Y adelantándose un poco el mozo, entró en una casa no muy buena, sino de

muy mala apariencia, y los dos se quedaron esperando a la puerta. El

salió luego y los llamó, y ellos entraron, y su guía les mandó esperar

en un pequeño patio ladrillado, que de puro limpio y aljimifrado parecía

que vertía carmín de lo más fino. Al un lado estaba un banco de tres

pies, y al otro un cántaro desbocado, con un jarrillo encima, no menos

falto que el cántaro; a otra parte estaba una estera de enea, y en el

medio, un tiesto, que en Sevilla llaman _maceta_ de albahaca.

Miraban los mozos atentamente las alhajas de la casa en tanto que bajaba

el señor Monipodio; y viendo que tardaba, se atrevió Rincón a entrar en

una sala baja, de dos pequeñas que en el patio estaban, y vio en ella

dos espadas de esgrima y dos broqueles de corcho, pendientes de cuatro

clavos, y una arca grande, sin tapa ni cosa que la cubriese, y otras

tres esteras de enea tendidas por el suelo. En la pared frontera estaba

pegada a la pared una imagen de Nuestra Señora, destas de mala estampa,

y más abajo pendía una esportilla de palma, y, encajada en la pared, una

almofía blanca, por do coligió Rincón que la esportilla servía de cepo

para la limosna, y la almofía de tener agua bendita; y así era la

verdad.

Estando en esto, entraron en la casa dos mozos de hasta veinte años cada

uno, vestidos de estudiantes, y de allí a poco, dos de la esportilla y

un ciego; y sin hablar palabra ninguno, se comenzaron a pasear por el

patio. No tardó mucho, cuando entraron dos viejos de bayeta, con

antojos, que los hacían graves y dignos de ser respectados, con sendos

rosarios de sonadoras cuentas en las manos. Tras ellos entró una vieja

halduda y, sin decir nada, se fue a la sala, y habiendo tomado agua

bendita, con grandísima devoción se puso de rodillas ante la imagen, y a

cabo de una buena pieza, habiendo primero besado tres veces el suelo, y

levantado los brazos y los ojos al cielo otras tantas, se levantó y echó

su limosna en la esportilla, y se salió con los demás al patio. En

resolución, en poco espacio se juntaron en el patio hasta catorce

personas de diferentes trajes y oficios. Llegaron también de los

postreros dos bravos y bizarros mozos, de bigotes largos, sombreros de

grande falda, cuellos a la valona, medias de color, ligas de gran

balumba, espadas de más de marca, sendos pistoletes cada uno en lugar de

dagas, y sus broqueles pendientes de la pretina; los cuales, así como

entraron, pusieron los ojos de través en Rincón y Cortado, a modo de que

los extrañaban y no conocían. Y llegándose a ellos, les preguntaron si

eran de la cofradía. Rincón respondió que sí, y muy servidores de sus

mercedes.

Llegóse en esto la sazón y punto en que bajó el señor Monipodio, tan

esperado como bien visto de toda aquella virtuosa compañía. Parecía de

edad de cuarenta y cinco a cuarenta y seis años, alto de cuerpo, moreno

de rostro, cejijunto, barbinegro y muy espeso; los ojos, hundidos. Venía

en camisa, y por la abertura de delante descubría un bosque: tanto era

el vello que tenía en el pecho. Traía cubierta una capa de bayeta casi

hasta los pies, en los cuales traía unos zapatos enchancletados;

cubríanle las piernas unos zaragüelles de lienzo anchos, y largos hasta

los tobillos; el sombrero era de los de la hampa, campanudo de copa y

tendido de falda; atravesábale un tahalí por espalda y pecho, a do

colgaba una espada ancha y corta, a modo de las del perrillo; las manos

eran cortas, pelosas, y los dedos gordos, y las uñas hembras y

remachadas; las piernas no se le parecían; pero los pies eran

descomunales, de anchos y juanetudos. En efeto, él representaba el más

rústico y disforme bárbaro del mundo. Bajó con él la guía de los dos, y

trabándoles de las manos, los presentó ante Monipodio, diciéndole:

--Estos son los dos buenos mancebos que a vuesa merced dije, mi sor

Monipodio: vuesa merced los desamine, y verá como son dignos de entrar

en nuestra congregación.

