Cuando al ofertorio estábamos, ninguna blanca en la concha c

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BIBLIOTECA LITERARIA DEL ESTUDIANTE

DIRIGIDA POR RAMÓN MENÉNDEZ PIDAL

TOMO XXIV

LA NOVELA PICARESCA

SELECCIÓN HECHA POR FEDERICO RUIZ MORCUENDE

_Dibujos de F. Marco_.

_MADRID, MCMXXII_ INSTITUTO--ESCUELA JUNTA PARA AMPLIACIÓN DE ESTUDIOS

TIPOGRAFÍA DE LA "REVISTA DE ARCHIVOS", OLÓZAGA, I, MADRID

LA VIDA DE LAZARILLO DE TORMES Y DE SUS FORTUNAS Y ADVERSIDADES

TRATADO PRIMERO

CUENTA LÁZARO SU VIDA Y CUYO HIJO FUÉ

Pues sepa vuestra merced ante todas cosas que a mí llaman Lázaro de

Tormes hijo de Thomé González y de Antona Pérez, naturales de Tejares,

aldea de Salamanca. Mi nascimiento fué dentro del río Tormes, por la

cual causa tomé el sobrenombre, y fué desta manera. Mi padre, que Dios

perdone, tenía cargo de proveer una molienda de una aceña, que está

ribera de aquel río, en la cual fué molinero más de quince años. Y

estando mi madre una noche en la aceña (nascí), de manera que con verdad

me pueden decir nascido en el río.

Pues siendo yo niño de ocho años, achacaron a mi padre ciertas sangrías

mal hechas en los costales de los que allí a moler venían, por lo cual

fué preso y confesó y no negó y padesció persecución por justicia.

Espero en Dios que está en la gloria, pues el Evangelio los llama

bienaventurados. En este tiempo se hizo cierta armada contra los moros,

entre los cuales fué mi padre, que a la sazón estaba desterrado por el

desastre ya dicho, con cargo de acemilero de un caballero que allá fue.

Y con su señor, como leal criado, fenesció su vida.

Mi viuda madre, como sin marido y sin abrigo se viese, determinó

arrimarse a los buenos por ser uno dellos, y vínose a vivir a la ciudad,

y por evitar peligro y quitarse de malas lenguas se fué a servir a los

que al presente vivían en el mesón de la Solana.

En este tiempo vino a posar al mesón un ciego, el cual, paresciéndole

que yo sería para adestralle, me pidió a mi madre, y ella me encomendó a

él, diciéndole cómo era hijo de un buen hombre, el cual por ensalzar la

fe había muerto en la de los Gelves, y que ella confiaba en Dios no

saldría peor hombre que mi padre, y que le rogaba me tratase bien y

mirase por mí, pues era huérfano.

El respondió que así lo haría, y que me recibía no por mozo, sino por

hijo. Y así le comencé a servir y adestrar a mi nuevo y viejo amo.

Como estuvimos en Salamanca algunos días, paresciéndole a mi amo que no

era la ganancia a su contento, determinó irse de allí y, cuando nos

hubimos de partir, yo fui a ver a mi madre, y ambos llorando, me dió su

bendición y dijo:

"Hijo, ya sé que no te veré más. Procura de ser bueno y Dios te guíe.

Criado te he y con buen amo te he puesto; válete por ti."

Y así me fui para mi amo, que esperándome estaba.

Salimos de Salamanca y, llegando a la puente, está a la entrada della un

animal de piedra, que casi tiene forma de toro, y el ciego mandóme que

llegase cerca del animal y, allí puesto, me dijo:

"Lázaro, llega el oído a este toro y oirás gran ruido dentro dél."

Yo simplemente llegué, creyendo ser ansí. Y como sintió que tenía la

cabeza par de la piedra, afirmó recio la mano y dióme una gran

calabazada en el diablo del toro, que más de tres días me duró el dolor

de la cornada, y díjome:

"Necio, aprende; que el mozo del ciego un punto ha de saber más que el

diablo."

Y rió mucho la burla.

Parescióme que en aquel instante desperté de la simpleza en que como

niño dormido estaba. Dije entre mí:

"Verdad dice éste, que me cumple avivar el ojo y avisar, pues solo soy,

y pensar cómo me sepa valer."

Comenzamos nuestro camino y en muy pocos días me mostró jerigonza. Y

como me viese de buen ingenio, holgábase mucho y decía:

"Yo oro ni plata no te lo puedo dar; mas avisos para vivir, muchos te

mostraré."

Y fue ansí, que después de Dios, éste me dió la vida y, siendo ciego, me

alumbró y adestró en la carrera de vivir.

Huelgo de contar a vuestra merced estas niñerías, para mostrar cuánta

virtud sea saber los hombres subir siendo bajos y dejarse bajar siendo

altos cuánto vicio.

Pues tornando al bueno de mi ciego y contando sus cosas, vuestra merced

sepa que, desde que Dios crió el mundo, ninguno formó más astuto ni

sagaz. En su oficio era un águila. Ciento y tantas oraciones sabía de

coro. Un tono bajo, reposado y muy sonable, que hacía resonar la iglesia

donde rezaba, un rostro humilde y devoto, que con muy buen continente

ponía, cuando rezaba, sin hacer gestos ni visajes con boca ni ojos, como

otros suelen hacer.

Allende desto, tenía otras mil formas y maneras para sacar el dinero.

Decía saber oraciones para muchos y diversos efectos.

Pues en caso de medicina, decía que Galeno no supo la mitad que él para

muela, desmayos. Finalmente, nadie le decía padecer alguna pasión, que

luego no le decía:

"Haced esto, haréis estotro, coged tal hierba, tomad tal raíz."

Con esto andábase todo el mundo tras él, especialmente mujeres, que

cuanto les decía creían. Destas sacaba él grandes provechos con las

artes que digo, y ganaba más en un mes que cien ciegos en un año.

Mas también quiero que sepa vuestra merced que, con todo lo que adquiría

y tenía, jamás tan avariento ni mezquino hombre no vi, tanto que me

mataba a mí de hambre y así no me demediaba de lo necesario. Digo

verdad; si con mi sotileza y buenas mañas no me supiera remediar, muchas

veces me finara de hambre; mas con todo su saber y aviso le contraminaba

de tal suerte, que siempre o las más veces me cabía lo más y mejor. Para

esto le hacía burlas endiabladas, de las cuales contaré algunas, aunque

no todas a mi salvo.

El traía el pan y todas las otras cosas en un fardel de lienzo, que por

la boca se cerraba con una argolla de hierro y su candado y su llave, y

al meter de todas las cosas y sacarlas, era con tan gran vigilancia y

tanto por contadero, que no bastara hombre en todo el mundo hacerle

menos una migaja. Mas yo tomaba aquella laceria que él me daba, la cual

en menos de dos bocados era despachada.

