Se abrió la portalada. Estábamos en un patio, todo poblado de arbustos
y tupido de enredaderas que trepaban por la fachada del caserón,
sin dejar adivinar mucho de su arquitectura. Enredaderas y arbustos
estarían cuajados de flor, porque allí olía a gloria, a ese perfume
divino, inaccesible a la ciencia del químico y que únicamente destila
en sus misteriosos alambiques la Naturaleza.
Sentadas en bancos de piedra y sillas metálicas, tomando la luna,
vimos a unas cuantas personas que se levantaron al entrar nosotros
y vinieron al encuentro del Padre con exclamaciones de júbilo. Como
sólo a él hicieron caso en los primeros instantes, pude enterarme
bien de la composición del grupo. En primer término, mi tío, vestido
de dril claro, próximo a una señorita de mediana estatura, de silueta
elegante y airosa, que al ver al Padre exhaló un chillido de gozo. A
la izquierda un señor ya machucho, calvo, con bigotes... el suegro;
un curita sumamente joven, casi un niño; una muchachona espigada como
de diez y seis años, y una chiquilla que no pasaría de doce. Todos
se apiñaban alrededor del Padre, dándole la bienvenida. Por fin se
acordaron de mi existencia, y mi tío hizo la presentación:
--Señor de Aldao, el hijo de Benigna, mi sobrino... Carmiña, Salustio...
La futura tiíta me miró distraídamente. Absorbía toda su atención el
Padre. Sin embargo, pasados algunos momentos, se volvió hacia mí para
preguntarme «si vendría Benigna, que ella lo deseaba mucho». Disculpé
lo mejor que supe la ausencia de mi madre, y la señorita de Aldao
porfió en obsequiar al fraile. «¿Quería agua, naranjada, cerveza,
Jerez? ¿Una copa de leche? ¿Chocolatito?»
--¡Hija! --gritó el Padre empujándola familiarmente, como quien se
sacude una mosca--. ¡Si quieres darme algo que estime... caramelo! dame
medio cigarrito, aunque sea de paja.
Chac... Rissch... Dos petacas, la del suegro y la del novio, se
abrieron a la vez, e inmediatamente se encendieron varias cerillas. Se
llevó la palma un habano de mi tío.
--Puede usted fumarlo con satisfacción --advirtió éste, que era muy
dado a encomiar lo que regalaba--. Procede nada menos que de don
Vicente Sotopeña...
--¡Ah! Pues ese los tendrá de rechupete... ¡naranjas con él!
--¡Siéntese usted, siéntese usted para fumar! --suplicaron todos.
Sentado ya, y con su puro entre los labios, empezó a satisfacer al
pregunteo. Querían saber cuándo había salido de Compostela, y cómo
quedaban los otros padres, y qué ocurría por allá. Yo me situé un
poco aislado del grupo, vencido por una distracción rara, especie de
embriaguez psíquica. Recostado en un banco, percibí que a mis espaldas
se tendían como tapiz de seda verde las ramas de una enredadera
magnífica, la _datura o trompeta del juicio final_; no se requería
imaginación muy poética para comparar sus gigantescas flores blancas
a copas llenas de esencia fragantísima. Entretejido con la datura se
esparcía por la pared un jazmín doble. Aquellos olores, columpiados
por el vientecillo suave, me subían hasta el cerebro, hacían bullir la
savia de mis veintidós años y me inspiraban furioso apetito de amor,
pero de un amor muy superfirolítico, muy delicado y profundo, exclusivo
y resuelto a atropellar las leyes humanas y divinas.
