombre de tan poca
razón, porque pensaba que yo me graduaría con éste, y que estudiando
podría ser cardenal, que como estaba en su mano hacerlos, no lo tenía
por dificultoso. Díjome, en viendo que los tenía: "Hijo Pablos, mucha
culpa tendrás si no medras y eres bueno, pues tienes a quién parecer;
dinero llevas, yo no te he de faltar, que cuanto sirvo y cuanto tengo
para ti lo quiero." Agradecíle mucho la oferta; gastamos el día en
pláticas desatinadas y en pagar las visitas a los personajes dichos.
Pasaron la tarde en jugar a la taba mi tío y el porquero y demandador;
éste jugaba misas como si fuera otra cosa. Sacaban de taba como de
naipe, para la fábrica de la sed, porque había siempre un jarro en
medio. Vino la noche; ellos se fueron; acostámonos mi tío y yo, cada uno
en su cama, que ya había proveído para mí un colchón. Amaneció, y antes
que él despertase yo me levanté y me fuí a una posada sin que me
sintiese: torné a cerrar la puerta por defuera, y eché la llave por una
gatera.
Como he dicho, me fuí a un mesón a esconder y aguardar comodidad para ir
a la corte. Déjele en el aposento una carta cerrada, que contenía mi ida
y las causas, avisándole no me buscase, porque eternamente no lo había
de ver.
[Ilustración: "...Y al volver atrás, como hizo fuerza, se le cayeron
las calzas...."]
Partía aquella mañana del mesón un arriero con cargas a la corte;
llevaba un jumento, alquilómele, y salíme a aguardarle a la puerta fuera
del lugar. Salió y espéteme en el dicho, y empecé mi jornada. Iba entre
mí diciendo: "Allá quedarás, bellaco, deshonra buenos, jinete de
gaznates."
Consideraba yo que iba a la corte, donde nadie me conocía--que era la
cosa que más me consolaba--, y que había de valerme por mi habilidad.
Allí propuse de colgar los hábitos en llegando, y sacar vestidos cortos
al uso.
Yo iba caballero en el rucio de la Mancha, y bien deseoso de no topar
nadie, cuando desde lejos vi venir un hidalgo de portante, con su capa
puesta, espada ceñida, calzas atacadas y botas, y al parecer bien
puesto; el cuello abierto, el sombrero de lado. Sospeché que era algún
caballero que dejaba atrás su coche; y así, emparejando, le saludé.
Miróme y dijo: "Irá vuestra merced, señor licenciado, en ese borrico con
harto más descanso que yo con todo mí aparato." Yo, que entendí que lo
decía por coche y criados que dejaba atrás, dije: "En verdad, señor, que
lo tengo por más apacible caminar que el del coche; porque--aunque
vuestra merced vendrá en el que trae detrás con regalo--aquellos vuelcos
que da inquietan." "¿Cuál coche detrás?"--dijo él muy alborotado. Y al
volver atrás, como hizo fuerza, se le cayeron las calzas, porque se le
rompió una agujeta que traía, la cual era tan sola, que tras verme tan
muerto de risa de verle, me pidió una prestada. Yo, que vi que de la
camisa no se veía sino una ceja, dije: "Por Dios, señor, que si vuestra
merced no aguarda a sus criados, yo no puedo socorrerle, porque vengo
también atacado únicamente." "Si hace vuestra merced burla--dijo él con
las cachondas en la mano--, vaya; porque no entiendo eso de los
criados." Y aclaróseme tanto--en materia de ser pobre--, que me confesó,
a media legua que anduvimos, que si no le hacía merced de dejarle subir
en el borrico un rato, no le era posible pasar a la corte, por ir
cansado de caminar con las bragas en los puños. Y movido a compasión, me
apeé; y como él no podía sacar las calzas, húbele yo de subir. El, que
sintió lo que había visto, como discreto, se previno diciendo: "Señor
licenciado, no es oro todo lo que reluce; debióle parecer a vuestra
merced en viendo el cuello abierto y mi presencia que era un conde de
Irlos." Yo le dije que le aseguraba me había persuadido a muy diferentes
cosas de las que veía. "Pues aún no ha visto nada vuestra
merced--replicó--; que hay tanto que ver en mí como tengo, porque nada
cubro. Veme aquí vuestra merced un hidalgo hecho y derecho, de casa y
solar montañés que, si como sustento la nobleza me sustentara, no
hubiera más que pedir; pero ya, señor licenciado, sin pan ni carne no se
sustenta buena sangre, y por la misericordia de Dios todos la tienen
colorada, y no puede ser hijo de algo el que no tiene nada. He vendido
hasta mi sepultura por no tener sobre qué caer muerto; que la hacienda
de mi padre Toribio Rodríguez Vallejo Gómez de Ampuero--que todos estos
nombres tenía--se perdió en una fianza; sólo el don me ha quedado por
vender, y soy tan desgraciado, que no hallo nadie con necesidad de él,
pues quien no le tiene por ante, le tiene por postre, como el remendón,
azadón, podón, baldón, bordón y otros así."
