apearnos, me advirtió con grandes voces que hiciese un ángulo obtuso con
las piernas, y que, reduciéndolas a líneas paralelas, me pusiese
perpendicular en el suelo. El huésped me vio reír y se rió. Preguntóme
si era indio aquel caballero, que hablaba de aquella suerte. Pensé con
esto perder el juicio. Llegóse luego al huésped, y díjole: "Señor, déme
vuestra merced dos asadores para dos o tres ángulos, que al momento se
los volveré." "¡Jesús!--dijo el huésped--. Déme acá vuestra merced los
ángulos, que mi mujer los asará, aunque aves son que no las he oído
nombrar." "Que no son aves--dijo volviéndose a mí--.¡Mire vuestra merced
lo que es no saber! Déme los asadores, que no los quiero sino para
esgrimir; que quizá le valdrá más lo que me viere hacer hoy que todo lo
que ha ganado en su vida." En fin, los asadores estaban ocupados, y
hubimos de tomar dos cucharones. No se ha visto cosa tan digna de risa
en el mundo. Daba un salto, y decía: "Con este compás alcanzo más y gano
los grados del perfil; ahora me aprovecho del movimiento remiso para
matar el natural; ésta había de ser cuchillada y ésta, tajo." No llegaba
a mí desde una legua, y andaba alderredor con el cucharón; y como yo me
estaba quedo, parecían tretas contra olla que se sale, estando al fuego.
Díjome: "Al fin, esto es lo bueno, y no las borracheras que enseñan
estos bellacos maestros de esgrima, que no saben sino beber!"
No lo había acabado de decir cuando de un aposento salió un mulatazo
mostrando las presas, con un sombrero injerto en guardasol, y un coleto
de ante, bajo de una ropilla suelta y llena de cintas, zambo de piernas,
a lo águila imperial; la cara, con un _per signum crucis de inimicis
suis_; la barba, de ganchos, con unos bigotes de guardamano, y una daga
con más rejas que un locutorio de monjas; y mirando al suelo, dijo: "Yo
soy examinado y traigo la carta; y por el sol que calienta los panes,
que haga pedazos a quien tratare mal a tanto buen hijo como profesa la
destreza." Yo, que vi la ocasión, metíme en medio, y dije que no hablaba
con él, y que así no tenía de qué picarse. "Meta mano a la blanca, si la
trae, y apuremos cuál es verdadera destreza, y déjese de cucharones." El
pobre de mi compañero abrió el libro, y dijo en altas voces: "Este libro
lo dice, y está impreso con licencia del rey, y yo sustentaré que es
verdad lo que dice, con el cucharón y sin el cucharón, aquí y en otra
parte: y si no, midámoslo"; y sacó él compás y comenzó a decir: "Este
ángulo es obtuso." Y entonces el maestro sacó la daga y dijo: "Yo no sé
quién es Angulo, ni Obtuso, ni en mi vida oí decir tales hombres; pero
con ésta en la mano le haré pedazos." Acometió al pobre diablo, el cual
empezó a huir, dando saltos por la casa, diciendo: "No me puede herir,
que le he ganado los grados del perfil." Metímoslos en paz el huésped y
yo y otra gente que había, aunque de risa no me podía mover.
Metieron al buen hombre en su aposento, y a mí con él; cenamos, y
acostámonos todos los de la casa, y a las dos de la mañana levántase en
camisa y empieza a andar a oscuras por el aposento, dando saltos y
diciendo en lengua matemática mil disparates. Despertóme a mí; y, no
contento con esto, bajó al huésped para que le diese luz, diciendo que
había hallado objeto fijo a la estocada sagita por la cuerda. El
huésped se daba a los diablos de que lo despertase; y tanto le molestó,
que le llamó loco. En esto amaneció, vestímonos todos y pagamos la
posada. Hiciéronlos amigos a él y al maestro, el cual se apartó diciendo
que lo que alegaba mi compañero era bueno; pero que hacía más locos que
diestros, porque los más, por lo menos, no lo entendían.
