--Pues sea en buen hora--dijo Monipodio--. Voacedes tomen esta

miseria--y repartió entre todos hasta cuarenta reales, y el domingo no

falte nadie; que no faltará nada de lo corrido.

Todos le volvieron las gracias; tornáronse a abrazar la Escalanta con

Maniferro y la Gananciosa con Chiquiznaque, concertando que aquella

noche se viesen en la de la Pipota, donde también dijo que iría

Monipodio, al registro de la canasta de colar. Abrazó a Rinconete y a

Cortadillo, y echándolos su bendición, los despidió, encargándoles que

no tuviesen jamás posada cierta ni de asiento, porque así convenía a la

salud de todos. Acompañólos Ganchoso hasta enseñarles sus puestos,

acordándoles que no faltasen el domingo, porque, a lo que creía y

pensaba, Monipodio había de leer una lición de posición acerca de las

cosas concernientes a su arte. Con esto se fué, dejando a los dos

compañeros admirados de lo que habían visto.

Era Rinconete, aunque muchacho, de muy buen entendimiento, y tenía un

buen natural; y como había andado con su padre en el ejercicio de las

bulas, sabía algo de buen lenguaje, y dábale gran risa pensar en los

vocablos que había oído a Monipodio y a los demás de su compañía y

bendita comunidad, y más cuando por decir _per modum sufragii_, había

dicho _por modo de naufragio_; y que _sacaban el estupendo_, por decir

_estipendio_, de lo que se garbeaba, con otras mil impertinencias a

éstas y a otras peores semejantes y, sobre todo, le admiraba la

seguridad que tenían, y la confianza, de irse al cielo con no faltar a

sus devociones, estando tan llenos de hurtos, y de homicidios, y de

ofensas de Dios. Y reíase de la otra buena vieja de la Pipota, que

dejaba la canasta de colar, hurtada, guardada en su casa, y se iba a

poner las candelillas de cera a las imágenes, y con ello pensaba irse al

cielo calzada y vestida. No menos le suspendía la obediencia y respeto

que todos tenían a Monipodio, siendo un hombre bárbaro, rústico y

desalmado. Consideraba los ejercicios en que todos se ocupaban;

finalmente, exageraba cuán descuidada justicia había en aquella tan

famosa ciudad de Sevilla, pues casi al descubierto vivía en ella gente

tan perniciosa y tan contraria a la misma naturaleza, y propuso en sí de

aconsejar a su compañero no durasen mucho en aquella vida tan perdida y

tan mala, tan inquieta, y tan libre y disoluta. Pero, con todo esto,

llevado de sus pocos años y de su poca experiencia, pasó con ella

adelante algunos meses, en los cuales le sucedieron cosas que piden más

luenga escritura, y así, se deja para otra ocasión contar su vida y

milagros, con los de su maestro Monipodio, y otros sucesos de aquéllos

de la infame academia, que todos serán de grande consideración, y que

podrán servir de ejemplo y aviso a los que los leyeren.

[Ilustración:]

DON FRANCISCO DE QUEVEDO

HISTORIA DE

LA VIDA DEL BUSCÓN

LLAMADO DON PABLOS, EJEMPLO DE VAGAMUNDOS Y ESPEJO DE TACAÑOS

Yo, señor, soy de Segovia; mi padre se llamó Clemente Pablo, natural del

mismo pueblo, Dios le tenga en el cielo. Fué, tal como todos dicen, de

oficio barbero; aunque eran tan altos sus pensamientos, que se corría le

llamasen así, diciendo que él era tundidor de mejillas y sastre de

barbas. Dicen que era de muy buena cepa, y, según él bebía, es cosa para

creer. Estuvo casado con Aldonza Saturno de Rebollo, hija dé Octavio de

Rebollo Codillo, y nieta de Lépido Ziuraconte.