--Eso haré yo de muy buena gana--respondió Monipodio.

Olvidábaseme de decir que así como Monipodio bajó, al punto todos los

que aguardándole estaban le hicieron una profunda y larga reverencia,

excepto los dos bravos, que a medio mogate, como entre ellos se dice, le

quitaron los capelos, y luego volvieron a su paseo por una parte del

patio, y por la otra se paseaba Monipodio, el cual preguntó a los nuevos

el ejercicio, la patria y padres.

A lo cual Rincón respondió:

--El ejercicio ya está dicho, pues venimos ante vuesa merced; la patria

no me parece de mucha importancia decilla, ni los padres tampoco, pues

no se ha de hacer información para recebir algún hábito honroso.

A lo cual respondió Monipodio:

--Vos, hijo mío, estáis en lo cierto, y es cosa muy acertada encubrir

eso que decís; porque si la suerte no corriere como debe, no es bien que

quede asentado debajo de signo de escribano, ni en el libro de las

entradas: "Fulano, hijo de Fulano, vecino de tal parte, tal día le

ahorcaron, o le azotaron", o otra cosa semejante, que, por lo menos,

suena mal a los buenos oídos; y así, torno a decir que es provechoso

documento callar la patria, encubrir los padres y mudar los propios

nombres; aunque para entre nosotros no ha de haber nada encubierto, y

sólo ahora quiero saber los nombres de los dos.

Rincón dijo el suyo, y Cortado también.

--Pues de aquí adelante--respondió Monipodio--quiero y es mi voluntad

que vos, Rincón, os llaméis _Rinconete_, y vos, Cortado, _Cortadillo_,

que son nombres que asientan como de molde a vuestra edad y a nuestras

ordenanzas, debajo de las cuales cae tener necesidad de saber el nombre

de los padres de nuestros cofrades, porque tenemos de costumbre de hacer

decir cada año ciertas misas por las ánimas de nuestros difuntos y

bienhechores, sacando el estupendo para la limosna de quien las dice de

alguna parte de lo que se garbea; y estas tales misas, así dichas como

pagadas, dicen que aprovechan a las tales ánimas por vía de naufragio; y

caen debajo de nuestros bienhechores el procurador que nos defiende, el

guro que nos avisa, el verdugo que nos tiene lástima, el que, cuando uno

de nosotros va huyendo por la calle y detrás le van dando voces: "¡Al

ladrón, al ladrón! ¡Deténganle, deténganle!", se pone en medio, y se

opone al raudal de los que le siguen, diciendo: "¡Déjenle al cuitado;

que harta mala ventura lleva! ¡Allá se lo haya; castigúele su pecado!"

También lo son nuestros padres y madres, que nos echan al mundo, y el

escribano, que si anda de buena, no hay delito que sea culpa, ni culpa a

quien se dé mucha pena; y por todos estos que he dicho hace nuestra

hermandad cada año su adversario con la mayor popa y soledad que

podemos.

--Por cierto--dijo Rinconete--(ya confirmado con este nombre) que es

obra digna del altísimo y profundísimo ingenio que hemos oído decir que

vuesa merced, señor Monipodio, tiene. Pero nuestros padres aún gozan de

la vida; si en ella les alcanzáremos, daremos luego noticia a esta

felicísima y abogada confraternidad, para que por sus almas se les haga

ese naufragio o tormenta, o ese adversario que vuesa merced dice, con la

solenidad y pompa acostumbrada, si ya no es que se hace mejor con _popa_

y _soledad_, como también apuntó vuesa merced en sus razones.

