Bajamos al jardín: la tarde caía ya, y no venía mal la brisa para
despejar las cabezas acaloradas. Yo creía no tener ni sombra de lo que
por borrachera se entiende: y sin embargo, atribuí el extraño peso
que notaba en el corazón, la infinita melancolía que se apoderó de
mí, a los efectos del vino, que a veces producen ese doloroso tedio,
cayendo en el alma como piedras en la hondura de un pozo. Aquella
gente alborotada, alegre, bromista, que tomaba la boda por fausto
acontecimiento, me producía fastidio y aborrecimiento inexplicable:
parecíame no haber tropezado nunca con personas tan antipáticas. Se
esparcieron por la finca gozando y riendo, y yo procuré quedar a solas
con mis negros pensamientos y mis lúgubres ideas. La imaginación se me
ponía más turbia cada vez, cual si enorme desventura pesase sobre mí.
Dirigíme por instinto a lo más retirado de la huerta, y abriendo la
puertecilla carcomida que comunicaba con el soto, la crucé con ímpetu,
hambriento de silencio y soledad. Una voz clara y enérgica pronunció:
«¿Adónde va usted, caballero Salustio?» Por voz y frase conocí al Padre
Moreno. El fraile estaba sentado en un banco de piedra, apoyado contra
la tapia, y leía en un libro, ocupación que suspendió al verme.
--Aquí me vine --dijo-- buscando sitio a propósito para hacer mis
rezos de costumbre. Ya estaba concluyendo. Y usted... ¿se puede saber
si también sale de la huerta para rezar?
--No --contesté en uno de esos ímpetus de franqueza súbita que suelen
proceder de haber envasado algunas copas de vinos fuertes entre pecho
y espalda--. He venido porque me aburría tanta gente, tanta bulla,
tanto regocijo y tanta necedad; porque me levantaba jaqueca la alegría
bestial y sin motivo.
--¡Bravo! Señor mío, ahora digo que le sobra a usted razón. A
mí también me hastiaban el comedor y la comida. Es un barullo
insoportable, nada tiene de particular que a un fraile le asuste; pero
a usted...
--Padre Moreno, crea usted que hay días en que, convicciones aparte, le
entran a uno ganas de meterse fraile y echar a rodar el mundo.
El fraile me miró, clavando en los míos sus ojos poderosos, serenos y
perspicaces.
--¿De veras se le ocurre a usted eso? Pues no extrañará usted si un
pobre fraile le responde que en mi opinión, ya está usted a la entrada
del camino de la sabiduría, y aun de la felicidad, hasta donde cabe en
la vida del hombre. Buscar la paz y el desasimiento no es virtud: es
egoismo y cálculo. Crea usted, caballero, que yo no envidio a nadie...
y en cambio compadezco a mucha, a muchísima gente.
El orgullo laico no se me encabritó al oir tales palabras. Después he
reflexionado en que a mí debiera enojarme la compasión del fraile,
compasión probablemente irónica, pues, dadas mis ideas, mi manera de
pensar y sentir en cuestiones religiosas y la significación absurda que
para mí tenían los votos monásticos, era yo quien debía compadecer a
Moreno, y como se compadece a las víctimas del absurdo y del sacrificio
inútil. Únicamente se explica mi extraña aquiescencia a las palabras
del Padre Moreno, suponiendo que existe en el fondo de nuestro espíritu
una tendencia perpetua a la abnegación, a la renunciación, por
decirlo así, tendencia que se deriva del subsuelo cristiano sobre el
cual reposa nuestro racionalismo superficial. Se me ocurría en aquel
momento de depresión: «¿Cuál es mejor, Salustio? ¿Seguir estudiando,
acabar la carrera, ejercerla, casarse, cargarte de hijos, sufrir las
impertinencias y los rozamientos de la vida, aguantar todo lo que
forzosamente ha de traer consigo, dolores, desengaños, conflictos y
peleas, o pasártela como éste, que en un día de boda coge su libro y se
viene a rezar al bosque?»
