una noche y aun más, si es menester, sin comer."
"Vivirás más y más sano", me respondió. "Porque, como decíamos hoy, no
hay tal cosa en el mundo para vivir mucho que comer poco."
"Si por esa vía es, dije entre mí, nunca yo moriré, que siempre he
guardado esa regla por fuerza y aun espero en mi desdicha tenella toda
mi vida."
Y acostóse en la cama, poniendo por cabecera las calzas y el jubón. Y
mandóme echar a sus pies, lo cual yo hice. Mas, ¡maldito el sueño que yo
dormí! Porque las cañas y mis salidos huesos en toda la noche dejaron de
rifar y encenderse; que con mis trabajos, males y hambre, pienso que en
mi cuerpo no había libra de carne, y también como aquel día no había
comido casi nada, rabiaba de hambre, la cual con el sueño no tenía
amistad.
La mañana venida, levántamenos, y comienza a limpiar y sacudir sus
calzas y jubón y sayo y capa. ¡Y yo que le servía de pelillo! Y vístese
muy a su placer de espacio. Échele aguamanos, peinóse, y puso su espada
en el talabarte, y al tiempo que la ponía díjome:
"¡Oh, si supieses, mozo, qué pieza es ésta! No hay marco de oro en el
mundo por que yo la diese. Mas ansí, ninguna de cuantas Antonio hizo,
no acertó a ponelle los aceros tan presitos como ésta los tiene." Y
sacóla de la vaina y tentóla con los dedos, diciendo:
"¿Vesla aquí? Yo me obligo con ella cercenar un copo de lana."
Y yo dije entre mí: "Y yo con mis dientes, aunque no son de acero, un
pan de cuatro libras."
Tornóla a meter y ciñósela, y un sartal de cuentas gruesas del
talabarte. Y con un paso sosegado y el cuerpo derecho, haciendo con él y
con la cabeza muy gentiles meneos, echando el cabo de la capa sobre el
hombro y a veces so el brazo, y poniendo la mano derecha en el costado,
salió por la puerta, diciendo:
"Lázaro, mira por la casa en tanto que voy a oír misa, y haz la cama y
ve por la vasija de agua al río, que aquí bajo está, y cierra la puerta
con llave no nos hurten algo, y ponía aquí al quicio, porque si yo
viniere en tanto pueda entrar."
Y súbese por la calle arriba con tan gentil semblante y continente, que
quien no le conosciera pensara ser muy cercano pariente del Conde
Alarcos, o a lo menos camarero que le daba de vestir.
[Ilustración: "...que quien no le conosciera pensara ser muy cercano
pariente del Conde Alarcos..."]
"¡Bendito seáis vos, Señor, quedé yo diciendo, que dais la enfermedad y
ponéis el remedio! ¿Quién encontrará a aquel mi señor, que no piense,
según el contento de sí lleva, haber anoche bien cenado y dormido en
buena cama y, aunque agora es de mañana, no le cuenten por muy bien
almorzado? ¡Grandes secretos son, Señor, los que vos hacéis y las gentes
ignoran! ¿A quién no engañará aquella buena disposición y razonable capa
y sayo? ¿Y quién pensará que aquel gentil hombre se pasó ayer todo el
día sin comer, con aquel mendrugo de pan que su criado Lázaro trujo un
día y una noche en el arca de su seno, do no se le podía pegar mucha
limpieza, y hoy, lavándose las manos y cara, a falta de paño de manos se
hacía servir de la halda del sayo? Nadie por cierto lo sospechará. ¡Oh
Señor, y cuántos de aquestos debéis vos tener por el mundo derramados,
que padescen por la negra que llaman honra, lo que por vos no
sufrirían!"
Ansí estaba yo a la puerta, mirando y considerando estas cosas y otras
muchas, hasta que el señor mi amo traspuso la larga y angosta calle. Y
como le vi trasponer, tórneme a entrar en casa, y en un credo la anduve
toda, alto y bajo, sin hacer represa ni hallar en qué. Hago la negra
dura cama y tomo el jarro y doy comigo en el río, donde en una huerta vi
a mi amo en gran recuesta con dos rebozadas mujeres.
Yo, que estaba comiendo ciertos tronchos de berzas, con los cuales me
desayuné, con mucha diligencia, como mozo nuevo, sin ser visto de mi
amo, torné a casa. De la cual pensé barrer alguna parte, que era bien
menester; mas no hallé con qué. Páseme a pensar qué haría y parescióme
esperar a mi amo hasta que el día demediase y si viniese y por ventura
trajese algo que comiésemos; mas en vano fué mi experiencia.