Confieso que, aunque iban mezcladas con risas, las calamidades del dicho
hidalgo me enternecieron. Pregúntele cómo se llamaba y adonde iba y a
qué. Dijo que todos los nombres de su padre: Don Toribio Rodríguez
Vallejo Gómez de Ampuero y Jordán. No se vio jamás nombre tan campanudo,
porque acababa en dan y empezaba en don, como son de badajo. Tras esto
dijo que iba a la corte, porque un mayorazgo raído como él, en un pueblo
corto olía mal a dos días y no se podía sustentar; y que por eso se iba
a la patria común, adonde caben todos y adonde hay mesas francas para
estómagos aventureros; "y nunca cuando entro en ella me faltan cien
reales en la bolsa, cama y de comer, porque la industria en la corte es
piedra filosofal, que vuelve en oro cuanto toca". Yo vi el cielo
abierto, y en són de entretenimiento para el camino le rogué que me
contase cómo y con quienes viven en la corte los que no tenían, como él,
porque me parecía dificultoso; que no sólo se contenta cada uno con sus
cosas, sino que aun solicitan las ajenas. "Muchos hay de esos, hijo, y
muchos de estotros: es la lisonja llave maestra que abre a todas
voluntades en tales pueblos. Y porque no se te haga dificultoso lo que
digo, oye mis sucesos y mis trazas, y te asegurarás de esa duda."
Lo primero has de saber que en la corte siempre el más necio y el más
sabio, más rico y más pobre, y los extremos de todas las cosas; que
disimula los malos y esconde los buenos, y que en ella hay unos géneros
de gentes--como yo--que no se les conoce raíz ni mueble ni otra cosa de
la que descienden los tales. Entre nosotros nos diferenciamos con
diferentes nombres: unos nos llamamos caballeros hebenes; otros hueros,
chanflones, chirles, traspillados y caninos. Es nuestra abogada la
industria; pasamos las más veces los estómagos de vacío, que es gran
trabajo traer la comida en manos ajenas. Somos susto de los banquetes,
polilla de los bodegones y convidados por fuerza; susténtamonos así del
aire y andamos contentos. Somos gente que comemos un puerro y
representamos un capón: entrará uno a visitarnos en nuestras casas y
hallará nuestros aposentos llenos de huesos de carnero y aves,
mondaduras de frutas, la puerta embarazada con plumas y pellejos de
gazapos; todo lo cual cogemos de parte de noche por el pueblo, para
honrarnos con ello de día. Reñimos en entrando al huésped: "¿Es posible
que no he de ser yo poderoso para que barra esa moza?--Perdone vuestra
merced, que han comido aquí unos amigos, y estos criados...." etc. Quien
no nos conoce, cree que es así, y pasa por convite.