---Así se hará, o no quedará de mí pedazo--replicó Monipodio.

Y llamando a la guía, le dijo:

--Ven acá, Ganchuelo: ¿están puestas las postas?

--Sí--dijo la guía, que Ganchuelo era su nombre--: tres centinelas

quedan avizorando, y no hay que temer que nos cojan de sobresalto.

--Volviendo, pues, a nuestro propósito---dijo Monipodio--, querría

saber, hijos, lo que sabéis, para daros el oficio y ejercicio conforme a

vuestra inclinación y habilidad.

--Yo--respondió Rinconete--sé un poquito de floreo de Vilhán:

entiéndeseme el retén; tengo buena vista para el humillo; juego bien de

la sola, de las cuatro y de las ocho; no se me va por pies el

raspadillo, verrugueta y el colmillo; éntrome por la boca de lobo como

por mi casa, y atreveríame a hacer un tercio de chanza mejor que un

tercio de Nápoles, y a dar un astillazo al más pintado mejor que dos

reales prestados.

--Principios son--dijo Monipodio--; pero todas ésas son flores de

cantueso viejas, y tan usadas, que no hay principiante que no las sepa,

y sólo sirven para alguno que sea tan blanco, que se deje matar de media

noche abajo; pero andará el tiempo, y vernos hemos; que asentando sobre

ese fundamento media docena de liciones, yo espero en Dios que habéis de

salir oficial famoso, y aun quizá maestro.

--Todo será para servir a vuesa merced y a los señores

cofrades--respondió Rinconete.

--Y vos, Cortadillo, ¿qué sabéis?--preguntó Monipodio.

--Yo--respondió Cortadillo--sé la treta que dicen mete dos y saca cinco,

y sé dar tiento a una faldriquera con mucha puntualidad y destreza.

--¿Sabéis más?--dijo Monipodio.

--No, por mis grandes pecados--respondió Cortadillo.

--No os aflijáis, hijo--replicó Monipodio--; que a puerto y a escuela

habéis llegado donde ni os anegaréis ni dejaréis de salir muy bien

aprovechado en todo aquello que más os conviniere. Y en esto del ánimo,

¿cómo os va, hijos?

--¿Cómo nos ha de ir--respondió Rinconete--sino muy bien? Ánimo tenemos

para acometer cualquiera empresa de las que tocaren a nuestro arte y

ejercicio.

--Está bien--replicó Monipodio--; pero querría yo que también le

tuviésedes para sufrir, si fuese menester, media docena de ansias sin

desplegar los labios y sin decir "esta boca es mía".

--Ya sabemos aquí--dijo Cortadillo--, señor Monipodio, qué quiere decir

_ansias_, y para todo tenemos ánimo; porque no somos tan ignorantes, que

no se nos alcance que lo que dice la lengua paga la gorja, y harta

merced le hace el cielo al hombre atrevido, por no darle otro título,

que le deja en su lengua su vida o su muerte; ¡como si tuviese más

letras un _no_ que un _sí_!

--¡Alto, no es menester más!--dijo a esta sazón Monipodio---. Digo que

sola esta razón me convence, me obliga, me persuade y me fuerza a que

desde luego asentéis por cofrades mayores, y que se os sobrelleve el año

del noviciado.

--Yo soy dese parecer--dijo uno de los bravos.

Y a una voz lo confirmaron todos los presentes, que toda la plática

habían estado escuchando, y pidieron a Monipodio que desde luego les

concediese y permitiese gozar de las inmunidades de su cofradía, porque

su presencia agradable y su buena plática lo merecía todo. Él respondió

que, por dalles contento a todos, desde aquel punto se las concedía,

advirtiéndoles que las estimasen en mucho, porque eran no pagar media

nata del primer hurto que hiciesen; no hacer oficios menores en todo

aquel año, conviene a saber: no llevar recaudo de ningún hermano mayor

a la cárcel; piar el turco puro; hacer banquete cuando, como y adonde

quisieren, sin pedir licencia a su mayoral; entrar a la parte desde

luego con lo que entrujasen los hermanos mayores, como uno dellos, y

otras cosas que ellos tuvieron por merced señaladísima, y los demás, con

palabras muy comedidas, las agradecieron mucho.

