IX

Copia de una carta a Luis Portal:

«Chacho: aquí estoy a tus órdenes en el Teixo, quinta del papá de

la novia de mi tío... ¡sopla! que se llama así, no el tío, sino

la quinta, á causa de un tejo colosal que, según fama, tiene tres

pisos, tantos como la mejor casa de Orense. Acabo de llegar: no

puedo decirte aún lo que opino de la novia y gente que la rodea:

esta gente es el papá, una vieja que tuvo que ver con el papá,

y dos niñas, hijas ó sobrinas de esta vieja, una de ellas ya en

sazón, y que aunque se llama Cándida..., punto y aparte. La futura

tiíta es una señorita de aire elegante, con una cara que agrada si

se mira despacio: los ojos buenos, y hasta buenísimos. No sé si

está enamorada, pero se muestra bastante cariñosa con mi tío. Hijo,

vuelvo a mi tema. ¿Concibes tú que una mujer honrada y decente

(dicen que lo es mi futura tía) se case así, por casarse, con tal

sujeto? ¿No habrá allá en su corazoncito una historia secreta? ¿O

es que en fuerza de su pureza misma, se figurará que casarse con un

hombre se reduce á salir con él del brazo?

»La cosa me preocupa, porque en poquísimo tiempo he formado de

Carmiña Aldao una idea particular, gracias a informes que tomé de

un fraile... ¡Admírate! he viajado con un fraile, un fraile de

verdad, un franciscano descalzo y todo. Y puso a mi futura tía en

las nubes. Me dijo, que era el modelo de la mujer cristiana. Esto,

en boca de un fraile...

»¡Si vieses qué tipo curioso es el tal Padre Moreno! Hombre más

corriente, más llano, más simpático, no lo ha echado Dios al

mundo. Me tiene atónito. Ni se asusta de nada, ni es intolerante,

ni rehuye ninguna conversación de las admitidas en sociedad, ni

le trata a uno despóticamente, ni incurre en piadosas gansadas,

ni hace cosa que no resulte discreta y oportuna. Por esto te digo

no creas que el fraile me la pega. Lo que es pegármela... Al

contrario, me escama terriblemente ese mismo don de captarse las

voluntades, empezando por la mía. Le estudiaré y poco he de poder

si no le arranco la careta. ¿Qué se propondrá ese tío? ¿Catequizar

mejor? Porque no hay duda que con modales como los que gasta,

se adquieren amigos. ¿O tal vez disimular propensiones no muy

conformes con el sayal? Porque o es un santo o es un hipócrita,

aunque de distinto corte que los hipócritas conocidos hasta el día.

¿Te crees tú, chacho, que un hombre puede vivir rodeado de _sirtes_

y _escollos_ y sin tropezar en ellos? Pase el voto de pobreza,

porque he visto que en efecto no llevaba ni con qué comprar un

pitillo: pase el de obediencia porque también los militares

obedecen a sus superiores; pero lo que es el de castidad... ¿Verdad

que no cuela?

»Ya supondrás que mi tío está todo lo amartelado que puede. A decir

verdad, la novia me parece una ganga para él. Este señor de Aldao

no tendrá mucho parné, porque dicen que es amigo de figurar, y que

la quinta le consume dinero, y que el hijo casado le da sangrías;

pero así y todo, siendo mi tío quien es, me parece que ha logrado

lo que nunca pudo prometerse.

»La boda será pronto: el día del Carmen. Mi tío duerme en la casa

del boticario de San Andrés: yo, como no soy el novio, tengo

hospedaje en el Tejo. Ya te contaré lo que ocurra. Escríbeme,

holgazán. Ahí estarás rumiando tus oportunismos y tus componendas

con todo Dios y hasta con el diablo. ¡Eres más trucha! Se me

olvidaba. Rompe esta carta... aunque con tus hábitos de prudencia

ya habías de hacerlo sin que yo te lo encargase.»

