Entramos en casa de don Alonso, y echáronnos en dos camas con mucho

tiento, porque no se nos desparramasen los huesos de puro roídos del

hambre. Trujeron exploradores que nos buscasen los ojos por toda la

cara; y a mí, como había sido mi trabajo mayor y la hambre imperial--al

fin me trataban como a criado--, en buen rato no me los hallaron.

Trajeron médicos, y mandaron que nos limpiasen con zorras el polvo de

las bocas, como a retablos, y bien lo éramos de duelos. Ordenaron que

nos dieran sustancias y pistos. ¿Quién podrá contar a la primera

almendrada y a la primera ave las luminarias que pusieron las tripas de

contento? Todo les hacía novedad. Mandaron los doctores que por nueve

días no hablase nadie recio en nuestro aposento, porque, como estaban

huecos los estómagos, sonaba en ellos el eco de cualquier palabra. Con

estas y otras prevenciones comenzamos a volver y cobrar algún aliento;

pero nunca podían las quijadas desdoblarse, que estaban magras y

alforzadas; y así se dió orden que cada día nos las ahormasen con la

mano de un almirez. Levantámonos a hacer pinicos dentro de cuarenta

días, y aún parecíamos sombras de otros hombres; y en lo amarillo y

flaco, simiente de los padres del yermo. Todo el día gastábamos en dar

gracias a Dios por habernos rescatado de la captividad del fierísimo

Cabra, y rogábamos al Señor que ningún cristiano cayese en sus manos

crueles. Si acaso comiendo alguna vez nos acordábamos de las mesas del

mal pupilero, se nos aumentaba el hambre tanto, que acrecentábamos la

costa aquel día. Solíamos contar a don Alonso cómo al sentarse a la mesa

nos decía males de la gula, no habiéndola él conocido en su vida; y

reíase mucho cuando le contábamos que en el mandamiento de _No matarás_

metía perdices y capones y todas las cosas que no quería darnos, y, por

el consiguiente, la hambre, pues parecía que tenía por pecado no sólo el

matarla sino el herirla, según regateaba el comer.

Pasáronsenos tres meses en esto, y al cabo trató don Alonso de enviar a

su hijo a Alcalá a estudiar lo que le faltaba de la gramática. Díjome a

mí si quería ir, y yo, que no deseaba otra cosa sino salir de tierra

donde se oyese el nombre de aquel malvado perseguidor de estómagos,

ofrecí de servir a su hijo como vería. Y con esto dióle un criado para

mayordomo que le gobernase la casa y le tuviese cuenta del dinero del

gasto, que nos daba remitido en cédulas para un hombre que se llamaba

Julián Merluza. Pusimos el hato en el carro de un Diego Monje; era una

media camita y otra de cordeles con ruedas, para meterla debajo de la

otra mía y del mayordomo, que se llamaba Aranda; cinco colchones y ocho

sábanas, ocho almohadas, cuatro tapices, un cofre con ropa blanca y las

demás zarandajas de casa. Nosotros nos metimos en un coche, salimos a la

tardecita antes de anochecer una hora, y llegamos a la media noche a la

venta de Viveros.

Llegamos--por no enfadar--a la villa, y apeámonos en un mesón.

Antes que anocheciese salimos del mesón a la casa que nos tenían

alquilada, que estaba fuera la puerta de Santiago, patio de estudiantes

donde hay muchos juntos, aunque ésta teníamos entre tres moradores

diferentes no más. Era el dueño y huésped de los que creen en Dios por

cortesía o sobre falso; moriscos los llaman en el pueblo, que hay muy

grande cosecha desta gente y de la que tiene sobradas narices y sólo les

faltan para oler tocino; digo esto, confesando la mucha nobleza que hay

entre la gente principal, que cierto es mucha. Recibióme, pues, el

huésped con peor cara que si yo fuera el Santísimo Sacramento; ni sé si

lo hizo porque le comenzásemos a tener respeto, o por ser natural suyo

de ellos, que no es mucho tenga mala condición quien no tiene buena ley.

Pusimos nuestro hato, acomodamos las camas y lo demás, y dormimos

aquella noche.