Desque vi ser las dos y no venía y la hambre me aquejaba, cierro mi
puerta y pongo la llave do mandó y tornóme a mi menester. Con baja y
enferma voz e inclinadas mis manos en los senos, puesto Dios ante mis
ojos y la lengua en su nombre, comienzo a pedir pan por las puertas y
casas más grandes que me parecía. Mas, como yo este oficio con el gran
maestro, el ciego, lo aprendí, tan suficiente discípulo salí, que,
aunque en este pueblo no había caridad ni el año fuese muy abundante,
tan buena maña me di que, antes que el reloj diese las cuatro, ya yo
tenía otras tantas libras de pan ensiladas en el cuerpo, y más de otras
dos en las mangas y senos. Volvíme a la posada, y al pasar por la
tripería pedí a una de aquellas mujeres y dióme un pedazo de uña de vaca
con otras pocas de tripas cocidas.
Cuando llegué a casa, ya el bueno de mi amo estaba en ella, doblada su
capa y puesta en el poyo, y él paseándose por el patio. Como entro,
vínose para mí. Pensé que me quería reñir la tardanza; más mejor lo hizo
Dios.
Preguntóme dó venía.
Yo le dije:
"Señor, hasta que dió las dos estuve aquí y, de que vi que vuestra
merced no venía, fuíme por esa ciudad a encomendarme a las buenas
gentes, y hanme dado esto que veis."
Mostróle el pan y las tripas, que en un cabo de la halda traía, a la
cual él mostró buen semblante, y dijo:
"Pues, esperado te he a comer y, de que vi que no veniste, comí. Mas tú
haces como hombre de bien en eso, que más vale pedillo por Dios, que no
hurtallo, y ansí El me ayude, como ello me paresce bien, y solamente te
encomiendo no sepan que vives comigo, por lo que toca a mi honra. Aunque
bien creo que será secreto, según lo poco que en este pueblo soy
conoscido. ¡Nunca a él yo hubiera de venir!"
"De eso pierda, señor, cuidado, le dije yo, que maldito aquel que
ninguno tiene de pedirme esa cuenta ni yo de dalla."
"Agora, pues, come, pecador; que, si a Dios place, presto nos veremos
sin necesidad. Aunque te digo que, después que en esta casa entré, nunca
bien me ha ido. Debe ser de mal suelo; que hay casas desdichadas y de
mal pie, que a los que viven en ellas pegan la desdicha. Esta debe de
ser sin dubda de ellas; mas yo te prometo, acabado el mes, no quede en
ella, aunque me la den por mía."
Sentóme al cabo del poyo y, porque no me tuviese por glotón, callé la
merienda; y comienzo a cenar y morder en mis tripas y pan, y
disimuladamente miraba al desventurado señor mío, que no partia sus ojos
de mis faldas, que aquella sazón servían de plato. Tanta lástima haya
Dios de mí como yo había del, porque sentí lo que sentía, y muchas veces
había por ello pasado y pasaba cada día. Pensaba si sería bien comedirme
a convidalle; mas, por me haber dicho que había comido, temíame no
aceptaría el convite. Finalmente, yo deseaba aquel pecador ayudase a su
trabajo del mío y se desayunase como el día antes hizo, pues había mejor
aparejo, por ser mejor la vianda y menos mi hambre.
Quiso Dios cumplir mi deseo y aun pienso que el suyo; porque, como
comencé a comer y él se andaba paseando, llegóse a mí y díjome:
"Dígote, Lázaro, que tienes en comer la mejor gracia que en mi vida vi a
hombre, y que nadie te lo verá hacer, que no le pongas gana, aunque no
la tenga."
"La muy buena que tú tienes, dije yo entre mí te hace parescer la mía
hermosa."
Con todo, parescióme ayudarle, pues se ayudaba y me abría camino para
ello, y díjele:
"Señor, el buen aparejo hace buen artífice. Este pan está sabrosísimo, y
esta uña de vaca tan bien cocida y sazonada, que no habrá a quien no
convide con su sabor."
"¿Uña de vaca es?"
"Sí, señor."
"Dígote que es el mejor bocado del mundo, y que no hay faisán que ansí
me sepa."
"Pues pruebe, señor, y verá qué tal está."