Sospechábase en el pueblo que no era cristiana vieja, aunque ella, por

los nombres de sus pasados, esforzaba que descendía de los del

triunvirato romano. Tuvo muy buen parecer, y fué tan celebrada, que en

el tiempo que ella vivió, todos los copleros de España hacían cosas

sobre ella. Padeció grandes trabajos recién casada, y aun después,

porque malas lenguas daban en decir que mi padre metía el dos de bastos

por sacar el as de oros. Probósele que, a todos los que hacía la barba a

navaja, mientras les daba con el agua, levantándoles la cara para el

lavatorio, un mi hermano de siete años les sacaba, muy a su salvo, los

tuétanos de las faltriqueras. Murió el angelico de unos azotes que le

dieron en la cárcel. Sintiólo mucho mi padre, por ser tal, que robaba a

todos las voluntades.

Por estas y otras niñerías estuvo preso; aunque, según a mí me han dicho

después, salió de la cárcel con tanta honra, que le acompañaron

docientos cardenales, sino que a ninguno llamaban señoría. Las damas diz

que salían por verle a las ventanas, que siempre pareció bien mi padre,

a pie y a caballo. No lo digo por vanagloria, que bien saben todos cuán

ajeno soy de ella.

[Ilustración: "...un mi hermano de siete años les sacaba, muy a su

salvo, los tuétanos de las faltriqueras!"]

Hubo grandes diferencias entre mis padres sobre a quién había de imitar

en el oficio; mas yo, que siempre tuve pensamientos de caballero desde

chiquito, nunca me apliqué ni a uno ni a otro. Decíame mi padre: "Hijo,

esto de ser ladrón no es arte mecánica, sino liberal. Quien no hurta en

el mundo, no vive. Muchas veces me hubieran llevado en el asno si

hubiera cantado en el potro. Nunca confesé sino cuando lo manda la santa

madre Iglesia; y así, con esto y mi oficio, he sustentado a tu madre

lo más honradamente que he podido," "¿Cómo me habéis sustentado?--dijo

ella con gran cólera, que le pesaba que yo no me aplicase a bruja---; yo

he sustentado a vos y sacádoos de las cárceles con industria, y

mantenido en ellas con dinero. Si no confesábades, ¿era por vuestro

ánimo o por las bebidas que os daba? Gracias a mis botes. Y si no

temiera que me habían de oír en la calle, yo dijera lo de cuando entré

por la chimenea y os saqué por el tejado." Más dijera, según se había

encolerizado, si con los golpes que daba no se le desensartara un

rosario de muelas de difuntos que tenía. Metidos en paz, yo les dije que

quería aprender virtud resueltamente, e ir con mis buenos pensamientos

adelante, y así que me pusiesen a la escuela; pues sin leer ni escribir

no se podía hacer nada. Parecióles bien lo que yo decía, aunque lo

gruñeron un rato entre los dos. Mi madre tornó a ocuparse en ensartar

las muelas, y mi padre fue a rapar a uno--así lo dijo él---, no sé si la

barba o la bolsa; yo me quedé solo, dando gracias a Dios que me hizo

hijo de padres tan hábiles y celosos de mi bien.

A otro día ya estaba comprada cartilla y hablado al maestro. Fuí, señor,

a la escuela; recibióme muy alegre, diciendo que tenía cara de hombre

agudo y de buen entendimiento. Yo con esto, por no desmentirle, di muy

bien la lección aquella mañana. Sentábame el maestro junto a sí; ganaba

la palmatoria los más días por venir antes, e íbame el postrero por

hacer algunos recaudos de "señora", que así llamábamos a la mujer del

maestro. Tenialos a todos, con semejantes caricias, obligados.

Favoreciéronme demasiado, y con esto creció la envidia entre los demás

niños.

Llegábame de todos a los hijos de caballeros, y particularmente a un

hijo de don Alonso Coronel de Zúñiga, con el cual juntaba meriendas.

