¡Con qué gusto emprendí el viaje hacia Galicia! En Madrid calor
asfixiante ya, y en la tierra aire fresco, saturado de campestres
aromas. Parecíame como si nunca lo hubiese respirado y mis pulmones
resecos necesitasen, para funcionar en las condiciones fisiológicas
normales, aquellas partículas de humedad deliciosa. No soy de los
gallegos que sienten la _morriña_; sin embargo, el primer grupo de
castaños que se perfiló en el horizonte me pareció un amigo que con
acento de bienvenida me saludaba.
Mi madre estaba en la Ullosa, y allá fuí derecho, parte por el coche de
línea, parte a pie, según exige la situación de la finca. Llegué a la
puesta del sol; mi madre salió a esperarme al camino, y medio agarrados
de las manos y medio de bracete, anduvimos el trecho que separa a la
Ullosa de la carretera provincial. Cuando se hubo enjugado el rocío que
siempre asoma a los párpados de una madre que ve a un hijo después de
año y medio de ausencia, empezó el fuego graneado:
--¿Conque tu tío pone casa, eh? ¿Es verdad que la amuebla a todo
lujo? Así hace el que puede y no el que quiere. ¿La cama dicen que es
preciosa? ¿Y de alquiler, qué paga? De seguro una barbaridad, porque en
ese Madrid todo está por las nubes. ¿Y sabes si ya tomó criada? Milagro
será que no meta en casa una bribona. ¿Conque mucho de muebles majos?
Aire, aire a los cuartos del Ayuntamiento. Para eso se hacen ciertas
porquerías. No me digas que no, Salustiano, que me voy a poner fuera de
mí.
--Pero mamá, ¿qué nos importa a nosotros eso? --exclamé cuando pude
meter baza-- ¿ni qué culpa tengo yo de que el tío se case?
--Como me escribiste que hacía bien... --me respondió deteniéndose para
respirar y con los labios temblorosos, a la manera de los niños cuando
les entra coragina.
--No parece sino que por lo que yo dijese iba a guiarse el tío. Es
preciso que usted se conforme, mamá, y aguante lo que no es posible
evitar. Creo que vale más proceder así, por todos estilos, hasta por
conveniencia propia.
Mamá clavó los ojos en mí. Era mayor dos años que el tío Felipe y
se conservaba muy agradable, gracias a su robusta salud, a la vida
higiénica y natural que llevaba casi siempre, y acaso a la falta de
meditación profunda y de fatiga intelectual, a una movilidad de pájaro
y a una facilidad para encolerizarse y aplacarse que le esparcía
la bilis y fustigaba su sangre, aligerándola. Esta volubilidad,
esta incapacidad de elevarse a la región de las ideas generales y
abstractas, conservaban a mi madre toda su fuerza para la acción. Era
su voluntad quien guiaba a su pensamiento, y el predominio del elemento
afectivo y activo se leía en su frente lisa y angosta, en el mohín
voluntarioso de sus labios, en la mirada inquieta y preguntona de sus
ojos nunca distraídos.
Mi madre no se recogía a Pontevedra sino en tiempo de frío riguroso,
o en Semana Santa y Pascua, para cumplir con la Iglesia. La huerta
de la Ullosa la mantenía durante el año entero. Con tanto renegar de
la estirpe de los Cardosos, mi madre tenía mucho de la adquisividad,
la economía sórdida y el genio mercantil que caracterizan a la raza
hebrea. ¡Lo que puede el cariño, y cómo enreda las nociones de la
lógica! Estas condiciones, que en mi tío me repugnaban, parecíanme
virtudes en mamá, y lo eran en efecto, si es virtud acomodarse a la
necesidad. Con tristes ocho o nueve mil realitos, que a lo sumo y
exprimiéndolo bien podría rentar nuestro patrimonio, era gran milagro
vivir con cierto bienestar relativo, sufragar no pequeña parte de los
gastos de mi carrera, y esconder en las vueltas de un colchón cuatro
o seis onzas para un apuro. Quien esto consigue, no es una mujer
cualquiera. Mamá vestía siempre de hábito del Carmen, por ahorrar
trajes, claro está; del lino que producían sus heredades hacía tejer
lienzo, ese lienzo gallego moreno y duro que nunca se ve roto, para
camisas y sábanas; de una viña de uvas agrias sacaba vinillo clarete
para dármelo a beber en las vacaciones; del centeno de su renta amasaba
el pan que comía; con un par de cerdos, engordados en casa, armaba
puchero para todo el año; criaba gallinas y conseguía huevos; recogía
leña en una mota de bosque; tenía vaca y la revendía con ventaja en la
feria cuando ya no daba leche; otros ganados los llevaba a parcería con
sus caseros; del orujo de la vid destilaba aguardiente y en él ponía
guindas en conserva; en fin, sacaba el jugo al dinero y a la propiedad,
realizando esos prodigios de buen gobierno, frugalidad y orden de la
mujer cuando vive sola. Obligada por su sexo a limitar la esfera de su
actividad, se desquitaba no perdiendo ni el valor de un alfiler. Sana,
animosa, infatigable, todas las horas del día las empleaba en algo
útil, y hasta sospecho que en más de una ocasión bordó o cosió para
fuera secretamente.