Póngole en las uñas la otra, y tres o cuatro raciones de pan, de lo más
blanco. Y asentóseme al lado y comienza a comer como aquel que lo había
gana, royendo cada huesecillo de aquellos mejor que un galgo suyo lo
hiciera.
"Con almodrote, decía, es este singular manjar."
"Con mejor salsa lo comes tú", respondí yo paso.
"Por Dios, que me ha sabido como si hoy no hobiera comido bocado."
"¡Ansí me vengan los buenos años como es ello!", dije yo entre mí.
Pidióme di jarro del agua y díselo como lo había traído. Es señal que,
pues no le faltaba el agua, que no le había a mi amo sobrado la comida.
Bebimos y muy contentos nos fuimos a dormir como la noche pasada.
Y por evitar prolijidad, desta manera estuvimos ocho o diez días,
yéndose el pecador en la mañana con aquel contento y paso contado a
papar aire por las calles, teniendo en el pobre Lázaro una cabeza de
lobo.
Contemplaba yo muchas veces mi desastre, que, escapando de los amos
ruines que había tenido y buscando mejoría, viniese a topar con quien,
no sólo no me mantuviese, mas a quien yo había de mantener. Con todo, le
quería bien, con ver que no tenía ni podía más. Y antes le había lástima
que enemistad. Y muchas veces, por llevar a la posada con que él lo
pasase, yo lo pasaba mal.
Pues, estando yo en tal estado, pasando la vida que digo, quiso mi mala
fortuna, que de perseguirme no era satisfecha, que en aquella trabajada
y vergonzosa vivienda no durase. Y fue, como el año en esta tierra fuese
estéril de pan, acordaron el ayuntamiento que todos los pobres
extranjeros se fuesen de la ciudad, con pregón que el que de allí
adelante topasen, fuese punido con azotes. Y así, ejecutando la ley,
desde ha cuatro días que el pregón se dio, vi llevar una procesión de
pobres azotando por las Cuatro Calles. Lo cual me puso tan gran espanto,
que nunca osé desmandarme a demandar.
Aquí viera, quien vello pudiera, la abstinencia de mi casa y la tristeza
y silencio de los moradores, tanto que nos acaesció estar dos o tres
días sin comer bocado ni hablar palabra. A mí diéronme la vida unas
mujercillas hilanderas de algodón, que hacían bonetes y vivían par de
nosotros, con las cuales yo tuve vecindad y conocimiento; que de la
laceria que les traían, me daban alguna cosilla, con la cual muy pasado
me pasaba.
Y no tenía tanta lástima de mí, como del lastimado de mi amo, que en
ocho días maldito el bocado que comió. A lo menos en casa bien lo
estuvimos sin comer. No sé yo cómo o dónde andaba y qué comía. ¡Y velle
venir a medio día la calle abajo, con estirado cuerpo, más largo que
galgo de buena casta! Y por lo que toca a su negra, que dicen honra,
tomaba una paja, de las que aun asaz no había en casa, y salía a la
puerta escarbando los dientes, que nada entre sí tenían, quejándose
todavía de aquel mal solar, diciendo:
"Malo está de ver, que la desdicha desta vivienda lo hace. Como ves, es
lóbrega, triste, oscura. Mientras aquí estuviéremos, hemos de padecer.
Ya deseo que se acabe este mes por salir della."
Pues, estando en esta afligida y hambrienta persecución, un día, no sé
por cuál dicha o ventura, en el pobre poder de mi amo entró un real. Con
el cual él vino a casa tan ufano como si tuviera el tesoro de Venecia, y
con gesto muy alegre y risueño me lo dio, diciendo:
"Toma, Lázaro, que Dios ya va abriendo su mano. Ve a la plaza y merca
pan y vino y carne: ¡quebremos el ojo al diablo! Y más te hago saber,
porque te huelgues: que he alquilado otra casa y en esta desastrada no
hemos de estar más de en cumpliendo el mes. ¡Maldita sea ella y el que
en ella puso la primera teja, que con mal en ella entré! Por nuestro
Señor, cuanto ha que en ella vivo, gota de vino ni bocado de carne no he
comido ni he habido descanso ninguno; mas, ¡tal vista tiene y tal
oscuridad y tristeza! Ve y ven presto, y comamos hoy como condes,"
Tomo mi real y jarro, y a los pies dándoles priesa, comienzo a subir mi
calle encaminando mis pasos para la plaza, muy contento y alegre. Mas
¿qué me aprovecha, si está constituido en mi triste fortuna que ningún
gozo me venga sin zozobra? Y ansí fue éste, porque yendo la calle
arriba, echando mi cuenta en lo que le emplearía que fuese mejor y más
provechosamente gastado, dando infinitas gracias a Dios que a mi amo
habla hecho con dinero, a deshora me vino al encuentro un muerto, que
por la calle abajo muchos clérigos y gente en unas andas traían.