Ibame a su casa los días de fiesta, y acompañábale cada día. Los otros,

o que porque no les hablaba, o que porque les parecía demasiado punto el

mío, siempre andaban poniéndome nombres tocantes al oficio de mi padre.

Unos me llamaban don Navaja, otros me llamaban don Ventosa; cuál decía,

por disculpar la envidia, que a mi padre le habían llevado a su casa

para que la limpiase de ratones, por llamarle gato; otros me decían

_zape_ cuando pasaba, y otros, _miz_. Al fin, con todo cuanto andaban

royéndome los zancajos, nunca me faltaron, gloria a Dios; y aunque yo me

corría, disimulábalo.

Todo lo sufría, hasta que un día un muchacha se atrevió a decirme a

voces hijo de una hechicera; lo cual, como lo dijo tan claro, que aún si

lo dijera turbio no me pesara, agarré una piedra, y descalabréle. Fuíme

a mi madre corriendo, que me escondiese, y contéla el caso todo. A lo

cual me dijo: "Muy bien hiciste; bien muestras quién eres; sólo

anduviste errado en no preguntarle quién se lo dijo." Cuando yo oí

esto, como siempre tuve altos pensamientos, volvíme a ella, y dije: "¡Ah

madre!, pésame sólo de que algunos de los que allí se hallaron me

dijeron que no tenía que ofenderme por ello, y no les pregunté si era

por la poca edad del que lo había dicho." Y dijo: "¡Ah, noramaza! Muy

bien hiciste en quebrarle la cabeza; que esas cosas, aunque sean verdad,

no se han de decir." Yo con esto quedé como muerto, determinado de coger

lo que pudiese en breves días, y salirme de casa mi padre: tanto pudo

conmigo la vergüenza. Disimulé; fué mi padre, curó al muchacho,

apaciguólo y volvióme a la escuela, adonde el maestro me recibió con

ira; hasta que oyendo la causa de la riña, se le aplacó el enojo,

considerando la razón que había tenido.

En todo esto, siempre me visitaba el hijo de don Alonso de Zúñiga, que

se llamaba don Diego, porque me quería bien naturalmente; que yo trocaba

con él los peones, si eran mejores los míos; dábale de lo que almorzaba,

y no le pedía de lo que él comía; comprábale estampas, enseñábale a

luchar, jugaba con él al toro y entreteníale siempre. Así que, los más

días, sus padres del caballerito, viendo cuánto le regocijaba mi

compañía, rogaban a los míos que me dejasen con él a comer, cenar y aun

dormir los más días. Sucedió, pues, uno de los primeros que hubo escuela

por Navidad, que viniendo por la calle un hombre que se llamaba Poncio

de Aguirre, el cual tenía fama de confeso, que el don Dieguito me dijo:

"Hola, llámale Poncio Pilato, y he a correr." Yo, por darle gusto a mi

amigo, llámele Poncio Pilato. Corrióse tanto el hombre, que dio a correr

tras mí con un cuchillo desnudo para matarme; de suerte que fue forzoso

meterme huyendo en casa de mi maestro, dando gritos. Entró el hombre

tras mí, y defendióme el maestro, asegurando que no me matase,

asegurándole de castigarme. Y así luego, aunque la señora le rogó por

mí, movida de lo que la servía, no aprovechó: mandóme desatacar, y

azotándome, decía tras cada azote: "¿Diréis más Poncio Pilato?" Yo

respondía: "No, señor"; y respondílo dos veces a otros tantos azotes que

me dio. Quedé tan escarmentado de decir Poncio Pilato, y con tal miedo

que, mandándome el día siguiente decir, como solía, las oraciones a los

otros, llegando al Credo--advierta vuestra merced la inocente

malicia---, al tiempo de decir: "Padeció so el poder de Poncio Pilato",

acordándome que no había de decir más Pilato, dije: "Padeció so el poder

de Poncio de Aguirre." Dióle al maestro tanta risa de oír mi simplicidad

y de ver el miedo que le había tenido, que me abrazó y me dio una firma

en que me perdonaba de azotes las dos primeras veces que los mereciese.