Estando en esto, entró un muchacho corriendo y desalentado, y dijo:

--El alguacil de los vagabundos viene encaminado a esta casa; pero no

trae consigo gurullada.

--Nadie se alborote--dijo Monipodio--; que es amigo y nunca viene por

nuestro daño. Sosiéguense; que yo le saldré a hablar.

Todos se sosegaron, que ya estaban algo sobresaltados, y Monipodio salió

a la puerta, donde halló al alguacil, con el cual estuvo hablando un

rato, y luego volvió a entrar Monipodio, y preguntó:

--¿A quién le cupo hoy la plaza de San Salvador?

--A mí--dijo el de la guía.

--Pues ¿cómo--dijo Monipodio--no se me ha manifestado una bolsilla de

ámbar que esta mañana en aquel paraje dio al traste con quince escudos

de oro y dos reales de a dos y no sé cuántos cuartos?

--Verdad es--dijo la guía--que hoy faltó esa bolsa; pero yo no la he

tomado, ni puedo imaginar quién la tomase.

--¡No hay levas conmigo!--replicó Monipodio--. ¡La bolsa ha de parecer,

porque la pide el alguacil, que es amigo y nos hace mil placeres al año!

Tornó a jurar el mozo que no sabía della. Comenzóse a encolerizar

Monipodio, de manera, que parecía que fuego vivo lanzaba por los ojos,

diciendo:

--¡Nadie se burle con quebrantar la más mínima cosa de nuestra orden;

que le costará la vida! Manifiéstese la cica; y si se encubre por no

pagar los derechos, yo le daré enteramente lo que le toca, y pondré lo

demás de mi casa, porque en todas maneras ha de ir contento el alguacil.

Tornó de nuevo a jurar el mozo, y a maldecirse, diciendo que él no había

tomado tal bolsa, ni vístola de sus ojos; todo lo cual fue poner más

fuego a la cólera de Monipodio, y dar ocasión a que toda la junta se

alborotase, viendo que se rompían sus estatutos y buenas ordenanzas.

Viendo Rinconete, pues, tanta disensión y alboroto, parecióle que sería

bien sosegalle y dar contento a su mayor, que reventaba de rabia; y

aconsejándose con su amigo Cortadillo, con parecer de entrambos, sacó la

bolsa del sacristán, y dijo:

--Cese toda cuestión, mis señores; que ésta es la bolsa, sin faltarle

nada de lo que el alguacil manifiesta; que hoy mi camarada Cortadillo le

dio alcance, con un pañuelo que al mismo dueño se le quitó, por

añadidura.

Luego sacó Cortadillo el pañizuelo y lo puso de manifiesto; viendo lo

cual Monipodio, dijo:

--Cortadillo el Bueno (que con este título y renombre ha de quedar de

aquí adelante) se quede con el pañuelo, y a mi cuenta se quede la

satisfación deste servicio; y la bolsa se ha de llevar el alguacil; que

es de un sacristán pariente suyo, y conviene que se cumpla aquel refrán

que dice: "No es mucho que a quien te da la gallina entera tú des una

pierna della." Más disimula este buen alguacil en un día que nosotros le

podemos ni solemos dar en ciento.

De común consentimiento aprobaron todos la hidalguía de los dos

modernos, y la sentencia y parecer de su mayoral, el cual salió a dar la

bolsa al alguacil, y Cortadillo se quedó confirmado con el renombre de

_Bueno_, bien como si fuera don Alonso Pérez de Guzmán el Bueno, que

arrojó el cuchillo por los muros de Tarifa para degollar a su único

hijo.

