De Pontevedra a San Andrés de Louza y a la quinta de Tejo, es jornada
recreativa más bien que viaje. Atravesé la ría en una lancha alquilada
en Pontevedra; desembarqué en la opuesta orilla, y me restaba andar
a pie cosa de un cuarto de legua por la comarca más pintoresca que
soñarse puede. Desde la playa, cuya arena finísima conserva la huella
del pie y rodean grandes matas de áloes en flor, hasta los senderos
cuajados de madreselva y los campos de maíz susurrantes al soplo del
viento, todo me pareció un oasis, y mi espíritu se inundó de esa vaga
felicidad que en la juventud nace de la excitación de los sentidos y
de una especie de presentimiento inexplicable, nuncio del porvenir:
presentimiento que sin augurarnos sucesos felices, nos anuncia
emociones, derroches de vida.
Situada en un alto la quinta del futuro suegro de mi tío, la ví desde
la misma ensenada donde desembarcamos. Por mejor decir: lo único
que distinguí claramente fué la torre cuadrangular, almenada, y las
ventanas cuyos cristales teñía de rojo y oro el sol poniente. El resto
del edificio lo cubría una masa de verdor, como de arboleda. De todos
modos, para orientarme bastaba con lo visto. Dejé mi maleta en el
pueblo, advirtiendo que ya enviaría por ella a la mañana siguiente, y
emprendí la caminata.
Subí por el sendero en cuesta, azotando con la vara que empuñaba
los sonoros maizales y los zarzales, de donde volaban asustadas las
mariposas; y a una vuelta del camino, sorprendióme extraordinariamente
la vista de un hombre sentado en una piedra... La sorpresa no se
explica al pronto, pero el caso es que el hombre era un fraile.
Por primera vez de mi vida veía yo un fraile en carne y hueso. Me
admiré como si creyese que los frailes ya no podían encontrarse más
que en los lienzos de Zurbarán. De pinturas del Museo y la Academia;
de haber visto a Rafael Calvo, una tarde, representar el drama del
duque de Rivas _Don Álvaro o la fuerza del sino_, se derivaban todos
mis conocimientos en indumentaria frailesca. Comprendí que el fraile
sentado en la piedra era un franciscano: el sayal se plegaba de un modo
estatuario sobre sus piernas; la capucha la tenía caída, y en la mano
uno de esos sombreros de abate francés, de alas abarquilladas, con el
cual se abanicaba la frente sudorosa, respirando fuerte. Luego depositó
el sombrero en el suelo, y volviendo hacia fuera los codos y apoyando
en los muslos las manos abiertas, se quedó meditabundo. Yo le observaba
con ardiente curiosidad, imaginándome que por el hecho de ser fraile
había de meditar aquel hombre en cosas o estrambóticas o sublimes. Él
alzó la mano derecha, y deslizándola en la manga izquierda, sacó de la
especie de bolso que formaba la joroba de la manga un pañuelo enorme, a
cuadros blancos y azules, y se sonó ruidosamente. Después se incorporó,
recogió su chapeo y rompió a andar, a tiempo que emparejé con él.
No sabía si ponerme a su lado, quedarme atrás, o adelantarme y darle
las buenas tardes sencillamente. Me atraía aquel hombre sin motivo
ninguno. De los frailes tenía yo dos ideas muy antitéticas que, sin
embargo, coexistían en mi espíritu: por un lado el fraile de cromo
de Ortego, picaresco, glotón, lascivo, beodo, «hombre sin vergüenza
asomado a una ventana de paño», por otro el fraile de las novelas y los
poemas, tétrico, exaltado, visionario, con la mente enflaquecida por
el ayuno y los nervios desequilibrados por la continencia, huyendo de
las mujeres, evitando a los hombres, lleno de flato, de tentaciones y
de escrúpulos. Y quería saber a qué sección de estas dos pertenecía el
caminante.
Como si me hubiese adivinado el pensamiento, al sentir mis pasos se
detuvo, me miró cara a cara, y me dijo con acento imperioso:
--Felices tardes, caballero. Usted me dispensará que le haga una
pregunta. ¿Viene usted por casualidad de San Andrés de Louza? ¿Va usted
a la Torre de los señores de Aldao?
--Sí señor, allá voy --contesté un tanto sorprendido.