Después que cerraba el candado y se descuidaba, pensando que yo estaba

entendiendo en otras cosas, por un poco de costura, que muchas veces del

un lado del fardel descosía y tornaba a coser, sangraba el avariento

fardel, sacando no por tasa pan, mas buenos pedazos, torreznos y

longaniza. Y ansí buscaba conveniente tiempo para rehacer, no la chaza,

sino la endiablada falta, que el mal ciego me faltaba.

Todo lo que podía sisar y hurtar traía en medias blancas, y cuando le

mandaban rezar y le daban blancas, como él carecía de vista, no había el

que se la daba amagado con ella, cuando yo la tenía lanzada en la boca y

la media aparejada, que por presto que él echaba la mano, ya iba de mi

cambio aniquilada en la mitad del justo precio. Quejabáseme el mal

ciego, porque al tiento luego conocía y sentía que no era blanca entera,

y decía:

"¿Qué diablo es esto, que, después que conmigo estás, no me dan sino

medias blancas, y de antes una blanca y un maravedí hartas veces me

pagaban? En ti debe estar esta desdicha."

También él abreviaba el rezar y la mitad de la oración no acababa,

porque me tenía mandado que en yéndose el que la mandaba rezar, le

tirase por cabo del capuz. Yo así lo hacía. Luego él tornaba a dar

voces, diciendo:

"¿Mandan rezar tal y tal oración?", como suelen decir.

Usaba poner cabe sí un jarrillo de vino cuando comíamos, y yo muy de

presto le asía, y daba un par de besos callados y tornábale a su lugar.

Mas duróme poco, que en los tragos conocía la falta, y por reservar su

vino a salvo, nunca después desamparaba el jarro, antes lo tenía por el

asa asido; mas no había piedra imán que así trajese a sí como yo con

una paja larga de centeno, que para aquel menester tenía hecha, la cual,

metiéndola en la boca del jarro, chupando el vino lo dejaba a buenas

noches. Mas como fuese el traidor tan astuto, pienso que me sintió, y

dende en adelante mudó propósito y asentaba su jarro entre las piernas y

atapábale con la mano, y ansí bebía seguro.

Yo, como estaba hecho al vino, moría por él, y viendo que aquel remedio

de la paja no me aprovechaba ni valía, acordé en el suelo del jarro

hacerle una fuentecilla y agujero sotil y, delicadamente, con una muy

delgada tortilla de cera taparlo, y al tiempo de comer, fingiendo haber

frío, entrábame entre las piernas del triste ciego a calentarme en la

pobrecilla lumbre que teníamos, y al calor della, luego derretida la

cera por ser muy poca, comenzaba la fuentecilla a destilarme en la boca,

la cual yo de tal manera ponía que maldita la gota se perdía. Cuando el

pobreto iba a beber, no hallaba nada.

Espantábase, maldecíase, daba al diablo el jarro y el vino, no sabiendo

qué podía ser.

"No diréis, tío, que os lo bebo yo, decía, pues no le quitáis de la

mano."

Tantas vueltas y tientos dio al jarro, que halló la fuente y cayó en la

burla; mas así lo disimuló como si no lo hubiera sentido.

Y luego otro día, teniendo yo rezumando mi jarro como solía, no pensando

el daño que me estaba aparejado, ni que el mal ciego me sentía, sentéme

como solía, estando recibiendo aquellos dulces tragos, mi cara puesta

hacia el cielo, un poco cerrados los ojos por mejor gustar el sabroso

licor, sintió el desesperado ciego que agora tenía tiempo de tomar de mi

venganza, y con toda su fuerza, alzando con dos manos aquel dulce y

amargo jarro, le dejó caer sobre mi boca, ayudándose, como digo, con

todo su poder, de manera que el pobre Lázaro que de nada desto se

guardaba, antes, como otras veces, estaba descuidado y gozoso,

verdaderamente me pareció que el cielo con todo lo que en él hay, me

había caído encima.

Fué tal el golpecillo, que me desatinó y sacó de sentido, y el jarrazo

tan grande, que los pedazos del se me metieron por la cara,

rompiéndomela por muchas partes, y me quebró los dientes sin los cuales

hasta hoy día me quedé. Desde aquella hora quise mal al mal ciego y,

aunque me quería y regalaba y me curaba, bien vi que se había holgado

del cruel castigo. Lavóme con vino las roturas que con los pedazos del

jarro me había hecho, y sonriéndose decía:

"¿Qué te parece, Lázaro? Lo que te enfermó te sana y da salud."

Y otros donaires, que a mi gusto no lo eran.

Ya que estuve medio bueno de mi negra trepa y cardenales, considerando

que a pocos golpes tales el cruel ciego ahorraría de mí, quise yo

ahorrar dél; mas no lo hice tan presto, por hacello más a mi salvo y

provecho. Aunque yo quisiera asentar mi corazón y perdonalle el jarrazo,

no daba lugar el maltratamiento que el mal ciego dende allí adelante me

hacía, que sin causa ni razón me hería, dándome coscorrones y

repelándome.

Y si alguno le decía por qué me trataba tan mal, luego contaba el cuento

del jarro, diciendo:

"¿Pensaréis que este mi mozo es algún inocente? Pues oíd si el demonio

ensayara otra tal hazaña."

Santiguándose los que lo oían, decían: "¡Mira quién pensara de un

muchacho tan pequeño tal ruindad!"

Y reían mucho el artificio y decíanle: "Castigaldo, castigaldo, que de

Dios lo habréis."

Y él con aquello nunca otra cosa hacía.

Y en esto yo siempre le llevaba por los peores caminos y adrede, por le

hacer mal daño; si había piedras, por ellas; si lodo, por lo más alto.

Que aunque yo no iba por lo más enjuto, holgábame a mí de quebrar un ojo

por quebrar dos al que ninguno tenía. Con esto siempre con el cabo alto

del tiento me atentaba el colodrillo, el cual siempre traía lleno de

tolondrones y pelado de sus manos. Y aunque yo juraba no lo hacer con

malicia, sino por no hallar mejor camino, no me aprovechaba ni me creía

más; tal era el sentido y el grandísimo entendimiento del traidor.

Y porque vea vuestra merced a cuánto se extendía el ingenio deste astuto

ciego, contaré un caso de muchos que con él me acaescieron, en el cual

me paresce dió bien a entender su gran astucia. Cuando salimos de

Salamanca, su motivo fue venir a tierra de Toledo, porque decía ser la

gente más rica, aunque no muy limosnera. Arrimábase a este refrán: Más

da el duro que el desnudo. Y vinimos a este camino por los mejores

lugares. Donde hallaba buena acogida y ganancia, deteníamonos; donde no,

a tercero día hacíamos San Juan.

Acaesció que llegando a un lugar que llaman Almorox, al tiempo que

cogían las uvas, un vendimiador le dió un racimo dellas en limosna. Y

como suelen ir los cestos maltratados, y también porque la uva en aquel

tiempo está muy madura, desgranábasele el racimo en la mano. Para

echarlo en el fardel tornábase mosto y lo que a él se llegaba.

