El día de la boda, dos después de este episodio, me desperté con
la impresión de sentir allá dentro, dentro, en el fondo de la caja
torácica, el molimiento del batacazo. A fuerza de aplicarme paños
del árnica que compré secretamente en la botica de San Andrés, había
conseguido que no se marcasen las contusiones y erosiones que tenía en
la cara y manos. De mi ropa se había rasgado tan sólo el forro de la
americana; menos mal. Los dos únicos testigos de la escena sin duda se
habían puesto de acuerdo para callar; pero me miraban de vez en cuando,
y yo sentía desagradable impresión al encontrar la mirada de Carmiña,
triste y severa, o los ojos del franciscano, en que me parecía notar
mezcla humillante de enojo y desdén.
Por eso lamentaba tener el cuerpo tan quebrantado, «¿A que me he
resentido o roto alguna cosa» pensé «y ahora se descubre el pastel por
fuerza?» Con el decaimiento físico se enlazaba un estado espiritual de
bastante lirismo, según demostrarán algunos párrafos de mi nueva carta
a Luis:
«Chacho, no sé cómo decirte lo que me sucede. He sorprendido los
secretos de mi futura tía, por casualidad, y me he convencido de
que es un ángel, un serafín en figura de mujer. Con razón aseguraba
el fraile que Carmiña realiza el tipo de la perfecta cristiana.
Es indudable que en una mujer así hay algo que impone veneración,
algo de celestial. Hice mal en dudarlo y en imaginar siquiera que
no fuese una santa. ¡Y si vieses qué desgraciada, qué abnegación
la suya! Te referiré lo que sucede... y me dirás si cabe mayor
heroismo, ni más dignidad. Estoy absorto desde que he penetrado los
móviles de su conducta...»
Se los explicaba largamente, encomiando la resolución admirable de
tití, y añadía para concluir de descargar mi conciencia:
«También el fraile me parece bueno... Me voy inclinando a que
cumplirá todos sus votos. Nada, chico: los cumplirá. Existe la
virtud, ¡cuidado si existe! Aún hay patria... No sé lo que siento:
no sé si desde que veo claro quiero más a la tití, de un modo allá
muy refinado, o si ya no me importa como mujer. Lo seguro es que
mi tío no merece el tesoro. ¡No encontraré yo mujer semejante, si
llego a casarme andando el tiempo!»
Esta epístola la escribí la víspera del día fatal. Al amanecer éste,
me encontré, según iba diciendo, molido y con los huesos hechos harina,
y unas ganas incontrastables de quedarme así, tumbado boca arriba, sin
moverme, ni pensar, ni resollar siquiera. Pero el maldito monaguillo
entró en mi cuarto y vino derecho a alzar las sábanas.
--¿Qué tiene? --preguntaba--. Está como los gatos cuando se tumban al
caerse de los tejados. ¿Qué le duele al señorito? ¿Le doy unas friegas?
Me enderecé penosamente, y amenazándole con el puño cerrado, exclamé:
--Como hables de caídas...
--Bueno, hablaremos de lo que usía disponga... _¡Ne in furore tuo
arguas me!_
--Voy a argüírte con un zapatazo si no callas...
--Ey... no vale arrimar piñas. Arribiña, que ya están poniéndole
cascabeles a la novia... ¿No oye la orquesta del teatro Real, Imperial
y Botánico? Pues toca que se las pela.
En efecto, del patio subían notas ligeras, campesinas, que parecían
danzar con alegría pastoril. Eran los gaiteros afinando y preludiando
la alborada. Aquella música fresca, jubilosa, me oprimió el corazón.
Haciendo un esfuerzo me levanté. Parecíame notar en el pecho una
especie de malestar depresivo, como si tuviese allí una piedra de mucho
peso, un malestar intolerable. De mala gana me lavé, me vestí lo mejor
que supe, y bajé a desayunarme. Otro tanto hacían la mayor parte de
los convidados a la boda. Noté que el señor de Aldao estaba inquieto,
y supe que su inquietud provenía de una carta recién llegada del
Naranjal. Escribíala, en nombre de don Vicente Sotopeña, su ahijado y
protegido Lupercio Pimentel; el cual, después de muchas y muy corteses
felicitaciones y grandes protestas de amistad hacia mi tío se declaraba
comisionado por don Vicente para asistir en su nombre, ya que no a la
ceremonia, a la comida. Y aquí de los apuros de don Román, temeroso
de que no hubiese todos los perfiles que requería la presencia de tan
importante persona. Casi hubiera preferido Aldao tener que habérselas
con el mismo Santo. Este al fin era la quinta esencia de la llaneza,
y en dándole platos regionales y bromas en dialecto, en ninguna falta
repararía. En cambio el ahijado... ¡Dios sabe! Joven, elegantón,
acostumbrado a los festines de la corte...
