En la venta del Molinillo, que está puesta en los fines de los famosos

campos de Alcudia, como vamos de Castilla a la Andalucía, un día de los

calurosos de verano se hallaron en ella acaso dos muchachos de hasta

edad de catorce a quince años; el uno ni el otro no pasaban de diez y

siete; ambos de buena gracia, pero muy descosidos, rotos y maltratados.

Capa, no la tenían; los calzones eran de lienzo, y las medias de carne;

bien es verdad que lo enmendaban los zapatos, porque los del uno eran

alpargates, tan traídos como llevados, y los del otro, picados y sin

suelas, de manera, que más le servían de cormas que de zapatos. Traía el

uno montera verde de cazador; el otro, un sombrero sin toquilla, bajo de

copa y ancho de falda. A la espalda, y ceñida por los pechos, traía el

uno una camisa de color de camuza, encerada, y recogida toda en una

manga; el otro venía escueto y sin alforjas, puesto que en el seno se

le parecía un gran bulto, que, a lo que después pareció, era un cuello

de los que llaman valones, almidonado con grasa, y tan deshilado de

roto, que todo parecía hilachas. Venían en él envueltos y guardados unos

naipes de figura ovada, porque de ejercitarlos se les habían gastado las

puntas, y porque durasen más, se las cercenaron y los dejaron de aquel

talle. Estaban los dos quemados del sol, las uñas caireladas, y las

manos no muy limpias; el uno tenía una media espada, y el otro, un

cuchillo de cachas amarillas, que los suelen llamar vaqueros.

Saliéronse los dos a sestear en un portal o cobertizo que delante de la

venta se hace, y sentándose frontero el uno del otro, el que parecía de

más edad dijo al más pequeño:

--¿De qué tierra es vuesa merced, señor gentilhombre, y para adónde

bueno camina?

--Mi tierra, señor caballero--respondió el preguntado--, no la sé, ni

para dónde camino tampoco.

--Pues en verdad--dijo el mayor--que no parece vuesa merced del cielo, y

que éste no es lugar para hacer su asiento en él; que por fuerza se ha

de pasar adelante.

--Así es--respondió el mediano--; pero yo he dicho verdad en lo que he

dicho; porque mi tierra no es mía, pues no tengo en ella más de un padre

que no me tiene por hijo y una madrastra que me trata como alnado; el

camino que llevo es a la ventura y allí le daría fin donde hallase

quien me diese lo necesario para pasar esta miserable vida.

--Y ¿sabe vuesa merced algún oficio?--preguntó el grande.

Y el menor respondió:

--No sé otro sino que corro como una liebre, y salto como un gamo, y

corto de tijera muy delicadamente.

--Todo eso es muy bueno, útil y provechoso--dijo el grande--; porque

habrá sacristán que le dé a vuesa merced la ofrenda de Todos Santos

porque para el Jueves Santo le corte florones de papel para el

monumento.

--No es mi corte desa manera--respondió el menor--, sino que mi padre,

por la misericordia del cielo, es sastre y calcetero, y me enseñó a

cortar antiparas, que, como vuesa merced sabe, son medias calzas con

avampiés, que por su propio nombre se suelen llamar polainas, y córtolas

tan bien, que en verdad que me podría examinar de maestro, sino que la

corta suerte me tiene arrinconado.

--Todo eso y más acontece por los buenos--respondió el grande--, y

siempre he oído decir que las buenas habilidades son las más perdidas;

pero aún edad tiene vuesa merced para enmendar su ventura. Mas si yo no

me engaño y el ojo no me miente, otras gracias tiene vuesa merced

secretas, y no las quiere manifestar.

--Sí tengo--respondió el pequeño--; pero no son para el público, como

vuesa merced ha muy bien apuntado.