Acordó de hacer un banquete, ansí por no lo poder llevar, como por

contentarme, que aquel día me había dado muchos rodillazos y golpes.

Sentámonos en un valladar y dijo:

"Agora quiero yo usar contigo de una liberalidad, y es que ambos comamos

este racimo de uvas y que hayas del tanta parte como yo. Partillo hemos

desta manera: tú picarás una vez y yo otra, con tal que me prometas no

tomar cada vez más de una uva. Yo haré lo mesmo hasta que lo acabemos, y

desta suerte no habrá engaño."

Hecho ansí el concierto, comenzamos; mas luego al segundo lance el

traidor mudó propósito y comenzó a tomar de dos en dos, considerando

que yo debría hacer lo mismo. Como vi que él quebraba la postura, no me

contenté ir a la par con él, mas aun pasaba adelante; dos a dos y tres a

tres y como podía las comía. Acabado el racimo, estuvo un poco con el

escobajo en la mano y, meneando la cabeza, dijo:

"Lázaro, engañado me has. Juraré yo a Dios que has tú comido las uvas

tres a tres."

"No comí, dije yo; mas ¿por qué sospecháis eso?"

Respondió el sagacísimo ciego:

"¿Sabes en qué veo que las comiste tres a tres? En que comía yo dos a

dos y callabas."

Reíme entre mí y, aunque mochacho, noté mucho la discreta consideración

del ciego.

Mas, por no ser prolijo, dejo de contar muchas cosas, así graciosas como

de notar, que con este mi primer amo me acaescieron, y quiero decir el

despidiente y con él acabar. Estábamos en Escalona, villa del duque

della, en un mesón, y dióme un pedazo de longaniza que le asase. Ya que

la longaniza había pringado y comídose las pringadas, sacó un maravedí

de la bolsa y mandó que fuese por él de vino a la taberna. Púsome el

demonio el aparejo delante los ojos, el cual, como suelen decir, hace al

ladrón, y fue que había cabe el fuego un nabo pequeño, larguillo y

ruinoso y tal, que por no ser para la olla, debió ser echado allí.

Y como al presente nadie estuviese sino él y yo solos, como me vi con

apetito goloso, habiéndome puesto dentro el sabroso olor de la

longaniza, del cual solamente sabía que había de gozar, no mirando qué

me podría suceder, pospuesto todo el temor por cumplir con el deseo, en

tanto que el ciego sacaba de la bolsa el dinero, saqué la longaniza y

muy presto metí el sobredicho nabo en el asador. El cual mi amo, dándome

el dinero para el vino, tomó y comenzó a dar vueltas al fuego, queriendo

asar al que de ser cocido por sus deméritos había escapado.

Yo fui por el vino, con el cual no tardé en despachar la longaniza, y

cuando vine, hallé al pecador del ciego que tenía entre dos rebanadas

apretado el nabo, al cual aun no había conoscido por no lo haber tentado

con la mano. Como tomase las rebanadas y mordiese en ellas, pensando

también llevar parte de la longaniza, hallóse en frío con el frío nabo.

Alteróse y dijo:

"¿Qué es esto, Lazarillo?"

"¡Lacerado de mí!, dije yo. ¿Si queréis a mí echar algo? ¿Yo no vengo de

traer el vino? Alguno estaba ahí y por burlar haría esto."

"No, no, dijo él, que yo no he dejado el asador de la mano, no es

posible."

[Ilustración: "...dos a dos y tres a tres y como podía las comía...."]

Yo torné a jurar y perjurar que estaba libre de aquel trueco y cambio;

mas poco me aprovechó, pues a las astucias del maldito ciego nada se le

escondía. Levantóse y asióme por la cabeza y llegóse a olerme. Y como

debió sentir el huelgo, a uso de buen podenco, por mejor satisfacerse

de la verdad y con la gran agonía que llevaba, asiéndome con las manos,

abríame la boca más de su derecho y desatentadamente metía la nariz, la

cual él tenía luenga y afilada, y a aquella sazón, con el enojo, se

había aumentado un palmo. Con el pico de la cual me llegó a la gulilla.

Y con esto y con el gran miedo que tenía y con la brevedad del tiempo,

la negra longaniza aun no había hecho asiento en el estómago, y lo más

principal, con el destiento de la cumplidísima nariz, medio cuasi

ahogándome; todas estas cosas se juntaron y fueron causa que el hecho y

golosina se manifestase y lo suyo fuese vuelto a su dueño; de manera

que, antes que di mal ciego sacase de mi boca su trompa, tal alteración

sintió mi estómago, que le dio con el hurto en ella, de suerte que su

nariz y la negra mal mascada longaniza a un tiempo salieron de mi boca.

¡Oh gran Dios, quién estuviera aquella hora sepultado!, que muerto ya lo

estaba. Fué tal el coraje del perverso ciego que, si al ruido no

acudieran, pienso no me dejara con la vida. Sacáronme de entre sus

manos, dejándoselas llenas de aquellos pocos cabellos que tenía, arañada

la cara y rasguñado el pescuezo y la garganta. Y esto bien lo merecía,

pues por su maldad me venían tantas persecuciones.

Contaba el mal ciego a todos cuantos allí se allegaban mis desastres, y

dábales cuenta una y otra vez, así de la del jarro como de la del

racimo, y agora de lo presente. Era la risa de todos tan grande, que

toda la gente que por la calle pasaba entraba a ver la fiesta; mas con

tanta gracia y donaire recontaba el ciego mis hazañas que, aunque yo

estaba tan maltratado y llorando, me parescía que hacía sin justicia en

no se las reír.

Y en cuanto esto pasaba, a la memoria me vino una cobardía y flojedad

que hice, por que me maldecía, y fue no dejalle sin narices, pues tan

buen tiempo tuve para ello que la meitad del camino estaba andado, que

con solo apretar los dientes se me quedaran en casa y, con ser de aquel

malvado, por ventura lo retuviera mejor mi estómago que retuvo la

longaniza, y no paresciendo ellas, pudiera negar la demanda. Pluguiera a

Dios que lo hubiera hecho, que eso fuera así que así.

Hiciéronnos amigos la mesonera y los que allí estaban y con el vino que

para beber le había traído, laváronme la cara y la garganta. Sobre lo

cual discantaba el mal ciego donaires, diciendo:

"Por verdad, más vino me gasta este mozo en lavatorios al cabo de año,

que yo bebo en dos. A lo menos, Lázaro, eres en más cargo al vino que a

tu padre, porque él una vez te engendró; mas el vino mil te ha dado la

vida,"

[Ilustración: "...abríame la boca más de su derecho y desatentadamente

metía la nariz...."]

Y luego contaba cuántas veces me había descalabrado y arpado la cara, y

con vino luego sanaba.

