hombre, que verá esta noche todos los buenos hijos de Sevilla; abaje ese
cuello y agobie de espaldas, la capa caída--que siempre andamos nosotros
de capa caída--y ese hocico de tornillo, gestos a un lado y a otro, y
haga vucé de la _j_, _h_, y de la _h, j;_ y diga conmigo: _jerida,
mojino, jumo, pahería, mohar, habalí_ y _harro_ de vino." Tomélo de
memoria. Prestóme una daga, que en lo ancho era alfanje, y en lo largo
no se llamaba espada, que bien podía. "Bébase--me dijo---esta media
azumbre de vino puro; que si no da vaharada no parecerá valiente."
Estando en esto, y yo con lo bebido atolondrado, entraron cuatro de
ellos con cuatro zapatos de gotosos por caras, andando a lo columpio, no
cubiertos con las capas, sino fajados por los lomos, los sombreros
empinados sobre las frentes, altas las faldillas de delante, que
parecían diademas, un par de herrerías enteras por guarniciones de dagas
y espadas, las conteras en conversación con el calcañar derecho, los
ojos derribados, la vista fuerte, bigotes buídos a lo cuerno y barbas
turcas, como caballos. Hiciéronnos un gesto con la boca, y luego a mi
amigo le dijeron--con voces mohínas, sisando palabras--: "Seidor." "So
compadre", respondió mi ayo. Sentáronse; y para preguntar quién era yo,
no hablaron palabra, sino el uno miró a Matorrales, y abriendo la boca y
empujando hacia mí el labio de abajo, me señaló; a lo cual mi maestro de
novicios satisfizo empuñando la barba y mirando hacia abajo; y con
esto, con mucha alegría se levantaron todos, y me abrazaron e hicieron
muchas fiestas, y yo de la propia manera a ellos, que fué lo mesmo que
si catara cuatro diferentes vinos. Llegó la hora de cenar; vinieron a
servir a la mesa unos grandes picaros, que los bravos llaman _cañones_.
Sentámonos todos juntos a la mesa: aparecióse luego el alcaparrón, y con
esto empezaron--por bienvenido--a beber a mi honra, que yo de ninguna
manera, hasta que la vi beber, no entendí que tenía tanta. Vino pescado
y carne, y todo con apetitos de sed. Estaba una artesa en el suelo toda
llena de vino, y allí se echaba de bruces el que quería hacer la razón:
contentóme la penadilla. A dos veces no hubo hombre que conociese al
otro. Empezaron pláticas de guerra; menudeábanse los juramentos;
murieron de brindis a brindis veinte o treinta sin confesión.
Recetáronsele al asistente mil puñaladas: tratóse de la buena memoria de
Domingo Tiznado y Gayón; derramóse vino en cantidad al alma de
Escamilla. Los que las cogieron tristes lloraron tiernamente al
malogrado Alonso Alvarez. Ya a mi compañero con estas cosas se le
desconcertó el reloj de la cabeza, y dijo, algo ronco, tomando un pan
con las dos manos y mirando a la luz: "Por ésta, que es la cara de Dios,
y por aquella luz que salió por la boca del ángel, que si vucedes
quieren, que esta noche hemos de dar al corchete que siguió al pobre
Tuerto." Levantóse entre ellos alarido disforme, y sacando las dagas,
lo juraron, poniendo las manos cada uno en un borde de la artesa; y
echándose sobre ella de hocicos, dijeron: "Así como bebemos este vino,
hemos de beber la sangre a todo acechador." "¿Quién es este Alonso
Alvarez--pregunté--, que tanto se ha sentido su muerte?" "Mancebo--dijo
el uno--lidiador ahigadado, mozo de manos y buen compañero. Vamos; que
me retientan los demonios." Con esto salimos de casa a montería de
corchetes.
Yo, como iba entregado al vino, y había renunciado en su poder mis
sentidos, no advertí al riesgo que me ponía. Llegamos a la calle de la
Mar, donde encaró con nosotros la ronda. No bien la columbraron, cuando
sacando las espadas, la embistieron. Yo hice lo mismo, y limpiamos dos
cuerpos de corchetes de sus malas ánimas al primer encuentro. El
alguacil puso la justicia en sus pies, apeló por la calle arriba dando
voces; no lo pudimos seguir, por haber cargado delantero. Y al fin nos
acogimos a la iglesia Mayor, donde nos amparamos del rigor de la
justicia, y dormimos lo necesario para espumar el vino que hervía en los
cascos. Y vueltos ya en nuestro acuerdo, me espantaba yo de ver que
hubiese perdido la justicia dos corchetes y huído el alguacil de un
racimo de uva, que entonces lo éramos nosotros. Pasábamoslo en la
iglesia notablemente, súpome bien y mejor que todas esta vida, hasta
morir. Estudié la jacarandina, y a pocos días era rabí de los otros
rufianes. La justicia no se descuidaba de buscarnos; rondábanos la
puerta; pero con todo, de media noche abajo rondábamos disfrazados.