Pues ¿qué diré del modo de comer en casas ajenas? En hablando a uno
media vez, sabemos su casa, y siempre a hora de mascar--que se sepa que
está en la mesa--decimos que nos llevan sus amores, porque tal
entendimiento no le hay en el mundo. Si nos pregunta si hemos comido, si
ellos no han empezado, decimos que no; si nos convidan, no aguardamos al
segundo convite, porque de estas aguardadas nos han sucedido grandes
vigilias; si han empezado, decimos que sí; y aunque parta muy bien el
ave, pan o carne, o lo que fuere, para tomar ocasión de engullir un
bocado, decimos: "Ahora deje vuestra merced, que le quiero servir de
maestresala; que solía, Dios le tenga en el cielo--y nombramos un señor
muerto, duque o conde--, gustar más de verme partir que de comer."
Diciendo esto, tomamos el cuchillo, y partimos bocaditos, y al cabo
decimos: "¡Oh, qué bien huele! Cierto que haría agravio a la guisandera
en no probarlo: ¡qué buena mano tiene!" Y diciendo y haciendo, va en
prueba el medio plato; el nabo por ser nabo, el tocino por ser tocino, y
todo por lo que es. Cuando esto nos falta, ya tenemos sopa de algún
convento aplazada; no la tomamos en público, sino a lo escondido,
haciendo creer a los frailes que es más devoción que necesidad.
Tenemos de memoria para lo que toca a vestirnos toda la ropería vieja;
y como en oirás partes hay hora señalada para oración, la tenemos
nosotros para remendarnos. Estudiamos posturas contra la luz, pues en
día claro andamos con las piernas muy juntas, y hacemos las reverencias
con solos los tobillos, porque si se abren las rodillas se verá el
ventanaje. No hay cosa en todos nuestros cuerpos que no haya sido otra
cosa y no tenga historia; _verbi gratia:_ bien ve vuestra merced esta
ropilla; pues primero fue gregüescos, nieta de una capa y biznieta de un
capuz, que fué en su principio, y ahora espera salir para soletas y
otras muchas cosas. Los escarpines primero son pañizuelos, habiendo sido
toallas y antes camisas, hijas de sábanas, y después de esto nos
aprovechamos para papel, y en el papel escribimos y después hacemos de
él polvos para resucitar los zapatos, que de incurables los he visto yo
hacer revivir con semejantes medicamentos. Y por no gastar en barberos
prevenimos siempre de aguardar que otro de los nuestros tenga pelambre y
entonces nos la quitamos el uno al otro, conforme lo del Evangelio:
"Ayudaos como buenos hermanos."
Estamos obligados a andar a caballo una vez cada mes, aunque sea en
pollino, por las calles públicas, y a ir en coche una vez al año, aunque
sea en la arquilla o trasera; pero si alguna vamos dentro del coche, es
de considerar que siempre es en el estribo, con todo el pescuezo de
fuera, haciendo cortesías por que nos vean todos, y hablando a los
amigos y conocidos aunque miren a otra parte.
"¿Qué diré del mentir? Jamás se halla verdad en nuestra boca: encajamos
duques y condes en las conversaciones, unos por amigos, otros por
deudos, y advertimos que los tales señores o estén muertos o muy
lejos."
"Quien ve estas botas mías, ¿cómo pensará que andan caballeras en las
piernas en pelo, sin media ni otra cosa? Y quien viere este cuello, ¿por
qué ha de pensar que no tengo camisa? Pues todo esto le puede faltar a
un caballero, señor licenciado, pero cuello abierto y almidonado, no. Lo
uno porque así es gran ornato de la persona, y después de haberle vuelto
de una parte a otra, es de sustento porque se ceba el hombre en el
almidón, chupándole con destreza. Y al fin, señor licenciado, un
caballero de nosotros ya se ve en prosperidad y con dineros, y ya se ve
en el hospital; pero, en fin, se vive, y el que se sabe bandear es rey
con poco que tenga,"
Tanto gusté de las extrañas maneras de vivir del hidalgo, y tanto me
embebecí, que divertido con ellas y con otras, me llegué a pie hasta Las
Rozas, adonde nos quedamos aquella noche. Cenó conmigo el dicho hidalgo,
que no traía blanca, y yo me hallaba obligado a sus avisas, porque con
ellos abrí los ojos a muchas cosas.