Había terminado, y hasta cerrado el sobre, por fortuna, cuando se metió

campechanamente en mi dormitorio el aprendicillo de clérigo. A no

mediar ciertas circunstancias que ya saldrán a relucir, no recordaría

yo con tanta exactitud la fisonomía de aquel eclesiástico _in fieri_;

pero conviene decir que tenía una especie de hocico de roedor, boquilla

sin labios que al reir descubría los dientes careados y mal puestos,

nariz roma y menuda como pico de garbanzo, unos ojos sorbidos hacia

el meollo (el cual debía de ser poco mayor que el de un gorrión), tez

blanca y salpicada de anchas pecas, rostro imberbe, cabellera, cejas

y pestañas rojas. Podía clasificarse su tipo físico entre el del

bobo de comedia y el mico malicioso. Dudaba yo si era cara de simple

o de trasto. Al mismo tiempo había en él algo de persistencia de la

infancia, que impedía tomar por lo serio sus palabras ni sus acciones.

--¿Se baña? --me preguntó hablando en impersonal, según costumbre.

--¿Que si me baño?

--En el mar, señor. En San Andrés. Porque yo bajo todos los días a la

playa, y puedo acompañarle.

--Bien, convenido; nos remojaremos.

--Ya me parecía a mí que le iba a petar eso del baño. Su tío también se

remoja todas las mañanas. Hace como el bacalao. Ni por esas está más

fresco. ¡Guí, guí!

--Lo malo es que no tengo traje de baño.

--¡Ay! Yo _tampuerco_. Si es tan melindroso... Con irse a un rinconcito

detrás de unas peñas...

--¡Hombre!

--O con llevar unos calzoncillos de repuesto...

--Vamos; así, pase.

A todas estas el cleriguín (mejor le llamaría el monago), se arrellanó

en la silla con trazas de no irse en toda la noche. Comprendí que era

preciso hacer como si no existiese, y desnudándome rápidamente, me

deslicé en la cama.

--¿Hay _soneca_? --preguntóme Serafín arrimándose al lecho y pegándome,

con la mayor confianza, un pellizco monjil en un hombro y una

sobadura en los carrillos. Chillé y por instinto devolví un coscorrón

formidable, lo cual le hizo estallar en convulsiva risa: «¡Gui guiíi,

gui guiíi!» Empeñóse después en averiguar experimentalmente si yo tenía

cosquillas, y también si tenía mimo, para lo cual me apretó fuertemente

el dedo meñique. Aquella extraña familiaridad, más propia de criatura

de seis años que de hombre, y particularmente de hombre que aspira al

sacerdocio, ejerció sobre mí el irresistible contagio de un desprecio

cómico, y en el fondo indulgente, y amenacé al monago con tirarle una

bota si no se estaba quieto. La amenaza surtió efecto; Serafín se

calmó, y echándose como un perrillo, atravesado a los pies de mi cama,

me dijo que no tenía sueño, que lo que apetecía era charlar un poco. Le

autoricé a que charlase, y nunca se cumplió programa alguno más al pie

de la letra. Salió de aquella boca un río de tonterías y despropósitos,

de inocentadas ridículas, mezcladas con golpes de ciencia teológica y

rasgos de malicia grosera tan certeros a veces, que me sorprendían,

dejando planteado el problema de si aquel tipo era rematado imbécil o

astutísimo truhán.

--Conque de Madrí... ¡Ay, qué gusto será Madrí! Yo no fuí nunca.

No hay cuartos para el _ferrancho ferril_. ¡Cuartos! ¡Quién los

viera! Límpiate Serafín, que estás de huevo. ¿Y en Madrí las calles

son... así... como las de Pontevedra? ¡Cá! El _empiedrado_ será de

_marmole_... Bueno, ¿allí también se va la gente al otro mundo rabiando

o cantando, verdad? Pues entonces no les tengo miga de envidia a los

madrileros. Ante la muerte todos iguales, señorito. ¿Y usté para qué

estudia? ¿Para esos que hacen _ferriles_ y _viraductos_ y _tunantes_,

digo _toneles_? ¡Ah! Entonces tenemos que darle vucencia. Será ministro

de la ministración y me hará a mí canónigo electoral. Aunque yo

sirvo mejor para penitenciario, porque soy una penitencia. Y usted,

aunque llegue a ser más ingeniero que el que discurrió la condenada

ingeniería, no hará la carreriña de su tío. ¡Hacer!... No, su tío

sabe: es peje. Nadie le saca a D. Vicente Sotopeña la nata como él.

