No nos sentamos a la mesa hasta las tres de la tarde. En el comedor
apenas se cabía; lo ocupaba casi todo la inmensa mesa en forma de
herradura, guarnecida por simétricos jarrones con flores y ramilletes
de dulce. Yo no sé cómo había ido reuniéndose gente y más gente en la
boda: los convidados pasábamos de treinta. Había allí mucho señorío
de San Andrés, mucho cura, mucho médico, el ayudante de Marina, dos o
tres propietarios rurales, alcaldes, caciquillos, señoritas, amigos
políticos de mi tío, y hasta el buen D. Wenceslao Viñal, que se
colocó a mi lado por gusto de tener a quien hablar de sus chifladuras
arqueológico-históricas.
Lupercio Pimentel, el ahijado de D. Vicente Sotopeña, ocupaba el puesto
de honor a la derecha de la novia. Era apuesto, correcto, bien hablado,
cordial y bromista al modo que lo son los políticos de este período
actual, que reemplazan la influencia de las ideas y los principios con
la de las simpatías personales que suman incesantemente. Desde que
empezó la comida, noté que no perdía ripio, que trataba de atraerse a
aquel auditorio, a aquellos _elementos_, como diría él. Tendió la vista
en derredor, e inclinándose hacia mi tío por encima del hombro de la
novia, le oí que murmuraba:
--Y el alcalde de San Andrés, ¿cómo no está aquí?
--Verá usted... --respondió mi tío--. Le tenemos tan de esquina con
nosotros...
--Por lo mismo, por lo mismo. Conviene que luego el amigo Calvete
le ponga entre los convidados --añadió señalando al director del
_Teucrense_, que se inclinó lisonjeadísimo.
Después de reflexionar un momento, añadió Pimentel:
--Que vayan a buscarle dos... Que lo traigan por fuerza si es preciso.
Con que llegue a los brindis...
Levantáronse dócilmente Castro Mera y el ayudante de Marina, y bajo
un sol abrasador salieron camino de San Andrés, a fin de traernos el
_elemento_ refractario.
Mientras servían la sopa, el ahijado del Santo hablaba a media voz con
el novio, pero de manera que sus palabras produjesen impresión en el
público.
--Cánovas se ha hecho imposible... Tiene contra sí a la opinión
sensata... La Regencia no es viable con él... Una situación
conservadora no sería viable...
Se me figuró, no sé por qué, que algunos de los presentes no
comprendían el sentido de la palabra _viable_; pero en fin, se daban
cuenta de que no ser viable era cosa mala y perjudicial en grado sumo
para Cánovas; y cuando Pimentel dijo que los de Pí eran un partido
_utópico_, eso sí que lo entendieron muy bien y hubo murmullos de
aprobación a la redonda.
Yo apenas oía. Estaba en el Tejo, valsando, sintiendo a cada vuelta
cimbrearse el piso y temblar con prolongado susurro el ramaje verde...
Al segundo plato fué preciso salir de mi abstracción, porque el
aprendiz de clérigo, sentado a mi izquierda, salió por el registro de
pellizcarme, empujarme el codo y oprimirme el pie a cada palabra que
Pimentel decía. No sé qué hierba habría pisado el tal Serafín: acaso
los dos vasitos de rico tinto del Borde que se atizó al tragar la sopa,
estimularon su empobrecida sangre y le sacaron de su infantil sosera,
convirtiéndolo en satírico mordaz: lo que afirmo es que al par de los
codazos y pisotones, dió en soltarme observaciones tremendas, dignas de
un Juvenal con sotana.
--Mire --me decía pasito--, ¿qué le parece, Salustio? ¿Qué me dice
de la poca vergüenza que tenemos los gallegos? Dejamos desierto el
templo del Señor, y adoramos al becerro de oro... _¡Fecerumque sibi
deos aureos!_ No van en Romería a Nuestra Señora de las Nieves... y
van al Santo de las naranjas por mamar destinos, por chupar turrón...
Van todos, ni uno falta... Quien no va de vivo irá de muerto... Usted
no escapa. Ya le rezará al Santiño milagroso. Y si no le reza... más
que invente _puentes imánticos_ o _carreteras eléctricas_... maldito
el caso que sus paisanos le han de hacer. ¿Quién le manda no ser Santo
también, tonto?
Afortunadamente la extensión de la mesa, el número de los convidados y
el zumbido de las conversaciones impedían que se oyesen los disparates
que ensartaba el mico eclesiástico; pero yo no pude contener la risa
al notar el azoramiento de D. Wenceslao Viñal, colocado a mi derecha.