"Yo te digo, dijo, que si hombre en el mundo ha de ser bienaventurado

con vino, que serás tú."

Y reían mucho los que me lavaban con esto; aunque yo renegaba. Mas el

pronóstico del cielo no salió mentiroso, y después acá muchas veces me

acuerdo de aquel hombre, que sin duda debía tener espíritu de profecía,

y me pesa de los sinsabores que le hice.

Visto esto y las malas burlas que el ciego burlaba de mí, determiné de

todo en todo dejalle, y como lo traía pensado y lo tenía en voluntad,

con este postrer juego que me hizo, afirmélo más. Y fue ansí, que luego

otro día salimos por la villa a pedir limosna y había llovido mucho la

noche antes. Y porque el día también llovía, andaba rezando debajo de

unos portales que en aquel pueblo había, donde no nos mojamos; mas como

la noche se venía y el llover no cesaba, díjome el ciego:

"Lázaro, esta agua es muy porfiada y cuanto la noche más cierra, más

recia. Acójamenos a la posada con tiempo."

Para ir allá habíamos de pasar un arroyo, que con la mucha agua iba

grande.

Yo le dije:

"Tío, el arroyo va muy ancho; mas, si queréis, yo veo por donde

travesemos más aína sin nos mojar, porque se estrecha allí mucho y

saltando pasaremos a pie enjuto."

Parescióle buen consejo y dijo:

"Discreto eres, por esto te quiero bien. Llévame a ese lugar donde el

arroyo se ensangosta, que agora es invierno y sabe mal el agua y más

llevar los pies mojados."

Yo que vi el aparejo a mi deseo, saquéle debajo de los portales y

llévelo derecho de un pilar o poste de piedra que en la plaza estaba,

sobre el cual y sobre otros cargaban saledizos de aquellas casas, y

dígole:

"Tío, este es el paso más angosto que en el arroyo hay."

Como llovía recio y el triste se mojaba, y con la priesa que llevábamos

de salir del agua que encima de nos caía, y lo más principal, porque

Dios le cegó aquella hora el entendimiento (fué por darme del venganza),

creyóse de mí y dijo:

"Ponme bien derecho y salta tú el arroyo."

Yo le puse bien derecho enfrente del pilar y doy un salto y póngome

detrás del poste, como quien espera tope de toro, y díjele:

"¡Sus!, saltá todo lo que podáis, porque deis deste cabo del agua."

Aun apenas lo había acabado de decir, cuando se abalanza el pobre ciego

como cabrón, y de toda su fuerza arremete, tomando un paso atrás de la

corrida para hacer mayor salto, y da con la cabeza en el poste, que sonó

tan recio como si diera con una gran calabaza, y cayó luego para atrás,

medio muerto y hendida la cabeza.

"¡Cómo! ¿y olistes la longaniza y no el poste? ¡Olé! ¡Olé!" [1], le dije

yo.

[Nota 1: _Olé_, imperativo en lugar de _oled_.]

Y déjele en poder de mucha gente que lo había ido a socorrer, y tomé la

puerta de la villa en los pies de un trote y, antes que la noche

viniese, di comigo en Torrijos. No supe más lo que Dios del hizo ni curé

de lo saber.

TRATADO SEGUNDO

CÓMO LÁZARO SE ASENTÓ CON UN CLÉRIGO Y DE LAS COSAS QUE CON ÉL PASÓ

Otro día, no pareciéndome estar allí seguro, fuíme a un lugar, que

llaman Maqueda, adonde me toparon mis pecados con un clérigo que,

llegando a pedir limosna, me preguntó si sabía ayudar a misa. Yo dije

que sí, como era verdad, que aunque maltratado, mil cosas buenas me

mostró el pecador del ciego, y una dellas fue ésta. Finalmente, el

clérigo me rescibió por suyo.

Escapé del trueno y di en el relámpago, porque era el ciego para con

este un Alexandre Magno, con ser la mesma avaricia, como he contado. No

digo más, sino que toda la laceria del mundo estaba encerrada en éste.

No sé si de su cosecha era, o lo había anejado con el hábito de

clerecía.

El tenía un arcaz viejo y cerrado con su llave, la cual traía atada con

un agujeta del paletoque. Y en viniendo el bodigo de la iglesia, por su

mano era luego allí lanzado y tornada a cerrar el arca. Y en toda la

casa no había ninguna cosa de comer, como suele estar en otras: algún

tocino colgado al humero, algún queso puesto en alguna tabla o en el

armario, algún canastillo con algunos pedazos de pan, que de la mesa

sobran; que me paresce a mí que, aunque dello no me aprovechara, con la

vista dello me consolara.

Solamente había una horca de cebollas y tras la llave de una cámara en

lo alto de la casa. Destas tenía yo de ración una para cada cuatro días,

y cuando le pedía la llave para ir por ella, si alguno estaba presente,

echaba mano al falsopeto y con gran continencia la desataba y me la daba

diciendo:

"Toma y vuélvela luego, y no hagáis sino golosinar."

Como si debajo della estuvieran todas las conservas de Valencia, con no

haber en la dicha cámara, como dije, maldita la otra cosa que las

cebollas colgadas de un clavo. Las cuales él tenía tan bien por cuenta,

que si por malos de mis pecados me desmandara a más de mi tasa, me

costara caro.

Finalmente, yo me finaba de hambre. Pues ya que comigo tenía poca

caridad, consigo usaba más. Cinco blancas de carne era su ordinario para

comer y cenar. Verdad es que partía comigo del caldo, que de la carne,

¡tan blanco el ojo!, sino un poco de pan y ¡pluguiera a Dios que me

demediara!

Los sábados cómense en esta tierra cabezas de carnero, y enviábame por

una, que costaba tres maravedís. Aquella le cocía, y comía los ojos y la

lengua, y el cogote y sesos, y la carne que en las quijadas tenía, y

dábame todos los huesos roídos. Y dábamelos en el plato, diciendo:

"Toma, come, triunfa, que para ti es él mundo. Mejor vida tienes que el

papa."

"¡Tal te la dé Dios!", decía yo paso entre mí. A cabo de tres semanas

que estuve con él, vine a tanta flaqueza, que no me podía tener en las

piernas de pura hambre. Vime claramente ir a la sepultura, si Dios y mi

saber no me remediaran. Para usar de mis mañas no tenía aparejo, por no

tener en qué dalle salto. Y aunque algo hubiera, no podía cegalle, como

hacía al que Dios perdone si de aquella calabazada feneció, que todavía,

aunque astuto, con faltalle aquel preciado sentido, no me sentía; mas

estotro, ninguno hay que tan aguda vista tuviese como él tenía.

Cuando al ofertorio estábamos, ninguna blanca en la concha caía, que no

era del registrada. El un ojo tenía en la gente y el otro en mis manos.