Yo, que vi que duraba mucho este negocio, y más la fortuna en
perseguirme--no de escarmentado, que no soy tan cuerdo, sino de cansado,
como obstinado pecador--, determiné de pasarme a Indias a ver si mudando
mundo y tierra mejoraría mi suerte. Y fuéme peor, pues nunca mejora su
estado quien muda solamente de lugar y no de vida y costumbres.
[Ilustración: ]
MATEO ALEMÁN
GUZMÁN DE ALFARACHE
(Parte I, libro I, capítulo III.)
Era yo muchacho, vicioso y regalado, criado en Sevilla, sin castigo de
padre, la madre viuda, cebado a torreznos, molletes y mantequillas y
sopas de miel rosada, mirado y adorado más que hijo de mercader de
Toledo, o tanto; hacíaseme de mal dejar mi casa, deudos y amigos, demás
que es dulce amor el de la patria. Siéndome forzoso no pude excusarlo;
alentábame mucho el deseo de ver mundo, ir a reconocer en Italia mi
noble parentela; salí, que no debiera (bien pude decir), tarde y con
mal; creyendo hallar copioso remedio, perdí el poco que tenía; sucedióme
lo que al perro con la sombra de la carne. Apenas había salido de la
puerta, cuando, sin poderlo resistir, dos Nilos reventaron de mis ojos
que, regándome el rostro en abundancia, quedó todo de lágrimas bañado;
esto y querer anochecer no me dejaban ver cielo ni palmo de tierra por
donde iba.
Cuando llegué a San Lázaro, que está de la ciudad poca distancia,
sentéme en la escalera o gradas por donde suben a aquella devota ermita.
Allí hice de nuevo alarde de mi vida y discursos della; quisiera
volverme, por haber salido mal apercibido, con poco acuerdo y poco
dinero para viaje tan largo, que aun para corto no llevaba, y sobre
tantas desdichas (que cuando comienzan vienen siempre muchas, y
enzarzadas unas de otras como cerezas) era viernes en la noche y algo
escura, no había cenado ni merendado; si fuera día de carne, que a la
salida de la ciudad, aunque fuera naturalmente ciego, el olor me llevara
en alguna pastelería a comprar un pastel con que me entretuviera y
enjugara el llanto, el mal fuera menos.
Entonces eché de ver cuánto se siente más el bien perdido y la
diferencia que hace del hambriento el harto; todos los trabajos comiendo
se pasan; donde la comida falta, no hay bien que llegue ni mal que no
sobre, gusto que dure ni contento que asista; todos riñen sin saber por
qué, ninguno tiene culpa, unos a otros se la ponen, todos trazan y son
quimeristas, todo es entonces gobierno y filosofía.
Vime con ganas de cenar y sin qué poder llegar a la boca, salvo agua
fresca de una fuente que allí estaba; no supe qué hacer ni a qué puerta
echar; lo que por una parte me daba osadía, por otra me acobardaba;
hallábame entre miedos y esperanzas, el despeñadero a los ojos, y lobos
a las espaldas; anduve vacilando; quise ponerlo en las manos de Dios;
entré en la iglesia; hice mi oración, breve, pero no sé si devota; no me
dieron lugar para más, por ser hora de cerrarla y recogerse.
Cerróse la noche, y con ella mis imaginaciones, mas no los manantiales y
llanto; quédeme con él dormido, sobre un poyo del portal, acá fuera; no
sé qué lo hizo, si es que por ventura las melancolías quiebran el sueño,
como lo dió a entender el montañés que, llevando a enterrar a su mujer,
iba en piernas, descalzo y el sayo al revés, lo de dentro afuera. En
aquella tierra están las casas apartadas, y algunas muy lejos de la
iglesia, y pasando por la taberna vió que vendían vino blanco; fingió
quererse quedar a otra cosa y dijo: "Anden, señores, con la malograda,
que en un trote les alcanzo." Así se entró en la taberna, y de un
sorbito en otro emborrachóse y quedóse dormido; cuando los del
acompañamiento volvieron del entierro y lo hallaron tendido en el suelo,
lo llamaron; él, recordando, les dijo: "Mal hora, señores, perdonen sus
mercedes, que ma Dios non hay así cosa que tanta sed y sueño poña como
sinsaborios."