Yo tomé mi camino para Madrid, y él se despidió de mí por ir diferente
jornada.
Con esto caminé más de una legua que no topé persona. Iba yo pensando
entre mí en las muchas dificultades que tenía para profesar honra y
virtud, pues había menester tapar primero la poca de mis padres, y luego
tener tanta, que me desconociesen por ella. Y parecíanme a mí estos
pensamientos honrados, que yo me los agradecía a mí mismo. Decía a
solas: "Más se me ha de agradecer a mí, que no he tenido de quién
aprender virtud, que al que la hereda de sus abuelos." En estas razones
y discursos iba, cuando topé un clérigo muy viejo en una mula, que iba
camino de Madrid. Trabamos plática, y luego me preguntó que de adónde
venía. Yo le dije que de Alcalá. "Maldiga Dios--dijo él--tan mala gente,
pues faltaba entre tantos un hombre de discurso." Pregúntele que cómo o
por qué se podía decir tal del lugar donde asistían tantos doctos
varones, y él, muy enojado, dijo: "¿Doctos? Yo le diré a vuestra merced
que tan doctos, que habiendo catorce años que hago yo en
Majalahonda---donde he sido sacristán--las chanzonetas al Corpus y al
Nacimiento, no me premiaron en el cartel unos cantarcitos que, por que
vea vuestra merced la sinrazón que me hicieron, se los he de leer." Y
comenzó desta manera:
Pastores, ¿no es lindo chiste,
que es hoy el señor san Corpus Criste?
Y es el día de las danzas
en que el Cordero sin mancilla
tanto se humilla,
que visita nuestras panzas,
y entre estas bienaventuranzas
entra en el humano buche.
Suene el lindo sacabuche,
pues nuestro bien consiste.
Pastores, ¿no es lindo chiste, etc.
"¿Qué pudiera decir más--me dijo--el mesmo inventor de los chistes? Mire
qué misterios encierra aquella palabra _pastores_; más me costó de un
mes de estudio." Yo no pude con esto tener la risa, que a borbollones se
me salía por los ojos y narices, y dando una gran carcajada, dije:
"¡Cosa admirable!; pero sólo reparo en que llama vuestra merced señor
san Corpus Criste, Corpus Cristi no es santo, sino el día de la
institución del Santísimo Sacramento." "¡Qué lindo es eso!--me respondió
haciendo burla--.Yo le daré en el calendario, y está canonizado, y
apostaré a ello la cabeza." No pude porfiar, perdido de risa de ver la
suma ignorancia; antes le dije que eran dignas de cualquier premio y que
no había leído cosa tan graciosa en mi vida. "¿No?--dijo al mismo
punto--, pues oiga vuestra merced un pedacito de un librillo que tengo
hecho a las once mil vírgenes, adonde a cada una he compuesto cincuenta
octavas, cosa rica." Yo por excusarme de tanto millón de octavas, le
supliqué no me dijese cosa a lo divino, y así me comenzó a recitar una
comedia que tenía más jornadas que el camino de Jerusalén. Decíame:
"Hícela en dos días, y este es el borrador", y sería hasta cinco manos
de papel. El título era _El arca de Noé_. Hacíase toda entre gallos,
ratones, jumentos, raposas y jabalíes, como fábulas de Isopo. Yo se la
alabé la traza y la invención, a lo cual me respondió: "Ello cosa mía
es pero no se ha hecho otra tal en el mundo, y la novedad es más que
todo; y si yo salgo con hacerla representar, será cosa famosa." "¿Cómo
se podrá representar--le dije yo--, si han de entrar los mismos
animales, y ellos no hablan?" "Esa es la dificultad, que, a no haber
ésa, ¿había cosa más alta? Pero yo tengo pensado hacerla toda de
papagayos, tordos y picazas, que hablan; y meter para el entremés
monas." "Por cierto, alta cosa es esa." Otras más altas he hecho
yo--dijo--por una mujer a quien amo, y ve aquí novecientos y un soneto y
doce redondillas--que parece que contaba escudos por maravedís--. Yo
confieso la verdad, que, aunque me holgaba de oírle, tuve miedo a tantos
versos malos, y así, comencé a echar la plática a otras cosas. Yo, por
divertirle, le decía: "¿Ve vuestra merced aquella estrella que se ve de
día?" A lo cual dijo: "En acabando éste le diré el soneto treinta, en
que la llamo estrella, que no parece sino que sabe los intentos de
ellos." Afligíme tanto con ver que no se podía nombrar cosa a que él no
hubiese hecho algún disparate, que cuando vi que llegábamos a Madrid, no
cabía de contento, entendiendo que de vergüenza callaría; pero fué al
revés, que por mostrar lo que era alzó la voz en entrando por la calle.