Con esto fuí yo muy contento.

[Ilustración: "Yo, viendo que era batalla nabal, y que no se había de

hacer a caballo, quise apearme...."]

Llegó, por no enfadar, el tiempo de las Carnestolendas, y trazando el

maestro de que se holgasen sus muchachos, ordenó que hubiese rey de

gallos. Echamos suerte entre doce señalados por él, y cúpome a mí.

Avisé a mis padres que me buscasen galas. Llegó el día, y salí en un

caballo ético y mustio; el cual, más de manco que de bien criado, iba

haciendo reverencias. Las ancas eran de mona, muy sin cola; el pescuezo,

de camello y más largo; la cara no tenía sino un ojo, aunque overo.

Echábansele de ver las penitencias, ayunos y fullerías del que le tenía

a cargo en el ganarle la ración. Yendo, pues, en él dando vuelcos a un

lado y otro, como fariseo en paso, y los demás niños todos aderezados

tras mí, pasamos por la plaza--aún de acordarme tengo miedo--y llegando

cerca de las mesas de las verdureras--Dios nos libre--agarró mi caballo

un repollo a una, y ni fué visto ni oído cuando lo despachó a las

tripas, a las cuales, como iba rodando por el gaznate, no llegó en mucho

tiempo. La bercera, que siempre son desvergonzadas, empezó a dar voces.

Llegáronse otras, y con ellas pícaros; y alzando zanahorias garrofales,

nabos frisones, berengenas y otras legumbres, empiezan a dar tras el

pobre rey. Yo, viendo que era batalla nabal, y que no se había de hacer

a caballo, quise apearme; mas tal golpe me le dieron al caballo en la

cara, que yendo a empinarse, cayó conmigo. Ya mis muchachos se habían

armado de piedras, y daban tras las verdureras, y descalabraron dos.

Vino la justicia, prendió a berceras y muchachos, mirando a todos qué

armas tenían y quitándoselas, porque habían sacado algunos dagas de las

que traían por gala y, otros espadas pequeñas. Unos se fueron por una

parte y otros por otra, y yo me vine a mi casa desde la plaza. Entré en

ella, conté a mis padres el suceso, y me quisieron maltratar. Yo echaba

la culpa a las dos leguas de rocín exprimido que me dieron. Procuraba

satisfacerlos, y viendo que no bastaba, salíme de su casa y fuíme a ver

a mi amigo don Diego, al cual hallé en la suya descalabrado y a sus

padres resueltos por ello de no le enviar más a la escuela. Allí tuve

nuevas de cómo mi rocín, viéndose en aprieto, se esforzó a tirar dos

coces, y de puro flaco se desgajaron las ancas y se quedó en el lodo

bien cerca de acabar. Viéndome, pues, con una fiesta revuelta, un pueblo

escandalizado, los padres corridos, mi amigo descalabrado y el caballo

muerto, determiné de no volver más a la escuela ni a casa de mis padres,

sino de quedarme a servir a don Diego, o por decir mejor, en su

compañía, y esto con gran gusto de sus padres, por el que daba mi

amistad al niño. Escribí a mi casa que yo no había menester ir más a la

escuela, porque, aunque no sabía bien escribir, para mi intento de ser

caballero lo que se requería era escribir mal; y así, desde luego

renunciaba la escuela por no darles gasto y su casa para ahorrarlos de

pesadumbre. Avisé de dónde y cómo quedaba y que hasta que me diesen

licencia no los vería.