A lo cual replicó el grande:

--Pues yo le sé decir que soy uno de los más secretos mozos que en gran

parte se pueden hallar; y para obligar a vuesa merced que descubra su

pecho y descanse conmigo, le quiero obligar con descubrirle el mío

primero; porque imagino que no sin misterio nos ha juntado aquí la

suerte, y pienso que habemos de ser, déste hasta el último día de

nuestra vida, verdaderos amigos. Yo, señor hidalgo, soy natural de la

Fuenfrida, lugar conocido y famoso por los ilustres pasajeros que por él

de contino pasan: mi nombre es Pedro del Rincón; mi padre es persona de

calidad, porque es ministro de la Santa Cruzada: quiero decir que es

bulero, o buldero, como los llama el vulgo. Algunos días le acompañé en

el oficio, y le aprendí de manera, que no daría ventaja en echar las

bulas al que más presumiese en ello; pero habiéndome un día aficionado

más al dinero de las bulas que a las mismas bulas, me abracé con un

talego, y di conmigo y con él en Madrid, donde, con las comodidades que

allí de ordinario se ofrecen, en pocos días saqué las entrañas al

talego, y le dejé con más dobleces que pañizuelo de desposado. Vino el

que tenía a cargo el dinero tras mí; prendiéronme; tuve poco favor;

aunque, viendo aquellos señores mi poca edad, se contentaron con que me

arrimasen al aldabilla y me mosqueasen las espaldas por un rato y con

que saliese desterrado por cuatro años de la Corte. Tuve paciencia,

encogí los hombros, sufrí la tanda y mosqueo, y salí a cumplir mi

destierro, con tanta priesa, que no tuve lugar de buscar cabalgaduras.

Tomé de mis alhajas las que pude y las que me parecieron más necesarias,

y entre ellas saqué estos naipes--y a este tiempo descubrió los que se

han dicho, que en el cuello traía--, con los cuales he ganado mi vida

por los mesones y ventas que hay desde Madrid aquí, jugando a la

veintiuna; y aunque vuesa merced los vee tan astrosos y maltratados,

usan de una maravillosa virtud con quien los entiende, que no alzará que

no quede un as debajo; y si vuesa merced es versado en este juego, verá

cuánta ventaja lleva el que sabe que tiene cierto un as a la primera

carta, que le puede servir de un punto y de once; que con esta ventaja,

siendo la veintiuna envidada, el dinero se queda en casa. Fuéra desto,

aprendí de un cocinero de un cierto embajador ciertas tretas de

quínolas, y del parar, a quien también llaman el andaboba, que así como

vuesa merced se puede examinar en el corte de sus antiparas, así puedo

yo ser maestro en la ciencia vilhanesca. Con esto voy seguro de no morir

de hambre; porque aunque llegue a un cortijo, hay quien quiera pasar

tiempo jugando un rato; y desto hemos de hacer luego la experiencia los

dos: armemos la red, y veamos si cae algún pájaro destos arrieros que

aquí hay: quiero decir que jugaremos los dos a la veintiuna, como si

fuese de veras; que si alguno quisiere ser tercero, él será el primero

que deje la pecunia.

--Sea en buen hora--dijo el otro--, y en merced muy grande tengo la que

vuesa merced me ha hecho en darme cuenta de su vida, con que me ha

obligado a que yo no le encubra la mía, que, diciéndola más breve, es

ésta: Yo nací en el piadoso lugar puesto entre Salamanca y Medina del

Campo: mi padre es sastre; enseñóme su oficio, y de corte de tisera, con

mi buen ingenio, salté a cortar bolsas. Enfadóme la vida estrecha del

aldea y el desamorado trato de mi madrastra; dejé mi pueblo, vine a

Toledo a ejercitar mi oficio, y en él he hecho maravillas; porque no

pende relicario de toca, ni hay faldriquera tan escondida, que mis dedos

no visiten, ni mis tiseras no corten, aunque le estén guardando con los

ojos de Argos. Y en cuatro meses que estuve en aquella ciudad, nunca fuí

cogido entre puertas, ni sobresaltado ni corrido de corchetes, ni

soplado de ningún cañuto; bien es verdad que habrá ocho días que una

espía doble dió noticia de mi habilidad al Corregidor, el cual,

aficionado a mis buenas partes, quisiera verme; mas yo, que, por ser

humilde, no quiero tratar con personas tan graves, procuré de no verme

con él, y así, salí de la ciudad con tanta priesa, que no tuve lugar de

acomodarme de cabalgaduras ni blancas, ni de algún coche de retorno, o,

por lo menos, de un carro.