Yo le supliqué que lo dejase, poniéndole por delante que si los niños
olían poeta no quedaría troncho que no se viniese por sus pies tras
nosotros, por estar declarados por locos en una premática que había
salido contra ellos, de uno que lo fue y se recogió a buen vivir.
Pidióme que la leyese si la tenía, muy congojado. Prometí de hacerlo en
la posada. Fuímos a una, adonde él se acostumbraba apear, y hallamos a
la puerta más de doce ciegos; unos le conocieron por el olor, y otros
por la voz; diéronle una barbanca de bienvenido. Abrazólos a todos y
luego comenzaron unos a pedirle oración para el Justo Juez en verso
grave y sentencioso, tal que provocase a gestos; otros pidieron de las
Animas, y por aquí discurrieron, recibiendo ocho reales de señal de cada
uno. Despidiólos, y díjome: "Más me han de valer de trescientos reales
los ciegos. Y así, con licencia de vuestra merced, me recogeré ahora un
poco para hacer alguna de ellas, y en acabando de comer oiremos la
premática." ¡Oh vida miserable! Pues ninguna lo es más que la de los
locos que ganan de comer con los que lo son.
Recogióse un rato a estudiar herejías y necedades para los ciegos. Entre
tanto se hizo hora de comer; comimos, y luego pidióme se leyese la
premática. Yo, por no haber otro quehacer, la saqué y la leí: la cual
pongo aquí, por haberme parecido aguda y conveniente a lo que se quiso
reprehender en ella. Decía de este tenor:
_Premática contra los poetas hueros, chirles y hebenes_.
Dióle al sacristán la mayor risa del mundo, y dijo: "¡Hablara yo para
mañana! Por Dios que entendí hablaba conmigo, y es sólo contra los
poetas hebenes." Cayóme a mí muy en gracia oírle decir esto, como si él
fuera muy albillo o moscatel. Dejé el prólogo, y comencé el primer
capítulo, que decía:
"Atendiendo a que este género de sabandijas que llaman poetas son
nuestros prójimos y cristianos, aunque malos; viendo que todo el año
adoran cejas, dientes, listones y zapatillas, haciendo otros pecados más
enormes, mandamos que la Semana Santa recojan a todos los poetas
públicos y cantoneros, y que los desengañen del yerro en que andan y
procuren convertirlos.
"Item, habiendo considerado que esta secta infernal de hombres
condenados a perpetuo concepto, despedazadores de vocablos y volteadores
de razones, ha pegado el dicho achaque de poesía a las mujeres,
declaramos que nos tenemos por desquitados con este mal que las hemos
hecho del que nos hicieron al principio del mundo. Y porque aquél está
pobre y necesitado, mandamos quemar las coplas de los poetas, como
franjas viejas, para sacar el oro, plata y perlas, pues en los más
versos hacen sus damas de todos metales." Aquí no lo pudo sufrir el
sacristán, y levantándose en pie, dijo: "¡Mas no, sino quitarnos las
haciendas! No pase vuestra merced adelante, que de eso pienso apelar, y
no con las mil y quinientas, sino a mi juez, por no causar perjuicio a
mi hábito y dignidad; y en prosecución de ella gastaré lo que tengo.