Los solares ya fueron buena tajada, y ahora le alquilan la casa para

correo y le pagan de alquiler un millón de duros... ¡gui, gui! Luego,

cuando hay _eleuciones_, nos viene a jonjabar a los cerdotes... bueno,

a los que seguimos la sacrosanta carrera del sacerdocio... Pero lo que

le dijo un cerdote amigo mío: ¡Arre allá, _vade retro exorciso te_,

que el liberalismo es pecado, y al que lo dude le paso por las narices

la doctrina fundamental _de fide_, expuesta por el santo Concilio

Vaticano! Aquí no somos de esos paladares estragados por salsas

mestizas. ¡Gui, gui, gui!...

--¿Y tú cómo piensas en política? --pregunté resolviéndome a tutear al

monillo eclesiástico.

--¿Yo? ¿En pulítica? No cabe en pechos nobles más que una opinión...

--Sepamos qué opinión cabe en pechos nobles.

--Pues lo diré por boca del que supo lo que se decía: _Nequit idem

simul esse et non esse_: ¿lo quiere más claro? Yo no soy partidario de

la Iglesia liebre en el Estado galgo. _Quod semper, quod ubique, quod

ab omnibus._

--Habla en cristiano o siquiera en gallego. ¿Eres carcunda?

--_Ego sum qui sum_; es decir, ¡ojo con las mesticerías y los distingos

y las transaciones! A su señor tío D. Felipe se lo canté muy claro; y

también a don Román Aldao, que es un valiente farolón y anda lampando

por el título de Marqués del Tejo o al menos por una gran cruz. Dicen

que el yerno se la trae de regalo de boda. _Vanitas vanitatis_,

gori, gori. También el hermanito de Carmiña pide teta: ese quiere la

chupandina de la Administración del Hospital... creo que engordan mucho

las cataplasmas...

--Cállate, que me revuelves el estómago.

--No las catará, que el cuñado le tiene tema. No hará el caldiño con

harina de linaza, ni les echará en el puchero a los pobres enfermos

gallinas de boj, para figurar. El tío Felipe es de recibo. Sirve. Y

vergüenza, ni tanta. Con ir a casarse y con todo, aún corre detrás de

Candidiña por la era. ¿Piensa que no? Candidiña también es doctora. Ya

sabe más que muchas viejas. _Ne attendas fallaciæ mulieris._

--No calumnies a mi tío, miquín --exclamé impulsado por la curiosidad,

pues se me figuraba que aquel bufón, en bastantes ocasiones, no dejaba

de dar en el clavo--. ¿En la misma presencia de su novia iba a andar

siguiendo chicuelas?

--Sí, sí, fíese... Si viese a otros vejestorios que ya no pueden con

los calzones ir detrás de la monicaca... _Vinum et mulieres apostatare

faciunt sapientes_, como dijo el otro. La Cándida les da cuerda: y no

piense que es por gastar tiempo. Le digo yo que Cándida sabe dónde

echa el anzuelo. A Carmiña le va a salir de detrás de una berza una

madrastra.

Me incorporé sorprendido.

--¿Pero y esa Candidiña, no es... no es hija de...?

El monago pegó un chillido.

--¡Gui, gui! pensaba que... (hizo ademán de juntar las yemas de los

dedos índices). No, hombre, no... Ni Candidiña ni la otra pequeña son

_higas_ de la higuera de doña Andrea... Son sobrinas... Yo conocí a su

papá, que era general... digo, cabo de carabineros. La vieja cargó con

ellas porque se murieron los papás. Y a fe que la rapaza... acuérdese

que se lo dice Serafín Espiña... no se va tras los amoríos por la

_concupiscentia carnis_... Esa quiere arrastrar un rabo de seda... Si

vivimos hemos de ver milagros.