--Eso se borre--dijo Rincón--; y pues ya nos conocemos, no hay para qué

aquesas grandezas ni altiveces: confesemos llanamente que no teníamos

blanca, ni aun zapatos.

--Sea así--respondió Diego Cortado, que así dijo el menor que se

llamaba--; y pues nuestra amistad, como vuesa merced, señor Rincón, ha

dicho, ha de ser perpetua, comencémosla con santas y loables ceremonias.

Y levantándose Diego Cortado abrazó a Rincón, y Rincón a él, tierna y

estrechamente, y luego se pusieron los dos a jugar a la veintiuna con

los ya referidos naipes, limpios de polvo y de paja, mas no de grasa y

malicia, y a pocas manos alzaba también por el as Cortado como Rincón,

su maestro.

Salió en esto un arriero a refrescarse al portal, y pidió que quería

hacer tercio. Acogiéronle de buena gana, y en menos de media hora le

ganaron doce reales y veinte y dos maravedís, que fue darle doce

lanzadas y veinte y dos mil pesadumbres. Y creyendo el arriero que por

ser muchachos no se lo defenderían, quiso quitalles el dinero; mas

ellos, poniendo el uno mano a su media espada, y el otro al de las

cachas amarillas, le dieron tanto que hacer, que a no salir sus

compañeros, sin duda lo pasara mal.

A esta sazón pasaron acaso por el camino una tropa de caminantes a

caballo, que iban a sestear a la venta del Alcalde, que está media legua

más adelante; los cuales, viendo la pendencia del arriero con los dos

muchachos, los apaciguaron, y les dijeron que si acaso iban a Sevilla,

que se viniesen con ellos.

--Allá vamos--dijo Rincón--, y serviremos a vuesas mercedes en todo

cuanto nos mandaren.

Y sin más detenerse saltaron delante de las mulas y se fueron con ellos,

dejando al arriero agraviado y enojado, y a la ventera admirada de la

buena crianza de los picaros: que les había estado oyendo su plática,

sin que ellos advirtiesen en ello; y cuando dijo al arriero que les

había oído decir que los naipes que traían eran falsos, se pelaba las

barbas, y quisiera ir a la venta tras ellos a cobrar su hacienda, porque

decía que era grandísima afrenta y caso de menos valer que dos muchachos

hubiesen engañado a un hombrazo tan grande como él. Sus compañeros le

detuvieron y aconsejaron que no fuese, siquiera por no publicar su

inhabilidad y simpleza. En fin, tales razones le dijeron, que aunque no

le consolaron, le obligaron a quedarse.

[Ilustración: "... poniendo el uno mano a su media espada, y el otro al

de las cachas amarillas...."]

En esto, Cortado y Rincón se dieron tan buena maña en servir a los

caminantes, que lo más del camino los llevaban a las ancas; y aunque se

les ofrecían algunas ocasiones de tentar las valijas de sus medios amos,

no las admitieron, por no perder la ocasión tan buena del viaje de

Sevilla, donde ellos tenían grande deseo de verse. Con todo esto, a

la entrada de la ciudad, que fué a la oración, y por la puerta de la

Aduana, a causa del registro y almojarifazgo que se paga, no se pudo

contener Cortado de no cortar la valija o maleta que a las ancas traía

un francés de la camarada; y así, con el de sus cachas le dió tan larga

y profunda herida, que se parecían patentemente las entrañas, y

sutilmente le sacó dos camisas buenas, un reloj de sol y un librillo de

memoria, cosas que cuando las vieron no les dieron mucho gusto, y

pensaron que pues el francés llevaba a las ancas aquella maleta, no la

había de haber ocupado con tan poco peso como era el que tenían aquellas

preseas, y quisieran volver a darle otro tiento; pero no lo hicieron,

imaginando que ya lo habrían echado menos, y puesto en recaudo lo que

quedaba.