Así yo, que ya era del sábado el sol salido casi con dos horas cuando
vine a saber de mí; no sé si despertara tan presto, si los panderos y
bailes de unas mujeres que venían a velar aquel día (con el tañer y
cantar) no me recordaran.
Levantéme, aunque tarde, hambriento y soñoliento, sin saber dónde
estaba, que aún me parecía cosa de sueño; cuando vi que eran veras, dije
entre mí: "Echada está la suerte, vaya Dios conmigo", y con resolución
comencé mi camino; pero no sabía para dónde iba ni en ello había
reparado.
Tomé por el uno que me fué más hermoso, fuera donde fuera; los pies me
llevaban, yo los iba siguiendo, saliera bien o mal, a monte o a poblado.
Quísome parecer a lo que aconteció en la Mancha con un médico falso: no
sabía letra ni había nunca estudiado; traía consigo gran cantidad de
recetas, a una parte de jarabes y otra de purgas, y cuando visitaba
algún enfermo (conforme al beneficio que le había de hacer), metía la
mano y sacaba una, diciendo primero entre sí: "Dios te la depare buena",
y así le daba la con que primero encontraba.
Este día, cansado de andar solas dos leguas pequeñas (que para mí eran
las primeras que había caminado), ya me pareció haber llegado a los
antípodas y, como el famoso Colón, descubierto un nuevo mundo. Llegué a
una venta sudando, polvoroso, despeado, triste y, sobre todo, el molino
picado, el diente agudo y el estómago débil. Sería mediodía; pedí de
comer; dijeron que no había sino sólo huevos; no tan malo si lo fueran,
que a la bellaca de la ventera, con el mucho calor, o que la zorra le
matase la gallina, se quedaron empollados, y por no perderlo todo los
iba encajando con otros buenos; no lo hizo así conmigo, que cuales ella
me los dió le pague Dios la buena obra.
Vióme muchacho, boquirrubio, cariampollado, chapetón; parecíle un Juan
de buena alma, y que para mí bastara que quiera. Preguntóme: "¿De dónde
sois, hijo?", díjele que de Sevilla; llegóseme más, y dándome con su
mano unos golpecitos debajo de la barba, me dijo: "Y ¿adónde va el
bobito?" Díjele que iba a la corte, que me diese de comer. Hízome sentar
en un banquillo cojo, y encima de un poyo me puso un barredero de horno,
con un salero hecho de un suelo de cántaro, un tiesto de gallinas lleno
de agua y una media hogaza más negra que los manteles. Luego me sacó en
un plato una tortilla de huevos, que pudiera llamarse mejor emplastro de
huevos: ellos, el pan, jarro, agua, salero, sal, manteles y la huéspeda,
todo era de lo mismo.
Halléme bozal, el estómago apurado, las tripas de posta, que se daban
unas con otras de vacías; comí como el puerco la bellota, todo a hecho,
aunque verdaderamente sentía crujir entre los dientes los tiernecitos
huesos de los sin ventura pollos, que era hacerme como cosquillas en las
encías. Bien es verdad que se me hizo novedad y aun en el gusto, que no
era como el de los otros huevos que solía comer en casa de mi madre;
mas dejé pasar aquel pensamiento con la hambre y el cansancio,
pareciéndome que la distancia de la tierra lo causaba, y que no eran
todos de un sabor ni calidad; yo estaba de manera que aquello tuve por
buena suerte.
Tan propio es al hambriento no reparar en salsas, como al necesitado
salir a cualquier partido; era poco; pasélo presto con las buenas ganas;
en el pan me detuve algo más, comílo a pausas, porque siendo muy malo,
fué forzoso llevarlo despacio, dando lugar unos bocados a otros que
bajasen al estómago por su orden; comencélo por las cortezas y acabélo
con el migajón, que estaba hecho engrudo; mas tal cual no le perdoné
letra, ni les hice a las hormigas migaja de cortesía, más que si fuera
poco y bueno.