Arrímeme a la pared por darles lugar y, desque el cuerpo pasó, venía
luego a la par del lecho una que debía ser mujer del difunto, cargada de
luto, y con ella otras muchas mujeres; la cual iba llorando a grandes
voces y diciendo:
"Marido y señor mío, ¿adonde os me llevan? ¡A la casa triste y
desdichada, a la casa lóbrega y oscura, a la casa donde nunca comen ni
beben!"
Yo que aquello oí, júnteseme el cielo con la tierra, y dije:
"¡Oh desdichado de mí! Para mi casa llevan este muerto,"
Dejo el camino que llevaba y hendí por medio de la gente, y vuelvo por
la calle abajo a todo el más correr que pude para mi casa. Y entrando en
ella cierro a grande priesa, invocando el auxilio y favor de mi amo,
abrazándome del, que me venga ayudar y a defender la entrada. El cual,
algo alterado, pensando que fuese otra cosa, me dijo:
"¿Qué es eso, mozo? ¿Qué voces das? ¿Qué has? ¿Por qué cierras la puerta
con tal furia?"
"¡Oh señor, dije yo, acuda aquí, que nos traen acá un muerto!"
"¿Cómo así?", respondió él.
"Aquí arriba lo encontré, y venía diciendo su mujer:
"Marido y señor mío, ¿adonde os llevan? ¡A la casa lóbrega y oscura, a
la casa triste y desdichada, a la casa donde nunca comen ni beben I Acá,
señor, nos le traen."
Y ciertamente, cuando mi amo esto oyó, aunque no tenía por qué estar muy
risueño, rió tanto, que muy gran rato estuvo sin poder hablar. En este
tiempo tenía yo echada la aldaba a la puerta y puesto el hombro en ella
por más defensa. Pasó la gente con su muerto, y yo todavía me recelaba
que nos le habían de meter en casa. Y desque fué ya más harto de reír
que de comer el bueno de mi amo, díjome:
"Verdad es, Lázaro; según la viuda lo va diciendo, tú tuviste razón de
pensar lo que pensaste; mas, pues Dios lo ha hecho mejor y pasan
adelante, abre, abre y ve por de comer."
"Déjalos, señor, acaben de pasar la calle", dije yo.
Al fin vino mi amo a la puerta de la calle, y ábrela, esforzándome, que
bien era menester, según el miedo y alteración, y me tornó a encaminar.
Mas, aunque comimos bien aquel día, maldito el gusto yo tomaba en ello,
ni en aquellos tres días torné en mi color. Y mi amo muy risueño todas
las veces que se le acordaba aquella mi consideración.
De esta manera estuve con mi tercero y pobre amo, que fue este escudero,
algunos días, y en todos deseando saber la intención de su venida y
estada en esta tierra. Porque, desde el primer día que con él asenté, le
conoscí ser extranjero, por el poco conoscimiento y trato que con los
naturales della tenía.
Al fin se cumplió mi deseo y supe lo que deseaba; porque un día que
habíamos comido razonablemente y estaba algo contento, contóme su
hacienda y díjome ser de Castilla la Vieja, y que había dejado su tierra
no más de por no quitar el bonete a un caballero su vecino.
"Señor; dije yo, si él era lo que decís y tenía más que vos, ¿no
errábades en no quitárselo primero, pues decís que él también os lo
quitaba?"
"Sí es, y sí tiene, y también me lo quitaba él a mí; mas, de cuantas
veces yo se le quitaba primero, no fuera malo comedirse él alguna y
ganarme por la mano."
"Parésceme, señor, le dije yo, que en eso no mirara, mayormente con mis
mayores que yo y que tienen más."