Habíanse despedido antes que el salto hiciesen de los que hasta allí los

habían sustentado, y otro día vendieron las camisas en el malbaratillo

que se hace fuera de la puerta del Arenal, y dellas hicieron veinte

reales. Hecho esto, se fueron a ver la ciudad, y admiróles la grandeza y

suntuosidad de su mayor iglesia, el gran concurso de gente del río,

porque era en tiempo de cargazón de flota y había en él seis galeras,

cuya vista les hizo suspirar, y aun temer el día que sus culpas les

habían de traer a morar en ellas de por vida. Echaron de ver los muchos

muchachos de la esportilla que por allí andaban; informáronse de uno de

ellos qué oficio era aquél, y si era de mucho trabajo, y de qué

ganancia. Un muchacho asturiano, que fué a quien le hicieron la

pregunta, respondió que el oficio era descansado y de que no se pagaba

alcabala, y que algunos días salía con cinco y con seis reales de

ganancia, con que comía y bebía, y triunfaba como cuerpo de rey, libre

de buscar amo a quien dar fianzas y seguro de comer a la hora que

quisiese, pues a todas lo hallaba en el más mínimo bodegón de toda la

ciudad.

No les pareció mal a los dos amigos la relación del asturianillo, ni les

descontentó el oficio, por parecerles que venía como de molde para poder

usar el suyo con cubierta y seguridad, por la comodidad, que ofrecía de

entrar en todas las casas; y luego determinaron de comprar los

instrumentos necesarios para usalle, pues lo podían usar sin examen. Y

preguntándole al asturiano qué habían de comprar, les respondió que

sendos costales pequeños, limpios o nuevos, y cada uno tres espuertas de

palma, dos grandes y una pequeña, en las cuales se repartía la carne,

pescado y fruta, y en el costal, el pan; y él les guió donde lo vendían,

y ellos, del dinero de la galima del francés, lo compraron todo, y

dentro de dos horas pudieran estar graduados en el nuevo oficio, según

les ensayaban las esportillas y asentaban los costales. Avisóles su

adalid de los puestos donde habían de acudir: por las mañanas, a la

Carnicería y a la plaza de San Salvador; los días de pescado, a la

Pescadería y a la Costanilla; todas las tardes, al río; los jueves, a la

Feria.

Toda esta lición tomaron bien de memoria, y otro día bien de mañana se

plantaron en la plaza de San Salvador, y apenas hubieron llegado, cuando

los rodearon otros mozos del oficio, que por lo flamante de los costales

y espuertas vieron ser nuevos en la plaza; hiciéronles mil preguntas, y

a todas respondían con discreción y mesura. En esto llegaron un medio

estudiante y un soldado, y convidados de la limpieza de las espuertas de

los dos novatos, el que parecía estudiante llamó a Cortado, y el soldado

a Rincón.

--En nombre sea de Dios--dijeron ambos.

--Para bien se comience el oficio--dijo Rincón--; que vuesa merced me

estrena, señor mío.

A lo cual respondió el soldado:

--La estrena no será mala; porque estoy de ganancia, y soy enamorado, y

tengo de hacer hoy banquete a unas amigas de mi señora.

--Pues cargue vuesa merced a su gusto; que ánimo tengo y fuerzas para

llevarme toda esta plaza, y aun si fuere menester que ayude a guisarlo,

lo haré de muy buena voluntad.

Contentóse el soldado de la buena gracia del mozo, y díjole que si

quería servir, que él le sacaría de aquel abatido oficio; a lo cual

respondió Rincón que, por ser aquel día el primero que le usaba, no le

quería dejar tan presto, hasta ver, a lo menos, lo que tenía de malo y

bueno; y cuando no le contentase, él daba su palabra de servirle a él

antes que a un canónigo.