--Pues si usted no tiene inconveniente iremos juntos. Sé ir, porque
estuve aquí otra vez. Me tomo la libertad de hacer a usted esta
proposición, figurándome que en el campo no molesta...
--¡Molestar! Al contrario --respondí, agradado de la marcialidad del
Padre.
Echamos a andar brazo con brazo, pues el sendero se ensanchaba, y
permitía este lujo de sociabilidad. Entonces reparé que el fraile
iba descalzo, con unas sandalias que sujetaban el pie por el empeine
dejando libres los dedos, que eran bien modelados y carnosos, como los
de las esculturas de San Antonio de Padua. Empezó a dirigirme preguntas.
--Ha de perdonarme usted; soy amigo de la franqueza y de que la gente
se conozca. ¿Es usted acaso pariente de Carmiña Aldao?
--No, señor, de su novio. Nada menos que sobrino carnal.
--¡Ah! Ya sé. El que estudia para ingeniero en Madrid. El hijo de
Benigna.
--Justo. ¿Cómo está usted tan bien informado?
--Diré a usted: la familia de Aldao me distingue con bastante
confianza: por eso me encuentro al tanto de esos pormenores. ¿Y qué
tal, qué tal de estudios? Ya sé también que es usted muy asiduo, y
joven de gran porvenir. Tengo muchísimo gusto en conocerle; se lo digo
de corazón; gasto pocos cumplimientos. ¡Ah! Y ahora caigo en la cuenta
de que todavía no sabe usted mi nombre. Como un pobre religioso no
necesita presentarse, que el hábito le presenta... Me llamo Silvestre
Moreno, para servirle.
--Yo Salustio...
--Ya estoy, ya estoy. Salustio Meléndez Unceta.
--Veo que no hay cosa que usted ignore.
--Eso quisiera --repuso el fraile riendo de muy buena gana; y de
pronto, deteniéndose bruscamente:
--¿No podría usted hacerme el favor de un cigarrito de papel?
--No fumo --contesté con cierta prosopopeya, que después me pareció
ridícula.
--Hace usted bien: una necesidad menos... Pero yo ¡caramelo! estoy tan
viciado, que... En fin, lo mismo da; hasta el Tejo, paciencia.
--¿Desde cuándo no ha fumado usted?
--¡Caramelo! Desde ayer por la tarde. En Pontevedra paré en casa de
una señora anciana, muy respetable, viuda, sola, que, como usted
comprenderá, no fuma, ni su criada tampoco. Por la mañana, cuando me
afeité, me dí un par de cortes; tenía un serrucho por navaja; y la
señora fué tan caritativa, que me compró una navajita inglesa que corta
el pensamiento, finísima... aquí la llevo --añadió señalando a la
manga--: no la he estrenado todavía. Ya ve usted que después de este
obsequio, que debe de haberle costado algunas pesetillas, yo no iba a
ser tan gorrón que le pidiese cuartos para tabaco...
--Pero --exclamé contagiado por la franqueza del fraile-- ¿es que no
lleva usted consigo un céntimo?
--Pues claro que muchísimas veces no lo llevo, ni medio tampoco.
--¿Y cómo es posible?
--¿Y el voto de pobreza, recaramelo, es guasa?
--Siento muchísimo no fumar --exclamé-- para este caso tan solo.
--No se apure usted, amigo, que los frailes no nos apuramos tampoco
porque nos falte una mala costumbre. Además que en cuanto lleguemos al
Tejo... ya verá usted el señor de Aldao cómo se despepita a ofrecerme
cigarros.
Dijo esto con alegre filosofía y emprendió el camino con buen ánimo y
gentil determinación, andando más listo que un servidor de ustedes. Una
pregunta me bullía en los labios y me resolví a formularla.
--¿No le molesta el ir descalzo?
Volvióse sorprendido el fraile.
--No, señor --contestó, recapacitando como para recordar si en efecto
le molestaba la descalcez--. Al principio eché de menos, no los
zapatos, sino las medias, y eso que no tenían nada de finas: mi madre
me las calcetaba bien gordas, y yo nunca usé otras sino las calcetadas
por mi madre. Digo, sí... acabo de usarlas no hace mucho... y de seda
finísima; para que vea usted; no vaya a creerse que porque soy fraile
no he gastado de esos lujos. Pero en fin, esto es capítulo aparte.