X

A la mañana siguiente nos bañamos en la preciosa playa, nos

paseamos por San Andrés, dándonos tono, pues nuestra presencia era

acontecimiento en el pueblecito, visitamos la iglesia parroquial,

cogimos lapas, nácaras y bocinas, y a las nueve estábamos en el

Tejo, dispuestos a despachar el chocolate. El Padre Moreno no nos

había acompañado: prefería el baño por la tarde, pues no le gustaba

prescindir de su misa. Mi tío no se había presentado aún, ni vendría

hasta la una, hora de comer; y Carmiña, libre de la obligación de

charlar con su novio, me prestó atención, y hasta me dió indicios de

confianza y afecto.

--Anoche se retiró usted temprano porque se aburría. No sabemos

realmente con qué divertirle, y si usted no procura buscarse

entretenimiento... En el campo...

--No se apure por eso, Carmiña. El campo me gusta muchísimo. Nunca me

aburro en él. Este sitio es precioso. Hoy tomé un baño más rico...

--¿Y esa ingrata de Benigna? ¡Cuánto siento que no venga! Es muy

simpática su mamá de usted, y yo siempre la quise. Ahora... con más

razón.

--Ya ve usted... A mamá no la es fácil moverse. Nunca falta que hacer

por allá...

Después de estos lugares comunes, mi futura tiíta y yo nos quedamos

sin saber qué decirnos. Ella, al fin, discurrió un acto de cortesía y

amabilidad.

--Como me trajo usted una fineza tan mona... ¿quiere ver las demás que

he recibido? Las tenemos en una habitación aparte, porque si no, las

chiquillas son tan curiosas y tan amigas de revolver, que... Por aquí.

Echó a andar y yo tras ella: en el bolsillo de su traje, al compás de

sus pasos, sonaban varias llaves, haciendo una musiquilla graciosa,

familiar. Sacó el manojo, y abierta la puerta misteriosa, descorridas

las cortinas, brotaron en todo su esplendor las magnificencias del

equipo.

Cuando digo magnificencias, no hay que entenderlo en sentido

absolutamente literal, porque bastantes objetos olían a provincia, y

otros, aunque de origen madrileño, no eran de exquisito gusto, al menos

según puedo yo juzgar de estas materias. La novia iba explicándome

todo. Aquel vestido de raso, con bordados de azabache, era regalo del

novio, como también los pendientes de la perlita rodeada de brillantes.

El papá se había despilfarrado con un traje azul marino, de seda rica y

muy buena combinación de brochado; y por allí andaban los sombrerillos

correspondientes. Otro traje me pareció muy lindo: de seda blanco

hueso, lucía delante una sutil red que imitaba perlas, se alargaba en

majestuosa cola, y se adornaba con azabaches. Este --declaró Carmiña--

era una inutilidad, un capricho de la señora de Sotopeña, encargada

en Madrid de la elección de galas, y que se había empeñado en que la

novia no podía estar sin un traje de sociedad. Las joyas ofrecidas por

el papá eran arreglo de un aderezo antiguo: había un hermoso broche y

no sé qué otras menudencias. La familia Sotopeña había contribuído con

un abanico riquísimo, la Vicaría de Fortuny, varillaje de concha. El

hermano de la novia, un brazalete feo. Después una serie de joyeros,

álbumes, cacharros, las mil fruslerías inútiles, que sólo se compran

o venden a pretexto de santos y bodas. Detrás de ellos, en un rincón,

como avergonzado, descubrí un objeto rarísimo: una ratonera enorme...

--¿Pero quién le ha regalado a usted eso? --pregunté sin contener la

risa.

--¿Quién había de ser sino Serafín? --respondió acompañándome en mi

hilaridad.

--¿Pero es posible?

--Y venía tan ufano. Quisiera que usted le viese, con su ratonera

enarbolada, diciendo: «Esto al menos de algo sirve».