Bueno es que yo, siendo eclesiástico, hubiese de padecer ese agravio. Yo
probaré que las coplas de poeta clérigo no están sujetas a tal
premática, y luego quiero ir a averiguarlo ante la justicia." En parte
me dio gana de reír; pero por no detenerme--que se me hacía tarde--, le
dije: "Señor, esta premática es hecha por gracia, que no tiene fuerza ni
apremia, por estar falta de autoridad." "¡Oh pecador de mí!--dijo muy
alborotado--. Avisara vuestra merced, que me hubiera ahorrado la mayor
pesadumbre del mundo. ¿Sabe vuestra merced qué cosa es hallarse un
hombre con ochocientas mil coplas de contado, y oír esto? Prosiga
vuestra merced, y Dios se lo perdone el susto que me dió." Proseguí,
diciendo:
"Item, por estorbar los grandes hurtos, mandamos que no se pasen coplas
de Aragón a Castilla, ni de Italia a España, so pena de andar bien
vestido el poeta que tal hiciese; y si reincide, de andar limpio una
hora." Esto le cayó muy en gracia, porque traía él una sotana con canas,
de puro vieja, y con tantas cascarrias, que para enterrarse no era
menester más de estregársela encima; el manteo, podíanse con él
estercolar dos heredades.
Y, por acabar, llegué al postrer capítulo, que decía así:
"Pero advirtiendo con ojos de piedad que hay tres géneros de gentes en
la república tan sumamente miserables que no pueden vivir sin tales
poetas, como son farsantes, ciegos y sacristanes, mandamos que pueda
haber algunos oficiales de esta arte, con tal que tengan carta de examen
de los caciques de los poetas que fueren en aquellas partes.
"Y, finalmente, mandamos a todos los poetas en común que se descarten de
Júpiter, Venus, Apolo y otros dioses, so pena que los tendrán por
abogados en la hora de la muerte."
A todos los que oyeron la premática pareció cuanto bien se puede decir,
y todos me pidieron traslado de ella; sólo el sacristanejo comenzó a
jurar por vida de las vísperas solemnes, _introibo_ y _kiries_, que era
sátira contra él, por lo que decía de los ciegos, y que él sabía mejor
lo que había de hacer que nadie. Y últimamente dijo: "Hombre soy yo que
he estado en una posada con Liñán, y he comido más de dos veces con
Espinel", y que había estado en Madrid tan cerca de Lope de Vega como lo
estaba de mí, y que había visto a don Alonso de Ercilla mil veces, y que
tenía en su casa un retrato del divino Figueroa, y que había comprado
los gregüescos que dejó Padilla cuando se metió fraile, y que hoy día
los traía y malos. Enseñólos, y dióles esto a todos tanta risa, que no
querían salir de la posada.
Al fin, ya eran las dos; y como era forzoso el caminar, salimos de
Madrid. Yo me despedí de él, aunque me pesaba, y comencé a caminar para
el puerto. Quiso Dios que, por que no fuese pensando en mal, me topé con
un soldado. Luego trabamos plática; preguntóme que si venía de la Corte.