Rióse el soldado, cargóle muy bien, mostróle la casa de su dama para que

la supiese de allí adelante y él no tuviese necesidad, cuando otra vez

le enviase, de acompañarle. Rincón prometió fidelidad y buen trato;

dióle el soldado tres cuartos, y en un vuelo volvió a la plaza, por no

perder coyuntura; porque también desta diligencia les advirtió el

asturiano, y de que cuando llevasen pescado menudo, conviene a saber,

albures, o sardinas, o acedías, bien podían tomar algunas y hacerles la

salva, siquiera para el gasto de aquel día; pero que esto había de ser

con toda sagacidad y advertimiento, porque no se perdiese el crédito,

que era lo que más importaba en aquel ejercicio.

Por presto que volvió Rincón, ya halló en el mismo puesto a Cortado.

Llegóse Cortado a Rincón, y preguntóle que cómo le había ido. Rincón

abrió la mano, y mostróle los tres cuartos. Cortado entró la suya en el

seno, y sacó una bolsilla, que mostraba haber sido de ámbar en los

pasados tiempos; venía algo hinchada, y dijo:

--Con ésta me pagó su reverencia del estudiante, y con dos cuartos; mas

tomadla vos, Rincón, por lo que puede suceder.

Y habiéndosela ya dado secretamente, veis aquí do vuelve el estudiante

trasudando y turbado de muerte, y viendo a Cortado, le dijo si acaso

había visto una bolsa de tales y tales señas, que, con quince escudos de

oro en oro y con tres reales de a dos y tantos maravedís en cuartos y en

ochavos, le faltaba, y que le dijese si la había tomado en el entretanto

que con él había andado comprando. A lo cual, con extraño disimulo, sin

alterarse ni mudarse en nada, respondió Cortado:

--Lo que yo sabré decir desa bolsa es que no debe de estar perdida, si

ya no es que vuesa merced la puso a mal recaudo.

--¡Eso es ello, pecador de mí--respondió el estudiante---: que la debí

de poner a mal recaudo, pues me la hurtaron!

--Lo mismo digo yo--dijo Cortado---; pero para todo hay remedio, si no

es para la muerte, y el que vuesa merced podrá tomar es, lo primero y

principal, tener paciencia; que de menos nos hizo Dios, y un día viene

tras otro día, y donde las dan las toman, y podría ser que, con el

tiempo, el que llevó la bolsa se viniese a arrepentir, y se la volviese

a vuesa merced sahumada.

--El sahumerio le perdonaríamos--respondió el estudiante.

Y Cortado prosiguió, diciendo:

--Cuanto más, que cartas de descomunión hay, paulinas, y buena

diligencia, que es madre de la buena ventura; aunque, a la verdad, no

quisiera yo ser el llevador de tal bolsa, porque si es que vuesa merced

tiene alguna orden sacra, parecermehía a mí que había cometido algún

grande incesto, o sacrilegio.

--Y ¡cómo que ha cometido sacrilegio!--dijo a esto el adolorido

estudiante---: que puesto que yo no soy sacerdote, sino sacristán de

unas monjas, el dinero de la bolsa era del tercio de una capellanía, que

me dio a cobrar un sacerdote amigo mío, y es dinero sagrado y bendito.

---Con su pan se lo coma--dijo Rincón a este punto---: no le arriendo la

ganancia; día de juicio hay, donde todo saldrá en la colada, y entonces

se verá quién fué Callejas, y el atrevido que se atrevió a tomar, hurtar

y menoscabar el tercio de la capellanía. Y ¿cuánto renta cada año?

Dígame, señor sacristán, por su vida.

--Y ¿estoy yo agora para decir lo que renta?--respondió el sacristán con

algún tanto de demasiada cólera---. Decidme, hermano, si sabéis algo; si

no, quedad con Dios; que yo la quiero hacer pregonar.