Acababa el Santo de obrar uno de sus milagros con el bienaventurado
arqueólogo, otorgándole un sueldecillo de bibliotecario de la
Diputación, y el terror más profundo se pintaba en sus espantados ojos.
¡Si Pimentel oía aquellas barrabasadas y se las atribuía a él! A pesar
del habitual sonambulismo de los ratones de biblioteca, Viñal aguzaba
las orejas advirtiendo el riesgo horrible que corrían sus benditos seis
mil reales...
--Salustio --suplicó angustiado--, haga callar a ese majadero... Está
poniéndonos en evidencia... Por las benditas ánimas...
La excitación de mis nervios me impulsó a llevar la contraria al
pacífico erudito. Yo también me sentía inclinado a la censura agria
y pesimista. Lo que me irritaba era el aspecto de mi tío, rebosando
satisfacción, haciendo la corte a Pimentel más que a su novia;
brindándole la función, «¡Gente rastrera! --pensaba yo--, si queréis
inclinaros, inclinaos enhorabuena ante el Padre Moreno, que representa
el sacrificio de la vida en aras de una idea; ante esa recién casada,
que personifica la virtud y el deber, pero no ante el que reparte la
sopa boba... También a mí me entran ganas de desahogar. Serafín no va
descaminado.»
No sabiendo cómo desahogar mi impaciencia, y sin hacer caso de
Viñal, que me tiraba de la manga, aproveché la primer coyuntura para
contradecir a Pimentel. Creo que fué a propósito de Pí, de las utopías
y de las cosas _viables_ o no _viables_. Causó general asombro el que
me atreviese a alzar la voz de tan inconsiderada manera, y mi tío me
miró con una expresión que redobló mis bríos.
--¿Que no es _viable_ la república aquí? ¿Y por qué, vamos a ver?
Lo que no puede prolongarse es la anarquía mansa en que vivimos...
Padecemos los inconvenientes de la monarquía, y no gozamos sus
ventajas. No hay cohesión, no hay unidad, y las costumbres políticas
han llegado a relajarse de tal modo, que el hombre de Estado que
aspira a dar ejemplo de moralidad, se pone en ridículo, y el que tiene
convicciones, ídem.
Pimentel se volvió hacia mí, respondiéndome con calma y cortesía:
--Lo que usted desea, y que en el fondo todos deseamos, en otras razas,
en razas del Norte, ¡pssch! podría ser; pero aquí, con la sangre
árabe que llevamos en las venas y nuestra eterna indisciplina... ¡oh!
imposible, imposible...
Nadie más ardiente defensor de las libertades que él, conocidos eran
sus sacrificios... (todo el mundo asintió) pero no confundamos,
señores... no confundamos, señores, la anarquía y la licencia con la
libertad justa, racional, viable. Los países del Norte producen hombres
de Estado porque las multitudes están educadas ya para las libertades
políticas, es una transmisión hereditaria, digámoslo así; hereditaria.
Y si no, vean ustedes las teorías de Thiers, la opinión inglesa...
No sabiendo por dónde salir, me agarré a Thiers como quien se agarra a
un clavo ardiendo.
--Será la opinión francesa, señor mío. Porque usted no ignorará que
Thiers...
Hice de propósito una pausa durante la cual mi adversario me miró con
cierta ansiedad.
--Que Thiers era francés.
El cura de San Andrés, desde un rincón, lanzó tímidamente:
--Claro que era francés. Como que fué el que pacificó a Francia después
de la Commune.
Dirigiendo la vista alrededor para juzgar del efecto de mis palabras,
ví el rostro del señor de Aldao que expresaba desaprobación y sorpresa;
el de mi tío, sofocado de cólera, y el del Padre Moreno, alegrado por
una picaresca sonrisa. Pimentel replicó:
--Desde luego que era francés... No se trataba de eso, me parece...
Decíamos que la opinión inglesa... porque no hay duda, Inglaterra
es el país del _self_... del _self governement_, como demostró con
mucho acierto el distinguido Azcárate... y nosotros... nuestra
idiosincrasia... Implanten ustedes aquí lo que en naciones más... No
resultará viable: porque todo gobernante ha de tomar muy en cuenta las
tendencias ingénitas de la raza...
--Todo eso es palabrería --argüí--. Generalidades que nada prueban.