Bailábanle los ojos en el casco, como si fueran de azogue. Cuantas

blancas ofrecían, tenía por cuenta. Y acabado el ofrecer, luego me

quitaba la concheta y la ponía sobre el altar.

No era yo señor de asirle una blanca todo el tiempo que con el viví o,

por mejor decir, morí. De la taberna nunca le traje una blanca de vino;

mas, aquel poco que de la ofrenda había metido en su arcaz, compasaba de

tal forma que le duraba toda la semana.

Y por ocultar su gran mezquindad decíame:

"Mira, mozo, los sacerdotes han de ser muy templados en su comer y beber

y por esto yo no me desmando como otros."

Mas el lacerado mentía falsamente, porque en cofadrías y mortuorios que

rezamos, a costa ajena comía como lobo y bebía más que un saludador.

Y porque dije de mortuorios, Dios me perdone, que jamás fuí enemigo de

la naturaleza humana, sino entonces; y esto era porque comíamos bien y

me hartaban. Deseaba y aun rogaba a Dios que cada día matase el suyo. Y

cuando dábamos sacramento a los enfermos, especialmente la extrema

unción, como manda el clérigo rezar a los que están allí, yo cierto no

era el postrero de la oración, y con todo mi corazón y buena voluntad

rogaba al Señor, no que la echase a la parte que más servido fuese, como

se suele decir, mas que le llevase de aqueste mundo.

Pensé muchas veces irme de aquel mezquino amo; mas por dos cosas lo

dejaba: la primera, por no me atrever a mis piernas, por temer de la

flaqueza que de pura hambre me venía. Y la otra, consideraba y decía:

"Yo he tenido dos amos: el primero traíame muerto de hambre y dejándole

topé con estotro, que me tiene ya con día en la sepultura; pues, si

deste desisto y doy en otro más bajo, ¿qué será, sino fenecer?"

Con esto no me osaba menear; porque tenía por fe que todos los grades

había de hallar más ruines: y a abajar otro punto, no sonara Lázaro ni

se oyera en el mundo.

Pues estando en tal aflición, cual plega al Señor librar della a todo

fiel cristiano, y sin saber darme consejo, viéndome ir de mal en peor,

un día que el cuitado ruin y lacerado de mi amo había ido fuera del

lugar, llegóse acaso a mi puerta un calderero, el cual yo creo que fue

ángel enviado a mí por la mano de Dios en aquel hábito. Preguntóme si

tenía algo que adobar.

"En mí teníades bien que hacer, y no haríades poco si me remediásedes",

dije paso, que no me oyó.

Mas, como no era tiempo de gastarlo en decir gracias, alumbrado por el

Espíritu Santo, le dije:

"Tío, una llave de este arte he perdido y temo mi señor me azote. Por

vuestra vida, veáis si en esas que traéis, hay alguna que le haga, que

yo os lo pagaré."

Comenzó a probar el angélico calderero una y otra de un gran sartal que

dellas traía, y yo a ayudalle con mis flacas oraciones. Cuando no me

cato, veo en figura de panes, como dicen, la cara de Dios dentro del

arcaz. Y abierto, díjele:

"Yo no tengo dineros que os dar por la llave; mas tomad de ahí el pago."

El tomó un bodigo de aquellos, el que mejor le pareció, y dándome mi

llave, se fue muy contento, dejándome más a mí.

Mas no toqué en nada por el presente, porque no fuese la falta sentida,

y aun porque me vi de tanto bien señor parescióme que la hambre no se me

osaba allegar. Vino el mísero de mi amo, y quiso Dios no miró en la

oblada que el ángel había llevado.

Y otro día, en saliendo de casa, abro mi paraíso panal y tomo entre las

manos y dientes un bodigo, y en dos credos le hice invisible, no se me

olvidando el arca abierta. Y comienzo a barrer la casa con mucha

alegría, paresciéndome con aquel remedio remediar dende en adelante la

triste vida. Y así estuve con ello aquel día y otro gozoso. Mas no

estaba en mi dicha que me durase mucho aquel descanso, porque luego al

tercer día me vino la terciana derecha.

Y fué que veo a deshora al que me mataba de hambre sobre nuestro arcaz,

volviendo y revolviendo, contando y tornando a contar los panes. Yo

disimulaba, y en mi secreta oración y devociones y plegarias, decía:

"¡San Juan y ciégale!"

Después que estuvo un gran rato echando la cuenta, por días y dedos

contando, dijo:

"Si no tuviera a tan buen recaudo esta arca, yo dijera que me habían

tomado della panes; pero de hoy más, sólo por cerrar la puerta a la

sospecha, quiero tener buena cuenta con ellos. Nueve quedan y un

pedazo,"

"¡Nuevas malas te dé Dios!", dije yo entre mí. Parecióme con lo que dijo

pasarme el corazón con saeta de montero, y comenzóme el estómago a

escarbar de hambre, viéndose puesto en la dieta pasada. Fué fuera de

casa. Yo por consolarme abro el arca y, como vi el pan, comencélo de

adorar, no osando recebillo. Contélos, si a dicha el lacerado se errara,

y hallé su cuenta más verdadera que yo quisiera. Lo más que yo pude

hacer fué dar en ellos mil besos, y lo más delicado que yo pude, del

partido partí un poco al pelo que él estaba, y con aquel pasé aquel día,

no tan alegre como el pasado.

Mas como la hambre creciese, mayormente que tenía el estómago hecho a

más pan aquellos dos o tres días ya dichos, moría mala muerte, tanto que

otra cosa no hacía en viéndome sólo sino abrir y cerrar el arca y

contemplar en aquella cara de Dios, que ansí dicen los niños. Mas el

mismo Dios, que socorre a los afligidos, viéndome en tal estrecho, trujo

a mi memoria un pequeño remedio. Que, considerando entre mí, dije:

"Este arquetón es viejo y grande, y roto por algunas partes, aunque

pequeños agujeros. Puédese pensar que ratones entrando en él hacen daño

a este pan. Sacarlo entero no es cosa conveniente, porque verá la falta

el que en tanta me hace vivir. Esto bien se sufre."

Y comienzo a desmigajar el pan sobre unos no muy costosos manteles, que

allí estaban, y tomo una y dejo otro, de manera que en cada cual de tres

o cuatro desmigajé su poco. Después, como quien toma grajea, lo comí y

algo me consolé. Mas él, como viniese a comer y abriese el arca, vio el

mal pesar, y sin duda creyó ser ratones los que el daño habían hecho,

porque estaba muy al propio contrahecho de como ellos lo suelen hacer.

Miró todo el arcaz de un cabo a otro, y viole ciertos agujeros por do

sospechaba habían entrado. Llamóme, diciendo:

"¡Lázaro!, ¡mira!, ¡mira qué persecución ha venido aquesta noche por

nuestro pan!"

Yo híceme muy maravillado, preguntándole qué sería.