Al volver que volvió Monipodio, entraron con él dos mozas; y así como

entraron se fueron con los brazos abiertos, la una a Chiquiznaque y la

otra a Maniferro, que éstos eran los nombres de los dos bravos; y el de

Maniferro era porque traía una mano de hierro, en lugar de otra que le

habían cortado por justicia. Ellos las abrazaron con grande regocijo, y

les preguntaron si traían algo con que mojar la canal maestra.

[Ilustración: "Tornó de nuevo a jurar el mozo, y a maldecirse, diciendo

que él no había tomado tal bolsa...."]

--Pues ¿había de faltar, diestro mío?--respondió la una, que se llamaba

la Gananciosa--. No tardará mucho a venir Silbatillo tu trainel, con la

canasta de colar atestada de lo que Dios ha sido servido.

Y así fue verdad, porque al instante entró un muchacho con una canasta

de colar cubierta con una sábana.

Alegráronse todos con la entrada de Silbato, y al momento mandó sacar

Monipodio una de las esteras de enea que estaban en el aposento, y

tenderla en medio del patio. Y ordenó asimismo que todos se sentasen a

la redonda; porque en cortando la cólera, se trataría de lo que más

conviniese. A esto dijo la vieja que había rezado a la imagen:

--Hijo Monipodio, yo no estoy para fiestas, porque tengo un vaguido de

cabeza dos días ha, que me trae loca; y más, que antes que sea medio día

tengo de ir a cumplir mis devociones y poner mis candelicas a Nuestra

Señora de las Aguas y al santo Crucifijo de Santo Agustín, que no lo

dejaría de hacer si nevase y ventiscase. A lo que he venido es que

anoche el Renegado y Centopiés llevaron a mi casa una canasta de colar,

algo mayor que la presente, llena de ropa blanca, y en Dios y en mi

ánima que venía con su cernada y todo, que los pobretes no debieron de

tener lugar de quitalla, y venían sudando la gota tan gorda, que era una

compasión verlos entrar ijadeando y corriendo agua de sus rostros, que

parecían unos angélicos. Dijéronme que iban en seguimiento de un

ganadero que había pesado ciertos carneros en la Carnicería, por ver si

le podían dar un tiento en un grandísimo gato de reales que llevaba. No

desembanastaron ni contaron la ropa, fiados en la entereza de mi

conciencia; y así me cumpla Dios mis buenos deseos y nos libre a todos

de poder de justicia, que no he tocado a la canasta.

--Todo se le cree, señora madre--respondió Monipodio--, y estése así la

canasta; que yo iré allá a boca de sorna, y haré cala y cata de lo que

tiene, y daré a cada uno lo que le tocare, bien y fielmente, como tengo

de costumbre.

--Sea como vos lo ordenáredes, hijo--respondió la vieja--; y porque se

me hace tarde, dadme un traguillo, si tenéis, para consolar este

estómago, que tan desmayado anda de continuo.

--Y ¡qué tal lo beberéis, madre mía!--dijo a esta sazón la Escalanta,

que así se llamaba la compañera de la Gananciosa.

Y descubriendo la canasta, se manifestó una bota a modo de cuero, con

hasta dos arrobas de vino, y un corcho que podría caber sosegadamente y

sin apremio hasta una azumbre; y llenándole la Escalanta, se le puso en

las manos a la devotísima vieja, la cual, tomándole con ambas manos, y

habiéndole soplado un poco de espuma, dijo:

--Mucho echaste, hija Escalanta; pero Dios dará fuerzas para todo.

Y aplicándosele a los labios, de un tirón, sin tomar aliento, lo

trasegó del corcho al estómago, y acabó diciendo:

--De Guadalcanal es, y aun tiene un es no es de yeso el señorico. Dios

te consuele, hija, que así me has consolado; sino que temo que me ha de

hacer mal, porque no me he desayunado.