Amaneció, y helos aquí en camisa todos los estudiantes de la posada a

pedir la patente a mi amo. El, que no sabía lo que era, preguntóme que

qué querían. Y yo, entre tanto, por lo que podía suceder, me acomodé

entre dos colchones, y sola tenía la media cabeza fuera, que parecía

tortuga. Pidieron dos docenas de reales; diéronselos, y con tanto

comenzaron una grita del diablo, diciendo: "Viva el compañero y sea

admitido en nuestra amistad; goce de las preeminencias de antiguo; pueda

tener sarna, andar manchado y padecer el hambre que todos." Y con

esto--¡mire vuestra merced qué privilegios!--volaron por la escalera, y

al momento nos vestimos nosotros y tomamos el camino para escuelas. A mi

amo apadrináronle unos colegiales conocidos de su padre, y entró en su

general; pero yo, que había de entrar en otro diferente, fuí solo.

"Haz como vieres", díce el refrán, y dice bien. De puro considerar en

él, vine a resolverme de ser bellaco con los bellacos, y más, si

pudiese, que todos. No sé si salí con ello; pero yo aseguro a vuestra

merced que hice todas las diligencias posibles. Lo primero, yo puse

pena de la vida a todos los cochinos que se entrasen en casa y a los

pollos del ama que del corral pasasen a mi aposento. Sucedió que un día

entraron dos puercos, del mejor garbo que vi en mi vida; yo estaba

jugando con los otros criados, y oílos gruñir, y dije a uno: "Vaya y vea

quién gruñe en nuestra casa." Fué, y dijo que dos marranos. Yo, que lo

oí, me enojé tanto, que salí allá diciendo que era mucha bellaquería y

atrevimiento venir a gruñir a casas ajenas; y diciendo esto, envaséle a

cada uno--a puerta cerrada--la espada por los pechos, y luego los

acogotamos; y por que no se oyese el ruido que hacían, todos a la par

dábamos grandísimo gritos como que cantábamos, y así espiraron en

nuestras manos. Sacamos los vientres, recogimos la sangre, y a puros

jergones los medio chamuscamos en el corral; de suerte, que cuando

vinieron los amos, ya estaba hecho, aunque mal, si no eran los vientres,

que no estaban acabadas de hacer las morcillas; y no por falta de prisa,

que, en verdad, que por no detenernos las habíamos dejado la mitad de lo

que ellas tenían dentro. Supo, pues, don Diego y el mayordomo el caso, y

enojáronse conmigo de manera que obligaron a los huéspedes--que de risa

no se podían valer--a volver por mí. Preguntábame don Diego qué había de

decir si me acusaban y me prendía la justicia. A lo cual respondí yo que

me llamaría a hambre, que es el sagrado de los estudiantes, y si no me

valiese diría: "Como se entraron sin llamar a la puerta, como en su

casa, entendí que eran nuestros." Riéronse todos de las disculpas. Dijo

don Diego: "A fe, Pablos, que os hacéis a las armas." Era de notar ver a

mi amo tan quieto y religioso, y a mí tan travieso, que el uno exageraba

al otro o la virtud o el vicio.

No cabía el ama de contento porque éramos los dos al mohíno; habíamonos

conjurado contra la despensa. Yo era el despensero Judas, que desde

entonces heredé no sé qué amor a la sisa en este oficio. La carne no

guardaba en manos del ama la orden retórica, porque siempre iba de más a

menos; y la vez que podía echar cabra u oveja, no echaba carnero; y si

había huesos, no entraba cosa magra; y así, hacía unas ollas tísicas, de

puro flacas; unos caldos, que, a estar cuajados, se podían hacer sartas

de cristal de [ellos]. Las dos Pascuas, por diferenciar, para que

estuviese gorda la olla, solía echar unos cabos de velas de sebo. Ella

decía--cuando yo estaba delante--a mi amo: "Por cierto que no hay

servicio como el de Pablicos, si él no fuese travieso; consérvele

vuestra merced, que bien se le puede sufrir el ser travieso por la

fidelidad; lo mejor de la plaza trae." Yo, por el consiguiente, decía de

ella lo mismo, y así teníamos engañada la casa.

Si se compraba aceite de por junto, carbón o tocino, escondíamos la

mitad, y cuando nos parecía decíamos el ama y yo: "Modérense vuestras

mercedes en el gasto, que, en verdad, si se dan tanta priesa, no baste

la hacienda del rey. Ya se ha acabado el aceite o el carbón; pero tal

priesa se han dado.... Mande vuestra merced comprar más, y a fe que se

ha de lucir de otra manera; denle dineros a Pablicos." Dábanmelos, y

vendíamosle la mitad sisada, y de lo que comprábamos sisábamos la otra

mitad; y esto era en todo.