--No me parece mal remedio ése--dijo Cortado---; pero advierta vuesa

merced no se le olviden las señas de la bolsa, ni la cantidad

puntualmente del dinero que va en ella; que si yerra en un ardite, no

parecerá en días del mundo, y esto le doy por hado.

--No hay que temer deso--respondió el sacristán---; que lo tengo más en

la memoria que el tocar de las campanas: no me erraré en un átomo.

Sacó, en esto, de la faltriquera un pañuelo randado, para limpiarse el

sudor, que llovía de su rostro como de alquitara, y apenas le hubo visto

Cortado, cuando le marcó por suyo; y habiéndose ido el sacristán,

Cortado le siguió y le alcanzó en las Gradas, donde le llamó y le retiró

a una parte, y allí le comenzó a decir tantos disparates, al modo de los

que llaman bernardinas, cerca del hurto y hallazgo de su bolsa, dándole

buenas esperanzas, sin concluir jamás razón que comenzase, que el pobre

sacristán estaba embelesado escuchándole; y como no acababa de entender

lo que le decía, hacía que le replicase la razón dos y tres veces.

Estábale mirando Cortado a la cara atentamente, y no quitaba los ojos de

sus ojos; el sacristán le miraba de la misma manera, estando colgado de

sus palabras. Este tan grande embelesamiento dió lugar a Cortado que

concluyese su obra, y sutilmente le sacó el pañuelo de la faldriquera, y

despidiéndose del, le dijo que a la tarde procurase de verle en aquel

mismo lugar, porque él traía entre ojos que un muchacho de su mismo

oficio y de su mismo tamaño, que era algo ladroncillo, le había tomado

la bolsa, y que él se obligaba a saberlo, dentro de pocos o de muchos

días.

Con esto se consoló algo el sacristán, y se despidió de Cortado, el cual

se vino donde estaba Rincón, que todo lo había visto un poco apartado

dél; y más abajo estaba otro mozo de la esportilla, que vió todo lo que

había pasado y como Cortado daba el pañuelo a Rincón, y llegándose a

ellos, les dijo:

--Díganme, señores galanes: ¿voacedes son de mala entrada, o no?

--No entendemos esa razón, señor galán--respondió Rincón.

--¿Que no entrevan, señores murcios?--respondió el otro.

--No somos de Teba ni de Murcia--dijo Cortado---; si otra cosa quiere,

dígala; si no, váyase con Dios.

--¿No lo entienden?--dijo el mozo---. Pues yo se lo daré a entender, y a

beber, con una cuchara de plata: quiero decir, señores, si son vuesas

mercedes ladrones. Mas no sé para qué les pregunto esto, pues sé ya que

lo son. Mas díganme: ¿cómo no han ido a la aduana del señor Monipodio?

--¿Págase en esta tierra almojarifazgo de ladrones, señor galán?--dijo

Rincón.

--Si no se paga--respondió el mozo---, a lo menos, regístranse ante el

señor Monipodio, que es su padre, su maestro y su amparo; y así, les

aconsejo que vengan conmigo a darle la obediencia, o si no, no se

atrevan a hurtar sin su señal, que les costará caro.

--Yo pensé--dijo Cortado--que el hurtar era oficio libre, horro de pecho

y alcabala, y que si se paga, es por junto, dando por fiadores a la

garganta y a las espaldas; pero pues así es, y en cada tierra hay su

uso, guardemos nosotros el désta, que por ser la más principal del

mundo, será el más acertado de todo él; y así, puede vuesa merced

guiarnos donde está ese caballero que dice; que ya yo tengo barruntos,

según lo que he oído decir, que es muy calificado y generoso, y además

hábil en el oficio.

--Y ¡cómo que es calificado, hábil y suficiente!--respondió el mozo---.

Eslo tanto, que en cuatro años que ha que tiene el cargo de ser nuestro

mayor y padre, no han padecido sino cuatro en el _finibusterrae_, y obra

de treinta envesados, y de sesenta y dos en gurapas.