--No hará, madre--respondió Monipodio--, porque es trasañejo.

--Así lo espero yo en la Virgen--respondió la vieja.

Y añadió:

--Mirad, niñas, si tenéis acaso algún cuarto para comprar las candelicas

de mi devoción, porque con la priesa y gana que tenía de venir a traer

las nuevas de la canasta, se me olvidó en casa la escarcela.

--Yo sí tengo, señora Pipota--(que éste era el nombre de la buena

vieja), respondió la Gananciosa--: tome: ahí le doy dos cuartos; del uno

le ruego que compre una para mí, y se la ponga al señor San Miguel; y si

puede comprar dos, ponga la otra al señor San Blas, que son mis

abogados. Quisiera qué pusiera otra a la señora Santa Lucía, que, por lo

de los ojos, también le tengo devoción; pero no tengo trocado; mas otro

día habrá donde se cumpla con todos.

-Muy bien harás, hija, y mira no seas miserable; que es de mucha

importancia llevar la persona las candelas delante de sí antes que se

muera, y no aguardar a que las pongan los herederos o albaceas.

--Bien dice la madre Pipota--dijo la Escalanta.

Y echando mano a la bolsa, le dió otro cuarto, y le encargó que pusiese

otras dos candelicas a los santos que a ella le pareciesen que eran de

los más aprovechados y agradecidos. Con esto, se fue la Pipota,

diciéndoles:

--Holgaos, hijos, ahora que tenéis tiempo: que vendrá la vejez y

lloraréis en ella los ratos que perdistes en la mocedad, como yo los

lloro; y encomendadme a Dios en vuestras oraciones; que yo voy a hacer

lo mismo por mí y por vosotros, porque El nos libre y conserve en

nuestro trato peligroso sin sobresaltos de justicia.

Y con esto se fué.

Ida la vieja, se sentaron todos alrededor de la estera, y la Gananciosa

tendió la sábana por manteles; y lo primero que sacó de la cesta fué un

grande haz de rábanos y hasta dos docenas de naranjas y limones, y luego

una cazuela grande llena de tajadas de bacallao frito; manifestó luego

medio queso de Flandes, y una olla de famosas aceitunas, y un plato de

camarones, y gran cantidad de cangrejos, con su llamativo de

alcaparrones ahogados en pimientos, y tres hogazas blanquísimas de

Gandul. Serían los del almuerzo hasta catorce, y ninguno dellos dejó de

sacar su cuchillo de cachas amarillas, si no fue Rinconete, que sacó su

media espada. A los dos viejos de bayeta y a la guía tocó el escanciar

con el corcho de colmena.

En poco espacio vieron el fondo de la canasta y las heces del cuero. Los

viejos bebieron _sine fine_; los mozos, adunia; las señoras, los

quiries. Los viejos pidieron licencia para irse; diósela luego

Monipodio, encargándoles viniesen a dar noticia con toda puntualidad de

todo aquello que viesen ser útil y conveniente a la comunidad.

Respondieron que ellos se lo tenían bien en cuidado, y fuéronse.

Rinconete, que de suyo era curioso, pidiendo primero perdón y licencia,

preguntó a Monipodio que de qué servían en la cofradía dos personajes

tan canos, tan graves y apersonados. A lo cual respondió Monipodio que

aquéllos, en su germanía y manera de hablar se llamaban _abispones_, y

que servían de andar de día por toda, la ciudad, abispando en qué casas

se podía dar tiento de noche, y en seguir los que sacaban dinero de la

Contratación, o Casa de la Moneda, para ver dónde lo llevaban, y aun

dónde lo ponian; y, en sabiéndolo, tanteaban la groseza del muro de la

tal casa, y diseñaban el lugar más conveniente para hacer los guzpátaros

(que son agujeros) para facilitar la entrada. En resolución, dijo que

era la gente de más o de tanto provecho que había en su hermandad, y que

de todo aquello que por su industria se hurtaba llevaban el quinto, como

su Majestad de los tesoros; y que, con todo esto, eran hombres de mucha

verdad, y muy honrados, y de buena vida y fama, temerosos de Dios y de

sus conciencias, que cada día oían misa con extraña devoción....