Recobréme con esto, y los pies cansados de llevar el vientre, aunque
vacío y de poco peso, ya, siendo lleno y cargado, llevaba a los pies; y
así, proseguí mi camino.
(Parte I, libro III, capítulo X.)
Entré a servir al embajador de Francia. Mucho se deseaba servir de mí.
En resolución, allá me fuí; hacíame buen tratamiento. No me señaló plaza
ni oficio, generalmente le servía, y generalmente me pagaba, porque o él
me lo daba o en su presencia yo me lo tomaba en buen donaire; y,
hablando claro, yo era su gracioso, aunque otros me llamaban truhán,
chocarrero.
Cuando teníamos convidados (que nunca faltaban), a los de cumplimiento
servíamos con gran puntualidad, desvelando los ojos en los suyos; mas a
otros importunos, necios, enfadosos, que sin ser llamados venían, a los
tales hacíamos mil burlas; a unos dejándolos sin beber, que parecía que
los criábamos como melones de secano; a otros dándoles a beber poco y
con tazas penadas; a otros, muy aguado; a otros, caliente. Los manjares
que gustaban alzábamos el plato; servíamosles con salado, acedo y mal
sazonado; buscábamos invención para que les hiciese mal provecho por
aventarlos de casa.
Una vez aconteció que como un inglés hubiese dicho ser pariente del
embajador, y tuviese costumbre de venírsenos a casa cada día, mi amo se
enfadaba, porque, demás de no ser su deudo, no tenía calidades ni sangre
noble y, sobre todo, era en su conversación impertinente y cansado.
Hombres hay que aporrean un alma con sólo mirarlos, y otros que se meten
en ella, dejándose querer, sin ser en las manos del uno ni en el poder
del otro el odio ni el amor; pero éste parecía todo de plomo, mazo
sordo.
Una noche, al principio de la cena, comenzó a desvanecerse con mil
mentiras, de que el embajador se enfadó mucho; y no pudiéndolo sufrir,
me dijo en español, que el otro no entendía: "Mucho me cansa este loco."
No lo dijo a tonto ni a sordo, luego lo tomé a destajo; fuíle sirviendo
con picantes que llamaban a gran priesa; era el vino suavísimo; la copa,
grande, iba menudeando de polvillo en polvillo, se levantó una polvareda
de la maldición. Cuando lo vi rendido y a treinta con rey, quitéme una
liga y púsele una lazada floja en la garganta del pie, atando el cabo
con el de la silla, y levantados los manteles, cuando se quiso ir a su
posada, no tan presto se alzó del asiento como estaba en el suelo,
hechas las muelas y los dientes, y aun deshechas las narices; de manera
que, vuelto en sí otro día y viendo su mal recaudo, de corrido no volvió
más a casa.
Bien me fué con éste, porque sucedió como deseaba; mas no todos los
lances salen ciertos; algunos hay que pican y se llevan el cebo, dejando
burlado al pescador y el anzuelo vacío, como me aconteció con un soldado
español de más de la marca.
Oye lo que con él nos pasó: entrósenos en casa a mediodía, cuando el
embajador quería comer, y, llegándose a él, dijo ser un soldado natural
de Córdoba, caballero principal della, y que tenía necesidad, y así le
suplicaba se la favoreciese haciéndole merced. El embajador sacó un
bolsico donde tenía unos escudos y, sin abrirlo, se lo dió, por
parecerle que sería lo que significaba; no contento con esto deteníase
contándole quién era y las ocasiones en que se había hallado de lance en
lance.
[Ilustración: "...no tan presto se alzó del asiento como estaba en el
suelo...."]
Como el embajador se fué a sentar a la mesa, él hizo lo mesmo,
llegando una silla se puso a un lado; yo iba por la vianda, y veo que
otros dos gerifaltes como él entraban por el corredor, y como lo vieron
comiendo, dijo el uno al otro: "¡Voto a tal!, que parece que el pecado
nos ata los pies, que siempre este chocarrero nos gana por la mano; que
su padre no se hartó de calzarme borceguíes en Córdoba, donde tiene su
ejecutoria en el techo de la iglesia mayor; ésta es la desventura
nuestra, que si pasamos veinte caballeros a Italia, vienen cien infames
cual éste a quererse igualar, haciéndose de los godos; como entienden
que no los conocen, piensan que engomándose el bigote y arrojando cuatro
plumas han alcanzado la nobleza y valentía, siendo unos infames
gallinas, pues no pelean plumas ni bigotes, sino corazones y hombres;
vámonos, que yo le haré que desocupe nuestros cuarteles y busque
rancho."