--Sí que compadezco a muchos --prosiguió el Padre cogiéndose de mi
brazo con familiaridad y llevándome, al través del soto, hasta un
pradito que limitaba un vallado vestido de parietarias y flores
silvestres--. A las gentes que juzguen... así, nada más que por
la superficie, les parecerá que hoy, en medio del bullicio, puedo
experimentar algo de envidia, considerando mi estado, tan diferente del
de los casados ¿eh?... Pues le aseguro (y usted no creerá que le digo
una cosa por otra, pues ya sabe que mi carácter es muy franco) que más
bien parece como si me inspirasen los novios una especie de lástima, al
pensar en... vamos, los trabajos que les esperan, por más felices que
usted me los suponga: aunque Dios les reparta a manos llenas cuanto se
entiende por dichas.
Los sentimientos del fraile estaban en aquel momento tan conformes con
los míos, que le hubiese abrazado de buena gana. Y cediendo por segunda
vez al prurito de desahogarme, indiqué sentándome en el vallado:
--A mí, Padre Moreno, esta boda me parece un puro disparate; o mucho me
engaño, o va a traer consecuencias funestísimas. Carmiña es un ángel,
una santa, un sér excepcional; y mi tío... ¡Qué sé yo!... Tengo mis
motivos para conocerle.
Mudó repentinamente de aspecto la cara del Padre. Sus ojos se tornaron
severos: su entrecejo se frunció: recogióse su boca pasando de la
amabilidad a la seriedad, a la austeridad casi. Ví en su fisonomía una
expresión que tenían rara vez: era el hábito saliendo a la cara: eran
el fraile y el confesor que reaparecían bajo el hombre afable, cortés,
comunicativo, humano.
--Habla usted con ligereza --declaró-- y perdone que le ate corto.
Tal vez crea tener algo en qué fundarse, y a la verdad, siento que me
obligue a recordar _eso_... Quería olvidar que fué usted más imprudente
y curioso de lo que corresponde a una persona, que por su educación
y el objeto científico de su carrera debe dar ejemplo de seriedad a
todos. Ya sabe usted que no aludí a este asunto... Si usted mismo
me presenta la ocasión no la desperdiciaré. Creo que obró usted así
por aturdimiento natural en los pocos años; que a ser otra cosa...
¡caramelo!
--¿A qué se refiere usted? --dije sintiendo despertarse mi amor propio
y mirando al fraile con aire de desafío.
--¡Bah! Como si usted no lo supiera. Pero no soy amigo de medias
palabras. Me refiero al árbol... al Tejo. ¿Más claro aún? Al batacazo
que usted se chupó por escuchar lo que no le iba ni le venía.
--Cuidado, Padre... Los hábitos no dan derecho a todo... Yo...
--Usted nos escuchaba. ¿Sí o no? Nada de retóricas.
--Sí, ya que lo quiere usted saber. Sí; pero con ánimo...
--Con ánimo de oir la conversación.
--No, señor... Aguarde usted; déjeme explicar... Me podrá usted vencer
en prudencia, Padre Moreno, y en esta ocasión lo reconozco; pero en
pureza de intención y en altura de propósitos... ¡Lo que es en eso...!
Con todos sus votos no me gana usted, lo juro a fe de hombre honrado.
--Admito, y no es poco admitir --murmuró reposadamente el fraile--, que
eso sea verdad; y lo admito, porque me ha sido usted simpático desde
el primer momento, porque me ha parecido conocer y discernir bien su
carácter, y no veo en usted malicia diabólica, ni corazón dañado, ni
perversidad ninguna. Vamos, no dirá que no le hago justicia. Pero en el
caso de que tratamos, se me figura que adolece usted de un romanticismo
impertinente, que le lleva a desfacer entuertos como D. Quijote, y de
ese prurito de curiosidad malsana que nos induce a meternos en lo que
no nos importa, ni nos ha dado Dios misión de arreglar.