--El día que acabes la carrerita y salgas ganando ya tu sueldo, estaré
hecha una reina --decíame cuando me admiraba de verla tan atareada y
afanosa. Y yo estudiaba con gusto pensando que los últimos años de mi
madre serían felices. Idea errónea; porque aunque mi madre apalease
el dinero, había de agitarse lo mismo, dada su índole. Rebosaba tanta
vida; era un sér tan lleno de energía y tan resuelto a sacar partido de
la existencia, que lejos de infundir lástima, debía inspirar envidia
a los que habitamos mucho en nosotros mismos y acabamos por hacer de
nuestra imaginación cárcel celular. El carácter de mi madre es de los
que constituyen a los individuos felices, fuertes y armados contra los
rozamientos de la realidad. ¡Cosa rara! Cuando yo no veía a mi madre,
la idealizaba, suponiéndole ciertas condiciones y debilidades propias
de su sexo, a las cuales era muy ajena. Verbigracia: me empeñaba en
suponerle ardientes convicciones religiosas, y algunas veces me sucedió
contestar a las bromas impías de los compañeros o exclamar al exponer
una opinión atrevida: «¡Líbreme Dios de que lo supiese mi madre!» Si
comía carne en Semana Santa, o recordaba el tiempo transcurrido ya sin
oir misa, pensaba: «¡Ay si mamá se entera!» Y el caso es que mamá, a
pesar de su hábito del Carmen, se limitaba a cumplir lo más superficial
de los mandamientos de la Iglesia, sin que le importase gran cosa el
estado de mi espíritu.
No por eso carecía de creencias aquella gallega briosa. Sin duda por
transmisión hereditaria de la rama israelita, la concepción religiosa
más arraigada en mi madre era la de un Dios airado, rencoroso e
implacable: el Dios bíblico que «visita la iniquidad de los padres en
los hijos, hasta la tercera y cuarta generación». Creía buenamente que
Dios lo venga todo a rajatabla, aquí de tejas abajo; y se imaginaba
además que esas venganzas y represalias celestiales, estaba el Señor
dispuestísimo a ejercerlas contra todos cuantos le molestasen a ella,
Benigna Unceta, por cualquier causa o en cualquier asunto. Gracias
a aquella incapacidad suya de generalizar las ideas, presumía que
sus agravios y resentimientos personales interesaban muchísimo a la
divinidad. Tanto, que al detenerse en el repecho que nos separaba de
la Ullosa, hubo de exclamar en profético tono, agitada con todo el
sobrealiento de la subida y la vehemencia de su genio.
--Ya verás cómo Dios castiga a tu tío Felipe sin palo ni piedra: ya lo
verás. Deja correr el tiempo. No se escapa.
Protesté contra tan peregrina suposición, y como si alguna voz
descendida de otras regiones se uniese a mí para rechazar cuanto no
fuese perdón y caridad, sonó en la iglesia próxima el _Ángelus_ con
tristeza resignada y argentino y poético doble.
Mi madre se volvió bruscamente y me interrogó:
--¿Tú vas a la boda?
--Sí, señora, y usted también debiera ir. Es una campanada que usted no
vaya.
--Déjame de historias, que no se me antoja presenciar semejante
esperpento. Cosa más disparatada no se ha visto ni verá. ¡Quiera Dios
que a tu señor tío no le nazca madera de aire!... y le nacerá; que eso
busca. ¡A su edad casarse! ¿Estaría bonito que me casase yo ahora?