Fuéronse y quedé considerando cuáles eran todos tres y cómo se honraban.
Con los dos me indigné, pareciéndome fanfarrones y por su mal término en
hablar, infamando al que se deseaba honrar sin ajena costa ni perjuicio,
y con el huésped cobré gran ira por su demasiado atrevimiento: debiérase
contentar con lo que le habían dado, sin ser desvergonzado, poniéndose a
la tabla con semejante desenvoltura. Dióme deseo de burlarlo y
aprovechóme poco, pues pensando ir por lana volví trasquilado, no
saliendo con mi intento.
Pidióme de beber, hice que no lo entendía; señalóme con la mano,
acerquéme junto a él; volvió tercera vez con una seña, volví los ojos a
otra parte, mesurando el rostro, y viendo que o lo hacía de tonto o de
bellaco, no me lo volvió a pedir, antes dijo al embajador: "No le
parezca a vuestra señoría ser atrevimiento el haberme sentado a su
tabla, sin ser convidado, por las muchas excusas que tengo para ello. Lo
primero, la calidad de mi persona y noble linaje, merece toda merced y
cortesía. Lo segundo, ser soldado me hace digno de cualquier tabla de
príncipe, por haberlo conquistado mis obras y profesión. Lo último, que
se junta con lo dicho mi mucha necesidad a quien todo es común: la mesa
de vuestra señoría se pone para remediar a semejantes, con que no es
necesario esperar a ser convidados los que fueren soldados de mis
prendas. Suplico a vuestra señoría se sirva mandar que se me dé la
bebida, que como soy español, no me han entendido, aunque la he pedido."
Mi amo nos mandó darle de beber, y así no pudo excusarse, pero jurésela
que me lo había de pagar; trújele la bebida en un vaso muy pequeño y
penado y el vino aguado, de manera que lo dejé casi con la misma sed.
Mas como a los españoles poco les basta para entretener y sufrir mucho
trabajo, con aquella gota pasó como pudo hasta el fin de la comida,
habiéndonos todos los pajes conjurado de no mirarle a la cara en cuanto
comiese, porque no volviese con señas a pedirlo y nos obligase a darle;
mas él supo mucho, que cuando satisfizo el estómago de viandas, y
servían los postres, volvió a decir: "Con licencia de vuestra señoría
voy a beber", y levantándose de la silla fuese al aparador, y en el vaso
mayor que halló echó vino y agua lo que le pareció; y satisfecha la sed,
quitándose la gorra y haciendo una reverencia, salió de la sala y se fué
sin hablar otra palabra.
LUIS VÉLEZ DE GUEVARA
EL DIABLO COJUELO
(Tranco primero.)
Daban en Madrid por los fines de julio las once de la noche en punto,
hora menguada para las calles y, por faltar la luna, juridición y
término redondo de todo requiebro lechuzo y patarata de la muerte,
cuando don Cleofás Leandro Pérez Zambullo, hidalgo a cuatro vientos,
caballero huracán y encrucijada de apellidos, galán de noviciado y
estudiante de profesión, con un broquel y una espada aprendía a gato por
el caballete de un tejado, huyendo de la justicia que le venía a los
alcances, y como solicitaba escaparse no dificultó arrojarse desde el
ala del susodicho tejado, como si las tuviera, a la buharda de otro que
estaba confinante, nordesteado de una luz que por ella escasamente se
brujuleaba, estrella de la tormenta que corría, en cuyo desván puso los
pies y la boca a un mismo tiempo, saludándolo como a puerto de tales
naufragios, y dejando burlados a los ministros del agarro.