--Es que la boda de mi tío...
--Podrá preocuparle a usted por lo que afecta a sus intereses; pero si
por Carmiña va a ser feliz o desgraciada, o es buena, o es mala... En
eso tiene usted tanto que ver como yo en los asuntos del Emperador de
la China. Igualito, señor don Salustio; y no parece regular pretender,
por medio de una indiscreción, entrar en el santuario de un espíritu y
en los repliegues de una conciencia.
--Padre --contesté con firmeza, porque me estimulaba el enojo de la
reprimenda y la misma certeza de mi culpa--, usted dirá lo que quiera
del proceder mío; respetaré sus dichos, no por el hábito que viste, y
que ante mis convicciones no significa gran cosa, sino por la dignidad
con que usted lo lleva. Quedamos en que soy indiscreto, imprudente
entrometido, y cuanto usted guste agregar; pero eso no me quita la
razón cuando auguro mal de una boda hecha en ciertas condiciones y
circunstancias. Ya que no ignora usted que tengo motivos para estar
enterado, pues reconozco el delito del espionaje, no me niegue que
lo que hoy hizo usted en la capilla es la sanción de un desastre
horrible...
El fraile seguía mirándome cada vez más fruncido de ceño. En otras
circunstancias acaso me contendría su desagrado evidente; pero en
aquel instante, no había quien pudiese reducirme al silencio: le así
del brazo y le dije con fuerza:
--Oiga usted, Padre. Los matrimonios no consumados son muy fáciles de
deshacer dentro del derecho canónico. Mejor que yo lo sabrá usted.
Hábleme con sinceridad: apelo a su honradez. Podemos evitar una
desgracia grandísima. ¿Le parece que me acerque a la señorita de Aldao
y la diga?: «¡Pobrecita!, tú no comprendes en la que te has metido,
pero estás a tiempo: no es válido tu matrimonio: protesta y échalo todo
a rodar. No quieras completar el daño. Líbrate de esa cosa atroz... En
tu inocencia no puedes imaginarte lo que es ser esposa de mi tío. Un
horror... mira que te lo aseguro. No llegue yo a verlo. Antes cieguen
mis ojos. El Padre Moreno, hombre de bien, te aconseja lo mismo. Anda
valor... rompe, rompe la cadena... Yo te ayudaré, y el Padre Moreno, y
todos... ¡Ánimo!»
--Lo que juro --afirmó el fraile-- es que está usted loco o va camino
de ello. Y si no... ¡Tate!...
Dióse una palmada en la frente, y añadió:
--¿Cuántas copas de Jerez han caído hoy, caballero?
--¿Me supone usted borracho? --grité irguiéndome en fiera actitud.
--Le doy a usted mi palabra --declaró con espontaneidad-- de que no
creo que se encuentre usted en ese estado vergonzoso. Únicamente quiero
decir que el vino le ha exaltado algo, produciéndole esa perturbación
moral más bien que física, que se traduce en hablar disparates
ordenados, intervenir en lo que no nos compete y arreglar el mundo a
nuestro modo, ¡caramelo! cuando quien debe arreglarlo es Dios.
--Bueno: y si yo le dijese a Carmiña lo de romper el matrimonio... ¿qué
respondería?
--Le aconsejaría que se cuidase, y probablemente en estos términos:
«Mójate la cabeza, hijo, que la tienes hecha un horno.»
--Según eso, ¿usted cree que no hay remedio ninguno? --exclamé con
vehemencia y dolor--. ¿Que debemos dejar consumarse la iniquidad y
sobrevenir la catástrofe cruzados de brazos? ¿Pero usted no conoce
a mi tío? ¿No se da usted cuenta de las condiciones de su carácter,
de la pequeñez y vileza de su alma, sobre todo ante la bondad de esa
mujer incomparable, a quien usted debe respetar como a la Virgen María,
porque es tan bue...?