Y si alguna vez compraba yo algo en la plaza, por lo que valía reñíamos

adrede el ama y yo. Ella decía como enojada: "No me digáis a mí,

Pablicos, que éstos son dos cuartos de ensalada." Yo hacía que lloraba,

daba muchas voces e íbame a quejar a mi señor, y apretábale para que

enviase el mayordomo a saberlo para que callase el ama, que adrede

porfiaba. Iba, y sabíalo; y con esto asegurábamos al amo y al mayordomo,

y quedaban agradecidos, en mí a las obras, y en el ama al celo de su

bien. Decíale don Diego muy satisfecho de mí: "Así fuese Pablicos

aplicado a virtud como es de fiar; toda esta es la lealtad. ¿Qué me

decís vos de él?"

Tuvímoslos desta manera chupándolos como sanguijuelas; yo apostaré que

vuestra merced se espanta de la suma del dinero al cabo del año. Ello

mucho debió de ser, pero no obligaba a restitución, porque el ama

confesaba y comulgaba de ocho a ocho días, y nunca le vi rastro ni

imaginación de volver nada ni hacer escrúpulo, con ser, como digo, una

santa. Traía un rosario al cuello siempre, tan grande, que era más

barato llevar un haz de leña a cuestas. Dél colgaban muchos manojos de

imágenes, cruces y cuentas de pendones. En todas decía que rezaba cada

noche por sus bienhechores. Contaba ciento y tantos santos abogados

suyos; y en verdad que había menester todas estas ayudas para

desquitarse de lo que pecaba. Acostábase en un aposento encima del de mi

amo, y rezaba más oraciones que un ciego. Entraba por el Justo Juez y

acababa con el _Conquibules_--que ella decía--y en la _Salve rehila_.

Decía las oraciones en latín adrede por fingirse inocente; de suerte que

nos despedazábamos de risa todos.

Pensará vuestra merced que siempre estuvimos en paz; pues ¿quién ignora

que dos amigos, como sean codiciosos, si están juntos se han de procurar

engañar el uno al otro? Sucedió que el ama criaba gallinas en el corral;

yo tenía gana de comerla una. Tenía doce o trece pollos grandecitos, y

un día, estando dándoles de comer, comenzó a decir: "Pío, pío", y esto

muchas veces. Yo, que oí el modo de llamar, comencé a dar voces y dije:

"¡Oh cuerpo de Dios, ama! ¿No hubiérades muerto un hombre o hurtado

moneda al rey, cosa que yo pudiera callar, y no haber hecho lo que

habéis hecho, que es imposible dejarlo de decir? ¡Mal aventurado de mí y

de vos!" Ella, como vió hacer extremos con tantas veras, turbóse algún

tanto, y dijo: "Pues, Pablos, ¿yo qué he hecho? Si te burlas, no me

aflijas más."

"¿Cómo burlas? ¡Pesia tal! Yo no puedo dejar de dar parte a la

Inquisición, porque si no, estaré descomulgado." "¿Inquisición?--dijo

ella; y empezó a temblar--. Pues ¿yo he hecho algo contra la fe?" "Eso

es lo peor--decía yo--; no os burléis con los inquisidores; decid que

fuistes una boba y que os desdecís, y no neguéis la blasfemia y

desacato." Ella con el miedo dijo: "Pues, Pablos, y si me desdigo,

¿castigaránme?" Respondíle: "No, porque sólo os absolverán." "Pues y me

desdigo--dijo--; pero dime tú de qué, que no lo sé yo; así tengan buen

siglo las ánimas de mis difuntos." "¿Es posible que no advertisteis en

qué? No sé cómo lo diga, que el desacato es tal que me acobarda. ¿No os

acordáis que dijisteis a los pollos "pío, pío", y es Pío nombre de los

papas, vicarios de Dios y cabezas de la Iglesia? Papaos el pecadillo."

Ella quedó como muerta, y dijo: "Pablos, yo lo dije, pero no me perdone

Dios si fue con malicia. Yo me desdigo; mira si hay camino para que se

pueda excusar al acusarme, que me moriré si me veo en la Inquisición."