A estas horas, el estudiante, no creyendo su buen suceso, y
deshollinando con el vestido y los ojos el zaquizamí, admiraba la región
donde había arribado por las extranjeras extravagancias de que estaba
adornada la tal espelunca, cuyo avariento farol era un candil de
garabato que descubría sobre una mesa antigua de cadena papeles
infinitos, mal compuestos y desordenados, escritos de caracteres
matemáticos, unas efemérides abiertas, dos esferas y algunos compases y
cuadrantes, ciertas señales de que vivía en el cuarto de más abajo algún
astrólogo, dueño de aquella confusa oficina y embustera ciencia; y
llegándose don Cleofás curiosamente--como quien profesaba letras y era
algo inclinado a aquella profesión--, a revolver los trastos
astrológicos, oyó un suspiro entre ellos mismos, que pareciéndole
imaginación o ilusión de la noche, pasó adelante con la intención,
papeleando los memoriales de Euclides y embelecos de Copérnico;
escuchando segunda vez repetir el suspiro, entonces, pareciéndole que no
era engaño de la fantasía sino verdad que se había venido por los oídos,
dijo con desgarro y ademán de estudiante valiente: "--¿Quién diablos
suspira aquí?" Respondiéndole al mismo tiempo una voz entre humana y
extranjera: "--Yo soy, señor Licenciado, que estoy en esta redoma adonde
me tiene preso ese astrólogo que vive ahí abajo, porque también tiene su
punta de la mágica negra, y es mi alcaide dos años habrá." "--Luego
¿familiar eres?"--dijo el estudiante. "--Harto me holgara
yo--respondieron de la redoma--que entrara uno de la Santa Inquisición
para que, metiéndole a él en otra de cal y canto, me sacara a mí desta
jaula de papagayos de piedra azufre. Pero tú has llegado a tiempo que me
puedes rescatar, porque éste a cuyos conjuros estoy asistiendo, me tiene
ocioso sin emplearme en nada, siendo yo el espíritu más travieso del
infierno." Don Cleofás, espumando valor, prerrogativa de estudiante de
Alcalá, le dijo: "--¿Eres demonio plebeyo o de los de nombre?" "--Y de
gran nombre--le repitió el vidrio endemoniado--y el más celebrado en
entrambos mundos." "--¿Eres Lucifer?"--le repitió don Cleofás. "--Ese es
demonio de dueñas y escuderos", le respondió la voz. "--¿Eres
Satanás?"--prosiguió el estudiante. "--Ese es demonio de tahures y
carreteros." "--¿Eres Barrabás, Belial, Astarot?", finalmente le dijo el
estudiante. "--Esos son demonios de mayores ocupaciones--le respondió la
voz--, demonio más por menudo soy, aunque me meto en todo; yo soy las
pulgas del infierno, la chisme, el enredo, la usura, la mohatra, y al
fin, yo me llamo el Diablo Cojuelo." "--Con decir eso--dijo el
estudiante--hubiéramos ahorrado lo demás." "--Sácame deste Argel de
vidrio, que yo te pagaré el rescate." "--¿Cómo quieres--dijo don
Cleofás--que yo haga lo que tú no puedes siendo demonio tan mañoso?"
"--A mí no me es concedido, dijo el espíritu, y a ti sí, por ser hombre
con el privilegio del bautismo y libre del poder de los conjuros; toma
un cuadrante de esos y haz pedazos esta redoma, que luego en
derramándome me verás visible y palpable."
No fué escrupuloso ni perezoso don Cleofás, y ejecutando lo que el
espíritu le dijo, hizo con el instrumento astronómico gigote del vaso,
inundando la mesa sobredicha de un licor turbio, escabeche en que se
conservaba el tal diablillo, y volviendo los ojos al suelo vió en él un
hombrecillo de pequeña estatura, afirmado en dos muletas, sembrado de
chichones mayores de marca, calabacino de testa y badea de cogote, chato
de narices, la boca formidable y apuntalada en dos colmillos solos,
erizados los bigotes; los pelos de su nacimiento ralos, uno aquí y otro
allí, a fuer de los espárragos, legumbre tan enemiga de la compañía que,
si no es para venderlos en manojos, no se juntan.
Asco le dió a don Cleofás la figura, aunque necesitaba de su favor para
salir del desván; y asiéndole por la mano el Cojuelo y diciéndole:
"--Vamos, don Cleofás, que quiero comenzar a pagarte en algo lo que te
debo", salieron los dos por la buharda como si los dispararan de un tiro
de artillería, no parando de volar hasta hacer pie en el capitel de la
torre de San Salvador, mayor atalaya de Madrid, a tiempo que su reloj
daba la una.
ÍNDICE
Págs.
LA VIDA DE LAZARILLO 5
CERVANTES: RINCONETE Y CORTADILLO 69
QUEVEDO: HISTORIA DE LA VIDA DEL BUSCÓN 113
MATEO ALEMÁN: GUZMÁN DE ALFARACHE 189
VÉLEZ DE GUEVARA: EL DIABLO COJUELO 203