Viniendo a lo de la descalcez, que es lo que usted me pregunta, y a que
yo quiero contestar categóricamente, sepa que desde que voy descalzo,
nunca tuve sabañones en los pies, ni callos, ni ojos de gallo, ni
cosa parecida. --Al decir esto sacaba el pie, que, en efecto, era
contorneado y sano, sin esa deformación de los dedos que produce la
bota--. Y mire usted lo que puede la costumbre, caballero. Ya me parece
que estoy más limpio así. Se me figura que las calcetas y el calzado
no consiguen más que archivar las porquerías. Nadie que vaya descalzo
lleva los pies realmente sucios, por mucho que trajine y mucho calor
que haga, sobre todo si tiene la manía que tengo yo...
Diciendo y haciendo, se apartó diez pasos, y llegándose al regatillo
que corría al borde del sendero, entre cañas y mimbrales, dejó en
tierra las sandalias, remangó un tanto el hábito y metió un pie tras
otro en el agua corriente. Después que hubo secado las plantas en la
hierba, se volvió a poner sus sandalias y miró con aire victorioso.
Yo sonreí impulsado por una idea, o más bien por un sentimiento
cordialísimo, que podía traducirse en esta forma:
--¡Qué fraile más raro y más simpático!
--Vamos --me dijo--: adivino lo que está usted pensando, caballero.
--Puede ser. Diga usted y yo le diré si acierta.
--Pues, ¡caramelo! Usted piensa allá para su sayo... que los frailes
gastamos pocos cumplidos, que somos muy democráticos y muy ajenos a los
estilos de la sociedad, y que en seguida entruchamos con la gente.
--No, señor, no era eso. Yo pensaba...
--Llámeme usted Padre Moreno o Moreno a secas, si le es igual. Lo de
«señor» es demasiado lujo para un pobre fraile.
--Pues, Padre Moreno, lo que yo cavilaba... Pero temo que si lo digo le
moleste.
--Nada de eso, nada de eso, yo me muero por la franqueza.
--Pues cavilaba en que los frailes no tienen fama de ser así... tan
partidarios de la limpieza corporal como usted. --Al decir esto le
miraba de soslayo, examinando con rápida ojeada sus manos, sus orejas,
su cogote, todo lo que delata los hábitos de pulcritud--. Hasta creí
que condenaban ustedes por pecado el cuidar de la persona. Dicen que
el mérito de algunos santos ascetas consistía en poseer un millón de
habitantes y llevar el pelo y la barba... colonizados.
En vez de enojarse por tan irreverente supuesto, el Padre soltó la
carcajada más sincera que he oído salir de humana boca.
--¿Conque usted creía eso? --me dijo cuando la risa le permitió
hablar--. Y usted que parece un joven tan instruído ¿no sabe lo que
decía la gloriosa Santa Teresa? Pues se lavaba muy bien, y luego
exclamaba: «Señor, mi alma como mi cuerpo.» ¿De modo que para ustedes
todos los frailes éramos unos solemnes gorrinos? Entonces, buen susto
habrá pasado al verme. ¿Usted ha tratado más frailes que este su
servidor y capellán?
--A la verdad es usted el primero que veo en mi vida, es más; pensé que
no existían ustedes. Una tontería, porque sé muy bien que en España se
están repoblando los conventos de varias Órdenes; pero francamente, me
figuraba yo que los frailes sólo se encontraban en los cuadros, en los
retablos de las iglesias, y así... Nada, aprensiones.
--Pues ya los ve usted en realidad. Entre los frailes sucede igual
que en el siglo, porque hay genios y gustos muy diferentes, aunque se
rijan por una misma regla. Unos son descuidados; otros se acicalan más;
pero como usted conoce, nuestro santo hábito no nos permite andarnos
con muchas agüitas de olor y tarretes de esencias y de pomadas.
Estaría bonito un religioso usando la _velutina Fay_ y el _Kananga_ o
_ganga_... o como recaramelo se llame ese perfume que ahora se estila
tanto.
--¡Vaya que está usted enterado, padre! --exclamé riendo a mi vez.