--En verdad, señor--dijo Rincón---, que así entendemos esos nombres como

volar.

--Comencemos a andar; que yo los iré declarando por el camino--respondió

el mozo---, con otros algunos, que así les conviene saberlos como el pan

de la boca.

Y así, les fue diciendo y declarando otros nombres de los que ellos

llaman _germanescos_ o _de la germanía_, en el discurso de su plática,

que no fue corta, porque el camino era largo. En el cual dijo Rincón a

su guía:

--¿Es vuesa merced por ventura ladrón?

--Sí--respondió él---, para servir a Dios y a las buenas gentes, aunque

no de los muy cursados; qué todavía estoy en el año del noviciado.

A lo cual respondió Cortado:

--Cosa nueva es para mí que haya ladrones en el mundo para servir a

Dios y a la buena gente.

A lo cual respondió el mozo:

--Señor, yo no me meto en tologías; lo que sé es que cada uno en su

oficio puede alabar a Dios, y más con la orden que tiene dada Monipodio

a todos sus ahijados.

--Sin duda--dijo Rincón---, debe de ser buena y santa, pues hace que los

ladrones sirvan a Dios.

--Es tan santa y buena--replicó el mozo---, que no sé yo si se podrá

mejorar en nuestro arte. El tiene ordenado que de lo que hurtáremos

demos alguna cosa o limosna para el aceite de la lámpara de una imagen

muy devota que está en esta ciudad, y en verdad que hemos visto grandes

cosas por esta buena obra; porque los días pasados dieron tres ansias a

un cuatrero que había murciado dos roznos, y con estar flaco y

cuartanario, así las sufrió sin cantar como si fueran nada; y esto

atribuimos los del arte a su buena devoción, porque sus fuerzas no eran

bastantes para sufrir el primer desconcierto del verdugo. Y porque sé

que me han de preguntar algunos vocablos de los que he dicho, quiero

curarme en salud y decírselo antes que me lo pregunten. Sepan voacedes

que _cuatrero_ es ladrón de bestias; _ansia_ es el tormento; _roznos_,

los asnos, hablandlo con perdón; _primer desconcierto_ es las primeras

vueltas de cordel que da el verdugo. Tenemos más: que rezamos nuestro

rosario, repartido en toda la semana, y muchos de nosotros no hurtamos

el día del viernes, ni tenemos conversación con mujer que se llame María

el día del sábado.

--De perlas me parece todo eso--dijo Cortado---; pero dígame vuesa

merced: ¿hácese otra restitución o otra penitencia más de la dicha?

--En eso de restituir no hay que hablar--respondió el mozo---, porque es

cosa imposible, por las muchas partes en que se divide lo hurtado,

llevando cada uno de los ministros y contrayentes la suya; y así, el

primer hurtador no puede restituir nada; cuanto más que no hay quien nos

mande hacer esta diligencia, a causa que nunca nos confesamos, y si

sacan cartas de excomunión, jamás llegan a nuestra noticia, porque jamás

vamos a la iglesia al tiempo que se leen, si no es los días de jubileo,

por la ganancia que nos ofrece el concurso de la mucha gente.

--Y ¿con solo eso que hacen, dicen esos señores--dijo Cortadillo--que

su vida es santa y buena?

--Pues ¿qué tiene de malo?--replicó el mozo---. ¿No es peor ser hereje,

o renegado, o matar a su padre y madre?

--Todo es malo--replicó Cortado---. Pero pues nuestra suerte ha querido

que entremos en esta cofradía, vuesa merced alargue el paso; que muero

por verme con el señor Monipodio, de quien tantas virtudes se cuentan.

--Presto se les cumplirá su deseo--dijo el mozo---; que ya desde aquí

se descubre su casa. Vuesas mercedes se queden a la puerta; que yo

entraré a ver si está desocupado, porque éstas son las horas cuando él

suele dar audiencia.

--En buena sea--dijo Rincón.

La Novela Picaresca · 第 3 / 9 段