"Eres mochacho, me respondió, y no sientes las cosas de la honra, en que
el día de hoy está todo el caudal de los hombres de bien. Pues te hago
saber que yo soy, como ves, un escudero; mas ¡vótote a Dios!, si al
conde topo en la calle y no me quita muy bien quitado del todo el
bonete, que otra vez que venga me sepa yo entrar en una casa fingiendo
yo en ella algún negocio, o atravesar otra calle si la hay, antes que
llegue a mí, por no quitárselo. Que un hidalgo no debe a otro que a Dios
y al Rey nada, ni es justo, siendo hombre de bien, se descuide un punto
de tener en mucho su persona.
Acuerdóme que un día deshonré en mi tierra a un oficial y quise poner en
él las manos, porque cada vez que le topaba me decía:
"Mantenga Dios a vuestra merced."
Vos, ¡don villano ruin!, le dije yo, ¿por qué no sois biencriado?
¿"Manténgaos Dios", me habéis de decir, como si fuese quienquiera?
De allí adelante, de aquí acullá me quitaba el bonete y hablaba como
debía.
"¿Y no es buena manera de saludar un hombre a otro, dije yo, decirle que
le mantenga Dios?"
"¡Mirá mucho de enhoramala!", dijo él, a los hombres de poca arte dicen
eso; mas a los más altos, como yo, no les han de hablar menos de: "Beso
las manos de vuestra merced", o por lo menos: "Bésoos, señor, las
manos", si el que me habla es caballero. Y ansí, aquel de mi tierra, que
me atestaba de mantenimiento, nunca más le quise sufrir, ni sufriría, ni
sufriré a hombre del mundo de el rey abajo, que: "Manténgaos Dios", me
diga."
"¡Pecador de mí!, dije yo, por eso tiene tan poco cuidado de
mantenerte, pues no sufres que nadie se lo ruegue."
"Mayormente, dijo, que no soy tan pobre que no tengo en mi tierra un
solar de casas, que a estar ellas en pie y bien labradas, diez y seis
leguas de donde nací, en aquella costanilla de Valladolid, valdrían más
de docientas veces mil maravedís, según se podrían hacer grandes y
buenas. Y tengo un palomar, que a no estar derribado como está, daría
cada año más de docientos palominos. Y otras cosas, que me callo, que
dejé por lo que tocaba a mi honra."
"Y vine a esta ciudad, pensando que hallaría un buen asiento; mas no me
ha sucedido como pensé. Canónigos y señores de la iglesia, muchos hallo;
mas es gente tan limitada, que no los sacarán de su paso todo el mundo.
Caballeros de media talla también me ruegan; mas servir con éstos es
gran trabajo. Porque de hombre os habéis de convertir en malilla, y si
no, "Andá con Dios", os dicen. Y las más veces son los pagamentos a
largos plazos, y las más y las más ciertas comido por servido."
"Ya, cuando quieren reformar consciencia y satisfaceros vuestros sudores,
sois librados en la recámara en un sudado jubón o raída capa o sayo, ya,
cuando asienta un hombre con un señor de título, todavía pasa su
laceria. Pues, ¿por ventura no hay en mí habilidad para servir y
contentar a éstos? Por Dios, si con él topase, muy gran su privado
pienso que fuese y que mil servicios le hiciese, porque yo sabría
mentille tan bien como otro y agradalle a las mil maravillas."
"Reílle ya mucho sus donaires y costumbres, aunque no fuesen las mejores
del mundo. Nunca decirle cosa que le pesase, aunque mucho le cumpliese.
Ser muy diligente en su persona, en dicho y hecho. No me matar por no
hacer bien las cosas que él no había de ver; y ponerme a reñir, donde lo
oyese, con la gente de servicio, porque pareciese tener gran cuidado de
lo que a él tocaba. Si riñese con algún su criado, dar unos puntillos
agudos para le encender la ira y que pareciesen, en favor de el culpado.
Decirle bien de lo que bien le estuviese y, por el contrario, ser
malicioso, mofador, malsinar a los de casa y a los de fuera, pesquisar y
procurar de saber vidas ajenas para contárselas, y otras muchas galas de
esta calidad, que hoy día se usan en palacio y a los señores dél parecen
bien."
"Y no quieren ver en sus casas hombres virtuosos; antes los aborrescen y
tienen en poco y llaman nescios, y que no son personas de negocios ni
con quien el señor se puede descuidar. Y con éstos los astutos usan,
como digo, el día de hoy, de lo que yo usaría; mas no quiere mi ventura
que le halle."
Desta manera lamentaba también su adversa fortuna mi amo, dándome
relación de su persona valerosa.