"¡Qué ha de ser! dijo él. Ratones, que no dejan cosa a vida."

Pusímonos a comer, y quiso Dios que aun en esto me fué bien, que me cupo

más pan que la laceria que me solía dar; porque rayó con un cuchillo

toda lo que pensó ser ratonado, diciendo:

"Cómete eso, que el ratón cosa limpia es."

Y así aquel día, añadiendo la ración del trabajo de mis manos, o de mis

uñas por mejor decir, acabamos de comer; aunque yo nunca empezaba.

Y luego me vino otro sobresalto, que fué verle andar solícito quitando

clavos de las paredes y buscando tablillas, con las cuales clavó y cerró

todos los agujeros de la vieja arca.

"¡Oh, Señor mío!, dije yo entonces, ¡a cuánta miseria y fortuna y

desastres estamos puestos los nascidos, y cuan poco duran los placeres

de esta nuestra trabajosa vida! Heme aquí, que pensaba con este pobre y

triste remedio remediar y pasar mi laceria, y estaba ya cuanto que

alegre y de buena ventura. Mas no quiso mi desdicha, despertando a este

lacerado de mi amo y poniéndole más diligencia de la que él de suyo se

tenía (pues los míseros por la mayor parte nunca de aquélla carecen),

agora cerrando los agujeros del arca, cerrase la puerta a mi consuelo y

la abriese a mis trabajos."

Así lamentaba yo, en tanto que mi solícito carpintero con muchos clavos

y tablillas dio fin a sus obras diciendo:

"Agora, donos traidores ratones, conviéneos mudar propósito, que en esta

casa mala medra tenéis."

De que salió de su casa, voy a ver la obra y hallé que no dejó en la

triste y vieja arca agujero ni aun por donde le pudiese entrar un

mosquito. Abro con mi desaprovechada llave, sin esperanza de sacar

provecho, y vi los dos o tres panes comenzados, los que mi amo creyó ser

ratonados, y dellos todavía saqué alguna laceria, tocándolos muy

ligeramente, a uso de esgremidor diestro. Como la necesidad sea tan gran

maestra, viéndome con tanta siempre, noche y día estaba pensando la

manera que temía en sustentar el vivir. Y pienso, para hallar estos

negros remedios, que me era luz la hambre, pues dicen que el ingenio con

ella se avisa, y al contrario con la hartura, y así era por cierto en

mí.

Pues, estando una noche desvelado en este pensamiento, pensando cómo me

podría valer y aprovecharme del arcaz, sentí que mi amo dormía, porque

lo mostraba con roncar y en unos resoplidos grandes que daba cuando

estaba durmiendo. Levánteme muy quedito y, habiendo en el día pensado lo

que había de hacer y dejado un cuchillo viejo, que por allí andaba, en

parte do le hallase, voime al triste arcaz, y por do había mirado tener

menos defensa le acometí con el cuchillo, que a manera de barreno dél

usé. Y como la antiquísima arca, por ser de tantos años, la hallase sin

fuerza y corazón, antes muy blanda y carcomida, luego se me rindió y

consintió en su costado por mi remedio un buen agujero. Esto hecho, abro

muy paso la llagada arca y, al tiento, del pan que hallé partido, hice

según de yuso está escripto. Y con aquello algún tanto consolado,

tornando a cerrar, me volví a mis pajas, en las cuales reposé y dormí un

poco.

Lo cual yo hacía mal, y echábalo al no comer. Y ansí sería, porque

cierto en aquel tiempo no me debían de quitar el sueño los cuidados de

el rey de Francia.

Otro día fué por el señor mi amo visto el daño, así del pan como del

agujero, que yo había hecho, y comenzó a dar al diablo los ratones y

decir:

"¿Qué diremos a esto? ¡Nunca haber sentido ratones en esta casa, sino

agora!"

Y sin duda debía de decir verdad. Porque, si casa había de haber en

reino justamente de dios privilegiada, aquella de razón había de ser,

porque no suelen morar donde no hay qué comer. Torna a buscar clavos por

la casa y por las paredes y tablillas y a tapárselos. Venida la noche y

su reposo, luego era yo puesto en pie con mi aparejo y, cuantos él

tapaba de día, destapaba yo de noche.

En tal manera fué y tal priesa nos dimos, que sin duda por esto se debió

decir: donde una puerta se cierra, otra se abre. Finalmente, parescíamos

tener a destajo la tela de Penélope, pues, cuanto el tejía de día,

rompía yo de noche. Ca en pocos días y noches pusimos la pobre despensa

de tal forma, que quien quisiera propiamente della hablar, más corazas

viejas de otro tiempo, que no arcaz la llamara, según la clavazón y

tachuelas sobre sí tenía.

De que vio no le aprovechar nada su remedio, dijo:

"Este arcaz está tan maltratado y es de madera tan vieja y flaca, que no

habrá ratón a quien se defienda. Y va ya tal, que si andamos más con él,

nos dejará sin guarda. Y aun lo peor, que, aunque hace poca, todavía

hará falta faltando y me pondrá en costa de tres o cuatro reales. El

mejor remedio, que hallo, pues el de hasta aquí no aprovecha, armaré

por de dentro a estos ratones malditos."

Luego buscó prestada una ratonera, y con cortezas de queso, que a los

vecinos pedía, contino el gato estaba armado dentro del arca. Lo cual

era para mí singular auxilio. Porque, puesto caso que yo no había

menester muchas salsas para comer, todavía me holgaba con las cortezas

del queso, que de la ratonera sacaba, y sin esto no perdonaba el ratonar

del bodigo.

Como hallase el pan ratonado y el queso comido y no cayese el ratón que

lo comía, dábase al diablo y preguntaba a los vecinos ¿qué podría ser,

comer el queso y sacarlo de la ratonera y no caer ni quedar dentro el

ratón y hallar caída la trampilla del gato?

Acordaron los vecinos no ser el ratón el que este daño hacía, porque no

fuera menos de haber caída alguna vez. Dijóle un vecino:

"En vuestra casa yo me acuerdo que solía andar una culebra, y ésta debe

ser, sin duda. Y lleva razón, que, como es larga, tiene lugar de tomar

el cebo y, aunque la coja la trampilla encima, como no entra toda

dentro, tórnase a salir."

Cuadró a todos lo que aquél dijo, y alteró mucho a mi amo, y dende en

adelante no dormía tan a sueño suelto. Que cualquier gusano de la madera

que de noche sonase, pensaba ser la culebra, que le roía el arca. Luego

era puesto en pie y con un garrote que a la cabecera, desde que aquello

le dijeron, ponía, daba en la pecadora del arca grandes garrotazos,

pensando espantar la culebra. A los vecinos despertaba con el estruendo

que hacía, y a mí no dejaba dormir. Ibase a mis pajas y trastornábalas y

a mí con ellas, pensando que se iba para mí y se envolvía en mis pajas o

en mi sayo. Porque le decían que de noche acaescía a estos animales,

buscando calor, irse a las cunas donde están criaturas, y aun mordellas

y hacerles peligrar.