No pude proseguir. Amostazado ya y encendido de cólera, con todo el
empuje de su carácter y el brío de su condición, el fraile me tapó la
boca apoyando en ella su ancha mano.
--¡Caramelo y recaramelo! que me dan ganas de mandarle a usted bien
sé yo adónde, y le mandaría, si no viese el estado anormal en que se
encuentra. Serafín bebió el pajarete y usted tiene la humareda en
los cascos. Antes no lo creí, pero ahora... Yo no concebía que fuese
_jumera_ lo de usted; mas si se me va por los cerros de Úbeda, el mayor
favor que puedo hacerle es suponerle alumbrado.
Retrocedí ofendido.
--¡Padre!... hay que mirar lo que se dice, y no herir...
Pasando sin transición del enfado a la cordialidad, él me dió una
palmada en el hombro.
--No se formalice, ¡caramelo! Óigame con tranquilidad, si puede. Es
la de usted una jumerita... muy por lo serio y lo sublime, lo cual
revela que tiene usted en el fondo del alma un depósito de buenos
sentimientos que salen a la superficie cuando es usted menos dueño de
sí; precisamente al punto que habla usted con entera libertad, _ex
abundantia cordis_. Esto observo, y se lo declaro con la sinceridad
propia de un religioso, que no disfraza su pensamiento ni se anda
con repulgos. Más le voy a conceder. Pudiera suceder que usted, en
medio de su... alteración, vea claramente el porvenir y sea profeta
al sostener que este matrimonio ha sido, humanamente hablando, un
desacierto. Pero usted prescinde del auxilio de la gracia y de la
Providencia, que no falta nunca a los buenos, a los sencillos de
corazón, a los que cumplen sus deberes y fían en la palabra de Cristo.
La paz del alma es un bien real entre los muchos bienes falsos que
ofrece el mundo. No compadezca usted a su tía, ni a mí, ni a nadie
que ande derecho y sepa reirse de la materia... La bienaventuranza no
existe por acá, y nosotros, los que aparentamos mortificarnos, somos
realmente unos egoistones: sacamos más partido de la vida que nadie.
Las razones de Moreno penetraban en mi cerebro como el hierro en la
herida. Mejor dicho: no eran las razones mismas, sino el tono de
convicción y veracidad con que iban pronunciadas, ayudando a que me
produjesen tal efecto mi situación de ánimo y la ternura bobalicona que
infunden las _jumeras_ «por lo fino y lo sublime», como decía el Padre.
Ello es que remanecieron en mí las filosofías pesimistas y los deseos
de dar al traste con la pícara existencia, o al menos con sus nocivas
ilusiones: y reprimiendo la tentación de abrazar al fraile, exclamé:
--¡Ay, Padre! ¡Cómo acierta usted en eso! ¡Quién tuviera sus creencias
y vistiera un sayal! Explíqueme usted si puede entrar en el convento
un racionalista. Yo creo que sí. ¡Estoy más triste..., más triste...!
¡Parece que se me acaba la vida!
El fraile me miró con singular perspicacia. Sus ojos eran dos
escalpelos que me registraban el corazón, que me disecaban los tejidos.
Su acento adquirió inflexiones duras al decirme:
--¡Cuidadito que no se le acabe a usted nunca la vergüenza, ni el
propósito de conducirse como persona digna! Aunque bien mirado, siempre
que no se les acabe a _los demás_..., haga usted lo que quiera.
No torcí la cabeza, no entorné los párpados, no me sonrojé. Si las
pupilas del fraile acusaban, las mías confesaban explícitamente:
retaban casi: «Conformes: tú me adivinas, yo no me oculto. Ante mi ley
moral, lo que siento no es ningún crimen. El crimen es haber bendecido
ese matrimonio.» Le volví la espalda, y saltando el vallado me interné
en las tierras.