Determinó, pues, don Alonso de poner a su hijo en pupilaje: lo uno por

apartarle de su regalo y lo otro por ahorrar de cuidado. Supo que había

en Segovia un licenciado Cabra que tenía por oficio de criar hijos de

caballeros, y envió allá el suyo, y a mí para que le acompañase y

sirviese. Entramos primer domingo después de Cuaresma en poder de la

hambre viva, porque tal laceria no admite encarecimiento. El era un

clérigo cerbatana, largo sólo en el talle, una cabeza pequeña, pelo

bermejo. No hay más que decir para quien sabe el refrán que dice, ni

gato ni perro de aquella color. Los ojos avecindados en el cogote, que

parecía que miraba por cuévanos; tan hundidos y oscuros, que era buen

sitio el suyo para tiendas de mercaderes; la nariz, entre Roma y

Francia; las barbas, descoloridas de miedo de la boca vecina, que, de

pura hambre, parecía que amenazaba a comérselas; los dientes, le

faltaban no sé cuántos, y pienso que por holgazanos y vagamundos se los

habían desterrado; el gaznate, largo como avestruz, con una nuez tan

salida, que parecía se iba a buscar de comer, forzada de la necesidad;

los brazos, secos; las manos, como un manojo de sarmientos cada una.

Mirado de medio abajo, parecía tenedor, o compás con dos piernas largas

y flacas; su andar, muy despacio; si se descomponía algo, se sonaban los

huesos como tablillas de San Lázaro; la habla, ética; la barba, grande,

por nunca se la cortar por no gastar; y él decía que era tanto el asco

que le daba ver las manos del barbero por su cara, que antes se dejaría

matar que tal permitiese; cortábale los cabellos un muchacho de los

otros. Traía un bonete los días de sol, ratonado, con mil gateras y

guarniciones de grasa; era de cosa que fué paño, con los fondos de

caspa. La sotana, según decían algunos, era milagrosa, porque no se

sabía de qué color era. Unos, viéndola tan sin pelo, la tenían por de

cuero de rana; otros, decían que era ilusión; desde cerca parecía negra

y desde lejos, entre azul; llevábala sin ceñidor; no traía cuello ni

puños; parecía, con los cabellos largos y la sotana mísera y corta,

lacayuelo de la muerte. Cada zapato podía ser tumba de un filisteo.

¿Pues su aposento? Aun arañas no había en él; conjuraba los ratones, de

miedo que no le royesen algunos mendrugos que guardaba; la cama tenía en

el suelo, y dormía siempre de un lado, por no gastar las sábanas; al

fin, era archipobre y protomiseria.

A poder, pues, de éste vine, y en su poder estuve con don Diego; y la

noche que llegamos nos señaló nuestro aposento, y nos hizo una plática

corta, que, por no gastar tiempo, no duró más. Díjonos lo que habíamos

de hacer; estuvimos ocupados en esto hasta la hora del comer; fuimos

allá; comían los amos primero, y servíamos los criados. El refitorio era

un aposento como un medio celemín; sustentábanse a una mesa hasta cinco

caballeros. Yo miré lo primero por los gatos, y como no los vi, pregunté

que cómo no los había a un criado antiguo; el cual, de flaco, estaba ya

con la marca del pupilaje. Comenzó a enternecerse, y dijo: "¿Cómo gatos?

Pues ¿quién os ha dicho a vos que los gatos son amigos de ayunos y

penitencias? En lo gordo se os echa de ver que sois nuevo." Yo con esto

me comencé a afligir, y más me asusté cuando advertí que todos los que

de antes vivían en el pupilaje estaban como leznas, con unas caras que

parecían se afeitaban con diaquilón. Sentóse el licenciado Cabra, y echó

la bendición; comieron una comida eterna, sin principio ni fin; trajeron

caldo en unas escudillas de madera, tan claro, que en comer una de ellas

peligraba Narciso más que en la fuente. Noté con la ansia que los

macilentos dedos se echaban a nado tras un garbanzo huérfano y solo que

estaba en el suelo. Decía Cabra a cada sorbo: "Cierto que no hay tal

cosa como la olla, digan lo que dijeren; todo lo demás es vicio y gula."