Dije que de paso había estado en ella. "No está para más--dijo luego--,
que es pueblo para gente ruin; mas quiero ¡voto a Cristo! estar en un
sitio, la nieve a la cinta, hecho un reloj, comiendo madera, que sufrir
las supercherías que se hacen a un hombre de bien." A esto le dije yo
que advirtiese que en la Corte había de todo, y que estimaban mucho a
cualquier hombre de suerte. "¡Qué estimaban--dijo muy enojado--, si he
estado yo seis meses pretendiendo una bandera, tras veinte años de
servicios y haber perdido mi sangre en servicio del rey, como lo dicen
estas heridas!" Y enseñóme una cuchillada de a palmo en las ingles;
luego, en los calcañares, me enseñó otras dos señales, y dijo que eran
balas; y yo saqué, por otras dos mías que tengo, que habían sido
sabañones. Quitóse el sombrero y mostróme el rostro: calzaba diez y seis
puntos de cara, que tantos tenía en una cuchillada que le partía las
narices. Tenía otros tres chirlos, que se la volvían mapa a puras
líneas. "Estas--me dijo--me dieron en París, en servicio de Dios y del
rey, por quien veo trinchado mi gesto; y no he recibido sino buenas
palabras, que ahora tienen lugar de malas obras. Lea estos papeles, por
vida del licenciado, que no ha salido en campaña ¡voto a Cristo! hombre
¡vive Dios! tan señalado"; y decía verdad, porque lo estaba a puros
golpes. Comenzó a sacar cañones de hoja de lata y a enseñarme papeles,
que debían de ser de otro a quien había tomado el nombre. Yo los leí, y
dije mil cosas en su alabanza, y que el Cid ni Bernardo no habían hecho
lo que él. Saltó en esto, y dijo: "¿Cómo lo que yo? ¡Voto a Dios!, que
ni García de Paredes, Julián Romero ni otros hombres de bien. ¡Pese al
diablo! Sí, que entonces sí que no había artillería. ¡Voto a Dios!, que
no hubiera Bernardo para una hora en este tiempo. Pregunte vuestra
merced en Flandes por la hazaña del Mellado, y verá lo que le dicen."
"¿Es vuestra merced acaso?"--le dije yo--. Y él me respondió: "¿Pues qué
otro? ¿No ve la mella que tengo en los dientes? No tratemos de esto, que
parece mal alabarse el hombre."
Yendo en estas razones, topamos en un borrico un ermitaño con una barba
tan larga, que hacía lodos con ella, macilento y vestido de paño pardo.
Saludámosle con el _Deo gratias_ acostumbrado, y empezó a alabar los
trigos y en ellos la misericordia del Señor. Saltó el soldado, y dijo:
"¡Ah, padre! Más espesas he visto yo las picas sobre mí, y, ¡voto a
Cristo!, que hice en el saco de Amberes lo que pude; sí, ¡juro a Dios!"
El ermitaño le reprehendía que no jurase tanto. El solidado le
respondía: "Bien se echa de ver, padre, que no ha sido soldado, pues me
reprehende mi propio oficio." Dióme a mí gran risa de ver en lo que
ponía la soldadesca, y eché de ver era algún picarón; porque entre ellos
no hay costumbre tan aborrecida de los de importancia, cuando no de
todos.
Llegamos a la falda del puerto: el ermitaño rezando el rosario en una
carga de leña hecha bolas, de manera que, a cada Avemaría, sonaba un
cabe; el soldado iba comparando las peñas a los castillos que había
visto, y mirando cuál lugar era fuerte y adónde se había de plantar la
artillería.
En estas y otras conversaciones llegamos a Cerecedilla. Entramos en la
posada todos tres juntos ya anochecido; mandamos aderezar la cena--era
viernes--; y entre tanto, el ermitaño dijo: "Entretengámonos un rato,
que la ociosidad es madre de los vicios; juguemos Avemarias"; y dejó
caer de la manga el descuadernado. Dióme a mí gran risa ver aquello,
considerando en las cuentas. El soldado dijo: "No, sino juguemos hasta
cien reales que yo traigo, en amistad." Yo, codicioso, dije que jugaría
otros tantos; y el ermitaño, por no hacer mal servicio, aceptó, y dijo
que allí llevaba el aceite de la lámpara, que eran hasta docientos
reales. Yo confieso que pensé ser su lechuza, y bebérselo; pero así le
sucedan todos sus intentos al turco. Fué el juego al parar; y lo bueno
fue que dijo que no sabía el juego, e hizo que se le enseñásemos.