Compréle del huésped tres agujetas, atacóse, dormimos aquella noche,
madrugamos y dimos con nuestros cuerpos en Madrid.
[Don Toribio conduce al Buscón a casa de sus amigos, los caballeros
chirles, quienes le admiten en su cofradía. Comienza don Pablos su nueva
azarosa vida; pero su mala ventura quiso que un alguacil prendiese a la
vieja que gobernaba y encubría a los estafadores, descubriéndose por
ella toda la maraña, y dando con todos en la cárcel.
Logra salir de la prisión don Pablos, merced a su ingenio y al dinero
que da a los carceleros.
Se suceden después diversos lances en los que sale siempre malparado, y
decide encaminarse a Toledo, donde ni le conocían ni conocía a nadie.]
En una posada topé una compañía de farsantes que iban a Toledo; llevaban
tres carros, y quiso Dios que entre los compañeros iba uno que lo había
sido mío del estudio de Alcalá, y había renegado y metídose al oficio.
Díjele lo que me importaba el ir allá y salir de la corte.
Al fin me hizo amistad--por mi dinero--de alcanzar de los demás lugar
para que yo fuese con ellos.
Yo--acaso--comencé a representar un pedazo de la comedia de San Alejo,
que me acordaba de cuando muchacho, y represéntelo de suerte que les di
codicia; y sabiendo, por lo que yo le dije a mi amigo que iba en la
compañía, mis desgracias y descomodidades, díjome que si quería entrar
en la danza con ellos. Encareciéronme tanto la vida de la farándula, y
yo, que tenía necesidad de arrimo, concertéme por dos años con el autor;
hícele escritura de estar con él, y dióme mi ración y representaciones,
y con tanto llegamos a Toledo. Diéronme que estudiase tres o cuatro
loas, y papeles de barba, que los acomodaba bien con mi voz. Yo puse
cuidado en todo, y eché la primera loa en el lugar; era de una nave--de
lo que son todas--que venía destrozada y sin provisión; decía lo de:
"Este es el puerto"; llamaba a la gente _senado_; pedía perdón de las
faltas y silencio, y éntreme. Hubo un vítor de rezado, y al fin parecí
bien en el teatro. Representamos una comedia de un representante
nuestro, que yo me admiré de que fuesen poetas, porque pensaba que el
serlo era de hombres muy doctos y sabios, y no de gente tan sumamente
lega; y está ya de manera esto, que no hay autor que no escriba
comedias, ni representante que no haga su farsa de moros y cristianos;
que me acuerdo yo antes, que si no eran comedias del buen Lope de Vega y
Ramón, no había otra cosa. Al fin, la comedia se hizo el primer día, y
no la entendió nadie; al segundo empezárnosla y quiso Dios que empezaba
por una guerra, y salía yo armado y con rodela, que si no, a manos de
mal membrillo, tronchos y badeas acabo. No se ha visto tal torbellino; y
ello merecíalo la comedia, porque traía un rey de Normandía sin
propósito en hábito de ermitaño, y metía dos lacayos por hacer reír, y
al desatar de la maraña no había más de casarse todos y allá vas. Al fin
tuvimos nuestro merecido. Tratamos mal al compañero poeta; y yo,
diciéndole que mirase de la que nos habíamos escapado y escarmentase,
díjome que no era suyo nada de la comedia, sino que de un paso de uno, y
otro de otro había hecho la capa de pobre, de remiendo, y que el daño
no había estado sino en lo mal zurcido.