--Es que yo trato a señoras muy elegantonas y muy majas... Y no extrañe
usted que quiera vindicarme y vindicar a los pobrecitos frailes de la
mala fama que usted les cuelga. Figúrese que nuestro Santo Patriarca
era tan aficionado al agua, que hasta compuso en alabanza suya
unos versos preciosos, diciendo que es casta y limpia. Yo le hablo
a usted con el corazón en la mano; me gusta la gente aseada; pero
ciertos extremos de pulcritud que hacen ciertos hombres, me parecen
empalagosos. ¡Caramelo! Eso de que un señorito pierda media hora en
recortarse y pulirse las uñas... pase en las mujeres; lo que es en
quien peina barbas...
Diciendo esto cruzóse de brazos el fraile y se volvió hacia mí
como queriendo respirar y descansar un poco. A la luz rojiza del
poniente, que tanto entona las figuras, noté que la suya guardaba
armonía con aquella profesión de fe viril. Era membrudo sin llegar
a grueso, y de aventajada estatura sin pasarse de alto. Su tez
tostada y cetrina revelaba complexión biliosa y curtientes fatigas
de viajero por regiones de sol. Los ojos los tenía vivos, alegres,
negrísimos, bien delineados y abiertos sobre el alma de par en par.
Su cuello, descubierto por la tonsura del cerquillo, indicaba vigor,
y lo mismo las manos, grandes, ágiles y robustas, manos que así
servían para elevar delicadamente la hostia como pudieran empuñar,
caso de necesidad, la azada, el garrote o la carabina. Las facciones
no desmerecían de las manos: acentuadas como por el palillo de hábil
escultor, tenían la mezcla de calma y de firmeza que se advierte en
ciertas esculturas de retablo. Entre la boca y la nariz, así como
en la meseta de la barbilla, existían dos hoyuelos indicadores casi
siempre de un fondo de bondad llamada a templar la fuerza del carácter.
Por fijarme, hasta en las orejas me fijé, notando que eran como de
confesor, de ancho conducto y casi movibles; unas orejas con mucha
fisonomía, según suelen tenerlas los eclesiásticos.
--¡Caramba con el fraile, y qué terne parece! --discurría yo
sorprendido.
Seguimos avanzando. Ya debía de estar muy próxima la quinta de Aldao,
pero no llegaríamos antes de entrada la noche, que caía plácidamente.
Eran más penetrantes los olores de la madreselva; los perros,
asomándose a las paredillas de las heredades, nos ladraban con mayor
furia; oíase en lontananza la queja del mochuelo, y el bicornio de la
luna, fino como un trazo de pincel, asomaba hacia la parte de la ría.
El fraile manifestó con una exclamación trivial que sentía la belleza
del sitio y de la hora.
--¡Vaya una tarde! ¡Cuidado que es lindo este país! Cuanto más se
ve más hermoso parece. ¡Y tan fresco! Para mi gusto ya es demasiado;
prefiero el clima del África.
--¿Ha estado usted mucho tiempo en África?
--¡Toma! Pues si soy medio moro.
--¿Y ha viajado usted por el desierto?
--¡Ya lo creo! Y sin tiendas de campaña, ni caja de provisiones, ni
escolta, ni otras monsergas de esas que llevan los exploradores al uso.
¡Sobre un mulo y con un par de gallinas atadas al arzón de la silla;
bebiendo el agua de los charcos y durmiendo bajo el pabellón de las
estrellas, he rodado yo más por aquellos arenales y me han sucedido más
lances y más aventuras!
De buena gana le hubiese preguntado sobre las correrías africanas:
pero otra curiosidad mayor me punzaba, cuyo recuerdo despertó en mí el
ver blanquear la cerca del _Teixo_ y negrear sobre la cerca y bajo la
torre la que me parecía mancha enorme de arbolado. Quise contrastar la
exactitud de las noticias de mi madre, consultando a una persona que ya
se me figuraba por todo extremo imparcial y sincera.
--Diga usted, Padre Moreno, ¿usted conoce a la futura familia de mi
tío? ¿Cómo es la novia? ¿Qué tal persona es el papá?
--Claro es que les conozco --respondió el fraile aplicando sobre su
abierto rostro una máscara de discreción absoluta--. Es una familia muy
apreciable y la novia de su tío de usted... una señorita muy buena.
--¿Y... es bonita?