"Como vos juréis en una ara consagrada que no tuvisteis malicia, yo,

asegurado, podré dejar de acusaros; pero será necesario que esos dos

pollos que comieron llamándoles con el santísimo nombre de los

pontífices me los deis para que yo los lleve a un familiar que los

queme, porque están dañados; y tras esto habéis de jurar de no reincidir

de ningún modo." Ella muy contenta dijo: "Pues llévatelos, Pablos,

ahora, que mañana juraré." Yo, por más asegurarla, dije: "Lo peor es,

Cípriana--que así se llamaba--, que yo voy a riesgo, porque me dirá el

familiar si soy yo, y entre tanto me podrá hacer vejación. Llevadlos

vos, que yo, pardiez que temo." "Pablos--decía cuando me oyó esto--, por

amor de Dios, que te duelas de mí y los lleves, que a ti no te puede

suceder nada." Dejéla que me rogase mucho, y, al fin--que era lo que

quería--, determinéme, tomé los pollos, escondílos en mi aposento, hice

que iba fuera, y volví diciendo: "Mejor se ha hecho que yo pensaba;

quería el familiarcito venir tras mí a ver la mujer, pero lindamente le

he engañado y negociado." Dióme mil abrazos y otro pollo para mí, y yo

fuíme con él adonde había dejado sus compañeros, e hice hacer en casa de

un pastelero una cazuela, y comímelos con los demás criados. Supo el ama

y don Diego la maraña, y toda la casa la celebró en extremo. El ama

llegó tan al cabo de pena que por poco se muriera, y de enojo no estuvo

a dos dedos--a no tener por qué callar--de decir mis sisas.

Yo, que me vi ya mal con el ama, y que no la podía burlar, busqué nuevas

trazas de holgarme, y di en lo que llaman los estudiantes correr o

rebatar. En esto me sucedieron cosas graciosísimas; porque yendo una

noche a las nueve--que ya anda poca gente--por la calle Mayor, vi una

confitería y en ella un cofín de pasas sobre el tablero; y tomando

vuelo, vine, agarréle, di a correr; el confitero dió tras mí y otros

criados y vecinos. Yo, como iba cargado, vi que, aunque les llevaba

ventaja, me habían de alcanzar; y al volver una esquina, sentéme sobre

él y envolví la capa a la pierna de presto, y empecé a decir con la

pierna en la mano: "¡Ay! Dios se lo perdone, que me ha pisado," Oyéronme

esto, y en llegando empecé a decir: "Por tan alta señora", y lo

ordinario de "la hora menguada y aire corrupto". Ellos se venían

desgañitando, y dijéronme: "¿Va por ahí un hombre, hermano?" "Ahí

delante, que aquí me pisó, loado sea el Señor."

Arrancaron con esto y fuéronse; quedé solo, llevéme el cofín a casa,

conté la burla y no quisieron creer que había sucedido así, aunque lo

celebraron mucho, por lo cual los convidé para otra noche a verme correr

cajas. Vinieron, y advirtiendo ellos que estaban las cajas dentro la

tienda, y que no las podía tomar con la mano, tuviéronlo por imposible;

y más por estar el confitero--por lo que le sucedió al otro de las

pasas--alerta. Vine, pues, y metiendo, doce pasos atrás de la tienda,

mano a la espada, que era un estoque recio, partí corriendo, y en

llegando a la tienda, dije: "¡Muera!", y tiré una estocada por delante

del confitero; él se dejó caer pidiendo confesión, y yo di la estocada

en una caja; y la pasé y saqué en la espada, y me fuí con ella.

Quedáronse espantados de ver la traza, y muertos de risa de que el

confitero decía que le mirasen, que sin duda le habían herido, y que

era un hombre con quien había tenido palabras; pero volviendo los ojos,

como quedaron desbaratadas al salir de la caja las que estaban al

derredor, echó de ver la burla, y empezó a santiguarse, que no pensó

acabar. Confieso que nunca me supo cosa tan bien.

En este tiempo vino a don Diego una carta de su padre, en cuyo pliego

venía otra de un tío mío llamado Alonso Ramplón, hombre allegado a toda

virtud y muy conocido en Segovia por lo que era allegado a la justicia,

pues cuantas allí se habían hecho de cuatro años a esta parte han pasado

por sus manos. Verdugo era, si va a decir la verdad; pero un águila en

el oficio. Vérsele hacer daba gana de dejarse ahorcar. Este, pues, me

escribió una carta a Alcalá, desde Segovia, en esta forma:

CARTA

"Hijo Pablos--que por el mucho amor que me tenía me llamaba así--: las

ocupaciones grandes de esta plaza en que me tiene ocupado su majestad no

me han dado lugar a hacer esto; que si algo tiene malo el servir al rey,

es el trabajo; aunque se desquita con esta negra honrilla de ser sus

criados. Pésame de daros nuevas de poco gusto. Vuestro padre murió ocho

días ha con el mayor valor que ha muerto hombre en el mundo; dígalo como

quien le guindó. De vuestra madre, aunque está viva ahora, casi os puedo

decirlo mismo; que está presa en la Inquisición de Toledo; pésame que

nos deshonra a todos, y a mí principalmente, que al fin soy ministro del

rey, y me están mal estos parentescos. Hijo, aquí ha quedado no sé qué

hacienda escondida de vuestros padres; será en todo hasta cuatrocientos

ducados; vuestro tío soy; lo que tenga ha de ser para vos. Vista ésta,

os podréis venir aquí, que con lo que vos sabéis de latín y retórica

seréis singular en el arte de verdugo. Respondedme luego, y entre tanto

Dios os guarde. Etc."

No puedo negar que sentí mucho la nueva afrenta; pero holguéme en parte:

tanto pueden los vicios en los padres que consuelan de sus desgracias,

por grandes que sean, a los hijos. Fuíme corriendo a don Diego, que

estaba leyendo la carta de su padre en que le mandaba que se fuese y no

me llevase en su compañía, movido de las travesuras mías que había oído

decir. Díjome cómo se determinaba ir, y todo lo que le mandaba su padre;

que a él le pesaba dejarme, y a mí más. Díjome que me acomodaría con

otro caballero amigo suyo para que le sirviese. Yo en esto, riéndome, le

dije: "Señor, yo soy otro, y otros mis pensamientos; más alto pico y más

autoridad me importa tener, porque si hasta ahora tenía, como cada cual,

mi piedra en el rollo, ahora tengo mi padre." Declárele cómo había

muerto tan honradamente como el más estirado, y cómo me había escrito mi

señor tío el verdugo de esto y de la prisioncilla de mamá; que a él,

como quien sabía quien yo soy, me pude descubrir sin vergüenza.

Lastimóse mucho, y preguntóme qué pensaba hacer. Dile cuenta de mis

determinaciones; y con esto, al otro día él se fue a Segovia harto

triste, y yo me quedé en la casa disimulando mi desventura. Quemé la

carta, porque, perdiéndoseme, acaso no la leyese alguno, y comencé a

disponer mi partida para Segovia con intención de cobrar mi hacienda y

conocer mis parientes, para huir de ellos.

Llegó el día de apartarme de la mejor vida que hallo haber pasado. Dios

sabe lo que sentí el dejar tantos amigos y apasionados, que eran sin

número. Vendí lo poco que tenía, de secreto, para el camino, y con ayuda

de unos embustes hice hasta seiscientos reales. Alquilé una mula y

salíme de la posada, adonde no tenía que sacar más de mi sombra. ¿Quién

contará las angustias del zapatero por lo fiado, las solicitudes del ama

por el salario, las voces del huésped de la casa por el arrendamiento?

Uno decía: "Siempre me lo dijo el corazón." Otro: "Bien me decían a mí

que éste era un trampista." Al fin, yo salí tan bienquisto del pueblo,

que dejé con mi ausencia a la mitad dél llorando y a la otra mitad,

riéndose de los que lloraban.

Ibame entreteniendo por el camino considerando en estas cosas, cuando,

pasado Torote, encontré con un hombre en un macho de albarda, el cual

iba hablando entre sí con muy gran prisa, y tan embebecido, que, aun

estando a su lado, no me veía. Salúdale, y saludóme; pregúntele dónde

iba, y después que nos pagamos las respuestas comenzamos a tratar de si

bajaba el turco y de las fuerzas del rey. Comenzó a decir de qué manera

se podía ganar la Tierra Santa, y cómo se ganaría Argel; en los cuales

discursos eché de ver que era loco repúblico y de gobierno. Proseguimos

en la conversación propia de picaros, y vinimos a dar, de una cosa en

otra, en Flandes. Aquí fue ello, que empezó a suspirar y decir: "Más me

cuestan a mí esos estados que al rey, porque ha catorce años que ando

con un arbitrio que, si como es imposible, no lo fuera, ya estuviera

todo sosegado." "¿Qué cosa puede ser--le dije--que, conviniendo tanto,

sea imposible y no se puede hacer?" "¿Quién dice a vuestra merced--dijo

luego--que no se puede hacer? Hacerse puede, que ser imposible es otra

cosa. Y si no fuera por dar pesadumbre a vuestra merced, le contara lo

que es; pero allá se verá, que ahora lo pienso imprimir con otros

trabajillos, entre los cuales le doy al rey modo de ganar a Ostende por

dos caminos." Roguéle que los dijese, y, sacándole de las faldriqueras,

me mostró pintado el fuerte del enemigo y el nuestro, y dijo: "Bien ve

vuestra merced que la dificultad de todo está en este pedazo de mar;