No me pareció mal la traza, y yo confieso que me incliné a ella por
hallarme con algún natural a la poesía, y más que tenía ya conocimiento
con algunos poetas y había leído a Garcilaso; y así, determiné de dar en
el arte. Y con esto y representar pasaba la vida; que pasado un mes que
había que estábamos en Toledo haciendo muchas comedias buenas, y también
enmendando el yerro pasado--que con esto ya yo tenía nombre, y había
llegado a llamarme _Alonsete_, porque yo había dicho llamarme Alonso; y
por otro nombre me llamaban el _Cruel_, por serlo una figura que había
hecho con gran aceptación de los mosqueteros y chusma vulgar--, tenía ya
tres pares de vestidos y autores que me pretendían sonsacar de la
compañía. Hablaba ya de entender de la comedia, murmuraba de los
famosos, reprehendía los gestos a Pinedo, daba mi voto en el reposo
natural de Sánchez, llamaba bonico a Morales, pedíanme el parecer en el
adorno de los teatros y trazar las apariencias. Si alguno venía a leer
comedia, yo era el que la oía. Al fin, animado con este aplauso,
estréneme como poeta en un romancico, y luego hice un entremés, y no
pareció mal.
Atrevíme a una comedia, y porque no escapase de ser divina cosa, la hice
de Nuestra Señora del Rosario.
Estaba viento en popa con estas cosas, rico y próspero, y tal, que casi
aspiraba ya a ser autor.
Sucedióme un día la mejor cosa del mundo, que, aunque es en mi afrenta,
la he de contar. Yo me recogía en mi posada, el día que escribía
comedia, al desván; y allí me estaba y allí comía. Subía una moza con la
vianda y dejábamela allí. Yo tenía por costumbre escribir representando
recio, como si lo hiciera en el tablado. Ordena el diablo que a la hora
y punto que la moza iba subiendo por la escalera--que era angosta y
oscura--con dos platos y olla, yo estaba en un paso de una montería, y
daba grandes gritos componiendo mi comedia: decía:
Guarda el oso, guarda el oso,
que me deja hecho pedazos,
y baja tras ti furioso.
¿Qué entendió la moza--que era gallega--como oyó decir "baja tras ti" y
"me deja"? Que era verdad y que la avisaba; va a huir, y con la
turbación písase la saya y rueda toda la escalera; derrama la olla y
quiebra los platos, y sale dando gritos a la calle, diciendo que mataba
un oso a un hombre. Y por presto que yo acudí, ya estaba toda la
vecindad conmigo, preguntando por el oso; y aun contándoles yo como
había sido ignorancia de la moza--porque era lo que he referido de la
comedia--, aún no lo querían creer. No comí aquel día; supiéronlo los
compañeros, y fué celebrado el cuento en la ciudad. Y de estas cosas me
sucedieron muchas mientras perseveré en el oficio de poeta y no salí
del mal estado.
Sucedió, pues, que mi autor--que siempre paran en esto--, sabiendo que
en Toledo le había ido bien, le ejecutaron por no sé qué deudas, y le
pusieron en la cárcel; con lo cual nos desmembramos todos, y echó cada
uno por su parte. Yo--si va a decir verdad--, aunque los compañeros me
querían guiar a otras compañías, como no aspiraba a semejantes oficios,
y el andar en ellos era por necesidad, viéndome con dineros y bien
puesto, no traté más que de holgarme.
Despedíme de todos; tomé mi camino para Sevilla, donde, como en tierra
más ancha, quise probar ventura.
Pasé el camino de Toledo a Sevilla prósperamente. Fuíme luego a apear al
mesón del Moro, donde me topó un condiscípulo mío de Alcalá, que se
llamaba Mata, y ahora se decía--por parecerle nombre de poco
ruido--Matorral. Trataba en vidas, y era tendero de cuchilladas, y no le
iba mal. Traía la muestra de ellas en su cara, y por las que le habían
dado concertaba tamaño y hondura de las que había de dar; decía: "No hay
tal maestro como el bien acuchillado"; y tenía razón, porque la cara era
una cuera y él un cuero. Díjome que me había de ir a cenar con él y
otras camaradas, y que ellos me volverían al mesón.