--¿Pero ese Serafín es tonto, o loco, o qué es?

--En mi opinión no ha pasado de chiquillo. Su corazón no es malo, y

a veces tiene dichos de persona lista. Pero a los dos minutos se le

va el santo al cielo, y habla mil simplezas. Acertará por ejemplo, en

un punto de teología o de moral --esto lo sé porque lo dice el Padre

Moreno-- y en cambio es tan romo para las cosas más sencillas, que

una vez que le pusimos delante unas despabiladeras encargándole que

despabilase una vela, las cogió, las estuvo mirando, mojó los dedos con

saliva, despabiló con ellos, y abriendo las despabiladeras metió dentro

el pábilo, diciendo muy ufano: «¡Bien te entiendo, cajetilla!».

Nos duraba la risa de esa anécdota cuando salimos al jardín. La futura

tití me enseñó las dependencias, el gallinero, los establos y la

huerta, convidándome a probar la fruta del cerezo dulce, a coger flores

y a ensayar los trapecios y el columpio. Por allí se apareció el Padre

Moreno, reposado, comunicativo, y aun bromista. Me interpeló acerca de

ciertas personas que habían preferido remojarse a oir misa frailuna;

de Serafín, que no había sido para hacer de acólito; de nuestro paseo

triunfal por San Andrés. A su vez, no tardó en presentarse el señor

de Aldao. Venía atusado, engomado, con los bigotes teñidos, el cráneo

luciente como una bola de billar; pero se me figuró una ruina, bajo la

sombra verdosa del quitasol abierto. Preguntóme si «lo había visto

todo» con el tono de un Médicis que se informa de si un extranjero ha

visitado detenidamente sus palacios y galerías. Y en seguida añadió:

--¿Qué me dice usted del Tejo? ¿El Tejo famoso?

--¡Ah! cosa magnífica, sorprendente.

--¡Oh! el año pasado estuvo aquí un marino de la escuadra inglesa...

entusiasmado, empeñado en fotografiarlo. Se llevó más de diez

fotografías, tomadas de distintos puntos. D. Vicente Sotopeña me ha

asegurado que Castelar, en el discurso de los Juegos florales, al

hablar de las bellezas y maravillas de Galicia, también sacó a relucir

el Tejo... Gran orador Castelar ¿eh? Florido, sobre todo, florido.

El señor de Aldao me pareció una de esas personas que llevan la vanidad

(algo escondida en los demás hombres) por fuera y completamente a la

vista. Supe después que en efecto, siempre había pecado de vanidoso,

y puesto la vanidad en las cosas más vacías. Cuando joven presumía

de buen mozo, del género empalagoso, con bigotes retorcidos y cejas

tiradas a cordel. Luego le picó la tarántula de la nobleza, y durante

una larga temporada le dió por usar a cada repiquete el uniforme

de maestrante de Ronda y soñar con el marquesado del Tejo. A tal

marquesado le hizo una corte platónica, arrimándose mucho a los

gobernadores civiles cuando lo deseaba de Castilla, y a los obispos

cuando lo quería pontificio. Este conato de haitianismo se frustró

enteramente. Ya llegado a la vejez, el dominio absoluto que ejercía

sobre la provincia y sobre mucha parte de la región gallega don

Vicente Sotopeña, habían hecho comprender al señor de Aldao que en

nuestra época la importancia social no se funda en pergaminos más o

menos rancios. «En el día la política --solía decir él-- lo absorbe

todo. El que puede repartir con la derecha confites, latigazos con la

izquierda, es el verdadero personaje». Esta apreciación había influído

bastante en la buena acogida que mereció al papá de Carmiña Aldao la

candidatura matrimonial de mi tío. Vió en ella el asidero por donde

agarrarse a una puntita del faldón del gran Santo galáico, y satisfacer

multitud de ambiciones que guardaba en conserva años hacía y que ya

iban avinagrándose; lo de la gran cruz, la despertadura del expediente

de una carretera que dormía el sueño de los justos, y no sé qué otras

menudencias relacionadas con la Diputación Provincial y la contrata.