Concretemos, si usted gusta. No tratamos de razas. Se habla de la
república española, con la cual el que más y el que menos de los que
hoy mandan tenía adquiridos compromisos, y que entregaron por treinta
dineros como Judas. ¿Harían otro tanto si la Restauración no les
hubiese abierto el presupuesto de par en par?
Sólo comprendí la impertinencia de mi agresión al oir a Serafín que,
batiendo palmas, exclamaba con destemplado chillido:
--Por ahí, por ahí... Gui guii. ¡Por ahí duele!
Pimentel, limpiándose el bigote con la servilleta, se volvió hacia mí,
y en lugar de responder enojado, me dió la razón sonriendo.
--Es muy cierto, señor Meléndez. El tacto de la Restauración al aceptar
los elementos revolucionarios, ha hecho viable lo que acaso en otras
circunstancias...
Interrumpió el período la llegada del alcalde de San Andrés; a quien
traían medio arrastras los dos comisionados del joven personaje.
Todos debían de haber subido muy aprisa la cuesta, porque venían
sofocadísimos. El alcalde sudaba a chorro y se limpiaba las mejillas
con un pañuelo enorme. Tartamudeó algunas frases para decir que él «no
se consideraba llamado a sentarse en tal banquete», y Pimentel, hecho
un azúcar, le apretó la mano, le buscó sitio a su lado, no perdonando
medio de captarse la voluntad del adversario político.
Yo no sabré decir cómo era el _menú_ de aquella pesada comida. Me
parecía que iban saliendo todos los platos que en libros de cocina
figuran, y que la torpeza de los criados, su inexperiencia en servir,
prolongaban el convite indefinidamente. Lo más difícil de sujetar a
inventario serían los postres, los licores, los vinos, los infinitos
pasteles, los amazacotados dulces de Pontevedra, las tartas enviadas
por Fulanito y Menganito, allí presentes, y a quienes no se podía
desairar.
Bebí cinco o seis copas de champaña; pero no me produjeron otro efecto
sino un recrudecimiento del espíritu batallador que me había inducido a
provocar a Pimentel. Me sentía guerrero, agresivo, quijotesco, deseoso
de armarla con todos y contra todos. Y bajo aquella efervescencia
singular, notaba el latido sordo de una pena muy recóndita, especie
de nostalgia de algo que me parecía haber perdido. No acertaría a
explicarlo: era de esos sentimientos sutiles y punzadores que a veces
no corresponden a las necesidades profundas de nuestra alma, sino
a ciertos antojos de la fantasía, defraudados por la realidad. La
novia --a quien miraba de cuando en cuando a hurtadillas-- tenía el
semblante abatido y fatigado; probablemente no era sino cansancio del
largo festín, pero a mí se me figuraba que era tristeza, la amargura
del cáliz, el antesabor de las hieles del trago... ¿Y por qué no? ¿No
existía la conversación en el árbol? ¿No me constaba que mi tío le
inspiraba repugnancia indefinible, y que sólo por cumplir un deber
moral, el _imperativo categórico_ de su fe, se había acercado al
ara, verdadera ara de sacrificio? Yo quería a toda costa penetrar en
su alma, ver por dentro aquel espíritu doliente. ¿Qué pensará? ¿Qué
esperará? ¿Qué temerá la blanca novia?
Entretanto el champaña, que a mí sólo me había exaltado la imaginación,
surtía sus efectos por la mesa, y no faltaban caras sofocadas, ojos
que echaban chispas, voces algo descompasadas e injustificadas
locuacidades, excesivas y vehementes, risotadas de alto diapasón y
efusiones sin causa. Castro Mera estaba empeñado en defender las
excelencias del derecho; un señorito de San Andrés desafiaba a otro
de Pontevedra a quién se bebía más curasao; el ayudante de Marina
disputaba con el alcalde sobre aparejos de pesca prohibidos; Serafín
reía convulsivamente, porque Viñal sostenía con gran tesón que él
poseía documentos comprobantes de cómo Teucro había fundado a Helenes,
y hasta se jactaba de conocer el sitio en que Teucro podía estar
enterrado. El señor de Aldao determinó levantar la sesión diciendo a
los convidados que no se molestasen, que él iba a enseñarle a Pimentel
la finca y a tomar un poco el fresco. Fuéronse la novia del brazo de
Pimentel y el novio y suegro muy compinches.