Dejónos el bienaventurado hacer dos manos, y luego nos la dió tal, que
no dejó blanca en la mesa. Heredónos en vida; retiróla el ladrón con las
ancas de la mano, que era lástima: perdía una sencilla, y acertaba doce
maliciosas. El soldado echaba a cada suerte doce votos y otros tantos
"pesias", aforrados en "porvidas". Yo me comí las uñas mientras el
fraile ocupaba las suyas en mi moneda. No dejaba santo que no llamaba:
acabó de pelarnos; quisímosle jugar sobre prendas, y él--tras haberme
ganado a mí seiscientos reales, que era lo que llevaba, y al soldado los
ciento--dijo que aquello era entretenimiento, y que éramos prójimos; que
no había de tratar de otra cosa. "No juren--decía--; que a mí, porque me
encomendaba a Dios, me ha sucedido bien." Y como nosotros no sabíamos la
habilidad que tenía de los dedos a la muñeca, creímoslo; y el soldado
juró de no jugar más, y yo de la misma suerte. "¡Pesia tal!--decía el
pobre alférez (que él me dijo entonces que lo era)--: entre luteranos y
moros me he visto; pero no he padecido tal despojo." El se reía a todo
esto. Tornó a sacar el rosario para rezar; y yo, que no tenía ya
blanca, pedíle que me diese de cenar y que pagase hasta Segovia la
posada de los dos, que íbamos en _púribus_. Prometió hacerlo.
Metióse sesenta huevos. ¡No vi tal en mi vida! Dijo que se iba a
acostar. Dormimos todos en una sala, con otra gente que estaba allí,
porque los aposentos estaban tomados para otros. Acostámonos; el padre
se persignó, y nosotros nos santiguamos de él; durmió, y yo estuve
desvelado, trazando cómo quitarle el dinero. El soldado hablaba entre
sueños de los cien reales, como si no estuvieran sin remedio.
Hízose hora de levantar. El ermitaño, receloso, se quedó en la cama.
Pagó por nosotros, y salimos del pueblo para el puerto, enfadados del
término del ermitaño y de ver que no le habíamos podido quitar el
dinero.
Topamos con un ginovés que subía el puerto, con un paje detrás, y él con
su guardasol, muy a lo dineroso. Trabamos conversación con él, y todo lo
llevaba a materia de maravedís, que es gente que naturalmente nació para
bolsas. Entretúvonos el camino contando que estaba perdido porque había
quebrado un cambio que le tenía más de sesenta mil escudos.
En estas pláticas vimos los muros de Segovia, y a mí se me alegraron los
ojos, a pesar de la memoria que, con los sucesos de Cabra, me
contradecía el contento. Llegué al pueblo; enternecíme, y entré algo
desconocido de como salí, con punta de barbas, bien vestido. Dejé la
compañía; y considerando en quién conociera a mi tío--fuera del
rollo--mejor en el pueblo, no hallé nadie de quien echar mano. Lleguéme
a mucha gente a preguntar por Alonso Ramplón, y nadie me daba razón de
él, diciendo que no le conocían. Holgué mucho de ver tantos hombres de
bien en mi pueblo, cuando, estando en esto, oí al precursor de la penca
hacer de garganta, y a mi tío de las suyas. Venía una procesión de
desnudos, todos descaperuzados, delante de mi tío; y él, muy haciéndose
de pencas, con una en la mano, tocando un pasacalles públicas en las
costillas de cinco laúdes, sino que llevaban sogas por cuerdas. Yo, que
estaba mirando esto--con un hombre a quien había dicho, preguntando por
él, que era un gran caballero yo--, veo a mi buen tío, y echando en mí
los ojos--por pasar cerca--, arremetió a abrazarme, llamándome sobrino.