Cuando mudamos de residencia --aunque nuestra suerte no cambie--,
cuando penetramos en un círculo de gente nueva y desconocida, se nos
exaltan la fantasía y la vanidad, y aquellas personas ayer indiferentes
nos interesan de pronto, preocupándonos mucho la opinión que de
nosotros pueden formar y los sentimientos que les inspiramos. El
empleado, el militar a quien destinan a lejana provincia lleva una
idea vaga del lugar donde va a residir: apenas sienta el pie en él, lo
pasado se borra y lo presente le domina, con la poderosa fuerza de lo
actual y el estímulo de la novedad y de lo ignorado. Así yo, excitado
por los nuevos horizontes, algo mortificado porque mi presencia pasaba
totalmente inadvertida, me figuraba que de aquella gente, apenas
entrevista, extraña para mí pocos momentos antes, tenía que salir algo
decisivo para mi corazón.
Empecé por creer que en el seno de aquella familia pacíficamente
reunida _tomando la luna_, se desenvolvía un drama moral muy extraño,
cuyo secreto poseía de seguro el fraile. «En todas partes --fantaseaba
yo borracho de esencia de jazmín-- hay sus dramitas de entre bastidores
y su crónica secreta. Allá en Madrid, en casa de la Josefa Urrutia, el
drama tiene aspecto grotesco, pero no por eso deja de ser drama. Con la
suerte y la vida de Botello se puede hacer el gran sainete dramático.
Aquí, el conflicto, si existe, lo conoce el Padre Moreno. ¿Por qué se
casa esta señorita, que parece tan distinguida, con el antipático de
mi tío? ¿Será verdad que la maltratan? No; mi misma madre, cuando la
apremié, confesó que eso es un dicho sin fundamento. Y estas mocitas
que veo aquí ¿qué papel componen? Y la concubina del señor de Aldao
¿por dónde anda? Y en esa pareja de futuros esposos, reunidos en un
sitio tan propio para excitar la fantasía y los nervios, ¿hay amor? y
si no hay amor, ¿por qué hay boda?»
De estas reflexiones me sacó repentinamente el joven curita, que
acercándose me dijo en tono pueril y con dejo gallego que desempedraba:
--Perdone la curiosidad... ¿Es el hijo de doña Benigna?
--El mismo.
--¿Uno que estudia para _electroimántico científico_?
Como yo no comprendiese al pronto este conato de chiste, el curilla
rectificó:
--Para ingenioso, digo, para ingeniero.
--¡Ah! sí.
--Pues cuénteme entre sus servidores. ¿Quiere algo? ¿Está cansado?
¿Fuma?
--¿Y usted, es el párroco de San Andrés de Louza? --le pregunté a mi
vez, por decir alguna cosa menos incoherente.
Con la más injustificada familiaridad, el curilla me puso una mano
sobre la cabeza, y forzándome a bajarla hasta tocar con las rodillas,
chilló:
--Bájese... bájese vuecencia... ¡Párroco! ¡Ay! Con clérigo
_contentaverit mihi_... No he pasado por ahora de aprendiz, es decir,
de recluta en la milicia sacra.
Sentóse a mi lado y comenzó a referirme mil insulseces, a que presté
muy poca atención, porque, a la verdad, pensaba en otras cosas bien
distintas; y entretanto fué llegándose la hora en que la caída
insensible del rocío y la humedad que impregna la atmósfera hacen
desagradable en Galicia permanecer al raso; y el amo de la casa,
levantándose, nos mandó entrar y subir a una sala muy adornada de
cortinajes de cretona, de donde pasamos al ancho comedor, en que nos
esperaba la cena, servida por dos criados, el uno con trazas de gañán,
el otro algo más pulido, bajo la dirección de una vieja obesa que
arrastraba los pies y que se me figuró, a pesar de su ruinoso físico,
la odalisca del señor de Aldao. Las dos muchachas entrevistas en el
patio, se habían evaporado: no aparecieron en la mesa ni en la sala.
Sentado frente a la novia, cuyo rostro iluminaba de lleno la luz de
la lámpara, satisfice ansiosamente la curiosidad de mirarla: bebí su
rostro. Al pronto dí la razón al Padre Moreno: ni era fea ni bonita.
Su cuerpo, elegante y cimbrador, valía más que su cara, de las que se
llaman de perfil acarnerado, desprovista de ese esplendor de la tez y
esa corrección de facciones que son elementos primarios de la belleza.