Con su marcha, la animación de la mesa subió de punto, y la algarabía
fué tal, que allí no se entendía nadie. Unos disputaban, otros reían,
otros argüían descargando puñadas sobre el mantel, ya manchando de vino
y salpicando a trechos del huevo hilado que se caía de las tartas o de
pedazos de fruta en dulce. En los platillos se derretían fragmentos
de queso helado, mezclados con ceniza de cigarro. No se comía; sólo
se bebía, haciendo gasto extraordinario de licores y vinos dulces. El
señorito de San Andrés, el de la apuesta, había tenido que asomarse a
tomar el fresco en la ventana, y en cambio el de Pontevedra, impávido a
pesar de la prodigiosa cantidad de copas sorbidas, se entretenía ahora
en sacar de sus casillas a Serafín. Ya le había hecho beber cantidad
de anís del Mono, y ahora se entretenía en echarle, por un barquillo
puesto a manera de embudo, Jerez y Pajarete, todo mezclado.
El monago protestaba unas veces, tragaba otras y en su rostro pálido y
desencajado notábamos los efectos del alcohol. Hubo un momento en que
se formalizó, y gritando con voz becerril: «No más, no me da la gana,
cebolla, piñones, _quoniam_, ¡que no soy esponja!» rechazó la mano y el
Jerez vino a caerle sobre el pecho, empapándolo. De repente su palidez
se convirtió en rubicundez apoplética, y subiéndose encima de la silla,
dió en perorar.
--Señores, hago muy mal en estarme aquí. Bien empleado que me ahoguen
con Pa... Pajarito... o con otro veneno liberal. Ustedes son liberales;
la primera se prueba _per se... per se..._
--¡Per _só_! --chillaron Castro Mera y el ayudante.
--El ser liberal constituye un pecado mayor que ser homicida, adúltero
o blasfemo... Esta segunda lo pruebo con Sardá y los Padres de la
Iglesia en la uña... Luego yo, que bebo Pajarito con ustedes... ¡estoy
incurso en excomunión mayor _latæ setentiæ_! ¿No sabéis lo que dijo
un pájaro gordo en la jerarquía eclesiástica? ¿No lo sabéis, piñones?
¡Gui, gui! Pues dijo: «_Cum ejus modi nec cíbum sumere_». ¿Eh? Me
parece que bien claro lo cantó. «_Cum ejus modi nec Pajaritum su...
sum..._»
Yo le miraba con curiosidad. No podía dudar que por momentos aquel
escuerzo era sincerísimo en sus alharacas, y que salía de su pecho a
borbotones un sentimiento real. Se creía el monago nada menos que un
apóstol y hablaba amenazándonos a todos con los puños cerrados. Sus
gritos fueron haciéndose muy roncos; su garganta se apretó, y sus
ojos, como dos bolas blancas, salieron de sus órbitas. Después de una
gesticulación frenética, pasando de la elocuencia que demuestra a la
violencia que contunde, enarboló la botella que tenía delante y nos
amenazó con tirárnosla a la cabeza. Lo que encendía su furor eran
ciertos proyectos de procesión cívico-política de Pimentel. Aquello le
sacaba de quicio. ¡Extraños efectos de la _curda_! Tan borrego como
parecía el pobrete aprendiz de teólogo cuando se encontraba en su
estado normal y libre de la influencia de los espíritus parrales, tan
belicoso y propagandista se volvía bajo el influjo del alcohol. Nos
dijo a todos horrores y se desató principalmente contra Sotopeña. Ví el
instante en que todo aquello se iba a poner feo; porque Castro Mera,
algo alumbradillo, también, emprendió a voces y manotadas la defensa de
las ideas políticas que atacaba el cleriguín; y como éste respondiese
con desaforadas invectivas, o por mejor decir, injurias manifiestas,
de repente le ví espumar por la boca, oí su risa timbrada por la
insensatez, y noté que sus puños se crispaban y que sus dedos errantes
buscaban al través de platos y copas un arma, un cuchillo. Refrené
a Castro Mera, diciéndole por lo bajo: «Es un ataque de epilepsia
como una casa.» En efecto, Serafín se retorcía ya entre los brazos
de los que pretendían sujetarle. Con fuerza hercúlea, o más bien con
formidable tensión nerviosa, momentánea virtud del aura epileptiforme,
a patadas, a mordiscos, a puñadas, defendíase lo mismo que una fiera,
y hubo momentos en que creímos que podría más que todos nosotros
juntos. Al fin logramos atarle las manos con una servilleta; le
inundamos de colonia, de agua fría, de vinagre; le cojimos por los pies
y por los hombros, y no sin trabajo le subimos a la torre y le echamos
sobre su cama, sumido, al parecer, en una modorra que interrumpían a
veces cortos espasmos.