Acabando de decirlo echóse su escudilla a pechos, diciendo: "Todo esto

es salud y otro tanto ingenio." "¡Mal ingenio te acabe!"--decía yo entre

mí, cuando vi un mozo medio espíritu y tan flaco, con un plato de carne

en las manos, que parecía la había quitado de sí mismo. Venía un nabo

aventurero a vueltas, y dijo el maestro: "¿Nabos hay? No hay para mí

perdiz que se le iguale; coman, que me huelgo de verlos comer." Repartió

a cada uno tan poco carnero, que en lo que se les pegó a las uñas y se

les quedó entre los dientes pienso que se consumió todo, dejando

descomulgadas las tripas de participantes. Cabra los miraba, y decía:

"Coman, que mozos son y me huelgo de ver sus buenas ganas." Mire

vuestra merced qué buen aliño para los que bostezaban de hambre.

Acabaron de comer, y quedaron unos mendrugos en la mesa y en el plato

unos pellejos y unos huesos, y dijo el pupilero: "Quede esto para los

criados, que también han de comer; no lo queramos todo." "¡Mal te haga

Dios y lo que has comido, lacerado--decía yo--, que tal amenaza has

hecho a mis tripas!" Echó la bendición, y dijo: "Ea, demos lugar a los

criados, y váyanse hasta las dos a hacer ejercicio, no les haga mal lo

que han comido." Entonces yo no pude tener la risa, abriendo toda la

boca. Enojóse mucho, y díjome que aprendiese modestia, y tres o cuatro

sentencias viejas; y fuése. Sentámonos nosotros, y yo, que vi el negocio

mal parado, y que mis tripas pedían justicia, como más sano y más fuerte

que los otros, arremetí al plato, como arremetieron todos, y emboquéme

de tres mendrugos los dos y el un pellejo. Comenzaron los otros a

gruñir; al ruido entró Cabra diciendo: "Coman como hermanos, pues Dios

les da con qué; no riñan, que para todos hay." Volvióse al sol, y

dejónos solos. Certifico a vuestra merced que había uno de ellos que se

llamaba Surre, vizcaíno, tan olvidado ya de cómo y por dónde se comía,

que una cortecilla que le cupo la llevó dos veces a los ojos, y entre

tres no la acertaba a encaminar de las manos a la boca. Y pedí yo de

beber, que los otros por estar casi ayunos no lo hacían, y diéronme un

vaso con agua; y no le hube bien llegado a la boca, cuando, como si

fuera lavatorio de comunión, me le quitó el mozo espiritado que dije.

Levantéme con grande dolor de mi ánima, viendo que estaba en casa donde

se brindaba a las tripas y no hacían la razón.

Entretuvímonos hasta la noche. Decíame don Diego que qué haría él para

persuadir a las tripas que habían comido, porque no lo querían creer.

Andaban vaguidos en aquella casa, como en otras ahitos. Llegó la hora

del cenar--pasóse la merienda en blanco--; cenamos mucho menos, y no

carnero, sino un poco del nombre del maestro, cabra asada. Mire vuestra

merced si inventara el diablo tal cosa. "Es cosa muy saludable y

provechosa--decía--cenar poco para tener el estómago desocupado", y

citaba una retahila de médicos infernales. Decía alabanzas de la dieta,

y que ahorraba un hombre sueños pesados, sabiendo que en su casa no se

podía soñar otra cosa sino que comían. Cenaron, y cenamos todos, y no

cenó ninguno. Fuímonos a acostar y en toda la noche yo ni don Diego

pudimos dormir; él trazando de quejarse a su padre y pedir que le sacase

de allí, y yo aconsejándole que lo hiciese, aunque últimamente le dije:

"Señor, ¿sabéis de cierto si estamos vivos? Porque yo imagino que en la

pendencia de las berceras nos mataron, y que somos ánimas que estamos en

el purgatorio; y así, es por demás decir que nos saque vuestro padre si

alguno no nos reza en alguna cuenta de perdones, y nos saca de penas

con alguna misa en altar privilegiado."