No se espantó el fraile de la pregunta, antes respondió con desahogo:
--Yo soy mal juez: acaso me equivoque. Confieso que no me parece...
así... ninguna cosa de quedarse admirado. No la llamaré fea, pero
tampoco... Y no crea usted: aunque digo que soy mal juez, no es que me
falten motivos para entender: porque allá en Tánger, Tetuán y Melilla
hay judías y moras que pasan por guapas; y asómbrese usted: tengo moros
tan amigos, que alguno me enseñó su harem... Le advierto que entre
ellos es una prueba de estimación grandísima.
--¡Ah!... --murmuré sin poder reprimir una expresión maliciosa--.
¿Conque franca la entrada del harem?
--Sí --afirmó alardeando de naturalidad el fraile--. Y ¿quiere usted
que le cuente cómo estaba la mora favorita, vamos, la predilecta de
este moro amigo mío, que era un ricachón de allí?
--¿A ver cómo estaba? ¿Muy tentadora?
--Ya le he dicho que soy mal juez: yo sólo puedo describirle
exterioridades... y usted opinará. El traje era de una seda riquísima,
abierto en el pecho y éste adornado con unos collares de perlas gordas
y de diamantes y pedrerías: dos o tres collares lo menos tenía la
mujer. En los brazos unas ajorcas como las que pinta Cervantes en la
novela del _Cautivo_... ¿no la ha leído usted? Pues así. Luego cojines,
cojines y más cojines; unos debajo de los brazos, otros debajo de las
caderas, otros detrás de la cabeza: y los cojines eran para impedir
que se rozase, porque la mujer estaba reventando de gorda, que es el
secreto de la hermosura entre las moras. Esta no se podía menear. ¿Y
sabe usted con qué la engordaban? Pues con bolitas de pan, que ya no
se puede llamar engordar a una mujer, sino cebarla. Fumaba por un tubo
largo así..., y tenía delante un veladorcito, incrustado de nácar, con
dulces y bebidas.
--¡Ah socarrón de fraile!-- discurrí yo--. Te finges muy corriente y
muy sencillo, y eres más tuno y más ladino que todas las cosas. Me
estás mareando con tantos infundios moriscos, por no soltar prenda
respecto a mi futura tía. Yo te apretaré, aguarda. Y en voz alta
exclamé--: Padre Moreno, usted que tan perfectamente describe a las
moras, mejor sabrá retratar a una cristiana. Bien puede usted decirme,
al menos, si la novia de mi tío está cebada con bolas de pan, o si
tiene un talle como la palmera del desierto. Vamos Padre...
Subíamos por el sendero peñascoso que linda con la cerca del Tejo.
Allí no cabíamos bien los dos de frente. El fraile se volvió y se
encaró conmigo para responder. Ya no le alumbraba el último reflejo
del sol, como antes, pero aun entre la media obscuridad chispearon sus
ojos cuando me respondió con inexplicable mezcla de donaire chancero y
solemnidad entusiasta:
--Caballero, usted le ha de perdonar a un pobre fraile que se exprese
como lo manda el hábito que viste y la regla a que obedece. De una
mora, de una infiel, yo puedo describir el cuerpo, porque si Dios se
lo ha concedido hermoso, será lo único que se pueda alabar en ella, ya
que el alma está envuelta en las tinieblas del error. Pero usted mismo
ha dicho que la novia de su tío es una cristiana. Y a mí me consta
que merece ese nombre tan... dispense si me expreso con demasiada
vehemencia... iba a decir ese nombre tan sublime. De una cristiana, lo
primero y acaso lo único que merece ensalzarse es el alma, y en mi boca
sonarían mal otros elogios. ¡Un cuerpo que encierra un alma redimida
con la sangre de Cristo! ¡Caramelo! No se lo voy a alabar a usted con
palabras bonitas ni con flores retóricas. Con asegurarle a usted que
su futura tía es en efecto una cristiana... he dicho cuanto tengo que
decir.
--¿Tan buena es, padre Moreno?
--Excelente, excelente, excelente.
En tono con que el fraile triplicó el adjetivo, no dejaba lugar a
insistencia. Por otra parte, habíamos llegado a la puerta. Sin embargo,
cuando el Padre agarró la aldaba, no pude menos de soltarle otra
preguntita insidiosa:
--¿Y usted, padre Moreno... viene a la boda por pura amistad?
--¡Naranjas! --exclamó con el tono recio que suele darse a las
interjecciones más castizas--. ¡Si vengo a echar las bendiciones!