Penséme morir de vergüenza; no volví a despedirme de aquel con quien
estaba. Fuíme con él, y díjome: "Aquí te podrás ir, mientras cumplo con
esta gente; que ya vamos de vuelta, y hoy comerás conmigo." Yo, que me
vi a caballo, y que en aquella sarta parecía punto menos de azotado,
dije que le aguardaría allí; y así, me aparté tan avergonzado que, a no
depender de él la cobranza de mi hacienda, no le hablara más en mi vida,
ni pareciera entre gentes.
Acabó de repasarles las espaldas, volvió, y llevóme a su casa, donde me
apeé y comimos.
Tenía mi buen tío su alojamiento junto al matadero, en casa un aguador.
Entramos en ella, y díjome: "No es alcázar la posada, pero yo os
prometo, sobrino, que es a propósito para dar expediente a mis
negocios," Subimos por una escalera, que sólo aguardé a ver lo que me
sucedía en lo alto, para si se diferenciaba en algo de la horca.
Entramos en un aposento tan bajo, que andábamos por él como quien recibe
bendiciones, con las cabezas bajas. Colgó la penca en un clavo que
estaba con otros, de que colgaban cordeles, lazos, cuchillos, escarpias
y otras herramientas del oficio. Díjome que por qué no me quitaba el
manteo y me sentaba; yo le respondí que no lo tenía de costumbre. ¡Dios
sabe cuál estaba de ver la infamia de mi tío! Díjome que había tenido
ventura en topar con él en tan buena ocasión, porque comería bien, que
tenía convidados unos amigos. En esto entró por la puerta, con una ropa
hasta los pies, morada, uno de los que piden para las ánimas, y haciendo
son con la cajeta, dijo: "Tanto me han valido a mí las ánimas hoy como a
ti los azotados; encaja." Hiciéronse la mamona el uno al otro;
arremangóse el desalmado animero el sayazo, y quedó con unas piernas
zambas, en gregüescos de lienzo, y empezó a bailar y decir que si había
venido Clemente. Dijo mi tío que no, cuando Dios y en hora buena,
envuelto en un capucho y con unos zuecos, entró un chirimía de la
bellota, digo un porquero: conocílo por el cuerno que traía en la mano.
Saludónos a su manera, y tras él entró un mulato, zurdo y bizco, un
sombrero con más falda que un monte y más copa que un nogal, la espada
con más gavilanes que la caza del rey, un coleto de ante. Traía la cara
de punto, porque a puros chirlos la tenía toda hilvanada. Entró y
sentóse, saludando a los de casa.
Yo, que vi cuán honrada gente era la que hablaba con mi tío, confieso
que me puse colorado, de suerte que no pude disimular la vergüenza:
echómelo de ver el corchete, y dijo: "¿Es el padre el que padeció el
otro día, a quien se dieron ciertos empujones en el envés?" Yo dije que
no era hombre que padecía como ellos. En esto se levantó mi tío, y dijo:
"Es mi sobrino, maeso en Alcalá, gran supuesto." Pidiéronme perdón, y
ofreciéronme toda caricia. Yo rabiaba ya por comer y cobrar mi hacienda,
y huir de mi tío. Pusieron las mesas, y por una soguilla en un sombrero,
como suben la limosna los de la cárcel, subieron la comida de un bodegón
que estaba a las espaldas de la casa, en unos mendrugos de platos y
retajillos de cántaros y tinajas. No podrá nadie encarecer mi
sentimiento y afrenta. Sentáronse a comer, en cabecera el demandador y
los demás sin orden. No quiero decir lo que comimos; sólo que eran todas
cosas para beber. Sorbióse el corchete tres de puro tinto; brindóme a
mí; el porquero, me las cogía al vuelo, y hacía más razones que decíamos
todos. No había memoria de agua, y menos voluntad de ella.