pues yo doy orden de chuparle todo con esponjas y quitarle de allí." Di

yo con este desatino una gran risada; y él, mirándome a la cara, me

dijo: "A nadie se lo he dicho que no haya hecho otro tanto; que a todos

les da gran contento." "Ese tengo yo por cierto--le dije--de oír cosa

tan nueva y tan bien fundada; pero advierta vuestra merced que ya que

chupe el agua que hubiere entonces, tornará luego la mar a echar más."

"No hará la mar tal cosa, que lo tengo yo eso por muy apurado--me

respondió--; fuera de que yo tengo pensada una invención para hundir la

mar por aquella parte doce estados."

No le osé replicar, de miedo que me dijese que tenía arbitrio para tirar

el cielo acá abajo: no vi en mi vida tan gran orate. Decíame que Juanelo

no había hecho nada; que él trazaba ahora de subir toda el agua del Tajo

a Toledo de otra manera más fácil: y sabido lo que era dijo que por

ensalmo. ¡Mire vuestra merced quién tal oyó en mundo! Y, al cabo, me

dijo: "Y no lo pienso poner en ejecución si primero el rey no me da una

encomienda, que la puedo tener muy bien, y tengo una ejecutoria muy

honrada." Con estas pláticas, y desconciertos llegamos a Torrejón, donde

se quedó, que venía a ver una parienta suya.

Yo pasé adelante, pereciéndome de risa de los arbitrios en que ocupaba

el tiempo, cuando, Dios y en hora buena, desde lejos vi una mula suelta

y un hombre junto a ella a pie que, mirando un libro, hacía unas rayas

que medía con un compás. Daba vueltas y saltos a un lado y otro, y de

rato en rato, poniendo un dedo encima de otro, hacía mil cosas saltando.

Yo confieso que entendí por gran rato--que me paré desde algo lejos a

verlo--que era encantador, y casi no me determinaba a pasar. Al fin me

determiné, y, llegando cerca, sintióme; cerró el libro, y al poner el

pie en el estribo resbalóse y cayó. Levántele, y díjome: "No tomé bien

el medio de proporción para hacer la circunferencia al subir." Yo no

entendí lo que me dijo, y luego temí lo que era, porque más desatinado

hombre no ha nacido de las mujeres. Preguntóme si iba a Madrid por línea

recta, o si iba por camino circunflejo. Y yo, aunque no le entendí, le

dije que circunflejo. Preguntóme cúya era la espada que llevaba al lado;

respondíle que mía y, mirándola, dijo: "Esos gavilanes habían de ser más

largos para reparar los tajos que se forman sobre el centro de las

estocadas." Y empezó a meter una parola tan grande, que me forzó a

preguntarte qué materia profesaba. Díjome que él era diestro verdadero,

y que lo haría bueno en cualquiera parte. Yo, movido a risa, le dije:

"Pues en verdad que por lo que yo vi hacer a vuestra merced en el campo,

que más le tenía por encantador, viendo los círculos." "Eso--me

dijo--era que se me ofreció una treta por el cuarto círculo con el

compás mayor, continuando la espada, para matar sin confesión al

contrario, porque no diga quién lo hizo, y estaba poniéndolo en términos

de matemática." "¿Es posible--le dije yo--que hay matemática en eso?"

Dijo: "No solamente matemática, mas teología, filosofía, música y

medicina." "Esa postrera no lo dudo, pues se trata de matar en esa

arte." "No os burléis--me dijo--, que ahora aprendéis la limpiadera

contra la espada, haciendo los tajos mayores que comprehendan en sí las

espirales de la espada." "No entiendo cosa de cuantas me decís, chica ni

grande." "Pues este libro las dice--me respondió--, que se llama

_Grandezas de la espada_, y es muy bueno y dice milagros. Y, para que lo

creáis, en Rejas, que dormiremos, esta noche, con dos asadores me veréis

hacer maravillas; y no dudéis que cualquier que leyere en este libro

matará a todos los que quisiere." "O ese libro enseña a ser pestes a los

hombres, o lo compuso--dije yo--algún doctor." "¿Cómo doctor? Bien lo

entiende--me dijo--; es un gran sabio, y aún estoy por decir más."

La Novela Picaresca · 第 6 / 9 段