Pero al cuarto de hora de examen, ya me inclinaba a votar, si no por la
hermosura, al menos por el inexplicable encanto de la novia. Al abrir
sus ojos negros, de mirar apasionado; al sonreir; al volverse para
contestar a una pregunta, la movible faz se animaba, la vida corría por
aquellas facciones que yo imaginé plácidas y frías, a pesar de haber
visto ya en su retrato, a la luz de un farol madrileño, reflejos del
alma. Carmiña Aldao se reía poco, y, sin embargo, no parecía triste;
había en ella la animación de la voluntad. Hasta extremosa me pareció
cuando, terminada la cena, y sacando yo del bolsillo el estuche con mi
fineza, se deshizo en elogios de la pobre joya.
--¡Ay... qué cosa de tanto gusto! Papá, mire usted... Felipe... Es una
monada. ¿Y la escogió usted mismo? ¡Un estudiante! Vamos, que ya se le
pueden hacer encargos. Nada, es precioso.
También el Padre Moreno metió su cucharada en lo del imperdible.
--¡Hombre! Bonito de veras. Así hacen los poderosos. Los frailes no nos
atrevemos a corrernos tanto: nuestros obsequios son más sencillos...
Diciendo así fué a buscar un saco de camino, su único equipaje, que
había traído un muchacho desde San Andrés de Louza, y extrajo de él
una cruz de nácar, de esas de Jerusalem, que, aunque modernas, tienen
tallada con cierta rigidez bizantina la figura del Crucificado. Mediría
media vara de altura.
--Es lo único que puedo darte, hija. La cruz viene tocada a la piedra
del Gólgota, donde plantaron la de Nuestro Señor.
Nada respondió la novia: con movimiento rápido se inclinó y besó
ardientemente no sé si el regalo o la mano que se lo ofrecía. El fraile
iba extrayendo del saquillo variedad de rosarios, unos de nácar, otros
de huesos negruzcos, pasados por un cordel, sin engarzar todavía.
--De los olivos del monte Olivete --dijo desenredándolos y
repartiéndolos a los que estábamos presentes. Cuando llegó mi turno
debí de hacer algún movimiento de sorpresa, porque el fraile me
preguntó con hidalga cortesanía:
--¿No lo quiere usted? Las cosas se toman como de quien vienen;
nosotros somos pobres de oficio, y no podemos ofrecer dádiva de mayor
valor material, caballero D. Salustio.
Guardé el rosario, algo sonrojado de la lección. Había venido gente
de San Andrés para ayudar a pasar la velada y hacer la partida de
tresillo: el párroco, el boticario, el ayudante de Marina. Me brindaron
con el cuarto lugar en la mesa, pero rehusé: temía perder y encontrarme
sin dinero en casa extraña. Mi tío, sentándose al lado de su prometida,
pegó la hebra; el Padre Moreno se retiró a rezar horas, y yo volví a
encontrarme entregado al aprendiz de clérigo.
--¿Dónde está mi cuarto? --le pregunté--, ¿usted lo sabe? De buena gana
me recogería.
--No lo _sabo_... pero el que tiene lengua va a Roma. Véngase usted.
Agárrese a mi dedo meñique.
Cruzamos el comedor. La lámpara ardía aún, y la vieja presenciaba la
operación de alzar los manteles, trasegar vasos y platos y recoger
postres. Volví a fijarme en la sultana retirada. En otro tiempo de fijo
pasaría por buena moza: hoy el pelo escaso y gris, la tez erisipelatosa
y el exceso de obesidad la hacían abominable. Parecía laboriosa,
regañona y al par humilde resignada con su papel de escalera abajo. El
curilla, para dirigirla una pregunta, apretó su brazo.
--¡Ay! Serafín, estése quieto... ¡Qué chanzas gasta más indecentes!
--Mulier, en usted se puede pellizcar sin reparo, que usted es ya
contra toda tentación... ¿Dónde está el cubículo, alias dormitorio de
este señorito?