Pues, estando en esto, entró por la puerta un hombre y una vieja. El
hombre le pide el alquiler de la casa, y la vieja, el de la cama. Hacen
cuenta y de dos meses le alcanzaron lo que él en un año no alcanzara.
Pienso que fueron doce o trece reales. Y él les dió muy buena respuesta:
que saldría a la plaza a trocar una pieza de a dos y que a la tarde
volviesen; mas su salida fue sin vuelta.
Por manera que a la tarde ellos volvieron; mas fué tarde. Yo les dije
que aún no era venido. Venida la noche y él no, yo hube miedo de quedar
en casa solo y fuíme a las vecinas y contéles el caso y allí dormí.
Venida la mañana, los acreedores vuelven y preguntan por el vecino; mas,
a estotra puerta. Las mujeres les responden:
"Veis aquí su mozo y la llave de la puerta."
Ellos me preguntaron por él, y díjeles que no sabía adónde estaba, y que
tampoco había vuelto a casa desde que salió a trocar la pieza, y que
pensaba que de mí y de ellos se había ido con el trueco.
De que esto me oyeron, van por un alguacil y un escribano. Y hélos do
vuelven luego con ellos, y toman la llave y llámanme, y llaman testigos
y abren la puerta, y entran a embargar la hacienda de mi amo hasta ser
pagados de su deuda. Anduvieron toda la casa y halláronla desembarazada,
como he contado, y dícenme:
"¿Qué es de la hacienda de tu amo, sus arcas y paños de pared y alhajas
de casa?"
"No sé yo eso", les respondí.
"Sin duda, dicen, esta noche lo deben de haber alzado y llevado a alguna
parte. Señor alguacil, prended a este mozo, que él sabe dónde está."
En esto vino el alguacil y echóme mano por el collar del jubón,
diciendo:
"Mochacho, tú eres preso si no descubres los bienes deste tu amo."
Yo, como en otra tal no me hubiese visto (porque asido del collar sí
había sido muchas e infinitas veces; mas era mansamente dél trabado para
que mostrase el camino al que no vía) yo hube mucho miedo, y llorando
prometíle de decir lo que preguntaban.
"Bien está, dicen ellos; pues di todo lo que sabes y no hayas temor."
Sentóse el escribano en un poyo, para escrebir el inventario,
preguntándome qué tenía.
"Señores, dije yo, lo que este mi amo tiene, según él me dijo, es un muy
buen solar de casas y un palomar derribado."
"Bien está, dicen ellos. Por poco que eso valga hay para nos entregar de
la deuda. ¿Y a qué parte de la ciudad tiene eso?", me preguntaron.
"En su tierra", les respondí.
"Por Dios, que está bueno el negocio, dijeron ellos. ¿Y adónde es su
tierra?"
"De Castilla la Vieja me dijo él que era", les dije yo.
Riéronse mucho el alguacil y el escribano, diciendo:
"Bastante relación es ésta para cobrar vuestra deuda, aunque mejor
fuese."
Las vecinas, que estaban presentes, dijeron:
"Señores, éste es un niño inocente y ha pocos días que está con ese
escudero y no sabe dél más que vuestras mercedes, sino cuanto el
pecadorcico se llega aquí a nuestra casa y le damos de comer lo que
podemos por amor de Dios, y a las noches se iba a dormir con él."
Vista mi inocencia, dejáronme, dándome por libre, y el alguacil y el
escribano piden al hombre y a la mujer sus derechos; sobre lo cual
tuvieron gran contienda y ruido, porque ellos allegaron no ser obligados
a pagar, pues no había de qué ni se hacía el embargo. Los otros decían
que habían dejado de ir a otro negocio que les importaba más, por venir
a aquel.
Finalmente, después de dadas muchas voces, al cabo carga un porquerón
con el viejo alfamar de la vieja; aunque no iba muy cargado. Allá van
todos cinco dando voces. No sé en qué paró. Creo yo que el pecador
alfamar pagara por todos, y bien se empleaba, pues el tiempo que había
de reposar y descansar de los trabajos pasados, se andaba alquilando.
Así, como he contado, me dejó mi pobre tercero amo, do acabé de conoscer
mi ruin dicha; pues, señalándose todo lo que podía contra mí, hacía mis
negocios tan al revés, que los amos, que suelen ser dejados de los
mozos, en mí no fuese ansí, mas que mi amo me dejase y huyese de mí.
[Ilustración:]
CERVANTES
RINCONETE Y CORTADILLO