Despachado el chocolate entramos en la sala, se oyeron en el pasillo
voces femeniles, exclamaciones, y apareció la novia rodeada de varias
amiguitas pontevedresas convidadas a la ceremonia y seguida de
Candidiña, de doña Andrea, de la chiquilla, que se atropellaban por
contemplarla mejor.
Carmiña Aldao venía pálida y ojerosa: sus ojos negros tenían el cerco
cárdeno que pintan las noches de insomnio. Lucía el traje blanco de
red de perlas, mantilla negra sujeta con joyas, un ramito de azahar
natural en el pecho, rico pañuelo, guantes largos, devocionario y
rosario de nácar. Después de saludar a su novio, que le dió los buenos
días algo cohibido, y de sonreir a los demás, se quedó sin saber qué
hacer, plantada en mitad del saloncito; pero cuando el señor de Aldao,
a un movimiento de cabeza de mi tío Felipe, contestó diciendo «Vamos»,
la señorita se adelantó y con sencillez y viveza se acercó a su padre:
«Perdóname si en algo te he ofendido», le dijo en voz vibrante aunque
contenida, «y dame tu permiso, para que sea feliz.» Al pronunciar
estas palabras, clavó en su padre una mirada elocuente, profunda, casi
terrible a fuerza de concentración. El señor de Aldao volvió la cabeza
murmurando un «Dios te bendiga». Creo que noté en sus pupilas cierto
brillo... Hay cosas que crispan las nervios. Las amiguitas se dedicaron
a arreglar a la novia los volantes, a recoger las perlitas del bordado,
algunas de las cuales andaban por el suelo ya. Y sin darnos el brazo,
en formación desordenada, nos encaminamos a la capilla.
Esta estaba fragante de flores, toda tapizada de helecho y anís,
iluminado el altar con infinitos cirios. La ceremonia fué larga, porque
se casaron y velaron a un tiempo. Escuché el claro _sí_ de la esposa
y el opaco del esposo. Oí leer la que todo el mundo llama epístola de
San Pablo, aunque no lo sea. Allí el marido era asimilado a Cristo, la
mujer a la Iglesia; y en confirmación de esta superioridad viril, la
bordada estola cayó sobre la cabeza de la novia a la vez que sobre el
cuello del novio. Carmiña Aldao, cruzando las manos sobre el pecho,
inclinó la frente sometiéndose al yugo.
Había entre el concurso de espectadores aldeanos y aldeanas, venidos
por curiosidad, y que se empujaban, con murmullo respetuoso, a fin
de ver algo por encima de las cabezas del señorío. Cuando se hubo
terminado la misa, estallaron los cohetes, las gaitas del país dejaron
oir su ronquido característico, y la gente se agolpó, saliendo en
tropel, la novia rodeada de sus amiguitas, que pellizcaban pétalos y
gromos de azahar y la besuqueaban. Fué un momento embarazoso. ¿A dónde
ir, qué hacer, con qué entretener a la reunión? Castro Mera, que era
joven y animado, propuso que nos trasladásemos al Tejo, que sacasen el
piano al jardín y que armásemos baile, mientras los novios y el Padre
Moreno se desayunaban, pues por la misa y la comunión no habían podido
hacerlo.
Se aceptó la idea. Aún no había empezado el baile, cuando volvió a
aparecer la novia, ya sin mantilla; había tomado un sorbo de chocolate
y venía a cumplir sus deberes de sociedad. El primer rigodón lo
tocó ella, desde el jardín. El segundo una señorita pontevedresa, y
Castro Mera lo bailó con la que ya puedo llamar mi tía. Después, una
señorita de San Andrés propuso un vals de vueltas. Yo había bailado los
rigodones arrastras, sólo porque no cayesen en la cuenta del molimiento
y dolor de mis costillas; pero apenas oí vals, me pasó por la mente
un verteriano relámpago. «La abrazaré antes que la hayan tocado los
brazos de su novio». Y levantándome con ímpetu, olvidado ya de la
caída, la propuse el vals. Se negaba sonriendo, pero las amiguitas la
empujaron, y entonces, haciendo un gesto que podría significar «así
como así ya es la última vez», colocó su brazo izquierdo sobre el mío y
dejó que con el derecho rodease su cintura.