Por mucho que descendamos a bucear en ese abismo laberíntico llamado

el corazón del hombre, jamás lograremos desentrañar la causa de

ciertos inconfesables sentimientos. La envidia, la competencia y la

emulación, exigen, al parecer, alguna analogía, y no se comprende que

estas malas pasiones se desarrollen cuando no existe la menor paridad

entre el envidioso y el envidiado. ¿Ha de envidiar a la Patti una

tiple de zarzuela, a la reina una modesta señora de la burguesía?

Pues las envidian, no cabe duda; y desde la penumbra en que viven

tratan de echar un rayito de luz que compita con el del astro. Así

don Román Aldao, caballerete de provincia, poseedor de una renta

mediana, se permitía a veces sus pujos de competencia... ¿con quién?

con don Vicente Sotopeña, el renombrado político, la lumbrera del aula

de Derecho, el famoso Santo, el gran cacique de Galicia, el jurista

abrumado de negocios, el poderoso, el millonario, la influencia

universal. ¿Y en qué terreno quería don Román eclipsar a Sotopeña?

Pues en el de la residencia de verano. Don Vicente poseía en las

inmediaciones de Pontevedra una especie de sitio real, descanso de

sus fatigas y solaz de sus contados ocios, y cada vez que el señor

de Aldao oía hablar de la soberbia villa, de su vega de naranjos, de

su bosque de eucaliptos, de sus estatuas de mármol, de su capilla de

estalactitas, de su magnífica verja, y de otras mil preciosidades que

el Naranjal luce, torcía el gesto, se contraían sus labios con el mohín

de la vanidad mortificada, y preguntaba a sus interlocutores: «¿Qué le

parece a usted del Tejo? ¿De mi Tejo? Un marino de la escuadra inglesa,

entusiasmado, empeñado en fotografiarlo...» etc., etc.

Embellecer su finca, a imitación del Naranjal, constituyó la aspiración

irrealizable de don Román Aldao. La naturaleza era cómplice de este

ensueño, porque además de haber criado aquel Tejo gigante y único,

desplegaba en torno de él los hechizos del rincón de paraíso llamado

las Rías Bajas. El sol, el mar, el cielo, el clima, las playas, la

vegetación de comarca tan espléndida, hacían que el Tejo, sin poder

compararse al Naranjal en lo que depende de la mano del hombre,

fuese un oasis. Puede el arte ostentarse en el campo, pero el mayor

atractivo de una quinta pende siempre de la naturaleza. Don Román no

lo entendía así. Del campo, no sentía la inefable dulzura y reposo que

infunde olvido de la vida social, sino al contrario, la apariencia y el

bullicio, las glorias de propietario y anfitrión, y el pugilato con don

Vicente. Claro está que Aldao no intentaba copiar esplendores como la

famosa capilla de estalactitas, tan ensalzada por cronistas y viajeros;

pero si en el Naranjal se alzaba, pongo por caso, un amplio merendero

emparrado de jazmín, ya estaba don Román ideando un _chocolatorio_

raquítico todo cubierto de madreselva. ¿Que en el Naranjal colocaban

estatuas preciosas? Pues el señor de Aldao salía con sus bustos de

yeso, sus «cuatro Estaciones» o su grupo de «amorcillos» y me los

plantificaba en mitad de un prado. ¿Que en el Naranjal instalan una

estufa caliente, con sus gomeros, sus helechos, sus orquídeas? Cátate

al señor de Aldao adquiriendo de lance en Pontevedra la mayor cantidad

posible de vidrieras de desecho, para armar un invernáculo barato,

atestado de las ya insufribles y acartonadas begonias. ¿Que en el

Naranjal había mesas y bancos rústicos traídos de Suiza? Pues el señor

de Aldao enseñaba al carpintero de su aldea a aserrar por la mitad las

piñas y a armar con troncos de pino cada asiento y cada mueble. ¡Y por

último... el árbol colosal!