--Mismo al lado del de usted... Dios le dé paciencia al infeliz para
aguantar bobadas... ¡Candidiña, Candidiñaá! Una luz... alumbra a estos
señores...
Apareció, palmatoria en mano, la mozuela espigada de antes, fresca,
rubia, de facciones inocentes y aun algo bobaliconas, como de querubín
de retablo, pero de ojuelos maliciosos, parleros, que ella procuraba
entornar para que no la delatasen. Echó delante, y haciéndonos subir
una escalera bastante pina, nos condujo a nuestros cuartos, situados
en la parte alta de la torre, y separados uno del otro por un pasillo
estrecho. Estas habitaciones, a las cuales no había alcanzado la
recomposición general dada por el señor de Aldao a la quinta, tenían
aspecto de vetustez, y probablemente en circunstancias normales sólo
servían para almacenar la cosecha de calabazos y castañas. Los muebles
se reducían a la cama, dos sillas, una mesita y un palanganero. La
mozuela, dejando la palmatoria sobre la mesa, advirtió:
--Allí Serafín y aquí usted. Bien anchos están.
--Aún cabes tú, muliércula --advirtió desvergonzadamente el aprendiz
de clérigo. La muchachuela pestañeó y soltó la carcajada, amenazando
con la mano a Serafín; pero instantáneamente, volviéndose a mí, adoptó
continente modesto y preguntó en tono humilde si mandaba algo. Contesté
que deseaba recado de escribir, y dijo que iba volando por un tintero.
Como se llevó otra vez la palmatoria, me quedé casi a obscuras,
alumbrado sólo por el reflejo de la luna.
Me asomé a la ventana. En primer término ví extenderse enorme masa
obscura, especie de lago vegetal, que parecía un solo árbol, aunque
lo hiciese dudar su magnitud. A lo lejos la ría brillaba como falda
de raso gris salpicada de lentejuelas de plata; el creciente se
multiplicaba en su seno y el ruído imperceptible del manso oleaje
se confundía con el del viento nocturno que estremecía las ramas
próximas. Un aire húmedo y refrigerante acariciaba el rostro. Candidiña
interrumpió mi contemplación colándose sin pedir permiso, trayendo en
una mano el tintero, que casi rebosaba de tinta; en otra, además de la
luz, papel, sobres, un cabo de pluma, un cucurucho de arenillas.
--Dice tía Andrea que tiene que dispensar, que todo viene así...
cachifollado. Dice que mañana sin falta le dará la salvadera. Dice que
en la aldea hay que perdonar.
Empecé a disponer lo necesario para escribir a Luis Portal; pero la
muchacha, en vez de marcharse, quedóse allí plantada, contemplándome
como si mi persona y mis actos fuesen cosa muy curiosa. Cuando se
inclinó por encima de mi hombro para fisgonear cómo disponía yo el
papel, diciendo con asombro casi infantil y dejo gallego ribereño muy
dulce: «¡Ay, y va a escribir ahora, tan tarde como es!», me cruzó a
mí por la imaginación un capricho y por los nervios una corriente que
reprimí con el esfuerzo relativo que cuesta desechar las sugestiones
puramente físicas: «Cuidadito, Salustio... Hoy estás muy alborotado...
Ándate con pies de plomo...» Por decirle algo a la mozuela, pregunté:
--¿Es un solo árbol eso que se ve desde la ventana?
--¿Pues no sabe que es el Teixo?
--¡Un tejo sólo esa inmensidad! ¡Santa Bárbara! Cogerá media legua de
circuito.
--¡Media legua! ¡Ay qué risa! No sea ponderativo. Media legua aún no la
hay de aquí a San Andrés. Pero mire, tres pisos los tiene.
--¿Tres pisos un árbol?
--¡Ay! sí, ya lo verá. En uno se baila; en otro se toma café; desde el
otro se ve muchísima tierra... y la ría y todo.