Al estrecharla comprendí por repentina intuición que estaba prendado de
aquella mujer, irremisiblemente ligada ya a otro hombre. El tenerla así
enlazada --en aquel camarín vegetal, aromático, espolvoreado de oro por
el sol que a veces, colándose entre las ramas, lanzaba una juguetona
estrellita de luz al pelo o a la frente de la novia-- me volvía loco.
Notaba las delicadas líneas del cuerpo airoso de Carmiña; sentíame
bañado en su aliento, y la disparatada idea se convirtió en sentimiento
tan vehemente, que necesité reprimirme para no estrechar a mi pareja,
haciéndola daño. Mi arrebato era, no obstante, de lo más puro y elevado
que se ha visto en esto de transportes amorosos. Sentía una ilusión
celestial (si me es dado expresarme así), una ilusión divina, noble en
su origen y en su desarrollo. Lo que me exaltaba era pensar que tenía
allí en mis brazos a la mujer más santa y pura de la tierra, y que esta
mujer, aunque perteneciente a otro, estaba todavía virgen, intacta,
como el cáliz de una azucena, como el propio azahar que llevaba
prendido aún en el pecho, y que al empezar a marchitarse despedía aroma
fuerte y embriagador.
Girábamos con gran suavidad, y entre vuelta y vuelta, creo que la dije:
«Ya somos parientes; ¿puedo tutearte?».
--Naturalmente: sólo faltaría que me dijeses de usted con mucha
política.
--¿Te enfadarás?
--No. ¿Por qué?
Guardé silencio. Los pliegues de su traje de seda me acariciaban las
rodillas, y sentía el corazón, agitado por el movimiento del vals,
latir fuertemente.
Entonces, con impulso invencible, ascendió la verdad a mis labios.
--Tití--murmuré--, perdóname; yo me he portado mal contigo. ¿No sabes?
Fuí un indiscreto... ¡Pero me alegro tanto, tanto! Porque ahora conozco
todo lo que vales tú... y mira, porque lo conozco, estoy fuera de mí.
¿No lo ves?
--Calla, bobo --articuló ella, algo acortada de respiración por el
movimiento del vals--. Si fuiste indiscreto... ¿qué quieres que te
diga? Hiciste muy mal. ¡Muy mal!
--Ya lo sé --respondí compungido--. Por eso te pido que me perdones.
Anda. ¿Me perdonarás?
--Bueno --murmuró ella como el que accede al antojo de un niño.
--¡Qué santa eres! --exclamé con delirio en voz baja y honda.
Dimos algunas vueltas. Nos mareábamos de girar en aquel sitio tan
estrecho. Ella se detuvo un instante. Entonces la pregunté:
--Tití, ¿piensas bailar más en tu vida?
--No. Este es el último vals. Las casadas no bailan.
--¿El último?
--De seguro.
--Pues dame, por Dios y por la Peregrina, ese ramito de azahar. Dámelo.
--¿Para qué lo quieres?
--Dámelo... Si no, haré cualquier estupidez.
--¡Toma, sobrino! --exclamó deteniéndose-- y no vuelvas a esconderte en
los árboles.
Guardé el ramo como el ladrón la robada presea, y miré a mi tití,
calando la mirada hasta el fondo de los ojos. No me pareció notar en
ella severidad ni cólera al hacerme aquella franca declaración de haber
sorprendido mi diablura. Un poco de pudor alarmado se veía, sí, en sus
pupilas; pero este continente grave lo templaba la media sonrisa y la
animación de su rostro, encendido por el movimiento del vals. Por mi
gusto, el tal baile no se concluiría nunca. Silencioso ya, porque la
fuerza de mis sentimientos me ataba la lengua; arrebatado al quinto
cielo, incapaz de reprimirme, debí de apretar convulso la delgada
cintura... pues de improviso se detuvo mi tití, y con rostro demudado y
voz firme, pronunció:
--Basta.