Yo las más de las veces hacía del dormido, y en la mañana decíame él:

"Esta noche, mozo, ¿no sentiste nada? Pues tras la culebra anduve y aun

pienso se ha de ir para ti a la cama, que son muy frías y buscan calor."

"Plega a Dios que no me muerda, decía yo, que harto miedo le tengo,"

Desta manera andaba tan elevado y levantado del sueño que, mi fe, la

culebra o culebro, por mejor decir, no osaba roer de noche ni levantarse

al arca; mas de día, mientras estaba en la iglesia o por el lugar hacía

mis saltos. Los cuales daños viendo él y el poco remedio que les podía

poner, andaba de noche, como digo, hecho trasgo.

Yo hube miedo que con aquellas diligencias no me topase con la llave,

que debajo de las pajas tenía, y parescióme lo más seguro metella de

noche en la boca. Porque ya, desde que viví con el ciego, la tenía tan

hecha bolsa, que me acaesció tener en ella doce o quince maravedís, todo

en medias blancas, sin que me estorbasen el comer. Porque de otra

manera no era señor de una blanca que el maldita ciego no cayese con

ella, no dejando costura ni remiendo que no me buscaba muy a menudo.

Pues, ansí como digo, metía cada noche la llave en la boca y dormía sin

recelo que el brujo de mi amo cayese con ella; mas cuando la desdicha ha

de venir, por demás es la diligencia. Quisieron mis hados, o por mejor

decir, mis pecados, que una noche que estaba durmiendo, la llave se me

puso en la boca, que abierta debía tener, de manera y tal postura, que

el aire y resoplo que yo durmiendo echaba salía por lo hueco de la

llave, que de cañuto era, y silbaba, según mi desastre quiso, muy recio,

de tal manera que el sobresaltado de mi amo lo oyó y creyó, sin duda,

ser el silbo de la culebra, y cierto lo debía parescer.

Levantóse muy paso con su garrote en la mano, y al tiento y sonido de la

culebra se llegó a mí con mucha quietud, por no ser sentido de la

culebra. Y como cerca se vio, pensó que allí en las pajas, donde yo

estaba echado, al calor mío se había venido. Levantando bien el pailo,

pensando tenerla debajo y darle tal garrotazo que la matase, con toda su

fuerza me descargó en la cabeza un tan gran golpe, que sin ningún

sentido y muy mal descalabrado me dejó.

Como sintió que me había dado, según yo debía hacer gran sentimiento con

el fiero golpe, contaba él que se había llegado a mí y, dándome grandes

voces llamándome, procuró recordarme. Mas, coma me tocase con las manos,

tentó la mucha sangre que se me iba, y conosció el daño que me había

hecho. Y con mucha priesa fue a buscar lumbre y, llegando con ella,

hallóme quejando, todavía con mi llave en la boca, que nunca la

desamparé, la mitad fuera, bien de aquella manera, que debía estar al

tiempo que silbaba con ella.

Espantado el matador de culebras qué podría ser aquella llave, miróla

sacándomela del todo de la boca, y vio lo que era, porque en las guardas

nada de la suya diferenciaba. Fué luego a proballa y con ella probó el

maleficio.

Debió de decir el cruel cazador:

"El ratón y culebra, que me daban guerra y me comían mi hacienda, he

hallado."

De lo que sucedió en aquellos tres días siguientes ninguna fe daré,

porque los tuve en el vientre de la ballena, mas de cómo esto, que he

contado, oí después que en mí torné decir a mi amo, el cual a cuantos

allí venían lo contaba por extenso.

A cabo de tres días yo torné en mi sentido y vime echado en mis pajas,

la cabeza toda emplastada y llena de aceites y ungüentos, y espantado

dije:

"¿Qué es esto?"

Respondióme el cruel sacerdote:

"A fe que los ratones y culebras, que me destruían, ya los he cazado."

Y miré por mí y vime tan maltratado, que luego sospeché mi mal.

A esta hora entró una vieja, que ensalmaba, y los vecinos, y comiénzanme

a quitar trapos de la cabeza y curar el garrotazo. Y como me hallaron

vuelto en mi sentido, holgáronse mucho y dijeron:

"Pues ha tornado en su acuerdo, placerá a Dios no será nada."

Ahí tornaron de nuevo a contar mis cuitas y a reírlas y yo pecador a

llorarlas. Con todo esto, diéronme de comer, que estaba transido de

hambre, y apenas me pudieron remediar. Y ansí, de poco en poco, a los

quince días me levanté y estuve sin peligro, mas no sin hambre, y medio

sano.

Luego otro día que fuí levantado, el señor mi amo me tomó por la mano y

sacóme la puerta fuera y, puesto en la calle, díjome:

"Lázaro, de hoy más eres tuyo y no mío. Busca amo y vete con Dios, que

yo no quiero en mi compañía tan diligente servidor. No es posible sino

que hayas sido mozo de ciego."

Y santiguándose de mí, como si yo estuviera endemoniado, se torna a

meter en casa y cierra su puerta.

TRATADO TERCERO

DE CÓMO LÁZARO SE ASENTÓ CON UN ESCUDERO Y DE LO QUE LE ACAESCIÓ CON ÉL

Desta manera me fue forzado sacar fuerzas de flaqueza y poco a poco, con

ayuda de las buenas gentes, di conmigo en esta insigne ciudad de Toledo,

adonde con la merced de Dios dende a quince días se me cerró la herida.

Y mientras estaba malo, siempre me daban alguna limosna; mas, después

que estuve sano, todos me decían:

"Tú, bellaco y gallofero eres. Busca, busca un buen amo a quien sirvas."

"¿Y adonde se hallará ése, decía yo entre mí, si Dios agora de nuevo,

como crió el mundo, no lo criase?"

Andando así discurriendo de puerta en puerta, con harto poco remedio,

porque ya la caridad se subió al cielo, topóme Dios con un escudero que

iba por la calle, con razonable vestido, bien peinado, su paso y compás

en orden. Miróme y yo a él, y díjome:

"Mochacho, ¿buscas amo?"

Yo le dije:

"Sí, señor."

"Pues vente tras mí, me respondió, que Dios te ha hecho merced en topar

conmigo. Alguna buena oración rezaste hoy."

Y seguíle, dando gracias a Dios por lo que le oí, y también que me

parescía, según su hábito y continente, ser el que yo había menester.

Era de mañana, cuando este mi tercero amo topé. Y llevóme tras sí gran

parte de la ciudad. Pasábamos por las plazas donde se vendían pan y

otras provisiones. Yo pensaba, y aun deseaba, que allí me quería cargar

de lo que se vendía, porque esta era propia hora, cuando se suele

proveer de lo necesario; mas muy a tendido paso pasaba por estas cosas.