El primer día de mi estancia en el Tejo vino a comer gente de

Pontevedra: Luciano, hijo mayor del señor de Aldao, con su niño, que

podría tener entonces cosa de cuatro años de edad, y un Diputado

provincial llamado Castro Mera, a la sazón el mayor amigote de mi tío,

jefe de la fracción que representaba su política en el seno de la

Asamblea pontevedresa: porque todo es relativo, y en Pontevedra había

_los_ de mi tío, y la «política propia» de mi tío, gobernada por los

rígidos principios que el lector supondrá. Acudió asimismo el director

del _Teucrense_, periodiquito afecto a mi tío entonces, aun cuando seis

meses antes le tiraba a codillo; pero para tales cancerberos hay tortas

mágicas. Hablóse mucho de la consabida política local, tan menuda, que

rayaba en microscópica.

El café se tomó en el árbol. Con este motivo fijé la atención en

aquel respetable patriarca de los vegetales, llamado a ejercer alguna

influencia en mi destino. El tronco, enorme, rugoso, caprichosamente

veteado de musgo y con la corteza, a pesar de los años, viva y sana,

soportaba bien el peso de la majestuosa ramazón del gigante de la

Ría, según le llamaban en estilo poético los revisteros de Helenes y

los corresponsales de diarios madrileños cuando venían a veranear.

La manera de crecer y extenderse aquel ramaje, su intenso y obscuro

verdor, tenían algo de bíblico y solemne. Era imposible mirar al Tejo

sin profunda veneración, como símbolo de la naturaleza exuberante y

maternal que había producido tan soberana criatura.

Enamorado el Océano de la gentileza de Galicia, la ciñe amoroso con sus

olas, la besa y orla con sus espumas, la rodea, la acaricia, y tiende

hacia ella una mano azul, ávida de palpar las suaves redondeces de la

costa: las Rías son los dedos de esta mano. En las Rías el aire es más

puro, tibio y fragante; la vegetación más lozana y meridional. Aquel

Tejo, rey de los otros árboles, solo al borde de una Ría, y en terreno

fecundo por ella, pudo desarrollarse con tal señorío y pujanza. Él era

el verdadero monumento de la región. Daba nombre a la quinta; servía

de faro a los lancheros y pescadores, cuando dudaban al orientarse

hacia San Andrés; desde lo alto de su copa se dominaba la perspectiva,

no sólo de los pueblecitos ribereños, sino del grupo de islas, las

famosas Casitérides de los antiguos geógrafos, y la extensión ilimitada

de un mar casi helénico por su serenidad y belleza. Para construir

en el Tejo los tres miradores sobrepuestos que lo adornaban, no se

había requerido gran habilidad ni ciencia arquitectónica, bastando con

aprovechar la gallarda horizontalidad de sus ramas y construir sobre

tan robusto apoyo unas plataformas circulares, que guarnecía alrededor

ligero balaustre.

La escalera, de caracol, encontraba natural sostén en el mismo tronco

del gigante. La espesura del ramaje era tal, que desde el suelo no se

distinguía a los que tomaban café o refrescaban en el segundo piso, ni

a los que danzaban en el primero; y quien se encaramase al tercero,

necesitaba asomarse al mirador practicado entre las ramas para admirar

la perspectiva. Cada piso tenía su nombre. El primero se llamaba «el

salón de baile», el segundo «el cenador», el tercero «Vistabella». Y

en casa de Aldao se oía a menudo preguntar: «¿Subiste a Vistabella?»

«No, me quedé en el salón de baile». A la verdad, el salón de baile

--preciso es reconocerlo, aunque el señor de Aldao se desazone-- no

asombraba por su magnitud. Con todo, se podía bailar desahogadamente un

rigodón, a los ecos del piano que para estas solemnidades era llevado

al jardín. Y no carecía de encanto danzar bajo el toldo verde, entre

paredes verdes también, que apenas filtraban la luz solar. El salón

retemblaba mucho; semejante ejercicio era bailar y columpiarse.

Una Cristiana · 第 13 / 27 题