Bregué con aquella obstinación invencible, alegando que mi tío contaba
muy buena edad para matrimoniar, y nosotros haríamos desairado papel
enojándonos por acción tan justa y sencilla. «El viento --replicaba
mamá furiosa--. Valiente mamarracho defiendes. Yo sé lo que digo, y
sé también las palabras que se me dieron. Ya Dios le ajustará las
cuarenta. No creas que estoy loca, no; él ha de caer... ¡Ya lo verás!
Y la muchacha que se casa con él, te digo que no tiene vergüenza. A tu
tío no le quería yo ni cubierto de oro, y si no fuese mi hermano...»
Dióme de cenar mi madre un plato regional que sabía me agradaba mucho.
Eran _papas_ o puches de harina de maíz con leche fresca. Sacaba las
_papas_ hirviendo, las dejaba enfriarse y formar costra, y abriendo
un agujero en medio de la pasta, derramaba allí la leche riquísima
contenida en un puchero de barro. Mientras yo despachaba este manjar de
homérica sencillez, ella no cesaba de hablar, de preguntarme, y siempre
volvía al punto inicial... mi tío.
--Ahora está metido en una, que no sé cómo va a salir... Una trifulca
atroz, en que me parece a mí que le van a dar el escarmiento... Otro
chanchullo más gordo que el de los solares y los ranchos... ¡y cuidado
que aquel!... El de ahora es cuestión de la contrata de la plaza
de abastos: dicen que tu tío va a medias con el contratista en las
ganancias, y que le concedieron unas ventajas atroces y el hombre no
ha cumplido ninguna condición, absolutamente ninguna, y el Municipio
le pone pleito. Y hoy el Municipio no es lo que era el año pasado:
tu tío no manda allí. Tendrá que ir en romería al Santo... Si don
Vicente no lo saca de ésta, mal negocio. Con el gallo de la protección
de don Vicente, que no sabe lo que pasa entre cortinas, hacen de
esta provincia cuanto se les antoja. Como tu tío se larga a Madrid,
le van a alquilar para el correo la casa suya de Pontevedra... Otro
guisado. Bonitos andamos. En estos tiempos es preciso que todo el
mundo se despabile. Yo no soy hombre, que si lo fuese, iría también en
peregrinación al Santuario. Esto te lo digo yo aquí; pero por fuera,
cuidadito con lo que hablas... No conviene que te cojan tirria estos
enredadores: con el tiempo te podrán servir.
Viéndola tan expansiva, la agarré por el talle, la besé en el pescuezo
y las mejillas, y me determiné a decirla riendo:
--Mamá, para presentarme en el Tejo con un poquito de decoro, me es
indispensable llevar un regalo a la novia de mi tío. Él será lo que
gustes, y nos habrá jugado mil perradas, pero al fin está sufragando
mucha parte de los gastos de mi carrera.
--Por algo lo hace. Chiquillo, ojo. Si fuésemos a reclamar nosotros lo
que nos corresponde de derecho... Y a saber si hoy en adelante sigue
pagando.
--Pues no importa, mamá; pues no importa. Aunque no pague. El regalito.
--¡Pero si no tengo un cuarto! ¿Tú crees que aquí se fabrica moneda?
Sí, ¡para fabricar estamos! Caro me cuesta salir del día.
--Bueno --respondí con resolución--. Entonces no hay más que hablar:
mañana voy a Pontevedra y empeño el reloj o las botas... Regalo ha de
haber... No me dejes en vergüenza.
A la mañana siguiente mi madre entró a despertarme. Traía bajo del
brazo un cesto de cerezas maduras, que puso sobre la cama para que me
desayunase: y entre los dedos dos redondelitos brillantes que elevó a
la altura de mis ojos. Eran dos monedas de a cinco.
--¿Qué te parece? ¡Cuántos trabajitos para juntar esto! Anda, vé y
derróchalo; estrágalo, ya que te da por ahí... No quiero que digas que
tu madre te deja mal, pudiendo dejarte bien, en parte ninguna.
La eché los brazos al cuello y la dí tres o cuatro besos _chilreados_,
mientras ella se defendía mal exclamando: --Payaso... sobón... que te
pego, insolente.
Con los diez duros adquirí en la metrópoli un imperdible o cosa
parecida, que representaba dos áncoras cruzadas y en medio un
cupidillo, con un rubí chico y dos perlas. Dijes chabacanos que inventa
la moda y reprueba el buen gusto. Pero en fin, ya no iba a la boda con
las manos vacías.