--Y hay dellos tan comedidos, especialmente estos dos qué de aquí se van

agora, que se contentan con mucho menos de lo que por nuestros aranceles

les toca. Otros dos que hay son palanquines; los cuales, como por

momentos mudan casas, saben las entradas y salidas de todas las de la

ciudad, y cuáles pueden ser de provecho, y cuáles no.

--Todo me parece de perlas--dijo Rinconete---, y querría ser de algún

provecho a tan famosa cofradía.

--Siempre favorece el cielo a los buenos deseos--dijo Monipodio---.

Todos se vayan a sus puestos, y nadie se mude hasta el domingo, que nos

juntaremos en este mismo lugar y se repartirá todo lo que hubiere caído,

sin agraviar a nadie. A Rinconete el Bueno y a Cortadillo se les da por

distrito hasta el domingo desde la Torre del Oro, por defuera de la

ciudad, hasta el postigo del Alcázar, donde se puede trabajar a

sentadillas con sus flores; que yo he visto a otros de menos habilidad

que ellos salir cada día con más de veinte reales en menudos, amén de la

plata, con una baraja sola, y ésa, con cuatro naipes menos. Este

distrito os enseñará Ganchoso; y aunque os extendáis hasta San Sebastián

y San Telmo, importa poco, puesto que es justicia mera mixta que nadie

se entre en pertenencia de nadie.

Besáronle la mano los dos por la merced que se les hacía, y

ofreciéronse a hacer su oficio bien y fielmente, con toda diligencia y

recato.

Sacó en esto Monipodio un papel doblado de la capilla de la capa, donde

estaba la lista de los cofrades, y dijo a Rinconete que pusiese allí su

nombre y el de Cortadillo; mas porque no había tintero, le dió el papel

para que lo llevase, y en el primer boticario los escribiese, poniendo:

"Rinconete y Cortadillo, cofrades; noviciado, ninguno; Rinconete,

floreo; Cortadillo, bajón", y el día, mes y año, callando padres y

patria. Estando en esto, entró uno de los viejos abispones, y dijo:

--Vengo a decir a vuesas mercedes cómo agora topé en Gradas a Lóbulo el

de Málaga, y díceme que viene mejorado en su arte, de tal manera, que

con naipe limpio quitará el dinero al mismo Satanás; y que por venir

maltratado no viene luego a registrarse y a dar la sólita obediencia;

pero que el domingo será aquí sin falta.

--Siempre se me asentó a mí--dijo Monipodio--que este Lóbulo había de

ser único en su arte, porque tiene las mejores y más acomodadas manos

para ello que se pueden desear; que para ser uno buen oficial en su

oficio, tanto ha menester los buenos instrumentos con que le ejercita

como el ingenio con que le aprende.

--También topé--dijo el viejo--, en una casa de posadas, en la calle de

Tintores, al Judío, en hábito de clérigo, que se ha ido a posar allí,

por tener noticia que dos peruleros viven en la misma casa, y querría

ver si pudiese trabar juego con ellos, aunque fuese de poca cantidad;

que de allí podría venir a mucha. Dice también que el domingo no faltará

de la junta, y dará cuenta de su persona.

--Ese Judío también--dijo Monipodio--es gran sacre y tiene gran

conocimiento. Días ha que no le he visto, y no lo hace bien. Pues a fe

que si no se enmienda, que yo le deshaga la corona; que no tiene más

órdenes el ladrón que las tiene el Turco, ni sabe más latín que mi

madre. ¿Hay más de nuevo?

--No--dijo el viejo--; a lo menos, que yo sepa.

La Novela Picaresca · 第 4 / 9 段