"Por ventura no lo ve aquí a su contento, decía: yo, y querrá que lo

compremos en otro cabo,"

Desta manera anduvimos hasta que dio las once. Entonces se entró en la

iglesia mayor y yo tras él, y muy devotamente le vi oír misa y los otros

oficios divinos, hasta que todo fue acabado y la gente ida. Entonces

salimos de la iglesia.

A buen paso tendido comenzamos a ir por una calle abajo. Yo iba el más

alegre del mundo en ver que no nos habíamos ocupado en buscar de comer.

Bien consideré que debía ser hombre mi nuevo amo que se proveía en junto

y que ya la comida estaría a punto y tal como yo la deseaba y aun la

había menester.

En este tiempo dio el reloj la una después de medio día, y llegamos a

una casa, ante la cual mi amo se paró y yo con él y, derribando el cabo

de la capa sobre el lado izquierdo, sacó una llave de la manga y abrió

su puerta y entramos en casa. La cual tenía la entrada oscura y lóbrega

de tal manera, que parescía que ponía temor a los que en ella entraban;

aunque dentro della estaba un patio pequeño y razonables cámaras.

Desque fuimos entrados, quita de sobre sí su capa y, preguntando si

tenía las manos limpias, la sacudimos y doblamos, y muy limpiamente

soplando un poyo que allí estaba, la puso en él. Y hecho, esto, sentóse

cabo della, preguntándome muy por extenso de dónde era y cómo había

venido a aquella ciudad.

Y yo le di más larga cuenta que quisiera, porque me paresció más

conveniente hora de mandar poner la mesa y escudillar la olla que de lo

que me pedía. Con todo eso, yo le satisfice de mi persona lo mejor que

mentir supe, diciendo mis bienes y callando lo demás, porque me parescía

no ser para en cámara. Esto hecho, estuvo ansí un poco, y yo luego vi

mala señal por ser ya casi las dos y no le ver más aliento de comer que

a un muerto.

Después desto, consideraba aquel tener cerrada la puerta con llave ni

sentir arriba ni abajo pasos de viva persona por la casa. Todo lo que yo

había visto eran paredes, sin ver en ella silleta ni tajo ni banco ni

mesa ni aun tal arcaz como el de marras. Finalmente, ella parecía casa

encantada. Estando así díjome:

"Tú, mozo, ¿has comido?"

"No, señor, dije yo, que aún no eran dadas las ocho, cuando con vuestra

merced encontré."

"Pues, aunque de mañana, yo había almorzado y, cuando ansí como algo,

hagóte saber que hasta la noche me estoy ansí. Por eso, pásate como

pudieres, que después cenaremos."

Vuestra merced crea, cuando esto le oí, que estuve a poco de caer de mi

estado, no tanto de hambre como por conoscer de todo en todo la fortuna

serme adversa. Allí se me representaron de nuevo mis fatigas y torné a

llorar mis trabajos. Allí se me vino a la memoria la consideración que

hacía, cuando me pensaba ir del clérigo, diciendo que, aunque aquél era

desventurado y mísero, por ventura toparía con otro peor. Finalmente,

allí lloré mi trabajosa vida pasada y mi cercana muerte venidera.

Y con todo, disimulando lo mejor que pude, dije:

"Señor, mozo soy, que no me fatigo mucho por comer, bendito Dios. Deso

me podré yo alabar entre todos mis iguales por de mejor garganta, y ansí

fuí yo loado della fasta hoy día de los amos que yo he tenido."

"Virtud es esa, dijo él, y por eso te querré yo más. Porque el hartar es

de los puercos, y el comer regladamente es de los hombres de bien."

"¡Bien te he entendido!, dije yo entre mí. ¡Maldita tanta medicina y

bondad como aquestos mis amos que yo hallo hallan en la hambre!"

Páseme a un cabo del portal y saqué unos pedazos de pan del seno, que

me habían quedado de los de por Dios. El, que vio esto, díjome:

"Ven acá, mozo. ¿Qué comes?"

Yo llegúeme a él y mostréle el pan. Tomóme él un pedazo, de tres que

eran el mejor y más grande. Y díjome:

"Por mi vida, que paresce este buen pan."

"¡Y cómo, agora, dije yo, señor, es bueno!"

"Sí, a fe, dijo él. ¿Adonde lo hubiste? ¿Si es amasado de manos

limpias?"

"No sé yo eso, le dije; mas a mí no me pone asco el sabor dello."

"Así plega a Dios", dijo el pobre de mi amo.

Y llevándolo a la boca, comenzó a dar en él tan fieros bocados, como yo

en lo otro.

"Sabrosísimo pan está, dijo, por Dios."

Y como le sentí de qué pie cosqueaba, dime priesa. Porque le vi en

disposición, si acababa antes que yo, se comediría ayudarme a lo que me

quedase. Y con esto acabamos casi a una, y mi amo comenzó a sacudir con

las manos unas pocas de migajas y bien menudas, que en los pechos se le

habían quedado. Y entró en una camareta que allí estaba, y sacó un jarro

desbocado y no muy nuevo y, desque hubo bebido, convidóme con él. Yo,

por hacer del continente, dije:

"Señor, no bebo vino."

"Agua es, me respondió. Bien puedes beber."

Entonces tomé el jarro y bebí; no mucho, porque de sed no era mi

congoja.

Ansí estuvimos hasta la noche, hablando en cosas, que me preguntaba, a

las cuales yo le respondí lo mejor que supe. En este tiempo metióme en

la cámara donde estaba el jarro de que bebimos, y díjome:

"Mozo, párate allí y verás cómo hacemos esta cama, para que la sepas

hacer de aquí adelante."

Púseme de un cabo y él del otro, e hicimos la negra cama; en la cual no

había mucho que hacer, porque ella tenía sobre unos bancos un cañizo,

sobre el cual estaba tendida la ropa encima de un negro colchón que, por

no estar muy continuado a lavarse, no parescía colchón, aunque servía

del, con harta menos lana que era menester. Aquél tendimos, haciendo

cuenta de ablandalle, lo cual era imposible, porque de lo duro mal se

puede hacer blando. El diablo del enjalma maldita la cosa tenía dentro

de sí, que puesto sobre el cañizo, todas las cañas se señalaban, y

parescían a lo proprio entrecuesto de flaquísimo puerco. Y sobre aquel

hambriento colchón un alfamar del mismo jaez, del cual el color yo no

pude alcanzar.

Hecha la cama y la noche venida, díjome:

"Lázaro, ya es tarde y de aquí a la plaza hay gran trecho. También en

esta ciudad andan muchos ladrones, que siendo de noche capean. Pasemos

como podamos y mañana, venido el día, Dios hará merced. Porque yo por

estar solo no estoy proveído; antes he comido estos días por allá fuera.

Mas agora hacerlo hemos de otra manera."

La Novela Picaresca · 第 1 / 9 段