Entre estas pláticas y un poco que dormimos se llegó la hora del

levantar; dieron las seis y llamó Cabra a lección; fuimos y oímosla

todos. Ya mis espaldas e ijadas nadaban en el jubón, y las piernas daban

lugar a otras siete calzas; los dientes sacaba con tobas, amarillos,

vestidos de desesperación. Mandáronme leer el primer nominativo a los

otros, y era de manera mi hambre, que me desayuné con la mitad de las

razones, comiéndomelas. Y todo esto creerá quien supiere lo que me contó

el mozo de Cabra, diciendo que él había visto meter en casa, recién

venido, dos frisones y que a dos días salieron caballos ligeros, que

volaban por los aires; y que vió meter mastines pesados, y a tres horas

salir galgos corredores; y que una cuaresma topó muchos hombres, unos

metiendo los pies, otros las manos, otros todo el cuerpo, en el portal

de su casa, esto por muy gran rato, y mucha gente que venia a solo

aquello de fuera; y preguntando un día que qué sería, porque Cabra se

enojó de que se lo preguntase, respondió que los unos tenían sarna y los

otros sabañones, y que en metiéndolos en aquella casa morían de hambre,

de manera que no comían de allí adelante. Certificóme que era verdad.

Yo, que conocí la casa, lo creo; dígolo porque no parezca encarecimiento

lo que dije. Y volviendo a la lección, dióla, y decorámosla. Y proseguí

siempre en aquel modo de vivir que he contado.

Sólo añadió a la comida tocino en la olla, por no sé qué que le dijeron

un día de hidalguía allá fuera. Y así, tenía una caja de hierro, toda

agujerada como salvadera; abríala y metía un pedazo de tocino en ella,

que la llenase, y tornábala a cerrar y metíala colgando de un cordel en

la olla para que la diese algún zumo por los agujeros, y quedase para

otro día el tocino. Parecióle después que en esto se gastaba mucho, y

dió en sólo asomar el tocino en la olla.

Quéjamonos nosotros a don Alonso, y el Cabra le hacía creer que lo

hacíamos por no asistir al estudio. Con esto no nos valían plegarias.

Pasamos este trabajo hasta la cuaresma que vino, y a la entrada de ella

estuvo malo un compañero. Cabra, por no gastar, detuvo el llamar médico

hasta que ya él pedía confesión más que otra cosa. Llamó entonces un

platicante, el cual le tomó el pulso y dijo que la hambre le había

ganado por la mano el matar a aquel hombre. Diéronle el Sacramento, y el

pobre cuando lo vio--que había un día que no hablaba--, dijo: "Señor mío

Jesucristo, necesario ha sido el veros entrar en esta casa para

persuadirme que no es el infierno." Imprimiéronsele estas razones en el

corazón; murió el pobre mozo; enterrámosle muy pobremente, por ser

forastero, y quedamos todos asombrados. Divulgóse por el pueblo el caso

atroz; llegó a oídos de don Alonso Coronel, y como no tenía otro hijo,

desengañóse de las crueldades de Cabra, y comenzó a dar más crédito a

las razones de dos sombras, que ya estábamos reducidos a tan miserable

estado. Vino a sacarnos del pupilaje, y teniéndonos delante, nos

preguntaba por nosotros. Y tales nos vió, que sin aguardar a más, trató

muy mal de palabras al licenciado Vigilia. Nos mandó llevar en dos

sillas a casa; despedímonos de los compañeros, que nos seguían con los

deseos y con los ojos, haciendo las lástimas que hace el que queda en

Argel viendo venir rescatados sus compañeros.

La Novela Picaresca · 第 5 / 9 段